Nada tarde... espero les guste. Nos leeremos abajito.


Entre los vivos

Capítulo XII


No sabía cómo describir aquella chispa. Fue muy extraña y hasta llegó a asustarla. Alerta, Ginny. Desde la muerte de Harry, nada para ella volvió a ser normal. Era entendible, perdió al amor de su vida. Pero algo más pasaba, algo más estaba alterando a su mundo. No sabía qué, pero concebía algo fuera de límite y sumamente alterado. Los sueños que casi no recordaba, quizá eran un aviso, no tenía idea. En esos momentos sólo se repetía Alerta… alerta, Ginny, alerta. ¿Tienes tu varita? Siempre alerta.

- ¿Estás bien? – la típica pregunta. Toda su gente le repetía aquella interrogante, sin dejarle siquiera espacio para respirar. La taladraban con ojos irritados y en algunos casos asediados. Pero él no pertenecía a su círculo íntimo, ni mucho menos. Apenas y lo recordaba. – Ginny…

¿Quién era para tutearla de esa forma? Movió la pierna izquierda un poco, hacia arriba, como si quisiera flexionarla, solo para asegurarse de que su varita se encontraba segura ahí. La pequeña sala estaba llena de gente, sus vecinos pasaban junto a ellos y llenaban sus platitos con los bocadillos que había comprado Jhon. Aquel tipo no debía ser tan idiota, no podía pretender hacerle daño.

- ¿Quién… tú…?

- Yo… - aún sonreía, nervioso. La miró con abrumadora intensidad, antes de bajar la vista. Quizá reparó en el hecho bastante obvio de que era un completo extraño, el cual la interceptaba por segunda vez y que, como estaban las cosas en el mundo, ella podía pensar que se trataba de un loco trastornado. – Lo siento. Vine a…

- No vives aquí – habló ella, el timbra calmado de su propia voz le indicaron que estaba recobrando la compostura. Decidió pasar por alto aquella chispa exilia, que percibió al verlo a él. Por ese momento no pensaría en ello. - ¿Qué es…?

- Soy amigo de… Calvin… - señaló al sujeto alto, delgado y con cara de aburrido que se apoyaba en una esquina cerca de la biblioteca del anfitrión. Tenía un vaso de Whiskey en una mano, y en la otra sostenía un cigarrillo que aún no encendía. Ginny apenas y lo saludaba cuando se topaban, Harry y ella lo habían apodado el "constante cara de póker"… el hombre no cambiaba nunca su expresión desconcertada y fuera de onda. Seguramente, sufría de alguna especie de afasia expresiva. – Yo…

- Eres el mismo que… espera, ¿cómo te llamas? Me dijiste tu nombre.

- Liam.

- Liam.

- Y tú… - Liam-Harry no estaba seguro de cómo continuar. Perdió toda fijación objetiva y se lanzó de una al pozo de los deseos, cuando Ginny rozó su brazo camino a la mesa de bocadillos. No estaba seguro de que le agradase el nombre de Liam. Bien pudo haber utilizado el nombre de Jake, pero cuando ella lo interrogó con ojos confundidos aquella vez que le devolvió el celular, fue el único alias que se le cruzó por la mente. Había recordado, mucho después, que lo había leído en uno de esos libros que cogió de la biblioteca. – Lamento aquella vez… yo, creo que te asusté y no era mi intención.

- Descuida – Liam-Harry veía las intenciones de la chica; deshacerse de él y volver con sus amigos.

- ¿Está todo bien?

Ginny pensó que vomitaría de la rabia, si alguien volvía a preguntarle aquello.

- ¡Estoy bien! ¡Maldita sea! – fue una vociferación que no pretendía ser escuchada por nadie más que por él y por ella. Varios cerca de ellos los miraron, curiosos. – Yo… - suspiró. – Lo siento.

Liam-Harry no sabía si se lo decía a él, o se lo decía a la gente que aún los miraba. No importó. En pocos segundos todos volvían a prestar atención a sus banales conversaciones.

- Lamento si…

- Descuida. Yo… es que todo el tiempo es lo mismo. ¡Todo el tiempo! – Ginny pareció recordar que una de sus manos sujetaba una fresa. El chocolate se había corrido, manchándole los dedos; dejó la fruta a un lado de la mesa y tomando una servilleta, se limpió.

Liam-Harry la miraba con atención, tratando de al menos desviar los ojos de vez en vez hacia cualquier otro punto, antes de volverla a observar, no queriendo hacer tan evidente su interés. Ginny se concentró más de lo necesario en limpiar sus dedos. Parte de su cabello se corrió hacia adelante y le tapaba media cara. Él pudo escuchar un montón de rezongos procedentes de su preciosa boca. ¿Qué decía? Estaba molesta.

- Lo siento – dijo ella, volteando hacia él. Liam-Harry se recompuso de inmediato, luchando por mostrarse tranquilo, aunque la serenidad estaba muy, muy lejos de él. – Voy a… - la mujer hizo ademan de alejarse, deseando volver con sus amigos. Liam-Harry debía ser rápido. Pero, ¿cómo abordarla? Ya había cometido varias insensateces, no quería cagarla otro poco, a sabiendas de que no tenía mucho tiempo para componer las cosas. ¿Cuántos días le restaban? ¿Tendría al menos un par de meses? no tenía idea de nada.

- Descuida. No sé si… Ya, lo lamento. Sólo quería saludarte, nada más. No sabía que vivías por esta zona y menos en este edificio.

- Bien… yo… - estaba incómoda. Liam-Harry pudo darse cuenta, la conocía como a la palma de su mano... al menos, de su antigua mano.

