Lo prometido es deuda. Y lo adeudado es saldado. ¡Espero que lo disfruten!


Pareja: PruHun

Amapola

Representa: La eternidad, la unión y el excentrismo.

La Amapola en el color rojo, blanco o violeta, significa fidelidad, una amistad duradera que resiste a paso del tiempo y un amor intenso y apasionado.

"Ningún amor se compara al nuestro"


Al Amor y la Amistad se los podía sentir a kilómetros en el aire de la ciudad. Las tiendas estaban abarrotadas del color rosa, de diferentes tonalidades y en diferentes formas; corazones, flores y muchas cosas.

Aunque faltaban unos días para el día de los enamorados, se era imposible ignorar aquellos detalles y más estando en víspera de la misma fecha, nunca se perdió el entusiasmo -del que crecía más en la hora de regalar-

No tan lejos del lugar, en un bar del estilo inglés y clandestino, ya tenían clientes a tan temprana hora. Lo cual era común ya que en él se encontraban ni más ni menos que el trió -clientes prodigiosos y más recurrentes del bar- favorito de la ciudad.

Todos tenían un aire alegre a excepción de alguien en particular.

– ¿Ya sabes que regalarle a Eli para este San Valentín?- Pregunto un curioso Antonio que fijaba la vista en su amigo albino, ya que no despegaba la mirada de su vaso de cerveza y que parecía estar en otro lado. El aludido alzo la vista de su vaso y la dirigió al moreno, después de un rato, en la que parpadeo un par de veces antes de reaccionar.

–Eh… Scheiße…- masculló entre dientes y negó con la cabeza –Nada- dijo sin más.

–Si no te apuras no podrás comprarle lo mejor- Advirtió el francés con retintín.

– ¿Por qué lo dices?- frunció el ceño – ¿Qué acaso tu ya tienes que regalar?- enarco una ceja.

–Por supuesto, yo ya tengo el mejor regalo de todos- dijo con orgullo –Regalar todo mon amour- guiñó un ojo, lo que provocó una carcajada por parte del español y un bufido del prusiano.

–Como si no lo hicieras a cada hora…- rodó los ojos.

–Pero la intención es lo que vale ¿no?- inquirió el moreno esbozando una amplia sonrisa.

–Si claro…- murmuró dando un gran suspiro.

Cuando se trataba de esas fechas, siempre se desanimaba, más cuando se trataba de regalar cosas, sentimientos y esas niñerías.

Nunca fue un tipo fácil en el tema del amor y sobre todo a la hora de hablar de sus propios sentimientos, para eso existían tipos como el podrido -que por cierto sus sospechas empezaban a ser cierto sobre que es gay, si, no hay ninguna duda sobre ese hecho. Siempre lo supo, desde el primer momento en que desgraciadamente lo conoció- y no él. Pero siempre tuvo la sensación de que su castaña no le daba igual.

-Animo Gilbo- dijo Antonio, que le daba unas palmaditas de consuelo – ¡ya te ingeniarás para hacer el mejor regalo de todos!- le dedico una sonrisa efusiva.

-Toño tiene razón Gil. Deberías de estar feliz por tener a alguien tan especial como le mademoiselle Eliza. Eres muy afortunado, no todos pasan en compañía l'valentines.

Aun así, con las palabras alentadoras de Antonio o los sabios consejos de Francis, Gilbert no pudo evitar recordar el fiasco del último San Valentín. El del año pasado.


Tenía todo preparado para esa noche. Por supuesto que siguiendo al pie de la letra los consejos de Francis, había arreglado con la húngara en salir a cenar para festejar el día cursi juntos.

Faltaba por lo menos dos horas para la hora fijada y se encontraba cansado, ya que desde temprano estuvo trabajando exhaustivamente en la sorpresa.

-Faltan dos horas… podría echarme una siesta un rato para estar como nuevo- se dijo así mismo mientras que calculaba el tiempo en que descansaría y en el que se arreglaría para la gran noche –soy tan genial…

Y así sin más fue directo a su habitación donde tenía una cita arreglada con su cama.

El celular no paraba de sonar. El insistente ruido lo despertó de golpe sacándolo de su ensoñación, y del sueño en donde ganaba cerveza de por vida. Con parsimonia se alejó de la cama, porque podría caer en la tentación de dormir un rato más, por mucho que deseaba hacerlo. Se estiró todo lo que pudo y paso una mano sobre sus cabellos, aplanándolos un poco y tratando de paso de acomodarlos, y con la pereza que aun sentía dirigió la vista al reloj que estaba en la pared.

Sus ojos se abrieron de golpe. No podía creer lo tarde que era.

- Scheiße!- masculló entre dientes y corrió a vestirse lo más rápido posible. Eran las diez de la noche y ya había pasado una hora de la hora acordada. No se quería ni imaginar la cara que tendría la húngara.

