Capítulo... me está alegrando no tardar tanto en publicar. Espero siga así hasta finalizar la historia (ojalá que eso ocurra pronto, mas todo depende de varias cosas que van viniendo sin avisar) A partir de septiembre tendré dos trabajos y, saben... ¡el horario me queda jodido! Pero ya veré... A la final, está en uno hacerse el tiempo para el ocio, ¿verdad?

Y les dejo leer, esperando entretenerlos un rato.


Entre los vivos

Capítulo XIII


Deja vu, y uno muy desagradable. Se recordó en Hogwarts, con hechizos, rayos y explosiones retumbando a su alrededor. Humo por todas partes y cuerpos proyectados de un lado a otro. El olor de pelo quemado se le metió por la nariz, y la ceniza caía sobre ella como la nieve en invierno. Se le humedecieron los ojos, tanto por el hollín y el desagradable aroma como por el miedo que le atenazó el cuerpo de pies a cabeza, medio paralizándola.

- ¿Qué pasa? ¡Tina! ¿Dónde estás? – la puerta de su oficina colgaba solo de un postigo. El humo se filtraba en grandes cantidades, prácticamente cegándola. Cogió su varita con fuerza, retándose por su lentitud. Debía moverse, debía ser rápida. Algo malo había ocurrido y no tenía idea de qué. Fuera, el bullicio era estruendoso. A través de la humarada divisaba las siluetas de sus compañeros ir de un extremo a otro, todos con varitas en mano. - ¿QUÉ SUCEDE? – gritó por sobre el escándalo, deseando hacerse escuchar. Las cosas estaban que ardían y nadie metía la cabeza para ir por ella.

- ¡GINNY!

- ¡Tina! – la mujer apenas se asomó, su varita apuntaba con el extremo iluminado.

- ¡SAL DE AHÍ!

El cuerpo de Ginny sufrió un último espasmo, antes de recobrar la compostura. Se maldijo por no actuar con rapidez e inteligencia ante el desastre, pero la situación la tomó completamente desprevenida. De un saltó abandonó el escritorio y corrió hacia su secretaria. El pelo lleno de cenizas pintaba sus hebras rojas de negro. Tina estaba igual o quizá un poquito peor; la camisa de la mujer estaba manchada de lo que parecía ser tinta para impresoras, y una mancha roja le cubría el pecho, entre las clavículas.

- ¡ES JALEA! ¡ESTABA COMIENDO UNA ROSQUILLA RELLENA CUANDO EMPEZÓ TODO!

- ¡No grites! Ya estoy a tu lado – miró en derredor. Todas las oficinas estaban llenas de humo y en algunas se podía ver el alumbramiento que ocasionaba la brasa de algún fuego. Algunos de sus colegas y compañeros hacían el intento de aclarar el lugar. Malcom Tevez, de la sección de revisión e imprenta, guiaba al resto del equipo hacia las escaleras.

- ¡Ginny! ¡Tina! ¿Están bien? – el hombre prácticamente corrió hacia ellas. Ginny blandió su varita, lista para actuar si fuese necesario. Estaba asustada, el miedo le oprimía. - ¡Vengan! ¡Hay que salir de aquí!

- ¿Qué sucede? – Malcom las tomó del brazo.

- ¡No lo sé! – prácticamente las empujó hacia las escaleras. Aquel gesto carecía de delicadeza, mas se lo perdonaban dada la situación en la que se encontraban. - ¡Joder! Me lastimé la rodilla y… - Ginny lo notó, al ver como cojeaba. Pensó que se había fracturado el tobillo. – Vayan a planta baja y…

- ¿Qué pasa, Malcom? – Tina se aferró al brazo del hombre ,cuando ya estaban en las escaleras, como si no quisiese dejarlo ahí. Las personas continuaban de allá para acá, presurosas, ávidas por tratar de controlar el desastre.

Una nueva explosión se escuchó un piso más abajo y los tres temblaron. El impacto hizo que el suelo bajo sus pies se esgrimiera, inestable.

- ¡Dense prisa! No se detengan. Cuando lleguen abajo, manténganse con el grupo, no nos permitirán irnos sin antes decir qué pasó. ¡Malditos periodistas!

- ¿PERO QUÉ SUCEDE? – Ginevra gritó, ya desesperada. Los nudillos de la mano que sujetaba su varita se veían blancos, y el puño le temblaba.

- ¡MORTÍFAGOS! – Fue la voz de Elena Lovet, secretaria de Malcom. La mujer pasó junto a ellos como una exhalación, blandiendo sus manos en el aire, y bajó las escaleras a toda prisa y sin voltear atrás. Parecía un animalillo espantado, delgadita y endeble. Ni siquiera cargaba su varita, ¿la habría extraviado durante la catástrofe?

- ¿Cómo es posible…?

- ¡Vayan! – Malcom las empujó escaleras abajo. – Los aurores vienen en camino.

