Adrenalina pura
Sasuke dormía plácidamente, con la persiana bajada completamente y tapado hasta las orejas, ajeno a cualquier cosa que ocurriera fuera de su cuarto. Pero en una casa como aquella la tranquilidad no era uno de los hechos más sobresalientes.
Naruto entró a su habitación como un huracán, le arrancó, literalmente, las mantas y lo miró con el entrecejo gravemente fruncido, hasta que el moreno se movió perezosamente y lo miró con los ojos entrecerrados.
–¡Abre los putos ojos! –chilló Naruto molesto.
–¿Qué coño quieres? –preguntó Sasuke con la voz ronca, volviendo a cerrar los orbes.
–Explícame qué es esto –ladró el otro tirándole un papel a la cara.
Sasuke lo recogió y se levantó lentamente hasta quedar sentado en la cama, con las piernas separadas. Se frotó los ojos y se quitó las legañas antes de comenzar a leer, rascándose partes pudorosas de su cuerpo sin ningún reparo.
Leyó las palabras por encima y, a medida que avanzaba, su ceño se fue frunciendo más y más. Cuando hubo terminado levantó una ceja. Era la carta que le había escrito a Naruto antes de marcharse con Orochimaru. ¿Qué diablos es esto?, pensó. ¿En qué momento había escrito él semejante cursilada?
Arrugó el papel y lo tiró al suelo. Volvió a tumbarse y le dio la espalda a Naruto, tapándose la cabeza con la almohada, lo cual no hizo sino crispar más los nervios del rubio, cuyo humor amenazaba con explotar en cualquier momento.
–¿Vas a explicarme de una puta vez qué significa eso? –chilló.
–No –dijo Sasuke con la voz amortiguada por la almohada que aún tapaba su cabeza.
Naruto caminó hacia la cama, apoyado en su bastón, y tiró del cojín con toda su fuerza, logrando quitárselo al ojinegro, quien se encogió sobre sí mismo, pues estaba en ropa interior y comenzaba a tener frío. Fue cuando Naruto reparó en el tatuaje que tenía en el omóplato izquierdo.
Un recuerdo lo asaltó entonces. El tatuaje de Sasuke y el suyo tenía algo que ver. Bordeó la cama y se colocó delante del moreno. Se levantó la camiseta, dejando ver el ombligo, y preguntó:
–¿Qué tiene que ver eso que tienes en la espalda y esto?
Sasuke abrió de nuevo los ojos y lo miró. El tatuaje de Naruto seguía casi intacto, comparado con el suyo, que se había vuelto un tanto borroso.
–Todo –contestó.
–¿Qué es todo? –inquirió el rubio confuso.
–Todo –repitió Sasuke.
Se levantó de la cama y se quedó sentado, dándole de nuevo la espalda a Naruto. Se rascó la cabeza y después apartó su pelo y lo dejó caer por encima del hombro derecho, dejando la visión del tatuaje totalmente despejada. El rubio lo examinó unos instantes: tres aspas rodeadas por un extraño círculo. Le recordaba a un triskel(1).
–Me lo hice por tu puta cabezonería –dijo Sasuke. Se levantó, recogió su manta y la dejó sobre la cama antes de abrir el armario, ponerse un pantalón y salir del dormitorio.
Entonces Naruto reparó en la carta, arrugada en el suelo. La recogió y salió detrás de Sasuke.
–¡Aún no me has explicado esto! –replicó tirándole el papel a la cabeza. Sasuke paró de dar tumbos, pues había dejado su muleta en el dormitorio, y se volvió hacia Naruto con los ojos entornados de rabia, encontrándoselo de brazos cruzados.– Espero –añadió con voz más tranquila.
–¿Es que no sabes leer? –Sasuke se agachó con dificultad y recogió la carta del suelo.– ¿O hace falta que te haga tragártela para entender lo que pone? –preguntó más enfadado aún. ¿Qué esperaba Naruto? ¿Qué se la recitase?
–Quiero que me expliques a dónde fuiste y cuándo –aclaró con voz exigente.
–¿Y eso que importa?
–Importa. Tengo derecho a saberlo –insistió.
Sasuke lo miró con una ceja levantada. Y entonces se le ocurrió la forma de cabrearlo un poco más.
