De: Masashi Kishimoto.
Reservados todos los derechos.
Estas son historias de ficción: la semejanza con situaciones o personas de la vida real son pura coincidencia.
—En seguida estará, no te impacientes —le dijo al inquieto guerrero que se removía en su silla —. La verdad es que el trabajo con Sasuke Uchiha podría clasificarse de todo menos de aburrido.
Vacío el contenido del pote en un plato para calentarlo en el microondas. Toda la papilla le salpico en el jersey.
—Debería ser yo la que llevara esto —le dijo a Suske, mientras le colocaba el babero—. Espérame aquí un segundo, que voy a buscar una silla.
En cuanto vio que Sakura desaparecía, comenzó a protestar abiertamente, en un tono ciertamente molesto.
—Hola, Sakura.
Era una voz femenina y familiar. Sakura se dio la vuelta y la vio. Era Karin, tremendamente sofisticada, con un imponente traje color rubí. Atravesaba la pequeña cocina con movimientos de una pantera y la mirada de un gato.
—Hola, Karin.
El olor a perfume caro lo llenó todo.
—¿Sasuke está en la oficina? —miro a Sakura de arriba abajo.
Sakura se tragó la mirada y respondió.
Suske no dejaba de llorar como un desaforado.
—¿Qué demonios pasa a aquí? Hola, Karin.
—¿Qué es lo que parece? —dijo Sakura con impaciencia. Por fin, agarró una silla y consiguió colocarla en su sitio—. Estoy re decorando la oficina.
Karin sonreía coquetamente a Sasuke mientras le murmuraba algo sobre ir a comer juntos.
Sakura se dio la vuelta, incapaz de contemplar el espectáculo con la firmeza que se precisaba.
Sasuke agarró la silla y la colocó junto a Suske.
—¡Siéntate! —le ordenó. Agarró a Suske y se lo puso en el regazo—. ¿Conseguirás que se calle ahora?
Sakura no respondió lo que habría deseado responder, pero lo miró con indignación.
Sasuke agarró el bote vacío del puré.
—¿Pollo con verduras? Es lo mismo que comió anoche.
—Esto no es un restaurante a la carta —había agarrado un pote al azar—. Es lo que había.
Sakura miró al pequeño con una sonrisa para compensar la tensión que se había creado. Los bebes eran muy sensibles a la atmósfera que los rodeaba. Se sentía un poco culpable del estado de tensión en que se hallaba.
—¡Cosita guapa!
Se había olvidado completamente de la mujer que la observaba desde el marco de la puerta. Sakura se dio cuenta de que su mirada no era precisamente amistosa. ¡Lo de cosita guapa iba referido al caballero de seis meses, no a su imponente tío!, o eso quiso pensar.
—Vamos, Suske —le dijo con suavidad. Pero la pequeña boca permanecía sellada.
Aquella era, sin duda, una actuación estelar para tan concurrida audiencia. Lo estaban poniendo nervioso, no cabía duda.
La mirada intensa y devastadora de Sasuke acompañada de la presencia inquietante de Karin estaban haciendo estragos en el orden disciplinario del bebé.
—¿Por qué no me dejas intentarlo? —murmuró Karin, en su sensual tono de siempre.
¿No podía estar hablando en serio? Pues sí.
Sakura se vio obligada a dejarle el asiento.
Karin agarró al niño que, inmediatamente, respondió con una sonrisa, abrió la boca y engulló con ganas la papilla.
¡Aquello sí que era el colmo! ¿Qué pasaba? ¿Es que él también tenía debilidad por las pelirrojas?
Sakura miró a Sasuke. Estaba apoyado en el fregadero, con los brazos cruzados, y totalmente absorto en el espectáculo que se estaba desarrollando frente a él.
No era de extrañar. Era como la imagen publicitaria de la perfecta madre y esposa, con Suske estratégicamente sentado en su regazo con el rostro angelicalmente iluminado.
