¡Gracias a quienes comentaron el capítulo anterior! Lo agradezco de todo corazón!

Acá les dejo el capítulo 4. Espero los entretenga (?)


Entre los Vivos.

Capítulo IV


- ¿Pero qué…? – soltó su mano bruscamente del agarre y lo miró con la confusión reflejada en sus pupilas.

Harry… Ese susurro suplicante y desesperado penetraba en sus oídos una y otra voz. Esa voz dolida, embriagada por la desesperación y el pésame… la voz de Ginny.

Miró de nuevo a su alrededor, sin tener idea de donde estaba. La amplia habitación era bastante iluminada, pero se percató de que no había ni una sola ventana o puerta. Cuatro paredes decoradas con tan sólo unos pintorescos cuadros de antiguos artistas famosos.

Un mareo repentino se presentó en él al cerrar los ojos y revivir las imágenes de hacía unos noches pasadas… el accidente, los golpes, la dolencia, la oscuridad… luego el letargo, la somnolencia a veces deliciosa.

Y ahí estaba ahora.

- Pareciera que hubieras visto un fantasma – Aarón soltó una nueva carcajada con ganas.

- Yo… no puede ser… – sin reparar en el sonido de la risa de su acompañante, Harry se sentó de nuevo en la mullida cama que ocupaba el centro del cuarto. Llevó ambas manos a su rostro y las restregó contra él, dándose cuenta de que no portaba sus gafas. – ¿Qué…? – no las necesitaba, su vista estaba perfecta.

- Es normal que te sientas algo extraño, pero no tardarás en acostumbrarte a la sensación. Es agradable, ¿a que sí?

- Estoy muerto… – Aarón rió de nuevo y Harry sólo atinó a levantarse de un salto y tomarlo por la solapas de su camisa completamente blanca. –¿Eres idiota? – le exasperaba el hecho de que él, quien quiera que fuese, considerara aquel asunto como para reírse. – Estoy… ¡Por todos los cielos! – su expresión desconcertada – Yo…

- ¿Qué otra razón habría para que te sintieras perfectamente después de tremendo accidente? ¡Atravesaste el cristal de un salto! Fue…

- ¿Acaso te parece divertido? – fortaleció el agarre de la camisa del joven.

- Calma… soy tu amigo, Harry.

- Estás gozando de esta situación.

- No veo terrible el hecho de morir. A todos les toca, ¿no? – mostró una sonrisa y se deshizo del agarre con agilidad. – Aunque no era tu momento. Pero…

- Por favor cierra la boca – de nuevo se sentó en la cama. – Por todos los cielos… – fue un susurro acompañado de un suspiro, pausado y confundido. El desconcierto se arremolinaba en su cabeza atorrantemente… ¡Dios! No podía haber muerto… no… Asimilarlo le estaba costando. Pero aquellas imágenes que se transportaron a su mente hacia unos instantes le comprobaron que aquello que vivía (si podía decir "vivía") era la absoluta realidad. ¡Maldita sea! Lo que no había logrado Voldemort lo había logrado un maldito accidente. Parecía algo inverosímil, irreal…

Harry…

Y esa voz… ese llamado ahogado.

- Ginny… – se levantó sobresaltando a Aarón. Su vista se quedó fija en algún punto inexistente frente a él.

Ginevra… En esos momentos se dio cuenta de que, aun estando muerto, se podía sentir la tribulación, el abatimiento, el padecimiento…

Ginny.

- Ginny…

- Ella…

- Debo verla.

- No puedes – la expresión divertida que Aarón mostraba hacía unos minutos se había desvanecido. Ahora la seriedad marcaba cada rasgo de su curioso y asombroso rostro, haciéndolo ver de más edad. – Ésta situación en la que nos encontramos no sucede muy a menudo. Se supone que tú…

- No quiero escuchar ahora lo que tengas que decir. Yo… ¡necesito ver a Ginny!