–Pues intenta recordarlo. –Sin decir más, le tiró el papel a la cara y se escabulló por la puerta de la cocina.
Naruto creyó que la sangre la hervía. Golpeó el suelo con el bastón y se fue a su dormitorio. Cuando salió ya era tarde y Sasuke no estaba en casa. Como no había comido ni tenía dinero tuvo que llamar a Gaara para que le llevara algo de comer.
Su amigo apareció a las ocho de la tarde con el hermano de Sasuke, ambos ojerosos y apestando a cerveza. A Naruto le molestó lo bien que parecía llevarse Gaara con los Uchiha, así que apenas le dirigió la palabra. Huelga decir que Itachi ni siquiera recibió una mirada por su parte, ni Naruto por la del moreno.
Al poco llegó Sasuke. Naruto lo miró receloso, pues parecía estar de buen humor, e incluso echó de su casa a Itachi y Gaara de forma educada, cosa que no hizo sino aumentar las sospechas del rubio.
Finalmente no pudo aguantar más su curiosidad y tuvo que preguntarlo. ¿Qué diablos había sucedido?
–Ino ha dado a luz hoy –contestó Sasuke distraídamente, tumbado en el sofá con el mando de la televisión en la mano.
–¿La rubia? –preguntó Naruto inseguro.
–Sí.
Después de aquello la habitación se quedó en silencio. Lo único que se oía era el sonido de la televisión.
Sasuke volvió a cambiar de canal y centró su atención en las noticias. Naruto, por su parte, miraba en silencio al moreno. Pensaba en Sakura, en el hijo de Ino. Se había pasado con aquella mujer. Si él hubiese estado en su lugar, con toda la vida por delante y solo, ¿qué habría hecho?
–Naruto –escuchó. Se dio cuenta de que Sasuke lo miraba.– Lo van a llamar así.
El rubio se quedó mudo. ¿Iban a llamar al niño como a él? Sintió la necesidad de desaparecer de aquel sitio, así que se levantó y se escabulló hacia su habitación. Tenía ganas de gritar, de marcharse para siempre y de que todo el mundo lo olvidara.
Sentía la rabia subir por sus venas; rabia contra sí mismo, por no ser capaz de acordarse de las cosas. Era como si el tiempo se hubiese quedado estancado para él y hubiese avanzado para todos los demás, como si fuese el único sin una vida.
Se sentó sobre la cama, sin encender la luz, y miró la penumbra que lo rodeaba. Las cosas no podían seguir como antes. El único amigo que le quedaba era Gaara, y también él había cambiado. Para Naruto el cambio había ocurrido de la noche a la mañana, pues no había visto a Gaara durante los cinco años que vivió apartado del resto del planeta. Se sentía impotente. ¿Qué hacer?
La puerta del dormitorio se entreabrió y una línea de luz invadió la habitación. Naruto levantó la mirada y vio la silueta de Sasuke, quien no parecía querer abrir más la puerta.
–¿Te pasa algo? –le preguntó el moreno.
–Déjame solo –pidió Naruto.
Para su sorpresa, la puerta volvió a cerrarse y Sasuke no la abrió más. Así que se metió a la cama y, aunque fuera impropio de él, no durmió hasta bien entrada la madrugada, ni salió a la mañana siguiente de la habitación, ni a la tarde. Tuvo que ser Sasuke quien, preocupado, entrara en su cuarto sin llamar, para asegurarse de que todo estaba bien.
La semana pasó sin pena ni gloria. Naruto adelgazó aún más, apenas salía y no quería hablar de nada ni con nadie. Por su casa pasaron decenas de personas, pero ninguna logró sacarle una sonrisa. Sasuke no sabía qué hacer. El rubio ni siquiera tenía ganas de discutir; desde luego, no era él.
Una mañana llamaron a la puerta. Naruto dormía y Sasuke no estaba en casa. Siguieron insistiendo hasta que el rubio se dignó a levantarse y, aún adormilado, fue a abrir. Ya no necesitaba el bastón para caminar y apenas cojeaba.
