¡Volví!

Sé que las disculpas no serán de mucha ayuda debido al tiempo que ha pasado, así que nos les quito más tiempo y a leer

Reservados todos los derechos.

Estas son historias de ficción: la semejanza con situaciones o personas de la vida real son pura coincidencia.


La expresión fue fugas, unos segundos, pero se quedaron escritos como si hubieran estado labrados por fuego.

—Está empezando a hacer frio —dijo él de pronto—. ¿Entramos?

Ella asintió, incapaz de formular palabra.

Desde el dormitorio lo vio cerrar las ventanas.

Recorrió su espalda con la mirada; era fuerte, compacta.

En cuanto se dio cuenta de lo que estaba haciendo, se dio media vuelta y se dirigió al salón. Allí, agarró la bandeja.

En ese instante, Sasuke entraba por la puerta.

—Voy a preparar el biberón de Suske.

Al entrar en la cocina respiró profundamente.

Oyó a Sasuke hacer algo, pero no sabía muy bien qué.

Al asomarse por la puerta, lo vio con una bolsa de deportes.

—Me bajo al gimnasio —dijo él.

—¿A estas horas? —preguntó ella, sorprendida.

—Seguramente estará muy tranquilo —se encogió de hombros, se dio media vuelta y desapareció.

¿Acaso era parte de su rutina?

Sin duda, Sasuke Uchiha tenía un cuerpo muy bien trabajado. Pero, por algún motivo, algo le decía que no era un maniático del ejercicio.

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Sakura miró a través del cristal de la puerta del gimnasio. Desde luego que por la noche debía de estar completamente vacío, pues a aquellas horas de la tarde también lo estaba.

Continuó andando por el pasillo, con el cochecito de Suske delante de ella, hasta llegar a los vestuarios.

Seguía sin haber nadie.

—Parece que vamos a tener la piscina para nosotros solos— le murmuró Sakura a su diminuto acompañante.

Durante toda la mañana, hasta que Sasuke se había marchado a Sharingan, Sakura había estado trabajando en la oficina.

Tenía que admitir que no había sido una mañana muy productiva, pues su capacidad de concentración estaba reducida al mínimo. Por suerte, Sasuke no había estado tampoco en su mejor momento, por lo que no le había hecho reproche alguno sobre su estado de obnubilación y despiste.

—Vamos a aprovechar que el gato se ha ido a cazar a otro lado, ¿eh? —le dijo a Suske.

Eligió una taquilla. Se puso el bañador negro de dos piezas y le puso a Suske un salvavidas.

—¿Ya estamos preparados? Pues al agua —sonrió al pequeño.

Con él en brazos, salió a la piscina con mucho cuidado de no resbalarse.

—El color te queda muy bien.

Pero, de pronto, se quedo paralizada. No estaban solos. Una figura enorme, monumental, atravesaba el agua en dirección hacia ellos dos.

¿Qué demonios estaba haciendo allí Sasuke? ¿No se suponía que debía de estar en la oficina, a kilómetros de distancia de allí?

Su cuerpo se movía por el agua con una agilidad envidiable.

Llegó hasta el borde de la piscina y salió.

Se quedó allí, de pie ante ella, su escultural cuerpo completamente empapado.

—Vi tu nota al llegar —dijo él—. Supongo que te acababas de marchar cuando yo llegué.

Sakura apenas si podía escuchar lo que le estaba diciendo. La imagen de aquel torso blanquecino y musculoso era demasiado impactante como para que no causara un efecto devastador en ella.

Las pequeñas gotas del líquido elemento se deslizaban provocadoramente por su piel tersa. Una traviesa gota descendió hasta más abajo del pecho y se ocultaba, sugerentemente, en el bañador.

¡Y allí estaba ella, como una necia, como una adolecente dominada por sus hormonas!

Pero, de pronto, se dio cuenta de que Sasuke también la miraba a ella con igual o más intensidad.

¡Estaba admirando su cuerpo, sus curvas bien dibujadas!

Sintió que todo el cuerpo se le tensaba. Le daba la impresión de que había quedado desnuda.

Reaccionó rápidamente. Le quitó a Suske el pequeño albornoz que lo cubría, le pasó el bebé a Sasuke y se metió en el agua.

Sasuke le tendió a Suske, que comenzó a chapotear en el agua con entusiasmo.

Era imposible quedar inmune a los encantos del pequeño. Sakura no pudo por menos que esbozar una sonrisa al verlo reír.

Sasuke se metió entonces al agua.

—Nada un poco, si quieres —le dijo él.

