Trato justo.

Tras un buen rato de silencio, Naruto decidió que era hora de saber la verdad. Por algo había sido tan amable con aquel sucio anarquista. Por eso y porque era débil. ¿Qué iba a hacerle en su estado? Era un palo de escoba tras tanto tiempo de coma. Uchiha, a pesar de su pierna y su brazo vendados, tenía más masa muscular que él, y visiblemente mucha más fuerza.

–¿Y bien? –le preguntó.

Sasuke alzó la mirada, lejana, como si estuviese mirando el mar con una infinita melancolía.

–Todo empezó con una pelea –susurró.

–Gaara dijo que tuvimos una pelea. Pero sin importancia. ¿Fue esa?

–Sí. Te quedaste, o mejor dicho de dejé, inconsciente.

–¿Tú a mí? –preguntó el rubio incrédulo, sonriendo con burla.

–Sí. Yo a ti. ¿Sigo? –preguntó sarcástico el ojinegro. Naruto asintió–. Te llevé a la okupa. Ahí, Sakura...

–¿Quién es Sakura? –interrumpió con rapidez.

–Ya lo sabrás. Sakura te curó y te llevé a mi habitación –siguió–. Antes de que me diera cuenta ya estabas despierto. –Se interrumpió un rato y suspiró levemente. Cuánto tiempo había pasado desde la primera vez que hablaron–. Comenzamos insultándonos, casi pegándonos, y después pasó aquello.

–¿Aquello? –volvió a interrumpir Naruto.

–Me contaste lo que te pasó en tu infancia. ¿Te lo cuento? –le preguntó con un sonrisa malvada. No era que quisiera hacerle daño, pero aquel no era precisamente Naruto, sino su antigua versión.

El rubio no contestó, sino que lo miró con la boca entreabierta, sintiendo como el sudor frío le invadía. No. No era posible que le hubiese contado nada de eso a un anarquista. No se lo había contado a Gaara, ¿por qué habría de decírselo a él, precisamente?

–Nos hicimos "amigos", si se puede llamar así, aunque no nos llevábamos lo que se dice bien. Cogimos algo de confianza, hablé con los de la okupa y decidimos que te quedarías con nosotros una semana. Así los fuiste conociendo a todos.

–¿Todos esos que vinieron al hospital?

–Sí –contestó Sasuke–. Después, cuando estaba a punto de acabar la semana, Sai celebró su cumpleaños. ¿Lo conoces?

–Eh... Uno que se parece a ti... cojo, creo –dudó.

–Sí. Nos drogaron y acabamos follando –dijo con precisión.

Naruto se atragantó con su propia saliva y comenzó a toser. Le lagrimearon los ojos un rato, y cuando por fin recuperó la compostura, con picor en la garganta, miró a Sasuke sin creérselo, con el miedo reflejado en sus pupilas. ¿Que él había hecho qué? No podía ser. Estaba mintiendo.

–Eso no es cierto.

–Claro que sí –asintió Sasuke.

–No, no, no –negó el rubio ferozmente–. Nunca haría algo así con un hombre... ¡Qué asco! –chilló levantándose de la silla.

–No lo has oído todo –le dijo Sasuke antes de que comenzara a andar, apoyado en su bastón.

–No... No quiero oír más mentiras como ésta. Sabía que erais unos hijos de puta, pero no hasta este punto...

–¿Y qué gano yo diciéndote esto? –le preguntó Sasuke con sorna.

Se paró en seco y lo miró. Esbozó una extraña y nerviosa sonrisa, como si le estuviese diciendo: "No caeré en tu trampa."

–Joderme...

–Cualquiera te lo puede confirmar –lo interrumpió el moreno–. Ya no tienes amigos nazis. Para ellos hace mucho que dejaste de existir. Eres un traidor –le dijo con misterio.

–Un puñado de mentiras –repitió Naruto en un susurro demente.

–No. ¿Por qué crees que tienes una casa a tu nombre? ¿Por qué los anarquistas no te muelen a palos? ¿Por qué crees que Gaara no ha perdido los estribos aún y no ha cometido una masacre? –le preguntó sonriendo. Naruto volvió a quedar en silencio–. Siéntate y escucha hasta el final.