- Comprende tu situación, Harry – el joven de cabello cobrizo lo tomó por los hombros. - Escúchame…

- No entiendes… – lo miró con los ojos como dos rendijas, ardidos en confusión y angustia. – Yo… Ginny… – una punzada en el pecho le hizo soltar un pequeño gemido.

- Debes calmarte.

- ¿CÓMO CREES QUE PUEDO CALMARME EN ESTA CIRCUNSTANCIA? Es… esto… – toda la situación era tan ilusoria, tan utópica. La punzada en su pecho aumentó. – ¡Maldición! – se llevó una mano a esa zona, justo sobre el esternón. – Si estoy muerto, se supone que no debería sentir esto – se señaló la parte donde se encontraba su corazón.

- ¿Me dejas explicarte? – Aarón lo hizo sentarse ahora sobre un sofá del cual Harry no se había percatado.

- Ginny… y ¡Dios! – un vahído le vino de manera repentina – ¡Me lleva el diablo! – soltó un improperio mientras uno de sus pies chocaba contra el suelo.

- ¡No digas eso! En tus condiciones puede venir y llevarte con facilidad.

- Estás demente.

- Puede que sí – de nuevo el joven bromista y divertido. – Lamento mucho todo esto, Harry – dijo de pronto.

- ¿Qué demonios sucede?

- No invoques a los demonios. Hoy en día andan muchos sueltos por ahí.

- Escúchame… yo, esto debe ser… - se pellizcó uno de sus brazos a ver si despertaba de aquella pesadilla. Otro pellizco, y otro, y otro más…

- Esto es real - la voz de Aarón ya empezaba a denotar cierto fastidio. - ¡Estás muerto, Harry!

- Yo…

- Ya acéptalo – suspiró y dejó pasar unos minutos antes de plantarse con firmeza frente a un confundido ojiverde.

El moreno resopló con fuerza; contrariado, confundido y malditamente angustiado; Ignorante, desorientado… la punzada en su pecho aumentó otro poco, y después de pasados al menos unos veinte minutos, Aarón tomó de nuevo la palabra.

- Me debes dejar explicarte.

- Esto no debía pasar – observó con la mirada acuosa el rostro moreno del chico. Éste le devolvió el gesto, con la pena reflejada en sus iris color miel.

- Tienes razón, no debía pasar.

O O O O

La felicidad no consistía en recordarla sino en vivirla.

Las manos del joven mago apretaron su cintura después de sentir tocar el cielo y tomar las estrellas entre sus propios dedos. La respiración agitada de Harry penetró en sus oídos antes de sentir sus dientes tomar con sensualidad el lóbulo de su pequeña oreja. Suspiró satisfecha mientras se apoyaba completamente en él y jugueteaba con el cabello azabache de su nuca… si la plenitud y la dicha mataran, hacía rato que estaría muerta.

- Perderemos la reservación por tu culpa – Harry levantó el rostro y la miró con una ceja levemente arqueada.

- ¿Mi culpa? – bajó la vista hacia sus cuerpos agitados, acoplados de manera perfecta en una posición de placer. Las caderas de Ginny se apretaron contra él mientras sentía sus delgados brazos aferrarse a lo ancho de su espalda. – Algo me dice que perderemos la reservación por usted, señorita… - le besó en la boca y acarició su menuda espalda con suavidad. – Y por mí no existe ningún problema. – hundió la nariz en su cuello y aspiró fuerte, gozando del cosquilludo placer en la base de su vientre, en el centro de su estómago, en su pecho, en sus brazos, en sus piernas, ¡en todas partes! – No te puedes ni imaginar lo mucho que me encanta tu cuerpo, hermosa. Si no fuese por tu estómago, te ataría ahora mismo a la cama y te haría mía una y otra y otra y otra vez; saldría el sol y aún estaría haciéndote el amor como no tienes idea – mordisqueó su piel. – Te deseo como un loco.

