Respuestas a Reviews:

Tatik-Yao: Wiii! Me alegro que te gustara y muchas gracias por el review.. :DD

Sakurita-chan03897: Gracias! :DD Espero que te guste el nuevo capítulo.. :DD Muchas gracias por el review!

Elisamadness: ¿En serio? Wii! :DD Me alegro mucho que te haya gustado y espero en verdad que este nuevo capítulo sea de tu agrado.. :DD Muchas gracias por el review.. :DD

Rebeca18: Hola! Sí, efectivamente así fue.. ahí es donde acostumbro avisar que hay capítulo nuevo cuando se trata de un fic en amor yaoi.. XDD ¿No habías leído una historia así? Pues, bueno, me alegro.. XDD porque exactamente eso era lo que quería.. :DD Y no, aquí Sebastián no es demonio.. :DD Muchas gracias por el review y saludos! :DD

Whatsername-Sama: Jajaja.. Nooo no te quiero matar.. xDD Y muchas gracias en serio, hago todo lo que puedo para escribir historias que sean diferentes a las usuales, cada una con lo suyo.. XDD Y Angelina seguirá haciendo de las suyas en este capítulo.. de una vez lo advierto.. DD: Yo también amo ver a Sebastián y a Ciel juntos.. XDD Un beso para ti también y gracias por el review.. :DD

Wasuu: Sí! Me alegro que te gustara y prometo que la continuaré hasta el final, al igual que todas las otras.. XDD Perdón por fastidiar a Ciel y te prometo que Miss Durless la pasará bastante mal con estos dos jajajaja.. Gracias por el review.. :DD

Charles Grey-Perrible: Hola! ¿Te ha pasado? ¿Verdad que es horrible tener mucho que hacer pero también no hacer nada? XDD Y así me ha pasado a mí, por eso ahora como que me paso por lo menos una hora escribiendo.. XDD Me alegro que te haya gustado el invento y muchísimas gracias por el review.. :DD Saludos!


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N/A: Hola! :DD Espero que les guste el nuevo capítulo.. Cuando lo escribí cree una especie de efecto de constantes flash backs, porque me parece que la dañada mente de Ciel tiene que ser así, constantemente recordar lo que vive, pero al final, coloqué pequeños puntos ahí para que nadie se confunda a la hora de leer. De cualquier forma, aclaro, lo que está en cursiva es lo que sucedió unas horas antes.


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Llegó a la mansió Michaelis, aquélla era mucho mejor que la de su tía. La fachada era de piedra con enormes balcones de los que colgaban enormes canastas con helechos. Quizás no se trataba de la fachada más elegante, pero definitivamente tenía impresas las palabras "buen gusto" en medio de toda su arquitectura. Angelina, por su parte, no era capaz de poner un poco de ese estilo siquiera a una taza de té. Algo muy triste.

-El amo lo espera adentro. – Dijo el chofer a Ciel, bajando del vehículo y arreglando su boina una vez más. El ojiazul le vio y bajó del auto también.

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Hojeó el libro, buscando aquéllos párrafos que le dijeran cómo jugar al ajedrez y parecer que había practicado el juego durante un año por lo menos. Tomó un trozo de papel y dibujó el tablero, después dibujó las figuras en otros pedazos de papel más pequeños y procedió a cortar todo con sumo cuidado.

"Mover a los peones uno o dos espacios. Y el rey puede…" Se detuvo ante su juego improvisado y volvió a revisar el libro. ¡Ah, seguía olvidando la misma parte! Movió las piezas entonces, practicando una de las jugadas más utilizadas para conseguir el famoso 'jaque mate'.

"¡Ciel!" La voz de su tía le interrumpió en ese momento. "¡Ven acá!"

Ciel tomó todos los pedazos de papel, los puso dentro del libro y empujó éste hacia debajo de la cama. "¡Ya voy!" Respondió, volviéndose a poner el saco viejo y enorme que le ahuyentaba del frío.

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Se dirigió con pasos inseguros hacia el interior de la mansión. El empleado no parecía ser el encargado de escoltarle hasta Sebastián, por lo que no le quedaba otra opción más que seguir por su cuenta.

