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Desconocido: "Oe Armin pasame la tarea d mate"
…
Desconocido: "Armin! Andaaaaa :( pasame la tarea d mateeeee plis!"
…
Desconocido: "Armin pk me ignoras? :'( "
Levi Ackerman no era un hombre de mucha paciencia. Mucho menos alguien que se callara las cosas como un mamón, chupándose el dedo y dejándose joder.
No.
Era ÉL quien jodía a las personas.
Por eso, cuando tres mensajes prácticamente consecutivos de algún molesto número desconocido aparecieron en su pantalla, él simplemente hizo lo que mejor sabía hacer: insultar.
LA: "Pedazo de mierda, no soy el tal Armin. Fíjate bien en el número antes de andar tocándole los cojones a la gente."
Fue su adorable respuesta.
Quien fuera que lo hubiese confundido con ese/esa tal Armin, se podía ir bien para el tajo.
A Levi no lo perturbaba ni Dios cuando estaba en el baño.
Satisfecho con su contestación, volvió a concentrarse en su labor actual: hacer del d–
Sin embargo una vibración en su mano lo detuvo a medio camino.
Desconocido: "… lo siento… quien eres?"
Esto tenía que ser una broma de mal gusto.
No sólo algún niñato irresponsable con una curiosidad capaz de matar a todos los gatos de la ciudad lo estaba interrumpiendo en pleno momento sagrado, cuando el hombre se entiende con el toilet, cuando el estómago y el inodoro se funden en uno solo y nace el hijo de ese amor… sino que también estaba desgarrando su retina – metafóricamente – con esa ortografía de mierda.
LA: "Tu ortografía me hace sangrar los ojos…"
Tuvo la amabilidad de hacérselo saber.
Y a los pocos segundos llegó la respuesta.
Desconocido: "Discúlpame la vida… quité por error el corrector, pero en todo caso, qué importa la ortografía? Dime quién eres."
Ah, la juventud y su desinterés por las cosas más básicas de la vida.
Estúpidos mocosos inconscientes…
Resignado a no poder cagar en paz, Levi procedió a limpiarse con toda la dignidad que un adulto exitoso – interrumpido en medio del proceso de hacer sus necesidades – puede tener. Irritado, decidió que tan siquiera, jodería un poco al número desconocido que lo habría interrumpido.
LA: "Pues no vas a llegar muy lejos si subestimas el poder de una buena escritura, MOCOSO."
Desconocido: "Quién putas eres?! Por qué me llamas mocoso?! Quién te crees?! Respóndeme de una vez!"
Y vaya que el niñato era fácil de provocar.
Con un bufido que asimilaba una risa, Levi se sentó en el borde de su cama y siguió con su ataque.
LA: "Sugiero que en vez de estar perdiendo tu tiempo, (y haciéndome malgastar el mío), empieces tu dichosa tarea de matemáticas. No dependas de tus amistades, vago."
Desconocido: "Y tú qué sabes de mí, eh? Tengo mis razones para no poder hacerla."
El pelinegro rodó los ojos.
Sí, claro.
LA: "Masturbarte mientras ves porno no cuenta como excusa válida, niño."
Pasaron unos minutos sin respuesta.
Una sonrisa socarrona surcó los labios del abogado. Por favor, nadie le ganaba en hijoputería a Levi Ackerman. Él era capaz de dejar sin palabras a fiscales, jueces e inclusive, un par de veces, a Erwin.
Satisfecho, creyéndose victorioso, se disponía a dejar el móvil de lado y seguir con su rutina y alistarse para ir al trabajo cuando un zumbido demasiado leve lo detuvo.
El niñato había contestado.
Desconocido: "Y tú? Seguro eres un viejo verde que se toca viendo videos de colegialas y vive con como 70 gatos, solo y abandonado."
Patético.
Estos jóvenes de hoy ni siquiera tenían creatividad.
Sin embargo decidió que aún era muy temprano para ir a trabajar.
LA: "Quizás."
Fue lo que typeó.
Desconocido: "No niegas que eres un vejete arrecho? Iugh."
Risorio. Un mocoso ignaro – y probablemente virgen – hablándole de perversión.
Ah, si supiera la mitad de manías y fetiches que él sabía – o había practicado –…
Pero no había porqué traumatizar al pobre niño. Mejor jugar suave.
LA: "Por lo que sabes, puedo ser hasta un alienígena anaranjado con cuatro antenas y que caga pasas en tu cereal."
Ridículo, sí, pero lo suficientemente inofensivo como para sacarle una carcajada al mocoso – o eso esperaba –.
Desconocido: "Qué cereal compro?"
¿Eh?
LA: "¿Y cómo carajos esperas que sepa eso?"
Desconocido: "Entonces no puedes ser lo que afirmas ser… o al menos no haces pupu en mi comida."
Ah, la cuestión del extrate–
- Un momento – detuvo su cadena de pensamientos y miró con una mueca de horror la pantalla del móvil – ¡¿dijo pupu?!
¿Qué estaba mal con la juventud de esta época?
LA: "¿Pupu? ¿Qué tienes, cinco años? Se dice cagar, CAGAR. Además, jamás dije que fuera un alien anaranjado con cuatro antenas, sólo deje abierta esa posibilidad."
EJ: "No es mi culpa! Mi madre me acostumbró a decir eso en vez de… algún otro sinónimo."
Levi rodó los ojos y apretó el puente de su nariz con sus dedos índice y pulgar.
- Este mocoso…
Desconocido: "No hay mayor mal que modismos familiares."
Esperó por una réplica de parte del otro, pero ningún mensaje llegó.
Suspirando y dando por finalizado su momento de bullying al prójimo, Levi acabó de arreglarse y partió al trabajo.
Tras una jornada particularmente larga en el buffet de abogados, el ojigris retornaba a su departamento con un humor de perros.
Gracias a que Hanji había sido una total procrastinadora con las muestras de ADN que mandaron a su laboratorio – porque a la loca no le bastaba con ser la directora del mayor y único hospital oncológico de la ciudad, sino que también tenía una cadena de laboratorios especializados en muestras criminológicas, siendo particularmente el de Sina el más grande y modernamente equipado – sino que también había dado vacaciones a su ayudante – mano derecha y ya-quisiera-ella-amante – Moblit, justo una semana antes del juicio del Sr. Nile. Ahora, aunque ella misma dijo que se ocuparía de tener los resultados a tiempo, no quitaba el perjuicio enorme que le había ocasionado a Levi y su cliente, dándoles apenas un día para preparar el caso.
Ojalá a Hanji no le dieran por ningún orificio en un buen tiempo.
Refunfuñando como un viejo senil, el pelinegro saludó al portero y le dio las llaves para que estacionara su auto, metiéndose directo al ascensor, deseoso de llegar a su apartamento y darse una buena ducha.
Justo cuando las puertas se abrían en su piso, una vibración en el bolsillo derecho de su pantalón se hizo presente.
Suponiendo que sería alguno de sus amigos, lo ignoró y siguió de largo hasta llegar e ingresar a su departamento.
Dejó su maletín a un costado de la puerta, (ya después lo llevaría hasta su despacho), se aflojó la corbata y se quitó la chaqueta. Entró a su dormitorio aún desvistiéndose, arrojó las dos prendas que ya tenía fuera de su cuerpo a la cama y siguió con el proceso. Chasqueó la lengua cuando casi se cae al enredarse con sus pantalones y los arrojó con más violencia, el móvil saliendo volando del bolsillo hasta llegar al borde, apenas a unos milímetros de caerse.
- Mierda – maldijo el abogado, estirándose y cogiendo el aparato.
Sin dejar de desabotonar su camisa, desbloqueó la pantalla y alzó una ceja.
Tenía un nuevo mensaje.
Del número desconocido de esa mañana.
Desconocido: "Soy Eren Jaeger."
O mejor dicho, de Eren Jaeger.
¿Por qué ese mocoso había vuelto a mensajearle? ¡Y después de tantas horas!
Se debatió entre dejarlo así o escribirle algo de vuelta.
¿Qué ganaba siguiendo una conversación con algún extraño random?
¿Y qué perdía?...
Arrugando la nariz y molesto consigo mismo por sucumbir ante la tentación de joder a alguien por un rato, tecleó una respuesta para Eren.
LA: "Felicidades. Sólo tardaste como doce horas en responderme."
Desconocido: "Pude simplemente no contestarte nada."
- Hah, ¿ahora vienes a hacerte el arrogante? – balbuceó para sí mismo el pelinegro – mocoso de mierda…
LA: "Pero lo hiciste."
Desconocido: "Toche, así que dime tu nombre."
¿Eh? ¿Para qué quería ese niño saber su nombre?
Pero nuevamente, ¿qué era un poco de información a cambio de unos minutos de entretención?
Se acomodó en la cama, aún con la camisa a medio desabotonar y sólo con el bóxer para abajo, y siguió con su teléfono.
LA: "Levi."
Desconocido: "De dónde eres? El nombre no parece típico de por acá."
Ok, el crío este se estaba pasando de la línea. ¿Qué su mamá no le había hablado de los peligros de internet? Aunque claro, esto técnicamente no era internet, sino simple mensajería... y él era un hombre de 34 años rehusándose a revelarle su apellido a un mocoso de, ¿cuánto?, ¿quince, dieciséis años?
Absurdo…
Eren era quien debía ser más cuidadoso y no andar divulgando sus datos básicos en cualquier lado.
Claro, si es que realmente se llamaba Eren…
Sacudió su cabeza, estaba siendo demasiado paranoico. El punto era que no iba a decirle su apellido.
LA: "Información clasificada, niño."
Unos buenos y largos minutos pasaron y no pareciera que el niñato fuera a responderle.
Checó su reloj y se dio cuenta de que eran más de las once y media.
LA: "Dime, Eren, ¿no deberías estar durmiendo?"
Desconocido: "Quizás lo hacía y acabas de despertarme."
¡Pfft! Patrañas.
LA: "Lo dudo."
Desconocido: "Por qué?"
¡Vamos!, Levi no había pasado más de dos años haciendo una maestría en psicología como para no conocer un pelín a las personas, más cuando estaban en esa etapa de la vida por la que – suponía – el mocoso estaba pasando.
LA: "No pareces la clase de persona que va a dormir temprano."
Desconocido: "Hahaha. Me parece ridículo y gracioso a la vez que finjas conocerme siendo que tan solo hemos intercambiado, qué? Diez mensajes de texto o algo así? Por favor."
¿Lo estaba cuestionando?
- Ese hijo de su…
LA: "No finjo conocerte ni mucho menos. Sólo hago una declaración basada en la evidencia que tengo."
Desconocido: "De qué evidencia hablas? O.o"
Ah, la dulce inocencia – ignorancia – de quienes no tienen la experiencia suficiente.
Cuando llevas diez años ejerciendo una profesión – y bien ejercida – adquieres mucha sabiduría, más cuando has tratado con un sinnúmero de sujetos de distintas clases, edades, sexos y culturas.
Con media sonrisa y todos los aires de altanería, el pelinegro empezó a escribir su réplica.
LA: "Son casi las once y media de la noche de un lunes. Respondes mis mensajes con evidente rapidez. Le pediste a tu amigo que te pase la tarea en vez de simplemente copiarla mañana temprano. Escribes horrible."
LA: "Corrígeme si me equivoco, pero eres un mocoso de 15 a 18 años (dudo que más porque si estuvieras en la universidad no dirías "mate", sino algo más específico como cálculo o álgebra), tiendes a dormir tarde y despertar tarde. Si no fuera por tus amigos, ni siquiera llegarías a tu primera clase. Y tienes una nota inferior a 6 en literatura/lenguaje."
