Ligeros recuerdos.
El pelo lacio ondeaba y salpicaba a cada zancada; la ropa se empapaba más y más con cada gota; su cara brillaba húmeda y los ojos cansados y aturdidos trataban de encontrar estabilidad. De vez en cuando la calle se le antojaba algo borrosa. El mareo hacía que se tambaleara. Había intentado en vano correr, mas no tenía el suficiente equilibrio.
Hacía media hora que Sasuke lo había llamado con una mota de recelo en la voz. Naruto se había desmayado.
Sabía de sobra que su hermano se enfadaría por verlo llegar borracho a casa. Últimamente se había dedicado al alcohol más que de costumbre, volviendo poco a poco el alcoholismo de su juventud.
No tardó en divisar los primeros edificios conocidos del barrio. Aquellos alrededor de los cuales había pasado tantas noches de crío.
Sasuke estaría en casa, nervioso, como en aquellos años. Sólo que esta vez el motivo era diferente.
Se paró un instante, con la mano apoyada en la fría piedra de un bloque de pisos antiguos, tratando de recuperar la compostura, y se prometió mentalmente el no volver a beber hasta ese punto.
Recobró de nuevo su marcha, a paso un poco más rápido, sin dejar de tambalearse ligeramente bajo el cielo tormentoso y las luces de las farolas.
A la hora de subir las escaleras lo vio bastante complicado. A punto estuvo un par de veces de darse de bruces, hasta que al fin llegó a la puerta de su casa y llamó.
Escuchó vagamente los pasos tras ella y pronto la luz del hogar le dio en los ojos, provocando que los tapara con un brazo poniendo cara molesta. Al destapar la mirada vio la decepción pintada en la cara del chico que tenía delante.
–¿Por qué coño lo sabía? –preguntó Sasuke al aire, dando la espalda al recién llegado.
–¿Qué pasa con Naruto? –balbució Itachi.
–Ya se ha despertado y ahora está durmiendo. Le he dado algo para el sueño.
Itachi se sacudió un poco la ropa y el pelo antes de entrar en casa, aunque no pudo evitar empapar el suelo. Cerró la puerta torpemente y se quitó la chaqueta, dirigiéndose al cuarto de baño.
–¿Para qué me has llamado, entonces? –volvió a decir en voz bastante baja, y con un deje de molestia.
–No... Para nada –comentó Sasuke caminando hacia el dormitorio más cercano para coger unas toallas limpias.
Itachi se metió en el baño, desnudándose casi por completo, y temblando un poco al estar empapado.
El aseo era una estancia bastante grande, con una bañera al fondo. Los azulejos grises y brillantes reflejaban la figura encorvada y delgada de Itachi, que se abrazaba tiritando. En el lateral derecho había un espejo grande y un tocador con el lavabo debajo. Al lado, un armario sobresaliente con el que Itachi se golpeó la rodilla.
–Mierda –susurró.
Se puso frente al espejo y apoyó las manos en el lavabo. Levantó su cara para observar el rostro tan conocido que poseía. En otro tempo había sido tan bello, pero ahora la edad parecía querer negarle esa belleza natural. Cada vez aparentaba estar más cansado, con más arrugas, con las ojeras más ennegrecidas. No eran tantos los años con los que contaba, pero se había descuidado mucho, preocupándose más por su hermano que por sí mismo, como nunca lo había hecho.
Llevaba más de un año sin cortarse el pelo, y éste casi le llegaba a la cintura, enmarcando su rostro. Se frotó los ojos y volvió a mirarlos fijamente, como si quisiese perderse dentro de ellos; fundirse en algún tipo de trance.
–Toma, sécate. –Sasuke había llegado hacía pocos segundos, con unas toallas en la mano derecha, que le tiró a la cara sin compasión.
Los reflejos de Itachi no estaban bien por culpa de la borrachera, por lo que las toallas impactaron contra su rostro, y su cuerpo se desplazó un poco hacia atrás.
–No tienes por qué tirármelas a la cara, mocoso –farfulló dejando caer los paños.
–No tengo, pero lo hago. Y no creo que estés en condiciones para reprocharme nada –espetó Sasuke.
–Ayúdame, anda –pidió el mayor de los hermanos, agachándose para recoger lo que había dejado caer al suelo. Sasuke tuvo que correr a sujetarlo para que no se cayese–. No sirvo ni para recoger una toalla –rió Itachi con amargura.
–Cállate, anda. Itachi nunca diría eso.
–Itachi es gilipollas –se autoinsultó–. ¿O no lo ves?