Llegar del séptimo piso a planta baja, fue una ardua tarea. Menos mal ambas mujeres tenían sus varitas arregladas para el uso. Los escalones cedían bajo sus pies y en más de una ocasión tuvieron que aplicar el hechizo de levitación una con la otra para no dejarse caer. Intentaron desaparecer y re aparecer junto al resto del grupo en las puertas del edificio, mas recordaron, cuando vieron que sus intentos eran totalmente inútiles, que el edificio poseía un dispositivo que impedía a cualquiera perteneciente al equipo de la revista aparecer y desaparecer de la oficina; era una forma que tenía el jefe de supervisar el cumplimiento del horario de trabajo.

No tenían más opciones que los peligrosos peldaños; utilizar el ascensor es algo sumamente estúpido cuando hay explosiones de por medio.

Gente, igual de asustada, se les unió en el camino. A la final llegaron a planta acompañadas por siete personas más. El resto de la gente, con el cabello enmarañado, ropa sucia y desarreglada y con las varitas vigorosamente sujetas, ya estaba dispuesta cerca de la entrada de la editorial.

Ginny se situó junto a Tina, cerca de los sillones colocados para todos aquellos visitantes que debían esperar. La rubia se desplomó en seguida sobre uno de ellos, soltando grandes cantidades de aire por la boca. Reconoció a dos aurores del ministerio, postrados en las puertas y tratando de calmar a todos los que añoraban abandonar la escena. Uno de sus colegas, Michael, yacía a un lado inconsciente. Seguramente debieron aturdirlo, pensó. El hombre sufría de ataques de nervios ante cualquier cosa, y empeoraba el estado emocional del resto. Era mejor si se encontraba desmayado, ayudaba mucho más.

- Voy a… - Ginny suspiró, observando a Tina. La mujer había cerrado los ojos y respiraba lenta y profundamente, evitando caer ante la angustia. Estaría bien. – Voy a tratar de hablar con uno de los aurores, Tina. ¿Me esperas unos minutos?

- ¿Estás bien? – abrió los ojos y la observó, notablemente preocupada. Dentro de Ginny, nació un enorme sentimiento de gratitud hacia su secretaria.

- Estoy bien, no te preocupes. ¿Y tú? – medio logró sonreírle.

- Sí – volvió a respirar hondo. – Solo debo seguir haciendo esto. Vuelve enseguida, no quiero estar sola.

Cerca, había unas treinta personas, no obstante, Ginevra entendió a lo que ella se refería. Ahora se lamentaba por haber tratado a la mujer con tan poco escrúpulo durante su luto. Menos mal se había corregido, cuando tuvo la oportunidad. Tina era una buena persona.

Le asintió con la cabeza, tocándole por un segundo el brazo, y se volvió hacia los dos aurores. Habían logrado calmar a la multitud y ahora todos aguardaban en silencio, parados derechitos como peones en un tablero de ajedrez. Tras los cristales de las puertas, las personas continuaban circulando por las aceras como si nada ocurriese. Algún hechizo debieron de invocar, para ocultar de los ojos muggles el acontecimiento. ¿Por qué no habían decidido evacuar por el lado correspondiente a la sección mágica? Ginny se respondió la pregunta apenas su cerebro terminó de formularla: por ahí habían entrado los mortífagos. ¿Cómo era posible?

Una detonación se escuchó en los pisos de arriba y todos en planta se sobresaltaron.

- ¡Calma! Por favor – uno de los aurores levantó ambas manos, dirigiendo al montón de personas. – Ya nuestros compañeros tienen todo bajo control, nos han comunicado que ya no hay peligro.

- ¿Y por qué coño sigue habiendo explosiones? ¡Puede caernos el maldito edificio encima! – bramó un hombre cincuentón; Ginny lo conocía como el encargado de transportar las revistas a las sucursales, Richard.

- Están activando los mecanismos de defensa para evitar cualquier otro ataque. Ambas entradas y todos los pisos ya están asegurados, así que no hay de qué…

- ¿De verdad fueron mortífagos? ¿Los atraparon? – se escuchó un jadeo grupal.

Ginny contuvo la respiración, observando como el auror sopesaba la respuesta que debía dar a continuación. ¿De verdad habían sido mortífagos? ¿Qué estaba sucediendo? no se había escuchado en el mundo mágico un ataque de tal magnitud desde los tiempos de Voldemort. Aunque, ¿qué tan grave fue todo? ¿Hubo muertos? Paseó su mirada, minuciosamente, por todas las personas, concentrándose en sus caras. Sabía ya que aún varios de sus colegas permanecían en los pisos de arriba, prestando ayuda.

- Nada nos indica que hayan sido mortífagos. Estamos… - las voces tornaron a elevarse, hasta convertir el salón en todo un gallinero. Los dos aurores tardaron en volver a organizarlos a todos. Ginny dedujo que se trataba de un par de novatos. Parte de la nueva adquisición de Kingsley. Solo a los nuevos les daban tales trabajos, tan molestos y no tan cerca de la acción.