Exhaló con gusto, sus labios curvados aún en esa mueca socarrona propia de quien lleva años ahogándose en autoconfianza y egocentrismo.
En menos de dos minutos su celular vibraba nuevamente.
Desconocido: "Cómo… puedes saber tanto? Es decir, en serio lo adivinaste con tan poca información o… estás espiándome? D:"
Aquel mensaje arrebató una risa entre dientes al ojigris. En serio aquel chiquillo era demasiado inocentonto.
Sintiendo quizás un poco de compasión, decidió gastar un par de palabras y explicarle "la magia" al crío.
LA: "Tranquilo mocoso. Soy abogado con maestría en psicología criminal. Básicamente podría ser psicólogo si quisiera. Es mi deber saber leer a la gente."
Desconocido: "Inclusive por mensaje de texto?! Wow."
Bufó. No podía creerse que eso bastara para impresionar a alguien, por más joven e inexperto que fuera.
Si era hasta básico tener algo de conocimiento para tratar con personas, en cualquier medio…
Sin embargo, no era su deber instruir al niño en las ciencias de la vida, muy por el contrario, su misión esa noche era fastidiarlo.
LA: "No es como si tu especie fuera muy difícil de entender. Vosotros críos sois todos iguales, unos gamberros vagos sin remedio."
Desconocido: "Y ahora me hablas en gallego? Hostias tío, relax."
Esta vez una risa un poco más sincera brotó de los labios del abogado.
Eren empezaba a agradarle.
Quizás su noche no fuera tan miserable como su día…
Pero, claro, la suerte no estaba de su lado y todo se fue al carajo cuando, al disponerse a responderle al chiquillo, su pantalla se iluminó y el artefacto empezó a vibrar repetidas veces, señalando inequívocamente que estaba recibiendo una llamada.
Una llamada de Hanji Zoe.
- Mierda… – murmuró el pelinegro mientras, de mala gana, apretaba el ícono verde y llevaba el móvil cerca de su oreja.
- Enanín~ – fue el grito agudo que lo recibió – ¿Estás en casa? Hehehe… ¡Sé que lo estás! El guardia ya me dijo que estabas, hehehe.
No, ese tono… esas risillas bobaliconas en medio de cada palabra… Hanji no podía es–
- Oye, ¡ábreme la puerta!, ¡no pienso estar toda la noche aquí parada con una caja de cervezas!
- Hanji, no me digas que estás e–
- ¡Leviiiiii! – no, no las "i" alargadas – ¡Abre la maldita puerta! – dos golpes concisos y cercanos aseveraron el temor de Levi.
Hanji estaba fuera de su departamento.
Y estaba ebria.
Mierda.
Cortó la llamada y se dirigió hasta la entrada, sabiendo que si dejaba a la de lentes más tiempo afuera acabaría vomitando en el pasillo o molestando a los vecinos con sus gritos.
Sacó la llave y no acaba de meterla en el cerrojo cuando la puerta se abrió de golpe y Hanji se abalanzó contra él, haciéndolo caer de espaldas con ella encima.
- ¡Por la reputa, cuatro ojos loca! ¡¿qué crees que haces?! ¡quítate! – gruñó el ojigris mientras forcejeaba para remover el cuerpo de la doctora de encima suyo.
- Leviiii – Hanji hizo a oídos sordos y enterró su rostro en el hueco entre el cuello y la clavícula de su amigo – ¿por qué no eres suavecito como Moblit?
- ¡Que te quites, mierda! ¡No me llenes de tus asquerosos gérmenes! – siguió bufando el otro, ahora jalando los cabellos cobrizos de la de lentes.
- ¡No quiero! ¡no, no, no!
Sabía que era inútil tratar con Hanji estando sobria e imposible si estaba borracha. Era una lucha perdida. Así que Levi simplemente se quedó estático, estirado en pleno hall, a medio vestir, con una mujer diez centímetros más alta que él estrujándosele mientras murmuraba quién sabe qué cosas en un infantil puchero.
Cuando hubieron pasado unos buenos minutos, Hanji por fin se detuvo.
- Moblit se fue con Ilse – fue lo único que dijo.
- Es su novia y tú le diste vacaciones.
- ¡Pero no para que se vaya con ella a algún lugar y luego me mande fotos de su viaje!
- Nunca le has dicho que te gusta, ¿cómo esperas que él lo sepa si no se lo dices?
- ¡Moblit no me gusta!
¡Agh! Y una mierda…
Levi gruñó ronco y rodó los ojos, totalmente exasperado.
¿Por qué no tenía amigos normales? De esos que son menos conflictivos y no vienen a ti cada tres meses totalmente ebrios a hablarte de sus amores imposibles.
De sus amores imposibles que niegan amar.
Ya estaba hasta la coronilla de Hanji – JUSTAMENTE HANJI – quejándose de que Moblit esto y Moblit aquello siendo que jamás tuvo los coj– … ovarios para decirle al sujeto que le gustaba.
Bueno, y que aún le gusta.
Menuda estupidez.
- Como sea gafotas, ahora, ¿puedes quitarte de una puñetera vez? – rezongó entre dientes.
- ¡No! – chilló la otra – ¡Acaríciame! ¡Y dime lindura!
- Tu puta madre te dirá eso, ¡quítate! – haciendo uso de su fuerza, cogió a la cobriza de los hombros y la lanzó a un costado, poniéndose de pie lo más rápidamente posible.
- ¡Levi!
- ¡Largo!
La oleada de gritos sinsentido prosiguió por un rato, el pelinegro luchando fehacientemente por echar a Hanji de su departamento y la de lentes negándose rotundamente, huyendo de forma melodramática cada vez que Levi hacía el intento de agarrarla.
En medio de todo aquel meollo, el celular de Levi volvió a vibrar.
El ojigris detuvo su cacería y miró el artefacto, olvidado al borde de la mesita de entrada minutos antes, cuando cometió el error de abrir la puerta.
Se acercó parsimoniosamente, dispuesto a agarrarlo y ver quién putas le jodía la existencia ahora, pero una sombra de piel trigueña se le adelantó.
Hanji Zoe literalmente corrió desde su escondite detrás del mesón de la cocina hasta la puerta, donde al vuelo cogió el aparatito y salió huyendo por el pasillo, en dirección al ascensor.
- ¡La concha de la…! ¡Hanji! – gruñó el abogado mientras se disponía a ir tras la desgraciada cuatro ojos, pero, ni bien puso un pie en el corredor, acabó de voltear su cuerpo hacia donde había partido la mujer, la voz en la garganta, dispuesto a pegar el grito de su vida, todo el aire escapó de sus pulmones.
Allí estirada en todo su esplendor a lo largo del piso, estaba Hanji Zoe, gimiendo quedito y balbuceando maldiciones. Oh, y claro, más allá, justo al lado de la pared, esparramadas todas sus pieza en aproximadamente un metro a la redonda, estaba lo que quedaba del celular de Levi.
Tras una insufrible mañana en el estúpido centro de telefonía, Levi salía con un nuevo Smartphone, cortesía de una molesta – pero por suerte arrepentida – cobriza.
Luego de que su viejo modelo – un celular clásico con tapita – fuera vilmente destrozado, el pelinegro se vio obligado a hacerse con uno nuevo, y, ya que Hanji pagaba, más moderno.
Acabó optando por un Nokia lumia 1020, del que no acaba de convencerlo el tamaño… era demasiado grande e incómodo para él, toda una vida acostumbrado a un móvil práctico, pequeño y manejable.
Maldita tecnología y sus ladrillos planos.
Cuando prendió por primera vez la cosa, después de cargarla las "x" horas necesarias, lo primero que hizo fue revisar sus contactos. Se había asegurado de copiar todos los números importantes en el chip de memoria y no, como una gran mayoría, en el teléfono. Y vaya que en esos momentos se alegraba de ser precavido.
Posteriormente revisar que todo estuviera en orden, se acordó de un pequeño detalle: el mocoso.
Nunca alcanzó a responderle…
Ni a guardar su número…
Maldijo en voz baja. Allí iban sus noches de "fastidia al prójimo vía sms".
Bueno, no era como si importara realmente, era un pasatiempo pasajero de una ocasión.
O eso se dijo.
Y había tenido razón.
Su vida continuó normal, monótona y hartante. Cada nuevo amanecer la misma mierda. Despertar a las cinco y media, salir a trotar y hacer su rutina de ejercicios hasta las seis y media, cepillarse y asearse hasta las siete, preparar el desayuno antes de que se hicieran las siete y media, comer y salir para llegar a la firma de abogados a las ocho, lidiar con el puñado de cretinos, y ocasionalmente Erwin, hasta las seis formalmente, trabajar extra – sin paga – hasta las ocho o nueve, dependiendo, y volver a casa antes de las diez – si es que Hanji, Erwin o alguno de sus otros amigos no lo secuestraba para ir a por unos tragos, en cuyo caso volvía a la medianoche o más –. Su rutina seguía el curso natural pre-impuesto.
O eso, hasta un particular jueves. Aquel día había augurado ser más caca que los demás. Para empezar, su querido Smartphone se había puesto mañoso y por alguna razón desconocida, su alarma jamás sonó; por lo que acabó llegando tarde al trabajo. Cabe destacar sin desayunar. El clima, particularmente ventoso a esa altura de agosto, cuando el otoño estaba prácticamente encima, le arrebató su bufanda – pobremente amarrada a su cuello por la rapidez con la que se vistió para llegar a tiempo – y la susodicha prenda acabó aterrizando en un charco de agua sucia a un costado de la acera. Al ingresar – con más de media hora de retraso – a la oficina, su primer cliente ya estaba allí. De mal humor. No lograron avanzar nada, y por el bien de la integridad física y mental de ambos, reprogramaron su cita para el día siguiente – total, el juicio iba a ser en finales de enero, por lo que aún tenían tiempo –. Su café – que quizás no tan amablemente pidió a su secretaria – llegó frío y con exceso de azúcar. Una basura. Definitivamente despediría a aquella mujer inútil. Erwin, odioso como siempre cuando veía a Levi en su peor estado, le asignó un nuevo caso, y le ordenó cancelar sus últimas dos citas del día sólo para poder entrevistarse con este nuevo sujeto y decidir si valía la pena el intento. Pura mierda.
Alrededor de las seis, cuando ya todos sus clientes se habían marchado – al igual que una mayoría de los empleados del edificio – Levi por fin pudo relajarse unos minutos antes de que este misterioso hombre apareciera.
Según había leído en el expediente del sujeto, estaba acusado de violación a una menor – su hijastra –. Él alegaba inocencia, pero las pruebas presentadas eran inverosímiles. Trataban de asemejar una coartada, una explicación del porqué una vecina lo había visto cargando a la pequeña en forma inapropiada para cualquier padre justo una hora antes de que acaeciera el ultrajo sexual. Dos abogados – bastante reconocidos – ya habían abandonado su caso. Debía ser por algo…
Justo antes de que pudiera divagar más en sus pensamientos, se escuchó un golpe contundente en la puerta.
- Pase – exclamó seco.
- Buenas tardes, Lic. Ackerman – saludó un hombre musculoso, aunque entrado en años, de porte altanero y traje de marca.
- Buenas tardes, Sr. Dawk – respondió cortésmente el abogado – Siéntese por favor.
El Sr. Nile Dawk hizo lo pedido y, tras una pequeña introducción en donde le explicó a Levi cómo se puso en contacto con Erwin – que era un viejo amigo suyo, según él – además de los pormenores por lo que había tenido que pasar para estar en esa oficina en esos momentos, sin olvidar mencionar las expectativas que tenía del abogado, Dawk cedió la palabra al pelinegro, quien, tras aclararle que primero debía oír toda la historia de principio a fin y con todos los detalles antes de aceptar tomar el caso, dio inicio con la entrevista personal.
