Pese a estar ocupada, consigo tiempo para escribir. En mis ratitos libres en el trabajo saco mi cuaderno, ¡y ya! el capítulo 15 y 16 está listo.
Las ideas se me han ido organizando un poco... aunque mantengo mi posición original, no sé cómo voy quedando con este fic. =/
Gracias por los comentarios! A mi amiga Cata, Redgirl y Aldana. ¡Un abrazo, hermosas!
Y dejo que lean.
Entre los vivos.
Capítulo XV
Si se valía de algo grande, era su fuerza de voluntad. La energía que le obligaba a dejar a un lado lo que deseaba, para irse a lo que era lo correcto. Una porquería.
Holmes no había aparecido por el edificio después del combate. Harry se impacientaba terriblemente con el pasar de cada miserable segundo. Vivía tan pendiente tanto de sus alrededores como los alrededores de Ginny. Él ya estaba situado entre las cejas de John, y en cualquier momento podría sorprenderlo y mandarlo al otro mundo de una patada en el culo; a ese mundo de más allá, en donde desde hacía rato debía estar, ¿no era así?
Su paisaje se veía más oscuro, producto de la desesperanza. Negro, como los negativos de una fotografía. Su mente, tan agotada como el cuerpo que profanó, colapsaría en cualquier instante, explotaría como una bomba y lo dejaría hecho pedacitos. Peor que carroña.
Así pensaba, arrastrándose en la desesperación, dejando que las garras del desconsuelo rasgaran la poca cordura que le quedaba…
Pero luego pensaba en Ginny, y una parte de su ser se recomponía, uniéndose como las piezas de un puzle.
Lo que había descubierto en el departamento de Holmes lo dejó aún más intranquilo, si aquello era posible: nada. Había esperado, al menos, encontrar una pieza que le indicase sonde podría estar y, de encontrarlo, sencillamente matarlo.
Una lástima que no revisara a profundidad debajo del lavamanos del baño, donde se veían las tuberías de agua. Pudo haber hallado los resto de una poción multijugos, una pista muy importante.
Ante su falta de información, salvaguardaba sus primeros pasos, el plan poco consistente pero, ¿qué otra cosa? vigilaba a Ginevra aún con más intensidad que antes, con ojos al frente y en la espalda. La noche correspondiente al día del ataque de Holmes, se infiltró en su departamento, aún con su varita en mano. Los señores Weasley y sus amigos salieron poco después de las diez de la noche. Esperó a que se cumplieran las doce para ingresar, en silencio, tan sigiloso como un león al acecho. Le preocupaba en exceso el estado emocional de la joven. ¿No había ella reparado en la falta de su varita? Estaba tan cambiada, tan afectada…
Tomó la foto de ellos dos, abrazados en los jardines de la madriguera, y a punto estuvo de sacarla y guardársela en el bolsillo de su aún manchada camisa.
- Linda… – dejó la foto y la varita en su respectivo lugar y, con extremo cuidado, se sentó al borde de la cama.
Ginny dormía, rendida, con el peso de todo lo que le tocó vivir ese día. Deslizó una mano por sus cabellos y la observó, con tanto detalle que pudo incluso quedarse virolo.
No podía dejarla sola, no cuando Holmes había escapado. Si de dormir en las aceras del frente se trataba, pues lo haría. Alguna protección mientras conseguía hablar con sus amigos.
Por alguna razón que aún no lograba descifrar del todo, sentía que debía confesarse con ellos primero. Ginevra era un caso aparte en cuanto a su muerte. Ron y Hermione, pese a lo mal que pudieron tomar su deceso con el accidente, habían logrado salir adelante.
O O O O
- Señor, ¿alguna información del atentado del lunes?
- Todo muy escaso – respondió Kingsley. Sobre su escritorio, se mantenía un desastre de hojas y pergaminos. – ¿Terminó la interrogación de Brennan y Valsons?
- Sí, señor. Nada, no recuerdan qué fue lo que pasó. Y las memorias de los minutos antes de que los sometieran están manipuladas.
