¡Volví, volví! Perdonan la larga tardanza. Pero aquí regresé con el fic. Podré demorar, pero no lo dejaré sin terminar.

Los dejo leer...


Entre los Vivos

Capítulo VIII


Llevaba varios días vagando cual alma en pena. ¿Irónico? ¡Se trataba de eso! Estaba solo. Aarón no había vuelto a aparecer desde aquella charla en los jardines de la madriguera. No sabía cómo sentirse o qué pensar al respecto, aunque poco le preocupaba si lo volvía a ver o no. No estaba para discusiones. Tenía que trazar un plan el cual le permitiera estar cerca de Ginny y protegerla. Pensaba. ¡No tenía idea de nada! ¡Un carajo! No conocía sus limitaciones ni sus posibilidades, cómo andar por entre los vivos estando ya muerto. ¡Sucedía! Pensó en los fantasmas de Hogwarts. ¿Si iba a pedirles ayuda? ¿Cómo hacerse visible antes las personas? ¡Podía hacerlo! En esos momentos cualquier idea le resultaría útil. No iba a quedarse de brazos cruzados. Inclusive pensó en buscar a un Médium, a quien sea de cualquiera de los dos mundos; mas descartó esa idea al instante. No quería inmiscuir a un tercero en todo ese embrollo que ni él aún entendía bien.

¿Qué hacer? Podía pedirle ayuda a Myrtle la llorona, o a Nick casi decapitado. Tenía opciones. ¿Eran las mejores? ¿Cómo reaccionaría Ginny si lo viese flotando, todo gris plata? Podría hablarle, podría explicarle… pero… ¡no quería que fuese de esa forma! No quería estar ante ella como una figura opaca, traslúcida y tétrica. No quería estar frente a ella y sentirse terriblemente enfermo por no poder tocarla, por no poder abrazarla y decirle que todo estaría bien.

- ¿Qué mierda harás, Harry? – escuchó el sonido de un coche detenerse frente a la verja del jardín que estaba ocupando.

Un hombre mayor bajó del lado del piloto y se dirigió hacia la puerta del copiloto, ayudando a Andrómeda a bajar del auto. La señora le agradeció con un gesto de su cabeza conforme el señor abría la puerta del asiento trasero. Teddy dio un brinco hacia el jardín y corrió cual rayo hacia la casa. A Harry no le dio tiempo de verle si quiera su carita de niño travieso. Apenas notó que tenía el cabello de un rojo muy fuerte. Le dolió el pecho, era una maldición. Esas dolencias físicas las sentía desde que despertó en la habitación blanca con Aarón. Se suponía que desaparecerían, al menos así le había dicho él.

Suspiró, enfocando sus ojos hacia la ventana que recién se había iluminado. Teddy era muy precoz para su edad, seguramente ya no quería cuentos para dormir; aunque siempre le gustó que le contara la forma en la que mató al basilisco en la cámara de los secretos, era la historia favorita que tenía de su padrino. Siempre lo decía.

- Estoy aquí, Teddy.

¡Falló con todo! ¡Maldita sea! Tenía que solucionarlo de alguna manera. No se iba a ir sin arreglar las cosas, sin asegurar la vida de todos los que amaba.

Debía proteger a Ginny.

Dio un último vistazo a la ventana, se proyectaba la silueta del pequeño frente a ella. Se estaría poniendo su pijama para luego ir a dormir. Él solito. Siempre fue muy independiente. Se parecía a él, a su padrino.

Arrastró los pies hacia la calle y se detuvo en medio. Un automóvil lo traspasó. Después una bicicleta doble y un perro correteando a un gato. Se quedó mucho rato ahí parado. ¿Nadie percibía su presencia, de verdad? ¿Si quiera un escalofrío? ¿Algo? Vio una piedrita cerca de su pie derecho. Quiso patearla, la traspaso. La miró por largo tiempo y recordó su última conversación con Aarón, estaba molesto, y en un pequeño arranque de histeria dio un puñetazo al árbol en la madriguera. Su mano no se perdió en el tronco; él no sintió nada, pero el pajarito que construía su nido salió huyendo ante el impacto. ¿Cómo pudo? Había una forma de manipular los objetos, ya lo sabía. ¿Cómo hacerlo?

Intentó nuevamente patear la piedra. Una, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve, diez veces.

