Después de tanto, ¡al fin capítulo!

¡Gracias por leer!


Entre los Vivos.

Capítulo VII


Inicialmente comía por comer, tomaba aire por tomar aire… no quería discutir con sus padres. Pasado un mes, el hambre le molestaba y tenía que, rápidamente, engullir algo. Se levantaba con ganas de salir a caminar y aspirar aire fresco; tomaba largas caminatas que le despertaban y le sentaban maravillosamente, su cuerpo se lo agradecía. Sus hermanos la invitaban al cine y, en lugar de encerrarse en su habitación como hacía en los primeros días, se arreglaba el cabello y un leve maquillaje aplicaba sobre su rostro.

Aun penaba, pero había decidido salir adelante. ¿Qué otra opción le quedada? el mundo seguía girando y la vida seguía su curso. Nadie debía ni podía esperar por ella.

- ¿Puedo repetir? – preguntó alzando el plato hacia Molly. La mujer, con una sonrisa, le sirvió una gran porción de pastel de chocolate y llenó hasta el tope su vaso de leche.

Desde hace un par de semanas Ginny pasaba las noches en su departamento, mas los días, si no estaba en su oficina, estaba con su familia.

- Los padres de Hermione nos invitaron a una obra de teatro en Londres, esta noche, ¿te gustaría venir con nosotros?

- Me gustaría mucho, pero Luna tiene un par de entradas para un recital de Jazz. Se las regalaron a su padre el día de su cumpleaños, pero irá a una convención organizada por El Quisquilloso – comió el último trozo de su segunda porción de pastel. – Nunca he ido a un concierto de Jazz – murmuró dejando el plato a un lado. No sabía si le gustaba o no ese tipo de música.

- Seguro lo disfrutarán – sonrió su madre - ¿Tienes que volver a la oficina?

- Dejé varias redacciones a medio terminar, pero creo que puedo finalizarlas mañana – tomó lo que quedaba de leche. – Me apetece una siesta… ¿no te importa si…?

- No preguntes tonterías, mi niña. Esta es tu casa – Molly retiró el vaso y el plato ya completamente vacíos – ve a descansar. Esta mañana puse sábanas limpias – Ginny sonrió y, después de dar un beso en ambas mejillas a su madre, subió a lo que era su antigua habitación.

Podía dormir sin la necesidad de pastillas, sin la necesidad de pociones. No soñaba. Apenas cerraba los ojos una oscura bruma se apoderaba de su mente y nada se proyectaba. Se levantaba descansada y tranquila. Todo iba relativamente bien.

Se descalzó los pies y, sin distender la cama, se acostó sobre las sábanas blancas con bordados de flores que poseían un fresco aroma a Jazmín. Tenía algo de sueño y ambicionaba descansar un par de horas para poder aguantar la noche con Luna. Ese día se había levantado temprano, pendiente de terminar un informe importantísimo que exigió su jefe para esa misma mañana. Bostezó, enfocando sus ojos en la ventana cerrada del cuarto, su madre también había cambiado las cortinas y éstas estaban corridas hacia los lados, permitiéndole la imagen del cielo completamente azul, sin asomo de una nube por ningún lado.

A veces lloraba, le era inevitable. Lo extrañaba demasiado y su cabeza no se cansaba de imaginarse la vida que hubiesen tenido juntos si aquel accidente nunca hubiese ocurrido. Quizá para esas fechas estarían ya con los arreglos de la boda a la mitad. Ella se probaría su vestido y él se compraría un finísimo traje con el cual se vería guapísimo; verían mil y un imágenes para el pastel, flores para la decoración, probarían pasa bocas y armarían la lista de canciones para la fiesta. Practicarían el vals, y todo saldría maravilloso… entraría a la iglesia del brazo de su padre y Harry estaría esperándola de pie en el altar, más apuesto que nunca. Dirían el tan esperado y eterno sí, acepto y vivirían felices hasta que la muerte los separe…

La muerte había llegado antes de tiempo.