Tragó en grueso y salió de su casa para dirigirse al lugar que llamaban La Terraza, lugar recomendado por el francés y en donde se realizaría su cita. Subió rápidamente las escaleras y al llegar hasta el final sus ojos se encontraron con la mirada furibunda y el ceño fruncido de la castaña.

-Y al fin te dignas en aparecer- comentó con un deje de sarcasmo.

-Liz, y-yo…- empezó a excusarse pero la mano alzada de su pareja no le dejó continuar.

-Nada Gilbert. No quiero excusas. Entiendo que prefieras pasártela con tus amigotes que a pasar tiempo con tu novia- le dijo de forma tan calmada que hasta asustaría a cualquiera. De pronto se levantó de golpe de su lugar y a pasos apresurados se dirigió a la salida con intención de abandonar el lugar, solo que fue detenida por la mano del albino, que en ese momento trataba de sopesar ideas para arreglar la situación en que se encontraba.

-Oye Liz, ¡p-pero no fue mi intención dormirme, maldición!

- ¡Pero nada Gilbert!- explotó ella. Las lagrimas, que con esfuerzo trataba de mantenerlas, empezaron a escaparse sin su consentimiento –Ahórrate las palabras o cualquiera de esas excusas y llámame cuando tengas algo mejor- y sin más, se deshizo del agarre del germano y salió, con la poca dignidad que le quedaba y trato de salvar, del lugar seguida de las miradas curiosas.

Y Gilbert, que trató de entender que acababa de ocurrir, le costó al menos de semanas en tratar que la húngara le perdonara con la única explicación que podía dar, se quedó dormido y no fue su intención hacerla esperar. Y después de eso trató de amedrentar su error con diferentes tipos de regalos y no volver a dormir una siesta más.

Gilbert comprendió después de ese episodio que para Elizabeta, fechas como aniversarios, San Valentín y cosas que él consideraba sin importancia, para ella si tenía real importancia. A pesar de no ser como otras chicas, a Elizabeta le gustaba festejarlas con él y que la tuvieran en cuenta, como cualquier mujer desea.


-Tal vez los dos tengan razón- suspiró con pesadez –pero necesito saber cual sería el mejor regalo para ella…

- ¿Mon amie, es que no te das cuenta con quien estás hablando?- Francis enarcó una ceja inquisidora – ¡tienes a dos expertos sobre l' amour et la passion, como amigos hombre!

-¡Vamos, tío! Siempre puedes contar con nosotros. Para eso están los amigos- agregó el español alzando su cerveza al frente en brindis por la unión de la amistad del trió.

-Malditos cabrones. No sé qué sería de mi sin ustedes- admitió con una gran sonrisa en el rostro. Ahora sí que estaba más animado.

Cuando se trata de regalar y dar sorpresas, uno no se podría imaginar en que saldría al final todo, ya que el francés y el español, son simplemente desconcertantes.


- ¿Y para que quieres mi ayuda?- inquirió el rubio alemán, que en ese momento se encontraba arreglando el jardín tranquilamente antes de que su hermano mayor irrumpiera de forma escandalosa, como siempre, toda la quietud que antes había en ese momento.

-Vamos, Lud, tu sabes más de esas cosas que yo. Una pequeña ayuda tuya no le vendría mal a tu hermano mayor- suplicó porque realmente estaba desesperado ya que después de la charla que tuvo con los que se consideraban los mejores expertos sobre el amor y esas cosas, días atrás, se había empecinado en buscar el regalo perfecto para la castaña. Pero todas sus esperanzas se esfumaron cuando no encontró aquello que quería.

Como dijo antes Gilbert, él no era del tipo detallista y que siempre da regalos sin importar la ocasión. Él era de los directos, de pocas palabras y acciones rápidas. Sin dar vueltas o irse por la ramas.

Pero siendo especial esta ocasión y como le debía a la húngara después de lo ocurrido el año anterior, ahora se encontraba rogando por la ayuda de su hermano mayor. No es que Lud fuera su último recurso, claro.

Ludwig suspiró pesadamente. Dejó a un lado sus herramientas de jardinería y levantándose de su lugar, sacudió la tierra que se hallaba adherida en sus pantalones cuando plantaba unos lirios. Observó a su hermano mayor por unos segundos y comprobó al final que éste realmente estaba desesperado. Podría reprenderle por haber dejado para comprar el regalo para último momento, como siempre. Pero recordando el último San Valentín, prefirió ayudarlo a que volver a verlo deprimido.

-Bien- comentó con cansancio. Así que dejando a un lado el trabajo se dirigió hacia el interior de la casa con Gilbert pisándole los talones - ¿Tienes algo en mente?- preguntó casualmente. Gilbert lo pensó unos segundos y negó ante la mirada fija del rubio –Debí suponerlo- murmuró para sí mismo –quédate aquí bruder. Ya vuelvo- dijo antes de desparecer.