- Eres... – gimió – increíble – jaloneó suavemente su cabello, levantándole el rostro. – Muero de hambre… susurró. Los labios de Harry regresaron a su lugar favorito, la base de su cuello. – Ya… atrajo su rostro y lo besó parsimoniosamente antes de levantarse. – Eres insaciable. – expresó con una sonrisa mientras se acomodaba el vestido después de ponerse sus bragas.

- Sólo cuando se trata de ti – Harry se levantó del sofá y se acercó a ella, destilando adoración a través de sus verdes ojos. Saboreó nuevamente sus labios, luego tomó la mano que portaba el brillante anillo y besó sus dedos con afecto. – Yo te amo – le sonrió lleno de felicidad.

- Y yo a ti los corazones de ambos parecían uno solo cuando retumbaban de aquella manera tan rauda y sincronizada. Ginny sentía estallar de goce; se abrazó al cuerpo de su prometido y mordió su mentón traviesamente. – Cuando volvamos, me atarás a la cama... y harás conmigo lo que gustes.

La recamara antes brillante y alegre parecía ahora la tumba de algún muerto viviente.

Los frascos de pócimas para dormir se encontraban vacíos sobre la cómoda junto a su cama, la comida que su madre le había preparado esa mañana aún seguía intacta junto a ellas. Olía a encierro, a ropa sucia y a dolor.

El daño desgarrador nacido dentro de ella parecía coger cada vez más fuerza, dominando su ser entero. Se clavaba en ella como una espina... adentro, adentro, más adentro, como si no quisiese nunca salir. Le dolía el alma.

- Harry… – gimió al apenas abrir sus hinchados ojos. Jaló con amargura la sábana que la cubría y se tapó la cara con ella. Su cuerpo se volvió un pequeño ovillo sobre el colchón, encogiéndose por el desasosiego. Tentó con sus manos sobre la mesita junto a la cama hasta dar con un frasquito, sólo para comprobar que ya estaba totalmente vacío.

Se incorporó para buscar más de aquella pócima que para ella ahora era una droga, mas al parecer ya había agotado todas sus reservas para caer ante el aturdimiento. No recordaba donde estaba su varita, y los ánimos para levantarse en busca de ella eran nulos desde ese fatídico día.

- Debe estar dormida, querida. Creo que lo mejor…

- Yo la despertaré. Señora Weasley, ¡ella ya no puede seguir así! – reconoció la voz de Hermione al otro lado de la puerta; luego una variada cantidad de murmullos.

- ¡Ginevra! – la puerta de su habitación se abrió de par en par. La luz del pasillo penetró en la oscura estancia, haciendo que entrecerrara los ojos para evitar esa incomoda sensación. – ¿Qué…? – la mirada café de su cuñada paseó por el lugar antes de posarse sobre ella. – Este lugar es un desastre. ¡Qué chiquero!

- Cierra la puerta – la pelirroja llevó una de sus manos hacia su rostro. - ¡Cierra la puerta, Hermione! – se acostó sobre la cama y de nuevo se cubrió con la gruesa frazada.

- Ginny…– Hermione se acercó a ella después de privar a la habitación de aquella brillante luz que venía del pasillo de la madriguera. – Ginny…

- Déjame sola – era una súplica ahogada por la almohada debajo de su cara. Sus ojos le pinchaban y de nuevo, sin evitarlo, lloró.

- Ginny…

- ¡Déjame sola!

- ¡Eres una completa egoísta! – Hermione tomó el borde de las sábanas y tiró de ellas. – ¡Ginevra! – el estado de la pelirroja era deplorable. La almohada estaba húmeda por sus lágrimas y los gimoteos ya se escuchaban con ganas. – Ginny… – la joven mujer atrajo la figura de la pelirroja como si de una muñequita de trapo se tratase. La abrazó fuertemente, acompañándola en su llanto desgarrador. – Ginny…

- Esto… Hermione… no… – no lograba completar una simple frase.

