No tardé nadita, ¿verdad? jejeje.

¡Gracias por leer! Aquí les dejo el capítulo...


Entre los vivos

Capítulo IX


Las emisoras de radio y las noticias en el profeta ya no se enfocaban en la muerte del héroe del mundo mágico. Los meses pasaban y las personas regresaban, evidentemente, a sus vidas cotidianas, a las preocupaciones normales que conllevaban los días. Pronto seria primavera y el calor ya no estaba incomodando tanto. Agradecía cuando una ráfaga de brisa le daba de lleno en la cara, erizando los vellitos de los brazos.

Su madre había plantado nuevas flores en el jardín, desde tulipanes hasta rosas y margaritas. Las rosas estaban tardando en crecer, apenas y un pequeño capullo se había asomado.

- ¡Ginny! – no había reparado en la llegada de Hermione junto con su hermano. Bajaban del coche cargando unas cajas de cartón.

- ¿Necesitan ayuda? – se levantó del banquillo y caminó hasta ellos. Se recogía el cabello con una coleta, una nueva ráfaga de aire la había despeinado.

- Descuida. Ronald, lleva esto adentro. – Hermione dejó la única caja que llevaba sobre otra que cargaba el pelirrojo. Ron no se quejó del peso, aunque evidentemente le estaban molestando los brazos. Sus músculos se tensaron y fibrilaron un poco.

- ¿Qué llevan allí? – señaló las cajas antes de que su hermano ingresara a la madriguera.

- Unos libros antiguos, mis padres iban a obsequiarlos y se los pedí. Los traje porque hay unos cuantos que quizá le interesen a tu papá.

- ¿No tienes ya muchos libros? – sonrió.

- Nunca son suficientes – la castaña se paró frente a ella y le tomó ambos brazos. - ¿Cómo estás? – la envolvió en un abrazo. Había días en los que Ginny no aguantaba esa actitud, esa preocupación tan fastidiosa por parte de Hermione le exasperaba. Entendía a su amiga, pero a veces se cansaba de ella.

Apenas devolvía el abrazo cuando le contestó.

- Estoy bien, Hermione – le mostró una sonrisa pequeña. Era mínima pero auténtica. Iba bien.

Su cuñada le sonrió ampliamente, acomodándose los rizos del cabello con sus manos. Empezaba a hacer más viento conforme caía la noche.

- ¿Ya están todos tus hermanos?

- Percy no vendrá, algo pasó con el ministro, no sé qué. Tiene que quedarse para ayudarle a resolverlo – Hermione hizo un ruidito apenas, sin agregar nada. - ¿Pasa algo? – recordó el motivo por el que había ido esa tarde a la madriguera. Si bien le agradaba la idea de una de esas cenas familiares que hacía semanas no tenían, pensó que aquello era para algo más. No era usual que fuese Ronald quien planeara todo e invitara al resto de sus hermanos.

- Nada malo, no te preocupes – la mujer le tomó el brazo. – Las cosas en el trabajo, ¿cómo están? – empezaron a caminar hacia el interior de la casa.

- Igual que siempre. Todo bien… todo normal.

Adoraba a Hermione tanto como adoraba a Luna, pero en más de una ocasión se veía prefiriendo la compañía de la rubia en lugar de la de ella. Con Hermione sufría momentos de silencio que le incomodaban y cuando buscaba romperlos, salía a flote alguna connotación sobre Harry. No hablaba de él con nadie. Aún no. Ni siquiera escribía en su antiguo diario. Se tragaba, literalmente, todo lo que podría decir con relación a él. Que lo extrañaba, que lo necesitaba, que lo soñaba y hasta que a veces se lo imaginaba de pie frente a ella, con los brazos extendidos y con una enorme y arrebatadora sonrisa sobre su sexy boca, esperando a que se abalanzara sobre su cuerpo. No quería ni podía decir eso. Lo último que necesitaba era que le sugiriesen ir a un psicólogo.

Había sopesado esa idea, mas la desechó de inmediato.

