Rapidito...

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Entre los vivos.

Capitulo XVI


Tan solo un día y volvería al trabajo, a sus ediciones y correcciones de artículos.

Eran un poco más de las dos de la tarde cuando se durmió. El libro de Fiódor Dostoyevski que le había prestado Hermione se quedó abierto sobre su pecho. La cubierta era antigua pero muy bien cuidada…

"Se desplomó hacia delante, logrando acomodar su cabeza sobre uno de los cojines. Respiró hondo, tratando de recuperarse. Tenía el peso de Harry sobre ella y sentía el latir frenético de su corazón… cerró los ojos, saboreando aquella sensación, memorizando la fuerza de aquel pecho contra su espalda.

Pasaron varios minutos antes de comenzar a hablar.

- Hey, ¿cómo estás? – preguntó él, su voz denotaba cierto grado de agotamiento y satisfacción.

- Maravillosamente – sintió la boca del joven en la nuca.

- Tu espalda…

- ¿Qué tiene?

- Parece cobertura de pastel de crema, espolvoreada con mucha canela – Ginny rió ante la comparación.

- ¿Tú crees?

- Sí – sintió las manos de su novio recorrerle la columna, después de él apartarse un poco. – Tu piel blanca y suave, con estas adorables pequitas café clarito – toqueteó las pecas con uno de sus dedos. - Provoca morderte – continuó y, acto seguido, comenzó a mordisquearle la piel entre los omóplatos.

- Eres un caníbal – se removió, completamente enchinada. – Oye, muévete un poco, quiero voltearme.

- Yo quiero seguir saboreándote.

- Adelante tengo mucha más piel – dijo como quien no quiere la cosa, seduciendo al joven aún después de su desesperado momento sexual.

Con un gruñidito ronco, Harry se movió hacia un lado; el sofá se veía diminuto e incómodo con dos cuerpos adultos totalmente desparramados. Aquello era una ensalada de brazos y piernas.

- Espera… voy a… tu cadera… - Ginny, como pudo, logró acomodarse de espaldas al mueble. El cuerpo caliente de Harry la aprisionó al apenas verla posicionada. – Debes dejarnos llegar a la cama cada vez que quieras una de tus posiciones creativas – comentó, apartándole el pelo azabache que se le pegaba a la frente.

- No aguantaba más; venías provocándome desde que pasé por ti esta mañana – le besó un seno, delineándole su areola con la punta de su nariz, erizándole el pezón.

- Ahí va tu vecina. – Juliet, la vecina de junto de Harry, tenía la manía de escuchar música a todo volumen. Desarrollaba fijaciones especiales por los cantantes latinos, y para esa tarde decidió deleitarse con viejas de Luis Miguel. – Harry…

- ¿Mmm? – articuló él, dando mordisquitos a uno de sus hombros.

- ¿Te sabes esa canción? – ambos podían entender las letras sin mucha dificultad. Harry se había visto obligado a cursar idiomas en la academia de aurores al pensar en abordar algunas misiones en el extranjero. Y Ginny aprendió a defenderse con el español cuando en la editorial empezó a colaborar con las traducciones de algunos artículos.

Harry, con el particular centelleo causado por el enamoramiento y la idiotez, la besó con suavidad.

-… conocerte fue mi suerte… - canturreó ella, con la vena cursi latiéndole a mil.

- Amarte es un placer, mi Ginny – volvió a su boca, ambos aletargados ante toda la emoción obrada por el amor que se tenían.

Las piernas de la mujer se aferraron a las caderas del hombre, abarcándolo con todo lo que tenía, sintiendo cada partecita de piel tan tibia y espectacular.

- Te amo mucho – le acarició el cuello, rozando su nuca con la yema de sus dedos.

- Y yo a ti, preciosa.

- ¿Recuerdas el poema que te escribí? – aquello había llegado a su mente gracias a la canción. Ese había sido su primer poema de amor, el primerito, y tenía que haber sido hecho por y para Harry Potter.

El mago la observó, alzando ambas cejas.

- No me extrañaría si no. En ese tiempo olvidabas muy fácilmente todo lo relacionado conmigo.

- ¡Ay, Ginny! No hagas que me odie ahora que estoy tan feliz – apoyó su frente contra la suya, aún cubiertas por unas cuantas gotitas de sudor. Pasado tres minutos, sonrió. – Dime, ¿aún amas mis ojos verdes, como un sapo en escabeche?

Ella rió, encantadísima.

