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A pesar de que Eren Jaeger era alguien que se caracterizaba por su valentía casi estúpida, bordeando muy por encima de lo peligroso, para el castaño, armarse de valor y soltar aquellas dos simples palabras – aún por teléfono – requirió mucho tiempo y entrenamiento.
Desde que Armin había encendido la mecha, el pabilo no hacía sino consumirse y consumirse hasta que inevitablemente alcanzó a la "bomba Eren" y todo explotó.
Aquella memorable noche, todo estaba planeado. Cualquier posible respuesta que el abogado pudiera darle ya tenía su réplica previamente ensayada. No había escapatoria, no iba a dejar ir a Levi…
Por eso, quince minutos antes de la hora fijada, Eren se encontraba con el corazón en la mano, repasando las posibles reacciones de Levi ante su declaración de amor y sus respectivas respuestas.
"Lo siento, no estoy interesado en hombres."
"Yo tampoco, pero contigo voy a hacer la excepción, y estoy seguro que si me dejas, también puedo ser una de tus excepciones."
"Lo siento, no estoy interesado en mocosos."
"Creo haberte demostrado que he madurado lo suficiente como para no ser considerado más un niño, y si no me crees, dame la oportunidad para probártelo."
"Lo siento, tengo novia."
"Jamás la habías mencionado hasta ahora, pero bueno, yo tengo algo que ella no, si sabes a lo que me refiero."
"Lo siento, tengo novio."
"Pues mi amiguito es más grande que el suyo."
"Soy asexual."
"Y yo Levifílico. Y muy, muy terco."
"Estoy casado y tengo hijos."
"Eres abogado, ¿para qué se inventaron los divorcios? Además soy el prototipo de madre ideal y la esposa perfecta."
"También te amo."
"Idiota. ¿Por qué siempre tengo que decir las cosas yo primero?"
Okay, quizás estaba soñando demasiado con la última, era prácticamente imposible que Levi le correspondiera, pero… necesitaba intentarlo. Primero amortiguaría la situación con un poco de humor y luego iría en serio, le abriría su corazón y le diría todo lo que le hacía sentir; el calorcito agradable en su pecho cada vez que conversaban, las mariposas en el estómago cada vez que se acercaba LA hora, sus pensamientos de colegiala enamorada para con él, las risitas bobas cada vez que leía, oía o recordaba su nombre, el ritmo acelerado y el enorme vacío al momento de despedirse cada noche, ¡todo!, cada ínfimo detalle, cada mínima cualidad y defecto que lo hacían especial, ¡joder!, si tenía que pasarse veinte horas al teléfono diciéndole lo mucho que lo amaba, ¡lo haría!, y si Levi no le creía, seguiría hablándole, pues su lista de razones seguía y seguía hasta ser casi interminable… Y si nada de eso funcionaba… ¡Pues hasta estaba dispuesto a rogar! Lo que fuera con tal de albergar una posibilidad con él…
Dos minutos antes de las diez, Eren buscó el número en su lista de contactos.
Su pecho dolía, pero a la vez se sentía cálido; era tan agridulce, el sabor de la ansiedad mezclado con el de la esperanza. Por un lado se sentía ilusionado, era la primera vez que se le iba a declarar a alguien y aunque hacerlo por teléfono no era la mejor de las opciones, sus intentos por sacarle la dirección exacta a Levi – o siquiera a alguno de sus amigos – fueron todos vanos. Honestamente, podía haber seguido intentando, total, su perseverancia era admirable – por no decir odiosa – y muy pocas eran las veces en las que no se salía con la suya, pero… su corazón no daba más. Cada día, cada hora que pasaba sin decirle abiertamente lo que sentía a su abogado se volvía una tortura ya insufrible. Le quemaba por dentro, le escocían los ojos y le picaban los dedos. Anhelaba poder gritar a los cuatro vientos su amor, ¿pero cuál sería el caso si quien quería que lo oyera no estaba dentro del rango de alcance de su voz? ¿de qué servía confesarlo a otros – a pesar de que su hermana y su mejor amigo ya sabían – si Levi no era conocedor de sus sentimientos?. Le urgía, como la necesidad imperiosa de respirar, decirle a Levi que lo amaba. Y no iba a esperar una abertura, un quizás en medio de un mar de posibilidades y caminos para hacérselo saber. Iba a ser ahora.
Ahora.
Saliendo de la lista de contactos, fue directo al teclado y con la emoción desbordándolo, discó él mismo los ocho dígitos que sellarían su destino.
El primer timbrazo, indicador indudable de que no había vuelta atrás, se sintió como corsé envolviéndole el torso, más particularmente apretándole las costillas hasta casi perforarle los pulmones.
Al segundo y tercer tono de llamada, se sintieron como un pre-paro cardiaco, aquel órgano vital latiéndole con frenesí, alterando su circulación sanguínea y arrastrando las violentas palpitaciones por sus venas principales de manera dolorosa y atropellada.
Al cuarto, ya estaba jadeando, sofocado.
Cuando escuchó aquella provocativa voz, sólo estalló.
- Te amo. – soltó, ignorando lo que sea que el abogado hubiera dicho en un inicio, demasiado concentrado en abrirse paso a través del nudo que se formaba en su garganta y escupir, lo más serio y fuertemente posible aquellas dos palabritas.
Su respuesta fue el silencio.
Y el inconfundible sonido de una llamada siendo cortada.
¿Qué?
¡¿Qué?!
Los segundos transcurrieron lentos y pesados, las paredes a su alrededor dando vueltas mientras él sólo podía observar con ojos desorbitados la pantalla oscura de su celular.
¿Qué estaba pasando? ¿Por error cortó la llamada? ¿Fue tan torpe como para cortarle a su amado justo después de confesársele?
- Hahahaha… qué estúpido… – rió secamente el ojiverde, negando con la cabeza mientras con manos temblorosas volvía a marcarle a Levi.
Ni siquiera acabó el primer timbrazo cuando la llamada fue desviada.
No…
- Hahaha… Levi d-debe querer llamarme él mismo y chocamos… – murmuró entrecortado, las lágrimas asomando rebeldes por las comisuras de sus ojos.
Nuevamente, peor que si se tratase de una persona con Parkinson, presionó la tecla verde.
Desviada.
No.
¿Qué era esto?
Vio incrédulo hacia la pantalla, la operadora diciendo alguna estupidez como que su llamada no podía ser tomada y que intentara más tarde.
¡¿Que intentara más tarde?!
¡No! Levi le había contestado hace unos segundos… ¿o ya eran minutos? ¿horas?
Se sintió mareado.
Vio su pantalla tornarse oscura de nuevo y la desbloqueó, dispuesto a mandarle un mensaje, pero en ese preciso momento, el aparato vibró.
"Levi"
¡Era él!
Tembló. Un escalofrío desagradable recorrió su columna vertebral. Tenía un revoltijo en el estómago y la comida de hace horas en la tráquea. Su cabeza palpitaba y sentía que iba a explotarle en cualquier momento.
Un miedo inmenso lo invadió.
No supo de dónde o porqué. Como una premonición, un instinto ante la desgracia inminente, el temor se expandió por cada célula de su ser, impregnando su piel y exudándole por los poros. Comenzó a temblar y las lágrimas a caer incontrolables. No lo sabía, pero su corazón le decía – no, le gritaba – que todo estaba a punto de irse por el mismísimo caño. Cada segundo que transcurría, incapaz de mover un maldito dedo, perdía un pedacito del valor que tanto le había costado reunir. De un momento a otro, sus piernas flaquearon y se desmoronó – dolorosamente – de rodillas contra el suelo.
Tragó duro, medio ahogado; su garganta se había convertido en un desierto en el transcurso de un parpadeo y sus pulmones en dos frijoles secos.
Con lentitud, como un reo yendo directo a la silla eléctrica, cogió el móvil, desbloqueándolo y manchando con su sudor, frío y desagradable, la – ahora – brillante pantalla. Inhalando con fuerza, presionó el ícono de mensajes.
Soltó todo el aire reunido junto con un desgarrador sollozo.
Esto no podía estar pasando.
No.
NO.
¡NO!
Mikasa y Armin, quienes se encontraban en la planta baja, corrieron escaleras arriba en cuanto escucharon aquel lastimero chillido y entraron a la habitación del castaño, sin molestarse en tocar.
Eren yacía de rodillas aún, llorando entrecortado, espasmos compulsivos curvando hacia delante, de forma grotesca y exagerada, su columna. Tenía los dedos prácticamente incrustados en el rostro, jalándoselo y embadurnándose con todo tipo de fluidos, tornando sus palmas pegajosas y adornando sus mejillas con hileras rojas.
Mikasa fue la primera en reaccionar al ver a su hermano en ese estado. Corrió hasta él, tirándose a su lado y tratando de abrazarlo, de brindarle un consuelo mientras que éste simplemente se negaba a recibirlo, forcejeando para librarse de cualquier tipo de agarre y lanzando manotazos intercalados con incomprensibles palabras – o insultos – proferidos con una voz impropia, destilante de angustia y dolor.
Armin simplemente observó la escena, conmocionado. Jamás había visto a Eren tan mal, como un animal herido, tratando de defenderse con uñas y dientes, importándole poco o nada lastimar a su hermana o gritarle improperios inentendibles.
¿Qué demonios había pasado para que su amigo acabara así?
Trató de dar un paso hacia adelante para ir a unirse a la pelinegra y tratar de calmar al castaño, pero en ese momento su pie chocó contra algo.
El celular de Eren.
Una punzada en el pecho y la considerable experiencia como oyente y confidente de varios de sus compañeros de salón le indicaron por donde venía el problema. Con manos tembleques y el horrible presentimiento de que en aquel artefacto se encontraba la razón de todos los males, tomó el móvil, soltándolo casi de inmediato, como si quemara al tacto. En la pantalla aún encendida, se leía claramente un mensaje…
Levi: "Se terminó."
