Nada tarde. Así es al tener los primeros capítulos ya escritos.

¡Gracias por leerme y comentar! Son geniales ustedes.

Sin más, les dejo leer...


Entre los Vivos

Capítulo II


La alegría y el júbilo que exponía la familia Weasley ante la noticia de la boda, parecían competir a puño limpio con la dicha y el regocijo que derrochaban Harry y Ginny. La agenda que siguió después del día de saltar en Bungge se llenó de preparativos para el evento; pero tanto el moreno como la pelirroja, no deseaban una de esas fiestas extremadamente extravagantes y exageradas… aunque estaban consientes de los posibles acosos que podrían sufrir durante la velada, pues se trataba nada más y nada menos de la boda del héroe del mundo mágico.

- Hoy a las cinco es la cita con la diseñadora del vestido, Ginny.

- Lo sé, Hermione.

- ¿Ya tienes escogido el modelo que deseas?

- Sí, desde hace tiempo.

- ¿Puedes mirarme cuando te hablo? – pidió la castaña, con la voz irritada. Ginny rió, desviando sus ojos hacia ella. – Debemos ir a ver las flores para la decoración, el color de los manteles y el vestido para las sillas, el menú de…

- Lleva las cosas con calma, Hermione.

- Estás tan tranquila, que no pareciera que fuera tu boda.

- Estoy tan feliz porque estoy consciente de que es mi boda – acotó la pelirroja, sonriendo de oreja a oreja. – ¡Tan feliz, Hermione!

- Lo sé… eso se puede notar a simple vista. Tanto tú como Harry están que saltan en un pie cada vez que los veo. Él…

- ¿Sabes desde cuando soñaba yo con esto? Desde…

- Hace mucho…

- Desde hace muchísimo tiempo… – suspiró – Y ahora ¡Por Dios! ¡Al fin seré la señora Potter! – vociferó con alegría, mientras daba uno que otra par de saltitos.

- Yo también, Ginny. Y de verdad, me gustaría mucho saltar contigo ahora mismo, ¡pero tenemos mucho que hacer! – Hermione observó su reloj de muñeca. – En tan sólo un par de horas es la cita con la modista, y nosotras ni siquiera hemos ido a reservar…

- Hermione… – interrumpió – relájate. Tendremos tiempo de sobre para organizar todo, la boda será dentro de tres meses.

- ¿Sabes el tiempo que se toma la gente en preparar una boda?

- Bueno, pero nosotros no somos como el resto de la gente. Cálmate y ven a saltar conmigo, ¡que estoy feliz! – rió.

- Eres imposible, Ginevra.

- ¡Soy la futura señora Potter! – la pelirroja realizó un salto, que casi la hace caer encima de su cuñada. – Ginevra Potter… ¿no suena perfecto? – la castaña sonrió.

- Sí, perfecto. Pero ya vámonos, ¡por favor!

- Bien, ya nos vamos – sin dejar de bailotear su cuerpo, Ginny tomó el bolso que reposaba sobre su escritorio. – Pero antes vamos a almorzar, muero de hambre. – soltó una carcajada, ante el blanqueamiento de los ojos de su amiga. - ¿Sabes? Quiero presenciar ya la actitud que adoptarás tú cuando mi hermano te lo proponga. – las mejillas de la castaña se tiñeron de rojo.

Solo Dios sabía lo mucho que deseaba que Ronald Weasley le pidiese matrimonio.

Salieron de la oficina en la cual Ginny trabajaba como editora de una modesta pero muy bien vendida revista en el mundo mágico; un trabajo en el cual se desenvolvía bastante bien gracias a los estudios que recién culminó. Siendo una joven mujer, se decía que poseía todo lo que necesitaba y mucho más; un trabajo estable, una familia asombrosa, unos amigos fieles y un prometido atento, tierno, apasionado y que, además, estaba buenísimo. ¡Cuánto agradecía por ello! Lo tenía todo.

- ¡Adoro esa canción! Diré que la coloquen en la fiesta, cuando termine de bailar el Vals con mi marido… – exclamó soñadoramente, mientras subía el volumen de la radio.

- ¡No despejes los ojos del frente! – bramó Hermione, posando sus manos en el volante para girarlo, y evitar un volvo que venía de frente a ellas.

