Respuestas a Reviews:
Elisamadness: Me alegro muchísimo que te esté gustando y aquí está ya la continuación.. :DD Agradezco mucho que la leas y el review.. :DD
Rebeca18: Lo sé! La tía de Ciel busca hacerle la vida realmente miserable y.. mmm.. ya verás lo que pasará con esos dos dentro de un par de capítulos..XDD Gracias por el review.. :DD
Charles Grey-Perrible: Hola! Tienes razón en cada palabra que dices, Ciel quiere atraer la atención de Sebastián para poder vivir cómodamente pero, la verdad es que Sebastián tampoco le es indiferente. Ahora lo del castigo fue algo de lo que me enteré en la vida real hace algunos años y simplemente lo apliqué a la historia.. Algo realmente cruel para cualquiera que se lo hicieran.. DD: Me alegro que te haya gustado la coquetería.. Aquí en este capítulo pues.. hay un poco más.. xDD Gracias por el review y qué bueno que te gustó lo del flashback.
Wasuu: Me gusta responder cada review porque considero que cada comentario que me hacen es de mucha importancia.. :DD Lamento haberte retrasado pero, por lo menos, sé que te hice feliz..XDD Y sí, la verdad es que esa es la historia de muchos huérfanos que acaban convirtiéndose en los sirvientes de las personas que les cuidan.. DD: Creo que Sebastián y Ciel no son exactamente el uno para el otro pero, Ciel sabe donde forzar las cosas y qué hacer para hacerse más deseado por el moreno.. XDD jajajaja Gracias por el review! :DD Yo también te amo en el buen sentido.. XDD
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Ciel llevaba varios días esperando por su llegada. Las arduas tareas se habían convertido en cosas rutinarias desde que pensaba en él. Fáciles de soportar a pesar de los constantes castigos por cada una de sus equivocaciones. Todo a cambio de estar con él. Su pase a la libertad. ¡Y de paso era alguien interesante!
Disfrutaba mucho las noches cuando terminaba su trabajo y podía correr a su habitación, sacar el perfume que le había regalado el moreno y deleitarse con su aroma.
Esa mañana estaba desempolvando unas alfombras, que el jardinero le había hecho el favor de colgar en el lazo del patio trasero, cuando escuchó el motor del Ford T. No se perdía porque era realmente fuerte. De inmediato dejó lo que hacía y corrió al jardín frontal.
Se ocultó detrás de los arbustos y le miró descender del lujoso auto. – Sebastián. – Musitó para sí mismo. Aquel día, el mencionado había decidido vestir un traje de casimir blanco y una camisa color borgoña. Muy distinto de lo que le viera usar en ocasiones anteriores. De alguna forma, Ciel extrañaba su traje negro, pero habría dado mucho de sí para tener uno como el que llevaba el moreno ahora.
Y… Tal como la vez anterior, en el asiento trasero de su auto habían dos cajas blancas. El chofer se apresuró a sacarlas del auto. Sebastián le hizo un gesto con el dedo para que esperara por sus indicaciones.
-Señor Michaelis, ¡es una gran alegría tenerle aquí! – Angelina había corrido desde la sala hasta la entrada a pesar del dolor que causaban sus zapatillas de tacón a sus pies. Fuera de eso, "la señorita Durless" podía llamar a Sebastián secretamente por su nombre de pila, incluso fingir que a veces olvidaba sus modales, pero nunca recibirlo con algo así.
-El gusto es mío, Madam Durless. – El moreno llevó una mano a su pecho e hizo una reverencia para la dama. – Le he traído una caja de mis mejores dulces y pastelillos.
La pelirroja los recibió, fingiendo una enorme alegría. – Pero, ¿cómo se ha ido a molestar? – Se echó el cabello atrás de la oreja y tomó la caja en sus manos.
-No ha sido ninguna molestia, mi apreciable dama. Lo hago con todo gusto. – Tomó la caja. – Déjeme ayudarla a llevarlos adentro.
-Gracias, señor Sebastián. – Dijo, sin hacer ningún tipo de objección. No obstante, la mujer no dejaría pasar por alto la presencia de la otra caja que había quedado en manos del chofer. - ¿Y después irá a visitar a alguien más?
-No. ¿Por qué? – El moreno pretendió no entender a dónde llevaba la pregunta, aunque sabía que la mujer no era fácil de engañar.