No lo entendía.
Todo sucedía lento y borroso, como si estuviera drogado o si la realidad se hubiera convertido en una película de mala calidad de los años 80's. Veía frente a él a sus dos mejores amigos, abrazándolo cada cual de un lado; sentía el suave cabello de su hermana rozarle el cuello y olía el aroma a lavanda que emanaba la camisa de Armin, y sin embargo… no se sentía real.
Extendió sus manos con lentitud, estaban hechas puño a sus costados. Tenía marcas de uñas en las palmas y los nudillos blancos. Dolía un poco.
- ¿Eren? – llamó Mikasa mientras suavemente tomaba su izquierda, apenas rozándola con sus dedos.
No había voz para responderle dentro de Eren Jaeger.
Siguió mirando a la nada, sintiéndose ajeno a todo, a su alrededor, a esas personas, a sí mismo.
¿Qué fue lo que pasó?
Su cuerpo se sentía pesado, como si de la nada sus huesos se convertido en estructuras de cemento, sus músculos en una capa de ladrillos y su piel en el revestimiento de madera; sus ojos ardían y juraría que sentía la hinchazón inflamando sus párpados, transformándolos en masas obesas de carne que le impedían ver claramente; su cerebro le martillaba, como si pequeños albañiles dentro estuvieran jugando a lanzarse las herramientas de construcción los unos a los otros, los mazos, martillos, taladros y llaves chocando directo contra sus paredes craneales, convirtiendo toda su cabeza en un globo adolorido a la espera de ser reventado.
Instintivamente se palpó el rostro. Estaba pegajoso y se sentía áspero.
Aunque también era factible que sus manos fueran las sucias.
- ¿Qué fue lo que pasó? – logró formular después de mucho esfuerzo, y aún así su voz salió en apenas un susurro, delgado y quebrado, totalmente impropio de él.
- Eso mismo me pregunto yo, Eren, ¿qué mierdas sucedió? – exigió la pelinegra, su rostro deformado en preocupación y tristeza.
Eren sólo bajó la vista.
- Levi… – murmuró entonces Armin.
Como si se tratase de la palabra mágica que abría la puerta, las neuronas de Eren hicieron sinapsis, las piezas del rompecabezas se encajaron y todos los recuerdos volvieron a él en una espiral violento y avasallador.
Se le había confesado a Levi.
Y Levi le había dicho que se terminó.
Pero… ¿qué fue exactamente lo que se terminó?
Como un poseído, apartó con brusquedad los dos cuerpos que lo rodeaban y se puso de pie. Tambaleó un poco, pero ignoró el malestar, recorriendo con la mirada toda la habitación hasta dar – abandonado en el borde del escritorio – con su celular. En dos zancadas cortó el trecho que los separaba y lo tomó, tecleando con avidez y desesperación un mensaje para su abogado.
Armin y Mikasa simplemente lo observaron con tristeza.
Los minutos pasaron y Eren seguía parado al lado de la mesa, el móvil en la mano, esperando una respuesta que sabía no llegaría.
Al cabo de quince largos minutos, la pelinegra habló.
- No va a responderte, Eren – dijo molesta.
- Cállate – susurró el ojiverde, mirando fijamente su teléfono, sus dedos aferrados como hierro al aparato, temeroso de que se desvaneciera ante sus ojos si aflojaba el agarre.
- ¡Basta, Eren! – alzó la voz Mikasa – Ese imbécil no va a llamarte o mensajearte más, lo dejó bien en claro.
- ¡¿Tú qué sabes?! – gritó el castaño, enfrentándola – No lo conoces.
- Y tú tampoco. Ahora dame ese maldito móvil, voy a borrar su número.
- ¡¿Qué?! ¡No!
Mikasa se acercó como una leona hambrienta, abalanzándose sobre Eren como si fuera su presa, arrinconándolo contra la mesa y apretujándolo contra su cuerpo, tratando de detener sus extremidades que se movían como gusanos enloquecidos, retorciéndose y pateando, defendiendo a muerte el artefacto escondido con infinito esmero entre sus palmas.
- ¡Quítate! – chilló Eren mientras pegaba el celular a su pecho, como si fuera su más preciado tesoro.
- ¡Dámelo! – Mikasa forcejeaba, tratando de rodear a Eren, pero el castaño se lo impedía, mostrándole su espalda y obligándola a pegarse a esta, tratando de abrirse camino entre los brazos cerrados a muerte sobre el torso de su hermano.
- ¡No! – gritó desgarradoramente cuando la pelinegra logró tocar el borde del teléfono.
Mikasa se apartó por instinto. Aquel sonido era asimilable al bramido de un animal moribundo; herido y sangrante, sapiente de su miseria y de su inevitable final. Vio nuevamente las lágrimas recorrer las mejillas de su hermano y una recargada oleada de furia la invadió. Se dispuso a atacarlo otra vez, mordiéndolo y golpeándolo si era preciso con tal de arrebatarle el celular, pero una suave a la vez que firme mano en su hombro se lo impidió.
- Basta – dijo solemne el rubio ojiazul.
- Armin… – murmuró la pelinegra algo confundida.
- Así sólo vas a lograr que Eren se ponga peor… – se mordió el labio inferior, como sopesando lo que iba a soltar – deberíamos dejarlo por hoy.
- ¡No! – chilló de inmediato la ojinegra – ¿Es que no ves có–
- Por favor – se escuchó la apenas perceptible y debilitada voz del castaño.
- Vámonos Mikasa… – habló el blondo mientras tomaba la mano de la susodicha y los conducía hasta la puerta de la habitación.
La joven lo siguió algo reticente, conteniendo sus instintos maternales, esas ganas imperiosas de correr y abrazar a su hermano hasta dejarlo sin aire, hasta hacerle olvidar sus penurias y su dolor.
Lanzó una última mirada preocupada antes de cruzar el umbral y apretó más fuerte la extremidad que la guiaba.
La oscuridad se hizo de nuevo con el arrullo de un portazo. Eren estaba solo al fin.
Con lentitud se dejó caer en el piso hasta quedar recostado, de lado y con los brazos extendidos, el móvil aún entre sus manos.
Lo observó en completo silencio, sin moverse más que las suaves sacudidas que su llanto mudo ocasionaba.
Transcurrió una eternidad, aunque según el reloj en la pantalla sólo fueron dos horas. La respuesta aún no llegaba.
Soltó un sollozo sonoro y con sus dedos como gelatina, marcó el número de Levi.
Estaba apagado.
Se quedó dormido en el frío piso, el cansancio mermando su conciencia alrededor de las tres de la madrugada y mandándolo, al menos por un breve lapso, al mundo de los sueños.
Despertó a las ocho, sus músculos entumecidos y su cuello agarrotado. Tenía la típica jaqueca post llanto y el estómago vacío.
Se levantó con pesadumbre, como un zombie reviviendo después de una década bajo tierra, y se dirigió directo al baño.
La casa se hallaba sumida en un completo y hasta macabro silencio. Era domingo en la mañana, por lo que su padre, su nueva madrastra y Mikasa deberían estar por los alrededores, aquella mudez no era natural.
Decidió investigar después, por el momento procedió a darse una ducha, evitando a toda costa pasar frente al espejo, pues sabía que lucía fatal y aún no estaba listo para verse.
Tras una buena media hora bajo el chorro de agua tibia, se sintió satisfecho y, secándose a medias, vestido sólo con unos bóxer, salió a buscar a la gente.
Primero fue al cuarto de su hermana, tocó la puerta y esta se abrió; estaba vacío.
Okay…
Procedió a bajar las escaleras, revisando con la mirada la sala – desierta – y desviándose hasta la cocina. No había nadie.
Miró por la ventana hacia el jardín y no estaba el auto de su padre.
Genial, estaba solo. Solo con su miseria.
Se dejó caer contra la mesa, importándole bien poco el posible chichón que pudiera quedar en su frente producto del golpe y dejó salir un quejido ahogado.
Su pecho se sentía oprimido, su razón traicionada y sus ojos hinchados. Había perdido la cuenta de las horas que lloró, desembocando su dolor a través de lo salado de sus lágrimas; y aún así… aún así no sentía ninguna mejora. Era un cansancio emocional, un agujero negro que se extendía en su interior, succionándole la energía y la vitalidad, la alegría y las ganas de hacer algo. Lo único de lo que se sentía capaz era de recostarse en su cama y quedarse quieto, mirando a la nada, dejando pasar la vida.
Aunque, claro, no podía hacer eso.
Apretó los puños y se mordió las mejillas por dentro. Estaba frustrado, MUY frustrado. No entendía por qué Levi había hecho lo que hizo. Aunque no estaba seguro de si el abogado le correspondía, al menos sentía que le tenía aprecio; el aprecio suficiente para no evitarlo después de su confesión.
Pero se había equivocado.
Quiso golpearlo, patearlo y romperle los dientes de un puñetazo. Quiso gritarle, abofetearlo y sacudirlo mientras le exigía una explicación. Quiso dejarse llorar en su hombro y susurrarle mil veces "te amo". Quiso besarlo y fingir, por unos meros minutos, que todo era real, que no existía un "se terminó", que ellos aún eran algo; que él le respondía y que se coqueteaban; que compartían secretos, penurias y alegrías; que existía una conexión, un quizás y una ilusión.
Que no estaba llorando en calzoncillos en su cocina…
Los días posteriores transcurrieron lentos y amargos. Eren se encerró en su habitación, negándose a salir más que para lo estrictamente necesario, lo cual no incluía bañarse o comer, simplemente atender necesidades físicas primarias. Ni las súplicas de su madrastra, las amenazas de su padre y su hermana o el perspicaz razonamiento de Armin lograron convencerlo de lo contrario.