- Lógico – se quitó los lentes y se restregó los ojos. – Me preocupa, Víctor. Si Brennan y Valsons actuaron bajo la maldición imperius, atacando así la editorial, eso quiere decir…
- Que hay alguien queriendo joder la paz.
- Siempre habrá gente queriendo joder la paz, Víctor. Pero hacia mucho que no detectábamos maldiciones imperdonables, casi ningún rastro de magia oscura desde que Potter derrotó a Voldemort – volvió a colocarse sus anteojos.
- ¿Debemos preocuparnos?
- ¿Tú qué crees?
- Señor, ¿por qué atacar una editorial? Y bien… ni siquiera se trató de un ataque propiamente dicho. Aún desconocemos qué se pretendía hacer.
- ¿Distracción?
- ¿Qué buscaban?
- Demos respuestas a las primeras preguntas, y todo se irá aclarando – respiró hondo, removiéndose en su silla. – Hurguen en los pensamientos de Valsons y Brennan, profundamente, rasquen hasta los más escondidos orificios de sus mentes en la fecha del atentado. Necesitamos una cara, una voz, un color de pelo, ¡algo! No podemos partir sin una maldita pista.
- Sí, jefe. – Víctor se levantó del asiento, proyectando su larga sombra sobre el puesto de su jefe, y se dirigió a la salida de la oficina. Sus largas piernas le permitían dar pocos pasos.
- Menudo gigante – murmuró Kingsley.
O O O O
- ¡Tan extraño, Luna! – exclamó, alzando los brazos como gesto enfático. Dramatizaba el momento para darle importancia.
- Tienes que estar calmada – cerró el menú. – La sopa del día, por favor, y una ensalada primavera. – indició al mesero. – ¿Qué pedirás tú?
- Ah, sí… quiero… – ojeó la carta rápidamente. – Lomito en salsa de ostras. ¡Sí, eso! Muero de hambre.
- ¿Acompañantes?
- Puré de patata y ensalada de acelgas con zanahorias.
- Enseguida – el joven se alejó, no sin antes llenar por segunda vez la copa de agua de Ginevra.
- ¡Cuidado con ahogarte! – profirió Luna.
- Siento mucha sed – bajó la copa de agua al dejar su contenido por la mitad.
- ¿Por qué tanta ansiedad?
- No lo sé – bajó la vista. Su dedo índice jugueteaba con las puntas de sus cubiertos plateados. – Estos últimos días ha sido… ¡ya sabes! Y lo que ocurrió en mi trabajo… – miró a la rubia. – No me he sentido bien. Siento como… si algo, o todo, no lo sé, estuviese fuera de su sitio. ¡No lo sé!
- Ginny…
- Desde que Harry no está, nada ha sido igual. Te lo he dicho muchas veces. Pero esto que siento no… a veces me asusto, Luna. ¡Y yo no era así! Por cualquier cosa siento miedo, nervios sin razón aparente – volvió a tomar agua. – Todo tan extraño.
- Respira hondo…
- Por favor, Luna…
- Hazme caso – insistió. La pelirroja, suspirando y con las ganas de cumplirle a su amiga, tan solo para no hablar, cerró los ojos y respiró honda y profundamente. – ¿Estás más calmada?
- Sí, aunque aún tengo sed – terminó de un trago la copa de agua.
- Piensa, ¿en qué momento has sentido miedo? ¿Con alguna persona? ¿Con algún ruido? Toda sensación tiene un elemento detonante.
- Miedo… solo durante el ataque a la editorial. Y en realidad, diría que fue confusión. Pero he sentido al corazón como un demente cuando… - cerró los ojos. La cara de John se formó en su mente; inexplicable, porque el hombre siempre fue muy amable y atento con ella.
¿Por qué pensó en él así, con esa dinámica? Ahí estaba, su rostro con ojos azul eléctrico, matizado, como una foto retocada.