- Relájate, Hermione

- Es imposible que me relaje cuando tú estás al volante.

- ¡Yo manejo muy bien!

- Por supuesto… – la castaña se aferró al asiento. – Mira, comamos ahí. – señaló el primer restaurant que apareció al girar en una curva, sin importar el sitio, sólo quería salir ilesa del auto.

- No quiero comida China.

- Pero yo sí. ¡Detén ya el auto, Ginevra! – Ginny rió. Aparcó el auto frente al pequeño restaurante y salió de él sin dejar de carcajearse, estaba simplemente contenta. - Un día nos vendrás matando.

Ginny negó varías veces con la cabeza, y siguió a su cuñada.

La velada entre amigas se desarrolló con una Hermione pendiente de hablar de todos los arreglos para la boda, y con una Ginny superlativamente enamorada. La mujer pelirroja prestaba poca atención al parloteo de la castaña. Estaba estúpidamente embobada con su celular, mandando mensajitos con muchísimos emoticones a su novio… su futuro esposo.

O O O O

- Llevan juntos cinco años y aún siguen con esa clase de cursilerías – Ron le quitó el teléfono de las manos. - ¡Pero qué…! – Harry le arrebató el celular, ruborizado. - ¡Imbécil pervertido! escribiéndole esas cosas a mi herma…

- Idiota. Tu hermana será mi esposa en poco tiempo, lo que resalta que ya está bastante grandecita.

- Eso no quita que sea mi hermana menor – las mejillas de Ron se tintaron. Harry decidió aludir las replicas de hermano sobre protector, y guardó su celular en el bolsillo trasero de su pantalón. – Hermione está con ella ¿No?

- Están almorzando.

- Bien, deberíamos seguir su ejemplo, ¡muero de hambre!

- Ordena una pizza.

- ¿Sólo una?

- Las que gustes – Harry se levantó del sofá y fue a la cocina.

- Tienes cerve… - Ronald sonrió, al ver a su cuñado acercarse con un par de cervezas bien frías en cada mano.

Harry Potter, salvador del mundo mágico. Reconocido de buena manera por su trabajo como Auror en el ministerio de Magia y Hechicería; trabajo el cual le permitía aumentar la cantidad que representaba la herencia de sus padres resguardada en el banco de Gringotts.

Después de acabar con Voldemort, su vida dio un giro asombroso, llenándolo de dicha; la familia Weasley lo acogió con todo el cariño y comprensión del mundo; desde siempre. Y su Ginny. Ella siempre había estado allí, siempre; y apostaría toda su fortuna y muchísimo más a que siempre estaría, junto a él, donde debía. La negrura que vivió fue opacada por una luz extremadamente cálida y brillante.

Su vida patética había cerrado hacía ya seis años con broche de oro; con la muerte de aquel que le quitó todo. Y ahora… no deseaba nada más que vivir junto a Ginevra. Tenía todo lo que necesitaba y hasta un poquito más, decía. Todo iba viento en popa. ¡Era feliz! Completamente, al fin.

- ¡No se puede jugar tan mal! ¡Que tipo tan idiota! – Ronald despotricó contra el jugador, luego dio dos enormes mordiscos al trozo de pizza. – ¡Patético! – habló con la boca llena.

- No fue limpio – señaló Harry, mirando el televisor. Se había dado cuenta de que el juego de Quiddicth que disfrutaban, era toda una farsa montada; no fueron nada sutiles, se notó claramente que el partido había sido comprado.

- Porquería. – pronunció Ron. – Menos mal no compré las entradas para verlos en vivo – dio un largo trago a su cerveza.

- No me extraña, ese equipo es uno de los peores. ¡La cagada del Quiddicth! La única forma de ganar que tienen, es haciendo trampa, comprando al contrincante.

- Sucio – tomó otra rebanada de pizza. - ¿Puedes dejar ese maldito celular?

Harry llamó antes de pedirle silencio a su amigo. Ronald resopló, colocando sus pies en la mesita del frente, y destapando otra botella de cerveza helada. Tomó el mando del televisor, mientras escuchaba como el moreno aseguraba unas reservaciones en algún restaurante.

- Llevaré a Ginny a cenar esta noche – le informó, cuando dio fin a la llamada.

