Y el capítulo 10. No está mal repetir las gracias por obsequiarme unos minutos de su tiempo para leer mis cosas. Así que ¡gracias!
Entre los vivos
Capítulo X
La mañana se le fue muy deprisa. Apenas y se había percatado del paso de las horas conforme tecleaba en su ordenador las últimas noticias para la revista. Suspiró, dando por finalizada la corrección del artículo "Las brujas, ¿mandan sobre los magos?". Tenía hambre, el estómago le sonaba. Llamó a Tina.
- Señorita…
- Por favor… - Tina llevaba en su puesto un poco menos de un año. Se le hizo extraño el no decirle que la llamara por su nombre de pila. Quizá lo hizo, no recordaba. - ¿No te he dicho que puedes llamarme Ginny?
- Yo no…
- Por favor, dejemos tanta formalidad de lado – la joven sonrió y Ginny le devolvió el gesto. Tenían la misma edad.
- De acuerdo.
- ¿Podrías ordenarme el almuerzo a la cafetería del primer piso?
- Claro que sí. ¿Algo en especial?
- Pregunta si tienen Sándwich de pavo. Si no, lo que sea el especial.
- Enseguida – Tina asintió una vez con la cabeza antes de dejar la oficina. Había dejado la puerta semi abierta a petición de Ginny. Se mostraba más calmada en su ambiente de trabajo, más tranquila.
Volvía a relacionarse con sus compañeros de apoco. La mayoría se había portado muy comprensivamente, dada su situación. Inclusive Mónica, su colega, la cual ejercía en un piso más abajo y sólo trabajaba con redacciones de los pasantes de turno en la editorial. A Ginevra le era indiferente, mas sabía que su persona no era muy del agrado de ella. Catalogaba ese sentimiento como envidia; lo suponía, tomando en cuenta que Mónica era tres años mayor que ella y que llenaba un puesto que, si bien era importante, no lo era más que el escritorio de Ginny.
La pelirroja tuvo suerte. No toda recién graduada consigue un puesto de tal magnitud en una revista a las primeras.
Se sonó los huesos de los dedos ante el agarrotamiento, ocasionado por tanto escribir. Reclinó su silla y se relajó, esperando a que llegue la comida. No es mucho el tiempo que pasa en silencio; su teléfono sonó dentro de su bolso. No lo había visto desde que se levantó ese día, tenía cinco mensajes y una llamada perdida.
- Veamos…
- ¡Ginny!
- ¡Todo bien, Luna, todo bien! – exclamó apenas escuchó la voz de su amiga.
- Lo sé, lo sé – escuchó un suspiro de la rubia al otro lado. - Neville nos invitó a cenar. Ya lo sabes, ¿no?
- No tenía idea.
- Me dijo que te pasó un mensaje. Te llamó pero no respondías.
- No escuché el teléfono. Tenía una llamada perdida de un número desconocido, pensé que eras tú.
- Neville… Es esta noche. Pasaré por tu departamento para irnos juntas, ¿de acuerdo? Hermione se irá directamente con Ronald.
- De acuerdo. ¿Cómo a qué hora estarás allá? Pensaba en quedarme más de lo normal en la oficina, pero dado que…
- No trabajes tanto – Luna resopló – Iré como a eso de las cinco.
- ¿A qué hora dijo Neville?
- A las siete, pero quiero hablar contigo antes.
- Muy bien – suspiró. - ¿Algo en especial?
- Nada en particular.
- Ya – Ginny rió. - Te estaré esperando.
- Señorita Weasley… - un chico tocaba la puerta semi abierta. Tenía la gorra con el nombre de la cafetería y una camiseta con el mismo diseño bordado a un lado.