-No, por nada. – Respondió ella, mirando a su alrededor ansiosamente. "Que no esté ese mocoso. ¡Por favor, qué no esté ese mocoso!", pensaba en su fuero interno al verse caminando al lado del moreno. –Va-Vayámos al comedor. – Sugirió, recordando que el menor casi nunca pasaba por ahí siquiera.
-Como diga. – Caminaba con paso lento, rebuscando con la mirada cada esquina de las habitaciones. "¿Dónde está, Ciel?", se preguntó. Seguramente, se encontraba trabajando en algo para su querida tía.
-Deje la caja por aquí, por favor. – Se detuvo justo frente a la mesa del comedor. Sebastián hizo lo que le indicaban sin prestar mayor atención al lujo con el que había sido envuelta toda la atmósfera en ese lugar. Candelabros, una lámpara enorme, platería francesa en la vitrina…
Ciel se coló por la puerta del frente y se ocultó detrás de una butaca en la sala para porder ver lo que sucedía en la otra habitación. Se agachó justo detrás de la butaca y sacaba la cabeza, solo un poquito, para ver al moreno y a su tía.
Sebastián tomó la mano de Angelina. – Madam, hay algo que siempre siento el impulso de hacer y que ya no consigo controlar. – Sujetó la barbilla de la mujer con toda delicadeza y le besó suavemente.
La pelirroja fingió sorpresa, llevando una mano a sus labios tan pronto como el beso fue interrumpido. – Señor Michaelis… - Jadeó ella. Hacía mucho que no sabía lo que era tener una noche de pasión y se le estaba antojando una con este hombre.
-No me llame así. – Finalmente el momento que tanto había esperado ella. – Llámeme, Sebastián. – Susurró contra sus labios. La costosa tela de su traje rozando con la suave piel de los hombros de la mujer cuando el moreno echó atrás uno de los mechones de cabello de la pelirroja.
-Y tú dime Angelina. – Murmuró ella, buscando nuevamente los labios de él, mordiendo uno de ellos suavemente.
Los ojos de Ciel se abrieron desmesuradamente, sentía un nudo en la garganta y una náusea que subía y bajaba de intensidad. ¡Maldita fuera esa tía suya que tomaba lo que él quería tanto! Ah, pero Sebastián le pagaría el haber hecho eso. Él no cesaría en su lucha.
Sebastián giró a Angelina contra la puerta de la sala en ese momento, besando su cuello. - ¿Puedo? – Preguntó, acariciando su cintura con delicadeza mientras sus labios tocaban aquella piel que empezaba a sufrir los efectos de la edad. Angelina era unos siete, quizás ocho años, mayor que Sebastián.
Los ojos del moreno desfilaron por la habitación. La textura de esa piel le desagradaba, también el aroma de su perfume, pero ¿por qué lo hacía entonces? La respuesta tenía solo una palabra: Ciel. Ese chico que le atraía tanto y que le hacía desear experimentar cosas completamente prohibidas. Gimió. No obstante, solo existía un camino seguro de obtener la compañía del ojiazul y era estando en "completa armonía" con su tía. De repente, su mirada se chocó justamente con esos zafiros que le encantaban. – Ciel… - Susurró en voz muy baja.
El ojiazul notó que había sido descubierto y le devolvió una mirada de ira, gateando en el suelo hasta poder ponerse de pie fuera del alcance de la visión de su tía.
-¿Qué dices, Sebastián? – Preguntó Angelina, buscando el rostro de él.
-Nada. – Sonrió, mirándola a los ojos mientras su mano se deslizaba por las caderas de ella, apretando su cola sin pudor. - ¿Puedo?
Ella ahogó un gemido, deseando decirle que él podía hacer lo que quisiese con ella. A la vez, deseando reprimir esos instintos suyos que le hacían caer tan bajo pero, ¿cómo resistirse a aquel hombre al que desnudaba con la mirada en cada ocasión de encuentro? – Hazlo, Sebastián. – Cerró los ojos y se entregó al más prohibido de los placeres.
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Se despertó un par de horas después. Su torso aún estaba ligeramente húmedo por el sudor. Se sentía pegajoso pero, no podía pasar más tiempo ahí. No cuando su cuerpo exigía algo diferente. Se giró en la cama y miró a la pelirroja con los ojos cerrados, soñando quién sabe qué cosas.