Interrogó a Dawk sobre su relación intrafamiliar, a lo que el aludido expuso sus puntos, repitiendo su coartada tal como la mostraba en la declaración en el expediente, explayándose un poco más en la relación con su – ahora – ex mujer e hijastra. Levi escuchó atento, manteniendo una expresión estoica y procurando interrumpir lo menos posible al sujeto.
Tras tres cuartos de hora de un par de preguntas y demasiado blablá, el ojigris dio la señal de alto, alegando que ya había escuchado suficiente y fue a buscar café para ambos, puntualizando que a su retorno le daría a conocer su resolución, ya fuera esta negativa o afirmativa.
Cuando hubo llegado a la pequeña cocina, soltó un suspiro cansino. Era obvio que aquel sujeto había cometido el crimen. Su lenguaje corporal y su nerviosismo latente lo delataban.
Encendió la cafetera y esperó a que la maquina hiciera su magia. Aprovechó para pasar una mano por sus cabellos en un gesto de frustración. Aunque su deber como profesional lo mandaba en ocasiones a defender personas que eran realmente culpables, tenía límites. Y muy por sobre sus límites estaba el dejar suelto a un violador. No iba a aceptar ese maldito caso. Que Erwin se lo asignara a alguien con menos escrúpulos, pues Levi no iba a ser quien dejara libre a semejante pedazo de hijo de p–
Justo en ese momento, una vibración en el bolsillo de su pantalón cortó su cadena de pensamientos.
Sacó su móvil contrariado. En la pantalla se vislumbraba claramente una llamada entrante. De un número extraño.
Frunció el ceño en confusión.
Aún eran horas hábiles, por lo que nadie cercano lo llamaría en ese momento – sabían que era demasiado profesional como para perder su tiempo con la tecnología – además no reconocía esa secuencia numé–
La realización lo abofeteó con la fuerza de un camión de carga colisionando contra un muro de cemento a toda velocidad. Aquellos dígitos, aparentemente lanzados al azar, ordenados de forma esporádica y sin ningún significado más allá de completar los siete requeridos para cualquier línea local… ¡Los recordaba!
El mocoso.
Sin quererlo – o eso se había dicho – un tiempo después del incidente con su celular, se encontró a sí mismo tratando de rememorar el número de aquel niñato – Eren Jaeger –, rebuscando en lo más profundo de su memoria visual, taladrándose la cabeza y arrugando su frente cual estreñido en baño público, y sin embargo, lo más próximo que había alcanzado llegar eran los primeros cuatro dígitos. Su cerebro no colaboró más. Y él no se arriesgó a adivinar los otros tres. Y Pronto el tema se vio olvidado y archivado en alguna parte remota de su subconsciente.
Hasta ahora.
El aparato quedó quieto y sólo entonces se percató de que la llamada había sido cortada.
¿Para qué lo buscaría el chiquillo de nuevo?
No tenía sentido.
Quizás se había vuelto a equivocar…
Probablemente.
La cafetera sonó indicando que la bebida estaba lista, pero Levi la ignoró, posando toda su atención en el Smartphone, a la espera de que volviera a vibrar.
No lo hizo.
Bueno, mierda.
Debatió unos segundos consigo mismo, reacio a cometer la locura que pensaba cometer, pero para cuando se dio cuenta… ya había mandado el mensaje.
LA: "Hey, mocoso."
Se maldijo en voz baja. ¡¿Qué mierda estaba haciendo?! ¿Por qué volver a hablar con el mocoso? ¡Y en medio del trabajo! ¿No podía esperar hasta llegar a casa? ¿Dónde quedó todo su profesionalismo? ¡Tenía un cliente esperando por él!, aunque en realidad iba a rechazarlo… ¡pero igual! Iba contra toda ética que él conocie–
Un zumbido sutil.
Desconocido: "Hola anciano. Qué tal?"
¿Anciano?
Al carajo.
LA: "¿Motivo en especial para llamarme en medio de una reunión con un cliente?"
Sabía que no era verdad, y de hecho Nile se podía ir bien para el tajo, pero si el niñato iba a estar de altanero desde un inicio, bien podía hacerlo sentir mal por "interrumpirlo".
Esperó unos segundos y la respuesta llegó, rápida como era de suponerse.
Desconocido: "Lo siento… es que… No, olvídalo. Lo siento mucho, no volveré a molestarte."
¿Eh?
Okay, no esperaba eso. Quizás un pequeño lo siento a lo mucho, pero no que se lo tomara a pecho.
Mierda. ¿Y ahora?
¿Retractarse?
No. Nunca. Levi Ackerman no se retracta.
Pero… No podía permitir que su diversión – porque eso era, ¿no? una entretención para sus noches ociosas – se le escapara apenas recuperada.
LA: "Nah, de todas formas pensaba rechazar su caso; era demasiado obvio que me estaba mintiendo. ¿Precisas de mi ayuda en algo, mocoso?"
Genial. Acabó haciéndolo. Y no sólo eso, lo había hecho sonar – o mejor dicho, se había leído – demasiado gentil. Como una prostituta barata ofreciéndosele en la esquina a diez dólares la noche. ¡Coño!
Pensó en corregirse, mandar otro sms aclarando que no es como que estuviera a su servicio, a su disposición para entretenerlo, pero al final optó por abstenerse. Eso sonaría demasiado tsundere. El daño ya estaba hecho y debería aguantar cualquier burla que al renacuajo pudiera ocurrírsele.
Chasqueó la lengua, molesto consigo mismo, mientras vertía el café – por suerte aún humeante – en unas tazas. Aunque no fuera de su agrado, pero pronto tendría que volver con Dawk para decirle que no, ni de coña iba a tomar su caso. Que el hombre ese se buscara a alguien con moral más baja como para querer defenderlo.
Acababa de acomodar la azúcar y la crema en una charola para mayor facilidad cuando su móvil volvió a vibrar.
Y, bueno, ya estaba tardando.
Desconocido: "Cómo sabes que necesito tu ayuda?"
Oh, vaya. Había hecho ese comentario al azar, tratando – demasiado – de ser casual y menos agresivo.
¿Quién diría que adivinaría sin siquiera proponérselo?
LA: "¿Para qué más me mensajerías?"
Pero claro, no podía hacérselo saber al mocoso. Mucho menos desaprovechar esa oportunidad para retomar su actitud sarcástica y autosuficiente.
Desconocido: "Toche."
- Heh – murmuró entre dientes mientras la comisura de sus labios se doblaba levemente hacia arriba en un raro intento de sonrisa.
LA: "Entonces, ¿estás en prisión y necesitas un abogado o qué?"
Desconocido: "Algo parecido…"
Enarcó una ceja con esa respuesta.
Bueno, eso no se lo esperaba.
Esta pintaba ser una charla interesante.
Al final, cuando el café llegó a manos de Nile, ya estaba tibio. Y él increíblemente malhumorado. Las cosas no acabaron de buena forma y el sujeto terminó conociendo el lado malo de Levi Ackerman. Y un par de insultos en francés. Erwin lo regañó al día siguiente pero nada más. En el fondo sabía que no podía estar del lado de aquella escoria, independiente de si fueran amigos o no. El rubio era un hombre de ética y moral muy altas, lo suficiente como para dejar de lado una amistad en nombre de la justicia.
Como fuera, ya era problema de Nile si encontraba o no a alguien lo suficientemente capaz como para salvar su pinche culo de la cárcel. Lo que le importaba a Levi en esos momentos era…
Eren.
Después de que prácticamente echara a Dawk de su despacho, el abogado se quedó mensajeando con Eren hasta se hizo la medianoche.
Perdió la noción del tiempo… y si no fuera porque Hanji lo llamó preguntándole dónde estaba, quizás hasta hubiera amanecido en esa oficina.
Pero… ¡mierda! El niñato casi le cuenta toda su vida. Comenzó explicándole su situación desde su ingreso a la preparatoria y lo odiosa que era su maestra de psicología, luego se extendió hablándole de su hermana y su sobreprotección y cómo, aparentemente, eso contribuía más a que los profesores lo odiaran. Finalmente, Levi tuvo que hacer un alto en la parte donde su padre le rompía la consola.
Y es que… eso no era de dios.
¡¿Tendría ese hombre la más remota idea de cuánto costaban esas mierdas?! ¡¿Y el valor sentimental que adquirían con el tiempo?! ¡Más aún si TÚ las compraste con TU dinero! Era un cretino. Levi recordaba muy bien la primera vez que le regalaron una nintendo 64 – cortesía de Hanji –, ya había cumplido 21 pero ¡coño! esa cosa era el bebé más hermoso que jamás hubiera visto en su vida. Y la amó, la amó con toda su alma hasta que, un par de años después se la dio a Isabel y Farlan en un acto de cariño fraternal compulsivo – del que no se arrepentía pues fue en su reencuentro después de casi media década buscándolos –.
Sí, en definitiva Grisha Jaeger era un imbécil. Con mayúsculas.
Por supuesto no se abstuvo de hacérselo saber a Eren. Aunque, por cortesía, usó palabras más… civilizadas.
Tras pasar la etapa donde Eren concordaba y se quejaba un poco más de su progenitor, llegaron al tema que Levi hubiera elegido no tocar jamás.
El porqué.
El por qué "olvidara" responderle al niñato ese último mensaje unas semanas atrás.
Por supuesto que Levi jamás admitiría que su amiga ebria le rompió el celular. Para nada. Ello conllevaría una larga explicación de quién era la susodicha amiga y qué hacía en su departamento a esa hora, por qué estaba bebida, por qué no la detuvo, etc, etc, un montón de detalles que, estaba seguro, el mocoso no pasaría por alto así como así.
Para ahorrar la tragedia, Levi prefirió ser cortante y directo.
"Una amiga metiche vino a dejarme unos documentos y borré los mensajes para que no los viera."
Y, claro que Eren no se conformó.
En un principio alegó que le estaba mintiendo – lo cual era cierto, en parte, pero ¡qué sabía él! – luego, lo regañó – tal y como una madre regaña a su retoño por robar una galleta del frasco a media tarde – y finalmente, tras un par de palabras de parte de Levi, cortésmente diciéndole que se dejara de mamar y ser tan paranoico, Eren aceptó la excusa.
Luego, tras tanto blablá, llegaron al punto en el que Eren pedía su ayuda para aprobar psicología.
Al principio, quiso negarse rotundamente porque era una pérdida de tiempo – además de ser un dolor en el culo – pero al final, tras pensarlo dos veces, decidió que, con la excusa de la ayudantía, podría hacerle bullying al chiquillo cuando se le viniera en gana – o cuando su apretada agenda se lo permitiera –.
Acordaron mensajearse cuando Levi volviera de la oficina, lo cual, por lo general, era a las diez. Claro que primero debía asearse y quizás comer algo, así que acabó diciéndole al mocoso a las once. La primera regla que pusieran – aunque en realidad el único que tenía la palabra allí era Levi – fue que las tareas no serían hechas por el abogado, sino que el mocoso tendría que esforzarse y cualquier cosa que realmente no entendiera o pudiera buscar en internet, Levi se la explicaría y/o lo guiaría, nada más. La segunda fue que Eren no podría llamarlo o molestarlo mientras estuviera en horas laborales, así se estuviera muriendo. La tercera fue un mero capricho de Levi; libertad para hacerse bullying cuando quisieran. Eren aceptó sin chistar – aunque no era como si tuviera otra opción – y por esa noche-madrugada se despidieron con un escueto "hasta luego".