- Nos vemos esta noche. Sí, no te preocupes. ¡Adiós, Luna! Tengo hambre y voy a comer – sonrió antes de dejar de lado su celular. Con una de sus manos le indicó al joven que pasara, éste le extendió una bolsa de papel grande la cual desprendía un agradable aroma a pan recién horneado. Por eso le encantaban los sándwiches de ese lugar, eran muy frescos. – Gracias… - leyó el gafete – Ethan – le sonrió dándole la propina.
- A su orden – el chico se toqueteó la gorra en un ademán de despedida que pretendía ser educado. Salió por la puerta aún viéndola de reojo.
- ¿Pasó? Dije que esperara a que volviese; debía llevar unos informes al señor jefe – Tina la miraba sacar el sándwich de la bolsa. – Está coladito por usted…
- Tutéame a partir de ahora – se llevó unas patatas fritas a la boca.
- Por ti… - su secretaria le sonrió. – Debes de ser el sueño de más de un adolescente.
Ginny la miró mientras sorbía por la pajilla de su Pepsi-cola. Tina quería ser amable. No sabía si por el hecho de que era su jefa, o porque realmente quería ser su amiga. Igual, el comentario no le pareció apropiado. Y no tanto por ser el amor platónico de algún niñato, sino porque ella, después de lo vivido, no podía pensar siquiera en querer gustarle a alguna persona. No podía gozar de la sensación de saberse la atracción de alguien perteneciente al sexo opuesto. Ni le interesaba.
- ¿Necesitas algo más?
- Nada. Ve a comer, también debes de tener hambre.
Disfrutó de su sándwich como hacía mucho no lo hacía. Las patatas fritas le duraron poco, quedó con ganas de más.
Dejando a un lado la bolsa ya vacía de la cafetería, pensó en algún postre. Podía tomarse mucho más de una hora de almuerzo, sabiendo que sus artículos ya estaban terminados. Se los haría llegar al jefe del departamento antes de irse.
Agarró su teléfono y, asegurándose de tener la varita enfundada entre sus pantalones y la telilla de su ropa interior, salió de la oficina. Apenas la cubría una bufanda, había decidido dejar el abrigo. El clima estaba fresco pero no hacía tanto frío. No era mucho lo que tenía que recorrer para llegar a la panadería que, según ella, hacia las mejores tartaletas de melocotón del mundo. Hacía años que no comía una de esas.
Iba a la panadería. Era su intención. Caminaba sin pensar en nada, absorta, como una autómata. Se concentraba en lo básico, respirar, mover un pie primero, el otro después. Literalmente, su cabeza estaba en blanco. Fue algo extraño. Liberó un resoplido contenido cuando, viendo hacia el frente, notó que había pasado la panadería. Se había alejado mucho del edificio y estaba en pleno centro muggle de Londres.
Le picaba la garganta y quería tomar algo. No le dio importancia a esa laguna mental vivida. Se había distraído, nada más. Alzando la vista, divisó la cafetería que antes solía frecuentar con Harry. La mesa que siempre ocupaba con él, la que estaba pegada al ventanal, mostraba a un hombre cincuentón que tomaba una malteada con una joven de tal vez diecinueve años. Seguramente su hija, se parecían mucho.
- Es sólo un restaurante, Ginny. Y esa es sólo una mesa – la campanilla de la entrada sonó, indicando su llegada. Mary le sonrió apenas la vio.
- ¡Ginny!
- Hola, Mary – que no preguntará cómo se encontraba. Ella debía saber la noticia. Que simplemente no preguntara.
- Me alegro de verte – la mesera se acercó hasta ella con un menú debajo del brazo. El local estaba medio lleno, medio vacío, daba igual. La mujer la dirigió a una mesa antes ocupada por una anciana que bebía un plato de sopa de carne. Le tendió el menú. - ¿Cómo estás?
Preguntó, y con aquella interrogante llegaba la mirada penosa, de lástima y, según quienes la adoptaban, de comprensión. Le molestaba, mas lo ignoraba, ya pasaría.
- Todo bien, Mary.
No preguntó nada más. Mejor así.