- Ya está – la castaña le levantó el rostro. – Ginny, ya basta. Sé que sufres… todos sufrimos. Esto… esto es…

- No pueden saber cómo me siento.

- ¡Harry era como mi hermano, Ginevra! Mi hermano, mi mejor amigo. ¿Crees que no sufro con todo esto?

- No comprendes…

- Sí que comprendo. Y pienso que eres una completa y total egoísta – habló con firmeza. A Ginny le entraron unas repentinas ganas de darle una bofetada – Harry se fue, y todos sufrimos por ello. Ronald se traga las ganas de llorar y trata de superarlo aunque sé que nunca será el mismo. Tus padres… padecen y toleran el dolor en silencio, sin expresarlo, aunque éste esté manifestado hasta en las formas de moverse… y no es sólo por la pérdida de uno de sus hijos, sino también por la pérdida de su única hija.

Las lágrimas de Ginevra continuaban descendiendo por sus pálidas mejillas. Las palabras de Hermione llegaban a su cerebro con velocidad, tratando de procesarlas ante el suplicio que la gobernaba.

Aún quería golpearla, quizá para desahogarse.

Dos semanas habían pasado, y ella juraba ya no reconocer la luz del sol. Encerrada en esas cuatro paredes esperaba olvidar toda cosa que existiera alrededor… hasta a su familia. Deseos insanos pasaban por su cabeza y ella se encargaba de apartarlos con la velocidad de un rayo de su mente, pues temía sucumbir ante ellos.

- Hermione… – apretó los labios con la intención de dejar de llorar. – Yo… duele – era un hueco en el pecho que sabía nunca cerraría.

- Lo sé, Ginny. Pero debes seguir… por tus padres, por tus hermanos, por mí. Nos mata verte así. Y sé… eres fuerte, amiga - la abrazó de nuevo. – Levántate – Hermione acarició su cabello con afecto y ternura. – Levántate, báñate, y peina este cabello rojo que tienes… ¡Lo tienes enredadísimo! – Ginny soltó una risita floja, la primera desde hacía ya quince días. – Anda, ¿me prometes que lo harás? – la joven asintió con la cabeza.

- Sólo… dame unos minutos.

- Bien, estaré abajo esperándote. Quiero ver la expresión de tu madre cuando por fin te vea bajar esas escaleras después de tanto tiempo – le secó las mejillas y le sonrió.

- Dile que lo siento.

- Díselo tú cuando estés abajo – Hermione cerró la puerta tras de sí.

Ginny continuó sobre el centro de su cama, aplicándose al hecho de tener que usar una máscara ante su familia. Una máscara la cual mostraría una indiferencia que quizá fuera un tanto lastimera. Pero ¿qué querían recibir de ella? ¿Risas y cantos después de perder a la persona con la cual compartiría el resto de su vida? No podían pedir mucho… Y menos si ya Harry no estaba a su lado.

Se miró en el espejo apenas se levantó de la mullida cama tibia por su cuerpo. ¡Era un completo desastre! Sus ojos mostraban un enrojecimiento que sobrepasaba el límite de lo normal, como si estuviesen inyectados de sangre. Sus blancas mejillas parecían estar más adheridas a los huesos de su pequeño y fino rostro, húmedo y pegajoso. Su cabellera mostraba unos cachos gruesos que se formaron con su propio cabello, se notaba que no lo había lavado ni peinado en varios días… Las ojeras formaban bolsas casi negras bajo sus ojos a pesar de pasar el día enteramente dormida, y su piel más pálida de lo normal le daba un aspecto de muerta.

-Pero tú no estás muerta, Ginny. Harry sí… él… sí.

- Me lo debes, pelirroja – Harry la tomó de la cintura mientras el ascensor descendía hacia el estacionamiento del edificio.

- Siempre dices que te debo tal cosa cuando en realidad no es así – Ginny formó ese puchero que tanto enloquecía al moreno.

