¡Hey! Lamento la ENORME tardanza *llora* es que la escuela me ha esclavizado y emociones y cosas raras como dos mil emociones y ataques de ansiedad (?) y así...Por eso lo había dejado medio abandonado pero descuiden ¡Ya vine con actualización! Y la siguiente vendrá en un par de semanas porque tengo tarea y otros fics así que tranquilos bebés (?)

Lamento la demora,en serio y gracias por la paciencia,me disculpo por haber abusado de ella...También gracias por los reviews y demás,en serio gracias.

Sin más que agregar ¡Gracias por leer!


—Aomine, ve por Kise al baño y tráelo de vuelta, nanodayo—Aomine asintió sin réplica alguna ya que había pasado como media hora y el rubio no venía, ya le había preocupado demasiado así que fue directo al baño.

—Oi, Kise, Midorima quie…Re… ¡Ryouta! —Exclamó al escuchar algunos sollozos de un cubículo de baño fue a abrirlo, encontrándose con el rubio temblando de frío en el piso del baño totalmente pálido.

—A-Aominecchi—Contestó el de ojo café con una cansada sonrisa en su demacrado y blanquizco rostro lleno de ojeras y algunas venas rojas en sus ojos—Es que me golpeé—El joven le mostró al moreno un hematoma en su brazo, técnicamente sí le dolía pero no fue causado por un motivo convencional sino todo lo contrario, últimamente amanecía con golpes y luego desaparecían por arte de magia.

—Tsk…Ya me habías preocupado, idiota—Aomine levantó al rubio con su fuerza habitual, haciendo que este gimiera levemente y se viera su amarillenta mano que el moreno le había agarrado.

—Me rompiste una uña—Dijo el rubio con una suave risilla—Maldición…—Un mechón se cayó nuevamente de su cabeza al agitarla y suspiró—Vamos al entrenamiento Aominecchi o Akashicchi nos hará correr mucho—Aomine se quedó pasmado un momento ante la figura del rubio. Ya no era esa preciosa figura rebosante de vida que reía y todo el mundo disfrutaba de molestar; ahora era como un saco de piel con huesos demacrado que forzaba una sonrisa para aparentar ser el Kise de antes aunque no le llegaba ni a los talones— ¿Aominecchi? —El moreno reaccionó al llamado del otro y negó con la cabeza, caminando tras de él rumbo al gimnasio, perdido en sus vacilaciones mentales que se negaba a creer.

El entrenamiento fue igual de duro como de costumbre pero por algún extraño motivo Akashi lucía ausente, como si su mirar se opacara y su voz solo saliera robóticamente de sus labios por pura inercia, hasta podría decirse que con su altura parecía un muñequito de ventriloquía donde el mago tras que lo mandaba era Midorima, el cual no se despegaba ni medio segundo del pequeño pelirrojo que lucía más frágil que el mismo Kuroko que en ese instante si no fuera por Aomine, vomitaría todos sus intestinos.

Aomine suspiró al ver a Kise temblar junto a Murasakibara que comía un dulce como si nada ¿Es que no notaba como Kise estaba más blanco que una taza de porcelana fina? ¿O que Akashi parecía un bonito títere que solo hablaba y hacía todo porque Midorima estaba tras suyo? Tras estas interrogantes el moreno decidió negar con la cabeza, seguro estudiar en una de sus materias sociales eso de "La adolescencia" le estaba friendo el poco cerebro que no ocupaba para el basketball.

— ¿Aomine-kun, estás bien? —Preguntó su sombra que ya podía estar de pie sin agarrarse del de ojo azul oscuro.

—Sí, solo…Pensaba—Kuroko soltó una suave risa y lo miró.

—Milagro, supongo—Aomine también dio una carcajada, ese comentario en vez de ofenderle le hizo sentir mejor anímicamente—Vamos por las últimas vueltas y vayamos a mi casa para que me copies la tarea—Daiki sonrió emocionado, comenzando a correr junto a su mejor amigo por toda la cancha, olvidando un poco sus preocupaciones y con esto olvidó también que Kise los miraba con una mezcla de sentimientos amargos, chasqueando su lengua a la vez que comenzaba a correr junto al vacío Akashi y a un preocupado Midorima que no dejaba de ver al pelirrojo ni medio segundo.

Después del entrenamiento Kise jadeaba violentamente para no colapsar, sentía que el aire no llegaba a sus pulmones, como si fueran un par de bolsas de plástico que se desinflaban lentamente en su pecho que subía y bajaba agitadamente.

—Kise-kun ¿Estás bien? —Preguntó Kuroko algo preocupado, no es que no lo haya notado pero Aomine le pidió de favor que le preguntara a Kise si estaba bien, se sentía culpable por haberle causado moretones inconscientemente. El rubio sonrió con alegría fingida y asintió.

—Sí, Kurokocchi solo que no he dormido bien por el trabajo—Kuroko se le quedó mirando para nada convencido pero no presionaría-aún más-a su amigo para decirle, dejaría que las cosas fluyeran a su tiempo.