- ¡Maldición! – la onceaba fue la vencida. Dejó que su mal humor fluyera y la piedrita coló bastante lejos de él. ¡Ahí estaba! Corrió hacia ella y la pateó de nuevo. – ¡Así es!

O O O O

No tenía planes para ese día. Si bien su plan era mantenerse ocupada hasta reventar, para esa mañana solo quería estar en su departamento, ni siquiera en la madriguera. Hacia unos días que había regresado. Todo seguía igual. Tenía un montón de ropa desparramada en el suelo y varios platos sucios apilados en el fregadero. Podría limpiar, sí, y así no pensar tanto.

Había pospuesto la "noche de mujeres" que Hermione tanto se empecinaba en hacer. Ya no le costaba tanto sonreír estando rodeada de su gente, no obstante, le era difícil entusiasmarse. Todo iba de a poco, estaba dando pasos lentos y cortitos, pero los estaba dando. Se estaba haciendo a la idea. Pronto empezaría a acostumbrarse y quizá así ya no dolería tanto.

Tomó la cesta de ropa de su habitación y recogió las camisas del trabajo que tenía sobre la cama, varios pares de media y unos jeans desgastados llenos de pintura. Los apiló en una montaña, debía poner la lavadora. ¿Dónde estaba su varita?

Se agachó para mirar debajo de la cama y descubrir otro montón de ropa olvidada. Unas pantaletas que ni recordaba que tenía y unas sudaderas de Harry. De Harry.

Aún guardaba muchas cosas de él en su departamento. Masoquismo o no, no quería deshacerse de ellas. Tenía también un par de zapatos, unos pantalones y uno de sus frascos de colonia. Se le empañaron los ojos. Tomó las sudaderas y las pegó a su nariz, estaban sucias y llenas de polvo, al instante estornudó y una risita amarga se le escapó. Arrojó las prendas a la pila que tenía a un lado de la habitación. Se quedó allí, sentada en el suelo, apoyando su espalda en la colcha de la cama. Cerró los ojos y respiró hondo.

- Vas bien, Ginny – hacia un par de semanas Hermione y su madre habían ido al departamento de Harry para hacer limpieza. No podía pensar siquiera en poner un pie en ese lugar. No todavía. No quería quebrarse nuevamente; apenas y se estaba pegando los pedacitos que se le habían soltado. Poco a poco.

Se levantó del suelo y dio con su varita en una de las gavetas de su cómoda. Puso a lavar la ropa y los platos. Tenía que sacudir el polvo de su biblioteca y de los estantes con sus fotografías, además de barrer y trapear el piso. No utilizó magia para ello, quería distraerse.

Su teléfono sonó en medio de la sala, debajo de la mesita central. No supo cómo llegó a parar allí. La pantalla marcaba número desconocido.

- Diga.

- ¡Ginny!

- ¿Quién es?

- Soy Luna.

- ¿De dónde estás llamando?

- Teléfono público. Estoy en Londres y dejé mi celular en casa de mi padre cuando fui a cenar ayer.

Ginny escuchó un ajetreo al otro lado de la línea seguido de un resoplido por parte de la rubia.

- Estoy cargada de bolsas. ¿Podemos vernos para almorzar?

- No pensaba salir del departamento hoy.

- No tienes qué. Yo iré para allá. ¿Qué te apetece comer? Llevaré lo que gustes.

- Luna, en realidad no…

- ¿Quieres comida Hindú? ¿La has probado? Sé de un buen lugar que vende…

- Luna…

- ¿O prefieres comida china?

- No quie… - se calló, pensando. Se le antojó, ahora que Luna mencionaba la comida chica, un plato de pollo con salsa agridulce y arroz frito con muchos camarones. – Bien, comida china.

- Perfecto. – Ginny podía percibir la sonrisa de Luna desde el otro lado del teléfono. – Nos vemos a la 1, ¿te parece?

- Me parece. ¡Te espero!... ¡Aguarda! – exclamó antes de colgar. – Pide una ración extra de pollo agridulce, ¿puedes?

- Claro que sí. ¡Nos vemos pronto! – colgó.

Se apresuró a terminar de organizar el departamento. Cuando la mente se ocupa de algo en concreto, por más pequeño que sea, ésta deja de pensar en el tormento. Trapeó el piso dos veces y hasta pulió la madera de los estantes y la biblioteca. Amontonó otra pila de ropa para lavar y metió en su frízer dos pares de latas de pepsi cola y una botella de Vodka. Iba bien. Aún le faltaba regar sus plantitas.