Ella obedeció sin demora. Se hizo varios largos y, finalmente, se unió a ellos.

Entonces, se ocupó de Suske, mientras Sasuke nadaba.

Sakura siempre se había considerado una buena nadadora, pero no había duda de que a todo había quién ganara.

Era un verdadero espectáculo ver aquel inmenso cuerpo, aquellas piernas largas, deslizándose con tanta soltura por el agua.

—Yo creo que ya ha sido suficiente para Suske —le dijo en cuanto llegó a su lado.

Sakura pensó que Sasuke iba a optar por quedarse un rato más en la piscina. Pero no fue así. Optó por salir con ella y dirigirse a los vestuarios.

—¿A qué hora te marchas esta noche?

Sakura se quedó en blanco durante unos segundos y, de pronto, se acordó. ¡Tenía una cita con Sai!

—A eso de las siete —necesitaba tiempo para atravesar toda la cuidad.

Habría tenido más sentido haber quedado cerca de la casa de Sasuke, pero no quería tener que darle explicaciones a nadie.

Además, así aprovecharía para comprobar que todo estaba en orden en su casa y para recoger el correo.

—¿Sai tiene coche?

—No, que yo sepa —¿a qué venía aquella pregunta? Sakura lo miró interrogante.

—No vuelvas en el metro, por favor. Llama un taxi.

Sakura asintió. Hacía mucho tiempo que nadie se preocupaba por ella. Por supuesto, ya había decidido volver en taxi. Pero eso era lo de menos. Lo importante era que él le había rogado que lo hiciera.

Dio de cenar a Suske y lo preparó para meterlo en la cama. Tomó al pequeño en brazos y se lo llevó a su tío para que le diera las buenas noches. Sasuke se había metido en su oficina y la puerta estaba cerrada.

Llamó a la puerta y entró. Sasuke estaba sentado, con las manos en la nuca y la mirada perdida en la pared de enfrente. Parecía completamente ausente.

—¿Sasuke?

—¿Sí? —respondió él, completamente fuera de este mundo. De pronto, se dio cuenta de que lo miraban. Dio un respingo y se puso de pie—. ¿Ya está preparado para ir a la cama? No me había dado cuenta de que fuera tan tarde.

—Es increíble cómo pasa el tiempo cuando uno está ocupado… —Sakura ocultó una sonrisa burlona.

—Buenas noches, campeón.

Suske se metió el dedo en la boca, mientras los párpados subían y bajaban.

Sakura lo abrazó con fuerza.

—Casi se queda dormido con el biberón.

—Los niños de hoy no tienen aguante —dijo Sasuke, mientras la acompañaba al dormitorio de Suske.

Al salir, se quedó mirando la bolsa de deportes que aún estaba en el suelo.

—¿Por qué bajas al gimnasio de noche?

Él la miro perplejo.

—Porque no hay gente.

—Ya…

Él hizo una mueca.

—Siempre suelo ir al gimnasio de noche, es más tranquilo —le aclaró—. Por suerte, para cuando bajo no está aquella anciana la cual tiene una intimidante obsesión por mí.

Sakura rio.

No quería salir con Sai, no quería ir a ningún sitio, Lo único que quería era estar allí. ¿Sería realmente cruel llamar a Sai y cancelar la cita? Seguramente le daría lo mismo. Después de todo, no eran más que amigos.

En ese momento, sonó el teléfono.

—Debe de ser Karin —murmuró Sasuke.

Sakura no quiso saber si era o no. Se dio media vuelta y se dirigió a la habitación de Suske. ¡Era una completa idiota! ¿Cómo no se le había ocurrido pensar que, realmente, Sasuke debía de estar ansioso por tener una noche de intimidad?

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—¿Más café?

—No, gracias —Sakura sonrió al hombre que estaba sentado frente a ella.

Se sentía relajada y contenta. Había sido una velada realmente agradable.

Sai era un hombre atractivo y alegre.

El encuentro había sido mucho más agradable de lo que ella había esperado.

—¿Nos vamos?

—Será mejor que sí, si no me voy a quedar dormida aquí mismo —respondió ella.

—¿Así de estimulante es mi conversación? —dijo él con sorna, mientras llamaba al camarero.

Sakura sonrió. Era un hombre realmente agradable, era imposible que a alguien no le gustara. ¡Tan diferente a Sasuke!

¡Vaya! Se había prometido a sí misma que borraría la imagen de Sasuke de su cabeza. Bueno, no solo la imagen, sino la idea de él.

