Respuestas a reviews:
Aleja2000: Creo que he tratado de plasmar lo más detallado posible que he podido cada uno de sus movimientos, sobre todo los de Ciel porque quiero que ustedes puedan sentir mucho del amor que Sebastián está desarrollando por él y por qué.. :DD Me alegro que te haya gustado y gracias por el review.. :DD
Rebeca18: Gracias! :DD Me alegro mucho que te haya gustado y bueno finalmente puedo actualizar.. :DD Gracias por el review.. :DD
Whatsername-sama: Jajaja, lo sé! Es que Sebastián tiene algo que ocultar y es por eso que sigue con Angelina, aparte que cree que Angelina los va a separar supongo.. XDD Muchas gracias por el review y un beso para ti también.. :DD
Wasuu: Me dije que esta vez haría los personajes más humanos de lo usual.. XDD Siempre he pensado que si en algún momento Ciel amara a Sebastián en la serie sería probablemente porque eso significaría mantener su alma y poder seguir disfrutando de su dinero, en cuanto a Sebastián seguro sería por el poder que tiene Ciel, quien de alguna manera le podría conseguir cuantas almas quisiera y justificar los desaparecidos como "criminales" o algo así con la reina, jajajaja.. XDD Dices bien, ninguno de los dos parece ser de los que no ceden en nada..:DD Gracias por el review.. :DD
SabyAngel7: Te buscaré tenlo por seguro.. :DD Probablemente ahora ya tengas escrito el one-shot desde hace mucho.. Es que me perdí tanto tiempo.. XDD Y pues Ciel probablemente no controle toda la situación.. ahhh pero, en esta historia te digo que no te confíes de él.. XDD Igualmente me alegro muchísimo que te esté gustando la historia.. Espero andes aún por estos lados y leas la continuación.. :DD Gracias por el review..
Plop: *snif contigo* Lo sé.. Y me mata de pesar porque mucha parte de esta historia está basada en algo real y me da pesar por Sebas.. DD: Y ahora eres un virus? XDD Morí con eso.. espero saber pronto de ti.. :DD Gracias por el review.. :DD
Sakura Hecate: Gracias por eso! :DD Y créeme que aunque me tome mucho voy a concluirlo.. XDD Gracias por leerlo y por este review.. :DD Matta-ne
Qri: Lo sé.. DD: Me perdí por algunos meses porque el trabajo no me dejaba mucho tiempo para escribir.. De hecho casi nunca estaba en mi casa.. DD: Y pues espero que te guste la continuación.. Muchas gracias por el review.. :DD
.
.
.
"No te enamores de gente como yo..."-Bienvenidos a ésta, su pastelería que comienza a funcionar en este día y, espero, sea del agrado de todos. – Ciel sonrió al ver la mirada picaresca que Sebastián le lanzó justo antes de cortar el común listón rojo que marcaba la inauguración del lujoso local. Cuando el moreno le había hablado de "una pequeña pastelería en el centro", el ojiazul nunca imaginó la inmensidad de aquel lugar.
Era un local que fácilmente competiría con el restaurante más grande de todo Londres, y Sebastián lo disfrutaba. Sabía que era una persona de poder, pero sobre todo, que mientras más acumulase más podría hacer lo que le gustaba.
Y eso se llamaba Ciel.
No se habían visto desde el día del beso porque Sebastián no sabía ni cómo abordarlo. Se sentía terriblemente confundido y no sabía ni siquiera qué decirle. "Ciel, me gustas." ¿Era eso algo apropiado para decirle a otro hombre? Porque por mucho que él le llevase casi quince años al menor, no quería decir que no se tratara de otro hombre. Y así, Sebastián había terminado la velada de esa tarde con un seco "Debemos marcharnos. Angelina podría preocuparse." Y no cruzaron palabra en todo el camino de regreso.
El moreno pensó que Ciel estaría incluso molesto con él. No se molestó en enviarle a recoger con James para la inauguración. Por el contrario, salió temprano y solo en su auto. No quería ver a nadie. Sin embargo, cuando llegó a la pastelería a las diez de la mañana, una mano tocó delicadamente su hombro. "¿No me vas a saludar, Sebastián?"