—¿Me pasas el biberón, Sasuke?
Sakura se tensó al verle sonreír a la pelirroja.
En los últimos días, Suske había despertado en Sasuke un sentimiento paternal que seguramente, ni siquiera él sabia que existía. ¿Qué le decía aquella imagen?
—Sakura…
Suske, tan dulce y tierno, con su linda y perfecta cara, tenía cierto parecido con Karin. ¿Acaso se estaba imaginando a Sasuke casado con ella y con un bebé como aquél?
—¡Sakura!
Sakura alzó la mirada, La sonrisa de su jefe se había desvanecido.
—¡El teléfono!
Al darse cuenta de que el pitido del teléfono no paraba de sonar, salió a toda prisa.
—Sea quien sea, dile que le devolveré la llamada —dijo Sasuke, mientras ella desaparecía en dirección al despacho.
Descolgó el teléfono y atendió cortésmente la llamada.
Poco después ya estaba en la cocina de nuevo.
Al asomar la cabeza vio a Karin y a Sasuke riéndose juntos con relajada familiaridad. Suske participaba de la diversión.
—Era el señor Hyuuga —dijo ella, con una expresión sombría y contenida.
Sasuke alzó la mirada.
—¿Hiashi Hyuuga? —dijo él. La sonrisa se desvaneció—. ¿Y cómo no me has llamado inmediatamente?
Sakura se tensó.
—Porque me dijiste…
—¡Por Dios, Sakura! —la cortó en seco—. Seguro que puedes tener un poco de iniciativa de vez en cuando. Sabes perfectamente que me pasé todo el día de ayer tratando de localizarlo.
—¿Cómo iba a saberlo? –preguntó ella incisivamente—. Yo no estuve aquí.
Sasuke ya había desaparecido en dirección a la oficina. ¿Es que siempre había sido tan arbitrario, tan poco justo y tan difícil para trabajar?
Quizás tuviera razón, había llegado el momento de que buscara otro trabajo.
—Necesita que lo cambien —la voz de Karin interrumpió seca y desdeñosa en mitad de sus pensamientos.
—Desde luego que necesita algo —respondió Sakura, sorprendida de tener tan inesperado aliado.
Al volver la cara y ver la cara de Karin comprendió que no hablaba de Sasuke, sino de Suske. Aquel espectáculo le devolvió el sentido del humor.
Karin depositó al bebé en brazos de Sakura. ¿Ya no era tierno y adorable? Ocultó una sonrisa complacida y vio a la imponente mujer salir de la cocina y dirigirse al despacho de Sasuke.
Por cierto, llevaba una notable corrida en las pantimedias, lo cual no coordinaba con su aspecto impecable. ¿Debía decírselo? Mejor no. ¿Por qué darle ese disgusto?
Agarró al pequeño y se dirigieron al baño.
—Vamos a darnos un repaso los dos.
Lo cambió y lo limpió. Lo peinó y le puso colonia, para que estuviera impecable.
Luego siguió con ella misma. Se lavó la cara y se secó.
A pesar de los esfuerzos por hacer desaparecer las manchas de su jersey, no lo logró, Aún quedaba pruebas de que Suske había comido puré de pollo con verduras. Desde luego, nada que ver con la sofisticación de la competencia.
Se quito el lazo del pelo y se peinó, dejando que la densa mata de pelo le cayera sobre los hombros.
Solía ir a la peluquería a que le cortaran las puntas, pero lo había llevado igual desde la adolescencia. Tal vez, había llegado el momento de cambiar de estilo. Tal vez podría hacerse unas mechas rojas.
La idea le provocó una sonora carcajada.
Agarró al bebé y salió, justo a tiempo para ver a Sasuke y Karin entrando en el ascensor juntos.
¡Eso sí que era el colmo! Sin tener en cuenta ni a Suske ni a ella, había optado por irse a comer con Karin!
