¡Capítulo listo!

Gracias millones e infinitas a todos los que aún leen esta historia, especialmente a Ginevra, pax399 y a Redgirl 1982, por sus comentarios. Sus palabras me han motivado, corazones. ¡Muchas gracias!

Espero el cap les guste... vamos llegando al núcleo de todo. Un poco más y la bomba revienta (?).

Les dejo leer...


Entre los vivos.

Capítulo XIV


Su experiencia como Auror le indicaba, antes de entrar en combate, la duración que éste podría tener. Ninguna batalla duraba más de diez minutos. Tantas prácticas, tantos hechizos, tantos dementes malditos que en cinco minutos podrían atrapar, o podrían ellos destruirlos… la ejecución de la pelea se determinaba en un abrir y cerrar de ojos. Harry recordaba la lucha más larga, perteneciente a una misión del cuartel; cuatro minutos. Un par de hechizos aturdidores y ya tenían a los mal nacidos en la bolsa. Agilidad, todo era cuestión de agilidad. Mas en aquellas batallas, portaba su propia varita, poseía todo el poder que un joven mago era capaz de tener.

En esa situación, ¿qué le deparaba? Percibía el miedo en los ojos de Holmes, latente. ¿Sería tan rápido como Harry Potter, en un combate de varitas? Apretó los dedos, sintiendo la mínima parte de las uñas clavárseles en la palma de la mano, más blanca que su oscuro dorso.

Cuidamos de Ginny… Por favor…

Las miradas amenazadoras duraron menos de dos minutos. Predijo el movimiento de Holmes antes de que éste empezara a mover el brazo hacia él, apuntándolo.

- ¡DESMAIUS! – el cuerpo de John se proyectó hacia el interior del departamento, aterrizando sobre una mesa de cristal que terminó hecha pedacitos. Harry sonrió, victorioso, seguro de poder acabar con aquel hijo de perra. Prensó la varita un poco más, orgulloso de verse en la posibilidad de hacer uso de la magia aún en un cuerpo que no le pertenecía.

El hechizo no fue tan potente, no obstante, logró aturdir a Holmes el tiempo suficiente para él entrar al departamento y asegurar la puerta.

- Muffliato – susurró hacia el entorno. – Ahora… – John volvía a estar en pie, estupefacto. – Tú…

- ¡PETRIFICUS TOTALUS! – los excelentes reflejos de Harry le permitieron apartarse a tiempo.

- ¡REDUCTO! – Holmes saltó atrás del sofá. El hechizo impactó contra los cojines, ocasionando una ola de plumas que volaron por todos lados.

- ¡Joder! – Harry no sabía si el hombre estaba siquiera un poco herido ante el primer ataque. Se protegió utilizando como barrera uno de los sillones individuales. Apenas lograba escuchar unas cuantas blasfemias provenir desde el puesto de Holmes. - ¡Maldición! ¿QUIÉN COÑO ERES? ¿QUÉ QUIERES?

Se asomó sólo un poco, detallando los ojos de John asomados desde un lado del mueble.

- ¡EXPELIARMUS! - el hechizo impactó contra un jarrón de porcelana encima de Harry, haciéndolo añicos. Una lluvia de cristales le cubrió la cabeza. Se protegió el rostro con una mano y se arrastró hacia el respaldar del sillón que tenía al lado. No percibía movimientos por parte de Holmes, sus sentidos, colapsados por tantos episodios vividos desde el accidente, no le estaban ayudando lo suficiente.

¿Dónde estás, escoria?

Un rayo de luz verde pasó por encima de su cabeza, casi rozándole la coronilla. La voz de Holmes sonó potente ante la maldición.

- ¡CRUCI…!

- ¡EXPULSO! – John volvió a volar por los aires, simulando un muñeco de trapo arrojado con fuerza hacia algún rincón. Harry corrió hacia él, desparramado sobre el suelo, con brazos y piernas totalmente extendidas hacia los lados. Seguía consciente, con un corte en la sien derecha y sangre escurriendo por el cuello de su camisa. Sobre su frente se definía una herida punzante que empezaba a obtener mal aspecto. – ¡Incarce…!

- ¡DESMAIUS!

Fue Harry quien caló varios metros atrás. El dolor en la espalda al impactar contra una de las paredes fue lacerante. Dejó escapar un gemido ahogado al tratar de levantarse, sintiendo la pesadez de sus músculos. Maldijo sus desventajas y su rapidez en querer actuar, sin una estrategia de por medio. Le dolía la cabeza y todo a su alrededor comenzaba a girar, aturdiéndolo.

El fin, idiota… otra vez…

Movió los dedos de los pies, descartando una lesión en la columna que le impidiese caminar. Entornó los ojos hacia arriba, observando a la figura de Holmes adquirir tamaño conforme se acercaba a él.