Antes de marcharse de la casa, había asomado la cabeza para despedirse. Sasuke, que estaba sentado junto a Karin, se había limitado a una correcta y escueta despedida.

Después de pagar la cuenta entre los dos, por insistencia, o más bien pesadez, de ella, Sai se ofreció a acompañarla hasta su casa.

La agarró tímidamente de la mano y así caminaron hasta el portal.

—Buenas noches y gracias —dijo ella con una amplia sonrisa. El beso de despedida no causó nada extraordinario en ella, más allá de un ligero cosquilleo en los labios.

Al entrar en su casa no sabía si sentirse aliviada o preocupada por su falta de respuesta. Lo había despedido con total indiferencia y sin mayor ilusión por volver a verlo.

Era muy simpático, pero no quería que su relación prosperara.

Abrió la puerta de su piso y recogió el correo acumulado.

Había dos tarjetas de Navidad y un montón de facturas y cartas publicitarias.

Las dejó en la mesa que había en el recibidor y fue al salón para llamar a un taxi.

Después de colgar, pasó a la habitación. El silencio era ensordecedor. Volvió al salón y se sentó en el sofá. Miró de un lado a otro de la habitación en la que estaba. De pronto le parecía fría y hueca.

Frunció el ceño. ¿Por qué? Le gustaba su casa y estaba orgullosa de todo el trabajo que había puesto en ella.

Al sonar el teléfono, se sintió como si acabaran de rescatarla.

Cerró la puerta con llave y bajó.

Era como una repetición de lo que había ocurrido aquella primera noche: el taxi, la casa de Sasuke. Sólo que, esta vez, todo le resultaba familiar y cercano. Un escalofrió la recorrió de arriba abajo.

Subió en el ascensor y, justo antes de abrir la puerta, se preguntó si estaría ya dormido.

¿Cómo podía ocurrirle aquello? Un hombre tremendamente atractivo acababa de darle un beso de buenas noches y todavía se le aceleraba el pulso al pensar que podría ver a Sasuke unos segundos antes de irse a dormir.

No había sido la idea de vivir en la casa de Sasuke otra semana lo que la había asustado, sino la idea de que tendría un final. Cuanto más tiempo permaneciera allí, más dura sería la partida.

Metió la llave en la cerradura, entró y cerró lentamente la puerta.

Había dejado encendida la luz del recibidor.

Él ya se había ido a la cama.

Se quitó el abrigo y, mientras lo colgaba, notó el olor a perfume caro que siempre iba dejando Karin.

De pronto, se tensó. ¡Cómo no se le había ocurrido pensarlo antes! Tal vez, Karin también estaba durmiendo allí.

En silencio, Sakura se dirigió a su habitación.

Cerró la puerta, se cambio de ropa y se metió en la cama.

Allí se quedó, con los ojos fijos en el techo y sin poder conciliar el sueño.

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—Pero Suske, ¿qué te pasa? —le preguntó Sakura y miró preocupada al pequeño que lloraba con cierta desesperación.

Sakura bostezó, miró el reloj. Eran la una y media de la madrugada.

En contra de lo que había pensaba, debía de haberse quedado dormida.

—No puede ser que tengas hambre —dijo ella.

Tal vez, a Sasuke se le había olvidado darle el último biberón.

En cuanto se calmara, iría a prepararle un biberón.

Pronto se calló. Lo dejó suavemente en su cuna y se dirigió hacia la puerta. Pero, en cuanto se alejó empezó a llorar otra vez.

Volvió y lo tomó en brazos.

En ese momento, entró Sasuke por la puerta.

Llevaba, por todo atuendo, una toalla Azul enrolladla a la cintura.

—¿Qué te pasa, Suske? —murmuró él suavemente.

¿Es que aquel hombre no tenía pijamas? Sakura sintió, una vez más, un desconcertante nudo en el estómago. La tersura de su piel, el torso musculoso, la espalda ancha y bien proporcionada con lo que se intuía como unos glúteos apretados.

—¿Le has dado algún tipo de analgésico? —le preguntó él. Su mirada era de pocos amigos. Insistió con un tono sarcástico y desagradable—. Paracetamol. Seguramente son los dientes.

Ella miró al pequeño. ¿Cómo no se le había ocurrido pensarlo? De pronto, se sintió completamente inadecuada. Sasuke debió haber contratado a una niñera profesional, habría sido mucho mejor para todos.

—En el armario de la cocina hay un bote. No hace falta cuchara, lleva un cuenta gotas. Léete el prospecto para saber cuánto hay que darle —en la penumbra del dormitorio sus ojos negros brillaban peligrosamente.