Agarró el pomo de la puerta y se revolvió el pelo al tiempo que abría. Al principio no reconoció a la persona que tenía delante, pero cuando ésta sonrió reconoció al amigo de Sasuke, aquel tipo de pelo blanco cuyo nombre no recordaba.
–¡Hola! –saludó. Naruto no dijo nada, simplemente lo observó con detenimiento hasta que el chico volvió a abrir la boca.– Vengo a ver a Sasuke.
–Pasa. –Se apartó de la puerta y dejó que el chico entrara. Cerró y fue al dormitorio de Sasuke, pero no estaba. Vio la puerta del baño cerrada y llamó, pero no contestó nadie.– No está –le dijo al peliblanco volviendo al recibidor.
–Oh, no importa –contestó éste–. Simplemente he venido a decirle que mañana se habrá cumplido la semana que dijo, así que recuérdaselo –le dijo a Naruto con una sonrisa.
El rubio lo miró con desconfianza. ¿Una semana? ¿Ya había pasado una semana?
–¿Qué tal van las cosas? –volvió a hablar el chico.
–Muy bien –mintió Naruto, y siguió mirándolo escépticamente.
–Ya veo que sí –dijo el otro muchacho, sonriendo con la burla reflejada en los ojos. No, él sabía que las cosas no iban bien. Sasuke se iría con ellos a Los Ángeles y él podría retomar su vida.– Simplemente era eso. Dile a Sasuke que vendremos a buscarlo a las seis de la tarde. A las ocho sale nuestro avión.
Naruto asintió y el chico se despidió con una sonrisa; se fue y el rubio se quedó plantado en el pasillo. Calculó mentalmente y dedujo que era martes. ¿Dónde podría estar Sasuke?
En los días que habían pasado no había recordado gran cosa, por más que lo había intentado, encerrándose en su habitación para dedicar horas enteras a pensar y tratar de relacionar cosas, de tal forma que los recuerdos volvieran a su memoria. Al final del día siempre había acabado tirando las almohadas contra la pared, totalmente frustrado.
Sasuke había intentado animarlo de todas las formas posibles, y Naruto lo vio. Cada vez que una persona llegaba a la casa, el rubio la examinaba de pies a cabeza, pero ninguno de ellos le era familiar. Un par de veces los ojos se le encendieron pensando que recordaba el nombre de tal o de cual, pero los recordaba del hospital, de cuando había despertado.
Se había sumido en un silencio asfixiante hasta para él, pero por más vueltas que le diera no lograba saber qué pasó en el tren, de qué hablaba Sasuke en aquella arrugada carta que había desdoblado y guardado en el cajón, aferrándose a cada una de las palabras como si ellas fuesen el mapa del sendero que debía seguir para recordar. No fue así, nada lo ayudó, y su enfado consigo mismo cada vez era mayor.
Se sentó en la cocina, decidido a esperar a Sasuke. Él era su última esperanza para tratar de recordar. Tenía que sonsacarle cada una de las cosas que habían hecho juntos, los lugares que habían visto. Pero una idea había empezado a surcar sus pensamientos en el mismo momento en el que el chico de pelo blanco abriera la boca: no iba a decirle a Sasuke nada; no se enteraría de que aquel tipo había estado allí ni que irían a buscarlo al día siguiente.
Necesitaba un poco más de tiempo, su única fuente para saber la verdad no podía secarse en tan sólo un día.
Sasuke llegó a la hora del almuerzo, con una bolsa llena de dulces. La dejó sobre la mesa, frente a Naruto, y se sentó en una silla, dejándose caer sobre el respaldo. Como Sai iba a estar muy ocupado esa mañana le pidió a Sasuke que estuviera con Ino y, como ella no quería estar quieta ni un momento, lo paseó por toda la ciudad, de tienda en tienda y floristería en floristería, con el pequeño Naruto durmiendo pacíficamente en su silla.
–Oye –llamó su atención el Naruto mayor, que yacía sentado frente a él, tan serio como lo había estado toda la semana.
–¿Qué quieres? –preguntó Sasuke. A pesar de su tono, realmente se alegraba de que Naruto abriera la boca al fin. Su silencio era insoportable. Levantó la cabeza y lo miró.
–¿Me haces un favor?
–¿Un favor? ¿Yo? –se sorprendió. Naruto asintió, seguro de sí.