El rubio no obedeció al instante, sino que se quedó mirando todo lo que había alrededor con desconfianza, como si el mundo conspirase en su contra y cualquier objeto sirviese para espiarlo y fastidiarlo. Al cabo de dos minutos se sentó, aún con la duda reflejada en sus facciones.

–Tras aquello seguimos peleándonos, fuimos al médico...

–Espera –le interrumpió el rubio nuevamente–. Has dicho que nos drogaron. –Sasuke asintió.– ¿Quién?

–Kakashi –suspiró.

–¿Qué? ¡Hijo de la gran...!

–Pero fue por una buena razón –le cortó Sasuke.

–¡No hay una buena razón para drogarme! ¡Me quería matar! ¡Capullo, enfermo mental! ¡Le voy a cor...!

–¡Escucha! –chilló Sasuke para hacerse notar sobre los berridos del rubio. Éste se quedó en silencio, mirándolo con reproche.– Gracias a eso tienes familia –dijo con fastidio.

–¿Eh? ¿Familia? –preguntó Naruto incrédulo.

–Tsunade es tu abuela.

Naruto palideció. Tsunade no le había dicho absolutamente nada... si es que lo sabía. Tal vez fuese una mentira. Debía de serlo, como todo lo demás.

–No solo eso –continuó Sasuke–, eres hijo de uno de los anarquistas más conocidos de la ciudad.

–¿Qué? No...

–Sí –cortó Sasuke–. Por mucho que lo quieras negar. La sangre no miente.

–Jeh... –El rubio comenzó a reir, movido por su propia incredulidad, intentando envalentonarse con el sonido de sus estridentes carcajadas.

Sasuke esperó con cara de aburrimiento a que parara de reír para continuar.

–Al día siguiente después de la fiesta fuimos a tu casa. Guardamos toda tu mierda nazi en bolsas. Por la noche me preguntaste si me iba a quedar a dormir... y dije que sí. –Se calló un instante, pensando la mejor manera de decirle lo siguiente.

Naruto encogió la cara. Sabía lo que vendría después. Más sexo... O más mentiras. ¿Decía la verdad aquel hombre? Desde luego no parecía mentir. Hablaba con un deje de melancolía, pero con frialdad y seriedad a la vez. Ojalá pudiera recordar todo lo que había pasado. Si todo era verdad o todo era mentira. Sasuke volvió a hablar.

–Por la noche... te dije algo. Y tú me dijiste lo mismo. Y... volvería a decirlo mil veces –dijo en un susurro, sin mirar a Naruto–. Te dije que te quería... Y aún sigue siendo cierto. –Lo miró fugazmente a los ojos y después desvió la mirada hacia el suelo, con los labios apretados hasta tal punto que perdieron su color.

El rubio quedó boquiabierto, con los ojos desorbitados y la garganta seca. Nunca le habían dicho algo como eso... Por lo menos no recordaba que alguien lo hubiese hecho. Pero Sasuke había dicho que él había pronunciado las mismas palabras. ¿Lo quería? ¿Quería a Sasuke?

–Luego –prosiguió el moreno, levantando nuevamente la cabeza–, te enteraste de lo de tu familia. Los nazis atacaron la okupa, aunque nosotros no estábamos ahí. Al poco tiempo me fui a Los Ángeles, con Orochimaru. Puse este piso a tu nombre y...

–Yo no te quiero –lo interrumpió Naruto, sin haber escuchado lo que Sasuke le contaba, inmerso en sus pensamientos–. Hablo en serio –susurró alterado, asustado tal vez–. ¡No me vuelvas a decir que me quieres! –chilló. Sasuke lo miró sin entender.

Naruto se volvió a levantar de su silla, sin decir nada más. Cogió el bastón y salió de la cocina apoyado en él. Sasuke también se levantó y lo siguió cojeando, dejando olvidada su muleta. El rubio caminaba hacia la puerta de salida.

–Espera –lo llamó Sasuke. Naruto se volvió con cara de pánico.– Intenta... recordar algo.