Sebastián se sintió pérdido. El traje que le había comprado lucía aún mejor en él esa mañana. "Perdóname, Ciel. No… te he visto." Aunque sus palabras ocultaban lo que en realidad quería decirle. No había creído que el menor llegaría. Ciel lo sabía y disfrutaba de verlo intentando ocultar sus inseguridades. Sebastián podía ser mucho mayor, pero ante aquellos ojos azules, no había edad suficiente que valiese. Nunca la había habido. El menor siempre fue una persona muy intuitiva. Sabía bien hacia donde iba cada quien, y por eso, casi nunca se sorprendía.
Una última mirada y las tijeras se cerraron contra el listón, cortándolo en dos. Las cámaras fotográficas se dispararon, dejando una estela de ese polvillo extraño que despedían. Las personas a su alrededor sonrieron complacidas. Muchas de ellas comenzaron a hablar de lo afortunados que eran los londinenses por contar con "almas jóvenes" que invirtieran en negocios locales. Las damas, en su mayoría, hablaban de la galantería del señor Michaelis, de lo bien que se veía con ese traje, lo que provocaba malas miradas hacia él por parte de los caballeros acompañantes, quienes no se querían quedar atrás.
Sebastián retrocedió un par de pasos y buscó a Ciel para rodearlo con su brazo por los hombros. Ante todos, aquello no pareció más que un sencillo contacto entre dos amigos, tal vez dos conocidos o simplemente, un tutor a su alumno.
-¿Te ha gustado? – Murmuró entre dientes el moreno al ojiazul, intentando sostener la sonrisa y que nadie pudiera leer sus labios.
-Mucho. ¿Ahora podemos decirles que se larguen y entrar a comer? – Rió.
El moreno lo miró y también se echó a reír. – Vaya, vaya. ¡Eres tan sarcástico! ¡Ésa no la vi venir!
-Bueno, no vas a negarme que toda esta gente de sociedad es muy aburrida, ¿o sí? – Dijo mientras entraban en el local.
Las mesitas redondas con largos manteles, sobre las que pendían graciosas lámparas y rodeadas de sillas acojinadas. Un lugar que tenía toda la apariencia para ser uno más de la alta sociedad. El mayor apartó la mirada del panorama para dirigirla a Ciel. – No te voy a negar que esa gente es muy molesta, pero también son los mejores compradores. Si puedes llegar a un noble, podrás llegar a todo el pueblo. La gente pobre siempre quiere probar, siquiera una vez, lo que comen los ricos.
Ciel lo sopesó. – Imagino que así es. – Se detuvo y le miró. – Siempre aprendo mucho cuando estoy contigo. – Y la mirada inocente con que acompañó las palabras hicieron que Sebasián volviera a perder la conciencia en esos ojos azules.
-Y yo gustoso voy a enseñarte todo lo que sé, Ciel. – Sonrió. – Es más, quiero que me ayudes a dirigir este lugar. – Antes que el menor pudiera decir algo continuó hablando. – Angelina no podrá oponerse porque es algo que servirá para tu formación.
-¿Qué puedo decir? Lo tienes ya todo dispuesto. – Se encogió de hombros. Ciel no era usualmente sumiso, pero si eso era lo que el moreno quería, él gustoso se lo daría. Después de todo, aquello había sido lo que pagó el fino traje que ahora vestía, también el perfume que usaba y los bocadillos que devoró en las dos noches anteriores.
El moreno le miró de reojo. – Tampoco quiero sentir que estoy mandándote como lo hace Angelina. – Uno de los meseros interrumpió el discurso del moreno en ese momento. – Señor, ¿servimos ya la champaña? – Sebastián pareció tomarse un segundo para recordar que existía algo que se llamaba champaña, y que no incluía a Ciel en ninguna parte. – Sí, seguro. – El mesero asintió y se marchó.
-¿Vamos a sentarnos? Imagino que querrás probar lo que se servirá en tu café. – Ciel le atrajó de una manga hacia una de las mesitas. – Además, me trajiste para comer chocolate contigo, ¿no?
Sebastián se sentó frente a Ciel. – No debería. – Murmuró. – La gente pensará que soy un tipo informal si me ven comiendo pasteles y té.