Tomo la frazada que estaba a los pies de la cama y cubrió el cuerpo desnudo de Angelina. Podía resfriarse si se quedaba así. Después de todo, él gustaba del sexo, pero no por eso tenía que comportarse como un desalmado con quienes cedían a sus impulsos con él. Luego, se levantó y comenzó a vestirse. Lo primero que volvió a ponerse fueron los guantes. Era una suerte que la pelirroja estuviera tan excitada que ni siquiera notó las cicatrices de sus manos. Todavía podía sentir el olor de ella impregnado en su piel y eso le molestaba en sobremanera.
Salió de la habitación y fue a su coche. El chofer estaba sentado en el asiento del conductor aún, sosteniendo la caja de cartón blanco en sus manos, incluso mientras dormía. – James… James… - Le llamó Sebastián, sacudiéndolo ligeramente.
-¡Ah! ¿Ah? ¿Amo Sebastián? - Se puso firme al comprobar que se trataba del moreno. - ¡Perdóneme, me he quedado dormido un momento!
El moreno arqueó una ceja. – No lo he notado. – Masculló. – Olvídalo. Solo he venido a traer esta caja.
-Es para el joven Phantomhive, ¿cierto? – El chofer le miró con detenimiento y una sonrisa en el rostro.
-¿Y desde cuándo cuestionas lo que yo hago? – Sebastián sacudió la cabeza , pero no pudo evitar sonreír. James había sido el cochero en su familia desde los tiempos en los que su padre aún vivía. – Bien. Sí, son para él. ¡No digas ni una palabra!
-Soy una tumba, señor. – Levantó una mano en señal de promesa y sonrió. - ¿Le llevará a la sastrería de Nina?
"Si logro convencerle.", pensó el moreno, quien aseguraba a James que todo lo que hacía por Ciel era por ayudarle. Le había contado que Ciel era un niño maltratado, que el deseaba ayudarle. Claro, saltando por encima del hecho de esa atracción extraña que sentía por él. – No lo sé. Intentaré encontrarle y ver si puede ir conmigo. Recuerda que Angelina le pone muchísimas tareas y le golpea si no las lleva a cabo. – Bufó. – Tanto como quiero ayudarle, tampoco quiero causarle un problema.
-Entiendo. Le esperaré con el auto encendido en caso que necesite huír con él, señor. – Rió.
-Pero, ¿qué cosas dices James? – Sebastián se llevó dos dedos a la cabeza, dando por terminada la conversación y recogiendo la caja de las manos del chofer.
Caminó de regreso a la casa y se dirigió hacia, donde recordaba, estaba la cocina. Si Ciel era considerado un sirviente en esa casa, no se encontraría lejos de ahí. – Ciel. - Llamó.
-¿A quién busca, señor? – Un chico rubio con aspecto desaliñado y un sombrero de paja salió de la habitación para recibirle. – Mi nombre es Finnian. Sería un gusto para mí ayudarle. – Añadió educadamente.
-Busco a Ciel. – Por un momento, Sebastián pensó que quizás aquel no fuese su nombre de sirviente. – Es un chico de cabello oscuro y ojos azules.
Finnian echó a reír. – Perdoneme mi atrevimiento, señor. Oh… Sé perfectamente quien es Ciel, pero dudo que quiera verle. Usualmente, después de sus tareas se mete a su habitación y nadie le saca de ahí. Tampoco le recomiendo que entre porque se enoja mucho.
Al parecer, el ojiazul era la oveja negra en cuanto a carácter por aquellos lugares. – No importa. Me arriesgaré. – Le guiñó un ojo al rubio. - ¿Me puedes indicar cuál es su habitación?
-Es la tercera en el pasillo. – Dijo Finnian, señalando a un angosto corredor con varias puertas.
-Gracias. - Respondió el moreno, sosteniendo la caja en una mano mientras deslizaba la otra en su bolsillo y sacaba una libra para entregársela al rubio. – Toma esto para ti.
Finnian miró la moneda con asombro. - ¡Oh, señor! ¡Muchas gracias! – Y se marchó muy feliz con la moneda. Sebastián, por su parte, se encaminó a la tercer puerta del pasillo y llamó dos veces.
-¿Quién es? – Preguntó el ojiazul desde adentro. Se había recostado en la cama y escodido debajo del enorme saco que acostumbraba vestir.
-Soy yo.
La voz del moreno traspasó la madera de la puerta y llegó a él como algo realmente sorpresivo. – Pasa. – Murmuró con desgano. No quería admitir que sentía demasiado asco de él en ese momento por haberse acostado con su tía. ¡Y qué no fuese a tratar de negárselo porque Ciel Phantomhive no era un crío de eso que se tragan cualquier cuento!