O O O O

Se tomó toda la noche y todo el día en poner en práctica lo que recién había descubierto. Ya no sólo pateaba piedras, también podía mover lápices y monedas con sus dedos. En el vecindario de Andrómeda, trató de presionar el timbre de algunas casas. A la séptima vez lo consiguió. Tenía que poner en uso mucho esfuerzo mental. Aunque le parecía imposible tratándose de un fantasma, se sentía agotado.

Seguía pateando piedras como loco, desarrollando eso que había descubierto que podía hacer. No se percató de que en dos ocasiones unos adolescentes se quedaron petrificados viendo como volaban las piedrecillas de un lugar a otro.

Estaba haciendo algo. ¡Al fin! Tenía días sintiéndose inútil, pensando en qué hacer. No podía esperar. No se le pasaba por la mente ir a Hogwarts ya. No quería que ninguna entidad ni ningún otro ser vivo supieran de su estado. El ministerio de magia tenía cierto control sobre los fantasmas de magos y brujas. No iba a delatarse y dejar que le cagaran todo el plan. Aunque, si es sincero, ¡aún no tenía idea de cuál sería su plan! ¿Cómo comunicarse con Ginny? La idea de dejarle mensajes en los espejos le parecía estúpida y de mal gusto, como en esas películas de terror. Además, debía advertirle a alguien sobre esa mujer. No sólo debía comunicarse con Ginevra, debía también, de alguna forma, hacerle llegar la información a alguien del cuartel. No sabía si alguno de los aurores se había percatado siquiera de las migajas que dejaban los intentos de esa demente por acceder a la magia negra sin ser rastreada.

Siguió practicando. Podía sentarse en un columpio, tomarse de las cadenitas y hacerlo ir y venir. Estaba progresando demasiado rápido. En el suelo divisó unas hojas sueltas de algún cuaderno escolar, lo supo por los renglones de dictado marcados con rojo y azúl que señalaban las partes importantes de una oración. Algún niño las había perdido. Le daba igual, pudo tomarlas y pasárselas de una mano a otra. Sonrió. Con velocidad se levantó del columpio y se dirigió hacia la biblioteca. Corría, no volaba como los demás fantasmas. Trató en una ocasión y no le agradó la sensación. Igual estaba muy cerca de la ciudad. Traspasaba a la gente e ignoraba que en algunos dejaba una sensación fría y estremecedora.

La biblioteca pública no abría los domingos, mas para él eso no sería un problema. Todo lo contrario, podría tomar cuanta cantidad de libros quisiese sin cuidar de no asustar a nadie. Esperaba encontrar algo. De la sección de novelas agarró un par de historias, de la sección de ciencia ficción consiguió tres libros que pensó serían útiles, y de los estantes que marcaban situaciones paranormales, cogió un tomo grueso y enorme. Debía ser muy pesado. Al ver que podía tomarlo, soltó una gruesa carcajada. La risa seguramente había resonado en todos los pasillos oscuros de esa biblioteca. ¿Alguien podría haberla escuchado?

Empezó por el tomo grande y gordo, parecía tener de todo. Sus ojos vagaron por el índice del libro hasta dar con algún título que le revelase algo. ¿Qué esperaba averiguar? ¿Qué era lo que quería hacer? ¿Cuál forma era la ideal para proteger a Ginny?

- Estando vivo – susurró. Sus ojos se movían veloces sobre las letras del libro, acompañados por su dedo índice. Ahí, en la quinta hoja, se detuvo en un título en particular.

Consiguió la página, iba a comenzar a leer cuando una luz terriblemente blanca inundó la sala a oscuras. Un viento le despeinó el cabello y sintió una oleada impávida de frío. El suelo tembló bajo sus pies. La mesa de caoba donde apoyaba los libros se sacudió cuando Aarón estampó su mano abierta sobre ella. En un arrebato de furia, el ángel tiró al suelo el par de novelas que había tomado.

- ¿QUÉ SE SUPONE QUE ESTÁS HACIENDO? – no habló, gritó, y eso a Harry le sorprendió de sobremanera. En las ocasiones en las cuales aquel ser había perdido la paciencia con él, se había pronunciado con impotencia y su voz se volvía gruesa y fuerte, mas nunca le había gritado. Sonaba como un eco lejano, pero era estremecedor y al comienzo parecía un rugido.

Irguió la cabeza. No se dejaría intimidar. Fuese quien fuese él.