Harry siempre criticó aquella técnica. ¿Cómo prepararlos para la acción sin la acción? Era absurdo.

- Disculpe… - empleó la punta de su índice en el hombro del auror, para llamar su atención. Era joven, quizá de la edad de Harry, y alto y moreno. Tuvo que alzar la cabeza para poder verle bien la cara. - ¿Qué fue…?

- No podemos dar ningún tipo de información aún, señorita. Le pido por favor…

- ¡Marco! ¡Los paramédicos! – Marco, el auror al que Giny había decidido acercarse, volteó hacia su compañero.

- ¡Ya era hora! ¿De San Mungo?

- ¡Por supuesto!

- ¿Hubo heridos? – volvió a preguntar Ginny. Aún sujetaba la varita contra el costado de su cuerpo, recia a abandonarla. Marco, con su gran metro ochenta, observó a Ginny atentamente.

- Nada grave, señorita. Sólo…

- ¡Marco!

- ¡Joder, Josep! ¿Acaso no…? – las personas se agitaron, arrebujándose en la entrada del edificio cuando el segundo auror abrió las puertas para permitir el ingreso de los paramédicos.

Así eran todos ante el desastre; la hecatombe sacaba la irracionalidad y la impertinencia de la gente. Y aquello no fue un desastre de grandes magnitudes, pensó Ginny. Sin embargo, no podía culparlos por atemorizarse de tal forma; ella misma se vio siendo presa de la turbación cuando todo comenzó. Ansiaba irse a casa, no quería estar allí.

La algarabía cesó cuando los paramédicos empezaron a adecuar el salón para la revisión de todos y cada uno de los presentes. Eran veinte, ataviados con uniformes quirúrgicos de color blanco y azul. El símbolo del hospital se encontraba bordado en las mangas tres cuartos derechas de sus camisas.

Ginevra, viendo la inutilidad de su conversación con el auror para enterarse de lo acontecido, volvió con Tina. Ella aún se encontraba apostillada en el sillón, se había limpiado la mancha roja del pecho con un pañuelo y tomaba un vasito de agua que alguien le había llevado.

- Espera un minuto, ya vendrán a revisarnos – le dijo, apenas la vio llegar.

- Yo estoy bien. Solo…

- Será un chequeo nada más, supongo. Quieren asegurarse.

- Espero no tarde mucho. Quiero irme. – se sentó junto a Tina, sacándose el pelo que se le había pegado a la frente. No se había visto en un espejo, mas aseguraba que tenía gran parte de su cara llena de hollín.

El olor a humo aún descendía por las escaleras hasta llegar a ellos. El resto de los trabajadores de la editorial, aquellos que se habían quedado a ayudar en los pisos de arriba, no tardaron más de media hora en reunirse en planta. Ginny suspiró, aliviada, al notar que casi todos estaban bien. Malcom aún cojeaba, pero parecía ser el único daño que se había hecho. Dos de las editoras en jefe tenían golpes en la frente y de la herida brotaba una delgada línea de sangre. Nada grave, pensó. La cabeza resultaba ser muy escandalosa ante cualquier toquecito. Seguramente, se trataban de raspones pequeños.

Suspirando con cansancio, miró su varita. Sentía los dedos agarrotados debido a la presión. Relajó su mano en torno a ella y, a sabiendas de que ya la situación estaba un poco controlada, la guardó dentro de su pantalón.

Aún le torturaba la incertidumbre, no podía saber si se trataba o no de un ataque de mortífagos. Podía ser que no, aquel desastre pudo haber sido ocasionado por un par de idiotas que solo buscaban asustar. Pero, ¿si en realidad fueron mortífagos? ¿Acaso volvería el lanzamiento de algún nuevo y poderoso mago desequilibrado? Su estómago dio un brinco, apresado por la zozobra.

Pensó en Harry… en lo mucho que le hacía falta, en lo mucho que lo extrañaba y en lo mucho que lo amaba.

Si estuvieses aquí conmigo, amor…

Se llevó las manos a las sienes, siendo consciente del dolor de cabeza que empezaba a fastidiarle. Esperaba a que alguno de los paramédicos fuese hacia ellas pronto. Ansiaba largarse, irse a casa y olvidar todo aquello.

- ¿Ginny? – alzó la vista. Tina ya estaba siendo atendida por una joven rubia. Frente a ella, Jhon Holmes la estudiaba con apremio. Sus ojos azules se abrieron de par en par, preocupados.

- ¿Qué haces aquí? – lo miró, vestido con el uniforme correspondiente a los trabajadores de San Mungo. - ¿Acaso eres…?

- Me estoy entrenando. ¿Estás bien?

- Sí… solo… - se señaló la cabeza – me duele un poquito.