Ellos no lo entendían, no era fácil.
Cada mensaje enviado – los cuales alcanzaban ya cifras de tres dígitos –, cada llamada redirigida al buzón de voz – las cuales incluso llegó a perder la cuenta –, cada lágrima derramada sobre el teclado táctil, cada golpe dado a la pared con sus puños ensangrentados, cada punzada perforando un poco más su agrietado corazón, cada pequeño y doloroso detalle de aquel infierno… ellos no eran capaz de entenderlo.
La resignación nunca fue cosa sencilla... y vaya que a Eren le costó bastante enfrentarlo.
Hacia la segunda semana de reclusión, a un número de la cantidad límite de faltas que podía permitirse antes de perder el semestre, Eren salió de su cueva.
Era una tarde bastante oscura, el sol se había escondido temprano, y no había nadie en casa. El joven y demacrado ojiverde abrió por primera vez en demasiado tiempo sus cortinas y las ventanas, tomó toda las prendas sucias y los envases de comida chatarra que habían esparcidos por su habitación y se dirigió al cuarto de baño.
Lo primero que vio al entrar fue su reflejo en el gran cristal con marco dorado que se encontraba en una de las paredes; no se sorprendió. Con más de siete kilos menos, unas ojeras asimilables a un antifaz de mapache, un olor a perro muerto, los ánimos por el subsuelo y un vacío atosigante succionándote por dentro, ¿quién no luciría como un cadáver andante?.
Se dio una ducha rápida pero profunda, lavándose el cabello enmarañado y casi tieso, frotando con fuerza las migajas y suciedad pegadas a su cuerpo y acariciando con suavidad sus – aún – algo ásperas mejillas. Salió un poco más renovado. Se vistió ligero y cogió la aspiradora. Succionó los restos en su piso y colchón, cambió las sábanas y reordenó el cuarto. Luego, bajó hasta la cocina, y por primera vez en más de quince días, se hizo un sándwich.
Conforme pasaba su último bocado, una risa seca y una lágrima traviesa surcaron su rostro, finalmente aceptando que cuando los días se convierten en semanas – y estas muy probablemente en meses – no obtendrías un porqué.
Volver a su vida normal – sin Levi – fue difícil.
Cuando retomó sus clases en la universidad, ya iba demasiado atrasado, lo que le costó mil súplicas e infinito esfuerzo para poder reponer el tiempo, los trabajos y las asistencias perdidas.
Fue duro. Además de la constante fachada que debía mantener en público.
Tras salir oficialmente de su autoencierro, Eren fue inmediatamente rodeado por su preocupada familia y amigos, quienes lo ahogaron en mil y un "¿estás bien?" que se prolongaron durante semanas.
¿Qué si estaba bien? No. Se sentía morir, se sentía incompleto, se sentía traicionado y abandonado.
Pero, claro, no podía decirles eso.
Su nuevo hobby consistió en crear un eslabón de mentiras.
Cada día salía de casa con una enorme sonrisa en los labios, el porte firme y la actitud positiva. Armin y Mikasa sospecharon en un principio, estaban demasiado incrédulos de que Eren pudiera recuperarse con tanta facilidad, menos tratándose de su primer amor, pero con el transcurrir de las semanas y la actitud persistente del castaño, acabaron tragándoselo.
Y si ellos cayeron, por ende, los demás igual se creerían su máscara de felicidad.
Su rutina pronto volvió a ser la misma.
Las pláticas con sus compañeros y amigos pronto volvieron ser las mismas.
Las miradas de lástima y los murmullos indisimulados pronto desaparecieron.
Todo volvía a ser como antes.
Todo menos él.
Si tan solo supieran…
Dolía…
Era tan doloroso fingir… tanto porque estaba mintiéndole a personas que le importaban – y a sí mismo –, como porque dentro suyo, nada estaba bien. Tenía un revoltijo en el cerebro y sus emociones en constante lucha con su lado racional. Quería poder convencerse de que Levi no era más que una vulgar mentira, un error en su vida y una mancha en su memoria… pero no era fácil. Lo que sentía por él seguía presente, latiendo fuerte, potente y mordaz dentro de toda esa maraña de piezas rotas. Lo tenía demasiado incrustado en el corazón como para extirparlo sin matarse.
Era horrible…
Y para colmo no podía compartirlo con nadie. Vivía callando. El silencio era mejor que dar explicaciones, que contar historias que pertenecían a una intimidad pasada, pequeñas confidencias entre dos amantes, susurros soplados al viento, escondidos de cualquier impureza, de terceros y del olvido; sueños e ilusiones, un deseo pedido a una estrella fugaz, incapaz de cumplirse si se repetía en voz alta. Esos recuerdos eran suyos y se quedarían en su cabeza, guardados como el mejor de los tesoros y el mayor de los males.
Podía aguantar. Podía jugar a ser un actor por el resto de su vida, interpretando un papel secundario, sin llamar la atención, sin drama, sin problemas… sin miedo y sin dolor.
Mientras pudiera fingir una sonrisa…
Mientras pudiera callar a sus demonios…
Mientras siguiera haciendo lo que hacía y como lo hacía…
Todo estaría bien.
Hacia el final de su semestre, a mediados de julio – casi tres meses después del suceso "L" – la farsa finalmente se vino abajo.
Era una mañana de domingo, Eren despertó sobresaltado; pesadillas sobre la muerte de su madre habían comenzado a abrumarlo cada noche desde hacía un tiempo.
Parpadeó pesadamente, limpiando con el reverso de su mano los restos de llanto que quedaban en su cara y luego estiró el brazo, palpando la vacía mesita de noche.
¿Y su celular?
Mikasa se encontraba tranquilamente devorando una tostada cuando Eren apareció por el marco de la puerta, lanzándose con todas sus fuerzas directo hacia ella.
- ¡¿Er–
No alcanzó a terminar de decir el nombre de su hermano cuando éste la tacleó, tirándola de lleno contra el piso y ocasionando que golpeara su cabeza contra el borde del lavaplatos.
- ¡Maldita! – gritó enfurecido, tratando de alcanzar su cuello para ahorcarla – ¡Eres una maldita desgraciada!
- ¡Eren! – chilló Mikasa, sorprendida, tratando de contener sus lágrimas a la vez que los puños del castaño.
- ¡¿Cómo pudiste hacerme esto?! – siseó el ojiverde, destilando odio en cada palabra.
- Ere– - en un descuido, las manos de Eren se abrieron paso por entre sus brazos, cerrándose como garras sobre su cuello.
Todo el aire abandonó los pulmones de la pelinegra, su tráquea siendo comprimida por la energía con la que era asfixiada. Trató de apartar a Eren con sus cuatro extremidades, pero la falta de oxígeno comenzaba a marearla. Sintió ganas de vomitar y la cabeza nublada.
Estaba a punto de perder la conciencia.
- ¡EREN! – se escuchó el bramido horrorizado de Grisha seguido del fuerte colapso de un cuerpo siendo estrellado contra la pared.
En un abrir y cerrar de ojos, el padre de Eren había apartado a su hijo de encima de la azabache, cogiéndolo por las axilas y arrojándolo directo contra la pared.
- ¡Ugh! – Eren dejó salir un quejido de dolor mientras se deslizaba por el liso muro, poniéndose de pie lo más rápido que sus sentidos se lo permitieron y lanzándose de nuevo al ataque.
- ¡BASTA! – lo detuvo Grisha al ver sus intenciones, colisionando ambos cuerpos de nuevo contra la dura superficie - ¡¿ESTÁS LOCO?! ¡ES TU HERMANA! ¡CASI LA MATAS! – gritó el doctor mientras retenía con todas sus fuerzas al joven.
- ¡NO ME IMPORTA!
- ¡EREN, QUÉ DEMONIOS TE P–
- ¡BORRÓ SU NÚMERO! – aulló el castaño antes de atragantarse con un sollozo y estallar en lágrimas.
Grisha y Mikasa sólo atinaron a ver, impactados, cómo Eren se desmoronaba contra el suelo, encogiéndose y haciéndose bolita, sacudiendo compulsivamente sus hombros y temblando toda su columna conforme el llanto agarraba más intensidad.
Se miraron entre ellos, inseguros sobre qué hacer.
Mikasa ejecutó el primer intento, parándose con algo de dificultad y tratando de ofrecer disculpas a su destrozado hermano, escudándose en que pensó que realmente había superado al abogado. Grisha, quien sólo sabía la historia general, sin entrar en muchos detalles, secundó a la pelinegra, diciendo que ya era hora de que dejara ir ese sentimiento unilateral y sin futuro.
Eren no respondió.
Procediendo con su intento de razonamiento, padre e hija siguieron explayándose, enumerando los diferentes motivos por los cuales aquella relación no podría haber resultado desde un principio, usando frases rebuscadas como "encontrarás a alguien mejor", "no te convenía", "sólo estaba jugando contigo", "mereces más como para que estés lamentándote", pero lo que mermó su paciencia y acabó por hacerlo decidirse de una vez por todas a tomar una decisión y cambiar su situación, fue que su padre dijo lo peor que se le puede decir a alguien que ama con tanta sinceridad como lo hacía Eren…
"Es sólo un encaprichamiento de jóvenes, se te va a quitar en cuando conozcas a alguien más".
Se irguió de repente, asustando a ambos presentes, y limpió su rostro con la manga de su camiseta. Subió las escaleras, directo a su habitación. Una vez dentro ni se molestó en cerrar la puerta, se cambió el pijama por una muda más decente de ropa, cogió su billetera, sus llaves y su celular. Al tomar el aparato entre sus mano, se detuvo unos instantes, observando la pantalla oscura.