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Había pasado toda la semana practicando con su juego de ajedrez, esperando al día en que el moreno le enviara a traer. - ¿Qué necesitas, tía? Preguntó, caminando hacia la mujer pelirroja, quien se encontraba sentada detrás de su delicado escritorio, tallado especialmente para ella con rasgos delicados y femeninos.

"Tráeme una taza de té." Dijo ella, secamente. "Después prepárame un baño caliente. Hace demasiado frío hoy."

"Tienes razón. ¿Me dejarías tomar un baño en tu tina también?" Preguntó temeroso. "Es que no me he sentido bien y no quisiera hacerlo en el baño del jardín trasero."

Angelina se puso de pie y miró el cabello del menor. Se veía grasoso, claro indicio que no lo había lavado desde hacía varios días. "Está bien, pero dejarás todo en orden y no utilizarás mis toallas."

"Será como tú digas." Respondió mirándola con sus enormes ojos azules.

"Entonces apresúrate porque tienes mucha agua que cargar. Ah, por cierto, Sebastián ha dicho que hoy enviará a su chofer a traerte a las tres de la tarde. Si terminas tu trabajo a tiempo, te dejaré ir."

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-Buenas tardes, joven Phantomhive. – Le dijo repentinamente un hombre desde atrás, haciéndole dar un salto al corazón. – Perdóneme si le he asustado.

-No, en lo absoluto. – El ojiazul intentó volver a ponerse serio, a pesar que su respiración se agitó ligeramente.

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De todas las tareas, probablemente la peor y más pesada era cargar el agua escaleras arriba porque las tuberías no tenían la suficiente fuerza para hacerla subir en gran cantidad. Lo peor es que debía hacerlo deprisa para evitar que se enfriara demasiado.

Vertió entonces el agua tibia en la bañera, agregó pétalos de flores al agua y unas gotas de la esencia de lavanda que le gustaban a su tía. La mujer apareció entonces, vestida con una bata roja de seda. Se desnudó frente a él sin pudor alguno y se sentó a la orilla de la tina. Metió una mano en el agua, hizo una mueca y la sacó de inmediato. "¡Ciel esta agua está helada!", gritó. "¡Ahora mismo quiero que traigas más agua caliente!"

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-Por favor, acompáñeme. Le llevaré con el señor Michaelis. Ya le está esperando en su estudio.

Ciel siguió al hombre a través de pasillos enormes, delicadamente decorados con pinturas de renombrados artistas. El menor no concía mucho sobre arte, pero podría casi jurar que aquéllas no eran réplicas sino pinturas originales.

La puerta del estudio del moreno se abrió para él. De inmediato, el aroma de su perfume francés le inundó las fosas nasales. Al ojiazul le bastó un vistazo para saber que ahí dentro podrían caber quince camas iguales a la suya. – Ciel. – Dijo él, interrumpiendo sus pensamientos con su voz aterciopelada. – Me alegro mucho que hayas venido.

"Me ha sido casi imposible.", pensó el ojiazul. – Por supuesto, no podía faltar. Hemos acordado un juego y ningún caballero hace tal cosa y luego se esconde.

-Así es. Y no quiero retrasarlo ni un momento. – Respondió, señalando a la mesa de juego que se encontraba en medio de dos butacas. – Vamos, toma asiento.

Ciel obedeció y miró con detenimiento los detalles en el brazo de su butaca. ¡Tan bellamente tallados en la madera! Sebastián se sentó en la otra butaca y no pudo evitar fijarse en dos detalles: El primero era que Ciel continuaba llevando el mismo traje que la última vez que le vio, y la segunda eran las quemaduras en sus dedos.

-¿Te ha sucedido algo en las manos? – Preguntó el moreno, sin quitar la vista de las manos.

-Nada. – Espetó el menor secamente. Las lágrimas aún amenazaban con salírsele.

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Ciel subió con el agua caliente. "Aléjate, tía. Voy a dejar caer el agua caliente en la tina y podría lastimarte." Musitó.

La mujer arqueó una ceja. "Ciel, ¿recuerdas lo que sucede cada vez que haces algo mal?" Preguntó en un tono que se le antojaba asquerosamente compasivo al menor.

"Recibo un castigo.", murmuró.

"Así es. Quiero que coloques esa jarra de agua en el suelo, te arrodilles y metas las manos en ella."