- No empezamos como la sociedad manda, ¿no te parece? – juntó toda la serenidad de la que fue capaz y se plantó derecho frente a ella. La sonrisa que mostraba pasó a ser simpática, bastante agradable. Jake era bien parecido, apuesto, un punto a su favor. – Liam… Brands… mucho gusto – el apellido no era sacado de la fosa mental, en realidad, era el verdadero apellido de Jake. Tendió la mano a la pelirroja y ella, después de cinco segundos (él los contó), le devolvió el saludo.

- Ginevra Weasley – el toque de sus manos duró tres segundos (Liam-Harry también los contó). La chispa inicial, aquella que Ginny percibió cuando lo miró, reapareció con más intensidad, con más violencia. No era desagradable, pero le asustaba, le instaba a estar más despierta. – Mucho gusto – agregó por educación.

- Me atreveré a preguntar si puedo llamarte por tu diminutivo – ella lo pensó, antes de asentir con la cabeza. Rara vez volteaba cuando alguien la llamada por su nombre de pila completo; no se acostumbraba. Ginny era más práctico, para cualquier caso.

Miró al joven y no supo qué decir, tampoco definir cómo se sentía después de la presentación formal. Seguía siendo un completo extraño el cual le instaba, con su sola presencia, a mantener los ojos bien abiertos. No sabía por qué, y tampoco pensaba matarse por averiguarlo. Ya se encontraba bastante agotada, mental y físicamente hablando. Estaría alerta, se cuidaría, y dado el caso de ser necesario, sacaría su varita. Eso era todo.

Un minuto de silencio, como los momentos que se empleaban para recordar a algún ser querido fallecido. Había muchas conversaciones alrededor, tintineo de copas y de cubiertos al chocar con los platos vacios. Jhon no se molestó en emplear su vajilla. Ginny hubiese ofrecido los aperitivos en platos de plástico.

Di algo… - Harry iba a entrar en la poco recomendaba fase de desesperación, si no sacaba algo por lo cual empezar a conversar y así… ¿qué? ¿Decirle la verdad? Conocía muchas cosas de ella, cosas muy personales, muy íntimas. Cosas que solo el único hombre de su vida sabría. Cosas de las cuales ni su madre, quien la dio a luz, estaría al tanto. Debía ser minucioso, abrirse la mente y no buscar a tientas en la fosa; sabía que buscar a tientas a veces, equivalía a dar con algo que está lejos de ser lo que en realidad necesitas. Estar claro. Mente fría. Le iba a costar tremendamente, pues se trataba del amor de su vida.

- Y ¿cómo estás? – dejaría que la tuteara, qué más, ya se habían presentado. El joven movió las cejas curiosamente, y sus mejillas se tornaron un poco más oscuras. Ginny atribuyó aquel detalle a una señal de que él no tenía ni la más remota idea de cómo iniciar una conversación.

- Bien. Estoy muy bien – se cruzó de brazos, siendo consciente de que su cuerpo no se había movido desde que él la interceptó, exceptuando la ocasión en la que su pierna se alzó un poco, para sentir la varita contra la piel de su muslo y cadera. Ah, y para limpiar sus dedos - ¿Y tú?

- Muy bien – se pasó una mano por la cabeza, aún observándola con atención. El pelo cortado a ras le hacía ver la cabeza completamente redonda, como una caricatura. Ella sonrió ante esa comparación. - ¿Qué…? – el sonrió, imitándola.

- Nada – rió un poquito, en voz baja. – Solo… ¿eres de por aquí?

- En realidad… de Belsize Park. Por cuestiones de… trabajo, tuve que venir al centro de Londres.

- ¿A qué te dedicas?

- Soy… - en la vida siempre hay que dar mano a la improvisación. – comerciante. Sí, comerciante. En realidad… - titubeó. Miró por un momento la pared tras Ginny, aclarando las ideas, y volvió sus ojos hacia las castañas que lo miraban con curiosidad, y algo más. – Soy el intermediario entre un par de empresas que laboran tanto en el mundo mágico como muggle.

- Ya… - Ginny descruzó uno de sus brazos y tomó la botella de cerveza, que había dejado olvidada en la mesa. Se estaba relajando. A las primeras, aquel sujeto no sólo le inspiró mera desconfianza, sino también un sentimiento extra que, si bien era completamente desconocido, le hacía sentirse bien. Le llamaba poderosamente la atención, aunque aún parecía no caer en la cuenta.

Pensar en el por qué de aquello, o en cómo era posible, no iba a importarle mucho. También pasó por alto el dato de que él sabía que ella era una bruja. Bien por alto. Ahí uno se daba cuenta, de lo afectada que estaba Ginevra Weasley por la muerte de Harry Potter; no era tan ella misma.

- Y tú…

- Editora de una revista. Es…

- Lo sé – él sonrió, ella lo miró, con una pizca de odiosidad. Que no le dejaran terminar sus frases le hastiaba, en demasía. Harry lo sabía. – Lo siento.

- La revista es muy bien vendida. No se toma el puesto de primer lugar, pero vamos avanzando hacia él – A Ginevra le gustaba su trabajo, mucho. Harry lo notaba cuando hablaba de él. Si bien las redacciones eran cada vez más largas y, cabía decir, las reuniones de editores se hacían más necesarias (cosa que a Ginny le fastidiaba) podía decir igual, que la pelirroja era feliz en su labor.

A las primeras se había extraño de que ella no se hubiese ido hacia el Quiddicth. Cosas de la vida. Cambio de planes y de perspectiva. Tanto planificar… e igual, a la final, el destino te caga como le da la gana.

- ¿Estás bien? – ella chasqueó un par de dedos. Abrió y cerró una de sus manos, y se concentró en la botella de cerveza con un poco menos de la mitad de su contenido.

- Pensaba – sus ojos se detuvieron en el dedo que debía de llevar el anillo de compromiso. No hubo tiempo de nada, ni siquiera para que una marca blanca le rodeara la piel de aquella pequeña zona. ¿Se lo habría quitado apenas pasó el accidente?