Su labio inferior tembló y tragó en seco.
Cerrando los ojos e inspirando profundo, se despidió mentalmente de aquel número y de todo lo que éste representaba.
Apretó el móvil entre sus manos y con una mirada de determinación, bajó al primer piso y salió de la casa, decidido a encontrar un departamento, mudarse y ordenar su vida.
A pesar de todos los problemas que había tenido durante esos meses, Eren había logrado hacerse a con un trabajo y no perderlo. Servía en las tardes-casi-noches como mesero en un restaurant familiar de buena fama, donde tanto la paga como las propinas eran óptimas.
El salario de un semestre, aunado a sus anteriores ahorros de empleos previos, bastaron para pagar los primeros tres meses de renta de un piso en un edificio decente cerca de su facultad.
Aquel día, tras el sermón de su padre y Mikasa, había salido directo al centro, a recorrer los alrededores en busca de cuartos, departamentos o viviendas comunitarias en alquiler.
Aunque encontró algunas opciones decentes, anotó los números y continuó averiguando.
Transcurrió una quincena hasta que, por fin, en un complejo universitario a sólo cinco calles de donde estudiaba, encontró el apartamento ideal.
El lugar en sí no era muy espacioso, apenas lo suficiente como para que una persona viviera cómodamente, pero tenía una vista – y ubicación – magnífica. Sin mencionar que el precio mensual estaba dentro de su presupuesto.
El dueño, un viejo bonachón llamado Pixies, había accedido gustoso a mostrárselo, además de ofrecerle reducir las formalidades y requisitos a la hora de firmar el contrato porque el ojiverde le había caído bien.
El edificio tenía cinco pisos más la recepción, en cada piso dos departamentos, uno enfrente del otro. Actualmente, sólo tres pisos, más el suyo, que no compartiría con nadie, estaban habitados.
No debió pensarlo mucho para aceptar.
Cuando tuvo el contrato en mano, pagado y firmado, reunió a la familia y soltó la bomba.
Mikasa enloqueció, gritando una y mil excusas por las cuales no podían permitir que Eren se mudara; Grisha trató de hacerlo razonar, inventando problemas, obstáculos y peligros; su madrastra simplemente permaneció callada.
Sólo cuando los chillidos fueron bajando su intensidad hasta volverse meros murmullos y los pretextos se quedaron cortos, la mujer habló.
- Pienso que Eren ya está lo suficientemente grande como para saber qué es lo mejor para él y tomar sus propias decisiones – dijo.
Grisha y Mikasa la miraron como si hubiera dicho la peor barbaridad de la historia. Eren simplemente la vio sorprendido.
Siguieron argumentando por un rato más, su padre y su hermana lanzando toda clase de motivos por los cuales no podía vivir solo; él defendiéndose y adjudicándose la madurez suficiente y su madrastra apoyándolo, enumerando una lista de cualidades y hechos de referencia que corroboraban su capacidad para sobrevivir por sí mismo. Al fin, tras unas buenas dos horas de discusión, Eren y la señora ganaron la disputa.
El de lentes y la azabache se rindieron al ver que, por más "peros" que pusieran, iba a ser imposible cambiar la decisión del castaño – además de que el trato con el dueño ya estaba hecho –. Acordaron un calendario de visitas y un horario de llamadas, además de insistir en que no estaba solo y que lo ayudarían a, siquiera, amueblar el lugar.
Cuando finiquitaron los términos y condiciones, Eren les regaló, después de mucho tiempo, una sonrisa honesta. Abrazó a su madrastra y a su hermana con entusiasmo, apretándolas y agradeciéndoles por todo, luego, con algo de incomodidad, estrechó la mano de su padre, quien acabó jalándolo contra su pecho y pasando un brazo por su hombro, palmeándole la espalda y diciéndole las últimas recomendaciones.
Al separarse, volvió a sonreír, genuinamente feliz ya que, por primera vez en años, se sintió en familia.
La mudanza fue sólo el inicio de todo un nuevo ciclo para Eren.
Una vez establecido en su pequeño pero acogedor piso, el castaño decidió que ya era tiempo de ponerse las pilas en los estudios.
Era su cuarto semestre y, si bien en los primeros tres no había obtenido calificaciones destacables, en éste se iba a esforzar al cien por ciento, esperando que los frutos cosechados compensaran su flojo comienzo.
Empezó una rutina de estudio que lo dejaba con apenas un par de horas contadas para distraerse – aunque también incluían el tiempo que ocupaba para prepararse de comer, limpiar y hacer compras –. En su trabajo, también decidió agarrar los turnos de fin de semana, dejándose así un total de sólo un día libre (domingos).
Los meses transcurrieron rápidos gracias a este nuevo cronograma de actividades, logrando que el ojiverde pudiera concentrarse más, progresar en sus materias y olvidar, al menos durante gran parte del día, a cierto abogado.
Aunque, claro, las noches eran tema aparte.
Llegada la hora – o séase las diez – Eren siempre acababa rememorando a Levi.
Era un rito masoquista e insano, pero simplemente no podía detenerse. Comparecido el momento, tomaba su celular y lo observaba, a veces minutos, a veces horas, viendo la pantalla negra entre sus manos y perdiéndose en recuerdos aún demasiado vívidos como para que no lo afectaran.
Algunas noches lloraba hasta la madrugada, durmiéndose rodeado de pequeños charcos húmedos. Otras simplemente reía y golpeaba lo que tuviera a su alcance. Y, aunque en muy pocas ocasiones, simplemente suspiraba y se daba vuelta, dándole la espalda a aquel artefacto y lo que aún representaba.
Ya no tenía el número de Levi entre sus contactos. Si bien se lo sabía de memoria, nunca lo había vuelto a guardar en el aparato.
También se había ido el de Hanji.
Había eliminado su cuenta de Facebook.
Había borrado todos los mensajes, guardados y no guardados.
Cualquier rastro de él, ya no estaba.
Salvo, claro, por los recuerdos grabados a rojo vivo en su cerebro y los sentimientos incrustados y echados raíces en lo más profundo de su corazón.
- Ehe… – rió sarcástico. Era patético. Casi medio año después seguía extrañándolo.
Rodó en su cama hasta quedar de costado. Bajó las piernas y se impulsó, poniéndose de pie. Caminó con lentitud hasta la puerta corrediza que daba al pequeño balcón. Apoyó la mano contra el vidrio. Afuera se veían edificios, algunos más grandes que un quinto piso, otros más pequeños. Se oía el ruido de una gran ciudad y las luces de los faroles, las casas y los automóviles.
Suspiró con dolor y descansó su frente contra la fría superficie.
- Levi… – murmuró mientras diminutas gotas caían a la alfombra y dejaban puntos oscuros y mojados – Vuelve…
Aquella noche soñó con una vida perfecta, su abogado y él viviendo bajo el mismo techo como una pareja de recién casados.
Y aunque jamás había visto a Levi sonreír, en su mundo de fantasía, el pelinegro vestía la más hermosa de las sonrisas.
Los primeros días de noviembre, Eren fue invitado – por primera vez – a salir.
Fue un cliente, bastante joven cabe destacar, que frecuentaba el restaurant y siempre pedía que el castaño se encargara de atenderlo.
Ese día, justo cuando estaba entregándole su factura, él lo tomó de la muñeca.
- Hey, hola – dijo.
- Eh… hola – respondió el ojiverde, sintiéndose repentinamente incómodo.
- Mi nombre es Berthold.
Eren sonrió y asintió, sin saber qué contestar. Su nombre estaba en su credencial pegada al pecho, era obvio que el sujeto lo sabía.
- Ten una cita conmigo – soltó de improvisto el muchacho, apretando un poco más su agarre para remarcar la petición.
- ¡¿Qué?! – chilló sorprendido Eren, sus mejillas inmediatamente tiñéndose de rojo por haber levantado la voz y llamado la atención de otras personas alrededor – No pued–
- Por favor piénsalo hasta que tu turno acabe – lo cortó el otro – te esperaré en el estacionamiento, motocicleta roja.
- P-pero…
- Gracias.
Y sin más, Berthold abandonó el establecimiento.
Rápidamente, el castaño recogió los platos y cubiertos de la mesa y se apresuró a la cocina. Pidió a un compañero que lo cubriera por unos minutos para hacer una llamada e inmediatamente le discó a Armin.
Con frases atragantadas y voz asustada, le contó brevemente al rubio sobre su encuentro. La respuesta de su amigo fue un gritito ahogado, múltiples preguntas retóricas y un insistente y molesto "¡hazlo!, ¡hazlo!, ¡hazlo!".
Eren se negó, creyéndose incapaz de salir con alguien en plan romántico – jamás lo había hecho, más que un par de veces en secundaria y fue con Annie, a quien ya conocía y quien le gustaba en esos tiempos – pero no podía contar esos encuentros como citas. Esta iba a ser su primera vez.
Nuevamente, el increíble poder de persuasión de Armin, más un "¿qué es lo que puedes perder?" acabaron convenciéndolo de que se arriesgara y aceptara la propuesta de aquel joven.
- Muchos pros y pocos contras – pensó Eren, terminando de autoconvencerse mientras retornaba a terminar su turno.
El sábado de esa misma semana, estaba a punto de montarse en la motocicleta de aquel moreno.
Berthold era "todo lo que una mujer puede buscar en un hombre"; alto, robusto sin llegar a ser aparatoso, amable, guapo y algo tímido.
Se montaron en la moto, Eren firmemente aferrado a la cintura del otro, temblando ligeramente.
- Tranquilo, no iré muy rápido – le susurró el pelinegro mientras encendía el motor y dirigía el vehículo para salir del parqueo.
- Uhm… – fue lo único que logró murmurar el ojiverde.