Los días subsiguientes fueron como una espinilla en la parte interna de la nariz: dolorosos e incómodos. Primero porque el cuerpo de Levi, aparentemente resentido por aquel maldito jueves, no reaccionaba como él quería, cansándose de todo y de nada, por lo que el pelinegro se vio obligado a modificar su rutina un poco, bajándola a sólo cuarenta y cinco minutos de ejercicio. Dos porque Erwin y Hanji estaban más pesados que nunca e insistían en "sacarlo a pasear" todas las noches – cosa que él rechazaba y debía hacérselos entender a golpes –. Y tres, porque Eren Jaeger era un completo idiota.
No, no estaba siendo exagerado. Una de las cosas que más odiaba era romper la monotonía pre-establecida de su vida, pero gracias a su ahora débil resistencia física – porque jamás aceptaría que eran los años los que empezaban a pasarle factura – y a un niñato de cuarta con cerebro de cucaracha, su rutina se vio reformada.
Se levantaba media hora más tarde, se ejercitaba, se aseaba, comía – o a veces ni eso – y partía al trabajo. Sufría condenadas doce o trece horas lidiando con bastardos criminales y no tan criminales y apenas llegaba a su departamento, ya tenía, o recibía en el momento, un mensaje del mocoso.
No es que le molestara – tanto – sus charlas con Eren Jaeger, no, al contrario, era casi el único momento del día en el que podía liberar estrés insultando la incapacidad de comprensión del niño. O simplemente insultándolo a él. Era divertido, particularmente porque Eren no tenía la boca precisamente limpia tampoco, y no fueron pocas las veces que acabaron en un concurso de quién putea más. No, lo que fastidiaba a Levi era lo dura – en un sentido figurado y literal – que era la cabeza del renacuajo. Nada parecía entrarle. Y no fue sino hasta el séptimo día que se dio cuenta que Jaeger entendía mejor con ejemplos que con conceptos. Fue LA revelación.
- Ja, es más un mocoso de actos que de palabras, ¿no? – murmuró para sí mismo la noche que se tomó un segundo y encajó las piezas del rompecabezas.
Había gastado innumerables mensajes – e incontables horas – tratando de explicarle el mismo concepto con diferentes palabras y desde diferentes perspectivas, y al final, cuando no se le ocurría más, usó un caso en el que trabajó meses atrás y cómo había aplicado ese concepto a la realidad. Y Eren entendió al tiro.
Lo mismo sucedió con algunas teorías que trataba de comprender y un par de aplicaciones, toda explicación profesional fue inútil y sólo poniéndolo ejemplificado el menor aprendió.
Pudo haberse ahorrado un par de dolores de cabeza de haberse percatado antes.
Pero bueno, vaya mierda.
De ahí en adelante, las lecciones fueron dadas con alusiones de casos.
Los primeros días pasaron a ser la primera semana.
La primera semana pasó a ser la segunda.
Luego la tercera.
El primer mes.
El segundo.
Para cuando se dio cuenta, un trimestre más tarde, Levi Ackerman había caído en una nueva rutina.
Media hora matutina de ejercicios – ¿Qué? No es porque quisiera, su cuerpo no daba para más, sospechaba que era anemia pero ir al médico era un coñazo, ya se le quitaría comiendo bien – un buen baño, quizás desayuno, una jornada infernal en la firma y de tres a cuatro horas de Eren Jaeger.
Sí, en ese corto período, Levi se había vuelto afín al mocoso.
No es que el niñato fuera un "algo" o que Levi estuviera obsesionado, meramente le agradaba su compañía y los mensajes que intercambiaban y se prolongaban a largas charlas de madrugada – y un par de veces, hasta en la oficina –. No podía evitarlo, ese niñato era la perfecta víctima para bullying y un excelente conversador, siempre sabiendo cómo entretenerlo sin llegar a abrumarlo con cuestiones profundas – aparte claro, cuando hablaban de psicología, en cuyo caso tampoco se sentía como una obligación, Levi amaba lo que hacía y lo que sabía, por algo estudió lo que estudió y se especializó en lo que se especializó.
Pero sus charlas no sólo consistían en cuestiones de la materia o temas varios, Levi había logrado – sin proponérselo – sonsacarle un poco de información personal a Eren, como hobbies, gustos, edad, incluso cómo lucía y a qué preparatoria iba.
Y, ¡vaya mocoso más descuidado!, dando datos tan confidenciales e íntimos a un extraño.
No es que Levi fuera a hacer algo con ellos, era mera curiosidad, ya saben, ponerle un rostro a la pantalla, pero, ¡vamos!, no había que ser un genio para darse cuenta que Eren era demasiado ingenuo para su propio bien.
Además, y era algo que Levi no acababa de comprender, ¿Por qué Eren nunca le había pedido información personal a cambio?, ¿Tan poco le interesaba su persona?, ¿Le daba vergüenza?, ¿Miedo?, ¡¿Qué?!
Por más que tratara de obviarlo, esas preguntas lo habían estado atormentando por un tiempo ya, pero bueno, mejor para él. Odiaba hablar de sí mismo.
Sin embargo, el destino ya había oído sus peticiones inconscientes.
Mocoso: "Sabes, Levi… deberías descargarte Whatsapp."
Aquella era una velada normal para Levi Ackerman; cómodamente recostado en el amplio sofá de su sala, mirando por el enorme ventanal de su suite, – sí, porque él tenía un departamento en suite. Que para algo sirviera rajarse el culo más de diez años consecutivos en un asqueroso y prestigioso buffet de abogados – observando las luces artificiales de una ciudad en pleno apogeo nocturno, como de costumbre, ruidosa y encandiladora.
Oh, bueno, eso hasta que aquel pequeño zumbido llamó su atención y, al desbloquear la pantalla de su Smartphone, dio de lleno con aquel particular mensaje-pregunta.
LA: "¿Por qué debería? Prefiero no contribuir al consumismo."
Y era en una gran parte verdad, no tenía nada en contra de la tecnología y la sed que producía en los individuos cada vez que botaba al mercado algo más nuevo, más moderno, más útil – aunque aún no acababa de acostumbrarse a su ladrillo plano –, más caro. Era un mal necesario hasta cierto punto, pero no la razón por la cual no tenía descargada ninguna aplicación ni formaba parte de ninguna red social.
La realidad era que, a Levi simplemente no se le daba bien la globalización. Para él era inconcebible que cualquier sujeto – ya fuera o no de bien – pudiera encontrarte en internet con un solo clic. Y hackearte hasta dejarte con la cuenta vacía con un par más.
Llámenlo paranoico, exagerado o loco, pero no, Levi Ackerman no iba a entrar a ese mundillo de la cibercomunicación vía aplicaciones o redes. ¡Apenas toleraba mandar mensajes de texto a la antigua! ¡Apenas usaba Word y otros programas vitales para su trabajo en la computadora! ¡Joder!
Claro, él jamás se quejaría de su portátil último modelo, o de su pantalla plana que abarcaba toda una pared, menos de las múltiples consolas – aunque realmente eran para cuando Farlan e Isabel iban a visitarlo – que poseía. Nunca. Eso sí era necesario.
¿Smartphones, tablets, consolas portables, cualquier cosa de Apple? ¡Pura mamada que sólo servía para perder el tiempo! ¡Totalmente reemplazable por un buen libro y un celular con tapita!
Por eso, aunque el niñato rogara, no pensaba descargarse ninguna de esas estúpidas aplicaciones de mensajería populares.
Mocoso: "Qué? De qué mierdas hablas? Vamos! Por favor."
LA: "No."
Mocoso: "Será que tienes miedo de poner una foto tuya?..."
LA: "¿Qué?"
Mocoso: "No sé nada de ti… ni siquiera tu edad… peor cómo luces…"
Oh, ¿así que era eso?
Curiosidad.
La curiosidad que Levi había estado cuestionándose días atrás. Y que ahora se había hecho realidad.
El niño se interesaba en él.
Pero…
LA: "¿Y te das cuenta un trimestre después?"
Que chiquillo más denso. ¿No que ese tipo de amistad se iniciaba primero con una foto y luego con una charla?
Aunque claro, no consideraba a Eren un amigo.
Pero, ¿el mocoso a él sí?
No, no podía ser.
Prácticamente sabía todos los pormenores de la escasa existencia del renacuajo, pero ¿Y Eren? ¿Qué sabía Eren de Levi Ackerman?
Nada.
Nada más allá de un número de teléfono, un nombre y – gracias a un proyecto que le revisó – un email.
Mocoso: "Quiero saber más de ti."
Estaba siendo…
¡No!
Mierda…
LA: "Sabes mi nombre, mi profesión y mi correo. Además de muchas confidencias de mis clientes. ¿Qué más quieres?"
Cómodamente podría facilitarle un par de datillos irrelevantes al chaval, pero, algo irreconocible en su interior se lo impedía.
¿Era eso miedo? ¿Ansiedad?
¡No! ¡Qué pavadas! ¿Cómo podría alguien como Levi Ackerman sentirse ansioso o temeroso frente a un mero adolescente? ¡Estaban jugando a los mensajiamigos, por Jebús! ¡Eran tonterías!
Se puso de pie y fue a la cocina por un vaso con agua en lo que Eren le respondía. No quería darle muchas vueltas al asunto porque siendo realistas y viendo la cosa desde un punto de vista objetivo, Levi estaba siendo…
Dio un respingo cuando el aparato vibró en su bolsillo. Lo sacó al mismo tiempo que tomaba un sorbo del líquido para calmarse, pero al leer las letras en la pantalla, casi escupe el contenido retenido en su boca sobre el artefacto.
Mocoso: "Quiero tu apellido."
Tenía que estar mamándolo.
¡¿Qué no se percataba de lo malpensable que era esa oración?!
Una sonora carcajada escapó de sus labios.
Oh, vaya que Jaeger se prestaba para el bullying él solito en ocasiones.
LA: "Aunque el matrimonio gay está permitido en este país, eres algo joven para mí."
Mataba dos pájaros de un tiro con esa réplica. Mínimamente Eren se pondría color tomate y, ojalá, con algo de suerte, dejaría de lado el asunto de conocer un poco más de su persona.
Levi no quería ser inicuo, pero…
Engulló de una el resto del agua. Simplemente se sentía raro. Era una culposa sensación, a pesar de saber que no le debía explicaciones de ningún tipo…
Sentía que estaba siendo injusto.
Pasó aproximadamente un minuto o dos y la respuesta llegó.
Mocoso: "Jaja. Muy chistosito. Sabes que no me refiero a eso."
Escueto. Esperaba algo más, quizás una seguidilla sagaz a su provocación, enojo, sarcasmo, algo.
- Tsk – chasqueó la lengua, molesto.
No había conseguido filtrar la atención hacia el lugar que quería. Mierda.
Levi: "Sólo trataba de desviar el tema, pero bueno, supongo que no caíste. La verdad no me gusta hablar de mí mismo."
Mocoso: "Te he dicho muchas cosas sobre mí, es justo que me cuentes algo también."
- ¡Pequeño hijo de–
¡¿En serio de todas sus opciones tenía justamente donde no quería ser golpeado: en su sentido de justicia?!
La llama de culpabilidad que lo carcomía por dentro no hizo sino agrandarse.
Oh, vamos, Levi siempre había creído que para que el mundo pudiera funcionar bien debía haber equidad y justa compensación, que por cada cosa ofrecida, una del mismo valor debía ser otorgada.
¡Pero eso no le daba el derecho al mocoso de atentar contra su corazón de pollo!
Maldijo a todos aquel que se le vino a la mente. Se maldijo a sí mismo por su concepción idealizada de la justicia. Pero por sobre todo, maldijo a Eren Jaeger.
Aquella batalla la había ganado el niñato.
Exactamente tres meses y un día después – no, un par de horas mejor dicho – del reencuentro, Levi Ackerman aprendió que Eren era algo más.
Tras una velada particularmente larga de revelaciones confesas, Eren seguía tratándolo igual.