- ¡Con locura! Amo todo de ti – le acarició la espalda, delineando sus músculos. Hundió el rostro en su cuello y respiró; era un deleite su aroma, el perfume que utilizaba, mezclado con su sudor. Apenas se sentía el nacimiento de su vello facial. – ¡Dios! Recién te tuve y ahora… ¿Me harías de nuevo el amor? – el tono inocente que añadió para aquella frase, la hizo sonar muy singular.

Harry curvó su boca en una sonrisa felina y cautivadora que, literalmente, le quitó el aliento. Sus labios se encontraron, seductores y frenéticos.

- Lo que tú desees, mi vida. Siempre lo que tú desees."

Después de aquellos sueños, despertar era lo peor.

Se levantó sin ganas, con su reloj interno indicándole que ya, era la hora de despreciar a la vida. La depresión parecía estar retornando, sin ella darse cuenta.

Quitó de su pecho Memorias del subsuelo, irguiéndose tan rápido sobre la cama hasta marearse.

- ¡Qué lata! – tenía sed y ganas de un bocadillo. Fue a su despensa y, antes de cumplirse su capricho, el timbre sonó.

Neville se mostró sonriente bajo el umbral.

- ¡Hey! – lo invitó a pasar. – Son un deleite tus visitas seguidas – giró a la cocina.

- Bueno. Estoy atento, Ginny.

- Te lo agradezco. Yo he… - no lo veía, ni a su varita apuntándole. Apenas y oyó un vago murmullo antes de perderse, irremediablemente.

- Imperius – susurró Octavius, listo para deblogarla.

No podía culparlo, se decía. En un tiempo llegó a pensar que su señora lo utilizaría finalmente, saciando las necesidades primitivas del cuerpo carnal. Mas la mujer guardaba su propia forma para satisfacerse sin recurrir al él. ¿Y qué esperaba? Su físico era repugnante.

No obstante, sentía, deseaba el cuerpo de una mujer desesperadamente. Sus gordas manos no eran suficiente, y mucho menos. Ansiaba el calor femenino que se expedía de entre unas largas piernas. Él, arremetiendo, empujando sin descanso hasta sentirse saciado. La fricción del sexo femíneo abrasando a su miembro…

Y llegó a su vida Ginevra Weasley. Una criatura hermosa… ¿cómo desaprovecharla?

La miró de pie frente a él. Sus ojos dilapidados, una mueca vacía… no le importaba nada más. Estaba ahí, listo, la gozaría a como diera lugar. ¡Al fin!

- Ginny… a la cama – indicó. La orden de su señora fue clara, pero… ¡qué coño! Él se merecía su momento. Después de tanta abstinencia, ¡se lo merecía!

Siguió a la pelirroja hasta la habitación. Sus ojos, clavados en el trasero cubierto por unos jeans desgastados.

- Ginny - llamó, con ella de pie al borde la cama. – Mírame – se giró, quedando frente a frente. La tomó de la cintura y atacó su boca, dormida ante la maldición. – Abre la boca, joder… - gruñó por lo bajo. Ginevra cumplió sus deseos y Octavius degustó, maravilladlo, la suave textura de su lengua.

¡Años sin experimentar algo así! Tan escrupulosamente. Era una maldita delicia. Su miembro, preso dentro de aquel pantalón azul oscuro, se alzó. La presión contra la prenda se volvió aguda e insoportable.

- Mierda – se alejó unos centímetros. – Ginny, quítate el pantalón. Y acuéstate.

La detalló en cada movimiento con ojos exorbitados. La braga de color amarillo pálido con una flor dibujada en todo el centro de su triángulo invertido, cubierto por vellos pelirrojos.

Desesperado, se quitó los pantalones. A punto estuvo de deshacerse de su ropa interior pero él, pese a querer adentrarse entre los muslos de la chica, anhelaba también un poco de juego previo. El disfrute pre-coito. ¿Cuándo volvería a tener la oportunidad?

Se acostó sobre ella, sintiéndola como muñeca de trapo, su propio títere personal. Una de sus manos tomó parte de su cabello y lo jaloneó, moviéndole la cabeza unos centímetros.