- Harry… - sintió una escurridiza lágrima resbalar por su mejilla. La secó. – Ya no quiero llorar – susurró – No quiero llorar, amor. Pero te extraño mucho, muchísimo. Te extraño demasiado – suspiró con fuerza, cerrando los ojos – te extraño como nunca – rememoraba su voz, el tacto de sus manos, su piel, su aroma, la manera en la que se sentían sus mechones de cabello oscuro entre sus dedos…

Se durmió pensando en él, como siempre, como en cada momento. Ignoraba el viento frío que soplaba al otro lado de la ventana y la mano translucida, etérea, que se apoyaba en el cristal; ojos verdes que vivían y al mismo tiempo se apagaban. Brillaban inusualmente. Ahí estaba, velando no solo sus sueños sino cada minuto de su vida, todos los días, todas las tardes, todas las noches. Ahí estaba y ella lo desconocía, no la dejaría. Ahí estaba y por nada del mundo se iría de su lado. Estaría con ella.

- Sabes que cuando finalicemos, tú debes… – Aarón podría ser muy de allá, pero cuando quería arruinar el momento, simplemente lo hacía. – Lo siento, Harry, pero tú ya debes saber… – con un gesto le indicó que se callara. Se encontraban bajo el árbol cercano al jardín de la madriguera. – Esto se me hace difícil – el joven suspiró y se despeinó su cabello cobalto. Los rizos le bailaban rozándole las mejillas. – Nunca…

- ¿Qué edad tienes? – Harry le pondría unos veintitrés, como mucho.

- Muchos años más de los que aparento, pero uno de los más jóvenes del servicio especial – sonrió.

- ¿Cuántos?

- Muchos si los cuentas como un ser humano, créeme.

- ¿Eres un anciano… allá?

- ¡Para nada! Soy uno de los más jóvenes de la división; y tomé la responsabilidad de ayudarte bajo muchas advertencias. Debes saber que lo divino tiene muchos, muchísimos años. El Superior desde siempre, pero nosotros desde nuestra creación a través de su espíritu. – Harry vio como Aarón se descalzaba los pies, dejando a un lado del tronco del árbol los zapatos blancos.

- ¿Cómo funcionan las cosas allá? – él se lo suponía como algo parecido al ministerio de magia o a una gran empresa; numerosas cantidades de áreas con diversos puestos ocupados por especialistas. Incluso se los imaginaba sentados en escritorios, atiborrados de papeles y pergaminos.

- Te explicaré – convino Aarón – Según las enseñanzas dejadas en la biblia y otros estudios, los ángeles están clasificados en nueve grupos llamados coros, los cuales conjuntamente están divididos por jerarquías, tres para ser exactos. La primera jerarquía la componen los serafines, los más cercanos al superior. Rodean su trono y lo llenan de alabanzas. Están los Querubines – continuó – guardianes de la luz y las estrellas, no están directamente en su mundo, pero su luz puede llegar a penetrar el cielo y llegar a las almas de los hombres. Y están también los Tronos, están relacionados con las acciones de los hombres, llevando un registro de ellas, también son los constructores del orden universal. Hasta ahí la primera jerarquía – levantó un dedo frente a él, como si le explicara a un niño pequeño.

- ¿Perteneces a ella?

- Déjame terminar – Aarón cruzó las manos tras su espalda y fijó sus ojos en las colinas cercanas a donde ellos se encontraban. – La segunda jerarquía está compuesta por los Dominaciones, encargados de regular y mantener la actividad de los ángeles inferiores, también son sanadores, ¿no los viste en el hospital al dejar a Ginny? Había muchísimos ahí, pero que muchos. Están Los Virtudes, supervisan a distintos grupos de personas en el planeta y pueden hacer pequeños milagros. Se muestran como luces – sonrió de oreja a oreja – son sencillamente hermosos. Y tenemos Las Potencias o Potestades, ideales para lograr el equilibrio, salvaguardar la conciencia. Es un coro muy grande, también encargado de ayudar a las almas humanas a desprenderse del plano adecuado cuando llega el momento.

- ¡Eres una Potencia! – exclamó, Aarón sólo lo miró antes de continuar.