Conforme llegaban a las avenidas principales y la velocidad aumentaba, Eren se permitió descansar la cabeza en la espalda ajena. Ninguno llevaba casco pues a Berthold no le gustaban. Se acurrucó más, encontrando algo reconfortante la calidez que emanaba el cuerpo del otro. Eso, aunado al movimiento y el sonido de una carretera casi desierta, acabaron por sumir al castaño en un placentero letargo. Abrazó más fuerte al azabache y dejó sus pensamientos divagar.
Se preguntó a dónde irían, de qué hablarían, qué comerían y si disfrutaría el encuentro. Berth – como le había dicho que lo llamara – parecía una persona realmente agradable. Cuando se habían reunido esa noche, en el estacionamiento del restaurant, se había disculpado por invitarlo a salir tan bruscamente. Le confesó que estaba muy nervioso y que las palabras habían escapado de su boca sin realmente planearlo. También le dijo que llevaba un tiempo pensando en invitarlo, pero simplemente no encontraba el momento – o la forma – más apropiada y al final acabó arruinándolo. Eren lo calmó diciéndole que no se sentía ofendido ni nada, sólo quizás un poco sorprendido pero que aceptaba ir juntos en una cita.
Y ahí estaban, un par de días después en la moto Yamaha roja de Berth, de ida al cine a ver alguna boba película.
¿Levi igual lo habría llevado en motocicleta a su primera cita o habría preferido el carro?
Abrió los ojos de golpe. No podía estar pensando en él justo ahora. Estaba con Berthold. Debía concentrarse en Berth.
Cuando arribaron al centro comercial, Eren estaba tenso.
El moreno lo ayudó a bajar y, tomados de la mano, caminaron hasta la entrada del centro comercial. Esa simple acción ahuyentó sus pensamientos negativos y sus hombros se relajaron.
La velada transcurrió amena, después de ver Transformers 4, fueron a comer a uno de los múltiples locales de comida rápida e iniciaron una charla para conocerse. Primero, para romper el hielo, empezaron platicando del film y la opinión que ambos que tenían al respecto sobre la saga. Los dos resultaron ser fans devotos. Posteriormente migraron a trivialidades, como gustos y preferencia. Eren aprendió que Berth era malo con la cocina y que esa fue una de las principales razones por las cuales iba al restaurant a comer. También le contó que era estudiante de sexto semestre en la carrera de electromecánica en su misma universidad y que tenía una beca por deportes. Jugaba al básquet – ¡Vaya sorpresa! –.
Cuando entraron a temas más personales – familiares –, Eren le contó sobre sus padres, omitiendo la parte donde su madre moría, y se explayó bastante cuando habló sobre su hermana. Berthold rió y le comentó que también tuvo un primo así de sobreprotector.
Conforme la noche se hacía más densa y el lugar se iba vaciando, decidieron que ya era hora de volver a casa.
El pelinegro dejó a Eren en la puerta de su edificio y se despidió con un simple beso en la mejilla.
Tras el rotundo éxito – palabras textuales de Armin – de esa primera cita, las salidas entre Berthold y Eren se fueron haciendo más frecuentes.
El castaño hallaba grata la compañía del más alto, siempre reían y compartían datos interesantes, pues tenían bastante en común. El moreno sabía escucharlo y hacerlo pasar buenos ratos, y en muy poco tiempo llegó a considerarlo un excelente amigo.
Pero… sólo eso…
No existía una conexión especial entre ellos. No estaban esos latidos irregulares, la sudoración o el revoltijo en el estómago. Era sólo agradable, una mera simpatía.
No le gustaban las comparaciones, pero no podía evitarlo. Quería sentir lo que sentía con Levi, deseaba que alguien lo hiciera sentir especial; experimentar la emoción y el nerviosismo, la estupidez irracional y la repentina filosofía, el calor avasallador y las dolorosas – aunque algo placenteras – punzadas de vuelta. Quería, no, necesitaba experimentar todo ese amasijo de contradicciones de nuevo.
Por eso, aquella noche casi a mediados de diciembre, cuando Berthold se agachó y tomó su rostro entre sus manos para besarlo suavemente en los labios, él se dejó.
El contacto duró sólo unos segundos pero se sintió como una patada en los riñones.
En cuanto el moreno se apartó, el rostro de Eren se deformó en una mueca de dolor.
Copiosas lágrimas comenzaron a rodar por sus mejillas, las ligeras hipadas pronto tornándose en sonoros sollozos y posteriores gritos histéricos.
El castaño se dejó caer de rodillas contra el duro cemento de la acera, encorvándose mientras el llanto seguía compulsivamente.
Berthold procesó todo con lentitud y extremo horror. No entendía por qué de la nada, su cita se había roto. Pestañeando repetidas veces, salió del shock y se apresuró a agacharse, justo a un costado del ojiverde, sobando su espalda y tratando de calmarlo. Pero sus palabras suaves y reconfortantes fueron en vano, Eren estaba sordo, totalmente sumido en su dolor.
Actuando más por un impulso que por cordura, el azabache tomó al desvencijado muchacho en brazos y se adentró en el edificio. Contra su pecho, Eren se acurrucó, ocultando el rostro contra su camisa y empapándola en cuestión de minutos.
El más alto pidió la llave al conserje, quien se la dio no sin antes preguntar si todo estaba bien. Inventó una excusa cualquiera para calmar al entrometido hombre y se apresuró hasta el ascensor. Sabía que el apartamento de Eren estaba en el quinto piso pues ya había estado allí un par de veces.
Cuando llegaron a su destino, el pelinegro se las ingenió para sostener al castaño con un brazo mientras que abría la puerta con la mano libre. Una vez dentro, lo dejó en sillón.
Eren hipaba incontrolablemente y tenía el rostro cubierto de lágrimas y mocos. Berthold trató de hablar con él nuevamente y pedirle que lo soltara para ir a buscar pañuelos y preparar un té para que se calmase, pero Eren se negaba a dejarlo ir.
Pasaron buenos diez minutos en una posición bastante incómoda para el mayor antes de que el enganche en su ropa se soltara y se viera libre.
Se apresuró hasta la habitación del ojiverde y tomó un par de pañuelos descartables de la mesita de noche junto con una toalla del baño, humedeciéndola previamente. Retornó presuroso hasta la sala y limpió el rostro de su amigo.
Pasó más de media hora hasta que Eren se calmó por completo.
- ¿Tan malos son mis besos como para hacerte llorar? – soltó Berth en un susurro después de unos minutos de mero silencio.
- No… lo siento – musitó el castaño, soplando su nariz contra un pañuelo – es sólo que…
- ¿Estás enamorado de alguien más?
Afonía.
¡¿Es que era un maldito libro abierto para todos?!
Chasqueó la lengua, irritado.
- Lo siento, Armin me lo dijo.
- ¿Qué? – volcó sus orbes desorbitados – de la rabia – hacia el más alto – ¿Cuándo?
- Esa vez que no lo topamos en la heladería. Cuando fuiste al baño, intercambiamos números y hemos estado hablando… – se mordió el labio inferior y desvió la mirada – estoy seguro que no lo hizo con malas intenciones, sólo quería advertirme para que no fuera demasiado rápido contigo… heh… – una sonrisa triste surcó sus labios – y mira cómo vengo a cagarla…
- ¡Agh! – bufó Eren, frustrado – No es tu culpa. Soy yo, aún no supero a Levi.
- Uhm… – el moreno pareció dudarlo por un segundo – ¿Quieres hablar de ello?
Eren suspiró. Qué más daba a esas alturas.
- No hay mucho qué contar – empezó – Un día por error le mandé un mensaje a un número desconocido, él me respondió, comenzamos a hablarnos… conversamos por casi dos años, sólo vía mensaje o voz, jamás lo ví en webcam o nada, algunas fotos únicamente y, ehm, cuando creía que nada podía ser más estúpido que enamorarse de persona a quien nunca has visto cara a cara, ¡zas! Me sorprendo a mí mismo confesándomele penosamente en una llamada – finalizó con una sonrisa dolida – Idiota, ¿no?
Pero Berthold no respondió ni se rió. Su expresión permaneció seria, como si estuviera sopesando y analizando cuidadosamente la situación.
- ¿Él te rechazó cuando le dijiste tus sentimientos? – preguntó por fin.
Eren soltó una risa seca y sarcástica
- Ojalá. Lo único que hizo fue mandarme un texto diciendo que "se terminó" – hizo especial énfasis en las comillas – y no volví a encontrar forma de contactarlo. Apagó su celular, o cortó la línea, quién sabe.
- Entonces, ¿no sabes si le gustas o no?
- ¿Eh? – Eren lo miró perplejo. No sabía si el chico era muy denso o estaba haciéndose la burla – ¡ES OBVIO QUE NO!
- Pero él jamás lo dijo.
- Creo que está bastante implícito.
El silencio se hizo de nuevo. La repentina mudez sólo sirvió para aumentar la tensión, ya palpable en el ambiente.
- Deberías intentar buscarlo de nuevo.
¡¿Qué?!
- ¡¿Qué?!
- Levi. Deberías tratar de contactarte con él otra vez.
Eren observó incrédulo a Berthold.
No podía estar hablando en serio.
- Si esto es una broma de mal gusto…
- No – se volvió hacia él, quedando frente a frente – Lo digo muy en serio. Deberías tratar una segunda vez… podrías arrepentirte sino.
- ¿Cómo podrías saberlo? – Eren se sintió ligeramente intimidado por la repentina cercanía y seriedad del moreno, pero rápidamente retomó su actitud a la defensiva – Tú no has pasado por lo que yo, no sabes cómo me si–
- Créeme que lo sé.
¿Eh?
- ¿A qué te refieres? – murmuró con suavidad, sus ojos clavados en los orbes oliva de su amigo.
