Gracias por los comentarios dejados en el capítulo pasado.
Aquí seguimos… ¡espero los entretenga!
Entre los Vivos
Capítulo III
Un molesto ruidito fue lo primero que captó, cuando empezó a abrir los ojos con lentitud. Uno de sus brazos se encontraba inmovilizado, su cabeza era rodeada por una delgada venda y su tobillo estaba aliviado por una férula de yeso. Cierta punzada en las sienes la atormentaba, y aquel ruidito de la máquina junto a ella no la ayudaba en lo absoluto.
Toda la habitación olía a alcohol para desinfectar y a medicinas de todo tipo. Estaba en un hospital, ataviada en una de esas ligeras batas para los pacientes, y con una molesta aguja clavada en la coyuntura de su brazo bueno.
- Mamá… - al girar, observó el cuerpo de la señora Weasley medio dormido en una pequeña silla, incomodísima. – Mamá… - la mujer movió su cabeza y dio un respingo. - ¿Qué…?
- ¡Ginny! – el alivio remplazó la marca de dolor, que estaba tallada en el rostro de la mujer. Ginevra se dio cuenta, para su desgracia – Hija, gracias a Dios. ¿Cómo te sientes? – le tocó la mejilla.
- ¿Qué pasó? Me… me duele la cabeza – llevó su brazo sano hacia la venda que cubría su frente.
- Un accidente, hija. ¿Cómo te sientes? Llamaré al doctor para que te examine. ¡Gracias al cielo despertaste!
- Mamá…
- ¡Arthur! ¡Arthur, ven acá! – Ginevra no tardó en ver la cabeza de su padre asomarse por la puerta. – Ginny despertó. Ve y trae al médico. – El señor Weasley desapareció por la puerta, tan rápido como llegó.
- Mamá…
- Estás bien. ¡Dios! Estaba tan asustada – le acarició el cabello, como cuando estaba chiquita y lloraba por un raspón en su rodilla – Tan asustada… Mi niña, ¿te duele algo?
- Sólo la cabeza… - trató de incorporarse, pero un mareo repentino y brusco se lo impidió. ¡Qué desagradable! Todo había sucedido muy rápido, demasiado. Cerró los ojos y suspiró, deseando por todo lo alto olvidar aquellas sensaciones, que la embargaron en esos momentos tan espantosos. - ¿Cómo está Harry? – quería evitarlo, pero la punzada en su pecho llegó sin más, como un signo de alarma. – Mamá… - su voz se quebró, y al abrir los ojos, la expresión en el rostro de Molly empeoró la situación de todo su sistema. - ¿Cómo está Harry? ¿Está bien? ¿En cuál habitación está?
- Ginny…
- Necesito verlo, mamá… Llévame con él, yo… - nuevamente, trató de levantarse.
- Hija, por favor, no hagas eso – la hizo acostarse en la cama. – Ginny…
- ¡Quiero ver a Harry! Mamá, llévame con él. Necesito…
- ¡Buenos días! – el médico correspondiente entró a la habitación, quebrando por unas fracciones de segundos, la tensión entre las dos mujeres. – Que alegría verla despierta. Su familia…
- ¿Cómo está Harry? – El médico la observó por sobre sus gafas con montura gruesa. Ginny pudo apreciar que era un hombre joven, de unos treinta y algo, quizá. – Doctor, Harry Potter ¿cómo está?
- Ginny, él es el doctor Metheiws Colleman. Ha estado muy pendiente de ti desde…
- ¡¿Por qué demonios nadie me responde?! – Gritar fue mala idea, pues una punción en su cabeza causada por esa acción, la hizo quejarse de dolor. – Maldición…
- Por favor, debe mantenerse calmada – el doctor se acercó, y con delicadeza le tomó el pulso de la muñeca. – Alterarse no ayuda en su recuperación, sino todo lo contrario – sacó del bolsillo de su ancha bata blanca, una de esas pequeñas linternitas para examinar sus ojos; primero el derecho, luego el izquierdo. - ¿Le duele algo?