- Y por último pero no menos importante, la tercera jerarquía. Ahí encontrarás a los Principados, guardianes de las naciones. También cuidan del reino animal, vegetal, mineral y humano. Los Arcángeles, mensajeros que llevan el decreto divino, son espíritus guerreros que combaten contra los males de las tinieblas. Y los ángeles, los más cercanos a los seres humanos, lo más conocidos por ustedes. Son los más enviados como mensajeros ante los hombres – profirió todo aquello como si fuese un discurso dado a un público lleno de políticos, sin pausas y con muchísima seguridad, buscando convencer a sus oyentes.

- Todo en base a la biblia, dijiste. ¿Qué es cierto y qué es falso?

- Existimos, Harry. Hay un mundo más allá de todo lo que el ojo humano puede ver. ¡Y está por doquier! – abrió los brazos, queriendo abarcar todo el espacio que los rodeaba.

- ¿Los Arcángeles, Querubines… todo?

- ¿Dudas tanto como un vivo, a pesar de tu situación? - Harry se alzó de hombros.

- No sé qué cosa esperar. Es el temor de todos. ¿Hay algo? ¿Qué pasa si no? difícil de creer, fácil no hacerlo.

- No quiero darte un largo discurso, la cuestión es bastante simple, a pesar de la complejidad que siempre quieren añadirle ustedes. – lo miró con sus enormes y sobrenaturales ojos. Harry se preguntó si podría leerle el pensamiento – Todos creen en algo, aunque digan que no. Así sea en algo mínimo, creen. Anteriormente había personas que se interesaban más por descubrir el misterio de las cosas. Desarrollaron teorías bastante acertadas. Pero ahora, en estos tiempos, la sociedad estás enfocada en otra cosa completamente opuesta a lo que deberían hacer.

Harry, imitando a su compañero, se quitó los zapatos dejándolos a un lado.

- Estás muy seguro, mas no puedes culparlos por decir no creer. Hay cosas que pasan que… demuestran…

- Lo que ocurre en el mundo ocurre por alguna razón y otras que suceden por decisiones que no tienen absolutamente nada que ver con nosotros. Ustedes tienen un regalo maravilloso. – lo señaló – Pueden decidir, bien o mal. Eso les pertenece.

- Y muchos…

- Mal – Aarón estiró sus brazos por encima de su cabeza. – No es totalmente su culpa – Harry lo miró con atención. Las personas decidían si ser buenas o malas, Voldemort era un claro ejemplo de ello. Un pobre chico con un pasado tétrico al cual se le brindó la oportunidad de una vida mejor al ser aceptado en Hogwarts. Tenía la oportunidad, y decidió incorrectamente, todo mal, siempre mal. ¿Por qué? – Así como hay ángeles por doquier, también hay demonios, Harry. Y abundan como no tienes idea. Al ser humano le parece más sencillo enfocarse en lo negativo, los demonios aprovechan, acechan desde todos los rincones y no esperan para atacar. Se tiene que ser muy fuerte de aquí – con su índice se señaló el centro de la frente – y aún más aquí – se tocó el pecho, donde está el corazón – para luchar contra ellos.

- ¿Qué esperanza tienen ustedes para con nosotros?

- Hay gente valiosa, Harry, y fuerte e increíblemente asombrosa. Tú eres un vivo ejemplo de ello – Aarón lo miró a los ojos, Harry le sonrió, modesto.

- No creo…

- Tuviste un pasado lamentable y aún así sabías lo que estaba bien y mal. Te viste tentado muchas veces, mas tomabas siempre el camino correcto y hacías lo que sabías estaba bien. Todos los hombres tienen luz…

- Y oscuridad en el interior, nosotros decidimos qué parte potenciar – la voz de su padrino resonó con fuerza en su mente, como si estuviese allí, junto a él. Aarón le sonrió con autenticidad.

- Tuviste a tu lado a personas sumamente sabias.

Harry suspiró, enfocando sus ojos en un pequeño nido que se encontraba sobre una de las ramas del árbol. Un petirrojo silbaba de vez en cuando conforme añadía unas secas ramillas a lo que era su hogar.

Sus pensamientos regresaron al punto más importante para él.

- Ginny se está recuperando – expresó en un murmullo.

- Es una mujer muy fuerte, logrará salir adelante.