La recordó en el parque, con sus mareos excesivos por su falta de alimentación, las horcadas al expulsar lo pocos bocados de algo que su madre había preparado. Cuando la dejó en el hospital, ya no tenía el anillo. – Lo siento… a veces, suelo perderme.

- De acuerdo – Ginny miró el punto que él había observado con tanta atención, su mano, cerrada alrededor de una botella. - ¿Quieres una? – agitó la cerveza. Casualmente, Jhon estaba abriéndose paso entre Mia y Brandon (otros dos vecinos del segundo piso), e iba hacia ellos con un tazón de lo que parecía guacamole.

- Dejaré esto por aquí – abandonó el tazón, junto a la charola de patatas fritas y nachos. - ¿Qué te ha parecido la fiesta? – Jhon sonrió hacia la pelirroja, ignorando olímpicamente a su otro "invitado".

Liam-Harry notó, con sumo desagrado, como el amor de su vida le devolvía el gesto con genuina sinceridad. La amabilidad era un rasgo muy marcado en Ginny, reservado solo para aquellos que de verdad gustaban a la pelirroja. Y cuando hablaba de gustar, no se refería solamente a la atracción hombre-mujer; era, más que todo, al agrado que podía sentir por cualquiera.

No obstante, aquel atractivo sujeto…

Sacudió la cabeza, pidiendo fervientemente que ese tal Jhon, a quien veía sumergido en un halo un poco oscuro, no se le ocurriera siquiera tocarle una uña a Ginevra. Toda su aura le trasmitía difidencia, no le gustaba, no le gustaba nada.

- Ha estado muy bien. Aquí nuestro amigo – señaló a Liam. – gusta una cerveza, ¿podrías traérsela?

- ¿Te conozco? – los inquisidores ojos de Holmes lo estudiaron. Liam-Harry notó un brillo extraño en aquel azul de sus iris, un brillo electrizante y pavoroso. Ignoraba que Jhon, había notado algo parecido en los ojos de él.

- Es amigo de Calvin – informó Ginny, ajena a la extraña batalla de miradas, pues sus tripas volvieron a sonar, y de allí decidió dedicarse a la charola de patatas fritas y nachos.

- Un placer – mintió Liam-Harry, al mismo tiempo que extendía el brazo. Por caballerosidad y educación, Jhon estrechó su mano.

Si alguien con un mínimo de intuición y buena visión prestase atención a aquella escena, se habría dado cuenta de que no fue nada grato para ambos hombres compartir aquel apretón. Ginevra pudo haberlo notado, mas se encontraba muy ocupada, sumergiendo una nueva fresa en la fuente de chocolate.

- ¿Una cerveza? – Liam-Harry asintió con la cabeza.

- Si no es mucha molestia.

- En lo absoluto – Jhon volteó hacia Ginny. – Ginny… ¿podrías venir a…?

- Estamos conversando – no se molestaría en ocultar el tono cortante. La mirada penetrante de Jhon volvió su atención hacia él. El halo oscuro seguía ahí, incluso creía que un poco más nítido. Debía cuidar a Ginny de él. Algo se lo decía…

No, algo se lo gritaba, con desesperación.

- Pensé que…

- ¿Qué necesitas? – Ginny aún liaba con las fresas.

- Descuida – Jhon no apartó la mirada de Liam-Harry. – Luna podría ayudarme.

No dijo nada más. Dio media vuelta y se alejó a trompicones hacia la cocina. Ginny miró a Liam-Harry, tragando lo último de la fresa que recién se había llevado a la boca.

- Ojalá no se olvide de mi cerveza – comentó él, con una sonrisa. Se acercó un poco a Ginevra e inclinándose hacia adelante, dio con una de las servilletas puestas en el mesón. – Siempre es lo mismo cuando se trata de chocolate – pasó la servilleta con cuidado sobre la comisura izquierda de los labios de Ginny. – Ya está.

Tardó en darse cuenta de lo que había hecho, en la espontaneidad del gesto y la confianza. Ya no se trataba de Harry Potter. Ya no.

La mujer lo observó con una mezcolanza extraña dibujada en su fino rostro. En sus ojos, Liam-Harry pudo vislumbrar algo que hizo que se le encogiera el corazón, y se le comprimiera contra el pecho. Fue muy tarde.

- Ginny… - fue rápido el movimiento. Ginny apartó la mano de él con una rudeza, que bien pudo causarle una esguince a la muñeca, y saltó fuera de su vista en un santiamén. Apenas y tuvo tiempo de sostener la botella para evitar que esta cayera. Parte de la bebida, ya caliente, cayó sobre los zapatos deportivos (originalmente de Jake) ya bastante desgastados.

Maldita sea…

Dejó la botella sobre la mesa y se deshizo de la servilleta. Al menos usó una de esas… En situaciones similares, el gozaba pasarle la lengua.

- Ten cuidado, maldita sea – escuchó en su mente. Por un instante, creyó que era la voz del propio Aarón.

Ginny calumnió, enérgicamente, a quien fuese que estuviese en el baño. Golpeó muchas veces la puerta con una de sus manos abiertas, y en diez segundos, Cara de Póker salió con su habitual expresión de"me importa un carajo la vida, puedo morirme ya."

- ¡Hey! – exclamó, ante el empujón que le propició para que se apartara de su camino. Echó el seguro y, asegurándose de que la tapa del inodoro estuviese abajo, se dejó caer sobre él como si fuese una silla, sacando inmediatamente la varita de entre los pantalones, al ésta pincharle la piel.

Ni se molestó en evitar las lágrimas, hacia días que no lloraba así.

- ¿Qué mierda…? ¡Joder! ¡Maldita sea! – apretó los puños y se dio en las rodillas. Tenía meses reconstruyendo sus barreras, aquella coraza. Luego, después de múltiples esfuerzos, llegaba un completo desconocido y… - ¿Quién? ¡Maldición! – se apretó los cachetes, ya pegajosos.