"Pe-Pero… está hirviendo."

"Si no lo haces… Esta misma noche dormirás en la calle."

Ciel le miró asustado y colocó la jarra en el suelo, se arrodilló y miró hacia adentro. "Por favor, no quiero…" Las lágrimas comenzaron a salir de sus ojos.

"¡Ya! ¡Ahora!"

El ojiazul tomó una bocanada de aire y metió las manos, apretando los dientes y llorando aún más cuando sintió el dolor en las manos. Mentalmente diciendo 'Mamá, papá, por favor ayúdenme. Me duele… Me duele mucho."

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Sebastián se puso de pie y fue hasta él. – ¿Seguro no te gustaría contarme? – Eso sonaba terriblemente paternal a los oídos del hombre, pero no quería hacer sentir incómodo al ojiazul comportándose rúdamente con él. La verdad era que ese chico le ponía en una situación bastante difícil.

Y Ciel estaba mirando sus manos, a punto de mentirle cuando le llegó a la cabeza una nueva idea. Dicen que no hay mejor arma que dividir para vencer. - ¿Podría decirte un secreto? ¿Serías capaz de guardarlo sin importar lo que sea?

-¿Se trata de algo grave? – El mayor se agachó frente a él, apoyando una mano en las piernas del ojiazul.

-Mi tía me ha obligado a meter los dedos en el agua caliente como castigo por no preparar bien su baño. - "Quedaré como un perdedor, pero eso moverá su corazón.", se dijo en su fuero interno, bajando la mirada.

-Pe-Pero… ¿La señorita Durless? ¿Cómo? ¡Si ella es un alma tan caritativa! – El moreno no lo podía creer. Él conocía a Angelina Durless y la mujer se mostraba frent a él como una de las damas de la sociedad con mayor nobleza en su corazón.

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Dejó la jarrilla en la cocina, buscó su jabón y fue al baño de los sirvientes, sí, el del jardín trasero. Nada sofisticado. Era un pequeño cuarto hecho con tablas de madera rústica entre las que quedaban pequeñas ranuras por las que se colaba el terrible frío. Al centro había un balde grande para el agua y otro más pequeño para echársela uno encima. Ciel la tocó. Estaba completamente helada, no como la tibieza por la que se quejaba Angelina.

No obstante, recordó que había visto las dos de la tarde en el reloj de la sala y no quería perder la oportunidad de ver al moreno. Se sacó la ropa y tomó el primer balde de agua, se la echó encima de un golpe, y con movimientos torpes y temblorosos, alcanzó el jabón y se frotó con él.

Tenía solo una hora para estar listo. Una hora antes que el chofer del hombre que podía salvarle de ese cruel destino le mandara a traer.

Frotó su cabello con el jabón y se echó otro balde de agua encima. Su miembro se puso duro en medio de sus piernas, era causa de la temperatura. Ciel ya estaba acostumbrado a que sucediera.

Terminó tan rápido como pudo, temblando como una gelatina. Su erección se había ido y él solo podía pensar en envolverse con la toalla.

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-No voy a ocultarte nada, Sebastián. Yo soy su sirviente a cambio que ella me proporcione techo, comida y algunas monedas. – Movió la cabeza en gesto negativo. – Soy el hijo de dos condes, lo que me hace a mí uno de alguna forma. Sin embargo, a los ojos de la vida no soy más que una persona común que tiene que trabajar como un perro para sobrevivir.

-No digas eso. – El mayor le sujetó la mano y le miró a los ojos. - Me duele creer que la señorita Durless haga algo así. No obstante, te creo… Porque yo sufrí algo muy parecido. – Deslizó los dedos por debajo del puño de su camisa, tomando la orilla del guante y sacándoselo. Luego se quitó el otro. Los ojos del menor se abrieron desmesuradamente, las manos del moreno tenían terribles cicatrices. – Mi padre me golpeó las manos cuando era un niño porque uno de sus caballos de carrera escapó por mi causa.

Ciel tomó la mano de Sebastián entre las suyas. ¿Existía acaso situación más oportuna? – Es algo muy triste. – Susurró, llevándola a sus labios y besándola.

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Fue a su habitación y sacó el traje gris que su tía le había comprado para la ocasión anterior. Se vistió y arregló lo mejor que pudo, sin importarle si el moreno se daría cuenta de su carencia de ropa o no. Se sentía ansioso y con un destello de felicidad.