- No me extraña – Harry sonrió. – No sé como ella no se cansa de tu presencia. O tú, ¿no te fastidia estar todo el tiempo pegado a ella?

- Pues, yo me pregunto cómo Hermione no se cansa de la tuya.

- Está locamente enamorada de mi – sonrió Ron, con un deje de altanería. Harry rodó los ojos y adoptó la misma posición de su compañero; alzó sus piernas y colocó los pies en la mesita, relajado.

- Dar el siguiente paso los haría muy felices – comentó Harry, consciente de su propia alegría. Ronald sólo se limitó a mirarlo por un momento, antes de devolver su vista hacia la pantalla del televisor. – Muy felices… – repitió, sin dejar de sonreír cual tarado.

Su teléfono vibró al recibir un nuevo mensaje.

O O O O

Aquel oscuro callejón inspiraba temor a todo aquel que pasaba junto a él. Un olor nauseabundo, muy parecido al que sueltan los cuerpos ya descompuestos de ratones muertos, llenaba cada rincón oscuro de ese lúgubre sitio al parecer solitario. La casa abandonada con rejas oxidadas y madera resquebrajada, liberaba unas ligeras nubes de humo desde la chimenea. Se podía apreciar una luz blanquecina iluminar una de las habitaciones del piso superior. La silueta encorvada de un hombre regordete, era dibujada a través del cristal de la ventana.

- No falta mucho.

- ¿Crees que ya es hora? Quizá deberíamos esperar un poco.

- ¡Creo que ya hemos esperado lo suficiente! – la voz femenina se torno aún más áspera y fría. – Debe ocurrir esa muerte.

- ¿Es correcta la elección?

- Ellos me lo mostraron… - la mujer avanzó hacia la pequeña mesa redondeada, postrada en el centro de la habitación. – Magos no sólo de sangre pura… - sus huesudas manos llenas de arrugas se posaron sobre una bola de cristal, rodeada de velas negras. – No sólo de sangre pura… algazara en su interior… listo, ¿ves? ¡Hay que acabarlo! - el sujeto que la acompañaba en aquella maloliente habitación, jadeó al ver el humo purpuro, que mostraba una imagen difusa, difícil de detallar.

De apoco, la bruma se disipó. Todo se vio claramente.

- Allí está – dijo él.

- Esta noche.

- Esta noche… - repitió el hombre.

O O O O

A pesar de sentirse con ganas de volcarse en la cama, y dormir por horas y horas (agotada por la ajetreada tarde que le hizo pasar Hermione, con los pretenciosos asuntos de la boda), ahí estaba, luciendo un lindo vestido y maquillando su pecoso rostro. El último toque fue un poco de brillo con un ligero color rojizo sobre sus labios, y un poco de su perfume favorito en ambos lados de su blanco cuello.

Revisó su imagen por un momento, satisfecha con el resultado. Con una sonrisa posó su vista en la mano donde un anillo rodeaba su dedo anular; sonrió encantada, fascinada, alegre… ¡Y pensar que creyó que no podría ser más feliz!

La puerta de su departamento sonó con tres golpes al otro lado. Corrió hacia ella… la imagen de su prometido sonriente, con un ramo de girasoles, la hizo suspirar, deseosa y enamorada.

- Debo decir que está muy hermosa esta noche, futura señora Potter – Harry no esperó a ser invitado a pasar. Cruzó el umbral de la puerta, y posó con deleite su boca sobre la de Ginevra. – Hermosa.

- Tú tampoco estás nada mal – Ginny le devolvió el beso. – Vestido de esa forma, me vuelves loca – lo besó traviesamente.

- Pues, debo decirte que ese vestido tuyo no provoca en mi pensamientos precisamente inocentes – paseó su mirada por la figura de su prometida, hasta perderse nuevamente en sus ojos chocolates. – Señorita, para usted – depositó entre sus manos los llamativos girasoles, sus favoritos.

- Las pondré en agua – giró sobre sí para encaminarse a la cocina, Harry aguardó en el sillón individual.