No sabía por qué, pero cuando finalizaron la charla aquella noche, el pelinegro pensó que esa era la última vez que hablaría con el chiquillo.
Menos de diez horas después, Jaeger lo estaba jodiendo en horario de oficina.
Era estúpido, no había ningún motivo conciso por el cual Eren dejara de hablarle.
Bueno, claro, exceptuando el momento en el que le confesó su edad.
Un simple "¿Qué edad tienes?" le había acelerado el corazón y puesto las palmas sudorosas.
Patético.
Y sin embargo, tras un mero "wow", la conversación había seguido su curso normal y al niño pareció valerle un rábano la gigantesca brecha de años que los separaban.
Era increíble. Cualquier persona normal – él mismo – hubiera cortado toda conexión si el sujeto con el que hablara le doblara la edad.
¿Por qué? ¡Era raro!
¿Qué podían tener en común dos personas de generaciones tremendamente diferentes?
Mucho.
Nada.
Y a pesar de ello, helos ahí, ambos compartiendo lo poco en lo que eran similares y disfrutando lo amplio que los diferenciaba, complementándose como dos polos opuestos. Ying y yang. Como un cassette con lo mejor de los clásicos y lo rescatable de lo nuevo.
Mierda, se estaba apegando demasiado a una amistad virtual. Irreal. Imposible.
Un momento…
¿Amistad? ¡Ayer mismo había dicho que no consideraba a Eren un amigo!
Carajo, sus amigos se contaban con los dedos de una mano.
Eren no podía–
¡Agh! Le estaba dando muchas vueltas al asunto. Incluso Hanji y Erwin estaban empezando a sospechar que algo se traía. Vivía pendiente del teléfono y a veces incluso le sonreía.
Era perturbador hasta para él.
A ese paso era cuestión de tiempo antes de que alguno de ellos atara los cabos.
O le robara el celular mientras cagaba.
Era víspera de navidad. Estaba cómodamente sentado en el váter haciendo sus necesidades mientras leía el periódico.
Y claro, ese fue su error.
Jamás le había molestado que tanto Hanji como Erwin tuvieran llave de su departamento. Para nada. Particularmente porque ambos eran lo suficientemente maduros – y respetuosos de su privacidad – como para no usarlas sino en caso de emergencias. Y hasta entonces ninguna incidencia había nunca ocurrido.
Por eso, aquella mañana del 24 de diciembre de 2011, entró como cualquier otro día al baño, llevando el periódico de la fecha enrollado bajo el brazo y dejando el móvil en la cama de la habitación.
Siempre había pensado que quienes se llevaban el teléfono hasta el toilet eran unos adictos y asquerosos de mierda. Levi Ackerman, ni en un millón de años, haría eso.
Mal.
Peor aún cuando por estar cien por ciento concentrado en sus necesidades y en la lectura, sus sentidos no se percataron del sutil "clic" de cierta puerta siendo abierta y posteriormente cerrada con delicadeza.
Tampoco llegaron hasta sus oídos los ligeros pasos – o mejor dicho, zancadas – que acortaban cada vez más la distancia entre la intrusa y el pelinegro.
Y claro, si la invasora ya había llegado tan lejos sin ser notada, una silenciosa mano aferrándose como garra a un particular Smartphone tampoco iba a ser lo que la delatara.
Con una rapidez casi inhumana, Hanji Zoe cogió el celular de Levi, buscó en los mensajes por cualquier nombre extraño – cosa que no fue difícil ya que la bandeja estaba repleta de "mocoso"s –, copió el número cuidando de no mal anotar ningún dígito y devolvió el aparato a su respectivo sitio encima del cobertor.
Volvió sus pasos, con una sonrisa felina de oreja a oreja extendiéndose en todo su rostro, satisfecha con su robo.
La misión había sido un éxito.
Levi Ackerman no lo sabría sino hasta más tarde, pero aquel día aprendería una valiosa lección: Ni en la guerra ni en el baño, apartes el celular de tu lado.
El 25 de diciembre siempre fue un día catastróficamente estresante para él. Lo era cuando vivía en las calles, pendiente de no morir congelado ni de ser asaltado por sus pocas e insignificantes posesiones, y lo seguía siendo ahora a pesar de tener seguridad, techo, cama y calefacción.
El inicio era el mismo a través de los tiempos. Un despertar precoz abrumado –antes por voces chillonas en su oído – ahora por timbrazos estridentes y gritos distorsionados a través de un auricular.
¡¿Quién mierdas llama a las 6:00 A.M. en navidad?!
Hanji Zoe.
E Isabel Ackerman.
Esas dos pequeñas bastardas odiosas…
Apenas hacía cuatro horas que se había acostado gracias a un molesto mocoso que lo estuvo entreteniendo hasta las dos de la madrugada con anécdotas navideñas, y ahora, tan sólo un puñado de horas después, estaba sentado en su cama, escuchando como Isabel escupía idiotez tras idiotez mezclada con muchos "feliz cumpleaños" y millones de "te quiero".
Era muy temprano para semejante dolor de cabeza.
Cambió la llamada, pasándola a Hanji para ver si su loca amiga tenía mejor material para ofrecerle – ¡las muy malditas se habían puesto de acuerdo para llamar al mismo tiempo! Desgraciado el que inventó las llamadas en espera… – pero con lo único que se topó fue un balbuceo incomprensible sobre el origen de Santa y jadeos de excitación cuando se hizo mención de un "reno mutante".
Pura basura.
Decidió desconectar su cerebro y esperar que la tormenta pasara, respondiendo con monosílabos al azar cada vez que escuchaba un tono de pregunta de uno u otro lado de las líneas.
Las chicas no cortaron sino una hora después.
Para cuando terminó de ducharse y vestirse con algo cómodo, no tenía ganas de nada. Se sentó frente al gran ventanal y cogió un libro que llevaba meses leyendo pero no lograba acabar. Sin poner mucha atención empezó a pasar las hojas hasta caer dormido.
Lo despertó un timbrazo y una secuencia de vibraciones en su pecho. Había dejado el móvil reposando a la altura de su diafragma antes de caer en el mundo de Morfeo. Con pereza y somnolencia cogió el aparato para ver quién era el/la desgraciado(a) que se atrevía a perturbar su sueño.
La pantalla alumbraba en grande "Mocoso".
Se quedó observando el artefacto completamente petrificado hasta que éste dejó de zumbar.
- ¿Qué caraj–
Para entonces volver a vibrar y alumbrar, indicando una nueva llamada.
También de Eren.
No contestó.
LA: "No voy a contestarte, mocoso."
Mocoso: "Contéstame."
LA: "No."
Mocoso: "CONTÉSTAME."
LA: "No va a pasar."
No entendía por qué justo ese día, en ese momento, a Eren Jaeger se le había ocurrido la grandiosa idea de llamarlo, pero fuera el motivo que fuera, no respondería.
No, por supuesto que no.
¿Razón? Ninguna en específico. Simplemente NO quería y NO iba a hacerlo. Por más terco que el niñato fuera.
O eso pensó.
Veinte llamadas continuas, cada una hasta el mismísimo final del tono.
Tenían que estar mamándolo.
Cuando por 23ava vez su celular volvía a sonar, Levi empezó a mandar una seguidilla de mensajes amenazantes.
LA: "Maldito mocoso terco."
LA: "Deja de insistir."
LA: "Aunque llames toda la noche no voy a contestarte."
LA: "¿Qué no lo entiendes? ¡Para!"
LA: "¡Mocoso, basta!"
LA: "¡Para!"
LA: "¡Eren, para!"
LA: "¡EREN!"
Para el trigésimo quinto llamado, contestó.
Su primera charla voz a voz con Eren fue…
Agradable.
¿La fiesta sorpresa que la interrumpió a media marcha?
Para nada.
Tras la horda de insultos consecuentes tras presionar la tecla verde, Levi se había sumergido en una charla placentera y hasta relajante. Todo para que, justo en la mejor parte, cuando creía que aquella tarde podía ser la primera de todos sus cumpleaños que no resultaba tan mal, apareciera una manada de animales salvajes – mejor conocidos como Petra, Auruo, Eld, Gunther, Erwin y Moblit – liderados por una desquiciada – Hanji – e irrumpieran sin permiso en su hogar para empezar a hacer y deshacer a gusto y gana con la excusa de "party hard".
No sólo se vio obligado a cortarle a su mocoso, sino también a pasar toda una velada rodeado de borrachos y locos.
Aunque en realidad fue divertido. Más cuando Isabel y Farlan se unieron vía Skype.
Y empezaron a jugar verdad o reto.
Versión hard.
Río inconscientemente, la imagen de una toda apenada – y torpe – Hanji haciéndole un lap-dance a Moblit no tenía precio.
A ver si así esa cuatro ojos aprendía a respetar la privacidad ajena – sí, se había enterado que fue ella quien le dijo cuándo era su cumpleaños a Eren –.
La venganza era un plato dulce.
Como fuera, había disfrutado su christ-b-mas-day*
Y tan sumido estaba en esos gratos recuerdos que ni siquiera se percató de la posesividad para con Eren que había mostrado tan solo momentos antes.
Inconscientemente estaba cayendo en una red complicada de desencantos, inseguridad y sufrimiento.
Pero también de alegría, suspiros y dulzura.
Levi Ackerman era un novato en el amor. Y, por sobre todo, un hombre denso e inconsciente de sus propios sentimientos.
Y vaya que despertaría de la peor manera a esa nueva experiencia.
Apenas una semana después de esa primer llamada, Levi se desmayó en el trabajo.
Trató de hacerlo pasar como un incidente aislado, una mera tontería por la que no valía la pena preocuparse. No fue tan fácil. Tampoco le ayudaba el hecho de haber perdido unos kilos en el último mes. O estar cansado todo el tiempo sin hacer necesariamente ningún esfuerzo físico.
Acabó inevitablemente en un consultorio médico.
Un par de exámenes de sangre, unas muestras de orina, varias preguntas de protocolo y un suero después, Levi era mandado a casa a reposar hasta que los resultados estuvieran listos.
Pero, ¡por favor!, no había que ser un genio para saber qué es lo que tenía. Comía mal – si es que comía –, vivía bajo un constante estrés, dormía poco y odiaba la leche.
¿Alguien dijo anemia?
Semejante estupidez no valía sus tres días de descanso forzoso – cortesía de Erwin – ni el griterío de Hanji sobre "cuidar mejor su cuerpo".
¡Que le dieran un par de vitaminas y se dejaran de joder!
¡Pero vaya uno a hacerles entender eso a los doctores! No, esas ratas con bata debían extraerte hasta el último céntimo con toda clase de análisis innecesarios y sobrevalorados, encontrarte todas las enfermedades tropicales, endémicas, erradicadas, inventadas y por inventar, y después, finalmente, recetarte una mera aspirina.
Pura mamada.
De todas formas, no tenía otra opción. No sólo Zoe y Smith lo tenían en la mira, sino que Farlan e Isabel también. ¡Hasta habían llegado al extremo de amenazarlo con dejar la universidad e ir a instalarse en su departamento con tal de velar que "comiera adecuadamente"!.
No, claro que no. Ni de coña aguantaría a esas mierdecillas 24/7 controlándolo. Peor imaginar la suciedad que ellos y su descontrolada vida universitaria acarrearían.
Para eso mejor iba al doctor y reposaba.
O fingía hacerlo. Después de todo, una limpieza general no venía mal.
Los meses subsiguientes pasaron volando.
La anemia fue aparentemente controlada con un par de complejos vitamínicos y una estricta dieta rica en nutrientes para su desgastado cuerpo.
Jamás se había sentido tan viejo.