-Tranquilo que esto no es Francia. Los ingleses tomamos té y pastelillos todo el tiempo. – Ciel se echó a reír.
-En eso tienes razón. Comeré uno. Pero solo uno. – Dijo, enfatizando el número con su dedo.
-Claro, será solo uno.
Sin embargo, aquellas palabras abrieron una conversación entre ambos que derivó en más de una taza de té y en unos ocho pastelillos por parte de cada uno. Ciel se llevó una mano al estómago, sentía que su estómago iba a reventar. Hacía demasiado que no comía en esa forma.
-Mmm… ¡No puedo más! – Se quejó el mayor también. – Creo que he comido lo suficiente por el resto de la semana. – Bajó la mirada al trozo de pastel de chocolate que quedaba en su plato. - ¿Quieres terminarlo por mí?
.
.
.
Bajó la mirada y contempló el plato que había quedado en el suelo de su celda desde hacía más de un día. La ley de la prisión decía que hasta que no terminara lo que había en él no le servían nada más. Sebastián lo miró una vez más y sintió una arcada formarse en su garganta. No obstante, sabía perfectamente que no tenía un lugar para deshacerse de la estúpida comida que quedaba, en medio de aquel lugar que cada día le parecía más asqueroso, al lado de la coladera mal hecha que le servía como sanitario. Vestido con lo que quedaba de su traje de etiqueta. El traje de esa noche que parecía perfecta…
Tomó un pedazo de lo que parecía haber sido una verdura, muy difícil de identificar en estos momentos y lo comió de un solo bocado. ¡Ah, cuánto extrañaba todos los manjares que acostumbraba a comer en su mansión! Principalmente a ese manjar que le había traicionado…
-Ciel… - Murmuró. - ¡Te maldigo, Ciel! – Elevó la voz esta vez, tomando el plato y estrujándolo por ambos extremos con tanta fuerza que creyó que lo partiría en mil pedazos.
Lo imaginaba riendo, lo imaginaba disfrutando todo aquello que le había quitado. El enredo en que lo había metido. ¡Y él que había caído en sus redes tan fácilmente! Ciel le había dado el beso de Judas.
.
.
.
La luz del fuego en la chimenea alumbraba apenas la habitación. No obstante, Sebastián no quería arruinar el ambiente encendiendo el candelabro.
-¿Te sirvo una copa? – Preguntó el ojiazul a un moreno, que comenzaba a tener una batalla con el sueño, mientras la mirada de éste se posaba débilmente en la botella de vino tinto que estaba en la mesa del centro de la enorme sala. Una habitación de la que Sebastián se sentía particularmente orgulloso.
-Sólo una. Creo que estoy algo cansado… - Rió. – Y no quiero que me veas caer inconsciente por acá.
Ciel sirvió una copa para el moreno y otra para él. Sebastián estaba lo suficientemente ebrio para no darse cuenta que siendo un menor, Ciel no debería beber de esa manera. Y el ojiazul se veía tan campante, el mayor hubiera apostado porque éste ya le llevaba ventaja en el número de copas pero, no parecía importarle demasiado.
-Salud, entonces. – Susurró el ojiazul. – Brindo por esta noche que estoy acá… contigo.
Las palabras "noche" y "contigo" tuvieron en Sebastián el justo efecto que Ciel buscaba. El moreno se enderezó en su sillón y se levantó para ir frente al menor. Dobló una rodilla, rozando el casimir impecable de su pantalón contra la alfombra persa de color rojo sangre. Su mano se dirigió automáticamente al mentón del ojiazul y acarició su mejilla con los dedos mientras su pulgar rozaba esos labios rosas perfectos. – Ciel… ¿puedo besarte?
El ojiazul sonrió. – Debo admitir que es algo que deseo mucho, Sebastián Michaelis. – El moreno cerró los ojos ante su nombre y se entregó a los labios de quien podía ser su hijo, pero que en realidad no lo era y, eso se estaba conviritiendo en suficiente excusa para él.
Sus labios se unieron. Sebastián le tomó por una pierna y le hizo bajar del sillón para caer con su perfecto trasero en el suelo. El ojiazul rió ligeramente contra los labios dulzones del moreno, ligeramente ácidos por el fermento del vino. – Me encantas, Ciel. – Susurró. Éste sonrió y enredó sus brazos alrededor del cuello del moreno. – Hazme sentir especial, entonces, Sebastián.