Ciertamente, cada vez que él se le cruzaba, sentía algo desencajado a sus alrededores. Y ahora que se lo imaginaba, retratándolo tan guapo como era, sin verlo desde el día en el que tan afectuosamente la dejó en casa después del desastre en el trabajo, no sólo percibió el latir diligente de su pecho. Hubo un ligero golpeteo en su vientre, un brinquito en la boca del estómago.
- John – le habló a Luna – él me inspira…
- Desconfianza – continuó la mujer.
- A ti te gusta.
- Sí, bueno, es muy guapo. ¿Quién que no fuese ciego diría lo contrario? ¡Hasta mi padre lo elogió al verlo en una de mis fotografías del día de su fiesta! Sí me gusta, sólo…
- ¿Pasó algo?
- El día de la reunión, cuando le ayudaba en la cocina con las cervezas… ¡no lo sé! ¡Dios! Te entiendo. ¡Qué frustrante!
- ¿Vez? – sus dedos dejaron de toquetear los cubiertos. Hasta ese momento no se había dado cuenta de aquella acción.
- No sé como describirlo, siquiera llamarlo – la observó, con sus azules ojos bien abiertos. – Lo miraba y, ¡no lo sé! Usualmente suelo ser más específica. ¡Me conoces!
- Sí – habló, desganada.
- No te fíes mucho de él.
- No tienes de qué preocuparte. No lo veo desde antes de ayer, cuando me dejó en casa. Y espero siga todo así.
- Señoritas… – el mesero llegó con sus órdenes. El delantal le olía a vino debido a una copa que una mujer derramó sobre él al levantarse para ir al baño. - ¡Buen apetito! – aferró las bandejas y, con un educado movimiento de cabeza, volvió a su agotador trabajo.
Ginny se reanimó con la comida. En su pequeño estudio, en su investigación por saber qué o quién causaba su insipiente estado de excitación, sólo pensó en John Holmes, atractivo y seductor. Liam, el chico de piel oscura como el chocolate, no se le pasó por la cabeza. Lo recordaría después, sin dudarlo. Lo vería, incluso.
Ella ignoraba que ese suceso acontecería pronto y sin avisar, marcándola.
O O O O
- ¿Tienes el álbum con las muestras? Sí, estoy llegando a casa, almorcé con Luna. Todo bien, Hermione. hazme llegar el álbum y mañana escogeremos el diseño. Tranquila, aún tenemos tiempo – entró al edificio, deteniéndose en la recepción. – Sí, sé que las invitaciones son para ya mismo. ¡No te preocupes! Ok, hablaremos luego. – colgó. - ¡Buena tarde, Wil! – saludó al portero.
- Buenas tarder, señorita Weasley.
No tardó en llegar a su puerta, caminando a paso veloz, como si tuviese alguna emergencia y con la varita a fácil acceso.
Era aflictivo y mucho más… sentirse así, vivir así. ¡Qué terrible! ¿Hasta cuando sería? ¿Era todo cuestión de su mente?
- Deja el drama, Ginny. No estás en una maldita novela. – se concentró en abrir su departamento, sin sentir la llegada del hombre tras ella, prácticamente posándole los talones.
- Ginny...
- ¡Dios! – soltó las llaves. - ¡Neville! ¡Me asustaste! – exclamó, y se sintió como una estúpida.
- Lo siento – Neville recogió las llaves de entre sus zapatos.
- Vamos – el joven la siguió. – Traje postre – sonrió, mostrándole la bolsa. – Pastel de queso con jarabe de fresa, ¿quieres? Es riquísimo.
- Un pedazo no me vendría mal – rió. – Aunque Hannah piensa que debo empezar dieta con ella.
- Tonterías, comer es uno de los mejores placeres de la vida. – Fue a la cocina después de descalzarse. – ¿Y ella cómo está?
- Ocupadísima con el trabajo.
- ¿Y tú?
- Puedo respirar un poco más – sonrió, tomando el plato que le tendía.
- Es eso… – lo invitó a sentarse en los bamquillos del mesón – una fortuna para nosotros.