Sasuke ignoró la pregunta y lo sentó en el suelo, sobre las frías baldosas. Se puso de rodillas y miró su rostro agachado. El aspecto de su hermano concordaba a la perfección con el triste del baño, con aquellos colores tan apagados.
El menor cogió suavemente una toalla y se la puso en la cabeza a Itachi. Éste sonrió tristemente.
–Cuando eras un crío te hacía lo mismo cuando mamá no estaba en casa. Venías de la calle empapado...
–Y no me echabas la bronca, como lo hacían papá y mamá –lo interrumpió recordando.
–Sí... Porque era igual que tú.
Sasuke no contestó, sino que comenzó a secar el pelo de su hermano. Itachi simplemente se dejaba hacer, pensando en el tiempo que había pasado sin recibir ese tipo de contacto humano.
El masajeo que ejercía el menor sobre su cabeza lo adormecía. Poco a poco fue cerrando los ojos. Sus sentidos quedaron aún más eclipsados por la somnolencia que sentía. Sin darse cuenta se dejó caer hacia delante, ya medio dormido. Sasuke lo sujetó con un suspiro. Itachi ya no parecía Itachi. Pero se encargaría de que volviera a parecerlo.
...
La noche pasó rápida para unos e inacabable para otros.
Naruto abrió los ojos temprano. Estando aún adormecido, trató de levantarse de la cama, pero no tenía la suficiente fuerza, así que se dedicó a observar y analizar el entorno.
Parecía estar en su dormitorio. La luz que se filtraba por la ventana indicaba que todavía era temprano y hacía una mañana fría. Cerca de él escuchaba una respiración acompasada, así que levantó un poco la cabeza para ver de dónde provenía.
A los pies de la cama, con los brazos sobre ella y la cabeza ladeada dormía Sasuke. En ese momento la imagen del día anterior vino a la mente del rubio. Miró al chico con mala cara. ¿Qué hacía ahí?
–Eh –trató de llamarlo–. Despierta.
En vano. Sasuke no parecía reaccionar. Probó unas cuantas veces más, pero nada.
Maldijo varias veces en voz baja e hizo un esfuerzo sobrehumano por levantarse de aquella cama. La cabeza empezaba a dolerle y comenzaba a marearse, pero al fin logró sentarse. Se estiró un poco, hasta tocar la cabeza de Sasuke, y se puso a zarandearlo con toda la fuerza que le permitía su mal estado.
El moreno se movió molesto un rato, hasta que abrió los ojos y levantó pesadamente la cabeza. Miró aturdido a la persona que tenía delante durante unos segundos.
–¿Qué? –preguntó con la boca pastosa. Se levantó sin ganas del suelo y se estiró con una mueca. Tenía el cuello hecho polvo.
–¿Cómo he llegado hasta aquí? –preguntó Naruto con desconfianza.
–Volando.
Sasuke salió de la habitación con su muleta, moviendo un poco el cuello para intentar, en vano, hacer desaparecer el dolor.
Fue directo al baño, a lavarse. Cuando salió entró en la vacía cocina y se preparó un café. Había dormido muy poco y estaba cansado. Necesitaba despejar un poco la mente antes de volver a intercambiar una palabra con Naruto.
El rubio parecía seguir como siempre, sin acordarse de absolutamente nada. Y no tenía demasiadas ganas de discutir de buena mañana.
Cuando el café estuvo listo cogió la taza y se dirigió de nuevo al dormitorio. Naruto yacía en la cama, sentado y mirando los rayos de luz que invadían la estancia por la ventana.
El moreno se sentó cerca de él bostezando profundamente al tiempo que dejaba la muleta en el piso.
–Quiero ir al orfanato –dijo el rubio de repente.
–¿A qué?
–A estar con la vieja.
–Si no la tragas –susurró Sasuke antes de darle un sorbo a su café.
–No quiero estar más aquí. Volveré en cuanto te vayas, pero estos días me voy con la vieja.
–El trato no era ese –protestó Sasuke.
–Me da igual el puto trato. No quiero verte la cara nunca más, ¿entiendes? –dijo el rubio de malas maneras, elevando la voz inconscientemente.
–No.
–Sí.
–No –volvió a negar el pelinegro.
–¡Que sí, coño! Tú no eres nadie para impedirme esto –casi gritó Naruto.
–Callaos, ¿queréis? –intervino una voz desde la puerta de la habitación. Itachi estaba apoyado en el marco de la puerta, en calzoncillos y con una camiseta larga, el pelo alborotado y los ojos entrecerrados.
–Tú no te metas –susurró Naruto sin mirarlo.