—Voy —dijo ella pero no se movió. No tenía ningún derecho a hablarle en un tono acusador, Ya le había advertido de que no sabía nada de bebés, y no había tenido ni siquiera la versión directa de los consejos de la madre.

Sasuke se acercó a recoger al bebé que estaba en brazos de Sakura. Su aroma a jabón y a hombre la dejó con un desconcierto aún mayor. ¿Cómo podía tener sentimientos tan confusos?

—Y, por favor, vete a poner algo encima.

Aquello sí que la dejó sin habla. Lo miro con total frialdad por encima del hombro. ¿Cómo demonios se atrevía a censurarla de aquel modo? El camisón que llevaba era excesivamente recatado. Se lo había regalado su tía las navidades pasadas y parecía sacado de una novela decimonónica. ¡Mucho menos provocador que la maldita toalla que llevaba él!

—¡Es completamente trasparente! —añadió él con verdadera rabia.

¿Qué? Mortificada, se dio media vuelta y salió de la habitación en dirección a su dormitorio. Instintivamente, miró su reflejo con la luz procedente del pasillo. ¿Trasparente? ¿A qué se refería con transparente? Sólo se intuía, ligeramente, el dibujo de sus curvas. No se entendía por qué, de pronto, Sasuke se había vuelto como un ministro victoriano.

Sacó una bata y se la puso.

Mientras se dirigía a la cocina, vio entreabierta la puerta de Sasuke. No pudo contener la curiosidad y asomó tímidamente la cabeza.

Sakura respiró profundamente. Bueno, al menos no tendría que ver a Karin durante el desayuno y fingir una simpatía que no sentía.

Abrió el armario y vio un frasco de paracetamol infantil. Estaba semioculto entre un montón de latas. ¿No podría haberlo dejado en un lugar más visible? Le habría costado encontrarlo de no haber sabido dónde estaba.

Volvió a la habitación del pequeño.

Allí seguía él, con el pequeño en brazos, su monumental espalda hacia ella y la toalla azul en contraste con su piel pálida.

Se volvió al oírla entrar.

El pequeño estaba profundamente dormido en sus brazos.

Lo dejó en su cuna y no se despertó.

—Buenas noches —dijo Sakura y, sin esperar respuesta, se dio media vuelta y salió de allí.

Resistió la tentación de volverse a mirar hasta que llegó a su puerta. Sólo entonces giró la cabeza y vio que Sasuke no se metía en su dormitorio, sino en su estudio. ¿Se iba a poner a trabajar? Aquel hombre era impredecible. Bueno, siempre y cuando no esperara a que ella lo acompañara…

Se metió en su dormitorio y cerró la puerta.

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—Léeme el último párrafo, por favor, Sakura —le pidió Sasuke con su habitual modo imperativo.

Ella respiró profundamente, y trasladó a palabras sus notas taquigráficas.

—¡Demonios, Sakura! —dijo él—. ¡Esa última frase no tiene ningún sentido. Está completamente fuera de contexto.

Sakura apretó los dientes y contuvo la rabia.

Tampoco había tenido sentido cuando él se la había dicho, pero ella se había guardado mucho de hacerlo patente.

Lo miró de reojo. Tenía el rostro cansado.

¿Habría dormido bien? Ya estaba en la oficina cuando Suske y ella se levantaron.

Probablemente, si ni siquiera se había metido en la cama después de la última vez que lo había visto entrar en su estudio.

Lo más probable era que se hubiera duchado y vestido para ir a la oficina, sin haber dormido.

¿Qué demonios sería tan importante como no dejarlo estar unas horas?

No estaba dispuesta a simpatizar con su estado anímico, ni con esa causa perdida que le había causado tan agotador insomnio.

Fuera cual fuera la causa de su furia, ella era el chivo expiatorio.

Suske estaba sobre la alfombra, donde Sakura había colocado la manta de granja que tanto le gustaba.

Sakura agarró el lápiz y escribió lo que Sasuke le dictaba. Su estilo, habitualmente fluido y correcto, resultaba entrecortado e incongruente aquella mañana.

Lo miró una vez más ante una pausa inoportuna. Iba vestido de modo informal, con unos vaqueros y una camisa negra totalmente adecuada a su estado anímico.

Aparentemente, tenía intenciones de trabajar desde casa todo el día.

—¿Has pasado las minutas de la reunión de ayer a el ordenador? —le preguntó.

Sakura no se molestó en responder. Él sabía perfectamente que no, a menos que hubiera esperado que se levantara en mitad de la noche para hacerlo.

