Lamento la tardanza, estaba de viaje de vacaciones. Sepan disculpar =)

Listo el capítulo. ¡Gracias millones por leer!


Entre los Vivos.

Capítulo V


Los días y horas iban en contra de ella. Todo muy deprisa, tan precipitadamente. Tan sin color y sin sabor en sus días, y ahora sin tiempo.

Quería demostrarles a todos que en parte se estaba recuperando, mas el tato apático le nacía sin ella proponérselo. Venía del alma, ¿y cómo iba a estar esa parte de su existencia? Aún descuartizada.

- Desayuna, Ginny. Por favor. – la voz de Molly la despertó del trance en el cual caía de vez en cuando mientras miraba hacia la ventana que daba al jardín de la madriguera.

- Esta tarde me regreso a mi departamento – soltó caminando lentamente hacia la mesa.

- Mi niña, no tienes que irte. Acá…

- Creo que ya es tiempo, mamá – se sirvió un vaso de zumo de manzana. – Vendré a recoger las pocas cosas que tengo después del trabajo.

El desayuno fue silencioso. Sólo se escuchaban los cubiertos golpear con los platos una y otra vez.

- Quédate, Ginny – pidió Molly pasados unos minutos, dejando fijos sus ojos marrones en el rostro descolorido de la joven pelirroja.

- Estaré bien, mamá. – sonrió débilmente antes de llevarse a la boca un bocado de huevos revueltos. - ¿A qué hora llega papá?

- Viene para la hora de la comida.

De nuevo el silencio se hizo presa entre ambas mujeres. Los ojos de Ginevra se posaron nuevamente sobre el cristal semi-abierto de la ventana, divisando las pocas nubes que se arremolinaban en una esquina del ancho cielo. ¡Nunca antes algo en su vida le había resultado tan difícil! Fingir serenidad cuando en realidad lo que deseaba era arrojarse de algún acantilado. Y listo, acabar con todo.

- Puedo venir a cenar cada noche – dijo de pronto y sin pensarlo más, volteando su cara para fijarse en la de su cansada madre, la cual sonrió apenas soltó aquellas palabras.

O O O O

La mañana después de abandonar la madriguera rumbo a su trabajo resultó agobiante. El tráfico que se presentó ese día en Londres había ayudado para avivar aún más su mal estado, estresándola de sobremanera. ¡Todo le venía saliendo mal! Absolutamente todo… Se veía molesta por estupideces de las cuales ni siquiera había que percatarse. Molesta con ella misma… molesta con la vida. Y es que desde aquel día en el cual se enteró que Harry ya no estaría con ella, algo considerablemente fuerte se apoderó de su ser, estrujándole las entrañas y causándole un daño que nunca concluiría con nada.

- Señorita Weasley – su joven secretaria la llamó en voz baja desde el otro lado del marco de la puerta. – Señorita…– repitió para llamar su atención, la cual se hallaba concentrada en algún punto inexistente a través del vidrio de la ventana. – Seño…

- Ya te escuché, Tina – su voz salió ronca y contenida.

- Lamento molestarla – la menuda y rubia mujer bajó la vista. – Pero hay un joven que no ha dejado de llamar desde hace días, pidiendo hablar con usted.

- Te dije que no deseaba hablar con nadie.

- Lo sé, señorita. Pero este chico…

- Simplemente dile que no estoy – se removió sobre su silla y de nuevo fijó su curiosidad en la ventana. – Si no es referente al trabajo, no es importante. – apenas volvió a la oficina se había encargado de mantenerse ocupada con innumerables redacciones, ediciones y artículos; no hacía otra cosa que enfocar su mente al cien por ciento en su trabajo, evitando pensar demasiado. Encontrarse abatida sobre su cama ya no era una opción, por lo que rechazó el mes entero que le ofreció su jefe para terminar de recuperarse y regreso a su puesto velozmente.

- Bien – la mujer no mostró estar ofendida ante su tacto poco delicado, pues ya se hallaba acostumbrada a la actitud huraña que había desarrollado; en parte era entendible y de esperarse. – Lamento haberla molestado. – no dio una respuesta, así que Tina giró sobre sí y abandonó la oficina.