Haz algo, por favor…

- Tú… – John lo tocó con la punta del zapato. Un brusco movimiento de su pie lo volteó de espaldas al piso, Harry enfocó su mirada nublada en el techo antes de concentrarse en la silueta de su oponente. Sentía la varita de Ginny a un costado de su cuerpo, clavándosele en las costillas. – ¿Quién eres? – una patada volvió a pasmarlo, cuando empezaba a recuperar un poco el aliento. – ¿Quién eres? – otra patada. Harry tosió y gotitas de sangre mancharon su barbilla. – ¿Quién eres? – se acuclilló junto a él, mirándolo a los ojos. La punta de la varita de Holmes se le clavó a un lado del cuello. – ¿Quién eres?

Jadeó ante la presión de la mano del desgraciado contra su garganta. Los ojos del hombre, inyectados de aberración, le estudiaban el rostro con precisión. Una media sonrisa, henchida de morbo, se formó sobre sus labios.

- ¿Qué pretendías, idiota?

- Tú…

- Yo… ¿qué? ¿Quién eres?

- Tú… – volvió a toser, le dolía el pecho y la tráquea ante la presión de la mano de John.

- Yo… voy a ser quien te mate, antes de cualquier otra sorpresita. No sé qué intentabas, pero…

- Ginny… – Harry no planeó sacar el nombre de Ginny a colisión, no obstante, era lo único en la que podía pensar ante aquel episodio.

- Ginny… Ginny… la joven y bonita de Ginevra Weasley.

- Tú…

- Es hermosa, ¿verdad? Una muchacha realmente hermosa – clavó un poco más la varita en el cuello, causándole el mismo daño que él le ocasionó en el pecho. – ¿Qué tienes tú que ver con ella? ¡Ya! Da lo mismo, tus días llegaron hasta aquí.

- Ginny…

- Ginny, sí. Iba a visitarla antes de tu inoportuna llegada. Ginny… – se relamió los labios con la punta de la lengua – Ginny… – repitió el gesto – Ginevra… ha de ser una delicia, ¿verdad? Un manjar… con solo imaginármela, ya se me hace agua la boca – volvió a lamerse los labios, con el gusto de quien saborea un dulce de leche. – Ginny… – se levantó, colocando sin cuidado el zapato sobre su pecho, impidiéndolo levantarse. – Ginny… – se vanagloriaba ante su victoria, burlándose de él, torturándolo. Harry apretó los puños ante la rabia acumulada en su estómago, tan caliente como lava volcánica. – ¡Oh, sí! ¡Ginny! – John osciló sus caderas hacia adelante y hacia atrás, simulando el momento del coito durante las relaciones sexuales. – Voy a disfrutarlo como no tienes idea – presionó sobre él, pisoteándolo, clavándole la suela en la garganta.

Una pequeña luz se encendió en la mente de Harry, aún ante el horror del suceso, ante la ira presa en su vientre. Holmes se daba por ganador. Había caído ante el pecado que todo ser humano tiene bien arraigado en el interior, sobre todo los malvados; la vanidad. Alardeaba en el momento, en lugar de darle fin a todo de una vez. Ahí le daba tiempo a él, el protagonista, o coprotagonista, como quieran llamarle, de poder salvarse.

Cerró los ojos, tratando de respirar lo más profundamente posible. Pensó en Ginny, su Ginny, y pensó en aquel maldito, aquella mierda de hombre que prometía hacerle daño. Imaginárselo a él, abusando del cuerpo que tanto amaba…

- ¡OH, SÍ! ¡GINNY!

Sus nudillos se mostraban tan blancos como un trozo de papel, el puño le temblaba ante la amenaza. En un veloz movimiento, lo estrelló contra la rodilla de Holmes, haciéndole bailar la rotula. Con ambas manos tomó el tobillo del pie que lo aplastaba, retorciéndolo, esperando tener la fuerza suficiente para fracturarlo.

- ¡JODER! ¡MALDITO! – John cayó hacia atrás, estupefacto. Harry recuperó la varita de Ginny y se incorporó velozmente. – Desgraciado hijo de puta… voy a… – la mano que sujetaba la varita de Holmes comenzó a temblar, incontrolable. Su mirada, encolerizada ante el giro de los acontecimientos, delató tal nerviosismo que Harry terminó sintiéndose igual de afectado. – No… – su otra mano comenzó a palpitar, igualando a su compañera. Se mantenía erguido con el apoyo de un solo pie, evitando posar el lastimado.

Harry leyó sus intenciones en las facciones, claramente alarmadas. Se colocó en posición de combate, pese al dolor que le comía cada musculo.

- ¡INMÓVILUS!

- ¡PROTEGO! – bramó Holmes, defendiéndose del hechizo.

- ¡SEPTUSEMPRA! – el conjuro impactó contra la pared, causando un enorme daño a la estructura. Un poco más, y el departamento hubiese tenido una nueva vista hacia las calles.