—También hay que revisar el correo —le dijo, refiriéndose a la pila de cartas que había acumuladas sobre la mesa—. Quizás deberías empezar con eso.

Decidió que era más seguro no contestar, así que se limitó a asentir con la cabeza.

Sakura comenzó a abrir los sobres y dividió las cartas en dos pilas, como solía hacer.

—Quiero ver un borrador de todas las cartas de respuesta antes de imprimir la definitiva.

¡Aquello era realmente inaudito! ¿A qué venía aquella necesidad repentina de controlarlo absolutamente todo? No tenía lógica.

Algunas cartas requerían una respuesta, meramente mecánica, eran confirmaciones a reuniones, reservas de hoteles, itinerarios de viajes. Lo que ella solía hacer con los ojos cerrados.

Apretó los labios, Se sentía tensa y desconcertada.

Sasuke era realmente duro como jefe, pero siempre había sido razonable.

Además, Sakura apreciaba su trabajo porque le permitía un alto grado de iniciativa y no tenía que perder el tiempo esperando a que él diera su visto bueno.

De pronto, parecía estar cuestionándose su competencia en coordinar el correo.

Sakura miró a Suske. Estaba tumbado boca arriba y admiraba un sol que colgaba sobre su cabeza. Parecía realmente relajado y contento. Sakura sonrió.

Encendió el ordenador y comenzó a escribir las cartas que Sasuke le había dictado. Dos de las frases necesitaban corrección. Puso el cursor sobre la palabra inicial, selecciono y borró. ¡Había suprimido todo el párrafo!

¿Cómo se iba a poder concentrar con Sasuke dando paseos de arriba abajo como un gato encerrado?

Giró la cabeza y lo miró.

Parecía frío y remoto, absorto en sus pensamientos. Había hielo en su mirada y tenía los labios apretados, sellados y creando una línea tensa.

Resultaba imposible llegar a creer que ese rostro pudiera dibujar jamás dibujar una sonrisa, reflejar la calidez de la simparía que ella había visto en el parque.

Sakura no dejaba de observarlo. ¿Cómo podía cambiar tan radicalmente de un día para otro?

Realmente, la pregunta era absurda, porque Sasuke Uchiha podía cambiar en cuestión de segundos.

En cualquier caso, su estado de ánimo ni había sido tan impredecible al principio. Aquello sólo le ocurría desde hacía unos meses.

—No te pago para que te quedes dormida en el trabajo —protestó él.

Sakura centró su atención en la pantalla, mientras sus dedos se movían mecánicamente a toda velocidad. Estaba furiosa, realmente furiosa y desconcertada.

"Pero que no dejes que te afecte, no dejes que te hiera", se dijo a sí misma.

¡Fácil de decir, imposible de hacer! ¡Habría necesitado anestesia para obviar el dolor que su actitud le causaba!

De pronto, parecía querer hacer patente que su papel allí era meramente el de una empleada a la que se le pagaba por hacer un trabajo. Cualquier familiaridad era gratuita y en ningún caso bienvenida. Aún más, parecía querer dejar en claro que la relación que se había establecido entre ellos en sus días pasados era inadecuada.

—Supongo que mi salario reflejara el incremento de horas extras —dijo ella con fingida frialdad.

—Por supuesto —respondía él.

Se retaron con la mirada. Ella se dio la vuelta y continuó con su tarea.

Así que eso era lo que estaba ocurriendo. Estaba marcando cuál era su status y dónde estaban las barreras que no se debían saltar.

A las doce en punto, Sakura apago el ordenador, se levantó y se dirigió al escritorio de Sasuke. Allí, dejó las cartas sin reverencias.

—No has terminado todas.

—No —ni pensaba hacerlo. No estaba dispuesta a pesarse el fin de semana encerrada en su despacho—. Es la hora de la comida de Suske y esta tarde lo voy a sacar a dar un paseo. Si quieres le puedo explicar que hay correo pendiente, a ver qué opina.

La miró desafiante.

—Si te organizaras mejor el tiempo, podrías hacerlo todo —dijo él con total frialdad—. No se crearían conflictos entre una cosa y la otra.

Bajó la mirada hacia los papeles que tenía en frente en un gesto de desprecio.

Sakura se quedó inmóvil durante unos segundos, con los ojos fijos en aquella cabeza de cabellos negros y desordenados.

Si él tenía un carácter cambiante, ella también, porque, en aquel instante, lo único que habría deseado habría sido salir de aquella casa y no volver a saber nada de Sasuke Uchiha en toda su vida.