El largo jarrón de porcelana le pareció ideal para mantener tan hermoso arreglo florar. Lo tomó con cuidado y abrió el grifo del lavaplatos… ahí empezó todo…

Su vista se nubló, sus manos temblaron, soltando el florero, y juraba que el piso giraba bajo sus pies ataviados en zapatillas de tacón. Perdió el equilibrio, y si no hubiese sido por los brazos de Harry rodeándole fuertemente y pegándola contra su cuerpo, hubiera caído al suelo, cubierto de trozos de porcelana quebrada.

- Amor… – sintió la voz de Harry, como si él estuviese muy lejos. – Ginny, preciosa ¿estás bien? – el moreno la observó al rostro, preocupado. La pelirroja enfocó sus ojos en él, notando que su vista ya volvía a ser nítida y perfecta.

- ¿Qué…? – trató de apoyarse en su propio peso, mas los brazos de Harry aferrándola a su torso le impidieron moverse. – Estoy bien. – lo miró. – Sólo fue un mareo, nada del otro mundo. – le sonrió.

- ¿Segura? Creo que mejor cancelo la reservación y nos quedamos acá.

- Amor, estoy bien – se separó un poco.

- Tus manos sudan – exclamó Harry, estrechándolas con las de él.

- Fue sólo un mareo, tranquilo.

- Estás pálida.

- Quizá me eché mucho maquillaje – la verdad, era que el malestar había sido bien desagradable, en suma. Pero no mentía al decir que ya había pasado, y se sentía de maravilla. – Sólo fue un mareo – repitió, sonriendo. Terminó de separarse del agarre de él y estudió con pena el jarrón, hecho añicos. – Me lo regaló mi madre cuando me mudé de la madriguera.

Harry la observó conforme buscaba su varita, dándose cuenta que la había dejado en la cómoda junto a su cama, en el departamento.

- Con tu varita la puedes arreglar.

- Lo sé – lo miró, soltando una carcajada suave. – Estoy bien, mi vida. Por favor, quita esa cara.

- Creo que no debemos salir.

- Nada de eso… - Ginny caminó hacia la sala de estar y tomó su pequeño bolso, a juego con el vestido. Harry la siguió de cerquita.

- Amor, de verdad, si no te sientes bien…

- ¡Estoy bien! – arrojó sus brazos alrededor de su cuello. – Quita esa cara de preocupación. – lo besó con lentitud. – Me siento perfectamente – deslizó sus labios por su barbilla, antes de mordisquear suavemente su cuello.

- Pues… – Harry liberó un bajo gruñido, al sentir los dientes de su novia mordisquear el lóbulo de su oreja. – Igual, podríamos quedarnos y hacer algo mejor que cenar en un aburrido restaurante. – la pegó a su cuerpo y besó el hueco que formaba su cuello y su hombro izquierdo, cerquita de su clavícula, un punto sensible que conocía.

- Mmm… suena tentador – Harry cubrió su boca con la suya. – Pero tengo hambre, señor Potter. – él largó una pequeña risa. – Soy una Weasley ¿lo olvidas?

- ¿Seguro estás bien?

- Estoy bien… quizás es que no he comido más que esa ensalada de vegetales extraños que almorcé con Hermione. Fuimos a un restaurante chino, y no se me antojaba nada.

- ¿Segura?

- Segura – lo besó con ternura. – Me siento muy bien.

- De acuerdo… pero repito, podríamos quedarnos acá en lugar de…

- ¡Llévame a mi cena, Potter! Te dije que muero de Hambre.

- ¿Me dejarás con las ganas, después de provocarme? – la apretó contra sí, provocando que ella jadeara, al chocar sus caderas contra las de él. Su evidente erección palpitó contra su vientre.

No perderían la reservación por unos treinta minutos de retraso, definitivamente.

O O O O

El encantador restaurante olía a vainilla y a canela. A Ginny le hubiera gustado una mesa cerca de aquella hermosa fuente de ángeles, que liberaban chorritos de agua acompañado de destellos de colores. Pero claro, el llegar tarde les costó un buen sitio. El único lugar disponible para dos, era cerca de las puertas de la cocina, en un rinconcito no desagradable, pero sí apartado de la música clásica del violín. El sitio era muy demandado, tanto así, que ni para Harry Potter había mesa disponible.

- Lamento que…

- No importa, tesoro. No me arrepiento de haber llegado tarde – sonrió. – Todo estuvo riquísimo.

- Me alegro que te gustara. ¡Pero te debo un lugar mejor!