- Sólo la cabeza, un poco… doctor ¿cómo está…?
- Le daré un calmante para el dolor. Según los exámenes, no sufrió de ninguna contusión seria. El golpe fue fuerte, pero usted lo es mucho más. ¡Sí, señor! – el doctor Colleman le sonrió amablemente, formando pequeñas arrugas alrededor de sus ojos. Era un hombre atractivo y de sangre liviana. A Ginny le agradó. – Sólo una pequeña fractura en su tobillo, y una dislocación en el hombro, nada grave.
- ¡Gracias a Dios! – la señora Weasley ahogó un gemido.
La visión de Ginevra se desvió desde el rostro del doctor, hacia el rostro de su madre, luego al de su padre. Los gestos de ambos estaban demacrados, sufridos por algo que habían perdido. Lo supo de inmediato y sin complicaciones, ya que sus caras mostraban la viva imagen de sus expresiones, cuando perdieron a Fred. Recreaban cada acción facial, cada gesto, cada lágrima…
Su pecho le dolió, algo comenzaba a hacerle daño desde dentro. Su vista se nubló y sus ojos se abnegaron en lágrimas.
- Ginny…
- Mamá… ¿Cómo está Harry? – su mente le daba la respuesta, pero algo dentro de ella no podía aceptarlo, siquiera un poco. Ni te lo imagines, por favor. No, Harry.
"El cuerpo inerte de Harry en la camilla, un sujeto, cubriéndolo… ¿por qué lo cubría? Él estaba bien."
¡No! ¡No! ¡No!
- Mamá… - el pesar en la cara de la señora Weasley se hizo más notorio, cuando los castaños ojos de ella soltaron las primeras lágrimas contenidas. – Mamá…
- Hija… Harry… - Molly miró a su esposo, abatida. Arthur le devolvió el gesto, demasiado compungido. El doctor se mantenía apartado, a un lado de la habitación, deseoso en salir, pero…
- Mamá… por favor… - su voz comenzó a hipar por el llanto. La cosa que le hacía daño desde dentro parecía, estar arañando y pisoteando sus organos.
- Hija… - el señor Weasley se acercó a ambas. Tomó la temblorosa mano de su esposa, y posó la otra en la mejilla de su pequeña. – Mi niña… Harry…
- No… papá… - ¿Por qué negar lo que ya sabía que era cierto? – Ha… Harry… está bien… - sorbió y se secó las lágrimas, inútilmente. – él… él está bien…
- Ginny, Harry…
- Mamá, por favor… - la señora Weasley no tardó en acompañarla en su llanto. El señor Weasley apretó los labios, fuertemente, hasta formar una fina línea recta, evitando caer desplomado.
- Hija… - Ginny rechazó a su madre, empujándola.
- ¡Quiero a Harry!
- Ginny, por favor…
- ¡Nada! ¡QUIERO A HARRY! ¡LLEVENME CON ÉL!
- Arthur… – Molly se asustó.
- ¡HARRY! ¡LLEVÉNME CON HARRY! MALDITA SEA, ¡LLEVÉNME CON ÉL! – pateaba con fuerza bajo las sábanas, pese a la férula, y movía los brazos como una mujer poseída. – ¡HARRY!
- ¡Doctor! Por favor, ¿qué le sucede? – el doctor Colleman corrió hasta la cama.
- ¡HARRY!
¡HARRY!
Dejó de pronunciar su nombre entre gritos desgarradores, pero su mente continuó gritando el nombre de su amado incluso después de caer ante el sedante que el médico le había suministrado.
Quería morirse; y no exageraba, realmente quería morirse.
O O O O
Los días posteriores a aquella tragedia, pasaban con una lentitud que para la familia Weasley, era mucho más que insoportable. La congoja era tan palpable como una masa, así de desagradable.
Ginny sufría un auténtico calvario. Ella, quien siempre mostraba una fuerza innata, ahora parecía a punto de quebrarse con cada paso que daba. Estaba demacrada, quebrada y totalmente abandonada al dolor. ¿Cómo era posible?