Se secó el sudor de la frente y escupió un coagulo de sangre contra la alfombra, sintiendo con la lengua el orificio que había dejado el diente al abandonar su encía. Respiró hondo, tratando de calmarse en vano.

Holmes había desaparecido.

- Ginny – susurró, desesperado. Corrió hacia los pasillos del edificio y bajó de a dos los escalones, a punto estuvo de tropezar con los señores Weasley. Dio dos pasos rápidos hacia atrás y logró ocultarse de la vista de Molly y Arthur; tras ellos, Ron sujetaba a Hermione por un brazo. La preocupación en sus rostros era aplastante.

- Ginny… – tocaron un par de veces. – Nada, Arthur. ¿Tienes la llave extra que nos dejó en casa? – el hombre sacó la diminuta llave de uno de los bolsillos delanteros de sus pantalones. – ¡Dámela! – Molly se la arrebató de un manotazo y abrió la puerta, todos ingresaron presurosos, cerrando tras de sí.

Harry se acercó de a poco, dando lentos pasos, tratando de escuchar cualquier ruido procedente del departamento. Si ninguno de los presentes entraba en crisis, todo estaba bien; Ginny continuaba durmiendo en su cama, inalterable.

- Está dormida – escuchó la voz de Hermione al pegar la oreja de la puerta. Una pequeña mancha de sangre quedó en ella.

Suspiró, un poco más calmado. Con su familia presente, Ginny estaría más protegida. Pero, ¿por cuánto tiempo? Holmes había escapado. Miró la puerta, preguntándose si sería prudente entrar y contarle todo a Ron, a Hermione y a los señores Weasley. ¿No era ese uno de los planes? Hablar al menos con sus amigos.

Cerró los ojos y una mano se posó en su cabeza, le dolía como la mierda. En su boca sentía el sabor metálico de la sangre y le picaba el punto rojo que Holmes había dejado en su cuello con la varita.

- ¿Qué hago? – no lo pensó mucho; estaba hecho una plasta y necesitaba recuperarse un poco. Cuando estuvo fuera del edificio, ya casi llegando a su departamento, notó que aún tenía la varita de Ginny.

Resoplando, volvió. Al irse los Weasley durante la noche, la devolvería; Ginevra estaría dormida. Y mientras aguardaba, podía echar un vistazo a la guarida de Holmes.

O O O O

Estaba en su cama. Sentía la suavidad de sus sábanas y el aroma a limón que dejaba el detergente para lavar la ropa. Trató de abrir los ojos y…

- Ginny… - llamó un hombre. Pensó, por un instante, que era su hermano Ron.

- Dejen dormir un poco más – quiso voltearse hacia un lado, mas algo se lo impidió apenas intentó mover uno de sus brazos, como si estuviese atada. - ¿Qué?

- ¿No estás cómoda? – sintió el peso de una pierna a un lado de su cuerpo. La pesadez en sus ojos persistía, impidiéndole abrir los párpados y ver qué demonios ocurría.

Movió, desesperada, sus manos y pies, notando el resistente amarre en sus muñecas y tobillos.

- ¿QUÉ PASA? – gritó, espantada. Otra pierna se posó en la cama. Quien la acompañaba, estaba prácticamente a horcajadas sobre ella. - ¿Qué pasa? ¿Quién eres? Por favor… yo…

- No voy a hacerte nada.

Ginny sintió las primeras lágrimas de terror resbalar por sus cachetes.

- Solo voy a… – las manos del sujeto tentaron sus muslos, levantando el ligero pijama de algodón que la cubrió después de su ducha – Eres una tentación, Ginny.

- ¡Déjame! ¡SUÉLTAME! – luchó contra las amarraderas, inútilmente. El cuerpo del hombre terminó de aprisionarla contra la cama. - ¡SUÉLTAME, MALDITO! ¿QUÉ…?

- ¿Cómo obedecerte si me insultas así? – seguía levantando el pijama, dejándolo a la altura de su cintura. Ginevra gritó ante la frialdad de las manos del hombre recorriendo sus piernas y cadera.

- Por… por favor… - habló con un hilito de voz. Los dedos del hombre tentaron el borde de su ropa interior. ¿Cómo era posible? ¿Cómo ese desgraciado había entrado a su departamento? ¿Acaso…? – ¿Liam? – preguntó, tragando con fuerza, sorbiendo por la nariz y con más lágrimas. – Por favor… no… – el hombre dejó sus bragas y sus manos ascendieron por su plano vientre, en dirección a sus pechos. – Por fa… por favor… no… – luchó contra los témpanos helados que pulsaban sobre sus parpados, logrando abrir los ojos. – Tú…

Ante ella, no estaba el rostro moreno de ojos color miel. Los azules y eléctricos ojos de John la penetraron de tal forma que sintió a su cuerpo vibrar, encarcelado debajo de él.