-¿Especial? – Preguntó en voz muy baja. - ¿Sabes lo que es el sexo, Ciel? – Una de sus manos ya iba debajo de la camisa del menor y la otra se encontraba arrancando la chaqueta que él mismo había arreglado esa mañana.
-Es lo que le hiciste a mi tía el otro día, ¿no? – Respondió en un tono que pasaba de lo inocente a lo provocativo, o por lo menos así lo percibía el mayor.
Sebastián tragó en seco y detuvo sus acciones por un momento. Por su mente cruzó la idea que lo que hacía no estaba bien. - ¿Y eso te lastima?
-No exactamente. En realidad… - Ciel se sentó y atrajo al moreno por la corbata, haciendo que sus labios se acercaran peligrosamente pero sin llegar a tocarse. Algo que había visto hacer a su tía. – Me puso muy celoso… - Musitó cuidadosamente, arrastrando las palabras para que su aliento chocara contra los belfos del otro.
-Lo lamento. – Sonrió maliciosamente. – Pero puedo arreglar eso. – Llevó sus labios al cuello del ojiazul, tomándose un instante para lamer el lóbulo de su oreja y desabotonar su camisa al mismo tiempo.
Ciel se mordió el labio inferior. No podía evitarlo, Sebastián sabía seducir y con él lo hacía muy bien. Sin embargo, no podía olvidar su principal motivo para acercarse al moreno. Aunque… olvidarse de todo por un rato tampoco le venía mal.
Llevó ambas manos a la corbata del moreno y deshizo el nudo con una facilidad que no creía propia de sus manos. Él que no era bueno para atar nada había sido bueno desatando. Irónica la vida. No le prestó demasiada atención y acarició el cuello de Sebastián. Tan suave y sutil como podía porque eso era todo lo que sabía de seducción.
Y Sebastián no esperaba más de él, pero tampoco menos. La forma en que Ciel jugaba con sus uñas en su pecho le estaba enloqueciendo al punto de susurrarle en el oído: "Quiero que me quites la camisa y uses esa lengüita en mis pectorales."
Ciel se sonrojó como un tomate y obedeció de inmediato. La piel del mayor era suave y olía a un perfume francés que él ya conocía de las veces anteriores. Sus labios fueron al principio obligados mas fue algo muy sencillo en cuanto escuchó el gemido de Sebastián. Quería complacerle, más que nada. – Haré lo que sea para hacerte feliz. – Murmuró contra el pezón erecto del moreno.
Sebastián pensó: "Di que me amas. Nada me hará más feliz que eso." No lo dijo. Eran simples pensamientos que tenía en ocasiones. – Solo déjame hacerte mío. Eso me hará más que feliz. – Respondió, rodando sobre el débil cuerpo de Ciel y apresándolo contra el suelo.
Le arrancó los pantalones y la ropa interior. Luego se deshizo de lo que quedaba de sus propias prendas, apoyó las palmas en el suelo y se inclinó para besar a Ciel. El ojiazul lo miró y le sonrió tiernamente, acariciándole uno de los hombros. – Me gustas mucho, Sebastián.
-Tú también me gustas mucho. – Acariciándole los costados con las manos temblorosas. El calor en la piel del moreno era uno que no conocía.
Sebastián separó sus piernas y se colocó en medio de ellas para poder besarle y sentir su cuerpo aún más cerca. El menor le rodeó las caderas. Su cuerpo era ancho y por momentos sentía que sus piernas eran demasiado cortas para poder apresarle contra él.
Una pasión de besos y caricias se desató entre ambos. Caricias que comenzaban inocentes y terminaban en puntos estratégicos que provocaban gemidos de placer. De repente, las imágenes llegaron a la mente de Ciel, la forma en que Sebastián había metido la cara en medio de las piernas de su tía. – Quiero que hagas algo por mí.
-Lo que sea. – Musitó Sebastián, besando la cintura del menor.
-Quiero que beses…
El moreno se enderezó para mirarle a la cara. Inseguro de la propuesta indecente que le hacía el ojiazul. - ¿Solo que lo bese? – Preguntó picarescamente, acariciando el falo de éste. – ¿O que lo coma? – Susurró, deslizándose hacia abajo, sin dejarle responder.