- Voy a buscarle una solución a todo esto. Y antes de que…

- ¡ANTES DE QUE NADA!

- ¡ME VALE MIERDA LO QUE TENGAS QUE DECIRME! – cerró el libro, lo cogió y se levantó de la mesa. Aarón le tomó el hombro y presionó fuerte, le ocasionó dolor, ese dolor que solamente él podía causar. Era apabullante y agudo. – ¡DÉJAME EN PAZ!

- No tienes ni la menor idea de dónde te estás metiendo. No puedes…

- ¿Siquiera sabes lo que voy a hacer?

- ¡Por supuesto que sé lo que pretendes hacer! ¿Quién crees que soy?

- ¿Acaso eres Dios en vivo y en directo? – Aarón presionó con más fuerza. Harry se quejó, sentía que le quemaba hasta por dentro, como si tuviese piel, carne y huesos.

- No te burles, Potter – le murmuró colérico. - ¡No te atrevas a burlarte otra vez! ¡Ni siquiera pensarlo!

- Suéltame – se quejó de nuevo. Era como fuego maldito. - ¡Suéltame, por favor! – de apoco, sintió como Aarón bajaba la presión. Harry enfocó su vista hacia él, la sentía empañada y borrosa, como cuando estaba sin sus lentes en vida.

Aarón lo miraba con el entrecejo exageradamente fruncido. A pesar de su apariencia de niño, su figura denotaba una fuerza que le era indescriptible. Los rizos dorados se le movían constantemente, como si estuviese haciendo aire ahí dentro.

Harry se tocó el hombro. Aún le dolía.

- Lo lamento – dijo el ángel después de un minuto.

- No digas mentiras, se supone que no puedes.

- ¡No estoy mintiendo! – exhaló el aire y se echó los rizos hacia atrás con sus manos.

- ¿Qué quieres?

- Te lo dije apenas empezó todo esto, quiero ayudarte.

- No creo querer de tu ayuda. Tú no…

- Sé ya lo que piensas hacer – Aarón observó el libro que Harry mantenía pegado a su costado, debajo de uno de sus brazos, el que no le dolía. – Y no puedes pensar tal cosa. No puedes, Harry. Será mejor...

- No pretendas decirme que tu intención es ayudar a Ginny. ¡Me lo has dejado claro! ¿Cuál es tu misión?

- Harry…

- ¿Cuál es tu misión?

- Tú no puedes…

- ¿CUÁL, MALDITA SEA, ES TU MISIÓN?

Aarón lo miró con los ojos entrecerrados, eran dos rendijas por las cuales se desprendía cierta sabiduría. Mas en esa ocasión Harry percibía algo más, y no le agradaba. Se sintió incómodo.

- No quiero tu ayuda – dijo, abrazando más el libro contra sí. – No quiero tu ayuda. No puedes obligarme a aceptarla, no la quiero.

- Piensa bien lo que…

- Tomé una decisión.

- Harry…

- No quiero tu ayuda. ¡Lo he decidido! ¡No quiero tu ayuda!

El ángel suspiró, notablemente abatido, y eso a Harry pareció no importarle. Aarón realmente se veía preocupado.

- No puedo hacer nada si me rechazas. Es tu decisión.

- No quiero que hagas nada.

- Harry, por favor…

- Ya, lárgate de aquí – se dio media vuelta y caminó hacia otra mesa lejos de la que se encontraba. El ángel había hecho todo un espectáculo cuando se apareció. Harry apenas sintió su desaparición.

Se había frustrado. En algún punto de aquella vivencia había creído que Aarón estaría acompañándolo hasta el fin, lo admitía. En serio lo había creído por unos instantes. No quería sentirse solo. Estaba en un paraje completamente desconocido para él. No sabía lo que vendría, a qué cosas debía enfrentarse después de toda aquella situación. Igual, no tardó en dar fin a los sentimientos compungidos y deprimentes. Pensó en Ginevra, en que estaría con ella.

Ella lo cegaba en vida y aún después de muerto le volvía loco. La sola idea de hablarle, de tocarla, le hacían sentirse eufórico y lleno de adrenalina. Cerró los ojos cuando tomó nuevamente asiento. El libro resonó cuando lo dejó sobre la mesa. Respiró hondo, aún sentía la necesidad de hacerlo.