—¿Y qué se supone que debemos hacer nosotros? —miró al pequeño Suske que la observaba atentamente—. ¿Tendremos que quedarnos aquí unas cuantas horas hasta que el señor decida regresar?
Entró en su oficina, descolgó el teléfono y marcó un número ya habitual.
Al menos, podría haber tenido el detalle de decirle a dónde iba y cuándo pensaba regresar.
—¿Taxis Osuki?
—Hola Tayuya. Soy Sakura de Sharingan. ¿Podrías mandarme un taxi cuanto antes?
—Sí, un segundo…
Sakura miró al pequeño Suske. No lo comprendía ¿Es que Suske tampoco le importaba, es que tan sólo había sido la novedad lo que lo había hecho cambiar ligeramente durante unas horas?
—De acuerdo. Dentro de diez minutos llegará un taxi. ¿Para quién es? ¿Para ese jefe tuyo que está como un bombón helado?
Sakura no pudo evitar una sonrisa después de colgar el teléfono.
—Es una pena que el contenido no tenga nada que ver con el envoltorio —dijo Sakura mirando a Suske—. Aunque, a decir verdad, tampoco es que sea perfecto. La boca… la boca por ejemplo, cuando sonríe la tuerce.
Se levantó del escritorio y se dispuso a salir.
—Y casi siempre lleva el pelo demasiado largo —se pasaba la vida pidiéndole que reservara hora en la peluquería y nunca podía ir.
Pronto, se dio cuenta de que Suske se quedaba estaba absorto en algo. Era la puerta que se abría.
—¿Qué haces aquí? —preguntó ella sin pensar. La repentina aparición la había tomado totalmente por sorpresa.
—¿Cómo que qué hago aquí? Es mi oficina —respondió él fríamente.
—Pensé… —decidió centrar sus esfuerzos y su atención en Suske, para evitar la mirada de Sasuke.
¿Cuánto tiempo llevaba Sasuke en la puerta? ¿Habría oído alguno de los estúpidos comentarios que había hecho ella?
Frunció el ceño. Había algo en su mirada que la incitaba a desconfiar.
—¿Estás preparada? Voy por las llaves del coche —salió de la oficina.
—No hace falta que te molestes —dijo ella mientras se ponía el abrigo—. Ya he pedido un taxi.
Él se volvió realmente sorprendido por la noticia.
—¿Para qué?
—Porque no me parecía justo para Suske tenerlo esperando hasta que tú volvieras —dijo ella.
—Pero si estoy aquí.
—Ése no es el asunto.
—¿No? —la miró realmente confuso—. Entonces, ¿cuál es?
—Lo que ocurre es… —Sakura no sabía que decir. Tardó unos segundos, hasta que, por fin, descubrió qué le estaba pasando: celos.
No había pedido el taxi por Suske, sino por despecho. Tuvo que reconocerlo y, aquel mismo reconocimiento, la desconcertó por completo.
—El taxi está a punto de llegar —murmuró ella, desesperada por escapar de la insidiosa mirada de su interlocutor.
Agarró el cochecito y salió en dirección al ascensor.
Había visto a muchas mujeres pasar por la vida de Sasuke en los últimos dieciocho meses. ¿Por qué, entonces, estaba experimentando aquel terrible ataque de celos?
Sakura pulsó el botón.
Había llegado a auto convencerse de que era completamente inmune a los encantos de Sasuke Uchiha. Y, sin embargo, era realmente vulnerable.
Miró a Suske con una sonrisa dulce.
—Tú sabes que eres gran parte responsable de esto —le dijo.
Había sido, precisamente, ver el lado paternal de Sasuke lo que la había perturbado.
—No siempre me gusta el señor director de la empresa Sharingan —dijo ella—. El problema es que me encanta cuando es tu tío.
Ahí, precisamente, estaba el problema.
Una cosa era esa atracción física que muchas otras mujeres sentían por él. Pero, otra muy distinta, era ir más allá.