Era increíble la cantidad de personas que asistieron al funeral del "Niño que vivió", el héroe del mundo mágico. Los reporteros aturdían a los presentes con sus molestos flashes de cámaras y sus preguntas poco delicadas. La familia Weasley se aseguró de correr a todos y cada uno de ellos, dejando únicamente a los verdaderos amigos del fallecido; Luna, Neville, compañeros de Hogwarts y del trabajo.
Harry fue muy querido, eso no se dudaba. Las palabras dichas por el sacerdote no fueran muy escuchadas. La mayoría se ahogaba, conteniendo las lágrimas. Parecía todo una pesadilla.
- Harry… - la pelirroja no hallaba otra cosa que hacer que no fuera pronunciar su nombre una y otra vez. ¿Cómo era posible que, de la felicidad, su vida saltara a ser una completa agonía?
Encorvada, como si aquella postura mitigara un poco el suplicio, se acercó a ese espantoso ataúd. El sollozo desgarrador que salió de su garganta, penetró en los oídos de todos, atemorizándolos. Parecía una loca. Ronald la tomó de la cintura con la intención de alejarla de aquella espantosa caja, mas los gritos de ella lo abstuvieron de moverla un palmo siquiera. Su voz adquirió un gutural tono que les erizaba los vellos.
- ¡SUÉLTAME, RON! – se apoyó contra el impávido ataúd. - ¡HARRY! – un rostro ya blanco como el mármol, tieso como el yeso, frío como un trozo de hielo seco…– ¡Harry! Harry, mi vida, tienes que levantarte – dio golpes contra la madera del féretro. - ¡Vamos! ¡Levántate! Le… levántate… despierta– lo miró con la vista empañada, cedida en lágrimas. – Debemos ir a casa… debes… debes… debemos saltar en Bungge otra vez, ¿recuerdas? Me lo prometiste. Debemos… hacer tantas cosas… ¡Harry, despierta! Vamos a casa, ¡HARRY! – Sollozó, golpeando la urna una y otra vez - ¡LEVÁNTATE! – Ron la tomó nuevamente por la cintura, aplicando más fuerza para levantarla del suelo. - ¡No, Ron! ¡Harry! ¡DESPIERTA! ¡LEVÁNTATE, POR FAVOR! ¡DESPIERTA!
- Harry… - se cubrió hasta el cuello con la gruesa frazada, y hundió su enrojecida cara en la almohada.
- Ginny – su madre entró a la habitación. – Hija… - Molly la hizo sentarse sobre la cama, para envolverla maternalmente con sus brazos.
- No es justo… - los sollozos ya eran incontrolables.
- Mi niña... – la mujer acarició su rojo cabello, sucio y enredado.
- Él… no…
- Ginny – la separó de ella, y limpió sus mejillas húmedas– ¿Por qué no comes algo? – le señaló la bandeja que había dejado en la mesita, junto a su cama.
- No tengo hambre – fue una respuesta escueta, la misma de todos los días. Los ojos de Molly Weasley, tan parecidos a los de Ginny, pasearon por la oscura habitación, hasta toparse con el plato del desayuno sobre el tocador; las tostadas, los huevos, el jugo, todo intacto.
- Tienes que comer algo – tomó la bandeja.
- No quiero.
- Ginevra, por favor.
- No tengo ganas.
- ¡Matándote de hambre no harás que Harry regrese!
- Matándome yo, sí podré llegar hasta él.
Lo dijo sin pensar, y el impacto de la palma de su madre contra su cachete la hizo reaccionar ante lo reciente; su lengua habló sin anestesia. Llevó una de sus manos hacia la zona ahora rojiza, mientras sus ojos de nuevo le escocían.
- Hija… - la abrazó de nuevo. – Mi pequeña… no… no vuelvas a decir eso – los gimoteos eran por parte de ambas. – No lo vuelvas a decir… - Ginny aferró sus brazos alrededor de su madre, y hundió la cara en su hombro. Aspiró, tratando de calmarse; Molly olía a masa para pan.