El rubio abrió la puerta y salió presurosamente, sin dejar de mirar a Sasuke. Cerró de un portazo y se miró la mano que no sujetaba el bastón. Temblaba. Necesitaba ver a Gaara. Ese cabrón era su supuesto amigo y no le había dicho nada.

Bajó las escaleras, casi cayéndose dos veces, y salió del portal. El aire de la tarde le impactó en el rostro. Estaban casi en otoño, y a veces el frío se hacía presente en las calles de la ciudad. Naruto trató de ubicarse un poco. No recordaba haber estado en aquel lugar.

Comenzó a andar. Una, dos calles y hasta tres. Al fin reconoció su barrio. De ahí sabía ir a casa de Gaara. No quedaba demasiado lejos a pie.

A los veinte minutos ya estaba frente a su puerta. Llamó varias veces, hasta que Kankuro abrió, con cara de sueño.

–¡Eh! ¿Qué haces tú aquí? –le preguntó sorprendido.

–¿Dónde está? –preguntó el rubio ansioso, mirando con furia al muchacho.

–¿Quién? –dijo éste sin entender.

–¡Gaara! –chilló.

–Ah... Pasa, está con el hermano de Sasuke hablando de no sé qué.

Naruto entró en el apartamento de malas maneras. Sin esperar que Kankuro lo llevase hasta la cocina, anduvo deprisa hasta llegar, sin hacer caso al dolor de sus piernas. En cuanto entró vio a Gaara, apoyado contra el aparador, mirándolo –al parecer había oído su voz– con cara de sorpresa mal disimulada.

–¡Tú! ¡Pedazo de cabrón! ¿Por qué no me contaste nada? –exclamó furioso.

–Ah... ¿Te lo ha contado ya Sasuke? –preguntó Itachi desde una silla. Naruto no lo miró, sino que siguió escrutando al pelirrojo con una mirada acusadora y llena de rabia.

–Él tiene más derecho a contártelo –se limitó a decir Gaara, encogiéndose de hombros.

–¡Él no tiene ni un puto derecho de decirme nada! ¿Sabes que ha dicho? ¿Lo sabes? ¡Me ha dicho que me quiere! ¡Es un jodido maricón de mierda! –Gaara no contestó.– ¡Reacciona! ¡Es una mierda, como los judíos, los negros! ¡Y tú lo sabías, que es peor! –lo acusó.

–No...

–¡Oye, tú, enano de mierda! –saltó Itachi de repente.

–¿Y tú qué quieres? –le preguntó Naruto.

–¿Qué te he dicho?

–¡Déjame en paz y no te metas en mi vida! –exclamó molesto el de ojos azules.

Itachi se levantó, se acercó a él y le dio un leve empujón. Naruto tuvo que sujetarse al marco de la puerta para no caerse. Lo miró con odio antes de volver a ponerse recto y encararlo.

–Que te jodan –escupió.

Itachi lo cogió del cuello de la camiseta, tiró de él hacia arriba y acercó su cara a la del rubio. Lo miró con algo de asco.

–Ya te he dicho que porque el idiota de mi hermano haga una excepción, no significa que también la vaya a hacer yo. Y también te dije que como te pusieses borde lo pagarías.

–Déjalo, Itachi –le dijo Gaara tranquilamente.

–Ni hablar –contestó éste–. Pórtate bien y ya me pensaré eso de tratarte mejor. Y como Sasuke se ponga borde también por tu culpa te mando a África en un paquete, con los ojos colgando y las tripas atadas al cuello –susurró con un brillo maligno y sádico en los ojos.

Lo soltó y volvió a sentarse. Naruto lo miró con algo de miedo. Esperaba no volver a verlo nunca más tras aquel día.

–Sigo –murmuró Gaara–. Uchiha no es mal tío. Cuanto antes te des cuenta, mejor. Y las cosas han cambiado, Naruto. Cuanto antes te des cuenta también de eso, mucho mejor.

Itachi asintió para darle la razón, sin dejar de fulminar a Naruto con la mirada, como si fuese un enorme, rebosante y asqueroso insecto al que hubiese que aplastar.

–No... Para mi nada ha cambiado. Aunque esté solo –dijo Naruto retrocediendo un poco. Se dio la vuelta y salió de la cocina. Caminó hasta la puerta de salida y se fue dando un portazo, sin despedirse de nadie.