Una vez más la soledad absorbía el lugar y el ramalazo por su pérdida se clavaba como una astilla contra la piel. Los ojos le picaban de sueño y la atmosfera silenciosa actuaba como un incentivo para hacerla desear una larga siesta que le prohibiera pensar. Recostó su cabeza cómodamente sobre el respaldar de la silla, reclinándola un poco hacía atrás. Sus ojos captaron las leves gotitas de lluvia que empezaban a caer, chocando contra su ventana y empañando lentamente el cristal.

Cerró los ojos, dejándose arrullar por el sonido de la lluvia que parecía coger potencia.

Llovía fuerte, los truenos resonaban con ganas y los rayos alumbraban con claridad el oscuro bosque frente a la cabaña al aparecer sobre el cielo. El miedo la carcomía, mas un alivio parecía nacer desde el centro de su estómago de manera inexplicable, incitándole a pensar que todo terminaría completamente bien.

Sentía que llevaba horas en el lugar. Sus piernas le dolían y lo único que quería era sentarse. Miró a su alrededor buscando alguna otra persona que le explicara dónde demonios estaba. Su sexto sentido le decía que no estaba sola… mas la compañía al parecer no era del todo segura.

- Ginevra… Una desconocida voz femenina proclamaba su nombre desde alguna sala dentro de la descuidada casita de madera. El miedo aumentó, pero con él también la sensación de bienestar, algo muy contradictorio. - Ginny… todo va a estar bien…

El maldito sonido de alguien tocando al otro lado de la puerta interrumpió su descanso. Pestañeó varias veces para acabar con su visión borrosa y se enderezó con calma sobre la silla. Le dolía el cuello y una molesta punción parecía querer acabar con su cabeza.

- ¡Ginny! – Hermione la sobresaltó con su agitada entrada a la oficina. Se quejó levemente por una nueva punzada contra sus sienes, llevándose dos dedos de cada mano a ellas y masajeándolas suavemente.

- No tienes porque entrar así, Hermione – habló con los ojos cerrados.

- No respondías así que… – la castaña bajó la mirada, preocupada.

Ginny suspiró sin verla.

- Si me hubiera querido hacer daño yo misma, Hermione, lo habría hecho desde hacía tiempo, créeme.

- Yo no…

- ¿Para qué viniste? – la cortó, abriendo los ojos y apoyando sus codos sobre el escritorio.

- Quería verte – tomó asiento en la silla libre frente a Ginny. – Luna me llamó está mañana, dice que no le contestas a ninguno de sus mensajes y a ninguna de sus llamadas.

- No quería hablar con nadie.

- Por supuesto – resopló bajamente mientras cruzaba los brazos a la altura de su pecho y se apoyaba sobre el respaldar de su asiento.

Ambas se mantuvieron calladas por una considerable cantidad de tiempo. Ginny aún masajeaba sus sienes mientras Hermione la observaba atenta y con pesadumbre.

- ¿Quieres una aspirina? – preguntó después de un rato.

- No, gracias.

- Seguramente no has comido nada.

- Creo que la siesta que tomé me cayó mal… – en ese instante trató de revivir en su mente el extraño sueño que tuvo. Raramente, no recordó nada.

La lluvia en Londres ya había cesado mas el cielo aún se veía encapotado, con una gran cantidad de nubes grises que no daban permiso para ver una ni una mínima partecita del cielo.

- ¿En qué piensas? – cuestionó Hermione. – Ginny… – los castaños ojos de la pelirroja se mantenían inertes frente a un punto invisible frente a ella. - ¡Ginny! – bramó, levantándose para zarandearla con poca delicadeza. – Odio cuando te pierdes así, pienso que te dará un ataque. ¿Qué sucede?

- No pasa nada.

- Sigues mintiendo muy mal, pero por esta ocasión fingiré que te creo. Vamos a comer, ¿sí? Yo invito.

- No tengo…

- Ginevra… – la voz llegó con ese deje de seriedad que a Ginny tanto le ofuscaba. – Por favor, seguramente no has comido nada en toda la mañana.