- Dame un segundo – Jhon se acuclilló frente a ella, hurgando en su botiquín. De él sacó una cajita pequeña y una botellita de agua mineral. – Ten – le dio la botella. Ginny la sujetó para permitirle sacar el par de píldoras de la cajita. – Me son más efectivas que una poción – le tendió las pastillas. Ginny las miró sobre su blanca palma. No vaciló mucho en tomarlas y tragarse las dos al mismo tiempo.

- Gracias.

- Te sentirás mejor en un par de minutos – el hombre la observó cuidadosamente, detallándola. Ginny bebió un gran sorbo de agua y le prestó atención. La preocupación en los ojos de su vecino era evidente, mas había algo extra que bien no supo definir. - ¿De verdad estás bien? Déjame ver… - le tomó el brazo izquierdo, acariciando con el pulgar su muñeca antes de presionar ligeramente, sintiéndole el pulso.

Se mantuvo callada, a sabiendas que él necesitaba contar las pulsaciones por minuto. Jhon miraba su reloj de pulsera sin parpadear.

- Perfecto - él le sonrió, mostrando unos dientes blancos y derechitos. Se giró hacia el botiquín y sacó una linterna pequeña. – Si me permites…– se acercó a su rostro sin terminar de hablar. La linternita le alumbró un ojo primero, el otro después. Ella ya conocía el procedimiento. – ¿No te golpeaste la cabeza?

- No – Jhon apartó la linterna, no obstante, se mantuvo cerca. No tanto como para sentirse acosada, pero sí lo suficiente como para apreciarlo con total claridad. El iris azul de sus ojos resaltaba alrededor de sus oscuras pupilas. – Solo inhalé un poco de humo, como todos aquí.

El procedimiento siguiente le incomodó un poco más. Jhon empezó a auscultarla pacientemente, empleando un estetoscopio. ¡Menos mal! Iba a obsequiarle la colleja más dolorosa de su vida, si se atrevía apegarle la oreja entre los pechos.

- Respira hondo… – obedeció. Jhon auscultó primero en su pecho antes de pasar a su espalda. – ¡Y listo! – volvió a colocarse frente a ella. – Sana como una manzana. – Ginny apenas le sonrió. – De acuerdo – guardó el estetoscopio y sacó un par de toallas. Abrió otra de sus botellitas de agua y humedeció la punta de una con un chorro pequeño. – ¡Venga, tigresa! – sonrió, acercándose nuevamente. Ginevra sintió la humedad de la toalla limpiar sus mejillas. La tela blanca se oscureció y pintó de negro, al sacarle todo el hollín que tenía pegado en la piel de los cachetes y de la frente.

- Gracias – volvió a sonreírle, esta vez, con un poco más de cariño, de amabilidad. El hombre era demasiado atento para con ella. – Me siento bien, ya el dolor de cabeza está pasando. ¿Crees que pueda irme a casa?

- Puedes, pero no sé si los aurores dejarán que se vayan ahora – señaló al grupo de Kingsley. Al par de aurores jóvenes se le unieron sus compañeros, aquellos que ayudaron a calmar la situación en los pisos superiores.

Eran seis en total. ¿Habrían capturado a los mal nacidos que ocasionaron todo aquello? Ginevra esperaba que sí, con todo su ser, deseaba que así fuese. Y que se tratara solo de eso, de un par de mal nacidos sin oficio.

– Creo que quieren hacerles algunas preguntas a todos los que estuvieron durante el ataque.

- ¿Fue un ataque de verdad?

- En realidad, no lo sé – se alzó de hombros y la miró, disculpándose por la respuesta tan pobre. – Iré a continuar con mi trabajo. ¿No te molesta?

- ¡En lo absoluto! – le añadió énfasis a su exclamación, con un movimiento de sus manos.

- Apenas podamos irnos, vendré por ti. Puedo acompañarte a casa.

- No te preocupes, yo…

- ¡Jhon! ¿Tienes alguna poción para contrarrestar los mareos? – preguntó una mujer de mediana edad, ya cerca de ellos. Jhon se levantó de inmediato.

- Sí, creo que sí – se inclinó para tomar el botiquín, obsequiándole a Ginny una atenta mirada. – No quiero que te vayas sola, es peligroso, dada la situación. Así que me esperarás apenas se acabe toda esta maratón, ¿de acuerdo?

No le iba a discutir. En parte, el hombre tenía toda la razón.

- De acuerdo – sonrió. Jhon le devolvió el gesto, antes de girarse hacia su compañera.

- ¡Tremendo hombre! - no se había dado cuenta del momento en el cual Tina volvía a estar junto a ella. La mujer, tan delgada como un tallarín, se sentó en el reposabrazos del sillón. – ¡Parece un dios griego!

- ¿Tú crees?

- ¿Acaso no lo apreciaste bien? ¡Está para comérselo! ¿No lo viste?

Por supuesto que lo había visto, lo había visto muy bien.