- ¿Estás diciendo que lo estoy inventando? – la atrajo hacía él y la pegó a su cuerpo cuando ya faltaban sólo dos pisos para llegar. – Porque no es cierto… - tomó entre su boca su labio inferior. – Me debes ese baile.

- No te debo nada.

- Me lo debes – calló su replica con un beso, deslizando luego sus labios sobre la piel de su mejilla coloreada para luego posarse en su mandíbula. – Cuando regresemos, ¿sí? – besó un lado de su cuello.

- ¿Acaso no ibas a atarme a la cama? – Ginny lo atrajo por el despeinado cabello y atacó su boca con verdadero deseo.

- Después... – respiró – después de verte danzar. – Ella sonrió, Harry nunca le dejaba terminar sus bailes.

El recuerdo de la felicidad ya no era felicidad. Nuevas lágrimas arremetían una detrás de otra mientras el agua helada de la ducha la bañaba de pies a cabeza.

O O O O

Esa risa maquiavélica martilleaba sus oídos de manera incesante… pero le gustaba. Podía ser llamado masoquista, sádico, pervertido… lo que fuera; pero fiel servidor a su dueña.

La mirada oscura de la mujer mostraba, además de demencia, cierta sabiduría. Sabía lo que hacía, y más si el resultado de aquel plan algo descabellado y complicado la beneficiaría. ¡Todo el maldito poder para ella! Aquello la alentaba y la hacían reír aún con más potencia.

- Mi señora… – habló en voz baja, casi con miedo, pero siempre con respeto. – Mi señora, no quiero contradecirla. Usted es sabia y sabe lo que hace. Pero… ¿por qué no tomarla y traerla sin…?

- Debe darnos el poder con su consentimiento. No podemos obligarla – los finos dedos se pasaron por su cabellera negra para luego unir las manos sobre la mesa de madera. – Una sangre pura puede sernos más útil que el héroe del mundo mágico. Quizá el destino sí está de nuestro favor… quien sabe. Todo pasa por algo – miró a su vasallo con los ojos entrecerrados. – Espero esta vez no haya equivocaciones, Octavius… – un ratoncito se paseó por la mesa, alrededor de sus manos. Sin vacilar lo tomó con fuerza, apretando su peludo y diminuto cuerpo hasta tal punto de hacerlo chillar. – No lo arruines – soltó al ahora inerte animal.

O O O O

¿Desde cuándo no tomaba aire fresco? El sol le calentaba la piel de manera agradable y el aroma de las flores que plantó su madre le causaron un sopor que la llenó de vitalidad después de cruzar las colinas frente a la madriguera.

Tomó asiento en el esponjoso césped cerca de un sauce algo alejado de su hogar. Se recostó de espalda, cerrando los ojos para que la claridad del día no la atosigara. Pensar era lo que menos deseaba hacer y, sin embargo, le resultaba inevitable… la pena y el pesar seguían calando dentro de ella hasta hacerle doler los huesos. Olvidar, olvidar, olvidar…Deseaba lanzarse un simple Obliviate para no recordar absolutamente nada… estar sin el dolor en el alma era algo que añoraba…

Harry, Harry, Harry…

…pero no más que estar con Harry. Movió su cuerpo hasta quedar de costado. Sintió la frescura de la grama acariciar su rostro y deseó que el césped estuviera bañado con su habitual recio de todas las mañanas. Cerró los ojos, queriendo dormir sin necesidad de la pócima o de alguna pastilla muggle.

Harry, Harry, Harry…

Murmuraba su nombre aún sin estar completamente dormida. El letargo tardó en llegar y la relajación de los miembros de su cuerpo la hicieron suspirar contra la tierra a su alrededor.

Harry, Harry, Harry…

La frustración llegó sin aviso, avivándose en su ser y haciéndola gritar en el interior. La mano que se hallaba sobre el césped se cerró como si de una garra se tratase. Ginny sintió pequeñas porciones de tierra enterrarse en sus uñas y diminutas piedritas lastimar la piel de sus palmas debido a la presión que su puño ejercía. El sollozo que salió de su garganta rompió el silencio que la rodeaba.