Ni su escultural figura – modestia aparte – ni su rostro pulcro, de piel tersa y cremosa aunado a su natural sensualidad y destilación inconsciente de feromonas por donde quiera que fuera lo ayudaron a mejorar sus ánimos después de aquel bajón. Le habían pegado en donde más le dolía: su ego.
¿Qué clase de hombre adulto joven necesitaba una dieta especial y como cinco pastillas diarias?
La vejez…
Pero bueno, esa etapa estaba casi superada, y si bien no había seguido al cien por ciento las recomendaciones del doctor, al menos había logrado recuperar su vitalidad y fuerza de antaño. Aunque las bolsas bajo sus ojos se habían vuelto más profundas.
Detalles.
En ese tiempo, no sólo su salud e había estabilizado, sino que también su relación con Eren Jaeger había evolucionado.
Ahora se mensajeaban de seis a siete horas diarias. Sin restricción de horarios.
No era un gran cambio, pero se sentía diferente. De hecho, desde su segunda llamada – que acaeció para el cumpleaños de Eren –, su pseudo-ciber-amistad parecía haberse estrechado bastante. No lo admitiría en voz alta, pero encontraba consuelo en aquel puñado de palabras intercambiado diario con el mocoso. Y sabía, como el hecho de que el cielo es azul, que el niñato igual se sentía a gusto con sus charlas. A pesar de la universidad de él – quien ya estaba por empezar su segundo semestre de psicología – y su pesado trabajo – ya que ahora la firma pensaba concretar un trato con una empresa multinacional para ser su buffet de abogados privado –, su pequeña burbuja de felicidad manifestada mediante cortos sms y conversaciones sin sentido permanecía intacta.
Era raro, hasta increíble, pero no desagradable.
La vida marchaba bien…
Realmente bien…
Demasiado bien.
Todo se vino debajo de la peor manera y de la forma menos esperada.
Una tarde estaba tranquilo en casa, durmiendo su tercera siesta del día.
Al momento siguiente estaba en una camilla en el hospital.
No supo sino hasta después, cuando una enfermera lo encontrara mirando al vacío y le avisara a Hanji, que entre la última vez que cerró los ojos y ese momento, habían pasado cuatro días.
Cuatro días de inconsciencia.
De inmediato le practicaron múltiples exámenes. Inclusive una tomografía. Analizaron todo su cuerpo exhaustivamente por semanas. Y finalmente, cuando estaban por agotarse las opciones, la respuesta vino clara y cruda.
Leucemia.
Levi Ackerman había crecido en un barrio de mala muerte, en la peor zona de la peor ciudad de un país sin nombre. Su madre, Kushel, era una prostituta y su vida giraba en torno a un cuartucho de motel y un burdel. No tenía padre conocido y nunca deseó tenerlo. Heredó el apellido de su madre y nada más. No necesitaba más.
Su niñez fue tumultuosa, rara, inclusive precoz pero no miserable. Se manejaba en las mañanas en el cuarto de motel, en las tardes en las calles y en las noches en el prostíbulo. Al principio, cuando era aún un bebé, Kushel pensó en dejar su vieja vida, sin embargo, no conocía otra forma de subsistir, por lo que tuvo que repartirse entre criar un recién nacido y cumplir sus obligaciones en el local nocturno. Cuando Levi aprendió a hablar, fue educado por su misma progenitora en las ciencias básicas, matemáticas, lenguaje y algo de historia. No podían darse el lujo de mandarlo a la escuela, pero no por ello Levi iba a ser un analfabeto se había dicho Kushel.
Sin embargo, a los ocho años, cuando su madre murió de una tuberculosis mal curada, Levi se vio a la deriva. Era listo – tanto como alguien en su condición podía serlo –, era astuto y tenía carácter a pesar de su apariencia delicada, pero ni con todas esas cualidades logró seguir pagando el cuartucho que representaba su hogar. Un orfanato estaba fuera de la cuestión pues había oído suficientes historias al respecto y había conocido demasiado niños prófugos como para saber que allí lo que se vivía era un inferno. Más nunca tuvo que preocuparse de huir de protección al menor. Nadie fue a buscarlo. A nadie le importaba y así estaba bien.
Inevitablemente acabó mezclado en pandillas, quienes atraídas por su fisiología débil lo buscaban para partirle la mugre. Más de una vez acabó semi muerto, pero milagrosamente – o no – logró sobrevivir y hacerse más fuerte.
Cuando cumplió diez, decidió que era hora de meterse a una escuela. Cansado de una vida inestable, de techo en techo y de inmundicia en inmundicia, decidió aliarse a un grupo de yakuzas novatos quienes, increíblemente, le dieron la bienvenida con los brazos abiertos. El jefe, un sujeto lleno de cicatrices y con mal aliento, decidió invertir en él. Le prestó los medios para que pudiera instruirse y sacar un bachillerato a cambio de que por las noches se convirtiera en su as. No era de extrañar que vieran potencial en él. Tendría diez pero su mirada filosa y asesina, su agilidad y su capacidad de pelea eran buenas cartas a su favor. Era buscado, sin embargo, como la sabandija que había aprendido a ser para sobrevivir, jamás se dejó atrapar por nadie. Hasta ese momento claro, cuando voluntariamente se vendió por una posibilidad de un futuro.
En los cinco años que permaneció bajo el ala de esa pandilla, logró hacerse de renombre, aprendió a manejar diferentes armas, cometió su primer asesinato y logró hacerse de dos hermanos: Isabel y Farlan.
La primera vez que los vio, él tenía doce y esos mocosos apenas tres y cinco años respectivamente. De alguna manera prácticamente innata, los chiquillos lograron ganarse su cariño e hicieron nido en su ya olvidado corazón. Fueron una ráfaga de humanidad en ese mundillo impersonal y cruel. Fueron su familia. Fueron su luz.
Por eso, cuando la cosa se estaba poniendo peligrosa – tres años después de ese primer encuentro – y la policía ya tenía prácticamente acorralados a los principales jefazos, Levi cogió sus pocas pertenencias, el respetable monto de dinero escondido que había ahorrado a lo largo de esa media década, y huyó una noche lluviosa con los dos renacuajos.
Los tres años subsiguientes permanecieron en un hotelucho, Levi entrenando a Farlan durante las mañanas, haciendo de profesor de Isabel en las tardes, y trabajando de asesino a sueldo a la noche.
La vida era apacible. Peligrosa, sí, pero lo más apacible y rutinario que había tenido en mucho tiempo.
Un día, sin embargo, cuando apenas cumplía dieciocho, lo conoció.
Dot Pixis. Director del colegio donde planeaba mandar a estudiar a Isabel.
Todo ocurrió como un remolino.
Un día estaban meramente hablando sobre la inscripción de la ojiverde. Al momento siguiente, Levi estaba recibiendo su diploma, graduado con honores de la preparatoria.
Pixis, hombre de gran persuasión, había convencido a Levi de acabar el bachillerato, ofreciéndole cursar los últimos dos años que le faltaban en solo uno.
¿Por qué hizo eso? Levi jamás lo sabría a ciencia cierta. Era una escoria, pues se consideraba a sí mismo menos que un ser humano tras haber manchado incontables veces sus manos con sangre, pero Dot dijo haber visto más allá de su fachada. Dijo ver potencial. Interés. Capacidad. Esperanza.
Como fuera.
Levi nunca llegó a confesar sus crímenes del todo, aunque sospechaba que el viejo lo intuía. Jamás se hicieron preguntas ni se dieron respuestas. El ojigris terminó sus estudios como un sujeto más.
Luego de graduarse, Pixis consiguió una beca para el pelinegro en una prestigiosa universidad y lo mandó – sí, sin opciones – a estudiar leyes.
Era demasiado bueno para ser verdad.
Por ello, como todo en esta vida, las oportunidades no surgen sino a cambio de sacrificios, y la condición para que Levi completara sus estudios superiores era separarse de Farlan e Isabel – quienes quedarían bajo la tutela de Pixis – e ir a estudiar a otro país.
Increíblemente, tras solo un par de semanas de discusión, dolor y llanto, los chicos lo convencieron de aceptar. La familia, a primera vista, se desintegró con su partida, pero la realidad era que simplemente sus caminos se separaron momentáneamente.
A los diecinueve, Levi dio inicio a su primer semestre. A los veinte, conoció a Hanji y Erwin. A los veintidós a Petra, Auruo, Erd y Gunther.
Para cuando se graduó, a los veintitrés – sí, tan geniecillo que acababa una carrera de 5 años en 4 –, su círculo de amigos estaba más que consolidado. Era de esos que duran toda una vida. Una nueva familia.
En todo eso tiempo, paulatinamente, perdió el contacto con Pixis y por ende, con Isabel y Farlan. Tan pronto terminó su carrera, juntó todo el dinerillo ahorrado de sus trabajos eventuales y volvió a su ciudad de origen. Los rastreó hasta por el subsuelo, más nunca dio con ellos.
Vieja alquimia. Ganas algo a cambio de perder algo de igual valor.
Pero Levi Ackerman no era alguien que se dejara vencer fácilmente.
Erwin, su colega, tres años mayor, había iniciado recientemente una pequeña firma, reuniendo a todos sus colegas novatos con talento para iniciar un proyecto, una sociedad que pudiera hacerse grande y reconocida con el tiempo. Por supuesto que Levi ya tenía su lugar reservado, sin embargo, primero debía sacar su maestría y poner las tuercas a andar para localizar a sus hermanos perdidos.
Gracias a muchos contactos del submundo, un par de favores cobrados y dos años de intensa dedicación, la búsqueda dio resultado y una Isabel de dieciséis junto a un Farlan de dieciocho volvían a sus brazos sanos y salvos.
De ahí en adelante, todo fue una montaña rusa con más altos que bajos. Terminó su maestría en psicología criminal. Se unió al buffet de abogados de Erwin, mandó a sus mocosos a la universidad a que hicieran algo de sus vidas y se estableció en un departamento modesto – que sólo con el pasar de los años y el fruto de su trabajo se transformó en el cómodo penthouse que actualmente poseía –.
La vida de Levi Ackerman fue dura, sin duda. Llena de sorpresas, sinsabores y desazones, pero él había sabido sobrellevar lo que sea que se le presentara enfrente.
Hasta ahora.
Cuando de los labios de Hanji Zoe escaparon esas tres sílabas, todo a su alrededor se volvió difuso y lejano. De repente no era él en un cuarto de hospital; de repente era él flotando en la nada, en el vacío absoluto, en el olvido.
Morir nunca había estado siquiera en sus más remotos y pesimistas pensamientos. Nunca. Ni siquiera cuando vivía en las calles y debía pelear por sobrevivir cada nuevo ocaso. Él era inmortal en ese entonces y creyó seguir siéndolo.
Hasta ahora.
La realidad lo devolvía a la auto-consciencia y realización de un manotazo.
Era un humano. Tan frágil como una hoja de papel volando sobre el océano. Como todos. Sólo que él lo había olvidado, y por eso el recuerdo de su mortalidad lo noqueó con tanto ímpetu.
Iba a morir.
IBA A MORIR.
- Voy a morir…
- ¡No! Aún estás en una fase primaria, Levi. Hay esperanza – trató en vano de consolarlo Hanji – Sólo habrá que hacerte un par de estudios y someterte a un tratamiento. Posiblemente quimioterapia per–
- Me niego.
- ¿Qué?
El pelinegro, hasta ese entonces sumido en una calma deliberada negó con la cabeza a la vez que apretaba un botón y la cama se colocaba en una posición que lo dejaba sentado.
- No quiero vivir miserable, Hanji. – habló en apenas un susurro, serio y tranquilo como la brisa antes de una tormenta – No quiero ser un vestigio de lo que alguna vez fui. No quiero pasar todo ese dolor por una ínfima esperanza. Quiero morir con dignidad.