Por suerte, la recepcionista estaba enzarzada en una animosa conversación cuando pasó por delante de ella, lo que evitó el interrogatorio de turno sobre quien era Suske y cómo había caído en sus manos.
En cuanto salió, vio que el taxi paraba delante de ella.
El conductor la saludó, la ayudó a plegar la sillita y a meterse en el taxi.
—¿A dónde? —preguntó finalmente el hombre.
—A Sounth Slim, por favor.
—Al parque de Koi Norte —dijo una voz profunda al abrirse la puerta otra vez.
El tío de Suske se sentó junto a ella.
—Sí, señor —respondió el taxista, sin tener en cuenta la orden anterior.
Sakura estaba furiosa. Miraba al conductor, luego Sasuke, luego al conductor, luego a Sasuke.
¡Qué típico de él, darle una orden al taxista sin mediar ningún tipo de explicación!
Pero igualmente indignante era el modo en que el taxista había aceptado su orden sin rechistar.
—Deja de fruncir el ceño —le dijo él, con una sonrisa torcida—. Te van a salir arrugas horrorosas. Además, estas asustando a Suske.
Sakura lo ignoró por completo. ¿Cómo podía haber pensado seriamente que corría peligro de enamorarse de aquel hombre?
De acuerdo, podía ser que tuviera un punto tierno con su sobrino, pero el resto del tiempo… Estaba realmente harta de su arrogancia, de su frialdad, de no significar nada.
—¡Por favor, Sakura, cómete un sándwich! —le dijo Sasuke—. Te pones de muy mal humor cuando tienes hambre.
¡De mal humor! ¿Cómo quería que estuviera, bailando conga? No sería por meritos de él.
¿Y qué quería decir con eso de "cómete un sándwich"?
Miró el paquete que había depositado en el asiento.
—¿Has secuestrado el taxi porque quieres irte de picnic en pleno mes de diciembre?
—Suske necesitaba aire fresco. Ayer se pasó todo el día encerrado en casa —dijo él en un tono reprobatorio.
Sakura abrió la boca para defenderse, pero no emitió sonido alguno. No iba a caer en la trampa otra vez.
De algún modo, le sorprendió gratamente que Sasuke hubiera elegido la compañía de un bebe y la suya para compartir la comida. Sobre todo, teniendo en cuenta cuál era la otra pelirroja alternativa.
—Son iguales —murmuró él.
—¿Las mujeres? —preguntó Sakura sin pensar ¿Es que ya se había cansado de Karin, tal y como se había cansado de todas sus predecesoras? Sin saber por qué, sintió cierta lástima por ella.
—¿Cómo?
—¡Ah! Te referías a los sándwiches.
Sasuke la miraba perplejo.
—¡Muy democrático! —añadió ella.
—Práctico. Así no podrás discutir sobre que sándwich quieres.
Sakura lo miró de reojo.
—¿Sabes por qué te contrate? —le pregunto—. No fue porque me pareciera que estuvieras más calificada que las demás candidatas, sino porque pensé que eras pacífica.
—¿Quieres decir que me contrataste porque creías que sería devota y fiel, como un ratoncito que iría detrás de ti sin protestar jamás durante los próximos cuarenta años? —pregunto Sakura. Eso era lo que había sido durante los primeros meses, un ridículo ratoncito, eficiente y obediente.
—¡Naturalmente! La perfecta secretaria —respondió él con una mueca—. ¿Me puedes explicar cómo has podido salirme así?
—¿Buena suerte, lo llamaríamos? —sugirió Sakura, en espera de algún comentario insidioso por parte de él. Pero no hubo respuesta.
¿A qué se debía aquel silencio? ¿Era acaso el reconocimiento táctico de su buen trabajo, de su eficiencia?
¡Ya era hora de que lo hiciera explicito!
Miró la bolsa que salía de su bolsillo.
—¿Migas de pan? —preguntó.
—Para los patos —respondió él.