- Se está recuperando – cerró los ojos con fuerza. - ¡Esa maldita arruinará todo! – con un puño dio al tronco, un golpe nada perceptible para él, pero el petirrojo salió volando, asustado.

- Harry…

- ¿Qué se supone que haremos? ¿Cómo vamos a evitar que la lastime si no me dejas siquiera acercarme? ¿Cómo defenderla de esa maldita demente cuando llegue el momento?

- Deberás…

- ¿Qué debo hacer? – penetró el rostro de Aarón. Las pupilas dilatadas hacían ver a sus ojos totalmente negros, era filoso el dolor que se reflejaba en ellos. Se fijó en el color peculiar de los ojos del ángel, transmitían tanto como si fuesen humanos, pero de una forma más pura y sincera. Eran transparentes, cálidos y al mismo tiempo fríos y misteriosos. – No tienes idea, ¿verdad? Aarón, ¿qué pretendes que hagamos para ayudar a Ginevra?

- Primero debes calmarte, Harry. Calmarte y saber…

- Sabes lo que pasará – le señaló. – sabes lo que sucederá y dijiste estar aquí para ayudar. Pues bien, ¿qué haremos? No pretendes que nos quedemos a ver lo que ocurre, ¿verdad? Porque no me quedaré de brazos cruzados al ver cómo destruyen al amor de mi vida. ¡Eso no ocurrirá!

- Harry…

- Dame un cuerpo. Déjame acercarme a ella y advertirle. Debe saber…

- No está en mí…

- Si no me ayudas buscaré la manera de comunicarme con ella, de hacerle saber que estoy aquí…

- Tienes que entender.

- ¡Eres una Potencia! ¡Maldita sea! No estás aquí para intervenir sino simplemente para arrastrarme contigo. – poco a poco sentía como toda su paciencia, sumada a la esperanza de estar cerca de Ginny, se filtraba a través de los pequeños orificios de su alma, abandonándolo.

- No tienes por qué hablar de esa manera.

- ¿De qué manera? ¡Dime la verdad, Aarón! ¿O son todos ustedes unos viles mentirosos como nosotros?

- ¡No te atrevas a faltar el respeto! – Aarón adoptó una expresión furiosa conforme tomaba los brazos de Harry, presionándolos con tal fuerza que éste se quejó. Creyó no volver a sentir dolor físico nunca más. – Cálmate, y no digas cosas de las cuales después te arrepentirás.

- Me importa un carajo lo que me suceda – quiso apartar, con rabia, los brazos de Aarón. – Mentiste, con todo. No pretendes salvarla. No puedes… - bufó, observando el rostro impávido de aquel ser. - ¿Cierto? No harás nada.

- Harry…

- ¿Qué pretendes?

- Ayudarte para…

- Poder llevarme contigo – entendió todo. – Ese es tu deber, tu trabajo, sólo llevarme contigo a donde sea que tengo que ir. No es…

- Tienes que entender que…

- Dijiste que me ayudarías.

- Eso pretendo, ayudarte.

- Necesito proteger a Ginny, evitar que la lastimen.

- Sé lo que quieres hacer, pero tienes que entender que hay cosas en este mundo en la cuales no podemos interferir. Les brindamos toda la protección de la que somos capaces, pero cuando una decisión está tomada, y no hay cambio de ella, tienen que atenerse a…

- ¡Ginny no ha tomado ninguna decisión! Sólo… esa mujer… y no… se supone que luchan contra el mal. Tú, los otros, tienen que protegerla. ¡Yo tuve ayuda! ¿Cómo negársela a Ginny?

- No le negamos la ayuda a nadie. ¡Vamos a ayudarla! Voy a ayudarte. Sólo tienes que entender que no trabajamos como muchos de ustedes creen o esperan, no sé. Nuestra intervención es más…

- ¡No digas estupideces!

- ¡Respeta, Potter! – nuevamente, Harry se quejó de dolor.

- ¡Suéltame de una maldita vez! – aplicando toda la fuerza de la que fue capaz, logró desprender sus brazos del torturador agarre. – No tienes idea de nada. No comprendes por lo que se pasa cuando se está en esta situación.