El mayor abrió la puerta y entró a la pequeña habitación, contemplando que solo tenía que dar unos cuatro pasos para chocarse con la pared del fondo. – Hola, Ciel. Yo no tuve tiempo de… saludarte antes… - Musitó.
Ciel se sentó en la cama, alejando el saco a pesar de tener frío. – Y has venido a saludarme aquí. Así podías contemplar mejor la miseria en la que realmente vivo, ¿cierto?
-Te equivocas. – El moreno se sentó en la cama y colocó la caja en medio de ellos. – He venido aquí con esto y con una invitación para ti.
El menor se quedó con la mirada fija en la caja. Aquello no era mentira porque él mismo vio la forma en que Sebastián negó a su tía la caja anteriormente. - ¿Para mí?
-Así es. – Asintió. – Ábrela, por favor. Quiero saber si son de tu agrado.
Deslizó sus dedos por debajo de la pestaña y levantó la tapadera. Adentro habían pequeñas tartaletas rellenas de crema y decoradas con diferentes frutas. Fresas, melocotones, dátiles, hilos de chocolate eran solo algunas de las opciones. También había otras de limón con una corona de merengue. – Vaya… - El ojiazul no fue capaz de ocultar su asombro ante las delicias que había frente a él. – Se ven deliciosas. Pero creí que eran… - Se detuvo. Si continuaba hablando, el moreno se daría cuenta que le estaba espiando desde que llegó.
Claro que era imposible retractarse de las palabras con una persona tan astuta como Sebastián. – Creíste que eran dulces y pastelillos como los de tu tía. – Completó la frase. – Pues, los de ella lo son, pero a ti he decidido traerte algo de mi nueva pastelería. Los de ella los he comprado en otra parte.
-¿Seré el primero en probarlas? – Sonrió, sacando una de la caja.
-Así es. Mi pastelería abrirá en un par de días. – Hace una pausa. – Ahora que lo pienso… Son dos. Dos invitaciones las que tengo para ti.
Ciel mordió la tartaleta y no pudo evitar un gemido al saborear aquel manjar. La crema estaba suave sin llegar a ser demasiado líquida, el azúcar era la necesaria y la masa de pie con la fruta le daban el toque perfecto. Luego cogió una de limón y el resultado fue el mismo. El ojiazul no podía dejar de saborearse. – Están deliciosas. ¿Y cuáles son esas invitaciones?
-Bueno. La primera, ¿te gustaría acompañarme a ver a mi modista?
-¿Modista? ¿Y eso para qué? – Fingió inocencia. ¿Es que acaso ya estaba logrando atraer suficiente la atención del moreno como para conseguir que le comprara un traje? ¿Qué no estaba tan entusiasmado con Angelina?
-Ciel, no quiero que te ofendas. Yo… quiero que me acompañes a la inauguración de la pastelería. Y quería comprarte un traje para la ocasión. – Apretó los labios, esperando la peor de las respuestas.
-¿Seguro que quieres que sea yo quien te acompañe? – Ciel arqueó una ceja.
-Nada me gustaría más. Cuando corté el listón me vendría muy bien una compañía con la que pueda entrar a comer algo. Tu tía no es exactamente el tipo de mujer que se ensucia comiendo chocolate. – Una risa ahogada escapó de sus labios, quebrando esa perfecta voz aterciopelada.
-¿O sea que me quieres llevar para tener alguien con quien comer chocolate? – No pudo evitar reír también. – Eres lo peor, Sebastián Michaelis, pero acepto.
-Excelente. ¿Podemos ir a ver a la modista entonces? – Se puso de pie, decidido y feliz.
-No creo. Si mi tía llega a ver que no estoy en la mansión se molestará mucho conmigo. – Miró hacia abajo. – Ya te lo dije. No soy libre. Soy un sirviente.
-Mírame. – Exigió el moreno, tomando su mentón con su mano enguatada. – El jardinero Finnian nos ayudará. Estoy seguro.
Ciel sonrió una vez más. ¡Se sentía tan poderoso cuando Sebastián era el que mandaba y no su tía! – Haremos lo que digas entonces.
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James les llevó hasta la sastrería de Nina. Una mujer que no pasaba de los veintiocho años. Su rostro era jovial, sus ojos enmarcados por los lentes, pero sin perder lo vivaz y lo dulce como sucedía con muchas mujeres. Su cabello castaño atado en una coleta y su vestimenta tan singular como todos sus diseños.