O O O O

Iba a explotar de la preocupación. Podría ponerse a gritar como loco, a maldecir a quienes pasaban por ahí e incluso golpear a algún desafortunado que, por mala suerte, se cruzó en su camino. La inquietud corría torrencial por todo su cuerpo, atenazándolo. Estaba a muy poco de reventar. Aquello era el punto fulminante de toda esa mierda de situación.

¿Qué estaba pasando? No podía ver ni un ápice de lo que sucedía en el interior de la editorial. Habían cerrado la entrada principal de la sección muggle y, cuando rodeó el edificio para irrumpir por la sección mágica, no la encontró. Sabía que ahí estaba, aquella técnica era un mecanismo de defensa contra los ojos de las personas no mágicas, pero ¡qué coño! Sin su varita, sin su magia…

Joder, Ginny, que estés bien, por favor…

Ponerse a rezar, pedirle a Dios… ¿podía? estaba tan malditamente cabreado y enojado… pero necesitaba de Ginny. Necesitaba saber que estaba bien, necesitaba pedirle a quien sea que la protegiese, mientras él resolvía toda aquella mierda.

Que esté bien, por favor…

Algo oscilaba en su estómago, ocasionándole nauseas. Casi había logrado hablar con Ron, casi, casi… ¡tan cerca! No había visto a Hermione llegar en ningún momento… ¡pero casi!

Pudo aguardar un poco más, pero la maldita presión en el centro de su pecho fue demasiado explícita. Le dio a entender sin complicaciones que algo pasaría, que Ginny estaba en peligro. Y aún se mantenía, la amenaza en su pecho, aún se defendía.

Dios, que esté bien, por favor…

Esperaba que el grupo de aurores no fuese inútil. La mayoría de sus compañeros eran excelentes, no obstante, siempre había uno que otro colega que empañaba la situación. Kingsley debió ser listo y enviar a quienes estuviesen realmente capacitados, pero ¿para qué? ¿Tendrían que luchar? Algo pasaba, sí, pero no tenía ni la más remota idea de qué.

La furia recorría sus venas como fuego… nada era peor que la incertidumbre. Nada. Ni siquiera la muerte.

Pasados cinco minutos, en los cuales maldecía sin descanso alguno, escuchó una pequeña alarma proveniente de la parte posterior del edificio, la entrada a la sección mágica. Corrió desesperadamente y a punto estuvo de caer de bruces contra el asfalto. Recuperó el equilibrio sujetándose de un poste de luz y siguió corriendo, iracundo. No le importó llevarse a más de un peatón por delante.

Que esté bien, por favor…

Sea lo que sea que haya pasado, sabía de antemano que tenía que ver con Ginny y con la hija de puta.

Que esté bien, por favor…

Los trabajadores se acomodaron en fila india y salían caminando como soldaditos. Harry reconoció a Víctor Monet, treinta años, del departamento, guiando a las personas. Sin pensar en sus acciones, corrió hasta llegar a él.

- ¡Víctor! – el hombre, alto y fornido, se giró hacia él.

- ¿Nos conocemos?

- ¿Qué fue lo que pasó? – cuestionó sin esperar más.

- Señor…

- ¿Qué fue lo que pasó? – la fila india seguía avanzando y él no le despegaba el ojo, interrogando a su antiguo compañero sin siquiera verle la cara. Esperaba divisar a Ginny. - ¿Están todos bien? ¿Qué fue…?

- Señor, por favor, he de pedirle…

- ¿QUÉ COÑO FUE LO QUE PASÓ? ¡JODER! – varios voltearon ante el escándalo. Tal fue su violenta acción de comunicarse que Víctor, con quien solía llevarse muy bien cuando laboraban juntos, se vio en la necesidad de apuntarle con su varita. El hombre era de reflejos rápidos y, si veía en él alguna amenaza, lo inmovilizaría antes de dejarlo siquiera respirar. – Lo siento – dijo velozmente, alzando las manos. La fila india continuó avanzando. Los trabajadores de la editorial se encontraban cansados ante tanto agite y solo añoraban irse a casa. ¿Ginny ya habría salido? – Lo siento… sólo que… una amiga trabaja aquí y…

Víctor relajó la mano que sostenía su varita, pero no dejó de apuntarlo. Harry debía alzar el rostro si quería verle la cara. Junto a él, parecía un muñeco de feria.

- Una amiga trabaja aquí. Por favor, solo quiero saber si está bien – eran sinceras sus inquietudes, su estado de emergencia ante la incertidumbre. Sintió que estaba a punto de llorar de la preocupación y la angustia.

Víctor Monet, a diferencia de Ronald Weasley, sí era intuitivo y bien observador. El hombre, tan alto como un poste y tan fornido como un gigante, bajó la varita.

- Ninguno de los trabajadores resultó herido de gravedad. No tiene de qué preocuparse. Ahora, si pudiese…

- ¿Qué fue lo que pasó? ¿Atraparon a los responsables? – una pregunta inútil, pues sabía que el hombre no se la daría.