Tomó el miembro del ojiazul entre su boca y lo succionó, acariciándolo en la base con su lengua. Su espalda estaba cubierta de una fina capa de sudor en ese momento. Era algo que ni siquiera imaginaba experimentar. Su propia hombría se ponía erecta al sentir como Ciel se endurecía en su boca, al recordar que él mismo le había pedido que lo hiciera.
Y antes que pudiera controlarse a sí mismo, su lengua estaba moviéndose un poco más abajo, a un lugar un poco más prohibido, si es que existía semejante término. El ojiazul se retorció de placer. – Ahhh… Sebastián… - Fue todo lo que él alcanzó a escuchar. Después de eso, el alcohol y el deseo le cegaron los sentidos y solo recordaba fragmentos.
Su lengua en la entrada de Ciel… Él tomando la mano del ojiazul y poniéndola en su propio trasero mientras se introducía en el menor… La calidez de su cuerpo mientras le embestía… La forma en que su espalda se arqueaba cuando con toda la fuerza de sus caderas penetraba una y otra vez el delicado cuerpo de su joven amante, quien se deshacía en jadeos y le rasguñaba la espalda con una mano mientras con la otra le azotó una nalgada.
La culminación de aquella noche fue por más exquisita. Algo que ninguno de los dos hubiera podido imaginar.
.
.
.
Los despertó un rayo de sol unas horas después, ¡quién sabe cuántas! Lo único que Sebastián sabía era que su cabeza dolía, que estaba tirado en medio de la sala, envuelto en la alfombra y abrazando al ojiazul por la espalda.
En medio del dolor de cabeza que le martillaba la cabeza escuchó una campanilla. - ¡Ah! ¿Qué es ese sonido del demonio? – Se quejó con una voz ligeramente infantil.
Ciel se sentó en la alfombra y se echó a reír. – Es el teléfono, señor quejumbroso. – Se puso de pie, así desnudo como estaba. Ya no se sentía avergonzado de andar así frente al moreno. Caminó hasta el aparato, el cual se hallaba en una mesita al fondo de la habitación y lo descolgó. – Hola.
-"¡Ciel!" – Exclamó Angelina al otro lado del teléfono. – "¿Dónde estás?"
Sebastián se apresuró al aparato, antes que Ciel pudiera responder y se lo arrebató. Sabía perfectamente de quién se trataba. – Es-Está conmigo, amor. Nos hemos distraído jugando al ajedrez y… y me he dado cuenta que era demasiado tarde para regresarle a casa.
La palabra amor hizo que todo lo demás en la mente de Angelina Durless sonará como "buah buah buah…" – "Ah… bien… Entiendo."- Mentalmente se preguntaba por qué no le pedía una explicación como la razón de no avisarle cuando tomó semejante decisión pero, Ciel no era de su importancia en realidad. Y Sebastián acababa de llamarle de una forma tan linda. – "¿Le traerás después?"
-Seguro. Desayunaremos algo y le llevaré después. – Respondió con una sonrisa que se podía palpar a través del teléfono. – Nos vemos.
-"Claro… Nos- Nos vemos." – Y antes que pudiera decir algo más, el moreno ya había colgado el teléfono.
-Amor, ¿eh? – Ciel le miraba, apoyado en el escritorio y cruzado de brazos. Sebastián le observó sorprendido para luego esbozar una sonrisa. -¿Estás celoso otra vez?
-Mmm… No.
Sebastián entendió el mensaje entre líneas y de inmediato le atrapó por la espalda y le abrazó contra su cuerpo. – Ciel… es que debo cubrirme las espaldas. Por favor, intenta comprenderme.
-No es fácil hacerlo. – Masculló, liberándose de los brazos del moreno y comenzando a caminar hacia la puerta. - ¿Puedo usar una habitación para huéspedes para bañarme y cambiarme? – Preguntó, fingiendo molestia mientras recogía su ropa del suelo.
Sebastián suspiró. – Claro pero… luego debo contarte algo… Por favor.
Ciel se picó la cabeza. – De acuerdo. – Respondió sin voltear.
