Reencuentro

Por suerte, los coches sólo eran dos. Dos coches militares con tres personas montadas en la parte delantera y una atrás, con una ametralladora fija, observando el terreno, listos para disparar por si intervenía cualquier asunto no previsto. Todos y cada uno de ellos llevaban la cara cubierta y sólo se les veían los ojos. En la cabeza llevaban pañuelos negros y vestían del mismo color.

–Cuando dé la señal atacas, Suigetsu –dijo Sasuke. El otro asintió.

Los coches ya estaban muy próximos, casi paralelos a ellos. El moreno le hizo una señal con la mano a su compañero, y éste disparó un proyectil hacia el primer coche, haciendo que impactara en la parte delantera, para, después de explosionar, hacer saltar por los aires el motor del vehículo.

El segundo coche perdió el control momentáneamente, pero el de la ametralladora no perdió segundo y comenzó a disparar hacia el lugar del que había venido el proyectil, al tiempo que el vehículo paraba.

–¡Ahora! –chilló Sasuke a sus compañeros.

Tal y como habían planeado, Karin comenzó a disparar con su rifle hacia las ruedas del automóvil, Juugo hacia el conductor y Suigetsu y Sasuke se escabulleron por detrás de su "muro de defensa" y anduvieron hasta ponerse detrás de una pequeña montaña de tierra. Desde allí, Suigetsu preparó de nuevo su bazooka y disparó hacia el hombre de la ametralladora, pero no le dio.

–Otra vez –le dijo Sasuke, al tiempo que veía como los tres de la parte de delante del coche bajaban y se ponían a cubierto, tras éste–. Apunta al motor –ordenó Sasuke antes de que el peliblanco disparara. Éste así lo hizo, y el proyectil hizo explotar el motor del coche, nuevamente. De detrás de éste, salieron dos de los hombres, disparando con Uzis; uno a la pequeña montañita tras la que estaban Sasuke y Suigetsu y el otro hacia donde estaban Karin y Juugo.

La chica logró derribar a uno de ellos, antes de que una bala perdida le diera de lleno en el brazo y cayera al suelo.

–¡Mierda! –dijo agarrándose la herida. Se puso de rodillas y se volvió a acercar a su arma. Antes de hacer nada observó como Juugo se ponía a cubierto para recargar la suya–. ¿Estás bien? –le preguntó.

–Sí. Enseguida acabo. –Recargó la ametralladora y volvió a la carga, llevándose por delante al otro disparador de Uzis, quien disparaba escondido tras un motón considerable de tierra.

Sólo quedaba en pie el de la ametralladora, quien no descansaba ni un instante y a punto estuvo de darle a Juugo.

–Dispara dos veces más y después vuelve con Karin y Juugo –dijo Sasuke preparando una granada y quitando el seguro a una de sus pistolas.

–¿Tú qué harás? –le preguntó el peliblanco con desconfianza al ver que el moreno se echaba al suelo.

–Haz lo que te he dicho –ordenó antes de comenzar a arrastrarse por el polvo hacia el primer coche, que aun seguía en llamas.

Con la confusión y el polvo que se había levantado pudo llegar, mientras oía como los disparos no cesaban y Suigetsu acataba sus órdenes. Vio como uno de los proyectiles impactaba contra el hombre que aún seguía disparando desde el vehículo, pero después pudo observar como éste salía de detrás de las llamas con un rifle y volvía a disparar, protegido por más montañas de tierra.

Tiró del seguro de la granada y la lanzó hacia el hombre, pero éste se apartó en cuanto la vio, distrayéndose y dejando que varias balas de Juugo le diesen de lleno en el cuerpo. La pequeña bomba explosionó. Sasuke salió de detrás del coche en llamas y se dirigió hacia el otro automóvil. Ahí aún quedaba un hombre, y aquel debía ser el jefe. Preparó sus dos pistolas y fue caminando hacia allí, con paso seguro.

Suigetsu dejó su arma en el suelo y salió de su escondite, al tiempo que sacaba una pistola del bolsillo de atrás de sus pantalones. Le quitó el seguro y se puso en guardia, mientras caminaba hacia el moreno. Hacía rato que los otros dos ya habían dejado de disparar.