- Desayuné en la madriguera, si gustas llama a mamá y le preguntas.

- De todas formas, debes comer algo ahora – se levantó de la silla y se colgó su bolso. – Vamos.

No sirvió de nada el que rezongara por todo el camino hacia la salida del edificio. Hermione la hizo caminar tres cuadras por las aceras empapadas hasta llegar a un pequeño pero lindo lugar al parecer francés. Una comida exquisita, con una atención bastante servicial y agradable. Los ánimos le subieron un poco en esa ocasión… sólo un poco.

- Por favor, comételo todo – Hermione habló como si estuviera tratando con un niño pequeño. Ginny la observó con el entrecejo levemente fruncido, mientras revolvía los vegetales de su ensalada con un tenedor.

- ¿Y si ya estoy llena?

- Por favor, Ginevra – tan solo intercambiaron unas miradas retadoras antes de liberar un par de carcajadas.

- ¡Parecemos madre e hija! – comentó la pelirroja. Una pequeña risa aún se escuchaba de su boca, era un sonido que le parecía ajeno.

- Yo siempre como la madre… – se quejó Hermione, sin dejar de sonreír. Y volvieron al silencio, suspirando a la par que se veían sin parpadear. – Momentos como estos son los que extraño – murmuró, nostálgica. – También sufro, Ginny, pero no debemos impedirnos vivir. Nada hacemos con ello.

Ginevra enfocó sus ojos en el vaso de vino que se hallaba junto a su plato, maldiciendo el escozor que se estaba desarrollando en ellos. ¡Una mierda! ¿Qué demonios hacía con llorar como Magdalena cada tantos minutos? ¿Cómo podía atreverse a lagrimear cuando mostrar sufrimiento y debilidad era lo que más detestaba?

La partida de Harry la había dejado vulnerable… una fuerte y segura Ginevra Weasley había sido suplantada por una débil y endeble jovencita que inspiraba lastima a quien quiera que la viese. ¡Patético!

- No es fácil – escuchó a Hermione. – Y entiendo que para ti el dolor no sea igual al nuestro… pero, Ginny…

- Sé lo que me vas a decir – y de nada le serviría escuchar de nuevo lo que ya sabía. – Creo que no me apetece el postre, ¿nos vamos ya? – cambió el tema tajantemente. Notó a su cuñada negar con la cabeza antes de levantar la mano para llamar al mesero.

- No sólo es por ti, ¿lo sabes, verdad? Tus padres…

- Hermione… – interrumpió su andar sobre la acera mojada, ya fuera del restaurante. – Sólo, deja el tema en paz, ¿sí? – cada quien conocía la manera de sobrellevar el dolor. Si aislarse y encerrarse dentro de ella misma era la suya, su familia lo tendría que aceptar.

- Bien…– escuchó a su cuñada, después de varios minutos. – Tengo que irme, quedé con Ron para ir a casa de Bill esta tarde. ¿Te gustaría venir? A tus hermanos les…

- Tengo mucho trabajo – indicó con velocidad. – Quizá para otra ocasión.

- De acuerdo – bajó la vista, era evidente la decepción en aquel gesto. – ¿Te acompaño a la oficina?

- No, gracias, mejor ve con Ron. A mí me gustaría caminar un rato antes de volver al trabajo.

- Bien, como tú desees. Por hoy te complaceré – Suspiró antes de darse vuelta e ir hacia el lado contrario – Ah, ¡Ginny! – la llamó antes girar en la esquina hacia otra cuadra. – Te quiero – le sonrió cariñosamente, mientras agitaba la mano en señal de despedida y continuaba con su camino.

Ginevra mostró un amago de sonrisa sincera mientras circulaba entre el gentío que acaparaba todas las aceras londinenses. El clima frío de ese día le gustaba y el aroma de lluvia que penetraba en su nariz la relajaba.