- He estado enamorado de alguien a quien creí imposible alcanzar. Y lo dejé ir… – su voz adquirió un tono melancólico, casi de tristeza – Siempre creí que era imposible que me correspondiera, por eso nunca tuve el valor de confesarme… y cuando lo hice, ya era demasiado tarde. Reiner ya estaba casado con Historia – hizo una pausa, sonrió con dolor y tomó las manos de Eren – ¿Sabes lo que me dijo cuando me le declaré el día de su boda? – Eren sólo pudo negar con la cabeza – Me dijo que él me amó… y que jamás tuvo las bolas para decírmelo. Luego conoció a Historia y, bueno… no puedo culparlo por enamorarse de ella, es un amor, un ángel… pero… – fijó su vista en la del castaño – lo entiendes, ¿no? pudimos haber sido felices si hubiera dado el primer paso.
- Pero–
- Tú ya lo diste Eren, – interrumpió la réplica del ojiverde – eso es lo más difícil. No obtuviste una respuesta y la verdad, no sé por qué, pero no lo dejes ir. Búscalo – apretó su agarre en el menor y acercó un poco más sus rostros – Quizás tuvo sus razones, quizás fue sólo un cobarde; no lo sabrás a menos que lo encuentres y lo obligues a responderte como corresponde. No pienses en los "tal vez" o en los "quizás", no te atormentes con posibilidades infinitas… encuentra tu verdad.
Eren quedó atónito. La vehemencia con la que las palabras de Bethold brotaban de sus labios, el dolor palpable en cada frase, la intensidad de su mirada y lo envolvente de la situación. Cada sentimiento plasmado, cada punzada en el corazón, cada semejanza… lo entendía. Así como también comprendía la impetuosa insistencia, esa recalcada obstinación con que se diera una segunda oportunidad.
Pero… ¿realmente quería?
¿Estaba preparado para una respuesta concreta?
Alzó la mirada – no recordaba en qué momento la bajó – y vio a Berthold. El azabache le sonrió con honestidad, comprendiendo el silente pedido implantado en los ojos de Eren.
- Más vale arrepentirse de algo que hiciste que de no hacerlo – agregó para darle el último empujón.
Tras aquel incidente, Eren pasó mucho tiempo meditando.
Como su semestre había terminado y se encontraba de vacaciones, se permitió un espacio sólo para pensar.
¿Valía la pena buscar a Levi de nuevo?
¿Cómo lo contactaría?
¿Qué le diría?
Muchas dudas taladraban su cabeza, atormentándolo en sueños y desconcentrándolo durante el día. Había demasiadas preguntas y pocas respuestas, demasiada ilusión y pocas esperanzas.
¿Estaba fantaseando o siendo realista?
¿Podría encontrar a Levi y hablarle directamente, no por mensaje, no por llamada pero sí cara a cara?
¿Sería un cobarde y le rehuiría o lo enfrentaría, dejando bien en claro su respuesta?
¿Habrían porqués de por medio? ¿Explicaciones reales o más mentiras?
¿Siquiera sería capaz de dar con él? No tenía ni una pista de por dónde comenzar a buscar.
Su mente estaba hecho un revoltijo y no tenía la más mínima idea de cómo empezar a aclarar sus ideas y ordenarlas de forma lógica como para que se asemejaran a un plan, una estrategia.
- ¡Ugh! – gritó frustrado – ¡¿Por qué es tan difícil el amor?!
A poco menos de tres días para navidad, Eren hizo su primer intento.
Trató en primera instancia de encontrarlo por el celular. Gracias a los tres dígitos iniciales del número del abogado, Eren averiguó a qué empresa de telefonía y comunicaciones pertenecía la línea y, con la ayuda de un Jean que casualmente trabajaba como servicio al cliente allí, logró hackear la seguridad del sistema y meterse en los registros personales de cada cliente, averiguando no sólo que Levi había dado de baja su número, sino también su apellido y su dirección.
Ackerman…
Inmediatamente ese mismo día, sin pensarlo demasiado, cogió el primer bus hasta la ciudad vecina.
Eran dos míseras horas de viaje, no estaba tan lejos, pero fueron las dos horas más tortuosas de su vida.
Habiéndose subido al autobús más por un impulso de adrenalina que con un plan en mente, en esos momentos, a escasos minutos de arribar a la parada, Eren no tenía la menor idea de qué es lo que iba a hacer.
¿Qué le iba a decir cuándo lo viera? ¿Tratarlo mal, insultarlo y golpearlo o hablar civilizadamente, calmo e indiferente?
¿Debía preguntarle directamente el porqué del "se terminó" o debía suavizar primero la situación con una charla amena?
¿Levi le abriría siquiera la puerta? ¿Llegaría hasta el departamento del pelinegro? ¡¿Tenía dinero en su billetera para el taxi?!
Cuando el micro se detuvo en la terminal – y el castaño hubo checado su billetera – no había vuelta atrás.
Presuroso, tomó un taxi cualquiera y le dio la dirección robada.
Al cabo de una tensa media hora, el auto se detuvo en las puertas de un hermoso – y al parecer costoso – edificio.
El ojiverde pagó rápido y conforme escuchaba el rugido del motor alejarse, un miedo y ansiedad nunca antes experimentados invadieron su cuerpo.
Tragó duro y se acercó hasta la recepción. El complejo de departamentos – o al menos eso supuso que era – era gigantesco, con al menos unos veinte pisos. Además de que tenía una estructura moderna y, según pudo apreciar, un estricto sistema de seguridad.
- ¿En qué puedo ayudarlo, joven? – preguntó un guardia en cuanto puso un pie adentro.
- Uhm… – comenzó algo inseguro el castaño – busco a alguien.
- ¿Sabe el número de piso?
- No…
- ¿Nombre?
- Levi Ackerman.
El vigía lo observó con algo de desconfianza, pero luego asintió, haciéndole una seña para que lo siguiera y conduciéndolo hasta una oficina moderada con un letrero que ponía "encargado".
Tocó con suavidad y cuando se escuchó un "pase", le indicó con un ademán a Eren que se adentrara.
Una vez en el interior de la pequeña habitación, un anciano detrás de un escritorio le saludó con cordialidad y le indicó que tomara asiento.
- Y bien, joven – habló el viejo una vez que Eren se hubo sentado – ¿en qué puedo ayudarlo?
- Vengo a visitar al Sr. Levi Ackerman – respondió Eren, algo incómodo.
- ¿Ackerman? – repitió el hombre mientras tomaba un libro enorme – al parecer de registros – y lo ojeaba detenidamente – El licenciado Ackerman no vive aquí desde hace más de… – hizo una pequeña pausa para ajustar los anteojos en su nariz – medio año – finalizó.
El piso se deshizo debajo de Eren.
Se sintió mareado, débil, con un nudo en la garganta. A su alrededor, las cosas comenzaron a girar en círculos, empeorando su aturdimiento y revolviendo su estómago, haciendo que la bilis se le subiera a la boca.
- ¿Qué? – soltó en un suspiro casi imperceptible.
- El Sr. Ackerman se mudó hace siete meses – profirió de nueva vuelta el sujeto, con un perceptible en el tono hostil.
Los manos de Eren, reposadas hasta ese momento en su regazo, se hicieron puño, apretando hasta dejar sus nudillos blancos y crear crescendos en las palmas. Tragó sonoramente, con dificultad y, no sin antes morder su labio inferior con algo de rabia, impotencia y dolor, asintió, buscando la manera más educada de plantear lo que iba a decir.
- ¿Sabe a dónde se mudó? – cuestionó con voz ronca y forzada.
- No. Lo siento.
- ¿Sabe por qué se mudó?
- No. No indagamos en la vida privada de nuestros clientes, jovencito.
Sintiéndose bastante derrotado y frustrado, Eren le dio las gracias de mala gana al anciano y se retiró.
Una vez en la calle, se sentó en la banca más cercana, dejando que el frío aire de diciembre calmara su temple.
De la nada, dio un grito estridente, asustando a todos los peatones a su alrededor y llamando la atención de un policía en la esquina, pero no le importó. Se sentía como un fracasado, un inútil, el hombre con la peor suerte sobre la faz de la tierra. Golpeó con fuerza la madera del banco y siguió chillando improperio, dejando todas sus emociones fluir.
Sólo cuando el uniformado empezó a dirigirse hacia donde estaba, supo que era hora de volver a casa.
Su misión en esa ciudad había fallado.
Tras aquella primera derrota, el ojiverde buscó otras formas de contactar con Levi.
Intentó spameándolo a su correo.
Intentó googleándolo.
Nada.
Ni un mensaje respondido, ni una entrada encontrada.
Y, cuando creía que el abogado había borrado cualquier rastro o prueba de su existencia, allá, en la quinta página de google, encontró un tag, una foto y un perfil.
Hanji Mad Scientist Zoe.
¡¿En qué mierdas estuvo pensando todo ese tiempo?! Si no podía localizarlo a él, debía tratar con sus amigos.
Sin perder un instante, movió mar y tierra y rehabilitó su cuenta de Facebook.
Entró y de inmediato clickeó en la sección de mensajes. Llegó hasta su conversación con Hanji y abrió la ventana de chat.
Conectada.
- "Hanji, hola" – fue su penoso e improvisado comienzo.
- "¡Cachorrito! ¿Cómo estás?"
- "Bien. Digo, mal. Necesito… uhm… necesito de tu ayuda."
- "Awww ¿Qué sucedió, cariño? ¿Precisas una cirugía gratuita? ;) "
- "Quisiera preguntarte algunas cosas sobre Levi."
Diez minutos pasaron y la mujer no respondió.
Okay, algo iba mal.
- "Hanji?"
- "Lo siento, cachorrito. No puedo decirte nada sobre él, me lo prohibieron."
¡¿Qué?!