Tomó a Suske en brazos y se dirigió hacia la puerta.

Antes de salir, volvió la cabeza y lo vio, allí, sentado.

Lo había pillado por sorpresa y, por primera vez en aquella mañana, su gesto había sido sincero.

Como si de un espejo se tratara, Sakura vio en su rostro alivio, el mismo que ella sentía de saber que en pocos minutos no estarían en la misma habitación.

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—Si a tu tío le resulta tan difícil tenerme en su casa ¿Por qué me pidió que me quedara? —murmuró Sakura, mientras empujaba el cochecito—. En lugar de ponerse así, debería admitir que ha cometido un error y que es muy difícil que vivamos bajo el mismo techo.

Al fin y al cabo, ella también sentía la presión y no se dedicaba a dejar que el malhumor lo arruinara todo.

—Si es así como se siente, ¿por qué me pidió que me quedara? —dijo al pequeño curioso que la miraba con los ojos bien abiertos—. Bueno, lo de "me pidió" es un modo de hablar.

Suske protesto.

—No te lo estarás tomando en serio, ¿verdad?

El pequeño agitó las manos en el aire.

—De acuerdo, de acuerdo… —Sakura lo miró con ternura infinita y tuvo que reprimir el deseo de agarrarlo y estrecharlo entre sus brazos.

A pesar de todo, la situación tenía sus compensaciones.

Sakura respiró profundamente. Tenía que calmarse.

—Te prometo que el asunto Sasuke Uchiha se da por zanjado.

No iba a mencionar su nombre otra vez, ni a pensar en él durante, al menos, cinco minutos.

Sonrío. ¿Se lo estaba imaginando o había, de verdad, un gesto de alivio en el pequeño rostro de Suske?

Miró el reloj.

—Es hora de que regresemos a casa —se detuvo en mitad del parque y miró de un lado para otro—. No tengo idea de por dónde hemos venido.

Su ansiosa huida la había llevado a olvidar hacia dónde se dirigía.

Sakura soltó una carcajada al imaginarse la posible reacción de Sasuke ante una confesión como aquélla.

Al salir del parque, reconoció el camino de vuelta.

—Es por allí, la primera calle a la derecha —dijo en alto y se puso de camino, dando gracias de que su estado de obnubilación no hubiera sido tan profundo como ella había creído.

Según se iba aproximando a la casa, el nerviosismo y la ansiedad se iban apoderando de ella. La misma urgencia que la había incitado a huir de la casa, la incitaba a apresurarse a llegar al piso. Necesitaba la desconcertante presencia de Sasuke a su lado.

Pero en cuanto abrió la puerta, supo que no estaba. No sólo por el silencio que lo inundaba todo. Había algo intangible que le decía que Sasuke se había marchado, una especie de vacío que le provocaba vértigo.

Colgó el abrigo y tomó en brazos al pequeño Suske.

Bueno, tal y como estaba su estado de ánimo, sin duda era mejor que no estuviera allí. Eso le daría un poco más de tiempo para que sus emociones se estabilizaran y dejaran de danzar de arriba a abajo.

Miro la mesa. Bien, estaba claro que Sasuke no tenía ninguna obligación de decirle a dónde había ido, pero sí podría haber dejado una nota con la hora a la que pensaba regresar.

Preparó la merienda y se la dio a Suske.

Lo limpió y, casi sin darse cuenta, el niño quedó plácidamente dormido en sus brazos.

Lo llevó a su dormitorio y lo acostó.

No había ni salido del cuarto, cuando el timbre del telefonillo sonó.

—¿Si?

—Ábreme la puerta, por favor, Sakura —le pidió una voz profunda.

Sakura miró el intercomunicador.

—¿Por qué no usas tu llave? —preguntó retóricamente, mientras pulsaba el botón de apertura. No entendía nada. De pronto, se le olvidaban las llaves, estaba desconcentrado e irritable…

Se dirigió a la habitación, se quitó el grueso jersey azul que llevaba puesto y lo sustituyo por una camisa más ligera y favorecedora.

¡Por supuesto que no estaba haciendo aquello por Sasuke! Lo hacía por ella misma.

Lo mismo se dijo varias veces, mientras se pintaba los labios y los ojos.

Se miró al espejo.

—Lo siento, pero no tengo tiempo para discutir esto ahora —el reflejo de su propia imagen le lanzó una mirada poco convencida.

Optó por ponerse la máscara de la indiferencia para abrir la puerta. Era la más apropiada para el caso.

Al abrir, se encontró un gigantesco árbol de navidad con piernas.