- ¿Cómo estás? Sé que hablamos el día del desastre, pero he estado muy pendiente de ti.
- Estoy bien – dio un bocado al pastel, tragando rápido. – Fue solo un momento desagradable, creo que la zozobra fue más grande que lo realmente sucedido – se limpió la jalea de fresa de la boca.
- ¿Alguna información de lo que pasó?
- Compré el profeta – señaló el diario a un lado de los platos. – Nada, describen el ataque como una especie de saboteo, y nada más.
- ¿Crees que Kingsley guarde información?
- Quizá – se levantó hacia el refrigerador, deseosa de una coca cola. – No pasó ninguna tragedia, pero… – se alzó de hombros, volviendo a su sitio y dejando frente a su amigo un refresco. Estaba helado, la lata expedía gotitas pequeñas. - ¿Quieres más? – miró el plato vació.
- Si no te importa, está delicioso.
- Todo ha sido muy raro, Neville. Todo – dijo de pronto. La congoja se le derretía en el corazón como un cubito de hielo.
- Estoy para lo que necesites y lo sabes, ¿verdad? – el joven apenas le rozó el dorso de una mano, en señal de afecto fraternal. – Luna, Hermione, tus hermanos, tus sobrinos y tus padres. Recuérdanos a todos cuando te sientas así.
La vida corría y no se podía hacer otra cosa sino continuar, tratar de seguirle el paso descarado.
- Eso hago – sonrió. – Gracias.
- Bien – le guiñó un ojo, volviendo su atención hacia el plato. - ¿Dónde almuerzas con Luna? ¡Esto está delicioso!
O O O O
Su señora estaba molesta, estaba ansiosa y sumamente nerviosa, como nunca antes la había visto.
Recordaba el primer encuentro… el bar de olores rancios, las cartas de póquer desperdigadas sobre el enmohecido piso de madera, los pequeños charcos de líquidos de dudosa procedencia, vidrio roto, eses de ratón en las esquinas…
Él se encontraba herido, lastimado por unos carroñeros a los que trató de robarles unos cuantos galeones de oro. Su varita, rota al ser pisoteada. No recordaba mucho pero sí lo suficiente. El bar, antes próspero y muy concurrido, fue tomado en los tiempos de la guerra contra Voldemort, invadido y utilizado para el resguardo de carroñeros y seguidores del mago tenebroso. Mucho no pasó para la decadencia; la estructura parecía succionar todo lo atroz que traía consigo cada bruja y mago sumergido en el halo del mal.
Octavius, con sus dos ojos amarillentos, inyectados en sangre, las muñecas fracturadas y las piernas agujereadas, esperaba a la muerte. Y tardaba, la muy hija de puta se hacía desear, tan solo para atormentar. Él dio malos pasos. Era un cobarde, un despreciable que se arriesgaba a sobrevivir por medio de hurtos y triquiñuelas en los callejones oscuros. La única decisión inteligente, y de la que no se arrepentía, fue la de ocultarse de los mortífagos cuando éstos buscaban, desesperados, nuevos reclutas para la lucha, adentrándose hasta en las trampas para ratas. Su pavor era grande, no obstante, le hizo actuar con vivacidad en esa ocasión.
- ¿Cuándo? – murmuraba. - ¿Cuándo? ¿Cuándo? ¿Cuándo? – estaba atenazado por el dolor de su cuerpo y por su miseria.
No escuchó el pisoteo particular ocasionado por unos tacones de aguja y el sonido de los bordes de una falda al ser rozada con el suelo al caminar. Ella le tocó con la punta de un zapato, y así la miró por primera vez.
Pudo haberle matado. Octavius se lo esperaba. Mas ella, tras cavilar unos segundos, mirándolo desde su altura con ojos flemáticos, calculadores y dementes, decidió salvarlo, para su sorpresa. Lo curó, lo alimentó y, cuando estuvo recuperado, él le prometió fidelidad. El deseo de morir no siempre es sincero, dentro de todo ser humano reposa el instinto de la supervivencia y la ambición de sobrevivir aún cuando todo en el mundo parece venirse encima.