Seguía siempre con el plan original; mantenerse ocupada. Ayudó a su madre a culminar los pastelillos de cereza y a disponer la vajilla sobre la mesa. Se había tomado dos copas de vino a escondidas, aprovechado la distracción de Molly en el pollo asado.

- ¿Todo bien, hermanita? – George la atrajo hacia él y la hizo girar sin ella esperárselo. Rió ante la sorpresa. Cuando pequeños, Fred y George le hacían exactamente lo mismo. Los dos se la pasaban de mano en mano como si ella fuese una muñequita de trapo, y la hacían girar hasta casi hacerla vomitar.

No estaba Fred para continuar aquel juego, pero estaba Bill. Y estaba Charlie. Y estaba Ron. Se tambaleó un poco y se hubiese caído de no ser por los brazos del hermano mayor de todos.

Bill le sonrió, acompañándola a sentarse en uno de los sofás de la sala.

- ¿Mareada? – le preguntó el pelirrojo, apartándole un par de mechones del flequillo de su frente.

- Sólo un poco – dio un suspiro y se acercó a su hermano – ya tengo encima dos copas de vino – le susurró como un secreto.

- Has podido con más de dos copas, nena.

Ginevra se alzó de hombros y rió otro poco. En ese tiempo cualquier tontería la desarmaba, dos copas podrían con ella.

- Lamento mucho no haber podido ir a visitar a Victoire. – La pequeña ya dormía en una de las habitaciones de arriba. Las reuniones de adulto le aburrían mucho.

- Siempre pregunta por ti. Eres su tía favorita… - Bill se acercó, susurrando él ahora – pero no le digas a Gabrielle, ni a Fleur. Aunque ya han de saberlo, Gabrielle se molesta cuando Victoire pregunta por qué no la cuidas tú en lugar de ella – Ginny no evitó reír ante la imagen de aquella escena. No se llevaba mal con Gabrielle, le agradaba. No obstante, se alegraba de que su sobrina la prefiriese a ella. Debía compensarla por el abandono. Y al pequeño Teddy.

- La revista le está haciendo publicidad a una feria de artistas mágicos que se presentarán en las afueras del Callejón Diagon a fines de este mes. Nos dieron a todos los editores y corresponsales pases gratis. ¿Me dejas llevar a Victoire?

- Por supuesto. Le encantará.

- No está muy pequeña para ir a esos lugares, ¿verdad? Creo que se divertirá mucho. Habrá juegos y demás cosas.

- Tú sabes cuidarla. Y sí, sé que se divertirá.

Pasaron tres segundos antes de que la señora Weasley los llamara a comer. Era costumbre brindar antes de empezar la cena. Cada uno tenía una copa de vino en su mano izquierda. Siempre debía ser la izquierda, para que los momentos así se repitieran.

- Hermione y yo tenemos algo que decir – habló Ron en el centro de la mesa, tomado de la mano de la castaña.

Ginevra subió su nivel de alerta. De un momento a otro se sintió mareada. Clavó sus ojos en el rostro de su hermano y de su cuñada. La vista empezó a volvérsele vidriosa.

No es justo.

- Nosotros… - el pelirrojo miró a su novia y ella le sonrió radiantemente. Ronald subió las manos entrelazadas y beso el dorso de la de Hermione. – Nosotros…

- ¡Oh, mon Dieu! – exclamó Fleur llevando una mano hacia su boca. Ron y Hermione sonreían como nunca.

Ron estaba sonrojado pero se evidenciaba el entusiasmo que sentía.

- Bueno… ya conocen… es decir… - los nervios pudieron un poquito más. Al hombre se le enredó la lengua y fue Hermione quien finalizó con la sorpresa que ya todos habían adivinado.

No es justo.

Ginny no gritó como la señora Weasley, ni como Fleur, ni como Angelina. Tampoco se acercó a observar el anillo en el dedo de Hermione, ni a besarle la mejilla a su hermano. No era justo.