- Lo he visto miles de veces, Harry.

- ¡Pero no lo has vivido! ¿Siquiera tienes la experiencia suficiente para esto? Tú lo dijiste. Eres apenas un novato.

- Harry…

- ¡Déjame en paz! - masculló y, dejando los zapatos olvidados junto al tronco, descendió de la pequeña colina hacia la Madriguera. No viró la cabeza, mas supo que Aarón, por primera vez desde toda aquella extraña vivencia, lo había dejado solo.

O O O O

La noche había caído demasiado rápido. Ginny se vio arreglándose a toda prisa antes de que Luna llegase. Para el recital había decidido utilizar unas casuales prendas que consistían en una blusa blanca de algodón de mangas tres cuartos y unos jeans negros bastante cómodos con botines negros para finalizar. Le agradaban los ánimos presentes al momento de arreglarse, se sentía bien al notar que poco a poco las ganas de vivir tomaban fuerzas. Cogió un frasquito de perfume con aroma frutal que, recordó, a Harry le fascinaba, y se aplicó un poco a cada lado del cuello y las muñecas. Aquel cítrico pero suave aroma removió sus memorias, calaron su pecho y le llegaron al corazón como un bombazo… Harry enalteciendo su aroma, su piel…

Nada me encanta más que tu olor transpirado sobre mí, penetrándome. Me fascinas, Ginevra…

El tono de su voz cuando le susurraba en el oído mientras le hacía el amor… lo extrañaba tanto…

- ¡Ginny! – Un grito de Luna desde la puerta de entrada.

Suspiró, pestañeando varias veces para disipar las lágrimas que habían estado por salir. Un leve brillo con un toque carmesí fue el último toque antes de salir de la habitación.

- ¡Amiga! – Luna la abrazó con fuerza antes de verla de pies a cabeza. – Tan Ginny, como siempre – le sonrió.

- Y tú… - Luna había optado por colocarse un vestido colorido muy a lo retro, extraño. Lindo a los ojos de Ginny, pero diferente, muy Luna Lovegood – tú estás muy tú. – La rubia le brindó una sonrisa autentica.

- ¿Lista?

- Sólo déjame ir por mi bolso.

El recital de Jazz se daba en un pequeño local en Londres Muggle que, a pesar de lo sencillo, era de ambiente agradable y la gente que lo frecuentaba presentaba un aspecto diferente. Varias personas entraban por las puertas principales y Ginny pudo divisar cantidad de estilos interesantes; cerca de ellas se encontraba un grupo de cinco jóvenes hippies, con Rastas gruesas y –a simple vista bastante sucias– que reían alegremente conforme compartían la bebida color vino tinto de una enorme jarra de vidrio. Tras su mesa una banda de intelectuales discutían calurosamente algún tema de interés. También habían parejas jóvenes e incluso de edad avanzada.

- ¿Te apetece algún tentempié? Pide lo que quieras, yo invito – Luna abrió la carta - ¿Qué tomarás?

- Una limonada solamente – su amiga la observó con sus enormes y azules ojos. – De verdad, no me apetece nada más. Comí bastante en La Madriguera antes de irme al departamento y siento que reventaré algo más me llega a la panza.

- ¿Segura?

- Totalmente.

- De acuerdo – un joven buenmozo, mesero del lugar, se acercó a atenderlas. – Una limonada y… - Luna miró a la pelirroja. - ¿No podrías acompañarme con solo una copa de vino?

- Luna…

- Solo una. El vino sabe mejor en compañía.

- Estoy aquí contigo.

- Sabes lo que quiero decir – sonrió. – Sólo una copa.

- De acuerdo – suspiró, Luna amplió la curva de sus labios.

- Cancele la limonada – pidió una botella de vino de una marca la cual Ginny no recordaba haber bebido. Obviamente, sabía que el "solo una copa" era una mera mentira.