- John…

- Yo solo quiero, Ginny… – una mano apretó un seno por debajo de la tela del pijama.

- ¡John, por favor, no! ¡SUÉLTAME! ¡SUÉLTAME!

- Hay que acallar un poco a esa boca.

- ¡NO! – su rostro se movió violentamente y a ciegas de un lado a otro, imposibilitando cualquier intromisión de la boca de aquel hombre en la suya. Volvió a luchar contra las ataduras, sin ningún resultado. – ¡DÉJAME, DESGRACIADO!

- ¡Ginny! – volvió a abrir los ojos, John había desaparecido. En su lugar, estaba aquel muchacho moreno en el que pensó desde el comienzo de aquella pesadilla. – Tranquila, Ginny. Voy a…

- Suéltame – suplicó, la voz le salía rota ante el miedo. – Suéltame, por favor. – Liam la miraba con inquietud a los ojos, siempre a los ojos. El hombre se colocó a un lado de la cama y le acomodó el pijama, cubriendo sus piernas.

- Voy a… – sus manos llegaron hasta el nudo de una de sus muñecas. Al tener libre una de sus manos, lo apartó, siendo ella misma la que liberó su otra muñeca y sus tobillos. El muchacho saltó de la cama, colocándose en frente y examinándola con considerable preocupación. - ¿Estás bien?

Ginevra observó su mesita de noche, pensando en su varita.

- Ginny… no voy a lastimarte. Yo…

- ¿Qué fue lo que pasó? ¿QUÉ MIERDA ES ESTO? Tú… estaba… John… – se sintió mareada, aturdida, como si alguien le hubiese licuado el cerebro en una batidora, haciéndolo puré. Cerró los ojos, inhalando una gran bocanada de aire que despidió ante un aullido. - ¿Qué es lo que sucede? – susurró, rendida ante el cansancio y ante aquella desequilibrada situación.

- Ginny – sus ojos castaños dieron con quien menos se lo esperaba. Ahí, frente a ella, estaba Harry, su Harry. No era el tal Liam, era Harry.

- ¿Qué…? ¿Harry? – el hombre la observó, sin entender, asustado al pensar que la mujer quizá ya había perdido la cordura. – Harry, mi vida, ¿eres tú? – él la miró, tocándose repentinamente el rostro, estudiándose, viendo sus manos. - ¿Eres tú?

- Ginny… – la pelirroja saltó hacia él, aferrándose a su cuerpo como naufrago a su salvavidas. Los brazos de Harry la rodearon de inmediato, apretándola. – Mi amor…

- ¿Cómo es posible? Yo estaba… – enterró el rostro en su cuello y respiró, sujetando al hombre con todo lo que tenía. ¿Acaso estaba muerta? Habían abusado de ella y, a la final de todo, ¿la habían asesinado? - ¿Estoy muerta? Si es así ¡no importa! Estoy contigo. Harry… - le tomó la cara entre sus manos, detallándolo, viéndolo tan nítido, tan real, como en vida. Su pelo azabache y sus preciosos ojos, sin lentes de por medio – ¡Estoy contigo! – lo besó, apreciando aquel sabor que tanto había extrañado.

Harry tomó su barbilla y enardeció el contacto, volviéndolo algo más que un simple beso. Ginny se asió a él por el cuello, profundizando el toque de sus lenguas. Estaba muerta, y se sentía más viva que nunca.

- Mi vida – apoyó su frente en la de él, de a poco recuperaba el aliento. – Ahora sí estaremos juntos siempre, ¿verdad?

- Ginny – Harry rozó sus narices. – Amor, escúchame, tú no…

- Juntos siempre – acarició su espalda por encima de la camisa blanca que cargaba puesta.

- Escúchame - apartó sus brazos, tomando sus manos y besando sus dedos. – Tú no estás muerta… tú…

- Estoy contigo. ¿Cómo es posible eso si no…?

- Escúchame.

- Quiero quedarme contigo – volvió a abrazarse a él, recia al no querer soltarlo, nunca más.

- Preciosa, estoy contigo… solo…

- No vuelvas a dejarme – fue una súplica aplacada al tener la boca pegada a su hombro. – No vuelvas a dejarme, Harry, porque no…

- Amor… yo no… - prensó la boca hasta que sus labios no fueron más que una fina línea. Ginny lo miró, asustada.

- ¿Qué pasa? Harry… - Él trataba de hablar, mas sus labios no se despegaban uno del otro. – ¡Harry! ¡No! por favor… ¡Quédate! – la nítida figura del joven se ensombrecía, perdía brillo, perdía realismo. Aquello solo significaba que… - ¡HARRY! – aprisionó a la traslucida silueta. Dejó de sentir los brazos de Harry rodeándola, protegiéndola. Su aroma había desaparecido, junto con el contacto de su camisa. - ¡HARRY! – se abrazaba a sí misma, temblando como masa gelatinosa. Sentía frío, mucho, como si le soplaran vientos con pedacitos de hielo a la cara. - ¡DIOS! ¿QUÉ PASA? – comenzó a llorar, descontrolada. - ¡HARRY!