¡No, no iba a salirle con esa mierda ahora!
- "Quién te lo prohibió?"
- "Levi."
Aunque era de suponerse, su pecho igual dolió.
¿Tanto así quería evitarlo?
¡Bien, pues no lo iba a dejar salirse con la suya!
- "No, no lo entiendes." – continuó escribiendo, reacio a dejarse vencer – "EN SERIO necesito saber de Levi."
- "Lo prometí. Lo siento, Eren."
- "No. Hanji, por favor." – estaba bien, si tenía que rogar, lo haría… estaba dispuesto a todo – "POR FAVOR. Estos meses… han sido un infierno y… quizás tardé mucho, pero necesito hablar con él."
- "Eren, lo siento…"
- "Hanji… HANJI. POR FAVOR. P-O-R-F-AV-O-R. Te lo estoy suplicando. Sólo una oportunidad, no pido más."
- "Debo irme…"
- "NO! HANJI, POR FAVOR, NO TE VAYAS!" – el pánico comenzó a apoderarse de él. No podía permitir que esa mujer se le escapara, era su última opción – "POR FAVOR! Necesito saber sobre él. Necesito verlo, tengo que… ugh… Hanji, lo amo. LO AMO."
- "En serio lo siento mucho, Eren. No me odies… es sólo que… lo prometí. Adios."
Desconectada.
- "NO! NO, HANJI! POR FAVOR!"
No…
- "POR FAVOR!"
¡No!
- "HANJI! NECESITO…! SÓLO UNA VEZ…! UNA OPORTUNIDAD! POR FAVOR… YO… YO LO AMO… HANJI, POR FAVOR!"
¡NO!
El ícono que mostraba la foto de perfil de la de lentes se volvió blanco y entonces, cuando trató de entrar – con su mano sudorosa y temblando, moviéndose erráticamente sobre el mouse – a su muro y éste rebotó como "no encontrado", supo que lo habían bloqueado.
Maldijo una y mil veces el haber perdido el celular de la doctora.
Maldijo una y mil veces su vehemente lealtad.
Maldijo una y mil veces la petición de Levi.
Pero, por sobre todo, maldijo una y mil veces, el querer darse por vencido.
Días después, pasada la nochebuena y la navidad, a tan sólo cuatro días de año nuevo, Eren y Armin se encontraban en un tranquilo café cerca de la facultad del blondo.
El clima frío y la nevada acumulada de las noches anteriores hacían el contraste perfecto con el ambiente que se vivía dentro del local: cálido, con olor a pino y cacao, decorado con temáticas rojas y verdes, múltiples lucecitas de colores y mullidos sillones forrados de animalprint.
De sólo verlo Eren se sentía enfermo.
- ¡Va a ser genial, Eren! – decía entusiasmado el menudo ojiazul – ¡Los doctores más importantes del país van a estar allí!
- Uh, hu – fue la escueta respuesta del castaño. Se sentía demasiado desanimado como para seguirle la corriente a su amigo.
- ¡No puedo creer que tu padre me invitara! – sin embargo, Armin no pareció percatarse de esto y siguió con su enérgico e hiperactivo monólogo – Es decir… es un acto benéfico, las entradas cuestan una barbaridad… ¡y me invitó a mí!
- Tsk…
Había invitado al rubio para hablarle de sus problemas, pero ni bien arribó, Armin empezó a hablarle de esta maravillosa gala benéfica que el Hospital Oncológico de Sina estaba organizando y que sería en año nuevo y reuniría a los mejores doctores del país y blah, blah, blah. Demás basura de medicina y formalismos y fangirlismo hacia una tal Hanji Z–
- ¡Espera! – semi gritó al escuchar el nombre tan familiar – ¿Quién dijiste que es la directora?
- La doctora Hanji Zoe – sus ojos brillaron con admiración y su voz adquirió un tono de colegiala enamorada – es la mejor oncóloga del–
Pero Eren no lo dejó continuar, inmediatamente se inclinó sobre la mesa y cogió al blondo de los hombros.
- ¿Hanji va a estar allí? – exigió saber, su voz destilando desesperación y ansiedad.
- Uh, s-si – tartamudeó ligeramente intimidado el ojiazul – ¿De dónde la c–
Y ya no escuchó más. Se dejó caer de vuelta en su asiento, la mirada perdida y el corazón acelerado. No podía creerlo. Qué pequeño que era el mundo; un día se encontraba destrozado, pues su única oportunidad de encontrar a Levi había escapado de sus manos y no había forma de volverla a localizar y, ¡bam!, noventa y seis horas después, se enteraba que su mejor amigo no sólo conocía a esa loca doctora, sino que también le brindaba una posibilidad de enfrentarla cara a cara.
¡Esto sólo podía ser el destino!
- ¡Armin! – exclamó con ímpetu – ¡Necesito que me cedas tu entrada a esa gala!
- ¡¿Eh?!
Vale, las cosas no salieron exactamente como las planeó, primero porque Armin se negó con todas sus fuerzas – y la verdad no podía culparlo por ello – a darle su pase de ingreso a la fiesta, por lo que, con mucho pesar y algo de vergüenza, tuvo que acudir a su padre.
Al principio, consideró decirle la verdad a Grisha; que necesitaba la entrada para acosar a la directora del evento para que le diera información del hombre que amaba… pero, tras decir eso mismo pero en voz alta, se dio cuenta de lo ridículo y bochornoso que sonaba, así que tuvo que inventar una excusa.
- Desde un tiempo para acá siento que mi carrera no me satisface, pero quisiera ver cómo se maneja la comunidad médica antes de considerar cambiar – es lo que había dicho.
Al principio, pensó que su padre enloquecería. Cambiar de carrera después de dos años no es algo bien visto por nadie – a pesar de que no pensaba hacerlo y sólo lo había dicho para convencerlo de que lo lleve a la gala – y Grisha era alguien que vivía muy atado al "qué pensarán los demás"; pero para su grata sorpresa, el hombre se vio casi eufórico cuando le "confesó" eso. No solo aceptó al instante y llamó a su secretaria para que le consiguiera una entrada más, sino que también – y muy al pesar de Eren – insistió en comprarle un traje formal para la noche.
Por eso, cuando llegó la víspera de año nuevo, Eren estaba plantado en medio de su antigua casa, vestido con un caro esmoquin gris oscuro, unos aún más costosos mocasines negros y el cabello peinado hacia atrás, como lengüeteado de vaca.
El castaño esperaba impaciente por su progenitor, que seguía metido en su recámara, terminando de arreglarse mientras que él se pudría de aburrimiento – y ansiedad – allí parado, temeroso de sentarse y arrugar su vestimenta.
- ¡Sonríe! – dijo una voz alegre detrás suyo, y, cuando trató de darse la vuelta para encarar al dueño, una luz potente y blanca lo dejó ciego.
- Mierda – fue lo único que logró exclamar mientras la risa jovial y entusiasta de Armin llenaba la habitación.
Oh, lo esperaba una larga velada.
Una vez llegaron al recinto donde se desarrollaba la gala, Eren y Armin fueron rápidamente abandonados por Grisha, quien dijo algo como "ir a saludar a mis colegas" y se marchó.
El castaño sólo bufó, dirigiéndose directo a la mesa de los tragos mientras que Armin miraba maravillado su alrededor, totalmente embelesado por la finura y elegancia del lugar y de sus invitados.
Ni bien estableció su base al lado de las bebidas y los aperitivos, Eren echó una ojeada express a su alrededor, buscando con ojos de águila a una mujer de cabellos cobrizos y lentes extravagantes.
Media hora.
Una hora.
Dos horas.
Nada.
Tras unos buenos cuarenta y cinco minutos, parado como un idiota cerca de los comestibles, su padre y su amigo aparecieron para arrastrarlo a un círculo de personas, donde fue presentado como el honorable hijo del Dr. Jaeger. Estrechó muchas manos y besos otras tantas, tratando de fingir un rostro amable e interesado a pesar de que sus pensamientos estaban bastante muy lejos de aquellos galenos y más bien enfocados en encontrar a cierta doctora.
La noche transcurrió tranquila, entre él escabulléndose de las amistades de su progenitor que trataban de entablar conversación con él y esquivando a algunas féminas, que aunque con buenos años encima, lo acosaban, insinuándosele y proponiendo bailes indeseados.
Cuando rondaba la medianoche y la cuenta regresiva estaba a un pelo de empezar, la vio.
Cerca del escenario, rodeada de múltiples señores estirados, vestida con un estrecho pero pulcro pantalón blanco acompañado de mocasines del mismo tono, una blusa negra con detalles blancos y una especie de corbata incorporada, cayendo en ondas sobre su pecho, su particular bata blanca encima y su cabello, recogido en una bien elaborada cola alta, adornada a un costado con una delicada flor roja como la cereza del pastel, estaba ella.
No la conocía mucho, de hecho apenas habían hablado contadas ocasiones, pero, ese atuendo se sentía tan... acorde a su personalidad.
Pestañeó y se obligó a volver a la realidad, se había quedado observándola, ligeramente deslumbrado.
Poco a poco se fue acercando, sigiloso. Aún no sabía cómo iba a irrumpir en aquel grupo de profesionales y sacarla a un lugar más privado, pero improvisaría sobre la marcha, no podía darse el lujo de perderla ahora que la tenía frente a él.
Cuando estuvo a menos de tres metros del círculo, ella volteó a verlo. Y lo reconoció.
¿Cómo lo supo?
Quizás fueron sus ojos marrones, abriéndose como platos en menos de un instante. Quizás fue su bebida, siendo absorbida y escupida en un pestañeo. Quizás fue su cuerpo, suelto, descansado en una posición relajada, tensándose y poniéndose rígido a una velocidad subnormal. O tal vez, TAL VEZ, fue el hecho de que ella prácticamente gritó "¡Eren!" mientras apartaba a todas las personas a su alrededor y se encaminaba directo hasta donde estaba parado el castaño.