- Vendré en un minuto para tu orden.
Era solo un restaurante y esa era solo una mesa.
Tenía el menú apoyado en la mesa, abierto de par en par. No obstante, sus ojos no leían las recomendaciones de ese día y mucho menos los tipos de pasteles que habían hecho para esa tarde. Se concentraba en la mesa cerca del ventanal, en el hombre cincuentón y en la joven de diecinueve años con cabello largo y expresión jovial. Reía por algo que su padre decía.
Era solo una mesa.
¿Cuántas cosas habló con Harry estando sentados allí? ¿Cuántas confesiones, cuantos momentos, cuantos roces…? no era solo una mesa. Ahí estaba, siendo parte de un momento padre e hija. ¿Cuántas parejas habrán también disfrutado de ese sitio? ¿Cuántas familias? No era solo una mesa.
Era la mesa de ella y de Harry. No importaban las familias, ni los padres con sus hijas, ni algunas otras parejas. Era su mesa y la mesa de Harry. Pertenecía a ellos apenas pisaban el suelo de aquel local. Se sentaban pegados a la ventana, sin pensar que algún poeta, pensador, filosofo, artista o como quieran llamarle podía verlos reír felices e inspirarse para alguna obra. Algo así como en las películas. Era su mesa y la mesa de Harry.
Pero Harry ya no estaba. No. Ya no era la mesa de ellos. Era solo una mesa.
- Ginny…
- Sí, Mary… - volvió en sí. Apartó los ojos del padre con su hija y se concentró en la lista de pasteles. No había tartaletas de melocotón. – Una porción de pastel de queso.
-¿Sirope?
- De fresa, por favor. Y una Pepsi-cola.
- Ya mismo.
Se quitó la bufanda cuando tuvo su orden y empezó a engullir el pastel con ganas. No era una tartaleta pero le sentó extremadamente bien, estaba delicioso.
- Pastel de melaza. ¡Buen provecho! – la figura de Cindy, compañera de Mary, tapaba la mesa que atendía. Estaba pegada a una esquina del local, con solo una silla. Era muy pequeña, ideal para un asocial que quería pasar desapercibido. Lamentó no haberse sentado ahí.
El sujeto que no quería ser visto y menos molestado estaba vestido con unos jeans excesivamente desgastados y una chaqueta casual negra. Tenía una gorra, la cual no se quitó para comer, por lo que no pudo verle la cara.
A Ginny no le llamaba la atención el sujeto, simplemente se alertó cuando él pidió pastel de melaza, el favorito de Harry.
Observó la mesa de ella y de Harry, la cual ya no era de ella y de Harry. El hombre ya se había ido con su hija.
Inhaló una gran bocanada de aire, inflando el pecho. Expulsó todo de una y repitió el proceso. Ya se había comido hasta el último bocado del pastel. Deslizó su dedo índice por el plato, llenándolo de sirope de fresa, y se lo llevó a la boca, relamiendo el sabor ácido-dulce. Estaba lista para volver a su oficina.
- Espero verte pronto por aquí, Ginny – Mary se despidió con una sonrisa. Ya a una cuadra lejos del restaurante se dio cuenta de que había olvidado dejarle propina.
- La próxima vez – se dijo. Estaba un poco lejos de la editorial. Aceleró el paso, sintiendo el pinchazo de su varita a un lado de su muslo. Se le olvidó acomodarla como era debido cuando se levantó de la mesa. Había pensado en llevarla entre sus medias de mallas y el tobillo, mas creyó que, de necesitarla, tardaría más en cogerla.
Se apresuró un poco más, ajustando la bufanda a su cuello. Estaba haciendo un poco más de frío, esperaba que no empezara a llover.