No sabía a dónde ir. O mejor dicho, no tenía adónde ir. Se había quedado sin su piso alquilado, sin su trabajo, sin sus colegas... No tenía absolutamente nada. Vagó por las calles durante minutos, horas... De repente se dio cuenta de que se encontraba dando vueltas frente al orfanato de su infancia. Se plantó frente a la puerta de madera y llamó. Ya casi había anochecido.

Abrió la puerta aquella vieja criada, que ahora parecía mucho mayor de lo que nunca había aparentado. Abrió excesivamente sus ojos hundidos al ver el rostro frustrado de Naruto frente al suyo.

–¿Puedo pasar? –le preguntó el rubio.

–Sí –dijo ella con la sorpresa reflejada en la cara. Tenía entendido que el rubio estaba en el hospital aún. Ya de todos era sabido lo que le había sucedido.

–¿Dónde está Tsunade?

–Arriba. Sígueme. –Comenzó a subir las escaleras.

Naruto la siguió, observando todo a su alrededor. Nada había cambiado excepto el color de las paredes, que ahora lucía un verde limón pastelero. Observó con atención las fotos que adornaban el tabique. Siempre le había llamado la atención un hombre que se repetía en algunas de ellas y que estaba colgado en el despacho de Tsunade también, enmarcado en madera de roble, colgando majestuosamente a la vista. Un hombre de cabellos rubios y rebeldes, de semblante serio pero a la vez juguetón.

Cuando ya se encontraba frente al despacho de su supuesta abuela, la criada se despidió y bajó de nuevo, retomando sus labores. Naruto suspiró y entró sin llamar.

Tsunade se encontraba ordenando ciertos documentos sobre una estantería. En cuanto oyó la puerta se dio la vuelta con rapidez, haciendo que su pelo ondeara graciosamente.

–Hola –saludó Naruto con voz seca.

–Naruto –musitó la mujer–. Ven, siéntate –le ofreció una silla, frente a su escritorio. El rubio anduvo hasta ella, se sentó y dejó el bastón apoyado contra la mesa–. ¿Qué haces aquí? ¿Has venido solo? –le preguntó.

–Sí –asintió. Calló un instante y observó el despacho. Tampoco había cambiado gran cosa. Ni siquiera el color. Lo único nuevo era la foto de Naruto con la cabeza rapada, que solía colgar de la pared del pasillo, junto a las de los demás niños del orfanato. Entonces era verdad.– Tú lo sabías todo, ¿no? –dijo.

Tsunade se sentó y lo miró un instante, antes de suspirar quedamente.

–Me dijeron que no te contara nada. Y creo que fue mejor que lo oyeras todo de labios de Sasuke.

–¿Por qué todos os empeñáis en que era mejor que supiese la verdad por medio de ese marica? –le preguntó Naruto, visiblemente enfadado.

–Era lo mejor –le contestó la mujer con seriedad.

–No lo era. Tenía derecho a saberlo todo al momento de despertar –protestó arrugando la frente e inclinándose hacia su abuela.

–Y Sasuke también tenía derecho a contártelo todo. Al fin y al cabo todo sucedió entorno a él.

–¡Pero es mi vida!

–Entiéndelo. Tenía la esperanza de que lo recordaras todo en poco tiempo... De que no hiciera falta que nadie te dijera nada –le contestó Tsunade dejando su rostro serio de lado, para ser sustituido por uno comprensivo, al igual que el rostro de una madre.

Naruto tragó saliva.

–¿Sabes de qué manera ha cambiado mi vida? –le preguntó de repente–. Todos me decís que intente recordar. Recordar, recordar –susurró con ironía–. Pensáis que es fácil acordarse de algo que uno ni siquiera sabe si ha vivido. Pensáis que es fácil cambiar a una persona de la noche a la mañana. Recordar. Es como meterse en la mente de otra persona sin intercambiar palabras. ¡Es imposible! –exclamó dolido–. Y para colmo va un tío que no conozco de nada y me dice que me quiere... Y que yo le quería, o algo por el estilo... ¡Es ridículo! ¡No tenías derecho de ocultarme que eres mi abuela! ¡Por lo menos me deberías haber dicho eso: que soy el hijo de ese tío que tienes colgado en la pared, de un anarquista! –Le tembló la voz. Sentía un nudo en la garganta.