Como fuera, para cuando llegó hasta donde se encontraba el ojiverde, éste se hallaba totalmente sonrojado – y no era para menos, en esos momentos eran el centro de atención de todas las miradas –.
- Vamos – fue lo único que dijo la de lentes antes de agarrar la muñeca de Eren y arrastrarlo a paso rápido hasta un lugar más alejado.
Sólo cuando estuvieron en la terraza, en una esquina de las más alejadas y oscuras, donde ni la suave música ni los cuchicheos del salón alcanzaban a ser oídos, Hanji se detuvo y observó, entre molesta y sorprendida, al joven frente a ella.
- ¡¿Qué haces acá?! – exclamó con enojo, decidiéndose al fin entre una de las dos emociones.
Eren la miró ligeramente desconcertado, aún mareado por la rapidez con la que se habían desarrollado los eventos. Luego, cuando la mujer frunció el ceño y amenazó con abrir los labios de nuevo, se obligó a salir de su inconveniente estupor y habló.
- Necesito que me contactes con Levi – fue lo único que dijo.
- Eren… – suspiró con pesadez la otra, llevando ambas manos a su cabellos y tironeándolo un poco, sin llegar a deshacer su peinado – ya te dije que no pue–
- ¡Lo sé! – la cortó el castaño – Sé lo que dijiste, y entiendo que una promesa es algo importante para cualquiera, pero… – se dio un breve segundo para inhalar profundo y reunir el valor y la determinación suficientes para convencer a aquella galeana sin romperse en medio camino – …en serio necesito hablar con Levi una vez más. Sólo una vez.
- Eren, Levi no quiere verte.
- ¡No me importa que no quiera! – alzó la voz, sólo un poco – Me debe una explicación y pienso cobrársela. No me detendré hasta saber su respuesta.
Hanji lo miró, compasión y odio irradiando de sus orbes oscuros. Tenía sentimientos encontrados respecto al muchacho.
- Sólo lo lastimarás si lo buscas – soltó después de un rato, en un tono desconocido para el ojiverde.
¿Qué?
Eren la contempló fijo por unos segundos, totalmente perplejo.
¿Lastim–
Tenía que ser un chiste.
- ¡¿Es en serio?! – comenzó exclamando, sintiendo cómo poco a poco su autocontrol se iba por la borda – ¿Lastimarlo?
- Eren…
- ¡¿Y yo qué?! – siguió el otro, sin darle la oportunidad a Hanji de tratar siquiera de defender a Levi – ¡¿Jamás pensó cómo me sentiría yo después de leer aquel mensaje?!
- Eso no es lo que–
- ¡¿Es que tan poco le importaba?! ¡¿Tan poco me conocía?! – su voz iba en aumento con cada pregunta lanzada al aire - ¡¿Nunca, en serio, nunca se detuvo dos segundos y se puso en mi lugar?!
- ¡Eren!
- ¡Todo el daño que me hizo! – a esas alturas, el castaño ya estaba gritando – ¡Todo lo que tuve que pasar para EMPEZAR siquiera a tratar de superarlo! Y él… ¡ÉL!
- ¡Eren! Baja la v–
- ¡Él jamás se preocupó por mí! ¡¿Le valí madres desde un comienzo, no?! ¡Era su juguete, el niño con el que tonteaba!
- ¡EREN!
- Y claro, – Eren ignoró cualquier réplica de Hanji, concentrado en expulsar cada gota de veneno, cada inseguridad atragantada en su tráquea – cuando se enteró que el mocoso lo amaba simplemente se deshizo de él porque era una carga, una molestia, ¡UNA ESCORIA QUE NISQUIERA MERECÍA UN "NO" COMO RESPUESTA! ¡QUE ERA PREFERIBLE DEJAR EN EL LIMBO, PUDRIÉNDOSE EN MIL POSIBILIDADES, AHOGÁNDOSE EN SUS DUDAS SOBRE QUÉ HIZO MAL Y–
- ¡CÁLLATE!
El sonido de una bofetada hizo eco en el silencio de la noche.
Los gritos cesaron y el tranquilo croar de las ranas en una laguna cercana fue el único sonido audible por unos minutos.
Claro, hasta que compulsivos sollozos se abrieron paso en la tranquilidad de la oscuridad.
Eren, con el rostro rojo, marcada claramente la figura de una mano abierta en su mejilla, había comenzado a llorar; al principio leves espasmos silentes, pero eventualmente, todo lo que había reprimido durante ese periodo de más ocho meses salió a flote, en forma de amargas lágrimas y estrepitosas hipadas.
Hanji, quien también había perdido el temple en medio del griterío autocompasivo de Eren, se vio tocada por los lamentables quejidos y gimoteos ahogados del menor.
Eren no tenía la culpa…
Porque él no sabía…
Sintiéndose repentinamente culpable por haber sucumbido a la presión de un adolescente despechado en vez de haber actuado como la adulta que era, la de lentes se acercó al castaño, rodeándolo con sus brazos y apretándolo en un fuerte abrazo, dejando que la cabeza ajena descansara en el hueco de su cuello y sobando pequeños círculos en su espalda, buscando calmar de alguna forma las vibraciones compulsivas de su llanto provocaba.
- L-lo amo… – susurró quedito en medio de los sollozos el ojiverde – Hanji, en serio lo amo…
- Lo sé… – murmuró la doctora, sonriendo con dolor pues sabía que los sentimientos del joven eran honestos – lo sé, Eren…
Pasada una media hora, tanto Hanji como Eren regresaron al salón principal. Ya era año nuevo y la cuenta regresiva la habían pasado juntos, en la terraza; la mujer limpiando el rostro empapado y pegajoso del menor y éste balbuceando disculpas avergonzadas.
Milagrosamente, muy pocos se dieron cuenta de su ausencia, y, cuando regresaron, lo hicieron separados. Primero Eren y posteriormente la de lentes.
El resto de la velada transcurrió sin ningún percance, Armin, Grisha y él retirándose cuando bordeaban las dos de la madrugada.
En el auto de vuelta a casa, mientras su rubio amigo iba dormido en su hombro, y su padre concentrado en la carretera, Eren suspiró y decidió mirar por la ventana; sus ojos clavados en los escenarios pasando veloces por su retina, pero su mente divagando en los sucesos de esa noche.
- "Mañana a las 4:00 pm en el Café Sina, frente al Hospital Oncológico" – le había dicho Hanji.
Exhaló con pesadez, creando una mancha de vaho en la ventanilla del auto.
Su corazón latía veloz y su pulso martilleaba. En su mano, un papel con la dirección exacta anotada yacía firmemente apretado.
Al fin iba a obtener algunas respuestas.
La hora fijada llegó más pronto de lo que esperó.
Y allí se encontraban, frente a frente, Hanji con un café bien cargado en la mano y Eren con un mocacchino.
La tensión en el aire se podía cortar con cuchillo.
La de cabellos cobrizos fue la primera en hablar.
- Levi no sabe que estoy aquí – declaró.
- Entonces, ¿vas a romper la promesa que le hiciste? – indagó Eren. Hanji parecía el tipo de persona confiable, de esas que se llevan los secretos a la tumba y cumplen las promesas a muerte.
- Sólo si tú estás dispuesto a saber la verdad y a escuchar toda la historia sin interrumpir.
Eren tragó duro. Por alguna razón su pecho se comprimió y una fuerte – y dolorosa – punzada, premonición de que todo iba a salir mal, se implantó en la boca de su estómago.
- Sí – aceptó con voz ronca y forzada.
La de lentes lo observó fijo, escrudiñando su rostro en busca de la más mínima muestra de duda o arrepentimiento, pero lo único que destilaba la faceta de Eren Jaeger era determinación.
Determinación por saber la verdad.
- Levi tiene cáncer… – soltó al final Hanji.
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ACLARACIONES:
· Sé que dije twoshot, pero como verán, la cosa se alargó demasiado y ya son doce mil palabras, no creo que aguanten otras doce o trece mil de una… (además, el suspenso is gud)
· Sé también que me pasé por dos (o tres) días en la fecha, pero simplemente no encontraba una canción o inspiración suficiente como para que lo que escribiera tuviera sentido y algo de emoción… hasta hace unos días y me duele el pecho ahora porque en serio sufro escribiendo esto ;w;
· El próximo capítulo es el final definitivo. Por favor, paciencia.
Notas de Nata:
Ansvahgdshaesfadsagesgadsghafsgharsagesaa ay… no me odien :c lo hago por un bien mayor (mi placer (?)) ok no xD lo hago porque estaba en mi mente y creo que la historia está demasiado bonita como para no tratar de escribirla (independiente de mis dotes como escritora, cuando se me ocurren ideas bonitas, se me ocurren ideas bonitas, ya que salgan deformadas porque no puedo narrarlas o plantearlas como es debido es otra cosa…)
Ahm. No sé.
Gracias a mi hamada mujer (Dina) por aposharme like foreva desde wasap y fb y soportar el dolor que le doy a diario sin dejarme (o hacer que su Eren deje a mi Levi).
Dato curioso que a nadie le importa: Pensé, durante unos locos minutos, en vez de poner a Berthold como la cita, poner a Sasuke xD (porque SasuEren es canon), luego mi mujer me convenció de lo contrario y puse a Berth porque YODO :B
Las amo chiquitas. Nunca me dejen aunque sea una mierda para las fechas de actualización.
Pd. Mi inocente redtuber… bueno, no tengo mucha inspiración para él pero sé que vendrá a mi en forma de revelación de la virgen de Guadalupe y actualizaré. No está en hiatus ni nada D;
See ya.