- ¡Ginny! – su madre la agarró del brazo, sentándola en la cama. – Mi niña, tranquila. ¿Qué…?

- ¿Dónde…? – se sentía confundida, atontada. Miró a su alrededor y notó que estaba en su habitación, vestida con su pijama de algodón. Molly le sujetaba las manos. Tras ella, su padre la observaba, inquieto.

- Fue un sueño nada más, cariño.

- ¿Qué…? ¿Cuándo llegaron? – soltó las manos de su madre y se restregó la cara, buscando disipar la irritable sensación que le hacían sentirse como pez fuera del agua.

- Hace menos de una hora, no quisimos despertarte.

- Sí… yo… - sacudió la cabeza. En su mente, un remolino de imágenes se proyectaba sin cesar.

- ¿Seguro estás bien, cielo? – preguntó su padre, tomando asiento en la cama.

- Sí – asintió – solo… está siesta no me cayó bien – todo había comenzado con una maldita pesadilla, vuelto un sueño, y después la cruda realidad.

- ¿Has comido algo?

- Bebí zumo de manzana.

- Hermione está preparando una sopa, Ron la está ayudando.

- Sí – miró sus manos e inconscientemente, comenzó a acariciarse las muñecas.

- ¿Seguro estás bien, cariño? – su madre la detalló. Ella movió la cabeza en señal de afirmación. – Nos preocupamos mucho cuando supimos la noticia.

- No pasó nada grave. Al menos, no que yo sepa. Vi a todos mis compañeros salir con bien.

- ¡Gracias al cielo!

- ¿El ministerio no te ha informado nada? – cuestionó, observando a su padre.

- Nada. Todo ocurrió hace apenas un par de horas.

- Cualquier cosa que sepas, avísame. Percy también está indagando.

- Ya nos enteraremos a su debido tiempo – Molly le acarició los brazos. - ¿Tienes frío? temblabas antes de despertar.

- No – dejó sus muñecas en paz y se centró en el rostro de sus padres, añorando calmarse. Hermione y Ronald llegaron en dos minutos a la habitación.

- ¡Ginny! – vociferó la castaña, mostrando su alivio en una sonrisa. Ron la siguió de cerca hasta la cama. - ¡Qué bueno que estás bien! ¿No te lo dije, Ron? Está en perfectas condiciones.

- Claro que sí – sonrió a su hermano. - ¡Hey! ¿Cómo te fue en las pruebas?

- Suspendidas, ahora supongo que por todo lo acontecido el día de hoy. Un grupo de aurores salió disparado del cuartel a mitad de los exámenes.

- Veámoslo como una ventaja – habló Hermione, sujetando el brazo de su prometido. – Podemos estudiar un poco más las listas de hechizos, además de hacer los ejercicios de redacción que te ayudarán con tus informes. – Ron fingió una horcada, haciendo reír a Ginny.

- La escritura no es lo mío.

- Eso todos los sabemos – su hermano le hizo un mohín que ella respondió con una infantil sacada de lengua.

- ¿Tienes hambre? ¡La sopa recién está terminada!

- Sí.

- ¿Quieres comer aquí en la cama? – Molly volvió a tomarle el brazo.

- ¡Por supuesto que no! ¿Acaso creen que soy una inválida? – de un salto se puso en pie, ignorando el tedio en la boca del estómago.

Su familia la siguió, todos sonriendo ante su aparente estado de bienestar.

O O O O

Aborrecía aquel lugar. Todo era muy oscuro, muy húmedo, muy frío y muy callado. El silencio no es tan amigo, es más enemigo, creía. No todo puede estar en tanta calma.

A unos pasos estaba la enmohecida cabaña. Las luces encendidas le indicaban la espera de su señora. Sí, aguardaba por él. ¿Qué decirle? Octavius estaba seguro de algo, no le mataría. ¿Quién si no él, le ayudaría con sus planes? La soledad de aquella bruja era tan patente como una masa, y la desesperación, y la demencia. ¿Qué le haría? Un centenar de maldiciones pasaron por su mente, culminando con la amenaza que ella, tan ácidamente, le susurró. ¿Cómo se viese con los testículos colgados de sus diminutos lóbulos?

- Respira – se exigió, obligándose a mantener la calma conforme se acercaba al pórtico de la cabaña. Sus pies prácticamente se arrastraban sobre el suelo de madera, produciendo un sonido muy parecido al que hacen los perros al estar escarvando. Con un hechizo se había curado el tobillo lesionado y en una de sus manos portaba un saco de lana que contenía la bola de cristal; para su fortuna, pudo recuperarla con un accio antes de desaparecer. Su espejo de doble sentido estaba siempre resguardado en el bolsillo de su chaleco.