- Información que no podemos revelar. Por favor, le pido retirarse. Aún estamos en proceso de desalojo y…

Harry distinguió una melena pelirroja caminar por las aceras, ya fuera del edificio. Ignoró a su ex compañero y respiró a profundidad, calmado. La sensación de alivio se extendía como bebida caliente por su estómago.

Dejó a Víctor Monet con la orden a medio terminar, y corrió hacia donde estaba Ginny. La premura por verla le ocasionaba pinchazos en el vientre.

Está bien, está sana y salva, tranquilízate.

La tibia sensación de alivio que acobijaba a su estómago, comenzó a hervir, burbujeando, fermentando la tranquilidad que había experimentado al ver el cabello pelirrojo hondear fuera de peligro. Se detuvo en seco junto a un bote de basura. Las aceras no estaban tan atestadas. Miró como los hombros de la mujer que amaba eran arropados por un sujeto que, bien sabía, no era un compañero de trabajo, y menos un amigo.

No le importó verlo con el uniforme correspondiente a los empleados de San Mungo. Bien el hombre podía trabajar como sacerdote en el Vaticano y, aún así, lo juzgaría como un ser despreciable y de armas tomar. Lo sabía. El halo negro que distinguió sobre su cabeza, como un anillo rodeándolo, era más oscuro, más notorio. ¿Cómo Ginny no podía verlo? ¿Cómo ella, siendo tan inteligente y perceptiva, no podía siquiera sentir algo fuera de lo normal cuando estaba junto a Holmes?

¿Qué te hicieron, mi vida?

Sus pies despertaron del coma, cuando sus ojos dejaron de captar las figuras de Ginny y Holmes en la acera. Emprendió un trote para alcanzarlos, dispuesto a seguirlos y, de ser posible, hablar con Ginny. ¿Sobre qué? ¡Ni idea! la mujer le rehuiría a toda costa, pensando en la escenita de la fiesta.

Le había tocado el punto sensible. Metido el dedo en la llaga.

Agradecía el hecho de que ninguno de los dos llevase automóvil. Ginny conducía muy poco desde el accidente que le quitó la vida. El camino culminó en la entrada del edificio donde ambos residían. Los vio desaparecer tras las puertas de entrada, saludando al portero.

O O O O

- Gracias por acompañarme, Jhon – nada quería más que darse una ducha y acostarse a dormir. Su vecino la miró desde el umbral de la puerta.

- ¿Seguro te sientes bien? ¿Quieres que te acompañe un rato?

- No te preocupes. ¿No tienes acaso que volver al trabajo?

- Hablé con la supervisora antes de irnos – Ginny notó un ademan por parte de él, un movimiento sutil para acercarse. No obstante, el hombre volvió a su posición inicial, absteniéndose ante cualquier inclinación. – Me preocupas. Después de lo que pasó, no sé si es buena idea dejarte sola.

- Estoy bien, ¡de verdad! Además, estarás un piso más arriba. Cualquier cosa, puedo llamarte.

- ¡No dudes en hacerlo!

- No – se vieron, callados y por varios minutos. Ginny empezaba a sentir un leve mareo que le ofuscaba la visión, pero decidió fingir estar en perfectas condiciones.

No podía pretender meter a Jhon en su departamento, por más caballero de cuento que fuese.

- Iré a descansar – dijo al fin, notando los minutos que se mantuvieron sin decir palabra alguna. Tanto análisis terminaría volviéndola loca, si no lo estaba ya.

- Llámame ante cualquier inconveniente, por favor.

- Descuida – sonrió a medias. – Y gracias – repitió.

- No te preocupes – comenzó a cerrar la puerta, aún con Jhon observándola, tan atentamente. El hombre le sonrió una vez más y, con un movimiento de adiós de su mano, se apartó, dando la vuelta hacia el ascensor.

Respiró hondo, recostándose contra la puerta. Se pasó una mano por el cabello, apartándolo de la cara. Sentía los mechones resecos, producto de toda la mugre obtenida durante el desastre en la editorial. Fue inútil quedarse casi afónica ante sus preguntas, cuando los aurores se dispusieron a entrevistarla. La inquietud aún le comprimía el vientre, mortificándola. Se sentía exhausta e inservible.

Un baño y a la cama, no pienses más, se dijo. Todo el proceso en el edificio, después de que los aurores controlaran la situación, fue cansón. Había sido agotadora la espera ante los relatos de sus compañeros. Ya después compraría El Profeta, aunque sabía que aquel diario no revelaría la total verdad de los acontecimientos. Inclusive modificarían alguno que otro dato verdadero.

Ya estaba en la ducha cuando su celular repicó, lo había dejado sobre la mesa de la cocina. Pensó en ignorar la llamada, hacer oídos sordos, pero a su cabeza llegó la imagen de su madre, preocupadísima hasta la médula y a punto de un ataque. Su padre estaría tras ella, con los nervios a mil. Resoplando, tomó la toalla y salió del baño.