Sus pies la llevaron hacía uno de esos lindos parquecitos que gozaban de frondosos árboles y mucha grama ahora húmeda y mojada; eran pocos los sitios así en esa inmensa ciudad. Tomó asiento en una pequeña banca, seca gracias a las gruesas ramas del sauce que estaba junto a ella, y fijó su vista en el ir y venir de las personas a su alrededor.

En momentos como ese tendía a perderse en sus pensamientos. En recuerdos pasados que hacían latir a mil su corazón y desear retroceder el tiempo. ¿Sería posible? Acabar con el sufrimiento y vivir de nuevo como la futura señora Potter…

- ¿Ginny? – un llamado la hizo girar la cabeza hacia la figura femenina que ahora estaba a su lado. – ¡Ginny! – Luna prácticamente saltó sobre ella, brindándole un abrazo que no captó en responder por la sorpresa.

- Luna – le sonrió débilmente cuando la chica la soltó para sentarse.

- ¿Por qué no respondes mis mensajes? – la rubia la miró, expectante, con sus azules y soñadores ojos bien abiertos. El abrigo que portaba era de unos colores llamativos y vistosos, con diseños extravagantes y raros tejidos a cada lado de las mangas. Cargaba puesto un juego de esos pendientes de rábanos y bajo su brazo derecho se hallaba una edición de la revista El Quisquilloso.

- Lo siento, Luna. Es que…

- No importa. La verdad es que me alegra muchísimo por fin verte. ¿Cómo has estado?

- Pues, supongo que bien – respondió, simplemente. – Hace unos instantes estaba con Hermione.

- Hace mucho que tenía ganas de verte. – acotó, mirándola con abrumadora fijeza. – ¿Sabes? Te haría bien tomar un té de Slidrak con baba de Snordock, te quitarían esas ojeras que están marcando tu linda piel. – Ginny rodó los ojos, sin evitar que una pequeña risa escapara de entre sus labios. Ahora se daba cuenta de lo mucho que extrañaba a su loca, directa y singular amiga. – La próxima semana será el cumpleaños de mi padre… – continuó, cambiando radicalmente de tema, como solía hacer. – No haremos una gran fiesta, sólo una reunión entre los amigos. Espero verte con tu familia allá.

- La verdad es que con tanto trabajo…

- No aceptaré no verte ahí – Luna se levantó raudamente de la banca y guindó su bolso sobre su hombro. Guardó la revista en él y sobre su cabeza se acomodó un espantoso sombrero de plumas y cuero. – Ahora vamos. – tendió su mano hacia ella.

- ¿Para dónde?

- Me apetece tomar un café y quiero que vengas conmigo.

- Gracias, Luna, pero me gustaría quedarme acá. Quiero respirar aire fresco antes de encerrarme de nuevo en mi oficina.

- En ese caso… – Luna se sentó de nuevo. – Me quedo acá contigo.

- Luna…

- La lluvia atrae a los Masipsk – comentó la chica como si nada. Ginny blanqueó los ojos.

- ¿Qué son los Masipsk?

- No son peligrosos. Tan sólo les gusta jugar con el lodo fresco y pegarse en tu cabello.

- Ah – asintió levemente, no extrañada con las raras teorías de su compañera sobre criaturas "inexistentes".

Pasaron varios minutos en los cuales ninguna decía palabra alguna. Luna ojeaba de vez en cuando su reloj de pulsera y Ginevra se percató de la preocupación que mostraba por la hora.

- Luna, si tienes que irte…

- Tengo una reunión en el trabajo en veinte minutos. Pero creo que no sucederá nada si no…

- ¡Nada que ver! Por favor, ve. Yo estoy perfectamente bien.

- Mientes muy mal, Ginny – y ella conocía la capacidad que poseía Luna para captar el estado exacto de las personas.

- De verdad, Luna. Además, quiero estar sola – y en eso no mentía. La rubia la observó con atención, suspirando, antes de levantarse del asiento.

- Espero verte en la reunión por el cumpleaños de mi padre – buscó dentro de su bolso y sacó un diminuto papel con un número escrito en él. – Cambié mi número de teléfono.

- No tenía idea – tomó el papelito.