Sasuke ya estaba a escasos dos metros del coche, que en cualquier momento podría saltar por los aires, pero valía la pena arriesgarse. Sin embargo, una voz a su espalda le hizo detenerse, y su error fue darse la vuelta, para ver como Suigetsu le metía una bala en el cráneo a uno de los hombres, que estaba tirado en el suelo, lleno de sangre y polvo, y que le apuntaba con una de sus armas.

Al segundo, Sasuke oyó otro disparo, detrás de él, y una bala impactó en su pierna izquierda, haciéndole caer al suelo. Una de sus pistolas también salió volando. Se dio la vuelta lentamente, agarrándose con fuerza la pierna herida, con una mueca de enfado en la cara, por su distracción.

–Estás muerto, Uchiha –dijo el hombre que es encontró frente a él, para después gritar, para que Juugo y Karin también le oyesen–. ¡DEJAD LA ARMAS Y BAJAD AQUÍ! UN PASO EN FALSO Y LO MATO.

Suigetsu dudó un instante, pero después dejó su pistola en el suelo y la empujó con el pie.

–Tú también, Uchiha –le dijo el hombre a Sasuke. Éste no se movió. Aquella voz le era familiar–. ¿Es que no oyes?

–... Kabuto –susurró al fin–. Hijo de puta –dijo– ¿de qué te sirve esto, si aunque me mates, tú morirás después?

–Al menos habré conseguido mi propósito y te llevaré conmigo al infierno –susurró.

–Todo por esa rata de mierda –pronunció el moreno con asco.

Suigetsu miraba la escena sin poder creérselo. Sabía lo que había ocurrido con Orochimaru y quién era Kabuto, y sus ojos no daban crédito de lo que veían. Mientras, Karin venía ayudada por Juugo, hacia ellos; sin embargo, ninguno tenía la más mínima intención de rendirse, pero tampoco de dejar que Sasuke muriese.

–Suelta la pistola –repitió Kabuto. Sasuke obedeció–. Y las granadas –añadió. El moreno dudó un instante. ¿Qué podía perder? Se sacó las dos únicas granadas que tenía del bolsillo, y sin que ni Kabuto ni Suigetsu lo notaran, les quitó el seguro y las tiró hacia Kabuto, al tiempo que gritaba:

–¡CORRED!

Comenzó a arrastrase por el suelo, alejándose de Kabuto. Suigetsu no tardó en reaccionar, le levantó del suelo y echó a correr, arrastrando al moreno consigo. Antes de la explosión se oyó otro disparo, que le dio al Uchiha en un brazo, y Kabuto lo insultó. Los chicos ya estaban lo suficientemente lejos para que la explosión no los alcanzara de lleno, pero se tuvieron que tirar al suelo a causa del impacto.

–¡ESTÁIS MUERTOS! –se oyó a la voz de Kabuto gritar a lo lejos. Sasuke miró hacia atrás, y pudo ver a éste con dos pistolas en las manos. Arrastraba una pierna inútil, dejando un rastro de sangre tras sí, pero en ningún momento dejaba de apuntarlos, acercándose hacia ellos, con cara de psicópata. Pero no pudo avanzar mucho más, ya que unos cuantos disparos le hicieron detenerse.

Sasuke y su compañero buscaron con la mirada al dueño del disparo, y pudieron ver a una furiosa Karin con una Uzi en una mano. Casi al instante, el arma cayó al suelo, y la chica volvió a agarrarse el brazo, con dolor.

Kabuto también cayó desplomado. Al principio de rodillas, y tras caérsele las armas, impactó contra la tierra. Sasuke suspiró.

–Mierda.

Como pudo, se levantó del suelo y se aproximó al hombre que acababa de perecer. Se arrodilló y le quitó la tela que le cubría la cara. No había duda, aquel era Kabuto. Le miró con odio, para después escupirlo y al final coger uno de sus armas y apuntarle a la cabeza. Disparó una, dos y tres veces, descargando toda su furia.

–Sasuke... –Alguien le puso una mano en el hombro y le agarró el brazo, para que bajara la pistola. Era Juugo.– Tenemos que irnos antes de que sea tarde. –Tiró un poco de él para levantarlo. Sasuke le pasó su brazo sano por lo hombros y su compañero lo agarró de la cintura, comenzando a caminar.– El helicóptero ya está aquí –informó.