Se tomó de una el contenido de su copa y salió disparada hacia el jardín. Sentía que se asfixiaba. Se arrebató la bufanda que había tenido siempre puesta alrededor del cuello y la arrojó hacia las afueras de la verja. Se restregó el rostro, caminaba de un lado a otro como una posesa y había comenzado a llorar ruidosamente.

- ¡No es justo, no es justo, no es justo! – daba grandes pisadas contra el piso, como si buscase de ahí caer en un agujero. Frotó sus manos contra sus mejillas y después se abrazó a sí misma, quedándose quieta. Tras ella estaba Ronald. Su sombra la cubrió, después desapareció cuando alguien cerró la puerta de la casa. Apenas y los iluminaba una lamparita puesta a un lado del pórtico.

Ginny levantó el rostro, hecha un mar de lágrimas. Todo a su alrededor era confuso, no distinguía el árbol que tenía cerca ni las flores nuevas que su madre plantó. Era como mirar una pintura en acuarela a la cual habían movido antes de que se secase, dejando que las gotitas de colores se deslizaran sobre el lienzo y confundiendo la imagen del retrato. Parpadeó varias veces, era desagradable ver todo de esa forma. No obstante, continuó llorando, y la imagen de sus alrededores empeoró.

- Ginny…

- No… no es justo, Ron… - dijo en un hilo de voz.

- ¿Qué…?

- No… es… me alegro por ti… y… - se quebró de nuevo. Sintió los brazos del pelirrojo rodearla y arroparla contra su pecho. La llevó hasta el banquillo. Ella se dejó arrastrar. Le alegraba que hubiese sido Ron el que salió a consolarla. – Me alegro… - hipó – me alegro por ti. De verdad… y por Hermione… perdóname – no gimoteaba pero continuaba llorando, las lágrimas mojaban sus mejillas y las dejaban entumecidas, pegajosas y frías. – Es que…

- No pensé que ibas a… hubiese sabido y no…

- No es tu culpa. Soy yo… - respiró hondo y trató de serenarse. Mantenía la cabeza apoyada en el hombro de su hermano. – Sólo… no es justo lo que nos pasó. Es decir… nosotros… - gimió de rabia y con una mano se limpió violentamente las mejillas. – Me pongo a pensar en lo que estaríamos haciendo ahora. Ya estaríamos casados, ¿verdad? Ya… estaríamos viviendo en esa casita que quería comprar en Godric's Hollow. Tal vez aún estaríamos remodelándola, haciéndole todo lo que él quería hacerle. – Se aferró con fuerza al brazo de su hermano, sin percatarse de que le clavaba las uñas. Ronald ni se inmutó ante eso. – No es justo…

- Enana… - le acariciaba el cabello sin saber qué más hacer o decir. No decía mucho, por eso Ginny se contentaba de que fuera él quien estuviese ahí con ella. No quería escuchar a nadie. Solo estar acompañada.

Fueron varios los minutos en silencio.

- Tienes hambre – dijo la pelirroja después de un rato. Sonreía levemente. – ¡Qué tripas! – Ron soltó una risita junto con ella. A Ginny también le sonaba la panza. Era hora de comer.

- ¿Segura que quieres volver ahora? Podemos quedarnos otro rato más aquí.

Negó con la cabeza al mismo tiempo que terminaba de limpiarse las mejillas con sus manos. Respiró hondo. Se obligaría a estar calmada, no solo durante esa noche, si no durante el resto de su vida.

- Vamos a comer. Además, debo hablar con Hermione – se levantaron del banquillo. – Hey… felicidades – lo abrazó con fuerza antes de entrar. Realmente se alegraba por él y por su amiga.

Se guardaba para sí los sentimientos tristes y las sensaciones devastadoras. Su pecho era como una cajita fuerte. Debía mantenerlo bien cerrado.

O O O O

- Estás entrenado. Te enseñé todo, ¡todo lo que tienes que saber, cómo debes comportarte! No aceptaré un paso en falso.

- Todo saldrá bien, mi señora – ella lo examinó de pies a cabeza.