- Si nunca miras mis mensajes – parecía reprochárselo, mas a Ginevra no le importó mucho. – Nos vemos, Ginny. ¡Y cuidado con los Masipsk!

- Dijiste que no eran peligrosos – la joven sólo le sonrió amistosamente mientras se daba la vuelta y emprendía su camino hacia las afueras del parquecito.

Ginny resopló conforme Luna se alejaba del parque. Su amiga era todo un caso particular. La extrañaba de sobremanera, al igual que al resto. Pero algo en su interior le prohibía siquiera estar amenamente tranquila con su familia… menos con sus amigos.

Reiteradamente, se perdió en la nube de pensamientos que inundaban su cabeza. Un ligero viento la hizo estremecer y antes de darse cuenta, ya nuevas gotas de lluvia empezaban a caer.

La gente aceleró el paso y varios niños que antes jugaban a saltar sobre los charcos corrían con apremio hacía sus padres que los llamaban a gritos. No tardó en estar sola entre los árboles de ese lindo parque, ahogada en su tormento bajo las ramas de aquel sauce que se movían con la brisa. Un trueno resonó potente a su alrededor, y, como si de una fotografía frente a ella se tratase, la imagen del sueño de ese día la caló con profunda insistencia…

La noche, el bosque negro, la cabaña descuidad… y esa calmada y apacible voz que le prometía seguridad y bonanza…

- Todo va a estar bien…

Una picadura arremetió contra su pecho y un malestar irritante nació desde la base de su estómago, una molestia muy parecida a la que se siente cuando se tiene deseos de vomitar. Se sonó la garganta y, sin verlo venir, realizó una horcada para liberar de una todo lo ingerido en el restaurante ese día. Le dolía la cabeza y su piel sudaba a pesar del frío que hacía.

- Dios… – murmuró, tocándose la frente y apoyándose fuerte sobre la banca para no caerse. Hacía días que no sentía aquel insoportable malestar. – ¡Maldición! – exclamó, inclinándose para vomitar de nuevo. Sollozó sintiéndose terriblemente mal; frustrada, secó unas cuantas lágrimas que liberaron sus ojos y temblorosa se acobijó mejor con el abrigo que cargaba puesto.

El Todo va a estar bien era una mera fantasía.

- Señorita…– escuchó la voz demasiado lejos a pesar de tener a la persona frente a ella. Sus ojos nublados sólo capturaron la silueta borrosa de un hombre con abrigo y sombrero negro. - ¿Se encuentra bien? – ¿Acaso era ciego? Su cuerpo oscilaba de frío y su frente sudaba condenadamente. – Tome… – le dio una pequeña botella que Ginny no dudó en tomar. ¡Lo que sea para quitarle ese desagradable sabor de la boca!

Bebió con velocidad, tan sólo era agua mineral.

- Usted… – el hombre posó sus enguantadas manos a cada lado de su rostro, abrigando sus mejillas mojadas y entumecidas. – No está bien… – se hallaba mareada, quería recostarse. Llovía más fuerte y el extraño frente a ella cogía una proximidad demasiado íntima para su gusto. Mas se veía incapaz de apartarlo… necesitaba ayuda.

- Déjeme… – fue un susurró tan pero tan bajo que creyó que era un pensamiento. El cuerpo del sujeto la abrigó del frío y unos fuertes brazos le brindaron arropo y calidez conforme sentía el piso temblar bajo sus pies.

Habría gritado si hubiera tenido la fuerza suficiente para ello. El parque a su alrededor pareció girar como si de un tornado que arremete contra todo se tratase.

- Me hubiera ido con Luna a tomar el café… – se dijo a sí misma, antes de perder por completo el conocimiento.


Nota/A: ¿Qué les pareció? A mi parecer me falta muchísimo (y quien lee a de pensar exactamente igual). Escribir sobre sufrimiento, "dramas dramosos", me cuesta pero que mucho. No son mi tipo de historias. No tengo ni la menor idea de si describo bien el dolor de Ginny… espero sea algo que mejore con el tiempo.

Pronto el próximo capítulo…

¡Un abrazo enorme, corazones!