–¿Puedes acompañarme a un sitio? –preguntó.
–Claro. ¿Adónde?
–Quiero –comenzó– ir a la estación donde… –dudó un segundo– pasó esto –comentó señalándose la cabeza, como si tuviera una enorme brecha en ella.
–¿Estás seguro?
Naruto asintió. Desde que había despertado no se le había ocurrido la idea de ir, hasta hacía dos días. Lo había pensado: como no se acordaba de nada no creía que le pudiese aterrar un sitio así.
–Está bien –concluyó Sasuke–. ¿Cuándo quieres que vayamos?
–Ahora –contestó el rubio con convicción. Cuanto antes, mejor.
Diez minutos después se hallaban sentados en la estación de tren más cercana a su casa, esperando que éste llegara. Subieron junto a un buen montón de gente charlatana y el viaje comenzó, en silencio.
Sasuke echaba vagas miradas a Naruto, quien seguía sumido en sus pensamientos, con el ceño fruncido. Era la primera vez en días que decidía salir de casa. El moreno sabía que ya casi había pasado una semana desde que hiciera el trato con Naruto, pero no quería ni hablar del tema. La depresión del chico lo había afectado también a él y, aunque había intentado no tirar la toalla, no tenía más fuerzas para luchar por nada. El rubio no ponía absolutamente nada de su parte.
Hicieron un trasbordo y dos paradas después estaban en Vergara. A petición de Naruto salieron a la superficie y Sasuke caminó en dirección a la casa okupa unos pasos, deduciendo las intenciones del chico, hasta que paró en un cruce y se dio la vuelta, quedando frente a Naruto.
–Sai dice que vinisteis por aquí. –Comenzó a andar de nuevo hacia la estación. Naruto lo siguió.– Entrasteis al metro, pero tu ticket no funcionaba. –Bajaron las escaleras, hasta que llegaron a las taquillas.– Dijiste que te quedaban viajes –continuó Sasuke–, y fuiste a hablar con una de las encargadas para que te lo cambiara. –Naruto escuchaba con atención cada una de sus palabras–. Te lo cambiaron y fuisteis dirección Oeste. –Pasaron de las taquillas y bajaron por unas escaleras marcadas con el nombre "Oeste".– Medio minuto después de que llegarais vino el metro –susurró Sasuke dándose la vuelta para encarar a Naruto–, subisteis y poco después de arrancar, el tren saltó por los aires –finalizó.
El rubio miró el suelo con las cejas fruncidas. Llegó el tren, bajó y subió gente, ante los ojos de los dos jóvenes, y se fue, dejando una ola de aire caliente tras sí. Naruto negó con la cabeza, no recordaba nada así.
–Vamos a la okupa –sugirió en voz baja, volviendo la vista hacia Sasuke. Éste asintió, y volvieron a salir de la boca del metro.
Cuando estuvieron medianamente alejados Naruto volvió la vista atrás. Le habían contado que el parque que solía haber encima de aquella estación se había hundido. Ni rastro quedaba ni del parque ni del hundimiento, ahora allí simplemente había un gran monumento abstracto.
Caminaron en silencio la mitad del camino, hasta que Naruto sintió sus tripas jurar en arameo y se paró en seco. Se mordió el interior de la mejilla y volvió la vista hacia Sasuke. Aquello que iba a hacer a continuación era tener mucha cara, lo sabía, pero no pudo evitarlo.
–Oye –lo llamó. Sasuke se dio la vuelta. Dudó un instante.– ¿Me compras algo de comer? –dijo rápidamente.
Sasuke alzó una ceja y lo miró sin poder creérselo. Estuvo a punto de echarse a reír, pero se limitó a darle la espalda tratando de disimular una sonrisa y a continuar su camino.
–¿Eso es un sí? –preguntó Naruto siguiéndolo de nuevo.
–En la okupa te darán de comer, en cinco minutos llegamos –le dijo mirándolo por encima del hombro irónicamente.