–Vale.

...

–Pues no me lo esperaba –decía Itachi tras contarle lo sucedido. Sasuke y Karin ya tenían las heridas desinfectadas y vendadas y todos estaban distribuidos por el salón del apartamento de Itachi.

–Yo tampoco –admitió su hermano.

–Vale. Pues tengo noticias –sonrió el mayor con malicia.

–¿Ah, sí? –suspiró Sasuke. ¿Y ahora qué noticias podía tener? ¿Habían encontrado muerto a Kakashi, o algo por el estilo?

–Sí. Naruto ha despertado. –Calló un instante para ver la respuesta de Sasuke. Éste no reaccionó como esperaba.

–No estoy para bromas. ¿Cuál es la puta noticia? –preguntó perdiendo su poca paciencia. Estaba cansado y no creía a Itachi por dos razones: la primera es que no mantenía relaciones con Kakashi ni nadie que estuviese cerca de Naruto, y la segunda era que simplemente sus esperanzas de que despertara eran muy reducidas.

–No es broma. Ya sé que te dije que no vigilaría a nadie, ni nada, pero... la tentación es grande, hermanito –concluyó dándole un sorbo a su whisky.

Sasuke le miró con el ceño fruncido, como para tratar de averiguar si su hermano mentía, y al ver que lo que decía era totalmente cierto su cara cambió a una de sorpresa y confusión total.

–Pero no volveremos hasta dentro de una semana.

–¿Cómo que volveremos? –saltó el menor–. Tú no vas a ninguna parte. Cinco años contigo han sido demasiados, me voy solo.

Se levantó del sillón y salió del apartamento cojeando, sin hacer caso de las llamadas de su hermano, hasta que éste fue a por él y lo llevó al salón de nuevo, a rastras.

–Si sólo iré ahí a pasar unas vacaciones, tampoco es para tanto. Además, tengo que hablar con Naruto ahora que ha despertado al fin –le dijo a Sasuke. Éste lo miró con desconfianza.

–¿Y por qué dentro de una semana?

–Porque tengo trabajo. Punto –añadió al ver que su hermano iba a protestar.

Ya hacía una semana que había despertado de su coma de...

–¡Cinco años! –exclamó furioso al recordarlo.

Cinco años perdidos. Aquel era el quinto día que hacía rehabilitación, y cada minuto se esforzaba al máximo, como si su único objetivo en aquella vida, antes de morir, fuese volver a mover todos los músculos con normalidad.

Quería ver a ese famoso Sasuke y partirle la cara, por sucio anarquista. También al tal Kakashi, al que había pedido cortésmente y a gritos que se fuera con su santísima y difunta familia a tomar por culo, y que dejase de visitarlo. Para colmo, Gaara parecía un alma en pena, su hermana, Temari, salía con un hippie y él tenía amnesia.

–¡Seréis desgraciados todos! –le decía al pelirrojo mientras andaba agarrado a las dos vallas de metal que tenía a cada lado, para no perder el equilibrio–. Me distraigo un rato y mira la que liáis. El grupo se va a la mierda, la maricona de Neji se larga con su prima hippie... Puaj, sucios incestuosos –continuaba diciendo–. Tú has perdido todo el espíritu NS y no viene a verme más que chusma. ¿Y dónde está ese Uchiha de mierda? Para mayor patada en los huevos no me decís siquiera de qué hostias lo conozco. ¡Esto no puede ser! –exclamó fijando su atención en su amigo, quien parecía muy interesado en una enfermera que ayudaba a una anciana, en el otro lado de la sala de rehabilitación. Gaara movía la cabeza cada vez que la enfermera movía su trasero.– ¡Escúchame, pedazo de subnormal!

–¿Quieres callar? Intento concentrarme. Oye, ¿por qué coño tienes que tener amnesia? –preguntó volviéndose hacia él–. ¿Y por qué no te limitas a aceptar la realidad? Tú mismo lo dijiste. Nunca has sido NS y todo es una máscara. ¿O es que tanto te consiguió ablandar el corazón Uchiha, que ni siquiera tú sabes qué ideología tienes? –le preguntó con molestia.