- ¡Estoy bien! – no se molestó en saludar. Fue lo primero que dijo apenas atendió el celular.

- ¡Ginny! – era Ron. - ¿Estás bien? ¿Qué fue lo que sucedió? ¡Aguarda! Estoy con mamá y me está quitando el…

- ¡HIJA! – bramó la voz de su madre. Tuvo que alejar el teléfono de su oreja ante el griterío. - ¡Mi niña! ¿Estás bien?

- Estoy bien, mamá. No te preocupes. – medio sonrió. - ¡Cálmate! Estoy en perfectas condiciones. Sólo…

- ¿Qué fue lo que pasó? ¿Seguro no estás herida? ¿Dónde estás? Tu padre y Ron fueron a buscarte apenas se enteraron, pero ya habían desalojado el…

- Estoy en casa.

- ¡Vamos para allá!

- ¡De verdad estoy bien! – físicamente, estaba perfecta. Sin embargo, no quería estar totalmente sola. Rechazar la compañía de Jhon fue inteligente, dada la posición en la que se encontraba. Mas quería estar con su familia, con alguno de sus hermanos, o con Luna.

- Iré de inmediato, mi niña.

- Está bien – dijo sin vacilar, accediendo. – Los espero.

- Danos unos minutos y estaremos allá.

- Sí, los quiero – recibió una respuesta muy afectuosa, de esas que solo las madres dan, y colgó.

Se apresuró en tomarse un baño. La ducha le sentó muy bien, incluso calmó el leve mareo que antes persistía. Vestía una de sus pijamas de algodón que le eran muy frescas y bebía ahora del zumo de manzana que le había sobrado del desayuno. Los minutos pasaron entre más llamadas, de Luna, de Neville, de sus cuñadas y del resto de sus hermanos. El último fue Percy, quien correteaba en el ministerio ante el agite que había acontecido. Le rogó que le mantuviese informada ante cualquier noticia reveladora.

Aún su mente se interrogaba con impaciencia, preguntándose qué cosa había ocasionado aquel lío, quienes estarían implicados.

Alguien tocó. Pensó que serían sus padres, junto con Ron y Hermione.

- Ginny… - la manía del día era abarrotarla de sorpresas. No había sido suficiente el estupor sufrido en su trabajo, por lo que ahora le enviaban a aquel curioso hombre, que tan fijamente la observaba.

¿En dónde había dejado su varita?

- ¡Gracias a Dios! – para Harry fue un frenesí incontrolable, el impulso de hacer algo que demostrase su alivio al verla ahí, entera y sin ningún daño. Cruzó la puerta y la abrazó con tal fuerza, que por un momento pensó que podría romperla.

En su interior estalló una bomba repleta de emociones. Estaba aliviado y en suma medida feliz. El contacto de la mujer contra su cuerpo, su aroma…

- Estás bien – sintió la voz quebrada. Los ojos se le empañaron y por un momento pensó que rompería a llorar. Era mucho lo que sentía, tanto que hasta le confundía.

- ¿Qué…? – Ginny tardó en reaccionar. La estupefacción que sintió cuando el hombre la abrazó, la mantuvo estática por varios minutos. Él le decía algo, de su boca brotaban palabras que a ella le costaba entender porque se le rompía la voz. ¿Acaso lloraba? – Suéltame – pidió, también con la voz frágil, conmocionada. ¿Qué mierda estaba ocurriendo? Se removió, inquieta dentro de los brazos de él. - ¡Suéltame! – juntando toda la fuerza de la que fue capaz, lo apartó, empujándolo en el pecho. - ¿Qué es lo que…? – ciertamente, el hombre lloraba. Lágrima tras lágrima dibujaban caminitos en sus oscuras mejillas.

¿Qué mierda está pasando, Ginevra?

- Lo… - Liam-Harry la vio tomar el pomo de la puerta. – Lo lamento – dijo rápidamente, impidiendo que ella trancase al estar de pie bajo el marco. Sorbió y se secó las lágrimas con fuerza, tratando de controlarse. – Yo sólo…

- ¿Qué…? – estaba aturdida ante él.

- Yo estaba… - colocó una mano en la puerta, al ver que ella pretendía cerrar. – Espera, por favor.

- ¿Qué mierda quieres? Yo no… no sé…

La confusión se arremolinaba en la mente de Harry. ¿Qué hacer? ¿Decirle al fin toda la verdad? El escenario de aquella mierda de aventura era totalmente diferente al que tuvo que soportar cuando Voldemort regresó. Alejarse de ella para protegerla, no era una opción. Ahí, debía mantenerse cerca, lo más cerca que pudiese. ¿Y cómo Ginevra lo iba a permitir?

- Ginny… yo…

- Déjame tranquila – fue un susurro tenue, mas él pudo escucharlo con claridad. La vio temblar, la piel de los brazos se le erizaba.