- Octavius, ¿eres tú? – se escuchaba muy calmada, demasiado, y aquello no era una buena señal. – Apresúrate, por favor.

El encorvado hombre abrió la puerta lentamente. La llama de luz que expedía el viejo candelabro se extinguió ante la ráfaga de viento que le acompañó al interior de la casucha. Comenzó a temblar, atemorizado.

- Mi señora…

- Qué cosas, Octavius. Qué cosas.

- Yo lo…

- ¿Qué fue lo que pasó, exactamente?

- Yo… no lo sé. Ese joven. Él apareció de repente y…

- ¿Sabes quién es?

- No.

- ¿Qué relación tiene con Ginevra Weasley? ¿Acaso también está vinculado con Harry Potter?

- Yo… no lo sé, mi señora. Él solo apareció y… - cuando sus ojos se adaptaron a la oscuridad, pudo distinguir la silueta de la bruja en el otro extremo de la sala.

- Lumus – susurró ella, iluminando la estancia. Su varita, sujeta a un lado, lo apuntaba.

- Lo lamento, mi señora. De verdad lo siento. Yo… - bajó la cabeza. – Todo estaba yendo bien, realmente. Si no hubiese sido por ese desgraciado…

- ¿Por qué no lo acabaste?

- Estaba a punto. Yo… la poción multijugos estaba empezando a fallar y…

- ¿Qué mierda importa eso? – caminó tres pasos hacia él – si veía o no tu verdadera y repugnante forma, ¿qué importaba? ¡Ibas a matarlo!

- Yo… - Octavius dudaba de aquella probabilidad, porque el muchacho dio batalla, dio pelea. Y temió que fuese él quien terminase asesinado. – Lo lamento. – No vio el momento en el cual la mujer llegó a estar a tan sólo un paso de su cuerpo. La palma abierta golpeó su mejilla vigorosamente, dejándole un par de rasguños causados por sus afiladas uñas de loca.

- Siéntete con la suerte, Octavius, de saberte el único con conocimientos del plan, aparte de mí. No puedo arriesgarme a incluir a otro estúpido, hasta llegar a mi propósito.

- S… sí, mi señora.

- Ahora – ella blanqueó los ojos, resoplando vagamente. – Hay que solucionar esto a como dé lugar.

- Sí, ¿qué desea que haga?

- Averigua quién es aquel imbécil niñato.

- Sí. ¿Seguiré haciéndome pasar por…?

- Aguarda, aguarda – volvió sobre sus pasos y se sentó en la única silla presente. Cerró los ojos, masajeándose las sienes. – No, no es buena idea.

- ¿Qué…?

- El tiempo apremia, Octavius. ¿No te lo había dicho? No puedo aguardar a que tú, inmundo, crees algún tipo de lazo con Ginevra Weasley. Necesito… - abrió los ojos repentinamente, mostrándolos completamente blancos por unos segundos. Octavius retrocedió ante el susto, ese susto que solo ella le proporcionaba, hurtándole toda su seguridad. - ¡Listo! ¿Cómo, maldita sea, no lo pensé antes?

- Mi señora…

- No hay tiempo para desconocidos en la vida de Ginevra Weasley, ni mucho menos – se irguió sobre sus pies, enderezándose. Caminó hacia la pequeña puerta agrietada ubicada a la derecha de la salita, abriéndola de par en par. Dentro se veía la figura de un joven, inconsciente, con moretones y heridas en la cara y su camisa de marca llena de tanta mugre que no se distinguía de qué color era. Se encontraba en una posición tan incómoda que al despertar le dolería cada resquicio de su cuerpo.

Eso, si llegaba a despertar. La señora, ama de Octavius, pensaba…

- Mátalo – siseó, señalando al joven.

- ¿No requeriremos de más de…?

- Mátalo, Octavius. Ya no será necesario.

- ¿Le quito antes unos cuantos pelos? Por si acaso.

- ¡QUE LO MATES Y YA! – Gritó, haciendo resonar aquel bramido contra las paredes. – No lo necesitaremos y, como ya has de saber, no podemos dejar ningún cabo suelto.

- S… sí. De acuerdo, mi señora – Octavius desenvainó la varita de los anchos pantalones, le quedaban enormes al no ser de su miserable talla. Se acercó a la habitación que guardaba el cuerpo del desafortunado joven, mirando de reojo a su señora.

- Una lástima – murmuró ella, fingiendo cierta tristeza. – Bien – levantó una de sus largas piernas, ataviadas en aquel grueso faldón negro, y pateó el trasero de su vasallo, haciéndolo caer de rodillas ante el hombre inconsciente. – Hazlo.

Fue una fortuna que el verdadero John tuviese los ojos cerrados. Así Octavius no vería la luz de vida extinguirse de su joven mirada, enviándolo al infierno una vez más.