A Tsunade se le humedecieron los ojos, pero no derramó ninguna lágrima. Simplemente se levantó, bordeó la mesa y abrazó al rubio, pidiendo disculpas en el proceso. Cuando al fin lo soltó y volvió a su mesa, lo miró más serena.

–Sé que recordar será difícil, pero no lo pagues con Sasuke. ¿Sabes? No lo conozco realmente, pero si alguna vez le quisiste fue por algo.

–¿Le quise? –se preguntó el chico.

–Sí. Y estoy segura de que aún lo quieres. Lo acabarás recordando antes de que te vuelvas a enamorar –rió.

Naruto la miró con el entrecejo fruncido. Seguía siendo un hombre a pesar de lo que le pudiesen contar. ¿Cómo iba él a enamorarse de un hombre? Y si alguna vez lo hizo, no cometería la misma tontería dos veces. Se levantó de la silla.

–¿Te vas ya? –le preguntó Tsunade.

–Sí.

–¿Estás bien? –volvió a interesarse al ver la cara del chico, mezcla de enfado y tristeza.

Media hora después ya se encontraba frente a la puerta de su nueva casa, y oía tras ella discutir a los dos hermanos. Realmente no escuchaba lo que decían, sólo oía sus voces. El mayor, con una voz más grave que la del otro, la elevaba de vez en cuando, pero Sasuke gritaba al contestar, lo más borde posible.

Naruto alargó un brazo y llamó al timbre. Distinguió pasos apresurados y Sasuke abrió la puerta. Lo miró con los ojos abiertos y cara de preocupación. El rubio lo observó un rato con los ojos entrecerrados, la cara ladeada y una mueca de asco en los labios. Después entró, dándole un empujón para que se apartara.

–¿Ves como está vivo? –preguntó Itachi–. Ya puedes dejar de rayarme, no me lo voy a comer –dijo mirando con asco como Naruto caminaba hacia uno de los dormitorios en silencio y a paso lento, dado su estado, y sin prestarle atención, como si formase parte del mobiliario del apartamento.

–Cierra la boca ya –susurró Sasuke empujando la puerta para que se cerrara–. Naruto –lo llamó.

Éste se paró un instante, a medio metro del dormitorio en el que el moreno le había dicho aquella mañana que durmiera. Como no dijo nada más, reanudó su camino, abrió la puerta y entró en la habitación.

–Oh, le has dado la habitación de nuestros padres –susurró Itachi con burla. Sasuke lo ignoró y se apresuró a seguir al rubio.– En ésta casa no existo –volvió a decir el mayor para sí mismo; fue a la cocina.

Sasuke entró en la habitación.

Naruto estaba sentado sobre la cama, mirándose los pies, como si les estuviese reprochando alguna cosa.

–¿No quieres comer algo? –preguntó el moreno. Naruto negó, apretando los labios.– ¿Seguro? Tienes que comer. Llevas...

–Cinco años en coma, ya lo sé –lo interrumpió.

–Iba a decir que llevas todo el día fuera...

Naruto asintió para, después, levantar la cabeza y mirarlo con el entrecejo fruncido.

–Tampoco hace falta que te preocupes por mí.

–¿No puedo preocuparme?

–Puedes, pero no lo demuestres –dijo con frialdad.

–Lo demostraré –musitó elevando una ceja.

–Sal de aquí –ordenó Naruto.

–No... Creo que me quedaré.

–¡Vete! –espetó. Sasuke volvió a negar.– ¿Por qué coño tienes la esperanza de que recuerde algo? ¡No te quiero! ¡Ni quiero hacerlo! ¿Te enteras? En cuanto pueda me largaré de aquí y te puedes quedar tu mierda de casa. ¡No la quiero! No sé quien eres y no me apetece vivir con extraños. ¡Menos aún con maricones como tú! ¡Debieron haberos quemado a todos en Auschwitz(1), como a ratas de mierda! –exclamó furioso.