"Siempre es lo mismo cuando se trata de chocolate"

Apoyando sus codos en las rodillas, hundió la cara en sus manos. ¿Qué pretendía? Aquel sujeto, el tal Liam, ¿qué pretendía? ¿Cómo pudo…? Esa sonrisa y esa mirada... No era la boca de Harry, pero era una sonrisa muy de él. Era una sonrisa muy…

Y sus ojos, no eran verdes ni tan hermosos, pero era una mirada muy de él… era una mirada muy…

"Siempre es lo mismo cuando se trata de chocolate"

El gesto con la servilleta…

Con los dedos de su mano derecha, se estrujó la comisura que él se había atrevido a limpiar. La servilleta que se interpuso, no fue capaz de retener aquella chispa.

- Maldita sea - cerró los ojos y, apoyándose un poco más contra el inodoro, trató de calmarse.

- ¡Oiga! – alguien estaba tocando la puerta, insistentemente. ¿Desde cuándo?

- ¡Ocupado!

- ¡Es una emergencia!

- ¡Acabo de entrar, maldita sea!

- ¿Quién es…?

- ¡Si es tan urgente, hágase en los pantalones!

- ¿Cómo…?

- ¡DEJE DE GOLPEAR LA MALDITA PUERTA! – Tales fueron sus bramidos, que la persona al otro lado obedeció de inmediato. Muchos en la sala habrían oído aquella absurda riña, si no todos los presentes.

Volvió a apoyarse en el retrete y respiró hondamente. No era tan buena idea hacer aquel tipo de ejercicio en un baño; pero al menos Cara de Póker no había hecho del número dos… y agradecía que su nuevo vecino utilizara ambientadores aromáticos. Debía de tener una de esas pastillas de colores vivos dentro del excusado.

Aguardó un instante antes de levantarse y echarse agua en la cara. Menos mal pasó por alto el rímel para esa noche.

- Vas bien… - iba bien. ¿Era la forma de decirlo? – Aléjate del tal Liam. Y ya, listo – se acomodó el cabello suelto con los dedos, guardó su varita y salió.

- ¡Ahí estás! – Luna la tomó del brazo. – Te perdí por un momento, luego escuché como mandabas a David Callhe a orinarse en los pantalones.

- Quiero irme – condujo a Luna hacia el perchero que guardaba los abrigos - ¿Acaso yo traje mi abrigo?

- Lo dejaste en tu departamento antes de venir. ¿Qué te sucede? – el tercer ojo de Luna a veces se encontraba dormido. Esperaba que en aquella ocasión fuese así, no le apetecía hablar de nada con nadie.

- Creo que la cerveza no me sentó bien.

- ¿Mareada?

- Un poco.

- Voy contigo.

- No te preocupes – tentó en los bolsillos de su pantalón, hasta sentir la forma de la llave de su departamento. – Quédate un rato más. Si te quedarás a dormir conmigo, sabes donde oculto la llave extra. – miró a su amiga y sonrió. – A no ser que te quedes a dormir aquí. Por lo que pude notar…

- ¡Por favor! – exclamó Luna, repentinamente ruborizada. – Puede que al principio, sí… pero ahora… - la rubia miró un punto inexistente. La pelirroja esperó a que continuara, pero Luna se mantuvo callada por varios segundos. Después, sacudió la cabeza, y volvió su atención a ella. – Anda a descansar.

Ginny decidió dejarlo pasar, quería irse a dormir; de un momento a otro, se sentía agotada. No era la primera vez que sus energías se consumían en casi su totalidad.

- No me despiertes al entrar.

- Seré como un gato, sigilosa hasta la médula – rió, antes de abandonar por completo el apartamento, sin preocuparse por despedirse de Jhon, o de Tonny o de Micheal. Ya se los cruzaría en más de una ocasión.

Decidió emplear las escaleras para bajar el único piso que la separaba de su casa. Ansiaba su cama más que nunca.

O O O O

Cuatro empujones no fueron suficientes. Le empezó a escocer el hombro derecho, eran pequeños pinchazos que le tensaban el músculo. Movió el brazo un poco, con la intención de calmarlo, y volvió a embestir contra la puerta. Eran las tres de la madrugada, dudaba de que alguien estuviese despierto a esas horas.

Por su cabeza pasó la idea de que quizá aún se mantenían activos los hechizos protectores que solía aplicar cuando iba a salir. A veces, no todo el tiempo. Desde que Voldemort fue derrotado, la tasa criminalística había descendido considerablemente en el mundo mágico. No obstante, aún había unos que otros grupos rateros y antisociales que se hacían justicieros del señor tenebroso, y obraban torpemente en su nombre.

Harry y sus colegas pudieron dar con casi todos ellos con tanta facilidad, como la boca de un niño da con su dedo pulgar cuando se encuentra dormido.

Cuatro empujones más y nada. Debía aplicar más fuerza, sin pensar en que despertaría a alguien o que el brazo le pasaría factura durante varias horas. Creía tener pócimas para el dolor en su despensa, si alguien no se había deshecho de ellas.

- Uno, dos… - dio tres pasos hacia atrás, cogiendo impulso, y arremetió violentamente contra la puerta de su departamento. Ningún hechizo se disparó dispuesto a causarle daño, nada. El seguro cedió, rompiéndose. – Gracias a… - iba a decir Dios, sí que lo iba a decir, sin embargo, recordó la fiereza creciente en su estómago, y el malestar fatídico que le proporcionaba toda esa situación. La injusticia de los acontecimientos…

Había un Dios, y Harry estaba molesto con él. No iba a agradecerle nada.

Acariciando el hombro que empleó para derribar el seguro de la puerta, miró en derredor. Abrió mucho los ojos al notarlo limpio, sin polvo ni rastro de descuido en sus muebles.