La mujer se llevó una mano hacia la frente, percibiendo el regreso del mareo que hacía poco se había evaporado. ¡Menuda suerte! Justo cuando aquel extraño hombre irrumpía en su departamento, perturbándola en demasía.

Se apoyó contra el marco, cuando sintió perder el equilibrio, el vértigo era desagradable y le estaba provocando incluso ganas de vomitar.

- Ginny… - el volvió a acercarse, volvió a tocarla. Su vientre saltó ante el contacto. – Ginny, ¿qué sientes?

- Estoy mareada – cerró los ojos, queriendo recuperarse. Él podía aprovechar su estado convaleciente y… - no me hagas daño – murmuró, abriendo los ojos. Se sentía débil y en algún momento podría caerse.

- Nunca. Yo no… ¡Ginny! – Harry mantenía sus buenos reflejos, propios de un auror y buen jugador de Quiddicth. Tomó a la mujer en brazos antes de que ésta colisionara contra el suelo, causándole una contusión. – Ginny… - el pelo rojo le tapó la cara. La acomodó mejor entre sus brazos y entró al departamento.

La dejó en la cama y preparó una compresa para refrescarla. El miedo se extendió por su cuerpo, inevitable.

Miró a la mujer y una media sonrisa se formó sobre su boca, pese al estado en el que ella se encontraba. Estaba muy cerca y tocaba su piel perfecta. Olía riquísimo, a jabón con aroma de frutas, de esos que a ella le encantaban.

- Hermosa… - le acarició las mejillas y con un pulgar le delineó los labios. Quería besarla. – Vas a estar bien. - ¿Por qué el desmayo? Ella se estaba alimentando mejor desde aquella ocasión en la cual se le fueron los tiempos, derrumbándose en el parque y yendo a parar a un hospital. Estaba comiendo y descansando. ¿Por qué razón aquel desvanecimiento? ¿El tal Holmes, le había hecho algo?

Su mente, le dio toda la razón a aquella suposición. El muy maldito, aquel hijo de perra, le había hecho algo. Lo aseguraba.

- Harry… - musitó Ginny, aún inconsciente. ¿Cómo no hacerle saber que él estaba ahí? En carne y hueso, estaba ahí.

Apenas despierte, le contaré todo.

Pasó la compresa por sobre su frente con suavidad.

Pero antes…

Se alejó de la cama y hurgó en su bolso. La varita no estaba ahí.

- ¿Dónde…? – la vio en la cómoda, tras un portarretrato con una fotografía de ellos dos abrazados. La tomó, a sabiendas de que aquello podría ser enteramente inservible. La varita era fiel a su amo, y solo cambiaba su alianza cuando su portador era vencido en un duelo. – Ambos protegemos a Ginny – miró la longitud de la varita, apretándola contra su mano. – Protegemos a Ginny, así que ayúdame, por favor. – Miró a la mujer sobre la cama, su cabello desparramado en la almohada, contrastando con el blanco de las fundas. Su respiración era armoniosa, pese a todo lo acontecido.

¿Qué pretendía Holmes?

O O O O

Pensó en utilizar la bola de cristal para asegurarse, mas sabía que todo estaba listo. El efecto de las píldoras ya debía verse. Apartó de una patada el botiquín de San Mungo y caminó hacia la salida, ansioso. Sus intenciones eran claras y supo ocultárselas bien a su ama.

¿Por qué esperar a que la joven y bonita de Ginevra Weasley se acercase por su cuenta? Él conocía varios métodos. Podría divertirse conforme el plan seguía desarrollándose, como su señora tanto quería. Ni ella ni Ginevra Weasley tendrían por qué enterarse.

Se frotó las manos en un gesto impaciente, saboreando los instantes próximos, el placer que aquel cuerpo podría proporcionarle. Abrió la puerta del departamento y…

- Maldito hijo de perra – la varita se le clavó en el pecho, abriendo un pequeño orificio sobre su piel ante la fuerza aplicada.

Se equivocó al pensar que no volvería a ver a aquel joven oscuro. ¿Quién demonios era? Lo miraba con tal odio que por un momento pensó…

- Maldito – se quejó de dolor, cuando el toque de la varita se profundizo, clavándosele como la punta de una daga.

Movió su mano y sujetó la suya propia, desenvainándola del bolsillo de su pantalón. Si aquel hombre quería pelea, él se la daría, y lo sacaría del camino de una vez por todas.


¿Qué les pareció?

Hace poco empecé un nuevo fic llamado "Contigo", es un Harry/Ginny completamente diferente a este. Los invito a pasarse y a darme su opinión, si a bien tienen =) Me relaja escribirlo, después de todo este desbarajuste que tienen aquí, jajaja.

¡Gracias a quienes leen! Aún cuando recibo dos comentarios por capítulo (como mucho), la historia seguirá su curso. Para quienes les guste pese a todo.

¡Un abrazo! y hasta el próximo capítulo.