Harry, Harry, Harry… Por qué, por qué, por qué…

¿Había cometido algún pecado para merecer aquel martirio? Su familia también sufría, lo sabía. Pero no la entendían, así pensaba ella. El sufrimiento y dolor que Ginevra Weasley sentía no podía ser comparado con el de nadie… estaba incompleta, vacía, rota por dentro… con su alma en vilo y su corazón partido por la mitad. Levantó el puño que mantenía sujeta la tierra y golpeó varias veces sobre ella. Quizá gritar la ayudaría, aunque sabía que nunca sería la misma… por más que chillara como histérica la situación para ella sería exactamente igual. Ginevra Weasley jamás volvería a ser Ginevra Weasley.

- Disculpe…– se sobresaltó apenas escuchó aquella desconocida voz. Maldijo internamente a quien quiera que fuese aquel que la perturbó en su sufrimiento con su nefasto aspecto.

La tierra que mantenía sujeta entre una de sus manos cayó de nuevo a donde pertenecía. La sombra del árbol se hizo más grande con el pasar del tiempo, por lo que pudo abrir los ojos sin la molestia de la luz del sol en ellos. Sorbió para luego liberar un suspiro mientras se incorporaba hasta quedar sentada.

- Señorita…– Ginny levantó la vista ante el sujeto frente a ella. Joven, bien parecido, con un cabello castaño claro, liso, y una mirada marrón penetrante, bastante intensa. Lo miró desde abajo con la indiferencia auténtica, sin importarle en lo más mínimo quien fuera, simplemente quería estar sola de nuevo. – ¿Se encuentra bien?

¿Acaso no veía su deprimente estado de infelicidad? El joven bajó la vista, reparando en el sonrojo que adquirieron sus mejillas por preguntar algo que a simple vista era tan obvio.

- Lo siento, yo… – la mirada castaña de la chica pelirroja parecía perdida en algún punto sobre su cabeza. – Señorita… - Ginny lo observó con sus ojos carentes de brillo y vida. Inexpresivos y distantes. – Yo… me perdí buscando la residencia de los Lovegood.

- Los Lovegood… – habló de manera monótona, como si fuera una especie de robot reprogramado. – No está muy lejos. Un poco más allá de esas colinas. – señaló las pequeñas montañas mientras se levantaba del césped; y sin importarle los manchones de tierra que tenía su ropa y su cara, se giró para regresar a la madriguera.

- Señorita… – la mano del joven la detuvo por uno de sus brazos. El cosquilleo que percibió a lo largo de su columna vertebral no fue algo normal, mas lo ignoró y continuó con su camino. - Señorita… – Ginny se liberó del agarre como si éste le quemara, y con su misma actitud de fría indiferencia continuó su andar. – Señorita, si gusta la acompaño a…

- No necesito que me acompañe.

- Está…

- Estoy bien… sólo váyase. No está muy lejos de los Lovegood – lo miró con su expresión aciaga antes de voltear los ojos.

Caminó con pasos lentos hacia la humilde morada de los Weasley, aún sintiendo hervir en sus venas las ganas de gritar, ahora con más ímpetu y poder. La máscara que había adoptado esa mañana regresaba a su cara, y ahora debía fingir estar algo recuperada.


Nota/a: Me pongo nerviosa por segunda vez al publicar esto, ya que aún no estoy totalmente segura con este fic.

Quiero agilizarme, siento que las vacaciones se me están yendo demasiado rápido (como todo el tiempo en general). Ahora mismo me sentaré a escribir lo que sigue de Loco Por Ella para dejar adelantado lo más que pueda (si no termino ese fic esta semana, espero que sí) el 21 me voy de viaje y ya cuando regrese no tendré mucho tiempo libre antes de iniciar con la universidad.

Y bien…

¡Gracias por leerme, corazones!

Hasta la próxima actualización,

Yani.