Sasuke ocultó la tristeza que sintió al oír aquellas palabras de los labios de Naruto. Pero desde luego, no se rendiría. Por nada del mundo. Haría que Naruto se acordase hasta del color de sus últimos calzoncillos, si hacía falta. Y si no era por las buenas, tenía que ser por las malas.

Comenzó a andar hacia él y se paró enfrente de él. Se acuclilló hasta quedar a su altura y le miró con el entrecejo fruncido. Naruto le sostuvo la mirada.

–Creo que hoy no acabé de contártelo todo. No te he dicho quién era Sakura, ni por qué tienes amnesia. No te he dicho por qué no fui lo primero que viste al despertarte en el hospital y no me he disculpado por no serlo –dijo conteniendo la rabia.

–No me interesa –le contestó Naruto con arrogancia–. Te puedes meter tus disculpas por el culo.

–Ah... Y tampoco te he contado las veces que has llorado en mis brazos –le dijo en voz baja con un tono burlón, sin escuchar lo que el rubio había dicho.

Naruto puso una mueca fea. Lo estaba humillando de la peor forma posible.

–Tampoco te he contado lo que te gustaba que te diera por culo... Sólo que no lo hacía como lo hizo aquel negro. Conmigo no tuviste que ir al hospital.

Tenía el corazón desbocado. El moreno estaba hurgando en una herida demasiado profunda. Comenzaron a temblarle las manos por la ansiedad.

–Conmigo te gustaba... Y también te gustó con Sakura. Ella te gustó en cuanto la viste... Y luego la dejaste preñada. No lo recuerdas, ¿verdad? –preguntó con maldad. Una vez que el juego hubo comenzado no pararía.– ¿Sabes que estuviste a punto de tener un hijo?

–¿A... a punto? –preguntó el rubio. Volvía a temblarle la voz.

–Sakura abortó. Después se volvió loca. Tú ya estabas en coma para cuando eso pasó.

–¿Abortó?

–Abortó –repitió Sasuke con voz de ultratumba–. Y después se largó. Se enamoró de ti, ¿sabes?

–No me acuerdo... –susurró cada vez más asustado por el tono de voz que utilizaba el moreno. ¿Todos los malditos Uchiha eran iguales? Las aletas de la nariz se le inflaron y su cuerpo se tensó.

–¿Sabes por qué no estaba en el hospital contigo? –Naruto negó–. Porque estaba cazando terroristas. ¿Y sabes por qué tienes amnesia?

–Un accidente de tren –contestó el chico a carrerilla.

–Un atentando. ¿Y sabes por qué? –Negó–. Porque maté a Orochimaru. Estás así por mi puta culpa, y no voy a dejar de preocuparme por ti, ni mucho menos dejarte ir a algún sitio. No hasta que no te recuperes del todo.

–¿Orochimaru? –musitó Naruto–. ¿Lo mataste?

–Sí... Para volver con un desagradecido como tú... No tenías ni idea, pero ya va siendo hora de que me debas un par de favores –le dijo con la maldad reflejada en los ojos.

–No... Yo no te pedí que hicieras nada por mí... Así que no tengo por qué deberte nada. –Negó con la cabeza.

–Claro que sí. Y sólo te pido una cosa –dijo de repente, cambiando su tono de voz a uno un tanto alegre y despreocupado.

–¿Qué? –preguntó Naruto con desconfianza.

–Una semana.

–¿Qué? –volvió a preguntar sin entender nada.

–Cuando nos conocimos te dije que te quería al cabo de una semana. Si para entonces no recuerdas nada y sigues queriendo irte, te dejaré esta casa y me iré con Itachi a Los Ángeles. No nos volverás a ver y pediré a los anarquistas que te dejen en paz. Es un trato justo, ¿no?

Naruto lo meditó un instante. Una semana a cambio de muchas cosas. Sonrió en sus adentros y asintió.

–De acuerdo, acepto.

1.Auschwitz: Campo de concentración y exterminio nazi, en el que se asesinaron a más de cuatro millones de personas, entre ellos judíos, gitanos y homosexuales. Para que os hagáis una idea: es más o menos como la mitad de la población de Madrid.