O O O O

La editorial decidió cerrar por setenta y dos horas ante el atentado ocurrido. Más días de descanso, pensó Ginevra sin tanto entusiasmo. Ya había tenido suficientes días desocupada, sin nada más que alterarse y entristecerse.

El día después de lo sucedido lo pasó con Teddy y la pequeña Victoire, recompensándolos por su falta de responsabilidad ante la promesa de llevarlos a la feria mágica que se daría en Londres. Pasó por alto pedir las entradas en su trabajo.

- ¿Qué hademos, tía Ginny? – preguntó Victoire, acomodándose el sombrerito tejido por su abuela Molly.

- Lo que ustedes quieran – se acuclilló frente a Teddy al verlo batallar con los botones de su chamarra. - ¿Te ayudo, tesoro?

- No, yo puedo solo – Ginny lo miró pelear con los dos botones restantes. - ¿Ves? – se señaló al finalizar.

- Ya vi – le acarició el cabello, en esos momentos de un adorable tono rubio, por un minuto pensó que se debía a la presencia de su sobrina.

- ¿Qué harán, hija? – Molly salió de la cocina con un platito de galletas. Teddy y Victoire comenzaron a comerlas apenas las dejó sobre la mesita.

- No lo sé. ¿Qué quieren hacer? – preguntó a los niños. Teddy, con la comisura de los labios llenos de migajas, le respondió.

- ¿Podemos ir al cine?

- Cine – repitió la niña con la boca llena.

- No quiero pensar qué diría tu mamá si te ve hablando con la boca llena, cariño – Molly le ajustó mejor el gorrito. – Así que al cine.

- Si es lo que quieren – ambos niños le sonrieron, los restos de las galletas que comían se les pegaban a los dientecitos. – De acuerdo, cine será. ¿Quieres venir? – preguntó a su madre, anticipando su respuesta. Ella estaría más tranquila si se veía acompañándolos esa tarde. Para ella era difícil soltarla, después de sus días en completo duelo y malestar.

- ¡Vamos! Hacía mucho que olvidé lo que es una película – se colocaron sus gorros, también tejidos por Molly, y salieron de la madriguera.

Ginny decidió conducir aquella tarde, como muy poco hacía. Accedió ante la idea para la comodidad de los niños y de su madre. Era un bonito día en Londres, frescura y sol al mismo tiempo.

Ella adoraba las películas animadas, divertidas y con finales felices. Rió acompañada por los niños y por su madre, quien llegó a atragantarse con un poco de gaseosa ante una carcajada que le fue inevitable. Debía llevarla más seguido al cine muggle, salió enamorada.

- La próxima vez traeremos a tu padre – comentó, aún comiendo diminutos malvaviscos. Se colocó los anteojos para poder leer los ingredientes, deseando hacérselos a sus nietos para las visitas de los fines de semana.

- Tía Ginny… - Victoire jaloneó su falda beige, la lucía con unos lindos botines negros que Hermione le regaló en una navidad. - ¿Podemos id pod un helado?

- Por supuesto que podemos. ¿Quieres, Teddy?

- De chocolate.

- Yo lo quiedo de menta.

- Creo que no me hará daño un cono de Ron con pasas, ¿verdad, cielo? – dijo la señora Weasley.

- Te acompaño en eso – sonrió. - ¡Vamos!

La heladería quedaba a tan solo una cuadra del cine. Dejaron el auto aparcado en un puesto frente a él, decidiendo caminar los pocos metros que los separaban de los helados.

Ginny no cesaba de mirar a Teddy, siempre tan autónomo, tan independiente, representando a un niño de más edad y no a un pequeño de casi seis años. Una manchita de mantecado le cubrió la punta de la nariz, él la arrugó ante el frío.

- Ven, tesoro – tomó una servilleta y le limpió la piel manchada.

- Abuela, quiedo id al baño – Victoire tocó el brazo de Molly y se sujetó la entrepierna en el asiento, bailando ante las ganas de hacer pipí.

- Vamos, cariño – la mujer tomó la mano de la niña al levantarse de la mesa. – No tardamos.

- ¡No se coman mi helado! – ordenó Victoire, aún apretando las piernitas.

Ginny volvió hacia Teddy. ¿Cómo estaría tomando la ausencia de su padrino? Ella, que tan ocupada estaba victimizándose por la muerte de Harry, no pensó mucho en el pequeño. Se sintió terrible al darse cuenta de aquella barbaridad, aquel egoísmo tan ponzoñoso.

- Teddy – él niño se concentraba al cien por ciento en su mantecado. Chispas de chocolate se le pegaban en la barbilla. – Tesoro, ¿cómo estás? – los vivos ojos del pequeño la miraron. Teddy era muy inteligente, demasiado. A veces sacaba ciertos comentarios que nada tenían que ver con los pensamientos de un niño de seis años. Era una mente para cuidarla y protegerla.