Aquello fue como un soplo de aire fresco para ambos. Naruto tuvo que contener una carcajada. Había sido la situación más absurda y a la vez simple que había vivido desde que conocía a Sasuke. Y aquello lo hizo ansiar algo que no supo describir en un primer instante. Sólo cuando estuvo a la altura de su compañero y percibió su sonrisa de medio lado lo supo: nunca había visto a Sasuke sonreír.
Una sensación extraña lo invadió. Era como un deja vu, un pequeño recuerdo con forma de pez que asomaba solamente la cola.
Cuando llegaron a la casa la encontraron casi vacía. En ella simplemente había un grupo de jóvenes que ni Sasuke conocía, Kiba tirado en un sillón e Iruka cocinando para "los mocosos de ahí", según les había dicho, señalando al grupito charlatán de la gran sala. Ésta ya no estaba llena de sofás, los cuales habían sido reemplazados por mesas y sillones viejos.
Naruto no pudo evitar fijarse en las paredes, en una gran anarquía de color morado que había en una de las paredes y un enorme perro de tres cabezas en otra, y entonces lo supo: Sai había pintado aquello.
Se emocionó un poco más cuando lo comprendió. A fin de cuentas, salir de casa había sido una buena idea. Algunas cosas comenzaban a cuajar dentro de su mente.
Sasuke se sentó cerca de Kiba y comenzó a hablar con él, mientras Naruto seguía observando la sala desde la puerta de la cocina, con Iruka dentro de ella. De repente, el rubio sintió algo pasearse alrededor de sus piernas, y bajó la mirada para encontrarse con un enorme perro blanco que le olisqueaba las zapatillas. Se agachó y le acarició el lomo con una sonrisa. El perro le dio un lametón en la cara, y Naruto no pudo evitar llamarlo por su nombre.
Iruka se volvió sobresaltado. ¿Akamaru? ¿Naruto había pronunciado eso? Al ver su sonrisa no dudó: el chico recordaba al perro.
–¿Me recuerdas a mí? –preguntó esperanzado. Naruto levantó la mirada.
–Iruka –pronunció. En la cara del hombre creció una sonrisa alegre.– Te recuerdo del hospital –aclaró Naruto.
La sonrisa desapareció de la cara de Iruka tan rápido como apareció, y volvió a su labor, con la decepción reflejada e sus facciones.
–Naruto –escuchó el rubio. Se dio la vuelta y vio a Sasuke haciéndole señas con una mano. Le revolvió el pelo de la cabeza por última vez al perro y se levantó para seguir al moreno por unas escaleras.
–¿Adónde vamos? –le preguntó.
–A mi antigua habitación –contestó.
Subieron y avanzaron por el pasillo hasta una habitación del fondo. Sasuke abrió la puerta y entró. Encendió la luz, pues la persiana estaba bajada y caminó hasta el fondo de la estancia. Dentro reinaba un fuerte olor a cerrado.
Naruto se adentró detrás del moreno y observó las cosas a su alrededor: la cama hecha, las cortinas de la ventana, el gran armario oscuro, el sillón que había al lado de éste y la vieja madera polvorienta del suelo. No reconocía nada de eso.
–Parece que no haya vivido nadie aquí en mucho tiempo –comentó.
–Parece –corroboró Sasuke–. No han movido nada. –Se acercó al armario y lo abrió. Su ropa había desaparecido; ahora sólo quedaban las estanterías vacías y llenas de polvo, y no pudo evitar acordarse del desorden que había reinado en el armario cuando Naruto lo abrió por primera vez.
–Me encierras aquí y creo que no podría salir –escuchó decir al rubio. Se dio la vuelta y lo vio en la ventana, examinando la cerradura de ésta.– Tendría que romper la ventana y saltar.
–Hay demasiada altura –contestó Sasuke. Su compañero se encogió de hombros. No recordaba nada.– Vámonos –le dijo.
Naruto asintió y salieron. Bajaron al piso de abajo y comieron junto a Kiba y los otros chavales, que charlaban animadamente, sin haber tenido la decencia de presentarse. Uno de ellos empezó a decir que si alguna vez se le cruzaba algún nazi lo haría papilla, y comenzó a describir mil formas absurdas de acabar con una persona.
–Mira, chaval, el día que se te cruce un nacionalsocialista date por muerto –intervino Naruto, harto de tanta palabrería. Sasuke bufó sabiendo lo que vendría a continuación.