Octavius incluso creía que los desgraciados suicidas se arrepentían, al último microsegundo, cuando el paso final estaba dado, y ya era muy tarde para retroceder.
Siempre le agradecería a su señora la oportunidad, y lo menos que podía hacer era servirle, ayudarla a cumplir su anheloso objetivo final.
Adentrando sus manos en los bolsillos de la gabardina, clavó los ojos en la entrada del edificio. Extrañaría aquel pequeño apartamento, la cómoda cama y el decente baño. Pero, ¿por cuánto tiempo? pronto su señora daría el movimiento definitivo, y ya no seguirían miserables. Él, ya no sería un miserable.
Empezaba a caer la tarde y el frío se hacía sentir con más intensidad. Entibió las palmas con su aliento y las frotó contra sí. Sus ojos visores puestos en las puertas que dejaban salir la delgada figura de… Neville, sí. Neville Longbottom. ¡Pobre y nuevo desafortunado!
Octavius, con la varita totalmente lista bajo su abrigo, lo siguió.
Ginevra Weasley no tenía tiempo para desconocidos.
O O O O
No era posible el tiempo transcurrido. Un carajo, ¿qué le estaba pasando? Se sentía más agotado que nunca. Inclusive su capacidad de pensar se veía, en suma medida, afectada.
¿Dónde estaban Ron y Hermione? Y la madriguera, ¿por qué, cada vez que intentaba llegar a ella, algo ocurría? Una serie de eventos desafortunados que no tenían razón ni lógica. Su agotamiento físico era lo peor. Sentía su cuerpo de plomo y siempre soñoliento. ¿Qué pasaría? ¿la poca fuerza que le quedaba a su invasora alma se había, por fin, percatado de su guarida? Ajena. No se trataba de su coraza, su cascarón para la tierra. Él no debería estar ahí, y las entidades y energías encargadas de aquella inverosímil actividad darían castigo por ello.
¿Qué sería de Aarón? ¿Esteraría observándolo batallar? Se lo imaginó hasta con un tazón de palomitas de maíz sobre el regazo, siendo espectador de toda su desgracia. "¿No querías mi ayuda? ¡Pues bien! No te la daré."
Quería entrar al ministerio y gritarlo todo. Pero más que nada, quería estar con Ginny.
- ¿Qué hago? – miró la cabina telefónica, sin saber cuándo Ron, Hermione o incluso en señor Weasley se dignarían a aparecer. - ¡Joder! – pateó una piedrita que se cruzó con su zapato.
Se tomó la cabeza entre sus manos y se dejó descansar sobre la acera. Sus codos se apoyaron en sus rodillas y, apretando los dedos contra las oscuras mejillas, volvió a concentrarse en la cabina.
Samantha Batt, secretaria del departamento de regulación mágica, apareció en una esquina. Tenía muchas carpetas entre sus brazos. Una de ellas, delgadita y de color marrón, calló sin ella darse cuenta. Entró a la cabina a paso veloz, preocupada al creer que se había sobrepasado en su hora de llegada.
Harry corrió hacia la carpeta, tan solo contenía pergaminos en blanco y un bolígrafo de tinta negra sujeto a un borde.
- Inútil – pensó, antes de sentir la presurosa necesidad de estar con Ginevra. Y a esos llamados debía obedecerles, lo sabía. La intuición no lo abandonaba, pese a tener la mente condenadamente alborotada y débil.
Miró el bolígrafo y tomó un pergamino. Intencionalmente, tropezaría con el próximo trabajador del ministerio y, ansiando su honestidad, colaría entre sus cosas una carta que se jugaría con toda la esperanza de la que fuera capaz de sentir, dirigida a Ronald Weasley y Hermione Granger.
¿Próximo capítulo? Como dije: ¡ya está listo! Se los dejo de inmediato.
¡Gracias por leer!