- Estoy bien, tía Ginny. ¿Y tú?

- Bien, cielo, muy bien. Sólo…

- Te extrañé mucho – confesó de pronto, sin darle a saber si aquello lo decía queriendo o no. Ginny se sintió aún peor que antes al pensar en el abandono hacia él. Sin sus padres, ahora sin su padrino…

- Discúlpame, tesoro. Lo siento mucho, yo…

- No vuelvas a alejarte.

- Lo prometo – sonrió, volviendo a limpiarle la nariz de chocolate.

- Tío Harry no quiere eso.

- Sé que no - los ojos le brillaron. Agradeció la llegada de su madre con Victoire, evitándole la llorantina.

Una nueva tanda de helados y una caminata por el parque principal, así se les fue el resto de la tarde. Su madre salió tras los pequeños abandonar el auto y empezar a corretear por los jardines de la madriguera.

- ¡Mucha azúcar!

- No es todo los días – rió Ginny ante las piruetas que hacía Teddy para sorprender a Victoire. La pequeña rubia le aplaudía y reía totalmente fascinada. Estarían bien, Teddy estaría bien.

Admiraba su fuerza y su valentía. Se parecía mucho a Harry en varios sentidos, hasta en los más tristes.

- ¿Quieres quedarte un rato, hija? – cuestionó su madre al notar que se bajaba del coche sin apagar el motor.

- No, me iré a casa antes de que oscurezca. No quiero manejar de noche. ¡Hey, niños! ¡Un abrazo para su tía favorita! – Teddy y Victoire corrieron hasta ella; se arrodilló para estar a la altura de ambos y los apretó en un fuerte abrazo, estampado un par de sonoros besos en sus mejillas arreboladas.

- Gracias – sonrió Teddy.

- De nada, tesoro. Para la próxima iremos al zoológico, ¿sí?

- ¡SÍ! – vociferaron los dos niños al unísono.

- ¿Puedes llevarme a un partido de Quiddicth? – Teddy le tomó de la mano al ella estar en pie.

- ¡Claro que sí! Con dos de los mejores equipos – el niño le obsequió una de sus mejores sonrisas, mostrando sus diminutos dientes de leche. Pronto empezaría a mudarlos, pensó Ginny. – Pórtense bien – les besó la coronilla. - ¡Y duerman temprano! ¿Se quedarán esta noche aquí? – preguntó a su madre.

- Victoire sí. Andrómeda dijo que vendría por Teddy a las siete, la invitaré a quedarse a cenar.

- La saludas de mi parte – se acercó a ella, besándole las mejillas como despedida.

- Avísame cuando estés en casa.

- Descuida – rodeó el auto y volvió a embutirse en el asiento tras el volante.

El camino fue ligero, sin atasco ni contratiempos. Estacionó el coche en su habitual puesto, sin saber cuándo volvería a conducir. El ascensor tardaba mucho en llegar a su planta, por lo que decidió hacer uso de las escaleras; cinco pisos no era mucho.

- ¡Oh! Buenas noches, belleza – tropezó con Tonny en las escaleras del segundo piso.

- ¿Qué tal todo, querido? – notó las bolsas de basura que cargaba el joven en sus manos.

- Ayudo a Carl con un desastre en el piso seis. Algo pasó en el departamento de John. – Carl era el empleado de mantenimiento.

- ¿Qué cosa? – su corazón empezó a latir con más energía, aquella alarme que siempre le alertaba.

- No lo sabemos, una pared está prácticamente destrozada y la puerta se vino abajo, había vidrio roto por todas partes.

- ¿John está bien?

- No estaba. Creemos que quisieron robarlo – se alzó de hombros. – Lo que no comprendo, es por qué crear tanto desastre. Salían hilos de humo desde el concreto destruido.

- ¿No han podido comunicarse con John?

- No – se apartaron al ver bajar a los señores Jhomsons. El par de viejos apenas los miró.

- Bueno – vio a Tonny asir aún más las bolsas. - ¿Por qué no utilizas el ascensor?

- Les tengo pavor.

- ¿Te quedaste encerrado en alguno?

- De pequeño, sí – continuó bajando. - ¡Hablamos luego, belleza! Atenta si ves a la guapura de Holmes.

- Sí.

Fue un pensamiento rápido, quizá por un sueño, o una pesadilla… pero Ginevra deseó, con todo su ser, no cruzarse nunca más con él.


¿Qué tal? No sé si la primera escena, "el combate", está aceptable. Decir que en mis relajados fics nunca había descrito una batalla está de más. Creo que se evidencia aquí mi falta de experiencia, jajaja.

Se han revelado ciertos puntos. Si leen prestando atención, creo que hay mucho. Aún faltan cosas por aclarar, por supuesto. Pero como dije arribita, estamos ya llegandito al meollo.

¡Gracias por estar! Nos leeremos en el próximo capítulo,

Yani.!