—Bien. Entonces hasta mañana, Kise-kun—El rubio asintió y dejó que su amigo se fuera a cambiar mientras él se erguía y caminaba a paso lento a las duchas. Se sentía fatigado, harto, hastiado de todo, solo quería dormir y despertar cuando todos se hubieran ido al demonio, todos menos Aomine aunque si seguía así con Kuroko, seguramente también los mandaría al diablo.

Kise entró a la ducha y suspiró. Demasiadas emociones para él en tan poco tiempo, desde recordar al enorme hijo de puta que jugó con su corazón vilmente solo para ganar algo de fama hasta ver como su nuevo amor sonreía para su mejor amigo y aparte estaban las prácticas del club, los trabajos como modelo donde tenía que fingir una plástica felicidad junto a la persona que más le reventaba el hígado y por si fuera poco, su adorable familia que se encargaba de mantenerlo a raya en todo o al menos, mantenerlo a raya para lo que les convenía, no es que él fuera el hijo favorito ni otra cosa, solamente era una fuente más de ingresos a la casa de su soltera madre donde vivía junto a su hermana mayor y él ya que su otra hermana vivía sola y su padre era un tema tabú en la casa porque en instantes su madre comenzaba a lanzar improperios contra ese desgraciado que no le daba dinero, claro que Ryouta también evitaba hablar de él porque generalmente venían los recuerdos del maltrato sufrido por ese a quien alguna vez llamó "papi".

El agua fría lo hizo volver a la realidad. Se lavó el cabello con pereza, viendo como unos cuantos rayos amarillos cenizos se desprendían de su cabeza con el simple hecho de enjabonarse. Después agarró el jabón y comenzó a lavar con lentitud su cuerpo, queriendo llorar al tocar su cuello o sus piernas; sintiendo a carne viva sus caricias y sus besos que en ese entonces se sintieron tan bien y ahora solo eran espinas que hacían palpitar dolorosamente su resquebrajado corazón; lo bueno era que al llegar a sus costillas una sonrisa aparecía, al fin podía ver los huesos sobre su piel.

El rubio con una sonrisa descendió a su abdomen, sintiendo unos casi nada cuadros en él por lo delgado que estaba; siguió su camino y en sus piernas se detuvo al ver lo delgadas que se sentían aunque unos moretones le alarmaron de sobremanera, que él recordara, no se había golpeado con nada así que no entendía la naturaleza de ellos pero lo dejó pasar, no quería arruinar su felicidad viendo los morados hematomas en su blanquizca y quebrada piel.

Al salir de bañarse con una toalla en su cadera, fue a pesarse a la báscula que sabía que estaba calibrada para marcar un par de kilos de más para que los jugadores no excedieran del límite de su peso.

Kise totalmente emocionado por ver su peso que tanto trabajo le costó tener, se secó hasta el último rincón de su cuerpo para que la báscula no le marcara más peso por estar mojado, se quitó la toalla y subió a ella, cerrando los ojos con la cabeza baja, fija en el marcador electrónico que dentro de unos segundos le demostraría su peso.

Abrió al fin sus ojos y unas lágrimas salieron de ellos, rodeando de rojo en instantes ese café que poco a poco perdía su característico brillo.

Todo se había ido al carajo.

¡Todos sus esfuerzos se fueron al demonio por ese maldito grano de arroz! ¡Ese grano tenía la culpa de que ahora fuera una ballena que en cualquier momento rompería la báscula! ¡Pesaba cincuenta y cuatro kilos! ¡Ahí claramente marcaba ese demoníaco número que iniciaba con un cinco!

Kise bajó espantado y comenzó a llorar. Aún haciendo cálculos y restando los kilogramos extra que marcaba esa báscula sacada del último círculo del infierno para atormentarlo, aún pesaba cincuenta kilos ¡Cincuenta! Era una maldita morsa obesa, seguramente esta vez le echarían del set porque la cámara abarcaría toda su mórbida obesidad.

El rubio agarró temblando sus calzoncillos y se los colocó. Necesitaba duplicar esfuerzos para bajar de peso. Ahora todo cuadraba en su mente con Aomine y no lo culpaba, al contrario, se culpaba a él por ser tan idiota para pensar que un chico como él saldría con alguien tan asqueroso como lo era él. Ahora sabía porque prefería a Kuroko. Él era delgado, fino, blanco como la porcelana y con una suave sonrisa que detendría los corazones de todos además de esmerarse en lo que amaba…A pesar de lucir demasiado débil, en realidad era de las personas más fuertes que el rubio había conocido.

Una risotada interrumpió la calma de las solitarias duchas y la previa histeria que se embarga en ellas. Kise reía como desquiciado, pensando en lo patético que debió haberse visto al pensar que Aomine se fijaría en algo tan horrible como él, pensando en cómo demonios quería que los fotógrafos lo quisieran como modelo si era un tanque de grase…Pensando en cómo quería salir adelante si él mismo se daba asco.

Kise paró su frenética risa al escuchar el celular con su timbre de llamada de su hermana.

— ¿Bueno? —Preguntó limpiándose las lágrimas, tratando de sonar lo más normal posible.