No se perdió como cuando salió rumbo a la panadería. Estaba atenta a todo, increíblemente atenta. Quizá era el pinchazo en su muslo que le fastidiaba de sobremanera. Sus botines resonaban contra el suelo, pisando fuerte. Varias personas caminaban igual de presurosos a sus trabajos. Escuchaba sus pasos contra el asfalto, casi corrían. Unos pies detrás de ella le seguían en el ritmo. Dio vuelta en una esquina y los pies detrás hicieron lo mismo. Había mucha gente alrededor, no se sentía insegura, mas quiso saber quien tenía la necesidad de recorrer la misma distancia que ella, y, "casualmente", al mismo ritmo. Volteó el rosto, divisando los jeans desgastados, la chaqueta negra y la gorra roja. Era el mismo hombre que había estado en el mismo restaurante, sentado en la mesa asocial.
Sus niveles de alerta se dispararon, enviando una corriente de pánico por todo su cuerpo, era un hormigueo desagradable. Llevó su mano hacia el borde de sus pantalones, dispuesta a tomar la varita. La usaría si era necesario, sin importarle la cantidad de muggles.
- Señorita… - era una voz gruesa y ronca. – Señorita, ¡aguarde! – él gritó cuando ella prácticamente empezaba a correr. – Su teléfono, ¡su teléfono!
Se detuvo en seco y trató de calmar su respiración. A tientas revisó en los bolsillos del pantalón, ciertamente, no tenía su celular.
Se sintió como una tonta.
- Lo siento… - volteó hacia el sujeto. Ya éste había llegado tras ella. – Lo dejó en la mesa y pensé…
- Sí – tomó el celular.
- Lamento haberla asustado.
- No fue… - lo miró, era de piel oscura, un oscuro bonito, como el chocolate, y tenía los ojos almendrados, de un matiz parecido a la miel. Le calculó unos veinte…cinco… veinte…cuatro. Unos veintitantos. – Discúlpame, y gracias.
- No hay de qué – él se rascó la nuca, Ginny ya no le supo qué decir.
- Bien. Gracias – giró para irse. Seguía alerta, mas no estaba ya asustada. Era un aviso más bien…
- Ginny…
- ¿Qué…? – se volteó tan rápido que su cabello voló dándole en el rostro. Trastabilló un poco y casi se cae. Se apoyó en la vidriera de la tienda que tenía a un lado. El joven le miraba atentamente. Hizo ademanes de acercarse, no obstante, decidió conservar la distancia.
- ¿Estás bien?
- Sí… yo… - lo miró. - ¿Nos conocemos?
- ¿Cómo?
- ¿Nos conocemos?
- ¿Ah?
- Mi nombre, ¡acabas de decir mi nombre! – y no solo su nombre, su diminutivo.
- Yo…
- ¿Nos hemos visto en algún lado? – la pelirroja lo notó nervioso. Volvía a rascarse la nuca en un auto reflejo, la gorra se le movió un poco y terminó quitándosela, rebelando un cabello cortado a ras de la cabeza, totalmente negro.
- No creo…
- ¿Cómo sabes mi nombre?
- Sólo…
- ¡Por favor, idiota! ¡Me llamaste por mi nombre!
- ¡De acuerdo, de acuerdo! – le mostró ambas palmas, en son de paz. – No te alteres – dejó libre una risa apenas audible. – Le escuché a la mesera llamarte por ese nombre.
- Ah – lo miró con atención. – Bien, lo lamento – se ajustó la bufanda para hacer algo. Lo había insultado sin razón, y no sentía nada con respecto a esa actitud – Gracias por el celular – dio nueva vuelta, continuando su camino.
- Ginny… - ella hizo caso omiso del llamado. Quería regresar a su oficina. - ¡Hey! ¡Espera! – él llegó caminando junto a ella. Se había vuelto a colocar la gorra y había metido las manos en los bolsillos de la chaqueta negra. - ¿No crees que deberías conocer mi nombre, sabiendo yo el tuyo?