–¿Y tú qué sabrás? –inquirió el chico, mirándolo con desconfianza.
–Porque los conozco a todos, mocoso –susurró Naruto entre dientes–. Y tienes ante ti a uno de sus antiguos líderes, no me toques los cojones –espetó.
–Sí, venga, ¿y qué más? –preguntó el chico burlón.
–¿Quieres comprobarlo en carne propia, microbio? –saltó Naruto levantándose de su silla.
–Naruto, siéntate –ordenó Sasuke.
–Tú no te metas, le voy a demostrar a éste saco de pulgas que con cosas de mayores no se juega –escupió remangándose.
–¿Cosas de mayores? –espetó Sasuke–. ¿Cuántos años tenías tú cuando empezaste a meterte en "cosas de mayores"? –inquirió con una ceja levantada. Naruto lo miró con el ceño fruncido y volvió a sentarse.
–En canto nos vayamos te voy a patear el culo, Uchiha –ladró el rubio encarándolo.
–¿Es que no puedes hacerlo ahora? –lo provocó Sasuke.
–¿Es que quieres quedarte aquí tirado y no poder volver hasta tu casa? –se burló Naruto.
–Mira quien me lo dice, señor musculitos –ironizó Sasuke.
Naruto volvió a levantarse y lo cogió por el cuello de la camiseta, totalmente cabreado. Él era perfectamente consciente de lo delgado que estaba, no hacía falta que se lo echaran en cara. Pero aún y aunque le rompieran la crisma, lo que no iba a permitir era que pisotearan su orgullo.
–¿Te demuestro ahora mismo lo capaz que soy de dejarte sin cara? –preguntó.
Sasuke simplemente sonrió de medio lado, con la prepotencia relejada en sus facciones, Con su mano sana cogió la muñeca de Naruto y se la apretó hasta que éste tuvo que soltarle la camiseta.
–Si no te la rompo es por pena –le dijo soltándolo. Naruto frunció el entrecejo con rabia.
–Eh, vosotros dos, ¿ya estáis como el perro y el gato? –preguntó Iruka saliendo de la cocina–. Naruto, siéntate, ¿quieres? –le dijo con tono molesto.
Si el chico obedeció simplemente fue por la congoja que le daba mandarlo a la mierda después de haber comido lo que él había preparado, así que volvió a su asiento en silencio y se centró en su plato, sin parar de echar miradas de cabreo a Sasuke.
En el fondo de su corazón, el moreno no podía estar más contento. Naruto por fin había despertado de su estado vegetativo y había abierto aquella gran bocaza que tenía, aunque simplemente fuera para comenzar una riña.
Media hora más tarde Sasuke se despidió y partieron hacia su casa, con Naruto aún de morros y sin decir una palabra. Aquella situación le resultaba familiar. Entonces recordó el motivo por el que había salido de casa aquella mañana y su humor pareció cambiar un tanto.
–Llévame a más sitios –le dijo a Sasuke con voz autoritaria.
–Si me lo dices así, me parece que no tengo muchas ganas –contestó el moreno.
–¿Pretendes que te lo pida por favor? –preguntó Naruto con un tono que parecía gritar: "no te crees ni tú lo que me dices".
–No, simplemente que hables como una persona normal. –Sasuke se paró en medio de la calle y miró a Naruto con una ceja levantada.– ¿Y bien?
–¿Me llevas a más sitios en los que hayamos estado? –preguntó el rubio a regañadientes, forzando la sonrisa más falsa de su vida. Sasuke esbozó una risita de burla.
–Claro. ¿Vamos a ver a tu abuela?
–¿Qué? No quiero ver a la vieja –protestó el chico.
–Como no quieras salir… –comenzó, pero paró en seco. Se le acababa de ocurrir una idea, así que comenzó a caminar de nuevo hacia la okupa.
–¿Adónde vas? –preguntó Naruto siguiéndolo.
–Tú ven.
Pasaron de largo la gran casa y siguieron caminando por la calle, hasta que llegaron a la boca del metro. Casi veinte minutos después se hallaban caminando por una transitada calle, hasta que Sasuke paró frente a una tienda. Naruto se quedó mirándola con el ceño fruncido.