La tienda estaba localizada en una de las principales calles de Londres, conocida por tener la aprobación del rey Eduardo VII. Sin embargo, no se trataba de ningún local enorme. Por el contrario, era una tienda bastante humilde, con un suelo hecho de improvisadas tablones de madera, varias máquinas de coser por el lugar y una habitación en la parte trasera equipada con un espejo para todos aquellos nobles que querían pavonearse un poco con la prenda recién adquirida.
Ciel y Sebastián entraron en la tienda y la modista "surgió" de detrás de una máquina de coser en la que trabajaba en un traje de novia. - ¡Señor Michaelis! – Exclamó alegremente.
-¿Cómo está, Nina? – Le saludó el moreno.
-Muy bien. ¿Y usted? – Miró al ojiazul que la observaba con atención. - ¡Ah! ¡Ha traído al pequeño para quien me pidió el traje!
-Exactamente. – Respondió. – Me preguntaba si tendría el mío listo también.
-Más que listo, señor Michaelis. – Se tornó seria. – Usted sabe que nunca le quedaría mal con un traje. Sobre todo con uno que será utilizado en un día tan importante. – Decía mientras caminaba al fondo de la habitación y descolgaba uno de sus ganchos de ropa. – Aquí lo tiene. Solo quiero que se lo pruebe para ver si tengo que ajustar algo.
-Se lo agradezco. – Luego se dirigió a Ciel. – Entraré a probarme esto. ¿Me esperas?
-Claro. – El ojiazul asintió. Sebastián tomó el traje y se marchó.
Nina le miró entonces. – Bien, mi niño. Quiero que vengas aquí. – Puso atención al saco que llevaba el menor. – Voy a darte un traje hermoso para que no tengas que vestir eso. – Ciel no hizo ningún comentario. Nina tampoco continuó con la conversación.
Fue al fondo de la habitación nuevamente y descolgó otro gancho. Sacó del forro de satín un traje completo. Era una chaqueta azul larga, una camisa blanca con chaleco y pantalón negros. Ciel se desvistió, definitivamente quería probarse eso.
La modista procedió a colocarle la camisa, la abotonó y revisó la caída de las mangas, el que estuviese a la medida la espalda para que no se viera jalada. Ciel no estaba acostumbrado ya a esos mimos. Luego, le pidió que se pusiera los pantalones e hizó las mismas revisiones. Finalmente, el chaleco y la chaqueta. Entonces, Nina sonrió ampliamente y el ojiazul quería imitarle. Se sentía tan bien así. – Vamos, ve atrás para verte en el espejo.
Ciel obedeció, entrando por la misma puerta donde entró el moreno antes. No se detuvo a mirar si éste se encontraba por ahí. Se moría por verse con el traje que escogió Sebastián para él. ¡Mucho mejor que el de Angelina! ¡Le hacía ver como todo un noble!
Se pavoneó frente al espejo, dándose la vuelta para verse de un lado y del otro.
-Se te ve muy bien. – Dijo de repente el moreno detrás suyo.
Ciel levantó la mirada, observando a Sebastián. Se veía realmente apuesto en ese frac negro que le confeccionó la animada modista. – Tú también te ves muy bien. – Agregó girándose, sonriendo al moreno.
Sebastián se inclinó para arreglarle el último botón de la camisa y la corbata de moño que le puso Nina. Ciel leyó la intención en sus ojos, pero no quería detenerle. El mayor se acercó a su rostro y le besó en los labios. Su boca era caliente y sus labios suaves. El ojiazul cerró los ojos, apretándolos. Tenía que aceptar ese contacto. ¡Tenía que hacerlo! Sus piernas temblaron y su corazón se aceleró. Era una emoción grande el recibir un beso. Era aún mejor cuando proviene de alguien como Sebastián Michaelis.
Y se sintió mal. Tal vez, porque el beso del moreno estaba siendo sincero. En cambio, él levantó las manos y las colocó en los hombros de éste, dejándole hacer solo por el hecho de querer verse con dinero y poder nuevamente.
Accidentalmente separó los labios y Sebastián lo tomó como una invitación a profundizar el contacto. Sentía que iba a morir ahí mismo. Abrazó al menor por la cintura, disfrutando del beso con toda el alma. Siempre había deseado sentir amor por alguien. No sabía si esto era amor, pero le gustaba demasiado. – Ciel…