- Sinceramente… - iba a decir que no le interesaba en lo más mínimo su nombre. Lo miró, sin dejar de caminar. Era extraño. – Bien… - se alzó de hombros. – Dímelo, si es lo que quieres.
- Me llamo… - él se detuvo a medio paso. Ginny continuó, deteniéndose más adelante. Lo observó, interrogante. – me llamo…
- ¿Y bien?
- Me llamo… - él caminó hasta nuevamente estar frente a ella. – Liam… - susurró, ella no pudo escucharlo.
- ¿Cómo?
- Liam… Liam…
- Bien. Un gusto, Liam… y adiós. – Caminó apresuradamente, alejándose.
Llegó al edificio jadeante. Prácticamente había corrido, alejándose del tal Liam. Estando en su oficina, metió las manos en el borde lateral de sus pantalones y sacó la varita. Seguramente le había dejado alguna marquita en la piel. La apretó un poco contra su palma antes de arrojarla a su escritorio. Estaba nerviosa, y no sabía por qué.
Miró la hora en el celular. Quería irse a casa. Llevaría las redacciones a la oficina del jefe y se iría directo a su departamento. Esperaría a Luna y juntas irían a lo de Neville. Sí, ese eran los planes.
Respiró hondo, desenredando la bufanda de su cuello. Imprimió los documentos necesarios para su jefe y rezó para que el tiempo pasara de prisa. Quería que ese día acabara.
Así pasó. Las horas volaron y pronto se vio en su departamento.
- Bien a la moda – Luna le mostró sus nuevas botas, ya con sus pies ataviados en ellas. Eran púrpura y por los bordes laterales colgaban lazos del mismo color. Ella jamás se habría puesto algo así, pero admitía que a su amiga le quedaban bien.
- ¿De qué querías hablar? – Ginny alzó las piernas al sofá, cruzándolas. Se distraía jugueteando con los dedos de sus manos. Se sonó los huesos un par de veces.
- De nada en particular, te lo dije – Ginny sonrió.
- Pensé que sí querías hablar de algo.
- Sólo quería acompañarte. ¿Tú quieres hablar de algo?
- De nada en particular – se arrojó hacia atrás, descansando la cabeza y cerrando los ojos.
- Tienes las uñas fatales.
- ¿Qué? – la miró, moviendo a un lado la cabeza.
- ¿Desde cuándo no te haces manicure? Si bien no vas a pintártelas, al menos mantenlas cortas.
Ginny miró sus manos. En definitiva, había un descuido enorme en el aspecto de sus uñas. Daban un poco de vergüenza.
- ¿Conoces algún hechizo?
- No creas que me la paso leyendo Corazón de bruja. Pero sí, conozco uno – la rubia tomó su varita y dio un simple movimiento con ella, apuntando las manos de Ginny. – Así, mantenlas así… - una palabrita medio enredosa y las uñas de la pelirroja se colorearon de un rosa pálido y brilloso. También se pusieron uniformes, bien limadas.
- Lo conocía – mencionó, observando sus uñas. – Lo había olvidado, gracias.
- Cuando quieras – Luna guardó la varita en su bolso.
- Han sido extraños… todos estos meses – siempre evadía ese tema, incluso cuando Hermione quería hablar sobre Harry, ella le cortaba tajantemente. Para ese momento le pareció extraña esa necesidad de expresar aquello. Igual continúo. – No pensé que mi vida cambiaría de un sopetón – volvió su vista hacia el techo. Quería hablarlo con Luna, precisamente con ella. No con Hermione. Quizá se debía al hecho de que ella nunca le presionaba para que se desahogase. – Es decir… lo que antes tenía… ya no volverá. Y no solo me refiero a mi relación con Harry, al no verlo más, me refiero a todo… a todo. Soy joven y siento… no sé. Nada es como antes.
- Te han sacudido.
- ¿Qué?