O O O O

Llegado el lunes por la mañana, Ginny notó que tenía demasiado trabajo acumulado en la oficina. Se extrañó, tomando en cuenta que desde hacía semanas no paraba de trabajar apenas pisaba la oficina. Tenía una pila de artículos por editar a un lado de su escritorio, además de la redacción de un par de columnas para la entrega del próximo mes. No le molestó descubrirse llena hasta el tope con pendientes. Estaría ocupada, la mente estaría ocupada.

Tenía el sabor de su café aún en la boca y el cabello recogido. Apenas se había maquillado. Sus ojos no se despegaban del ordenador, finalizando unas correcciones de uno de los artículos sobre Quiddicth que saldría en el número de esa semana. Habían pasado décadas desde el último partido que vio. Era de los Chudley Cannons contra Las Arpías de Holyhead. Recordó cómo se mofaba de Ron al ver como su equipo favorito destrozaba al de su hermano. Harry usualmente se mantenía sereno, aunque no se salvaba de sus burlas.

Sonrió, recordando.

- Señorita Weasley – Tina llamó, la puerta estaba semi abierta y la mujer asomó la cabeza.

- Puedes pasar, Tina.

- Un par de redacciones de la sección de plantas mágicas – le tendió unas carpetitas delgadas.

- ¿Para cuándo?

- Es para la edición verde. La revista que el jefe saca una vez por mes.

- De acuerdo. ¿Algo más?

- Una reunión a las cuatro de la tarde. Apenas fue programada.

La pelirroja suspiró. Lo único que no extrañaba de su trabajo eran las reuniones de editores.

- Muy bien, gracias, Tina.

Apenas Tina salió de la oficina, Ginny se permitió descansar sus ojos unos minutos. Sabía que necesitaba lentes cuando utilizaba la computadora. Relajó su cuerpo hacia atrás y su silla se reclinó un poco. Comenzó a mecerse de un lado a otro, siempre le gustó esa silla giratoria.

Dormía la noche completa. Sí. Y no necesitaba ya de las pócimas ni de las pastillas muggles. Estaba descansando. No obstante, en un par de ocasiones tuvo un sueño que, sabía, no era la primera vez que aparecía.

Bostezó. No sentía precisamente sueño, era más bien un sopor tranquilito que le instaba a cerrar los ojos un rato. Sería bueno para la vista. Reclinó un poco más su silla y, sin darse cuenta, se quedó dormida.

Había una cabaña. Era de noche. Antes había estado ahí, estaba segura. Y antes llovía. Esperando a que de un momento a otro comenzará la tormenta, corrió hacia la entrada de la casita vieja, los postes estaban raquíticos, con la madera mohosa y resquebrajada. Estaba cansada. Inhalaba y exhalaba grandes bocanadas de aire, como quien recién termina una carrera.

Quería tener su varita bien sujeta, sin embargo, no la cargaba consigo.

- Ten siempre tu varita, Ginny. ¡No te despegues nunca de tu varita! – escuchó en su cabeza. No era su voz. Era una voz…

Su celular sonó, era un mensaje. Se despertó sobresaltada al escuchar tan alto el tono del teléfono. Respiraba un tanto agitada. Cerró los ojos y se tranquilizó. En un rápido movimiento tomó su bolso y sacó su varita, sujetándola con fuerza. Pensó en tenerla siempre enfundada en su pantalón, protegida y cerquita por si llegara a necesitarla.

- Ten siempre tu varita, Ginny.


Nota/A: ¡He vuelto! ¡Ha seguir con este fic! Después de un año, vamos a continuarlo hasta finalizarlo. (Aunque lo estoy considerando una historia no muy buena, con falta de mucho para mejorar. Mucho más después de re-leer los primeros capítulos, que no sé si están verdaderamente aceptables. Se nota que los escribí con prisa y sin mucho cuidado, sepan disculpar.) En fin... espero mejorar con el tiempo.

No he estado muy bien. Y en estos días Harry Potter me ha ayudado a distraerme, desde el especial que dieron en TNT hasta Fanarts que me he puesto a ver. Estoy como cuando la saga estaba en pleno apogeo, ya hace años. ¡Tiempos! Jajaja

Siendo breve, gracias a quienes leen el fic. Bienvenido sea cualquier comentario. Quizá muchos se hayan perdido con la trama (me incluyo, tuve que releer para ver por dónde había dejado todo) Ya se me van uniendo los hilos. Espero subir pronto el próximo capítulo.

Un saludo, gente linda. Nos leemos en la próxima actualización.

Yani.!