–Claro que me meto. Callos y dejadme dormir –le contestó Itachi.
Naruto giró la cabeza hacia la ventana, con el ceño fruncido. Sasuke por su parte suspiró, recogió la muleta del suelo y se levantó de la cama para salir del dormitorio. Itachi lo siguió hasta la cocina.
–Me voy hoy –dijo.
Sasuke calló un instante, pensativo. Estaba de espaldas a su hermano, observando su taza de café.
–Lo sé. Quería hablar contigo.
–¿De qué?
–Ve a la okupa y quédate ahí hasta que acabe la semana –susurró el menor dándose la vuelta para observara Itachi.
–¿Qué? –preguntó éste incrédulo.
–Si la cosa acaba mal me iré contigo –explicó Sasuke.
–¿Tan pocas esperanzas tienes?
–Sinceramente... –pero se detuvo. Bajó la mirada y volvió a mirar su taza. La dejó sobre la mesa y salió de la cocina.
Itachi giró sobre sí mismo y salió al pasillo para ver qué hacía su hermano. Lo vio entrar en el que había sido el dormitorio de sus padres y escuchó como Naruto comenzaba a protestar.
Tras varios gritos más aparecieron los dos por el pasillo. El rubio, ayudado por Sasuke y su bastón, con la cara desencajada por la furia. Sasuke, por su parte, tenía un aspecto algo decaído, pero en cuanto notó la mirada de Itachi sobre él, la cambió a una más serena.
–Vamos a... desayunar algo –dijo Sasuke incómodo tras obligar a Naruto a sentarse. Abrió el frigorífico, pero nada de lo que había le convenció, así que lo cerró–. Iré a comprar algo.
Fue al salón. Sin despedirse, tanto Itachi como Naruto escucharon el taconeo de su muleta por el pasillo y la puerta cerrarse con un ruido seco.
Itachi salió de la estancia para ir al cuarto de baño y Naruto se quedó solo con sus pensamientos. Ya habían pasado dos días desde que Sasuke le propusiera aquel trato. Ese era el tercer día que tenía que vivir con los dos hermanos, y la relación iba de mal en peor. Notaba un tenso ambiente aquella mañana. Miradas extrañas entre los dos morenos y una paz y silencio demasiado incómodos.
No sabía qué hacer. No quería tener que vivir en aquella casa, y odiaba el cariño que le profesaba Sasuke. Era algo que lo desagradaba totalmente. Tal vez porque era extraño sentir como alguien se preocupaba de esa forma por ti tras tanto tiempo. O lo extraño era que un completo desconocido se preocupara por él.
Pero Naruto tenía una maraña de pensamientos en la cabeza. Desde que viera al Uchiha algo en sus ojos le había hecho perder la noción momentánea del tiempo. Un vago recuerdo que en una milésima de segundo se había extinguido sin darle tiempo a saber de qué se trataba. Y era la razón por la que los ojos de aquel hombre le intrigaban. Pero una parte de sí le decía que se largara, que dejara pasar el tiempo y esperara a que él se fuera.
Sasuke había sabido hurgar en heridas profundas, y para Naruto era una muestra de que algo más sabía, de que algo podría haber habido en un pasado totalmente ajeno a él; a lo que él era en aquel momento.
Fogonazos traspasaban su cabeza una y otra vez, confundiéndolo aún más. Palabras dichas alguna vez. Frases sin terminar y que a veces ni comenzaban. Pero había una que sí pasaba por su mente de vez en cuando... "¿Te vas a quedar hoy?"
–¿Te vas a quedar hoy?
–No sé... Supongo que sí.
Naruto pegó un bote en su silla y se volvió algo sobresaltado. Sasuke yacía en el marco de la puerta con una bolsa en la mano derecha, con cara algo extrañada.
–¿Cuánto llevas ahí? –preguntó Naruto.
–Acabo de llegar. ¿Te acuerdas...?
–No –negó el rubio automáticamente.
–¿... de Sarutobi-san? –prosiguió Sasuke sin prestarle atención.
–¿El de los fideos? –dijo el rubio de repente.
Sasuke sonrió.
–¿Te acuerdas de cómo lo conociste? –preguntó.
Naruto negó con la cabeza. Sabía quien era aquel hombre, pero no tenía ni la más mínima idea de por qué lo sabía.
–¿Qué pasa con Sarutobi? –se escuchó decir una voz tras Sasuke. Éste se apartó para dejar entrar a su hermano, y acto seguido entró él también, y los tres quedaron sentados en la mesa.