- Te han sacudido. Tocado en la zona más importante, es decir… - Luna se quitó los botines e imitó su posición, cruzando las piernas sobre el sofá. – Mi padre dice que la vida no te golpea por que sí. Todo se debe a una serie de sucesos que suceden con un fin. Y cuando la vida quiere sacudirte, debe tocar algo que realmente te importe, para sentir el cambio.
Ginny rió amargamente.
- Por favor, Luna. Hay cosas que suceden porque suceden y nada puedes hacer, así de simple. Si te toca sufrir, te toca sufrir, aguanta sin matarte. Si te toca ser feliz, ¡disfrútalo, que no sabes hasta cuándo durará!
- No sé. Pienso que todo es un poco más…
- ¿Del destino?
- Tal vez.
- Da igual. Si pudiese cambiar las cosas… - se quedó con la vista clavada en una motita de polvo que volaba ante sus ojos.
- No te me pierdas ahora, hemos tenido un gran avance esta tarde – Ginny la miró y rió. Luna la imitó.
- Lo extraño muchísimo – dijo sin más, con la voz un tanto quebrada. Se aclaró la garganta. – Tenía una idea más que clara de mi vida junto a él. Desde pequeña. Todo era… - suspiró. – Extraño sus chistes.
- Eran muy malos.
- ¡Terribles! – rieron de nuevo. – Eran… realmente terribles, y por eso me hacían reír. Eran tan malos que terminabas partiéndote de la risa. ¿Te llegó a contar el del perro llamado Pan?
- Creo que no – Luna apenas sonreía, observándola.
- Había una vez un perro que se llamaba Pan… y al siguiente día amaneció duro – ambas mujeres soltaron una carcajada. – Malísimo – continuó – pero me hacía reír, y él también reía. Es lo que más extraño, su risa. Quería asegurarme de escuchar esa risa al menos dos o tres veces por día, hasta el final de nuestros días. Así… me aseguraba de haber cumplido.
- ¿Cumplido con qué?
- Con hacerlo feliz.
Se mantuvieron calladas por un tiempo. Ya estaban listas para la cena con Neville, solo debían ponerse los zapatos. Se concentraron en el techo del departamento. Le faltaba pintura en algunas esquinas, Ginny pensó en pintarlo.
- Hay ruidos – comentó la rubia, señalando hacia arriba. - ¿No estaba vació el departamento de arriba?
- Desde hacía más de un año. Los dueños querían venderlo, no alquilarlo.
- Parece que encontraron a alguien.
- Bienvenido al nuevo vecino – estiró la piernas. - ¿Nos vamos ya?
- ¡Vamos! Neville se alegrara al vernos llegar temprano.
Ginny vivía en el quinto piso de su edificio. Cuando alquiló, pensó que le hubiese gustado estar unos pisos más arriba. Veía por la ventana y solo divisaba las otras ventanas de los otros edificios. Además, el sonido del tránsito era una molestia. El ascensor iba bajando, por el sexto piso, antes de detenerse y abrirse frente a ellas.
- Buenas tardes – era normal la reacción de Luna. La mirada que, si bien trataba de disimularla, era notablemente evidente que se concentraba en él. La rubia lo examinó de pies a cabeza, apoyada a un lado del ascensor mientras descendían. Era normal, el hombre estaba guapo. Muy guapo. – Señoritas – se apartó, dándoles el paso.
- ¿Eres el nuevo inquilino? – Luna le tomó el brazo a Ginny, caminando hacia la salida del edificio.
- Piso 6, apartamento 6B – el hombre las acompañó. Se dirigía a un lindo auto de color negro aparcado al frente. – Un gusto conocerlas, ¿vecinas? – tendió la mano hacia la rubia, Luna la estrechó.
- Luna… Lovegood… Y en realidad… vecino de ella – señaló a Ginny.
El hombre mostró una sonrisa cautivadora. Ginny percibió un suspiro de Luna. Le había alucinado.
