N/A. JIEOIQQIERFREHQUFHURFHQbabas OH DIOS. Ahora es cuando empiezo a recordar por qué me gustaba TANTO esta pareja.

SAÑA

XXI. Juego

Cerró los ojos al sentir los labios sensuales, suaves, sobre los suyos. Le gustaban esos besos con los que empezaba Bellatrix. Le volvían loco. Sabía que luego se volverían más profundos, que su lengua jugaría con él, que sus alientos cálidos y salivas se encontrarían.

Pero eso sería después.

Y odiaba la espera.

Besos. Labios. Ahora algo más profundo. Sirius le mordisqueó el labio inferior, y decidió que no dejaría que ella jugase más con él. Le desabrochó los dos primeros botones de la camisa, el tercero lo rompió. Delineó el borde del sujetador con las yemas de los dedos, suspiró contra su palpitante arteria, su ardiente Sangre.

-Para.

-No.

-Sirius.

Los dedos de él jugaron con su ropa interior, rozando su sexo mojado. Le subió la falda, apretándola contra ella.

Por primera vez, Bellatrix esquivó sus labios.

-Déjame a mí.

-Esta vez no.

-Sirius.

Sirius. Sirius. El Gryffindor sonrió desafiante. Ella le advertía.

-No vas a jugar más conmigo.

Como si una cuerda rodease sus cuerpos, uniéndolos, cada vez que cada uno tiraba. A ver quién podía más.

-Lo estoy haciendo.

Sus dedos descendían por el pecho de Sirius, aferrándose a su cinturón. Despacio, muy despacio. Y esa sonrisa. Hacía que se le quedase la boca seca.

-Me iré.

-Estás demasiado caliente.

Tan burlona su voz, su tono ronco saliendo de las profundidades de su garganta. Ahí donde llegaba con su lengua.

-Me iré –volvió a avisarla-. Hoy juego yo.

El sonido de la cremallera del pantalón bajándose acompañó la sonrisa cruel de Bellatrix.

Sirius se separó de ella, ante su mirada escéptica.

-Te lo dije.

-No te atreverás.

-Mírame.

Sintiendo que iba a estallar de orgullo y de excitación –¡estaba rechazando a Bellatrix medio desnuda!- se dio la vuelta en dirección a la puerta para salir de la Torre de Astronomía.

-¡Black!

¿Ya no era Sirius?

No miró atrás. Al principio al menos. Cuando sintió un golpe seco en la parte de atrás de su cabeza, sí se volvió. A su lado, en el suelo, había un zapato.

-¿Qué coño haces?

Ahí estaba, de pie, la falda subida y la camisa desabrochada. Sin zapato, con esos calcetines que hacían sus piernas infinitamente largas. El pelo espeso, enredado, y esa cara de cabreo que le daban ganas de desgarrarle el cuello a besos.

Me debo estar volviendo loco para dejarla ahí.

-Idiota –masculló-. Vas con la cremallera bajada.