—¿Podrías agarrar esto? —un largo brazo salió de alguna parte y le tendió una bolsa.

Sakura la agarró y ayudó al impresionante espécimen botánico a llegar a un lugar en el que pudiera reposar.

—¿Dónde está Suske? —preguntó Sasuke al dejar el árbol sobre el suelo.

Se quitó la chaqueta y comenzó a subirse las mangas de la camisa, como si se dispusiera a realizar algún trabajo importante.

—Está durmiendo la siesta —respondió Sakura, anonadada por el tamaño del árbol de navidad. ¿Cómo se las había arreglado para llevarlo hasta allí él solo?

—Bien —dijo Sasuke—. Así estará terminado para cuando él se despierte.

Agarró de nuevo el árbol y entró en el salón donde, sin duda, pensaba colocarlo.

—¡Sakura! —su voz se fundió con el sonido de un villancico que sonaba en la calle—. ¡Sakura!

—¡Voy! —respondió ella, y entro en el salón.

Sasuke estaba en el centro de la habitación, cruzado de brazos.

Había colocado el árbol justo delante de la puerta del balcón y lo miraba con aire satisfecho.

—Pero ahí interrumpe el paso al balcón y quita toda la luz —dijo ella.

Por algún motivo, no le gustaba el modo en que la miraba. Aunque, al fin y al cabo, había sido él el que, de un modo u otro, le había pedido su opinión.

—¿No estaría mejor en esa esquina?

De pronto se dio cuenta.

¡Claro que estaría mejor en aquella esquina! Él mismo había despejado aquel espacio antes de ir a comprar el árbol, con la idea de ponerlo allí.

¡Otra vez le estaba tomando el pelo! Y otra vez, ella se estaba dejando.

—¡Muy gracioso! —hizo una mueca burlona.

¡Era como un niño!

A veces, tenía la sensación de que estaba a cargo de dos bebés en lugar de uno. Aunque Suske era, con mucho, infinitamente más maduro que su tío.

—¡Luces! —dijo Sasuke en su habitual estilo ordeno y mando.

—Luces —repitió ella como si estuvieran en una mesa de operaciones.

Sakura rebuscó en las bolsas y fue colocando sobre la mesa los adornos que Sasuke había comprado.

En la primera caja había varias figuritas: una trompeta, una bota, un ángel. Otra estaba llena de bolas rojas.

La tercera era multicolor, con bolas de variados tonos que produjeron en el techo un reflejo de caleidoscopio.

Y, por fin, surgió entre las esferas, un Santa Claus montado en una motocicleta.

Sakura lo miró con sorna.

—Supuse que a Suske le gustaría —se justifico él.

La sonrisa la convirtió en risa.

—¡Esta bien! —admitió él—. No pude resistir la tentación.

Miró las dos cajas indecisa.

—¿Por cuál empezamos?

—Lo sometemos a votación…

Ella sonrío incrédula.

—¡Vaya avance! ¿Vas a instaurar una democracia? —dijo ella con ironía.

—Sólo a beneficio de Suske…

—Ya —respondió ella con una mueca burlona—. Yo voto por el colorido variado.

—Sera lo que le guste a Suske…

—Por supuesto, es lo que le gusta.

Se pusieron manos a la obra.

—Tú decoras las ramas de abajo y yo las de arriba.

Estaba claro que no podía dejar de mandar y organizar, ni siquiera cuando se trataba de decorar un árbol de navidad.

—Por supuesto, Sasuke —respondió ella.

Los dos colocaron bolas, figuras y espumillón.

Sakura se quedó durante unos segundos observando el trabajo y lo que quedaba en las cajas.

—¡Por favor, Sakura! Tenemos muy poco tiempo. Si te paras a contemplar la rama cada vez que tienes que colgar algo, no vamos a conseguir que sea una actividad rentable.

¿Por qué demonios no podía ser agradable con ella durante más de dos segundos?

—¿Por qué me haces siempre lo mismo? ¿Por qué siempre me haces sentir que hago todo mal? —y ¿por qué siempre conseguía enfurecerla?

—¿Hago eso? —pregunto él con una sonrisa burlona en los ojos.

—Sí, y lo sabes perfectamente.

—No puedo resistir a la tentación —reconoció él.

—¡Pues inténtalo! —respondió ella, ácidamente.

¿Es que le divertía tanto verla enfadada?

—Es que te enfadas en seguida.

—¡No es verdad!

—Y estás preciosa cuando te enfadas.

—¡Pues tú no! —le aseguro ella, agarró espumillón, hizo una bola y se lo lanzó con fuerza.