- Ginevra Weasley – tendió la mano, igual que Luna, estrechando la del sujeto a penas.
- Un placer. Jonh Holmes – hizo una corta reverencia a ambas.
- ¡Como Sherlok, Sherlok Holmes! – mencionó Luna, medio fascinada.
- ¿Gusta de las obras Muggles la señorita?
- A veces – sonrió. Luego abrió mucho los ojos. - ¿Eres…? ¿Y cómo sabías que…?
- Soy subscritor del quisquilloso, señorita Lovegood – sonrió de esa forma cautivadora. – Y, señorita Weasley, también leo su revista – miró a Ginny. – Debo aún desempacar unas cuantas cajas – observó el auto. – Pero, si me permiten ser educado, las llevaré a donde sea que se dirigen.
- Eso sería… - Ginny le apretó el brazo a Luna. La rubia la observó. – Sería muy amable. Pero no, gracias.
- ¿Seguro? – Luna volvió a mirarla.
- Seguro – habló Ginny. – Gracias.
- De acuerdo – se alzó de hombros en un simple gesto. – Ha sido todo un placer. Espero volver a verlas a ambas. A usted, señorita Weasley, seguro que sí – abrió la puerta trasera del auto y solo sacó una caja de cartón en la cual, a un lado, tenía escrita la palabra LIBROS. – Si me permiten, que pasen una buena noche.
- ¿Por qué no usa su varita para transportar…?
- Qué importa – le interrumpió Luna. - ¿No es muy guapo? Es muy raro ver hombres tan buen mozos en estos días, y que no sean gays.
- ¿Cómo sabes que no es gay? – Luna hizo un vago gesto con la mano.
- No me pareció – empezaron a caminar. - ¿Cómo nos vamos? ¿Aparición?
- No quiero sentir nauseas, hace mucho que no lo hago.
- ¿Taxi?
- Lo prefiero. – Luna sacó el móvil para marcar el número. – Esperamos aquí – señaló una tienda de varios artículos. La rubia le indicó la dirección al taxista.
- Hubiésemos aceptado el aventón.
Si Ginny fuese la misma Ginny, lo habría hecho. Y no por haber sentido algo especial por aquel hombre, si Ginny fuese la misma Ginny, Harry estaría vivo y ella aún repleta y completamente ebria de amor por él. Nada ni nadie cambiaría eso. Si Ginny fuese la misma Ginny, habría aceptado ese aventón para complacer a Luna y, para qué negarlo, verlo a él, a su nuevo vecino, de a tantito con su sonrisa cautivadora y ojos enigmáticos. Estaría enamorada pero no ciega. Si Ginny fuese la misma Ginny.
O O O O
Arrojó la caja a un lado y con un movimiento de varita la hizo desaparecer. Detuvo el ascensor en el piso 5. Caminó hasta el apartamento 5D. Veía, absorto, la puerta de Ginevra Weasley. Debía ser lo suficientemente rápido para conseguirlo y lo suficientemente cauteloso para que funcionase todo. No quedaba mucho tiempo.
Nota/A: Nombramiento especial a mi amiga Cata (Kathleen Cobac) por el gran apoyo hacia este fic a través de sus reviews. ¡Te quiero, amiga! ¡Gracias!
Es una historia a la cual aún le tengo sus dudas (aún todavía, sí.). Incluso no sé si la estoy encaminando hacia donde originalmente la quería. Igual aquí está, y últimamente he sentido la necesidad de acabarla pronto. Yo soy de las que gozan de ir hacia el punto exacto de todo, sin mucha perdida de tiempo, se dirá, más en las historias que escribo... pero con este fic no se debe de hacer. ¡Por eso me cuesta tanto! Y el "drama" no se me hace sencillo de escribir, para nada. Voy contra mi propia corriente, ¿podría decirlo así?
Nuevamente las gracias por leer, espero pronto subir el próximo capítulo.
Cariños,
Yani.!