–¡No me hables de ese anormal! A menos que... ¡Cuéntame que pinta en mi vida! –exigió alzando un puño, casi perdiendo el equilibrio en el proceso.

–Kakashi no me deja. Aún debes recuperar memoria –le contestó volviendo a fijarse en el trasero de la enfermera.

–¡Enfermera! –chilló el rubio–. ¡Aquí hay un cerdo que no para de mirarte el culo!

La mujer se volvió indignada y les pidió silencio.

–Naruto, cierra esa puta bocaza o te quedas sin ella. Y hasta parecía que habías madurado... –suspiró el pelirrojo volviéndose hacia él definitivamente.

–Cállate. En cuanto me recupere, el puñetazo en la boca que te voy a dar no te lo quita ni Cristo –amenazó–. Já. Y hoy vuelvo por fin a casa... con mis adoradas cosas y...

–¿No te lo han contado? –lo interrumpió su amigo, sin poder creerse lo que oía.

–¿El qué? Ah... mierda –se quejó dándose cuenta de que ya no tenía su casa de siempre.

–Y además, hoy viene Uchiha. Ha llamado a Kakashi.

–¡Ah! ¿Por eso vino hoy?

–Sí. Venga, bájate de ahí de una puta vez y vámonos, que me tienes hasta los huevos –se quejó Gaara frunciendo el entrecejo.

Tras varias protestas más, la enfermera acabó echándolos por armar demasiado escándalo. Naruto se sentó en su silla de ruedas, con ayuda de Gaara y le sacó la lengua a la enfermera, antes de desaparecer de la sala.

Ya en su habitación, se tumbó en la cama y sacó las revistas que Gaara le había traído de un cajón, y se puso a hojearlas. El pelirrojo se sentó a los pies de la cama, pero enseguida volvió a levantarse y salió del cuarto, porque el móvil había comenzado a sonar.

–Permiso. –Alguien entró en la habitación, atrayendo la atención del rubio. Era una enfermera de mediana edad, con un gran ramo de rosas en brazos.

–¿Qué es eso? –preguntó el chico.

–Acaban de llegar. Son para ti –le sonrió dándoselas. El rubio las cogió, extrañado de que alguien le mandara flores. Nunca lo habían hecho.

–¿De quién son?

–No lo sé, han llegado con un chico. Supongo que las encargó alguien para ti.

La enfermera se despidió y salió, dejándolo solo de nuevo. Naruto miró las flores con atención, como si fuese una peligrosísima bomba, que, si se descuidaba, podría desfigurarle en cualquier instante. No tardó en divisar una tarjetita cuadrada atada al envoltorio de plástico transparente. La arrancó con brutalidad y la abrió para leerla.

"Ya me he enterado de que has despertado, y no sabes cuánto me alegro. Lo siento por todo, Naruto.

Muchos besos. Sakura"

Le dio la vuelta varias veces, para ver si había algo más escrito. ¿Sakura? ¿Y quién demonios era esa? ¿Y qué era lo que sentía?

–¡GAARA! –gritó. Ese seguro que sabría quién era la tal Sakura, y no había querido decírselo. El pelirrojo apareció por la puerta un momento y le dijo que enseguida volvía.

Tras esperar un par de minutos más, Gaara apareció de nuevo en la habitación, para comenzar a cachondearse de su amigo.

–¿Qué, ya te han salido admiradores?

–Cierra la boca. ¿Quién coño es Sakura?

El chico palideció ante esas palabras. ¿Cómo sabía Naruto de ella? Se acercó a él y le quitó la tarjetita de las manos.

–Joder... –susurró.

–¿Quién es?

–Es... una chica...

–No, una piedra. No te jode –dijo con fastidio.

–¡Naruto! –Una voz les interrumpió desde la puerta. El rubio hizo como que no había visto a la persona que acababa de llegar y miró a Gaara, esperando una explicación... que nunca llegó.– ¡Eh! ¿Qué forma de tratar a tu abuela es esa? Mocoso desagradecido.

–Tsunade... ¿A qué has venido? –le preguntó Naruto molesto.

–Hoy te dan el alta, ¿no? –La mujer frunció el entrecejo y se acercó a la cama del rubio.– Iré contigo a ver tu nueva casa. ¡A saber en qué vertedero te has metido! –le dijo con enfado.