La de cabellos cobrizos lo miró con desconcierto primero. Luego con pesar.
- Levi, sabes que eso no es así…
El pelinegro volvió a negar con parsimonia pero sus manos, cada una a un costado de su cuerpo, se constriñeron en puños.
- ¿Crees que no sé cómo funcionan estas cosas? Hanji, por favor… Te conozco hace más de quince años y jamás has dejado de hablarme de tus mierdas científicas, de medicina… ¡y especialmente, de cáncer! – siseó, haciendo fuerza tal que sus nudillos se volvieron blancos – Aunque no lo creas, te oigo. Todos estos años fingiendo no prestarte atención, lo he hecho. No soy un imbécil. Y tú y yo sabemos muy bien cuan bajas son las posibilidades con esta enfermedad. No necesito tu lástima y tus mentiras. Tampoco tu tratamiento.
- Levi… – ella no trataba ni por casualidad de ser condescendiente. Lo único que quería era tener esperanza, ser positiva…
Tratar…
- Déjame solo un rato.
La de lentes tragó duro pero obedeció. Salió silenciosa mientras el abogado se daba vuelta en el incómodo catre.
Era algo difícil de procesar.
Sólo cuando Levi escuchó el suave clic de la puerta siendo cerrada, se permitió cerrar los ojos y desmoronarse en la soledad de una habitación con olor a medicamentos y desinfectante.
El día siguiente no fue fácil. Primero porque despertar con jaqueca y restos de lágrimas secas en tu rostro no es nada agradable. A eso súmenle el hecho de no poder pararse por sí mismo y tener que llamar a la enfermera para lograr llegar hasta el baño.
Todo era nuevo para Levi. Y definitivamente no le gustaba ser dependiente. Por más que Petra fuera su enfermera designada.
Las miradas de lástima que ésta le lanzaba junto con las cortas frases consoladoras y la sonrisa incómoda no hacían más que ponerlo de mal humor.
¿Por qué tenía que pasarle toda esa mierda a él?
Cuando se hubo aseado lo suficiente y lo devolvieron a la cama, sacó su móvil – guardado en el cajón de la mesita de noche – y se puso al día en sus emails y mensajes de la firma.
Estaba de baja hasta nuevo aviso, pero ello no iba a impedir que siguiera trabajando sus casos en marcha. Así fuera en silla de ruedas, pero él iría y ganaría esos juicios. No se los delegaría a nadie.
Pasó todo el día en ello. Ni Hanji ni Erwin se aparecieron por su habitación y lo agradecía. Necesitaba pensar las cosas y aclarar su mente, pero, curiosamente, en ese tiempo a solas, no hizo sino buscar excusas con tal de no dejar que sus pensamientos recayeran en ese particular tema.
Y es que… había mucho que sopesar aún. Y todavía le faltaban un montón de personas a las cuales abordar y soltarles la bomba… Gunther, Erd, Auruo, Farlan, Isabel…
Eren…
¿Debía decirle al mocoso? Eran amigos después de todo, pero no quería que el niñato le tuviera lástima. Además, no es como si a él fuera a impactarlo de la misma forma que lo haría a sus cercanos, ¿no?
En eso estaba cavilando cuando de repente su celular comenzó a vibrar en su mano y la pantalla registraba una llamada entrante del rey de Roma.
- ¿Mocoso? – contestó dubitativo Levi. ¿Para qué lo llamaría Eren a esas horas?
- Papá va a casarse.
Oh, bueno. Como si Levi no tuviera suficiente drama en su vida.
Para cuando Eren acabó el resumen del cáncer de su mamá, Levi se sentía como una completa mierda.
- ¿Levi? – se escuchó la voz temblorosa de Eren del otro lado de la línea.
- Sí, estoy aquí.
- Lo siento si te puse en una situación incómoda, es que…
- No, está bien. – lo cortó seco el pelinegro. Sentía una opresión extraña a la altura de su pecho y la voz le salía forzada – Sólo… dime, Eren, – prosiguió a duras penas – ¿qué harías si alguien muy preciado para ti se encuentra en la misma situación que tu madre?
El silencio que siguió a su pregunta no hizo más que marearlo.
- No lo resistiría – contestó al final Eren – preferiría no tener nada que ver con esa persona… yo… no podría.
- Ya veo. – murmuró el abogado, – Bien. Pienso que deberías disculparte con tu padre.
- ¡¿Qué?! ¡¿Estás de su lado?!
- Sí. Fuiste un inmaduro y estoy seguro que muy dentro de ti, también lo sabes. – Dentro de él algo se revolvía, absorbiéndolo, envolviéndolo como una tormenta de nieve, congelando sus sentidos y nublando su raciocinio. No quería ser insensible y mucho menos lastimar a Eren, pero sentía como si mil estalagmitas se le clavaran en la garganta y rasgaran sus cuerdas vocales. Lo que estaba escupiendo en esos momentos como un robot metálico y frío era lo que pensaba, sí, pero no eran las palabras adecuadas para expresarlo. Sin embargo, por más que tratara, era como si sus labios hubieran cobrado vida propia, su voz le hubiera sido arrebatada por otro ser y las oraciones brotaran a borbotones como lava en un volcán sin nada que pudiera detenerla – Eren… Tu madre murió hace más de 8 años, es normal que en algún punto de su vida, él quisiera encontrar otra pareja. No puedes exigirle que le sea fiel a un cadáver.
Una afonía agonizante siguió a su última declaración.
La había cagado y lo sabía.
- ¡¿Cómo puedes ser tan frío al respecto?! – empezó a gritar el castaño al otro lado del teléfono – ¡¿Quién mierdas te dio el derecho de referirme a mamá de esa forma?!
Bien. Mierda.
- Eren…
Debía detenerlo. Disculparse. Decir algo.
No podía.
Su cabeza dolía. Su mente era un amasijo de pensamientos y emociones entremezcladas.
No podía encontrar las palabras adecuadas.
- ¡No!, ¿sabes qué? Fui un idiota, no debí haberte hablado. – prosiguió exaltado Eren, inconsciente de la batalla que tenía lugar en la consciencia del abogado en esos momentos.
- ¡Eren! – logró apenas articular Levi.
Sus manos, la una hecha puño y la otra aferrándose a muerte a ese aparato en su oído temblaban.
Estaba perdiendo el control.
En su interior se revolvían la ira, la culpa, el dolor, la ansiedad y la compasión. No sabía qué hacer con todo lo que sentía.
- ¡No, claro que no! ¡¿Por qué recurrí al bastardo insensible al que le valen mierda las personas?! – siguió adelante Eren, destilando veneno en cada palabra escupida – Vamos, es decir, tienes el corazón de piedra, es tu trabajo. ¡Fui un completo tarado al hablarte a ti de entre todas las personas!
- …
Cállate…
- Debí suponer que no me entenderías, tú, un maldito huérfano que ha sobrevivido usando a los demás, que jamás tuvo una familia real.
¡Cállate!
- ¡Cállate!
- ¡No, no voy a callarme! ¿Sabes? En serio creí que teníamos esta conexión… – la voz le tembló, pero ni por ello detuvo su cadena de sandeces hirientes – …que tú podrías comprender como me siento, pero no, ¡NO! Te pones del lado del cretino de mi padre. ¡¿Cómo no la vi venir?! Si entre viejos se entienden, ¿no? Era obvio que lo apoyarías a él en vez de a mí. ¡Ugh! Te od–
¡CÁLLATE!
- ¡CIERRA EL HOCICO, EREN!
Explotó. Incapaz de contenerse un segundo más, Levi dejó que la furia tomara el control de sus acciones y explotó como una vieja mina olvidada en un parque de diversiones, arrasando con la felicidad y las vidas de todos.
- No sabes nada acerca de la vida. – empezó a gritar, valiéndole madres si todo el hospital lo escuchaba – ¿Te las quieres dar de experto? Bien, ¿qué sabes de tu padre? ¿alguna vez has tratado de entenderlo? ¿siquiera le preguntaste qué sintió después de que murió tu madre? ¿Algo? ¿Has mostrado algún interés por él, siquiera por gratitud? No, ¿verdad?
Afonía.
- Tú–
- No. – lo cortó antes de que pudiera modular algo más – No quiero más mierda de mocoso malcriado. ¿Sabes qué, niño? antes de estar hablando tanta basura de tu padre, dándote aires de experto en la vida cuando aún ni te sacas los pañales, deberías sentarte frente a él, conversar y averiguar sus motivos para querer casarse con esa mujer.
- No…
La voz al otro lado era apenas un susurro y Levi estaba consciente de ello, pero ahora que su lengua tenía rienda suelta, no había nada en la faz de la tierra que pudiera disuadirlo de cometer el error que estaba cometiendo.
Se estaba desquitando con Eren.
- ¿Por qué? ¿Tienes miedo? – prosiguió, igual de cortante e iracundo – ¿Miedo de que realmente sea una buena persona y haga feliz a tu padre? ¡¿Por qué, Eren?!
- No, cállate, no pienso–
Ah, ¿así que no pensaba escucharlo? ¡Pues bien!
- Bien. Entonces no tengo nada más que hablar contigo.
- ¿Qué?
- Madura un poco.
- No puedes estar hab– la voz de Eren era apenas un hilo, como si estuviera a punto de llorar, sin embargo ni siquiera eso impidió que Levi le colgara en sus narices – metafóricamente hablando –.
Tiró el móvil hasta los pies de la cama, su cuerpo entero vibrando de la rabia y la culpa.
Había sido un maldito hijo de perra y se había desquitado con un chiquillo inocente.
Se sintió gritar hasta quedar afónico, llorar hasta quedar seco y destrozar todo a su paso hasta quedar en la nada, más lo único que hizo fue ocultar el rostro entre sus palmas y suspirar rendido.
La había cagado y bien cagada.
Tibias gotas comenzaron a escurrir por entre sus dedos y aunque era consciente que estaba llorando, su mente no podía dilucidar el porqué. ¿Qué tanta relevancia debía tener una mísera e insulsa pelea con un mocoso al que ni siquiera había visto en fotos como para hacerlo sentir la mierda que se sentía?
Pronto unos espasmos apenas imperceptibles recorrieron su espalda y para cuando vino la realización, Levi estaba sollozando sin pudor.
No sólo le llegó de golpe el descubrimiento de su mortalidad, la aceptación verdadera de que iba a morir, de que jamás podría cumplir sus sueños o conocer los lugares que deseaba conocer, que nunca tendría un familia propia, con su sangre corriendo por venas ajenas, que nunca tendría una mascota o un jardín grande, que ninguna de esas nimiedades que hasta ese entonces no se había dado cuenta que deseaba y meramente daba por sentado que con el tiempo tendría se harían realidad; que sería sólo él en una fría y maloliente habitación de hospital por el resto de su miserable vida – si es que a eso se le podía llamar vivir –, que todas las cosas triviales como oler una flor, acariciar un gato extraño o simplemente salir a trotar ahora serían un imposible; que nunca encontraría el amor y que jamás conocería el agridulce sabor de amar sin restricciones… sino que también…
Justo en ese momento…
Aquella noche de finales de octubre…
En medio de un llanto desconsolado…
En la habitación 505…
Se dio cuenta de que le gustaba Eren Jaeger…
Las semanas siguientes a aquella fatídica noche pasaron volando.
Hanji había iniciado un tratamiento en base a unas nuevas drogas experimentales que de hecho le sentaron bien y le devolvieron parte de su vitalidad.
Debía realizarse transfusiones de sangre al menos tres veces a la semana para mantener su cuerpo funcionando ya que la suya propia estaba "envenenada" con el cáncer, sin embargo, como cualquier rutina en esta vida, pronto se hizo llevadero el tener que visitar el hospital oncológico cada dos días.