Terminó de arreglarse, salió de su cuarto y echó un vistazo escaleras arriba. Faltaban cinco para las tres y era una suerte que Angelina aún estuviera ocupada en el baño o él tendría que subir y recoger todo el desorden, lo que le haría imposible estar listo a tiempo. Imaginó que la mujer probablemente se estaba consintiendo con sus cremas y lociones costosas, y que por eso se tardaba tanto.

Llamaron a la puerta. Ciel estaba sentado a la par de la ventana, mirando a través de ésta. ¡Era él! El chofer de Sebastián. El ojiazul se levantó de su asiento y corrió hacia la puerta, mirando a todos lados, creyendo que en cualquier momento alguien le detendría, pero no fue así.

"Buenas tardes, joven Phantomhive." Le saludó el empleado, quien se notaba que había tenido trabajo aprendiendo su nombre, mas al final lo había logrado.

"Buenas tardes." Respondió él, de pie frente al hermoso Ford T.

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Sebastián le miró sorprendido.

El ojiazul fingió estar avergonzado. – Perdóname, no sé porqué he hecho eso.

-No importa. – El mayor miró hacia la mano que el ojiazul había besado. Hizo una pausa y se puso de pie. El corazón del menor se aceleró en ese momento. ¿Había ido demasiado rápido? Sebastián caminó hasta la ventana y apoyó las manos en la corniza de ésta. - ¿Te gustaría probar unos chocolates que me han traído de París antes de comenzar nuestro juego? – Preguntó repentinamente el moreno.

Ciel sonrió. Todo estaba bien. – Claro. Me encantaría.

Se acercó a su escritorio y abrió la gaveta que ocupaba la mayor longitud en la parte baja de la base de éste. Sacó una pequeña caja forrada en satín dorado en cuya superficie decía 'Lindt & Sprüngli'. – Son originarios de Suiza, pero la franquicia acaba de llegar a Francia. Se la ofreció a Ciel, quien fue incapaz de controlar sus impulsos y la abrió como cualquier niño curioso.

Se quedó en silencio, observando las trufas redondas con decorados en chocolate blanco y pequeños dulces de azúcar. Tenía demasiado tiempo de no ver algo así. - ¿Puedo tomar una? – Preguntó dudoso.

Sebastián rió. – Claro. ¿Creías que solo te las mostraría? – Miró al menor tomar una y el cogió otra. - Se ven deliciosas, ¿no crees?

-Bueno, es que he visto muchos dulces en la mansión de mi tía, pero ella nunca me ha dejado probarlos. – Y ése fue el comentario más sincero que Ciel hizo en toda la tarde.

-Aquí puedes probar las que gustes. Son todas tuyas. – Mordió la trufa y la saboreó. – Mmm…

-Están increíbles. – Alabó el menor, cerrando los ojos mientras la degustaba.

La mirada de Sebastián se desvió hacia el cuello del ojiazul. ¿Qué era eso que sentía correr por su espalda cuando observaba la piel de Ciel? ¿Qué era eso que le aquejaba cuando veía al menor gemir y disfrutar de algo? Apoyando una mano en su escritorio mientras echaba su cabello hacia atrás con la otra mano, Ciel era un paisaje exquisito que él deseaba explorar, recorrer y disfrutar en su completa magnitud. No obstante, no podía evitar pensar en las palabras que había dado alguna vez a Angelina Durless. No podía evitar seguir con eso. Si lo hacía, la mujer le alejaría de su vida y eso significaría 'no más Ciel'. - ¿Jugamos?

El ojiazul tragó con fuerza, deseando que todos los conocimientos que había adquirido en los últimos días le sirvieran de algo. – Seguro.

Regresaron a sus anteriores posiciones frente a la mesita de juego. Ciel se sentó del lado donde se encontraban las piezas negras y Sebastián con las piezas blancas. - ¿Quién empieza? – Preguntó el moreno.

-Ah… Comienza tú. – Se apretó las manos nerviosamente. Sebastián movió una pieza y levantó la vista.

'Dos espacios al frente un peón… Un caballo en línea diagonal… Una torre en línea recta…', pensaba mientras movía sus piezas en el tablero.