Llevaban apenas un cuarto de la botella cuando las luces del pequeño escenario comenzaron a atenuarse, dejando en el centro del mismo la iluminación de un reflector que se proyectaba en un banquillo de madera colocado allí. Un hombre adulto, de tez oscura y completamente calvo, salió desde detrás del escenario y tomó asiento en el banquillo principal. Tenía consigo un lindo saxofón. Dos jóvenes, de color y con el cabello negro largo sujeto en una coleta de caballo, se colocaron tras el hombre, uno de pie frente a una batería de la cual Ginny no se había percatado, y el otro con una trompeta ya lista para tocar. Las personas en sus mesas guardaron absoluto silencio.

Ella no tenía ni la más remota idea de en qué consistía el Jazz.

Los sujetos sobre el escenario empezaron a tocar después de una breve presentación, y el ambiente se llenó de la música del saxofón, una nota tras otra tocadas con agilidad antes de verse acompañadas por el sonido de la batería y la trompeta. Era agradable, los músicos no vacilaban y tocaban con profesionalismo. Sonrió como hacia mucho no lo hacía.

Cuando el grupo hubo terminado la primera pieza, las mesas prorrumpieron con aplausos y felicitaciones. El grupo de hippies que tenían al lado parecía ya haberse dejado llevar por los efectos de la bebida que compartían y exclamaban a gritos otra pieza. Los músicos cumplieron los deseos del público y, cuando comenzaron a tocar de nuevo, los jóvenes se abrazaron por los hombros y comenzaron a contonear los brazos según el ritmo del saxo. Ginevra se los señaló a Luna, ambas rieron. Se la estaban pasando bien.

- ¿Qué te parecen? – preguntó la rubia después de tocadas cinco piezas. La botella de vino iba un poco más debajo de la mitad.

- Me gusta. Nunca me había tomado el tiempo de escuchar este tipo de música.

- A un amigo de papá le agrada mucho la música muggle, pero creo que el Jazz no es su predilecta, fue quien le regaló los boletos.

Tomaron otra copa de vino y a Ginny le urgió ir enseguida al baño.

- Vuelvo en un minuto.

- ¿Quieres que te acompañe?

- Descuida, empezarán a tocar de nuevo – señaló el escenario, donde los músicos volvían a tomar sus puestos. – No tardaré – sonrió al mismo tiempo que se levantaba de la mesa.

El baño estaba vacío, a excepción de ella y de una muchacha morena que se retocaba el lápiz labial.

- Tocan bien, ¿no te parece? – la chica le sonrió a su reflejo conforme utilizaba su pulgar para limpiar un poco de labial que se le había corrido por la comisura de los labios.

- Bastante – le devolvió la sonrisa cuando ya ella estaba lista para salir.

Suspiró con fuerza, ya completamente sola, y miró su reflejo. No estaba mal el hecho de que la estuviera pasando bien, ¿verdad? No era nada malo. Ella tenía que continuar, no podía estancarse en el dolor. No estaba mal su recuperación; el vacío persistía y el hueco en el corazón se mantenía, pero estaba viviendo, estaba saliendo y disfrutando con sus amigos y familia. ¿Estaba eso mal?

Harry está muerto y parece no importarte… Susurró una voz en su cabeza. ¿Cómo te atreves a pensar siquiera en estar feliz cuando Harry no está, Ginevra?

Se señaló en el espejo… ¿cómo podía pensar…?

Su vista se empañó. Respiró hondo, una, dos, tres, hasta cuatro veces.

- No decaigas de nuevo. La vida sigue. – Recordó las palabras de Hermione. La opresión en su estómago continuaba, pero podía soportarla. – Harry quiere que seas feliz – unas cuantas lágrimas corrieron por sus mejillas. Las secó. – La vida sigue.

O O O O

Le dolían las muñecas y los tobillos. En la boca sentía el sabor metálico de su propia sangre. Unas cuantas blasfemias nacían en su garganta listas para salir, mas una mordaza con un sabor inusualmente extraño le impidió las palabras. ¿Una poción? ¿Lo estaban envenenando? Se retorció, atemorizado, y unos jadeos de sufrimiento se escucharon por toda la habitación a oscuras.

- Si dejas de retorcerte cual rata atrapada en una trampa, no te dolerá tanto. – Enfocó los ojos hacia arriba, observando a la figura ataviada con una túnica negra, cubierta de pies a cabeza. No podía ver su rostro. De alguna manera, logró correr la mordaza.