Gilbert se tiró sobre el sillón que se encontraba en una esquina de la sala. Observo como Lud se dirigía al estante que se encontraba en el mismo lugar, donde además de darle un buen aspecto a la sala, se encontraban todos los libros que el alemán necesitaba cuando tenía alguna duda.

-Aquí- dijo enseñándole un libro sobre jardinería. Gilbert alzó la vista de su móvil y enarcó una ceja con curiosidad. Lud rodó los ojos ante la poca atención que mostraba su hermano –lee esto- índico la pagina en la que hablaba sobre flores.

Gilbert tomo el libro y empezó a leer en donde su hermano había señalado. Frunció el ceño al darse cuenta cual era la idea del otro.

- ¿Regalarle flores?- preguntó con incredulidad - ¿no crees que es algo común?

Ludwig se encogió de hombros. Cierto, era algo simple y común. Pero él tenía una idea en mente

-Puede ser personalizado- comento con una pequeña sonrisa al ver que su hermano había captado su idea.

-Bruder, solo espero que tengas razón- suspiró después de darle otra hojeada al libro.


-¿Amapolas?- preguntó Elizabeta observando la pequeña maceta que tenia la flor en crecimiento. Gilbert empezó a sentirse más nervioso. No podía decir con exactitud cuáles eran los pensamientos de la castaña. Su rostro no reflejaba nada, para su mala suerte. Ludwig le había sugerido regalar flores, algo personalizado. Flores que represente su relación, había dicho. Y Gilbert tenía que darle el crédito. El regalar algo hecho por tus propias manos, en este caso proveniente del jardín de West, tenía más significado que cualquier cosa comprada. O eso esperaba él.

-¿Sabes porque las elegí?- preguntó después de un buen tiempo en silencio. Elizabeta alzó el rostro, con la curiosidad reflejada en sus rasgos –porque refleja a nuestra relación Liz- La castaña enarco una ceja instándole a que continuara –Significa amistad sincera, como la nuestra, que resistió con el paso del tiempo, fuerte y apasionada y que se volvió en un amor duradero, como lo nuestro ahora- agregó con una pequeña sonrisa.

-Oh- soltó la castaña después de otros segundos en silencio. La sonrisa que Gilbert tuvo durante su discurso cayó en picada.

- ¿N-no te gusta?- preguntó presa de un ataque nervioso. ¡Había confiado que a la castaña le iba a gustar! –Si no te gusta puedo comprar otra cosa, Gott, sabía que tenía que comprar algo mejor ¿en que estaba pensando West? ¿En que estuve pensando?

-Gil- dijo tratando de llamar la atención del alemán, quien seguía con su propia reprimenda.

- ¿Y Francis y Antonio?, mein gott, ¡si son unos inútiles!- siguió hablando.

-Gilbert.

-¿Por qué no puedo hacer las cosas bien? ¿Comprar regalos como la gente normal?, gott si siempre lo arruino.

- ¡Gilbert!- gritó al fin llamando la atención del albino.

- ¿Qué?

-Me encanta- dijo finalmente. Gilbert paró con cualquier insulto para mirar a la castaña con incredulidad ¿acaso ella esta sonriendo?

- ¿Hablas en serio?- preguntó por si no había escuchado bien.

-Sí.

- ¿Segura?

-Lo amo- aseguró sonriendo ampliamente.

-Oh.

-Sí, oh- y antes de que él pudiera decir algo, fue sorprendido al encontrarse en un fuerte abrazo y sentir unos labios que lo besaban con adoración –Lo amo- aseguró después de separarse. Sabía que Gilbert no era fan de las cursilerías y fechas tontas, como suele decir. Pero él que haya traído esa pequeña maceta con amapolas le había tomado por sorpresa y más por haberle explicado su significado. Tal como su relación.

-¿Segura?- preguntó con una sonrisa arrogante.

-Ja.

Gilbert empezó a reír con histeria. Y él creía que era el peor novio del mundo por no darle el mejor regalo para su castaña. Elizabeta también rió contagiado por el albino. Él extendió sus brazos para estrecharla en un fuerte abrazo y suspirar con alivio. Y pensar que empezaba a considerar la idea de nombrarse el peor novio del mundo.

-Feliz San Valentín, muñeca- Gilbert susurró contra los labios de ella. Elizabeta lanzó una risita antes de responder.

-Feliz San Valentín- susurró antes de besarlo.

Y es que para Elizabeta, recibir un regalo hecho por alguien especial, en este caso Gilbert, era mejor que uno comprado, porque todo el amor y la dedicación estaba impuesta en ese regalo, al igual la importancia de que él tenía por ella y su relación.


La Amapola representa la durabilidad. La amistad y el amor que resiste al tiempo. Lo sincero, fuerte y apasionado. El amor duradero y estable.


¿Reviews?

Y con este último capítulo, después de años teniendo eso escrito en hojas y de no pasarlo, me complace declarar que hay un cuasi epilogo! Si, un regalo de mi parte para todas y que muy pronto se subirá. ¡Saludos que nos veremos pronto!