–Ha muerto. Su nieta lleva ahora el restaurante y me lo ha contado. Hace dos años que ya no está –murmuró Sasuke con una mueca nostálgica.
–Te caía bien, ¿no? Cuando eras pequeño siempre me robabas para poder ir a comer ahí –recordó Itachi pensativo. Sasuke asintió.
–Era como un abuelo –dijo para sí mismo.
–Vale... -interrumpió Naruto–. A todo esto, ¿de qué lo conozco yo?
–Te llevé a comer ahí. Y te gustó –le contestó Sasuke.
–Ah... Vale.
El menor de los hermanos puso la bolsa que llevaba sobre la mesa y sacó de ella todo lo que había. Puso delante de los ojos de Naruto un cuenco blanco de sopa y otro de fideos, carne y verduras cocidas. Destapó ambos cuencos y sacó también un paquete de palillos de la bolsa. Se los tendió a Naruto y éste se quedó mirándolos con aturdimiento.
–¿Qué pretendes que haga con ellos? –le preguntó a Sasuke–. No sé utilizarlos.
–Prueba –lo animó el otro.
–¿A mí me has traído algo? –se interesó Itachi al ver que nadie le prestaba atención.
–Oyako-donburi(1) –contestó su hermano sin mirarlo, aún observando a Naruto.
–Qué memoria, tú –musitó rebuscando en la bolsa.
–Yo no pienso comer perros, y menos con palos –protestó Naruto.
–Son fideos, y sabes comer con esto –lo corrigió Sasuke.
El rubio lo observó con desconfianza y lentamente alzó la mano para coger los palillos con ella. Una vez los tuvo entre sus dedos los miró con extrañeza. No entendía exactamente qué esperaba Sasuke que hiciese con ellos. No recordaba haber utilizado unos en su vida. Aunque había tantas cosas que no recordaba. Como el tatuaje que llevaba en su abdomen.
El día que despertó lo observó con mucho detenimiento. ¿Por qué tenía él un tatuaje tan extraño? No se lo había preguntado a nadie, pero cada vez que lo miraba su confusión aumentaba.
Pero de repente empezó a negar efusivamente con la cabeza. Dejó los palillos sobre la mesa y miró a Sasuke que con ceño fruncido.
–No los voy a utilizar.
–Vamos...
–Déjalo –interrumpió Itachi. Sasuke lo miró con una ceja levantada–. Si se quiere morir de inanición que se muera.
Naruto miró al hombre peor que su hermano, si cabe, y cogió los palillos de nuevo entre sus dedos. Aquel tío lo estaba desafiando. Así que ni corto ni perezoso se colocó bien los dos palitos y acercó el cuenco de fideos para tratar de coger algunos. Tuvo éxito, pero en vez de comerlos se quedó mirándolos.
–¿Y ahora? –preguntó.
El menor de los hermanos volvió la cara hacia él; Itachi sonrió disimuladamente para después decir entre dientes:
–Sois un par de simples.
–Tienes que meter todos los fideos en la sopa –comentó Sasuke acercándole el cuenco de sopa al rubio. Éste no tardó en vaciar todo el cuenco dentro de la sopa, consiguiendo salpicar la mesa y al Uchiha menor en el proceso.
Sasuke suspiró y arrugó la frente, pero Naruto no le hizo caso y comenzó a revolver la sopa con los dos palillos.
Al final todos comieron casi en silencio. Naruto interrumpía de vez en cuando para preguntar cosas banales sobre la comida, pero comió sin rechistar, sin dejar ni una gota de sopa en su cuenco.
Al final de la tarde Itachi había desaparecido, y Sasuke y Naruto se miraban desafiantes. Sasuke tenía el cuerpo pegado a la puerta de entrada, impidiendo pasar a un muy enfadado rubio, que gritaba como si mil demonios lo atacaran a la vez.
Y siguió gritando cuando la noche cayó sobre la ciudad. Y también gritaría al día siguiente, pero sólo durante un breve instante al despertar.
-.-.-.-.-.-
Sí, lo siento, soy una vaga y he abandonado este sitio por completo. Pero no os voy a decir nada que no sepáis. A veces no nos apetece hacer cosas, y eso a todos nos pasa. No voy a perder más tiempo en decir tonterías. Simplemente quiero agradecer a quien siga leyendo la historia y a quien me haya apoyado durante este tiempo. Nada más. Y aunque lo parezca, no estoy de mal humor. A cuidarse J
1.Oyako-donburi: plato típico japonés, que consiste en arroz sobre el que se ha añadido pollo, huevo y cebolla.