– Señora Weasley – se dijo en un murmullo. Las cortinas estaban corridas, sumiendo al departamento en una penumbra un poco más abrumadora, y estaban limpias, olían a detergente. Percibió la fragancia al acercarse para abrirlas, permitiendo que la poca luz que llegaba de los faroles, penetrara en el sitio.

Pensó que Hermione también había ayudado con la limpieza. Al entrar a su habitación, vio parte de su ropa doblada cuidadosamente sobre la cama. ¿Qué pretendían hacer con ella? sus camisas en muy buen estado, sus pantalones y sus medias… ¿Iban a donar todo? No era una mala idea, pero agradecía que aún no lo hubiesen hecho, ahí estaba parte de lo que necesitaba.

¡Ropa interior! ¡Y una ducha! Después de asegurar la puerta lo mejor que pudo, se dispuso a darse un baño que pretendía, durase mucho. El agua caliente de la regadera mitigo un poco los dolores musculares del hombro. Se relajó considerablemente, cerrando los ojos bajo el agua y permitiéndose aclarar las ideas.

Ginny se había escabullido de la fiesta, sin reparar en que él aún la observaba desde la mesa de bocadillos. Su intención de ir hasta el baño y esperarla, fue expulsada de su cerebro cuando la mujer gritó histéricamente a un hombre que le urgía la taza del váter. Estaba condenadamente angustiada, ¿y cómo no?

- ¿Si le dices la verdad, Harry? cuéntale la historia, ella te creerá, por supuesto que te creerá. – Quería hacerlo, mas algo muy dentro de él le indicaba que no era lo correcto, al menos, no por el momento. Volvió a creer que era la voz de Aarón, dentro de su cabeza.

A su mente llegó la imagen de Jhon Holmes… el halo oscuro y la opacidad de sus ojos azules eléctricos. Aquel hombre hizo sonar una alarma, que le crispó la columna vertebral. Y lo peor de todo el asunto, era el hecho de que estaba a muy pocos pasos de Ginny, allí, en su mismo edificio, con solo unos míseros metros de separación.

- Maldición… - fue un murmullo aplacado por sus manos, cuando las llevó a la cara. El agua de la ducha pegaba en su espalda.

Y la desgraciada mujer, ¿dónde estaba? La muy hija de puta, ¿dónde se encontraba?

- Necesitas ayuda… - interceptar a Hermione, ¿era un buena opción? Desde el ministerio, la castaña podría conseguir información, no sin antes hacer que los aurores dieran con alguna pista.

Cerró la llave y una mano se apoyó en la pared de azulejos blancos. La miró, aún le era extraño verse con la piel de color. Jake no era propiamente afroamericano; su color iba más hacia el de los hindús, aunque un poco más oscuro.

- Quién lo diría… ¿verdad, amigo? ¿Estarás molesto por haberte quitado tu puesto? ¿Pretendías volver, o irte al cielo de una vez? ¿O al infierno? ¿Eras buena persona? – salió de la ducha.

Se desparramó en la cama, con los brazos y las piernas extendidas de par en par, como El hombre de Vitruvio, de Da Vinci. No se molestó en ponerse un pijama, le era suficiente con los boxers. Trató de descansar, pero no lograba conciliar el sueño. Sus ojos, ahora color miel, se concentraban en el polvillo del aire que se deslizaba con calmada sincronía, aunque su mente estaba lejos de ahí; permanecía con Ginny, y con el sujeto que vivía un piso arriba de ella.

Había empezado a salir el sol, cuando por fin logró quedarse dormido.

O O O O

Ginevra Molly Weasley era una mujer lista, emprendedora. Joven y trabajadora. Se lo repetía y repetía sin descanso. Lo anotaba una y otra vez en su agenda, optando por el método de la visualización de aquellas palabras, para que éstas resultaran ser verdaderas. Iba a salir adelante, tenía QUE salir adelante. Decidió olvidar el amargo momento de la fiesta de su vecino. No volvió a cruzarse con el joven de color, y esperaba que así continuase todo.

Tenía días sin los sueños extraños, incluso había dejado de pensar en ellos, olvidando primeramente la voz de Harry, llamándola. No podría decir si era su mente que, en condolencia con ella, había deshecho aquellas imágenes, aquellos sentimientos, así sin más, para que terminara de recuperarse. Eso, o alguien le hacía olvidarlo todo. No importaba, se sentía bien, y eso era lo que contaba.

Ese día sábado, se despertó tarde, muy tarde. Ya pasaba del mediodía cuando miró su reloj.

- Tenía años sin hacer esto – se estiró en su cama, perezosamente, y llevó ambas manos tras su cabeza. Menos mal había cerrado las cortinas, de lo contrarío, el sol estaría escociéndole la cara.

Suspiró relajada mientras pensaba en qué hacer esa tarde. Lo primero que le vino a la mente, fue un buen plato de comida, tenía hambre. Claro, después de un baño y después…

- Quedarme en casa, sí – entre Luna, Hermione, Fleur y ella, habían adelantado considerablemente muchas cosas para la boda. Al menos estaba listo el salón, la lista de aperitivos y el banquete principal. No faltaba mucho, y corriendo los días con prisa, querían asegurarse de culminar con el resto de los preparativos antes de fin de mes. No pretendían andar dando tumbos a últimas horas, corriendo como desquiciadas por alguna cosa que pudiese retrasar los planes. – Pero hoy no haré nada para la boda, hoy me quedaré en casa.

Apartó las sábanas y se levantó de un salto. Después del baño, pretendía quedarse en ropa interior, incluso quizá con los senos al aire; las cortinas permanecerían cerradas. Se empelotaría en el sofá de su salita y vería películas. Sí, era un excelente plan.