Sasuke se sentó en el sofá. Le dolía la pierna e Itachi no hacía más que empeorar su mal humor. Se acababa de enterar, por Kakashi, que Naruto tenía amnesia, y que no se acordaba de él. Para colmo, en cuanto el rubio llegara tendría a más de la mitad de la okupa en su casa, más algunos de los amigos del chico.

Kakashi volvió con Itachi de los dormitorios, tras ayudarle a llevar las maletas.

–Pronto van a llegar –le dijo a Sasuke. Éste gruñó a modo de respuesta.

Estaba ansioso por ver a Naruto, pero no sabía qué iba a pasar. Estaba claro que la reacción del rubio sería mala, y por eso tenía que hablar con él. Kakashi había dicho que Naruto no sabía nada sobre Sasuke, que habían preferido que él mismo le dijera todo lo que había pasado. Al fin y al cabo era lo mejor. Eran sus asuntos.

...

–¡Puedo yo solo, Tsunade! ¡Déjame! –insistió el rubio por décima vez. La mujer lo soltó, y Naruto estuvo a punto de perder el equilibrio. Se había empeñado en subir las escaleras él solo, con ayuda de su bastón, nada más.

Costaba subir escaleras, pero le fastidiaba que a cada rato trataran de ayudarlo, como si fuese un niño pequeño. Tenía su orgullo, y por muy mal que se encontrase su cuerpo, no podía permitirse depender siempre de los demás. Gaara lo sabía, por eso cuando Naruto le decía que no lo ayudase, simplemente se limitaba a estar cerca, por si acaso; pero Tsunade no era Gaara, y siempre que lo veía se encargaba de servirle todo en bandeja.

Ya casi habían llegado. A Naruto le dolían las piernas, pero hizo un último esfuerzo y subió los tres escalones que le quedaban. Ya frente a la puerta, esperó a que Gaara abriese, y éste no se hizo de rogar. Metió la llave en la cerradura, pero le sorprendió que la puerta no estuviese cerrada. Abrió y entró primero, seguido de su amigo, quien tenía cara de malas pulgas.

Sasuke cogió su muleta y se levantó rápidamente. Había oído la puerta, y no tardó en oír la voz de Naruto, diciéndole a su abuela que lo dejase en paz. Comenzó a caminar hacia el pasillo, y cuando por fin estuvo ahí se quedó mirándolo, sin ver a Gaara.

Estaba más flaco de lo normal, y el pelo le había crecido. Tenía la cara cansada, y una mueca de enfado. No reparó en el bastón en un principio; no podía dejar de mirar sus ojos.

Naruto le devolvió la mirada al poco tiempo. Una mirada envenenada. Estaba más que claro que no sabía quién era.

–Naruto... –susurró el moreno. Gaara le hizo una señal a Tsunade para que lo siguiera, y avanzó por el pasillo hasta llegar a la cocina, donde también estaban Kakashi e Itachi.

–¿Y tú quién eres? –le preguntó Naruto cabreado–. ¿Otro anarquista? –Entonces cayó. Aquel debía de ser Uchiha Sasuke–. ¿Tú eres... Uchiha? –volvió a preguntar, agarrando su bastón con las dos manos. Sasuke asintió. Se miraron durante un instante, y Naruto volvió a hablar–. ¿Y qué... quién eres? –Tragó saliva. El momento era muy tenso.

–Eh... Pasa... Vamos al salón –dijo Sasuke de repente, rompiendo el contacto visual. Se volvió con cierta dificultad y volvió a la sala.

Naruto dudó un instante, pero lo siguió. No recordaba aquella casa, pero estaba cerca de la antigua. Entró en el salón y observó como Sasuke se sentaba en el sofá. Avanzó un poco más y lo imitó.

–Vale. ¿Tú sabes todo lo que ha pasado y nadie me quiere contar? –preguntó Naruto, sin dejar de mirarlo con el ceño fruncido ni un instante. Sasuke asintió, pero no dijo nada.– ¿Qué esperas para decírmelo?

–¿No te acuerdas de nada? –preguntó para asegurarse del todo. Esa preguntó molestó mucho al rubio, pero contestó.

–No.