Sí, lo dieron de alta a la mitad de la segunda semana, pero Levi no pudo volver a su estilo de vida anterior. Los casos en los que estaba trabajando eran los últimos, Erwin no pensaba asignarle más al menos hasta que Hanji dijera que su condición había mejorado y no solo estabilizado, sin embargo si se le fue permitido asistir a la oficina a reunirse con sus tres clientes actuales y finiquitar sus respectivos casos.
Para cuando noviembre estaba a punto de acabar, sólo le restaba un cliente cuyo juicio sería llevado a cabo antes de mediados de diciembre.
En ese tiempo, Levi no había tenido ninguna recaída – por suerte –, tenía una nueva dieta y un sinfín de pastillas diarias que debía tomar sólo para tener un poco de color en sus mejillas, su energía era mínima y debía tomar un mínimo de dos siestas diario, sin mencionar que debía cuidar el doble de su salud y evitar hacerse cualquier moretón o cosa por el estilo. Sin embargo, no queriendo perder la costumbre y más por terco que otra cosa, cada noche al volver de la firma, trotaba al menos media hora.
Ni Erwin ni Hanji sabían eso, por supuesto.
En todo ese mes tampoco había vuelto a saber de Eren.
Después de ponerle nombre a esos extraños sentimientos que se albergaban en su pecho, decidió que lo más sabio era arrancarlos de raíz. No podía permitirse sentirse atraído por un mocoso que no sólo tenía la mitad de su edad y al que jamás le había visto la cara siquiera, sino también porque – aunque no lo admitiría jamás en voz alta – valoraba mucho más su pseudoamistad virtual.
Tenía la esperanza de que el chiquillo usara ese lapso para recapacitar y que eventualmente, volviera a él. No era por ser creído, pero sabía que así como el extrañaba sus conversaciones con Eren, Eren hacía lo propio. Estaba en la naturaleza humana aferrase a las costumbres y rutina.
Por ello, exactamente treinta días después de LA noche, no se sorprendió cuando su celular vibró con un nuevo mensaje de Eren Jaeger.
Mocoso: "Hey, anciano."
Niñato atrevido…
LA: "Hey, mocoso."
Mocoso: "Escucha… yo, realmente lo siento."
LA: "Te tomaste tu tiempo, ¿eh, niño?"
Mocoso: "Lo bueno siempre se hace esperar. ;)"
Un bufido y una sonrisa sincera surcaron los labios del pelinegro en ese momento.
LA: "Mocoso de mierda."
Al fin todo volvía a la normalidad.
Como cualquier enfermedad, la leucemia tenía sus altibajos. Un día Levi podía estar complemente bien, sentirse superman e invencible, y al momento siguiente podría estar siendo internado de urgencia en el hospital.
Esa mañana de abril era uno de esos malos días.
Levi había estado apaciblemente en su departamento, preparándose una infusión, cuando de un momento a otro su cabeza empezó a darle vueltas y una presión cada vez más grande se ejercía en su cráneo, al punto tal que creyó que le iba a explotar allí y entonces.
Cayó al piso con todo el peso de su cuerpo y se hizo un ovillo, tragando aire a borbotones y sin embargo éste no consiguió llegar hasta sus pulmones correctamente.
Desesperado, a sabiendas que en cualquier instante perdería la consciencia, se arrastró hasta su mesita de centro en la sala, donde reposaba tranquilo su móvil. En medio del camino sintió nuevamente el mareo y como todo se volvía borroso. Su cabeza era una bomba de tiempo a un paso de hacer explosión y sus fuerzas le eran drenadas a la velocidad de una botella siendo vaciada. Tenía los parpados cerrados y el último sorbo de consciencia para cuando tocó el teléfono y logró hacer los clics suficientes como para marcar el 7, número correspondiente a Hanji en la agenda rápida.
Luego todo fue negrura.
Cuando despertó tres ocasos después, Isabel y Farlan estaban al lado de su cama en aquella ya conocida habitación 505.
Nunca se había tomado la molestia de informarles de su condición, no porque no fueran lo suficientemente importantes como para decírselos, sino porque no quería preocuparlos y mucho menos que dejaran sus estudios y trabajo allá sólo para venir a lidiar con un enfermo.
Fue una mala idea.
No sólo tuvo que aguantar el llanto y los golpes sin fuerza en su pecho de parte de la ojiverde, sino que también la mirada acusadora y herida del blondo.
Sintió su pecho estrujarse y su interior temblar.
Había sido un completo cretino con su propia familia y les había ocultado una verdad inevitable.
¿Qué pensaba? ¡¿Que mágicamente se iba a curar y jamás tendría que contarles que tuvo leucemia?! ¡Qué Iluso!
Aquella tarde, en medio del llanto desconsolado de tres corazones, tuvo lugar la segunda reunión-reconciliación más dolorosa de aquellos rotos hermanos.
Una de las verdades acerca del cáncer es que no sólo te mata a ti, sino que también destroza todo a tu alrededor, incluyendo a tus personas queridas.
Levi descubrió esto días más tarde, cuando Hanji le dijo que deberían realizarle otro tipo de transfusiones, directo del cuerpo del donante al suyo – aunque en realidad igual debían pasar por una máquina intermedia que purificaba la sangre para recién insertarla en el cuerpo del ojigris –. Casualmente, entre la búsqueda de candidatos dispuestos a ceder casi 1/3 de la sangre total de su cuerpo, realizaron – a escondidas de Levi – exámenes a sus "hermanos", dando como compatible a Isabel Ackerman.
Una curiosa característica de la pequeña pelirroja ojiverde era su terquedad más potente que la de una mula, así que cuando los resultados indicaron que podía ser donante, ella no dudó ni un segundo, es más, exigió ser la primera en ayudar al tratamiento de su querido hermano mayor.
Hanji tenía sus dudas, pues aunque la chiquilla tenía 25 años – casi 26 recalcaba ella –, su menuda figura y delgadez no la hacían una candidata idónea. Todo esto podría, si no tenía el suficiente cuidado posterior, resultar en una ligera anemia para Isabel. Sin embargo, la pelirroja insistió tanto que al final la de lentes no tuvo más que rendirse y preparar las cosas para la transfusión.
Créanlo o no, Levi jamás se sintió más mierda que aquella tarde cuando vio a su querida hermanita recostarse en la cama de al lado, extender su brazo izquierdo y ser succionada a través de una enorme aguja. Nunca se sintió más asqueado, enfermo, dolido y triste de ver correr la sangre por aquellos tubos hasta una máquina que vaya a saber satanás qué función cumpliría para finalmente llegar hasta su vena principal y fluir por su débil cuerpo.
Las ganas de llorar, de golpear a media humanidad y gritarle a los cielos qué maldito crimen había cometido para merecer todo lo que estaba pasando, no le faltaron. Y es que, una cosa es verte en el espejo día a día, pálido, ojeroso, recubierto de manchas violáceas y amarillentas extrañas, pero algo muy distinto, algo que te cala hasta el alma y te taladra el pecho hasta romperte en dos es ver a tu niña, a la adoración de tus ojos, con el brazo cubierto en vendas, el rostro blanco como papel y una tenue sonrisa mientras te dice "todo estará bien" cundo evidentemente, no, no lo estará.
¿Por qué mierda Hanji lo permitió? Isabel era algo sagrado, era la bebé de esa familia y él el soporte. No debía ser así. Isabel no debería estar en esos momentos poniéndose de pie tambaleándose, apoyándose débilmente en Farlan para luego voltear y lanzarle una sonrisa llena de dolor, lástima y miedo. Isabel debería estar en Francia, feliz de la vida, trabajando en sus pinturas, estudiando idiomas y jugando hasta la madrugada mientras Farlan la regañaba.
Esto era simplemente innatural.
Una abominación.
Y sin embargo no podía hacer nada para detenerlo.
Ella era mayor de edad y podía tomar sus propias decisiones. Sabía que lo hacía con todo el amor del mundo, que sólo quería ayudar, pero aquello sólo rompía un poco más a Levi.
Sabía que al final sólo sería un vestigio, una fracción de lo que fue, pero no quería arrastrar a nadie en ese proceso. Si él se partía en diez mil fragmentos y era lanzado al viento, pues bien, ese era su destino y lo aceptaba, pero que sus seres amados resultaran lastimados en el proceso…
Era algo impensable.
No lo permitiría.
Así tuviera que alejarlos a todos…
Un 15 de abril entonces, cuando estaba en quizás la peor de sus noches leucémico, cuando lo único que quería era vomitar los medicamentos y morir de una maldita vez, acaeció.
En ese tiempo, todos esos meses desde la reconciliación, a pesar de su cáncer, Levi había logrado mantener una rutina con Eren Jaeger.
Desde las diez, sino antes, los mensajes empezaban y no paraban hasta que uno de los dos se quedara dormido.
En esos meses también, había logrado controlar su pequeña atracción por el ojiverde.
Sí, sabía que tenía los orbes verde aguamarina más hermosos que hubiera visto jamás, incluso más aún que los de Isabel porque, un par de lunas llenas atrás, había visto por primera vez en esos casi dos años, una fotografía de Eren.
Había sido una noche casual, donde la charla comenzó con un "Levi, mándame una foto tuya.", y había acabado con él pidiendo prestado el Facebook de Hanji y recorriendo una a una las fotos del mocoso.
Desde entonces había tenido uno que otro sueño con Eren, fantasías donde ellos dos se conocían en otras circunstancias, con otras edades y, de hecho, existía la posibilidad de un algo juntos, sin embargo, esas pequeñas burbujas imaginarias se quedaban como lo que eran: dimensiones imposibles, escapatorias temporales a su realidad.
Como fuera, todo estaba bajo control, él podría vivir lo que le restaba de vida sabiendo que esa insignificante atracción no era más que una ilusión, un enamoramiento pasajero y unilateral que no merecía siquiera ser sacado de sus pensamientos y expresado en voz alta.
Sí, Levi Ackerman había construido una sólida muralla alrededor de su corazón, aislando ese sentimiento extraño y dañino, encerrándolo en cuatro muros irrompibles para que muriera allí, como un tumor y no como una expansión, como un cáncer más recorriendo su ser.
Hasta ese 15 de abril.
Cuando una llamada…
Un te amo…
Rompió sus murallas.
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Notas:
*Christmas + birthday = Christ-b-mas-day (cuek)
*Me equivoqué en el primer capi y puse que el cumpleaños de Eren era el 30 de enero instead of el 30 de marzo, lo siento por ello pero no puedo corregirlo porque las fechas/meses son importantes.
Notas de la Autora:
Sé que soy una real basura por traer esto medio año después y lo siento mucho. No tengo perdón de Jebús. La verdad escribir esto me costó desde diciembre… y no sé, siento que igual no quedó tan hermoso como hubiera deseado pero no sé cuántas veces ya edité esto y es lo más cercano que podré llegar.
Muchísimas gracias a todos aquellos mensajes alentadores, la verdad no pensé que esto llegara al kokoro de tantas o.o es decir, yeah, quería hacer un angst pero cuando – tiempo después de subidos los dos capis – releí mi trabajo era como que meh.
Muchas gracias a Elizabeth por la música, y a todos los reviews arriba de ella porque, wow, un día de enero leí el de Elizabeth (y justo estaba enferma, supuestamente cargando al futuro mesías (?) y bam! review kilométrico y fue hermoso) y cuando me fijo de nuevo hace unos días, PAM! Nueve reviewses más y yo como…. WOW!
Gracias por la paciencia y a los reviews anteriores a ese igual. A los favs y follows.
Próx cap espero antes de marzo.
Traigan pañuelos porque inicié esta historia sólo para escribir el final :)
Las amo owo)/