Agradecía al cielo la decisión de haber hecho las compras el pasado miércoles, tenía varios paquetes de galletas dulces y helado de caramelo para acompañarlas. La película es medianamente buena por la trama y los actores, pero para poder superar ese "medianamente", durante el filme, debía haber una buena botana de por medio.

O O O O

Primero divisaba una bruma azul oscuro, después pasaba a ser violeta y, finalmente…

- Ahí estás… - jadeó, con voz ronca. La atractiva figura había sido sustituida por un cuerpo rechoncho, con una pequeña joroba sobresaliendo de su espalda, entre sus omóplatos. El pelo grasoso del hombre se le pegaba a la frente debido al sudor, era negro con algunas hebras grises a los costados de la cabeza. Tenía unos ojos grandes de color gris, que antaño podían ser vistos como hermosos. El enredo desastroso de sus pestañas y las bolsas oscuras, quitaban todo encanto de aquella parte de su fisionomía, la única parte de su ser que podría resultar no ser desagradable.

Octavius unió sus manos por debajo de su mentón, y observó con atención el cuerpo femenino que mostraba la bola de cristal. Un gemido excitado se escapó de sus labios resecos. Sus iris recorrían cual amante secreto, las largas y blancas piernas de la mujer, joven y bonita. Las curvas que describían sus nalgas dentro de las bragas rosa clarito, las pecas de su espalda y el valle de sus pechos... aquellos no eran tan grandes, pero para cualquier hombre, resultarían perfectos. Octavius creía que eran hermosos, los deseaba, quería apretárselos.

- Un poco más… - vio como Ginevra se arrojaba al sofá de un salto, flexionando sus esbeltas piernas y dejando en sus rodillas un pote de helado. Sus sonrosados pezones se irguieron, ante el contacto del helado contra su abdomen. Octavius soltó una exclamación complaciente, mientras desenredaba sus dedos y dirigía una mano hacia…

- ¡Maldita sea! – el pequeño rectángulo de cristal que guardaba en uno de los bolsillos de su pantalón, vibró insistentemente. Dando un hondo respiró con la intensión de calmar sus ansias, sacó el espejo. – Mi señora…

- ¡Noticias, Octavius, noticias! – el hombre no sabía si su ama se refería a que ella tenía nuevas noticias, o si esperaba a que él le dijese algo. Se mantuvo callado, observando a través del espejo de doble sentido, la cara impaciente de su señora. - ¡Noticias, imbécil! – chilló con su aguda voz. A Octavius se le erizaron los pelillos de la nuca, y bajó el rostro con una expresión de disculpa.

- Lo lamento, mi señora. Yo estaba…

- ¿Has logrado acercarte a ella? la tienes ahí, Octavius. No tienes idea de lo que me costó conseguir el dinero para que compraras ese pequeño espacio elegante en el que ahora te toqueteas. Quiero escuchar que has logrado algo más.

El hombre sintió las gotas de sudor resbalar por su espalda y su pecho peludo. Desde la fiesta en el departamento, poco había interactuado con Ginevra Weasley. Se cruzaron un par de veces en el pasillo y se saludaban cordialmente, como vecinos que eran. Pero aquello no era lo que su señora quería. Sí, la mantenía vigilada, pero además, debía hacer que ella…

- ¡Responde, cerdo inmundo! – la voz a través del espejo sonó estridente. Debía decir algo si no quería terminar con las pelotas como pendientes, tal como ella se lo había mencionado en una ocasión.

- Ella… no sospecha nada… nos saludamos amablemente y es… agradable nuestro trato – inútilmente, trataba de controlas los temblores de su voz.

La mujer tras la lámina de espejo, lo observó con aire impasible. Después de unos segundos, hizo un gesto con una de sus manos: "ajá, sí, continúa" – quería decir aquel movimiento de dedos. Al notar como él se quedaba con la boca cerrada, sin agregar nada más después de aquella inconsistente oración, los ojos negros de la bruja chispearon, encendidos de rabia.

- ¡ERES TAN SOLO UN CERDO INÚTIL, OCTAVIUS! – gritó con gran estruendo.

- Mi señora…

- ¿No te dije que el tiempo apremia? – en un santiamén, volvió a su voz calma y siseante, era como si hubiese dos personalidades en aquel cuerpo.

- Sí, mi señora. Lo sé y lo lamento, pero no ha sido sencillo, tomando en cuenta de que la señorita Weasley se ha mantenido al margen con respeto a desarrollar nuevas relaciones sociales. – No mencionó al amigo del tal Calvin del edificio… el moreno oscuro de ojos miel. ¿Acaso le dijo su nombre cuando se presentaron? Daba igual, pensaba. No lo había vuelto a ver cerca de Ginevra Weasley, así que no debía ser importante. Lo pasaría por alto.

Miró el espejo, y observó como la mujer ladeaba su cabeza hacia atrás, soltando una bulliciosa carcajada. Estaba loca.

- ¡Qué extraño escuchar a un cerdo inútil hablar así! Pero está bien, Octavius, muy bien. No me partí el lomo en vano. Has aprendido como bien se manda.

El hombre encorvado respiró.

- El tiempo apremia. – repitió, aún tranquila, aunque el sujeto esperaba que saltase de nuevo, con sus garras afiladas – Necesito que te apresures, Octavius.

- Sí, sí, mi señora. – el hombre se alteró, mas decidió reprimir aquel sentimiento insípido y preocupante para sí mismo. Debía acercarse a Ginevra Weasley, ese era el plan. Sin asustarla, sin hacer que desconfiara de él, debía acercársele.

¿Cómo generar en la joven bonita el deseo que él necesitaba que ella sintiese, en tan poco tiempo? si se abalanzaba sobre su cuerpo, (que ganas no le faltaban) lo menos que podría esperar era que la mujer cayera como si nada, rendida a sus pies. Se defendería con todo el poder de bruja que llevaba dentro de sí; nunca se despegaba de su varita.