- ¿Qué mejor lugar que entre tus brazos? – tomó su último sorbo de vino blanco y se levantó de su asiento, contoneándose hacia él. Era bueno, estar lejos de la gente.

Harry ya había pensado que el vino la había mareado, y aquella teoría la comprobó cuando Ginny se sentó sobre sus piernas, sin pena ni vergüenza.

- No creas que estoy ebria – le dijo, como si hubiera leído sus pensamientos.

- Yo no he dicho nada – los dedos del moreno rozaron la piel descubierta de su espalda. – Te amo – besó con cariño su mandíbula.

- Y yo a ti… – lo besó en la boca, intercambiando el sabor de los licores. – Muchísimo, ¿lo sabías?

- Lo supuse cuando aceptaste ser mi esposa – sonrió con ella. – Vamos a bailar. – Tomó su mano y entrelazó sus dedos, halándola a la pista.

- Hermione estuvo como loca toda la tarde – comentó ella, aferrándose al cuello de su novio y apoyando la cabeza sobre su hombro.

- Sólo está entusiasmada.

- Debiste ver la cara que puso cuando le conté cómo me pediste que me casara contigo – lo abrazó más fuerte y depositó parte de su peso en él. Se sentía cansada – Fue increíble.

- Lo haremos de nuevo… – Harry acarició su espalda; sus dedos parecían contar las pequitas que se dispersaban por sobre la tersura de su piel blanca. – Es un deporte…

- Estupendo.

- Pero no le gana al Quiddicth.

- Nada le gana al Quiddicth.

La música se volvía más lenta. Toda la atmosfera resultaba romántica y encantadora, como en una película.

- Definitivamente… – Ginny suspiró sobre la piel de su cuello, estremeciéndolo. – No hay mejor cosa que estar así contigo. – se apretó contra él.

La mujer movió su rostro hasta colocar su frente contra la de Harry. Se sentía sumergida en una bola mágica, henchida de felicidad y plenitud. Ella y él, frente contra frente, torso contra torso, boca contra boca.

- Al ser marido y mujer, las cosas seguirán siendo iguales ¿cierto? Es decir… no cambiará el… – Harry se sorprendió al ver a Ginny saltar con esas dudas. Era extraño verla preocupada por eso, cuando tan claro tenían de que ambos se querían.

- Amor… – la interrumpió. – ¿Qué cosa podría cambiar entre nosotros? Te amaré más, te desearé más… anhelaré aún más el estar cada segundo de mi vida junto a ti, si es que eso es posible. ¿Qué te preocupa que pueda cambiar?

Ginny se sonrojó, sintiéndose abochornada por pensar en algo así.

- No sé… es sólo que…

- ¿Acaso… dudas en querer casarte conmigo?

- ¡Por supuesto que no! No tienes idea de lo mucho que deseo ser tu esposa… prácticamente, lo sueño desde que era una niña.

- ¿Entonces? Sabes que te amo ¿cierto? Como nunca pensé amar a alguien. Lo sabes, ¿no?

- Claro que sí. Y yo te amo a ti… muchísimo – posó su boca sobre la de él con sensualidad. Las dudas eran tontas… el amor entre ellos seguiría igual de magnánimo incluso después de casarse. De hecho, estaba segura de que prosperaría aún más… como dijo Harry, si eso era posible. – Te amo… – repitió por necesidad, por sentirlo.

- Y yo a ti... ¿Nos vamos ya? – conocía ese brillo en la mirada delhombre, ese mismo brillo al cual no le pudo negar nada hacía un par de horas atrás, cuando aún estaban en su departamento sobre el sofá.

Y es que perderse en su cuerpo como tantas veces ya lo había hecho, era un deleite que no se podía negar.

- De acuerdo, vámonos – sonrió también, ignorando la molesta punzada, que en un segundo arremetió contra su pecho.

Desconoció esa molestia, ningún malestar inoportuno arruinaría el querer revivir otra fantástica noche entre los brazos de Harry Potter.

Camino hacia el auto, se mareó de nuevo. Pero, comparado con el malestar que sintió en su departamento, aquel fue más agudo y penetrante; sintió como si unas pinzas le sujetaran la cabeza. Trató de no darle importancia cuando tomó asiento en el lado del copiloto. Echó su cabeza hacia atrás y respiro hondo una, dos, tres veces… Otra punzada se presentó en el centro de su pecho, antes de que toda dolencia desapareciera.