El moreno se picó la cabeza. – Vaya, vaya. Eres muy bueno.

-Solo he tenido un poco de suerte. – Dijo el ojiazul al ver que tenía la oportunidad de hacer una buena jugada en el tablero, liberándose de la reina de Sebastián.

-Yo diría que demasiada. – Sonrió, moviendo una pieza. - ¡Ah! Me has ganado. – Al ver que había movido una pieza equivocada.

-No lo sé. – Musitó Ciel, tomando a su rey y moviéndolo. – Quizás. – Botó al rey del tablero del moreno y pronunció: - Jaque mate.

Sebastián sonrió y se recostó en el respaldo de la butaca. - ¡Lo sabía! ¡Te la he dejado demasiado fácil! – Ciel se encogió de hombros. – Mereces un premio por derrotarme así de bien. – Genial, ahora tenía una justificación para regalarle algo.

-¿En verdad? – Sonrió. – ¿Qué clase de premio?

-No lo sé. ¿Te gusta algo de lo que ves en esta habitación?

Ciel se quedó pensando un momento, aunque sabía perfectamente lo que le gustaba. 'Tu dinero, tu poder, tu personalidad…', decía en su fuero interno. 'Solo eso quisiera llevarme.' – Debo confesar que me ha gustado el aroma del perfume que usas.

Sebastián le hizó una seña con el dedo para que se acercara a él. – Huélelo de cerca, a ver si te sigue gustando.

El ojiazul sonrió ladeadamente y se puso de pie, llegando hasta él. Se inclinó y aspiró el delicioso aroma de la colonia del cuello de su interlocutor. – Aún me encanta.

-Es el perfume de la casa 'Roger & Gallet'. He solicitado me traigan un nuevo frasco, así que con gusto te daré el que tengo. – El menor se enderezó para mirarle al rostro. Sebastián se dio cuenta que no creía que le fuese a dar algo así. – Eso sí, quiero que lo utilices la próxima vez que vengas a visitarme. – Tomó su mentón y terminó por susurrar la frase contra los labios del ojiazul.

Ciel tragó. Aquel hombre estaba cayendo bien en su juego, ¿o era él quien caía en el suyo? No entendía bien eso, pero tampoco lo consideraba de importancia. Se alejó disimuladamente, desprendiéndose del agarre del moreno. Provocándolo.

Sebastián intentó componer sus emociones. Se puso de pie. – Vamos a mi habitación. Quiero entregártelo ahí mismo. – Sus palabras cargadas de doble intención. Sin embargo, no se atrevería a hacer nada que pudiese dañar a ese joven que tanto le llamaba la atención.

Subieron las escaleras. Imposible no notar cómo brillaba la madera de cada escalón. – Tienes una mansión muy elegante. – Comentó Ciel.

-Gracias. – Respondió el moreno sin detener sus pasos hacia su recámara. – Puedes venir cuando gustes.

-Eso será difícil. – Murmuró con pesadez. – No puedo salir de la mansión de mi tía. Me lo tiene prohibido.

Iban recorriendo el pasillo. Sebastián se giró y le sonrió. – No tienes nada de qué preocuparte. Cada vez que quiera verte, simplemente enviaré a mi chofer a por ti. ¿Te parece? – El ojiazul lo sopesó. – Así Angelina no podrá negarse.

-Creo que te tomas demasiadas molestias para conmigo. – Musitó Ciel, mientras entraban en la habitación.

Sebastián no se tomó el tiempo o encontró la necesidad de decirle algo al respecto. Ciel por su parte, se quedó observando todo a su alrededor. El moreno tenía una recámara bastante simple en cuanto a decoración. Una cama adoselada con cortinajes de color borgoña, una pequeña mesa de noche con una jarra con agua, un armario en el que probablemente no hubiesen más que las ropas favoritas del moreno, porque era demasiado pequeño para ser el único. El moreno se acercó a éste último y sacó una caja envuelta en un pañuelo blanco. – Mantenlo así para evitar que el olor se modifique. – Dijo, poniéndo en sus manos el objeto.

Ciel lo acercó a su rostro, rozando su nariz contra la seda del pañuelo y aspirando el olor del perfume que escapaba de la tela. – Gracias.