- Lo… lo extraño.
- Todos lo extrañamos.
- Lo necesito…
- Tranquila – le susurró palabras de consuelo. – Estás cosas pasan… y… sólo nos queda aprender a vivir con ellas. – Ginny levantó la vista para observarla, sabiendo que por la mente de su madre pasaba el inolvidable recuerdo de su hermano Fred. – La herida siempre queda, pero uno aprende a sobrellevar el dolor. Mi niña, no estás sola. ¡Claro que no! Aquí estamos todos contigo – Ginny se apretó a ella, queriendo ser chiquita, y deseando que aquellas lágrimas, fuesen solo por haberse raspado las rodillas.
O O O O
La mesa de madera podrida se quebró, cuando el manotazo que le propició la colérica mujer la tumbó al suelo.
- No debí encargarte de nada. ¡Resultas tan incompetente como el resto!
- Lamento que el plan no haya resultado como esperaba. Pero, mi señora, hice todo tal cual me lo ordenó.
- ¡Debiste haber hecho más! – lanzó contra la pared un viejo jarrón de cerámica. – Es… ¡esto interferirá en todo!
- Mi señora… aún se puede hacer algo.
- ¡Necesitaba a Harry Potter con vida!
- Mi señora…
- ¡Cállate! – la mujer lanzó una mirada asesina a su servidor antes de cerrar los ojos, sentándose en un mórbido sofá con el tapiz roto. – Debemos cambiar todos los planes – miró a su sirviente, encorvado como una gárgola. – Cambiarlo todo... Reza para funcione – volvió a cerrar los ojos y se llevó dos de sus dedos de cada mano hacia sus sienes, masajeándolas.
-Funcionará – exclamó el hombre, con voz trémula y ahogada.
O O O O
Harry…
Era un débil murmullo, un susurro… casi desesperado. La luz que lo rodeó al apenas abrir los ojos lo aturdió por unos instantes. Un sopor agradable lo envolvía de pies a cabeza. Se levantó del lecho sin aplicar esfuerzo alguno para ello. Una sensación de relajación se hallaba presa en él, y la ligereza tan grata que mostraba su cuerpo no pasó desapercibido.
Sacudió la cabeza para despertar de su letargo, cerrando por un instante los ojos. Cierto mareo se presentó en él, pero al instante se disipó raudo. Era una sensación extraña la cual percibía… extraña, pero cautivante y absorbente.
- ¡Hasta que al fin regresas en sí! – aquella voz lo sobresaltó, pues había jurado que estaba solo en… ¿dónde? Era una habitación amplia, bien amueblada y bastante iluminada.
- ¿Qué…?
- Creí que habías muerto – después de aquellas palabras el sujeto se carcajeó, divertido, como si hubiera dicho el chiste más gracioso del mundo. El moreno lo miró sin entender.
- ¿Qué… quién eres tú? ¿Qué… qué demonios pasó?
- Una pregunta a la vez, amigo – Su acompañante sonrió ampliamente, mostrando una dentadura fina y perfecta. Su cabello era de tono cobalto, rizado y abundante, y su piel era de color moreno claro. Debía tener unos veinte tantos. Harry notó que era todo un cara-bonita, un rostro muy peculiar, muy fino.
- ¿Quién eres? – sin saber porqué, Harry se sentía tonto ante aquel ser.
- Llámame Aarón.
- ¿Qué pasó?
- ¿No lo recuerdas? – el extraño joven cruzó la habitación, y se detuvo frente a él. – Es un placer, Harry – Tendió la mano para saludarlo adecuadamente. Harry la aceptó, y en el intervalo de aquel saludo, aquel roce que le indicaron lo fría que era la piel de ese curioso muchacho, recordó lo sucedido.
Nota/A: ¡Muchas gracias a quienes están allí, leyendo este intento de fic!
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Les mando un fuerte abrazo, y hasta la próxima actualización..
Yani.!