¿Tanto le había costado decirle que iban a un estudio de tatuajes? Para colmo Naruto conocía aquel estudio: era donde trabajaba Pit, un antiguo compañero de clase.
–¿Y qué hacemos aquí? –le preguntó a Sasuke. Como había hecho durante todo el camino, el moreno lo ignoró y empujó la puerta de cristal.
Sonó un timbre que indicó la llegada de nuevos clientes, y Pit, más grande de lo que Naruto lo recordaba y aún más cubierto de tatuajes, salió por una puerta a recibirlos.
–Hola –saludó. Llevaba guantes de látex en las dos manos.
–Pit –dijo Naruto a modo de saludo, con una pequeña sonrisa.
–¿Sí? –preguntó el dependiente sin entender por qué aquel tipo sabía su nombre.
–Ey, ¿no me recuerdas? –preguntó Naruto. El hombre levantó una ceja y negó lentamente.– Naruto. Íbamos juntos a clase –aclaró.
–¿Naruto? ¿Naruto el skin? –preguntó sin poder creérselo–. ¡Pero cómo has cambiado! Hace años que no te veo –comentó quitándose los guantes. Los dejó sobre el mostrador y salió a darle un amistoso y varonil abrazo al rubio.– ¿Dónde has estado, tío? ¿Qué tal va tu tatuaje?
–¿Mi…? –Naruto se quedó sin habla, y volteó a ver a Sasuke, quien tenía los labios apretados y observaba fijamente una estantería llena de pendientes de todos los tamaños.– Perfecto –contestó volteando de nuevo la cabeza hacia su colega.
–¿Qué, vienes a hacerte otro? –inquirió Pit–. Te puedo hacer un descuento, por ser viejo amigo, ya sabes –bromeó.
–No, gracias… Venía a… Él iba a hacerse un piercing –dijo de repente, señalando a Sasuke. La idea de fastidiarlo se presentó tan irresistible que no pudo evitarlo. Sasuke lo miró abriendo mucho los ojos.– Por eso los estaba mirando, estaba decidiendo cuál quiere, ¿verdad? –le preguntó a Sasuke, sonriéndole con maldad.
–Naruto…
–Ah, ahora mismo te lo hago –dijo Pit con tono alegre–. ¡Miko! –gritó– ¿Esperas un momento? Enseguida empezamos –dijo mirando hacia la puerta por la que había salido.
–Vale –contestó una voz de mujer.
–Bueno, ¿dónde quieres hacértelo? –preguntó el tatuador con una sonrisa.
–No, yo…
–En el pezón –lo interrumpió Naruto–. No duele demasiado, ¿no? –le preguntó a Pit poniendo cara de bueno.
–¡Qué coño! Es un pinchazo de nada, enseguida te acostumbras –contestó.
–Naruto, te…
–¿Has decidido ya lo que quieres, Sasuke? Yo creo que un aro de presión no te quedaría mal –volvió a interrumpir Naruto.
–También se llevan mucho las cadenas, por si te va más el rollo –comentó Pit.
–No, gracias –contestó Sasuke con cara de perro.
–Se queda con el aro –contestó Naruto sonriente.
Sasuke no supo exactamente cuándo había terminado sentado en el estudio, sin camiseta y con el pezón recién agujereado. Se insultó mentalmente por ser tan gilipollas y acceder a las tonterías del rubio, y se prometió que aquella sería la última vez.
Cuando llegaron a casa Naruto parecía haber recuperado el humor, y no paraba de chinchar a Sasuke a la mínima oportunidad. El ojinegro acabó por decidir que lo mejor era ignorarlo, así que se tumbó en el sofá, decidido a dejar que la tele lo absorbiera y así poder olvidarse del dolor de su pezón.
Naruto se paseaba por la casa comiendo dulces. Había sido un día productivo, y ahora la tarde caía relajada. Se puso las zapatillas de casa y abrió la ventana del salón que daba a la calle por la que se accedía al portal del bloque.
La ventana tenía un pequeño saliente, protegido por una barandilla metálica, a modo de pequeño balcón. Naruto se asomó todo lo que pudo, para que el aire le diera en la cara.