–Vale –asintió Sasuke con cara inexpresiva. Se volvió un poco hacia él y lo miró a los ojos–. Bueno... Lo que ha pasado es muy largo de explicar... Y prefiero decírtelo más tarde... Cuando se vaya todo el mundo –añadió al ver que el rubio iba a protestar–. No quiero que se meta nadie.

–¿Tan importante es? –preguntó con seriedad. Sasuke asintió.

–¿Cómo estás? –se interesó, dejando ver su preocupación.

–De puta madre –ironizó el chico. Sasuke volvió a asentir.

–¿Y qué tal tu recuperación?

–Bien... Veo que tú también estás cojo -susurró señalando la pierna mala de Sasuke con la cabeza.

–Un... accidente –mintió el moreno. Evitaba mirar al rubio, porque si lo hacía saltaría sobre él y se lo comería allí mismo. Tenía tantas ganas de abrazarlo y besarlo que no se creía capaz de aguantar la tentación al ver esos ojos, demasiado serios para su gusto.

Naruto asintió también. Se formó un tenso silencio, en el que ninguno de los dos se miró siquiera. Naruto pensaba en lo que iba a decirle el moreno, y éste trataba de reprimir las ganas de abrazarlo. Naruto parecía tan vulnerable...

–¡Vaya! ¡Qué fiesteros os veo! –rompió el silencio alguien desde la puerta. Sasuke miró con ojos asesinos a su hermano, y Naruto lo miró confuso.

–¿Sois... familia? –les preguntó, mirando primero a Itachi y después a Sasuke.

–No.

–Sí. Vamos, Sasuke, sabes que mentir no está bien, y menos a un tío con amnesia –dijo Itachi. Naruto lo miró con lo ojos entornados.– Bah, supongo que tendré que presentarme, ya que no me recuerdas. –Frunció el entrecejo y entró en el salón. Se acercó al rubio y lo miró de cerca.– Tienes mal aspecto.

–Apártate –dijo éste empujándolo. ¿Con qué derecho se acercaba a él de es forma?

–Gilipollas –lo insultó el mayor–. Nunca me caíste bien, ¿sabes? En fin, soy Itachi –se presentó, mirando al Naruto con cierto asco.

–No me importa –musitó éste.

–¿Ves por qué no me caen bien los nazis? Sois un atajo de mierda.

–Itachi, basta –susurró Sasuke con voz tétrica.

–Tengo razón –le contestó su hermano comenzando a irse, pero se paró en seco antes de llegar a la puerta y volteó a verlos–. Te advierto, Naruto –dijo, pronunciando el nombre del chico con burla–, que si me entero de que te pones borde y dices tonterías, lo pagarás.

–Itachi, he dicho que basta –repitió Sasuke.

–¿Por qué? No me gustan los nazis. Que tú hagas una excepción no significa que yo la vaya a hacer –le dijo–. Y por cierto: os he encargado pizza. Enseguida nos vamos. –Salió del salón definitivamente.

–¿De qué habla? –peguntó Naruto–. ¿Qué tú hagas una excepción?

–Luego te lo contaré –suspiró el moreno.

Sasuke se levantó y fue a la cocina, dispuesto a echar a todo el mundo de ahí. La única que protestó fue Tsunade, pero al fin accedió a irse, a cambio de poder ir a la mañana siguiente a ver a su nieto. Kakashi no miró en ningún momento a Sasuke, y Gaara fue a despedirse del rubio. Itachi, en cambio, le echó una mirada de advertencia antes de salir.

Cuando ya todos se hubieron marchado, Sasuke le enseñó un momento la casa al Uzumaki, pero éste no prestaba atención. Estaba impaciente por saber qué era lo que había ocurrido tan importante y nadie le quería decir. ¿Quién era aquel Sasuke? ¿Por qué parecía tenerle tanta confianza, como si se conocieron de toda la vida? ¿Quién era Sakura? ¿Qué era lo que sentía tanto y por qué le había enviado flores? ¿Por qué tantos anarquistas habían ido a verle? ¿Qué tipo de relación pudo haber tenido con ellos en el pasado?

Cuando las pizzas que Itachi había encargado llegaron, se sentaron a la mesa y comenzaron a comer, en silencio.