- Definitivamente fue una buena elección – dio vueltas alrededor de él. – Una muy buena elección. ¡No vayas a arruinarlo! Debes de tener cuidado con tu asquerosa personalidad y tu mugrienta forma de hablar. ¡Ya no hay suficiente tiempo!

- Tendré cuidado, mi señora. Ha hecho un buen trabajo, he aprendido.

- No te atreverías a decirme otra cosa. ¿Sabes qué pasará si fallas? ¿Tienes acaso la menor idea?

En esa vieja cabaña los ratones siempre andaban correteando. Los zapatos negros que ataviaban los pies del hombre fueron rozados por una rata enorme y gorda que lo hizo sobresaltar. La mujer soltó una risa demente, levantando uno de sus tacones y, cruelmente, clavándolo justo en la mitad del peludo y sucio cuerpo del animal. La rata apenas chilló. La sangre salpicó el piso. Los ojos del sujeto se cerraron ante la imagen y un estremecimiento recorrió su columna vertebral.

- ¿Tienes idea, Octavius?

- S…sí, mi señora. Sí.

- Muy bien – sacudió su pie. – Limpia esto y cámbiate. Conoces su rutuna. Ya no hay tiempo que perder.

O O O O

Maldecía por todo lo alto y gritaba cuanta cantidad de groserías pasaban por su mente. Nadie le escuchaba. O al menos eso pensaba. No importaba. ¡Tenía semanas tratando, y nada! ¡Nada! ¿Qué hacía mal? Un pozo negro se había formado debajo de él y sabía que pronto quedaría atrapado. Se asfixiaba ante la desesperación y la incertidumbre.

- Vamos, Harry… vamos – cerró los ojos y trató de nuevo. – Vamos… - el cuerpo en la camilla apenas se sacudió. Pudo sentir el metal frío contra los glúteos y la espalda. Abrió los ojos y todo a su alrededor comenzó a moverse. – Vamos… - trató de incorporarse.

Nada.

El cuerpo se le hizo pesado. Aplicó toda la fuerza de la que fue capaz para controlarlo y…

- ¡Así! – quedó sentado. Se miró las manos y… - ¡MALDITA SEA! – pateó una silla al estar de pie, haciéndola resonar contra una mesa metálica y provocando que de ésta se cayeran varios frascos vacios. Uno se hizo pedacitos al caer al suelo.

- ¿Qué…? – prendieron la luz y un par de jóvenes con uniforme quirúrgico ingresaron a la sala.

- Por mi madre que aquí hay algo, Víctor.

- No me jodas.

- ¿Acaso no escuchaste? – uno de los jóvenes, Víctor, se acuclilló junto al frasco añicos.

- No estás en una película, Adam.

- Mi abuelita dice que de que vuelan, vuelan.

- Por favor – Víctor recogió los pedacitos de vidrio después de colocarse un par de guantes de látex.

- ¡Tantos lugares para hacer las prácticas! ¿Por qué coño mandarnos aquí?

- ¿Asustado?

- Toda la semana he estado escuchando ruidos. Hermano, ¡es verdad! Aquí hay algo.

- Pues… ahora que lo mencionas… - los ojos de Víctor fueron hacia la camilla donde Harry se encontraba aún sentado. El moreno se levantó de un salto y se alejó del cuerpo. - ¿Qué es eso?

- ¿Qué cosa? – la voz de Adam se escuchaba notablemente nerviosa.

- Eso… mira… - se acercaron al cuerpo. – es…

- ¿Qué cosa, Víctor? ¿QUÉ COSA?

- ¡POR DIOS!

Una de las manos del cuerpo se estampó contra la cabeza de Adam. El joven soltó un alarido demasiado agudo y pegó un salto que casi le hace montarse sobre la mesa central. Incluso a Harry le dieron ganas de reír.

- Qué mierda… ¡VÍCTOR! – su compañero manipulaba el brazo del cadáver por el codo. Se destornillaba de la risa, tomándose el abdomen.

- Esto… esto ha… - la risa no le dejaba hablar. Inclusive unas lagrimitas escaparon de sus ojos.