- Maldita hija de… - el hombre encorvado volvió a colocarle la mordaza en la boca.

- Ah, ah, ah – levantó una mano, enguantada, y movía el dedo índice de un lado a otro. – No es apropiado para un niño bonito decirle esas cosas a una mujer – no podía verla, pero juraba que estaba sonriendo. – Ahora, no te resistas, ya la pócima debió surtir efecto.

El joven, aún moviéndose desesperado en un vano intento por escapar, sintió como sus ojos comenzaban a pesarles de forma insoportable. Perdía el conocimiento, la poca luz que entraba por la puerta abierta tras la mujer se esfumó, no veía nada. Cayó inconsciente.

- ¿Cuánto durará? – preguntó con voz ahogada el hombre encorvado.

- No nos preocupáramos por al menos cinco días – la mujer se acercó al cuerpo desplomado, inclinándose sobre él y tomando unos cuantos cabellos de su cabeza. Se incorporó y salió de la habitación, seguida de cerca por su vasallo. – Confío en que puedas hacer esto, Octavius – echó los cabellos en una copa de hierro feamente descuidada, la poción dentro expidió un dolor desagradable. – Algún movimiento inapropiado, y juro que…

- No habrá equivocaciones.

- ¿Acaso me interrumpiste? – hablaba con una voz filosa que crispaba los vellos de quien fuera que la oyese.

- Lo… lo siento, mi señora. Perdóneme. No fue… – se encorvaba cada vez más y bajaba la mirada como un perrito asustado. – Perdóneme.

La mujer lo observó de su altura. La pose altiva, la mirada penetrante, sus labios se presionaban, formando una fina línea inexpresiva.

- Cuidado – lo señaló con un dedo. – Sabes cómo son las cosas, Octavius.

- Sí, sí, mi señora.

- Más vale que con ella no seas tan repugnante.

- Lo sé, lo sé, mi señora.

- Controla esos jadeos al hablar, das asco – se acercó a él. El hombre, como instinto de protección, se alejó dos pasos. Ella sonrió, una sonrisa fría y carente de sinceridad. – Es bueno que me temas, idiota – lo señaló. - ¡Ven acá! – el hombre, esta vez in vacilar, se acercó a ella. – Asegúrate de beberla toda. – Le entregó la copa de hierro. Él obedeció.

El encorvamiento iba desapareciendo. Todo cambiaba, la forma de los dedos, su altura, su cabello, sus ojos. La transformación dolía un poco, pero no se atrevía a quejarse delante de su señora.

Ella lo miraba con un brillo de demencia en sus ojos bien abiertos.

- Perfecto – extendió los brazos hacia los lados, dejando caer al suelo la túnica negra. – Bien, querido. Soy Ginevra Weasley – hizo una reverencia de presentación. - ¿Cómo es su nombre? – le tendió la mano enguantada. Él la tomó delicadamente y, mostrando una sonrisa encantadora, se presentó. – Perfecto – siseó ella.


Nota/A: ¡Lamento mucho la tardanza! De verdad, miles de disculpas. Anteriormente dije que quizá retomé este fic en un tiempo poco conveniente. No pretendía tardar tanto, pero me he estado enfocando en otras cosas... y esta trama, comparada con las que estoy acostumbrada a hacer, me está costando. Soy de historias relajadas y frescas, son mis preferidas, tanto para leerlas como para escribirlas.

Pero a lo que va. Llegó el capítulo; tarde pero seguro. Aquí debo decir que yo siento una fascinación especial por los ángeles. Me encantan, por lo que, siendo la trama como es, no me abstuve de colocar cierta información sobre ellos. Quedan ciertas cosas sin explicar (yendo más al fic, aclaro), pero ya iremos llegando al punto.

Creo que la cosa ya empieza a desarrollarse y poco a poco irá tomando forma. A quienes leen, ¡muchas gracias! en especial a Natu, por sus palabras tan lindas y animosas. Debo leeeerte!

Cualquier comentario es bien recibido.

Un abrazo a todos. ¡Y Feliz 2013! Espero cumplan todo aquello que se propongan. =)

Hasta la próxima,

Yani.!