Además, no era lo que se necesitaba. No era lo que su señora quería. Tampoco haría que se olvidara de Harry Potter. No, era lo que menos se requería. Era de importancia recordarlo. Que ELLA lo recordara.

- Me apresuraré, mi señora. Haré lo mejor que pueda.

- Tampoco vayas a asustarla, Octavius. Se…

- Rápido y cauteloso. Sí, mi señora – la mujer en el espejo sonrió, medio complaciente. Aunque él sabía muy bien que sus sonrisas no eran del todo sinceras.

- ¡Quién diría! Debo mantenerme en esta pocilga, mientras un cerdo como tú se masturba libremente, en aquel pequeño castillo. ¡Disfrútalo mientras puedas!

- Sí, mi señora – bajó la cabeza, como un perrito faldero.

- Y gózalo cuando consigas lo que debes de conseguir con la señorita Ginevra Weasley – el hombre soltó un jadeo contenido. – Eres asqueroso, casi siento lástima por ella. Bueno… - agregó – no será para tanto. Después de todo, con la poción te vuelves todo un príncipe bonito. – la mujer negó repetidamente con la cabeza y, en un parpadeo, Octavius se vio viendo su reflejo.

Respiró hondamente, llenando sus pulmones hasta el máximo, y soltando una larga exhalación en un resoplido. Guardó el espejo en el bolsillo de su pantalón y viró hacia la bola de cristal. Había perdido la concentración, y ya no se mostraba la seductora imagen de Ginevra Weasley en bragas, comiendo helado mientras disfrutaba de una película.

Se llevó las manos al rostro y se lo restregó. El miedo hacia su señora también había asustado a la erección. Con un largo suspiro cansino, se dirigió hacia la cómoda cama de su "pequeño castillo" temporal. Su señora se molestaría si supiese que pensaba tomar una siesta, pero lo necesitaba. Aquello le ayudaría a idear rápidas estrategias para acercarse a la joven bonita de Ginevra Weasley.

O O O O

Con los nervios a flor de piel, Ronald Weasley cruzó la chimenea del Ministerio de magia. No perdía la cuenta, debía estar en el departamento de pruebas a las ocho de la mañana. El reloj mostraba las siete con cuarenta y cinco. Apresuró el paso, al mismo tiempo que se acomodaba las solapas de su camisa y se secaba las pocas gotas de sudor que se dispersaban sobre su frente.

- La apariencia no es lo más importante, pero importa – se acomodó la corbata – primera ronda, preguntas. ¿Cuáles son los hechizos más básicos para desarmar a tu atacante? ¿Qué pócimas, además del veritaserum, harían cantar como canario al interrogado? Hechizos de protección, ¿cuáles son los cinco más elementales antes de atacar? – se acomodó el cabello rojo hacia atrás. – Segunda ronda…

Alguien lo esperaba con impaciencia en la zona de los ascensores. Un hombre de pelo canoso, con lentes de alta montura le hizo señas para que se acercase.

- Señor Weasley… - Ron no supo si se lo preguntaba, o afirmaba que se tratara de él. – Claro, claro. Ustedes son inconfundibles, iguales a Arthur. – El hombre tendió su mano, Ronald se la estrechó. – Simus Bronsz ¡Vamos! ¡Vamos! Le rogué a Kingsley un poco más de tiempo, cuando noté que usted no se encontraba en las filas.

- ¿Por qué…?

- Las pruebas, están programadas para las siete y media – el hombre tomó al pelirrojo por el codo, con una considerable fuerza a pesar de la edad que representaba… unos setenta años, ¿tal vez?

- ¿Cómo? – Ronald se dejó arrastrar hasta el ascensor. – ¡Mierda! ¿No eran a las ocho? ¡El comunicado decía que iniciaban a las ocho!

- Cambio de planes, cambio de planes – el ascensor comenzó a descender violentamente. - ¿No recibió el vociferador?

- ¡Joder!

- Veo que no.

O O O O

Harry Potter, en un cuerpo que no le pertenecía, esperaba –no con tanta paciencia- fuera de lo que, se suponía, eran las puertas del ministerio, ocultas bajo la imagen de un baño público. Rogaba fervientemente que Ronald o Hermione llegasen por allí, le facilitaría más las cosas.

Él pertenecí a ese mundo. Hogwarts fue su hogar. Él era un mago, correspondía a ese lugar. Tenía otra cara, tenía otras manos, pero era Harry Potter; un mago y, según muchos, bastante poderoso. En esencia, era el mismo Harry. Harry Potter. ¿Podría acceder a la magia? Con su varita, tal vez. La buscó inútilmente en su departamento. Sabía ya que los magos y las brujas, al fallecer, son enterrados con su varita entre las manos, cruzadas sobre su pecho. ¡Mala idea, ahora que se veía donde se encontraba! ¿Se atrevería a profanar su propia tumba?

Miró, con desanimo, las puertas del baño. Divisó la cabellera pelirroja de Ronald Weasley, tres metros detrás de un hombre alto con gabardina gris. Su amigo prácticamente corría. Harry pudo notar cómo sus labios se movían ávidamente, hablando consigo mismo.

Cuando se disponía a ir a su encuentro, Ronald corrió, pasó de un empujón al hombre de la gabardina y se introdujo en el baño público. Perdió la oportunidad.

- Qué carajo… ¿y ahora? – podría intentar entrar al ministerio, aquello no sería tan complicado, pero le tomaría más tiempo del que en realidad quería disponer. Le costó un mundo separarse de Ginevra, abandonar su posición de guardián en el parque frente a la editorial de la pelirroja.

¡Si tan solo pudiese dividirse! Con una sensación extraña, recordó el momento en el cual las personas de la Orden del Fénix y sus amigos tomaron la poción multi jugos, que los transformó en Harry, para conducirlo a él con seguridad hacia la madriguera.