–Ten cuidado –ladró Sasuke desde el interior.
Naruto sonrió con picardía y subió uno de los pies a la parte baja de la barandilla, consiguiendo asomarse más; después subió en otro, pero no contaba con que la zapatilla se le resbalara, y con ella todo su cuerpo, precipitándose al vacío.
Un grito ahogado salió de su garganta. Logró, a duras penas, sujetarse a uno de los barrotes, pero no tenía la suficiente fuerza, y pensó que caería. Entonces una mano lo agarró de la muñeca, justo cuando creía que el impacto iba a ser inevitable.
Levantó la cabeza y ahí estaba Sasuke, con el ceño fruncido y los labios apretados. Todo aquello fue como un chute de adrenalina directa a su cerebro, y Naruto supo en ese instante quién era Sasuke.
Respirando agitadamente el rubio levantó el otro brazo y se agarró a Uchiha con todas sus fuerzas. Ahora que lo sabía no podía permitirse caer al vacío, sencillamente no quería. Sasuke hizo fuerza y, con toda su energía, tiró de Naruto hacia arriba. Fue una suerte que el chico no pesara demasiado, pues logró subirlo.
Naruto trepó por la barandilla y casi saltó al otro lado, cayendo encima de Sasuke, quien maldijo a voz en grito; el rubio se había caído sobre su brazo malo y su pezón. Aún así Naruto no hizo ningún caso y lo abrazó con toda la fuerza que le quedaba, enterrando la cara entre las ropas de Sasuke, ambos con el corazón a mil por hora.
–Sasukeee… –lloriqueó. El moreno paró de moverse y despotricar. Naruto estaba llorando a moco tendido.
Sin saber qué hacer, dejó caer la cabeza en el piso y pasó un brazo por los hombros de Naruto, aguantando el dolor con valentía y dando gracias a Dios porque el rubio estuviera a salvo, quien al poco pareció darse cuenta del daño que le hacía a Sasuke y se levantó un poco para dejar que éste sacara su brazo de entre los dos cuerpos.
En cuanto hubo hecho eso, Naruto volvió a abrazar al ojinegro y enterró los llorosos ojos en la curvatura de su cuello, sollozando sin parar. Sasuke suspiró y se dejó usar como pañuelo de mocos un poco más hasta que, cansado, apartó a Naruto de él y se sentó en el suelo, apretándose el pezón.
Miró al rubio con el entrecejo fruncido, y éste siguió lloriqueando mientras se frotaba los ojos.
–¿A qué viene esa llorera, nenaza? –le preguntó Sasuke. Su alivio no quitaba del todo el enfado que sentía.
–No soy una… –Naruto no pudo seguir, pues el llanto y el hipo no lo dejaron.
Sasuke suspiró de nuevo e hizo ademán de levantarse, pero una de las manos de Naruto lo agarró de la ropa, haciendo que volviera a sentarse. Lo observó con la frente arrugada hasta que el rubio se tranquilizó un poco.
Naruto lo miró a los ojos, indeciso y, tímidamente, se acercó un poco a él. Sasuke frunció el entrecejo, confuso, y fue cuando Naruto salvó las distancias y juntó sus labios a los del moreno, presionando unos segundos antes de volver a separarse.
Sasuke se quedó atónito, sin reaccionar ni entender lo que acababa de pasar. Cuando finalmente comprendió, se llevó una mano a los labios. Naruto lo miraba con los mofletes hinchados, respirando agitadamente, como aguardando su respuesta. No supo qué hacer. Se llevó la mano a la frente y apartó su flequillo.
¿Ahora qué?, pensó. ¿Me río o lloro?
…
1. Triskel: Símbolo celta constituido por tres aspas, generalmente acabadas en espiral. Se ha utilizado en muchas otras culturas aparte de la celta, y su significado varía dependiendo de cada una.
Este fic ya está llegando a su final. Dentro de poco el epílogo, ya para cerrar esto. Pensaba que este fic era una mierda, pero después de releérmelo, he llegado a la conclusión de que es una mierda bastante entretenida, y no me estoy echando flores, jaja.
Espero que lo hayáis disfrutado, si es que aún alguien lo lee. Por cierto, he corregido todos los capítulos. Un beso.