— ¿Dónde carajo estás? —Se escuchó gritando al otro lado de la línea mientras de fondo se oían varios carros pasar—Llego a Teiko en unos minutos. Quiero que ya estés listo—Y sin más, colgó. El rubio se levantó y comenzó a vestirse, tarareando una canción con la voz hecha añicos, sonriendo para pensar que quizá si vomitaba con mayor frecuencia, seguramente bajaría de peso. Sí. Él siempre era positivo y ahora debía serlo aún más. Nada que no se arreglara con un poco más de ejercicio y un poco más de arcadas frente al váter.

Justo cuando Kise terminaba de cambiarse, un frenético claxon se escuchó en la entrada, haciendo que el rubio saliera corriendo con su mochila en hombro.

— ¡Demonios, Ryouta! Hoy tienes una sesión con Kisumi y una sesión con Harada-san—Kise gruñó un poco al escuchar el último nombre porque él era el fotógrafo que le había dicho que estaba gordo. Seguramente ahora lo correría por obeso.

—Sí…—El de ojo café echó su cabeza para atrás y comenzó a dormitar, tratando de suprimir el nudo en su adolorida garganta que seguramente si volvía a vomitar, terminaría por quemarse y deshacerse con el ácido clorhídrico diluido que subía desde su maltratado estómago que comenzaba a consumirse a sí mismo por la falta de comida.

Una flor para otra florDijo Mizuki con una suave sonrisa en su rostro después de haber dejado a Kise dormir en su cama. El rubio se sonrojó y aceptó las flores con emoción.

Awww ¡Mizukicchi!Exclamó sonriente el de ojo café mientras dejaba que el mayor le diera un beso en los labiosEres muy lindo ¿Sabes?El mencionado le sonrió y acarició sus cabellos mientras volvía a echarse al lado del menor.

Cuando sea un fotógrafo reconocido te compraré flores a diarioEl rubio sonrió suavemente, con ilusión y esperanza de verse junto al castaño en un futuro, tomados de la mano mientras caminaban a la orilla de la playa y él cargando un ramo de flores igual al que tenía acunando en ese instante.

Te amoOtro inocente beso y luego todo oscureció.

— ¡Ryouta! —Exclamó la hermana de Kise desde el asiento delantero, despertando al rubio que comenzaba a jadear en busca de algo de aire por el sueño que había tenido—Ya bájate, flojo. Tenemos mucho que hacer y el bebé sentado. Joder ¿Es que nada puedes hacer bien? —Kise sonrió tratando de esconder la tristeza tras su feliz rostro y bajó del carro, azotando la puerta con fuerzas que surgieron desde el interior de su cuerpo, haciendo que su hermana se enojara y le gritara pero valía la pena escuchar cada regaño de esa malvada bruja que siempre le subestimaba.

Una vez que entró al lugar, suspiró al ver a la irritante pelirroja en maquillaje y peinado. Se sobó las sienes que le palpitaban molestamente desde hace unos días y fue a peinado y maquillaje para que comenzaran a arreglarlo.

— ¡Ah! ¡Ryou-chan! —Exclamó Kisumi con una dulce sonrisa, haciendo que al rubio le dieran ganas de vomitar, cosa que le beneficiaba ya que podría matar dos pájaros de un tiro. Vomitarle y aparte, bajar de peso. Sí, eso sería muy divertido pero si lo hacía seguramente tendría que dar explicaciones así que solo cerró los ojos y saludó con la mano.

—Hola, Kisu-chan—Pronunció el rubio, siseando al final para poder callar el odio que le profesaba a la maldita arpía de cabellos rojos que no le pegaban para nada.

Las maquillistas sentaron a Kise y comenzaron con su ardua labor ya que el modelo no estaba en óptimas condiciones desde hace unas semanas y debían hacer uso de todas las habilidades que tenían para lograr que se viera como siempre.

—Kise-san, ha bajado mucho de peso—Dijo la joven que seleccionaba el vestuario y notaba como a Kise le quedaban grandes varias ropas que hace un par de semanas eran de su talla; el rubio sonrió con autosatisfacción al escuchar esas palabras que en ese instante eran miel para su casi inexistente autoestima.

Tras un par de horas de arduo trabajo, Kise lucía perfecto con su atuendo y el maquillaje que le hacía ver sin las pequeñas imperfecciones que se marcaban debajo de su mentón, sin las horrorosas ojeras que lo apuñalaban y sin la imagen tan demacrada que ofrecía desde que comenzó a vomitar con mayor frecuencia.

Kise se preparó mentalmente para tomarle de la mano a ese demonio disfrazado de modelo y fue al lugar que le indicaron para que iniciara la sesión de una vez por todas.

Pasaron eternas horas hasta que Kise pudo por fin soltar la mano de la pelirroja que comenzaba a pasarse de melosa con él para ser una simple actuación, cosa que le daba nauseas y aumentaba su casi migraña que se cargaba desde hace un tiempo.

Se alejó de la joven y fue directo al camerino a descansar en el mullido y azulado sillón que tantas veces le consoló al llorar por lo bajo. Cerró sus ojos un momento para sonreír al recordar el cumplido de su delgadez, dejando que una fina lágrima se escapara.

Quizá podría llegar a ser perfecto.