- Ginny… – Harry tomó su mano cuando ingresó al auto. – Estás fría. Amor, ¿estás bien? – la palma de su mano se posó en su frente, luego en su mejilla.

- Estoy bien.

- Te mareaste. ¡Otra vez!

- No fue nada… creo que estoy cansada, es todo – le sonrió. – Hermione me agotó.

- Te llevaré a casa y te haré un relajante masaje, ¿te apetece?

- Eso no lo tienes que preguntar – besó el dedo que Harry utilizó para delinear sus labios.

Sólo debían recorrer veinte minutos, desde el restaurante hasta el departamento de Ginevra. Durante el camino, Ginny gozó burlándose de la voz de Harry, cantando desafinadamente una canción que entonaba Tom Jones en la radio.

- Creo que prefiero mil veces tus chistes malos.

- Me ofendes, pelirroja – Harry rió con ella.

Fue tan sólo un instante en el cual el moreno desvió su vista de la carretera, para posar sus ojos en la risa de Ginevra. ¡Un maldito instante! ¿Cómo fue posible?

El espejo retrovisor mostró una luz blanquecina que parecía venir de un auto detrás de ellos. El pavimento se volvió resbaloso bajo las ruedas del automóvil. ¿Un animal, u otro auto se habían atravesado? No estaban seguros. Se tambalearon de un lado a otro, golpeando los cuerpos contra las puertas cerradas del coche. Ginny pudo sentir un espeso y tibio líquido resbalar desde su cien hasta su mentón, antes de que un nuevo golpe impactara contra su cabeza.

Quiso gritar. Todo sucedió tan deprisa que ni tuvo tiempo de sentir miedo. Sus brazos le dolían y los ojos le escocían. Sentía bajo sus palmas pequeños pedazos de vidrio, incrustados en su piel. La pierna derecha sufría de un insoportable dolor, y su hombro izquierdo pareció desprenderse de ella. No podía moverse, el dolor era lacerante.

¿Qué demonios había ocurrido? Cuando trató de incorporar la cabeza, un gemido escapó de su garganta. Voces agitadas se escuchaban a su alrededor, y una molesta sirena no paraba de torturar a sus oídos.

- Harry…

- Está consciente.

- ¿Qué…? – sintió un ligero pinchazo en uno de sus brazos.

- La ayudaremos, señorita. Todo va a estar bien.

- Harry… – se percató de las manos profesionales que la levantaban del asfalto con delicadeza, para colocarla sobre una dura camilla. - ¡Harry! – no supo de dónde sacó la fuerza suficiente para gritar el nombre de su prometido.

- Harry es…

- Anestésiala.

La luz blanca que pasó de su ojo derecho a su ojo izquierdo, se desvaneció. Su vista se volvía borrosa. Sintió a su mente transportarse a un profundo hoyo que parecía no tener fondo. El querer moverse se le hizo imposible, las manos que la atendían con tanta prisa tomaron su cabeza, para introducirla en una especie de aparato que le impedía hacer cualquier cosa.

Quiso gritar cuando, en el segundo en el que su cabeza estuvo elevada, captó el cuerpo inerte de Harry en una camilla a su lado.

El dolor en su pecho la atravesó, como una guillotina helada. Algo dentro de ella osciló, intensamente, ante de resquebrajarse en incontables pedacitos y hacerla sollozar. Gimió desde el alma. Los paramédicos la observaron, desorientados.

- Ayúdenlo… Harry… – ¿Por qué demonios nadie lo atendía?

Las lágrimas quedaron congeladas tras sus parpados, cuando se rindió ante la anestesia. El rosa se volvía gris, y el sueño que disfrutaba con tanta alegría, pareció haberse convertido en su peor pesadilla.


Nota/a: No es mi tipo este fic, jajaja. Pero ahí vamos.

¡Gracias nuevamente, por tomarse el tiempo de leerme y comentar!

Cualquier duda, queja y/o corrección, por favor mándenla. ¡Ayúdenme a mejorar!

¡Nos leemos! Pronto el tercer capítulo.