- ¡Hijo de p…!

- ¡Hey! A tu abuelita no le debe gustar que hables así.

- No seas pendejo – se alejó de la mesa y caminó hacia la puerta. Víctor lo siguió después de tomar la bolsita con los restos de vidrio quebrado. Se quitó los guantes y también los desechó allí. – Ya verás, imbécil.

- ¿Qué? ¿Me acusarás con tu abuelita? – apagaron las luces.

- No te metas con mi abuelita.

Harry esperó a no escucharlos más. Miró al cuerpo que había tratado de manipular, frustrado. Ya sin ánimos. Desgastó las pocas fuerzas que le quedaban. No quería sentirse más así.

Abría y cerraba las manos para calmarse. Abandonó la lúgubre sala y caminó sin rumbo por los pasillos. Personas aceleradas iban y venían. Médicos, enfermeras. Era terrible el área de emergencia de un hospital.

Se detuvo, quieto junto a una máquina expendedora de café. Había pensado en colarse en el cuerpo de algún vivo, mas no le parecía justo, además era antinatural… extraño ese pensamiento, tomando en cuenta la realidad en la que estaba parado. Los datos que había obtenido en la biblioteca le indicaron que la posesión de un cuerpo gastaba casi el 70% de la energía del alma (si se trataba de un alma humana); se sentiría débil y mareado unas cuantas horas, y eso solo si el cuerpo no era habitado. De ser ese el caso, perdería un 85% de su energía, además de la expulsión (si la alma dueña del cuerpo era lo suficientemente fuerte), y ahí no le quedarían fuerzas siquiera para mantenerse en pie. Un alma inútil.

No quería arriesgarse con ese plan. Algo haría, pero aún no sabía qué cosa.

Unos chillidos inundaron el pasillo. Se escuchaban las sirenas de la ambulancia y un las personas comenzaron un jaleo terrible de allá para acá.

- ¡Apártense! ¡APÁRTENSE! – varios enfermeros y un par de médicos corrían con una camilla que portaba un cuerpo ensangrentado. Trataban de recuperarlo.

- ¡Lo perdemos!

Era todo como una película. Lo llamaría absurdo si no lo estuviese viviendo, si lo estuviese viendo en un filme al cual terminaría calificándolo como muy, muy malo. No estaba seguro. Tampoco él había sido en vida tan mente cerrada. Había visto y vivido cosas fantásticas siempre. ¡Hasta en el Limbo había estado!

Vio como el cuerpo del joven al que trataban de salvar convulsionaba. Una fina línea plateada empezó a salir del centro de su pecho. Los demás no podían verlo. Se alejaba cada vez más del organismo. Harry apenas logró ver la imagen que flotaba, siendo espectador de todo eso. Un rostro confundido y al mismo tiempo aliviado.

- ¡Lo perdemos!

No lo pensó y saltó hacia la camilla, invadiendo a la figura ensangrentada.

- ¡Respira! ¡Ya, doctor, respira!

- Por todos los cielos – le apartaron la bombita de oxigeno que un enfermero maniobraba manualmente. – Por poco… Hey… - continuaban trasladándolo por los pasillos. Era joven el enfermero que lo atendía, tal vez de su misma edad – Todo bien, hermano. No es tan grave, pero casi…

- Aquí – lo ingresaron a una habitación. – Atiéndanlo a prisa. Sus heridas no son graves, pero sufrió un paro respiratorio y casi lo perdemos.

- ¿En estado de shock?

- Posiblemente.

No tardó en recuperarse. La sanación fue prácticamente milagrosa.


Nota/a:

¿Han visto la película Quién es Joe Black? ¿Y/o la serie Voces del más allá?

Noten que en la historia a pasado el tiempo desde la muerte de Harry. Vamos a encaminarnos al meollo del asunto, sin decir nada más.

¡Gracias totales a quienes leen! Cualquier opinión es bien recibida.

Nos leemos pronto con el próximo capítulo.

Cariños,

Yani.!