—Claro, por supuesto —¿qué otra cosa podía llevar el presidente de Sharingan en su bolsillo de su carísimo abrigo?
—Mira a tu derecha, Suske, ése es un árbol de cerezo —dijo Sasuke.
Pero Suske parecía mucho más entretenido con su dedo pulgar de lo que jamás podría estarlo con un árbol.
—Me temo que todavía no tiene ni la más ligera idea de cuál es su derecha y cuál es su izquierda —le aclaró Sakura a Sasuke, mientras éste abría la puerta.
Le subió la cremallera del abrigo a Suske y, juntos, salieron del taxi.
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—¡Dejen comer a los demás! —Sakura reprendió a dos coloridos patos que no permitían a los demás probar bocado. Se retiró el pelo y miró a Sasuke.
—Tira el pan al agua —le dijo a su sobrino.
Suske miró el pan que tenía, lo inspeccionó unos segundos y optó por metérselo en la boca.
Sakura sonrió.
Se volvió y admiro el paisaje. El parque era muy hermoso, rodeado por un lago. Giro y admiro el resto del entorno. Todavía no había tenido tiempo de conocer Tokio como era debido. Pero tampoco había tenido la oportunidad de hacerlo. La mayor parte de sus fines de semana se los había pasado trabajando para Sasuke.
—Queda un sándwich —murmuró ella.
—¿La mitad para cada uno? —preguntó Sasuke—. A menos que te sientas totalmente altruista hoy.
—No —dijo ella alegremente, mientras partía en dos el sándwich restante.
Aquella era una situación francamente curiosa.
¿Qué hacía paseando por el parque a aquellas horas, con el presidente de una gran empresa vestido con un traje inmaculado y empujando un cochecito con un bebé dentro?
Pero lo más extraño era que se sentía totalmente cómoda y relajada. No recordaba haberse sentido así nunca. La compañía de Sasuke era más que agradable.
Con una sonrisa en los labios, vio cómo dos mujeres de mediana edad se volvían a su paso. ¿Es que no había mujer que se resistiera a él?
La ligera brisa procedente del lago le revolvió el pelo.
—Parece que necesito un buen corte de pelo —dijo él—. Como suele ocurrirme siempre.
Ella sonrío perturbada por el descubrimiento. Efectivamente, había estado escuchando sus comentarios.
—Mira, Suske, esos patos vienen hacia nosotros —Sakura metió la mano en el bolsillo y sacó las migas.
Suske bostezó.
—Creo que habría preferido que lo lleváramos a un museo —le explicó Sasuke.
—O a la bolsa de Tokio, o al parlamento —añadió Sakura después de tirar un puñado de pan a los patos.
—No había hecho esto desde hacía años —dijo Sasuke. Los ojos le brillaban de un modo muy especial—. Es realmente terapéutico.
¡Terapéutico! Vaya, así que el gran Sasuke Uchiha iba a resultar humano y todo. ¿Acaso la presión de llevar una gran empresa podía con él? ¿Se sentía indirectamente responsable del sueldo de cientos de personas?
Sakura miró su perfil anguloso y firme. No, no tenía miedo.
Pero sí era cierto que Suske le había removido algo dentro.
Sakura sintió una ráfaga de frío y decidió comprobar que el bebé estaba bien abrigado.
—Con eso que lleva puesto podría sobrevivir a los fríos de la Antártida —dijo Sasuke—. ¿Te apetecería un té?
—Y un buen trozo de pastel —dijo Sakura con una entusiasmada sonrisa. Pero no sabía por que razón la propuesta la había hecho particularmente feliz.
No quería que aquella tarde terminara nunca.
Bien, eh acabado lo antes posible.
Pero me temo que el siguiente capitulo tardara un poco por motivos de tiempo, vacaciones etc etc.
Gracias de ante mano por su espera y su comprensión y por sus Reviews, créanme cada uno de ellos me hace muy feliz.