Él bajó la cabeza y lo esquivó.

Aquel no era el modo en que ella había imaginado decorar el árbol de Navidad, pero resultaba casi más divertido.

Continuó con las bolas, que Sasuke agarraba y colocaba en el árbol.

—¡Ahora lánzame una roja!

—Ni hablar, una dorada…—continuó ella. Con toda majestuosidad, atravesó la habitación y puso la bola en la rama.

—¡Queda fatal! —afirmo él.

Ella sonrió de medio lado.

—Lo sé —miró la parte superior—. Ahí ira la estrella.

La agarró y se la tendió a Sasuke.

—No llego —le aseguró él.

—Pues usa un taburete de la cocina.

—¡No puedo soportar las alturas! —bromeó.

—¡Eso debía de ser un verdadero problema cuando eras escalador! —dijo Sakura cáusticamente—. Está bien, lo haré yo.

—¡Estupendo! —respondió él—. ¿Qué tal tienes el hombro?

—¿El hombro? —Le sorprendió aquel repentino cambio de tema—. Mucho mejor.

—Me alegro.

Sin previo aviso, le rodeó la cintura y la levantó por los aires.

Durante unos segundos, sus rostros estuvieron a la misma altura.

Después, logró levantarla mucho más alto.

—¡Esto no tiene ninguna gracia! —protestó ella.

¿Qué demonios pensaba que podía hacer en aquella postura y con la desconcertante tensión de tener su brazo alrededor de la cintura. Su aliento calentando su piel y la perturbadora sensación de su pecho, subiendo y bajando, subiendo y bajando.

—¿Llegas? —preguntó Sasuke.

Ella miro hacia abajo.

Era la primera vez que estaba más arriba que él. Y, curiosamente, desde aquel ángulo, parecía mucho más joven, mucho más vulnerable…

—Sí, claro que llego —respondió ella.

—Pues manos a la obra que no eres una pluma.

Sakura ignoró el comentario y consiguió poner la estrella en su sitio.

—Queda muy bien —dijo él.

—Pues, entonces, déjame bajar.

Sasuke alzó una ceja.

—¡Por favor! —insistió ella.

Lentamente, la dejó caer, con su cuerpo deslizándose sobre él.

Una vez abajo, no la soltó del todo.

—Gracias —dijo ella, mareada por la sensación de su tacto.

Se hizo un silencio tenso.

Él la miraba, miraba su boca.

¿A que estaba jugando?

Desde luego, tenía muy claro que Sasuke Uchiha no tenía intención alguna de llevar a buen o mal término la tácita amenaza de un beso. ¿Qué quería entonces?

—Feliz Navidad —dijo de pronto y le besó sensualmente la mejilla.

—¡Faltan tres días para Navidad! —protestó ella.

Si la iba a besar, que la besara como era debido, no como si fuera su tía la solterona.

Durante unos instantes, dudó de si había o no formulado su pensamiento en alto. Pronto se dio cuenta de que no había necesidad. Su mirada la había traicionado.

¿Acaso aquello era motivo de que su ego creciera desmesuradamente? ¿Acaso le satisfacía ver el efecto que un pequeño beso en la mejilla provocaba en ella.

—Voy a ver si Suske está despierto —dijo ella con frialdad. ¿Por qué le estaba haciendo esto?

Se obligó a sí misma a enfrentarse a él…al menos con la mirada.

—Feliz Año Nuevo —le dijo Sasuke y bajó la cabeza lentamente hacia ella. Esta vez, le rozó tenuemente la frente con los labios.

—Falta más de una semana para el Año Nuevo —murmuró ella. ¿Qué ocurría? ¿Se estaba divirtiendo a su costa? ¿Y por qué ella se quedaba allí, temblando como un trozo de gelatina?

—Feliz Cumpleaños Sakura —sintió el calor de su aliento sobre su mejilla y con la otra mano le sujetó la nuca.

—Mi cumpleaños es en Marzo —no pudo ni terminar la frase.

Sasuke posó sus labios sobre los de ella y comenzó a deleitarla con experta maestría. Ella se sintió mareada y deliciosamente confusa.

De pronto, el placer se convirtió en una necesidad imperiosa y ella abrió los labios con la urgencia de recibir el alimento. Las llamas que habían empezado en la boca descendieron hasta el estómago y luego más allá.


Se que paso mucho tiempo, pero comprenderán que el trabajo consume buena parte del tiempo. Pero prometo que desde ahora tratare de que cada fin de de semana actualizare! :)