Muchos Harry´s… eso necesitaba. Un Harry para Ginevra y un Harry para hablar con Ron y con Hermione. Otro más, para encontrar a la hija de puta, y otro para matarla. Después, cuando todo eso acabase, todos los Harry´s se fusionarían en uno solo, y él, como ser único, iría con Ginevra y serían felices.

- No pides nada, ¿verdad? – miró su reloj. Serían las ocho de la mañana. ¿Esperaría, o iría a donde Ginny? ¿Qué le decía su sexto sentido?

O O O O

A Ronald le tocó presentarse como el número 17. Era un buen número, ¿verdad?

- Un uno y un siete. Es bueno, ¿verdad? – su pierna izquierda se movía constantemente, debido a un molesto tic nervioso. – Relájate.

- ¡Ivan Tenz! – llamó una señora con voz griposa, desde las puertas que separaban el salón de espera de la sala de preguntas para los futuros aurores.

A su lado, se levantó un joven de quizá su misma edad. Tenz se pasó las manos por su negro cabello lleno de rulos, y se perdió tras la puerta por donde había salido la cabeza de la señora con voz griposa. Ron lo había conocido como el número 14.

- Sólo dos más. Primera ronda, preguntas; ¿Cuáles son los hechizos más básicos para desarmar a tu atacante? – No le dio tiempo de pensar en la respuesta. Las alarmas dispuestas en lo alto de las esquinas de las paredes, soltaron un chirriante sonido que alteraba a quien fuese que lo escuchase. Se llevó las manos a los oídos y miró, fascinado, como un grupo de aurores bien organizados, con sus túnicas correspondientes al cuartel y sus varitas en mano, se desplazaban con una rapidez asombrosa hacia lo que él supuso, era la oficina de Kingsley, respondiendo al sonido de alarma que aún no cesaba. – Voy a ser uno de ellos – se dijo, con total convicción.

De las oficinas emergió un barullo compuesto por voces gruesas y crispadas. Después de diez minutos, la señora de voz griposa salió nuevamente al pasillo, y se dirigió al resto de los hombres que aún esperaban para la primera ronda.

- Lo siento, las pruebas de admisión se suspenderán por el día de hoy – Ronald no fue el único frustrado ante aquella noticia, aunque una parte dentro de sí volvió a sentirse tranquila.

- ¿Cómo es…?

- ¿Por qué?

- ¿Qué es lo que ocurre?

- Asuntos del cuartel. Señores, les enviaremos un vociferador con la nueva fecha. Los que cumplieron ya con la primea ronda, recibirán una nueva fecha para ejecutar la segunda. – El número 14 salió de detrás de ella y se unió a los compañeros, ambiciosos por los puestos en la academia. Aún se quejaban, insatisfechos.

- ¡Me partí el culo para estar preparado, y ahora sale esto! – un rubio de gran estatura blandió un puño en el aire, notablemente molesto.

- ¿Qué es lo que pasa? – fue el número 14, Tenz, quien preguntó. - ¿Será algún simulacro o en realidad…?

- Una mierda. Lo que debe de estar ocurriendo, podrían hasta solucionarlo los polis muggles.

- Sería bueno un poco de acción cuando seamos parte del cuartel. ¿No creen?

- Me conformaría con reprender a un par de carroñeros por semana – habló un pelirrojo del que Ronald no se había percatado.

- Señores, despejen el área – la voz griposa.

Aún maldiciendo por lo bajo, el grupo de hombres se encaminó hacia los ascensores a través de aquel amplio pasillo con piso de cerámica marrón oscura, y numerosas puertas a cada lado de las paredes. Para Ron, los nervios se controlaron, incluso las ganas de ir al baño que de repente empezó a sentir cuando notó que faltaban solo dos personas antes de pasar él, se disiparon. Esperaría con paciencia el vociferador y, mientras tanto, repasaría las malditas notas sobre cómo redactar informes. Lo que más odiaba, y lo que menos se le daba.

Iba a hacer uso de la red flu para llegar a la Madriguera, era su intención desde que llegó. No obstante, se vio saliendo por las puertas que conducían al baño público en Londres muggle. Una corazonada, aunque Ronald Weasley nunca fue muy intuitivo.

Salió del baño, desenredándose la corbata, cuando tropezó con un joven de color y corte a ras. A Ronald le recordó a un jugador de Basquetbol, ese deporte muggle que a Dean Thomas se le daba bien, pero el sujeto no era tan alto, tampoco tan oscuro, como solían ser aquellos jugadores.

- ¡Ron! – exclamó con ahínco.

- ¿Nos conocemos?

- Yo… - el sujeto frente a él adoptó un rostro muy parecido a los que sufren las personas que están próximas a tener un ataque de epilepsia (Ron lo sabría, pero nunca había visto a una persona un segundo antes de que ésta sufriera de uno de esos ataques, por lo que no supo cómo definir la consternada cara del hombre.) Éste abrió los ojos de par en par, simulando un par de huevos fritos, y sus labios morenos se descoloraron notoriamente. Los separó para decir algo, pero Ron captó prácticamente nada. – …nny… - susurró. Dio media vuelta, y salió disparado hacia la otra acera. Un par de conductores le gritaron obscenidades.

- ¿Qué dijo? ¿Cini? – fue un murmullo vago, demasiado bajo, que él no pudo escuchar con claridad.

Agitando la cabeza de un lado a otro, como diciendo "la gente no tiene remedio, ni una mierda", continuó con su camino.

Ronald Weasley nunca fue muy intuitivo.


Nota/A: Y así Ron quiere ser Auror, jajaja.

Gracias, gracias por leer! Gracias especialmente a Severus y a mi amigacha Cata por sus reviews.

Nos leemos (espero que muy pronto) con el próximo capítulo. ¿Cómo ven este? ¿Voy mejorando? espero que sí!

un abrazo,

Yani.!