- Ginevra – ella lo miraba sin ver. Sus ojos, tan apagados como dos luciérnagas muertas. – Cierra los ojos – era mejor no verlos. – Y abre las piernas – se acomodó entre sus blancas extremidades, rozando sus pelvis. Aún con los trapos de la ropa interior, sentía el calor desprender de su sexualidad. La erección dentro de sus bóxers palpitaba, afanosa. – Joder – se apretó contra su cuerpo. – Mierda… alza los brazos – ella lo hizo. – Voy a… – de un movimiento le sacó la delgada blusa de tirantes, obteniendo un primer plano de sus senos cubiertos por su pequeño brasier. Los apretó con ganas pese al corpiño. Tenía un atrayente caminito formado por pecas que, con desesperación, comenzó a besar. – Merlín… – continuaba frotándose contra su sexo aún vestido. En su estado inconsciente, capturada contra su voluntad en algún recóndito lugar de su mente, el cuerpo de Ginny respondía a los estímulos físicos. La mujer osciló sus caderas hacia delante, contrayendo las nalgas y flexionando las rodillas. – Joder… ¡Sí! Muévete conmigo… – intensificó la fricción, tomándola de los muslos pálidos. – Sí… así… así… muévete – hizo aumentar el baile pélvico. Las descargas eléctricas incendiaban cada músculo de su cuerpo, ocasionándole deliberados espasmos.

El placer era extraordinario y se preguntó si podría correrse, excitarse de nuevo y, de una vez por todas, enterrarse en ella. El cierre perfecto.

- Maldición… ¡Así! ¡Aah! – Se oprimía violentamente, sin cuidado alguno de hacerle daño. Sólo quería… - Ya casi… continúa, ¡fuerte! – Ginny agredió con frenesí. Una de sus manos, puesta en el culo de la mujer, toqueteó la humedad sobre su intimidad. Estaba más que lista. Ella también sufriría de un orgasmo con apenas el primer round, sin penetración. – Ya casi… joder… – acrecentó la velocidad, sintiendo la apertura de sus labios vaginales, el roce agudo lo estaba llevando al punto fulminante de todo. – Casi… casi… ¡Dios!

- ¡Ginny! – gritaron desde la puerta. Quien se encontraba allí, debía estar tocando desde hacía rato.

Pero él, ¿cómo lo iba a escuchar? Sin tan gozoso estaba, disfrutando tanto…

- Maldita sea – asustado, se levantó cual resorte. - ¡Maldición! – el dolor en su entrepierna era inaguantable.

- ¡GINNY! – golpearon, seguramente tratando de abrir. ¿Quién carajo sería? No tenía tiempo. No podía dejarse ver y menos ser atrapado, fuese o no fuese Neville Longbottom.

- Ginevra, ponte cómoda – cubrió su cuerpo semi desnudo con la sábana e invocó el hechizo que permitía infundir un sueño profundo. La mujer suspiró, ahora dormida.

Octavius, encolerizado y blasfemando como nunca antes, tomó sus pantalones y desapareció. No sabía si a su señora le importaría o no aquel desliz con la joven y bonita. No abriría la boca, de todas formas. La ira no se lo permitiría.

O O O O

Tardó en recordar que Ginevra guardaba una llave extra incrustada tras la lámpara de un lado de su puerta. Siempre le criticó aquella costumbre muggle; pues cualquier desconocido podría dar con ella e irrumpir dentro. El alohomora no serviría para un mago si ella recordaba aplicar el hechizo protector que tantas veces le pidió que utilizara y que, ojalá, aún le diese uso.

Harry aguardaba a que sí, aunque sabía de antemano que no. Ginny no era la misma. Estaba tan dispersa, en suma medida. En su ser se había moldeado una mujer con características muy diferentes a la Ginevra Weasley original.

Tomó la pequeña llave después de agarrotarse el hombro. Un alivio que las gemelas Perla y Rubí salieran a chismorrear justo cuando él cerraba la puerta tras de sí.

- Ginny – su mirada barreó el lugar minuciosamente. Todo parecía normal. – No está aquí – podía ser que anduviera con sus padres o con alguno de sus hermanos; incluso podía estar con el pequeño Teddy. ¡Eso deseaba! Locamente.

Él había disfrutado, con añoro y melancolía, verlos compartir un helado.

Miró la cocina y echó un vistazo a la habitación. Ahí estaba, cubierta hasta el pecho con una frazada. Dormía, ignorante a su presencia.

- Está todo bien, tranquilo – se dijo, queriendo apaciguar a su precipitado corazón. El pobre no aguantaría más emociones, se sentía en el límite.

Bostezó, estaba condenadamente cansado y con los músculos de su cuerpo un poco adoloridos. Y ahí veía esa cama, tentadora en extremo no por la comodidad que prometía, sino por el cuerpo de su Ginny.

Se permitió el gesto egoísta, la acción que, sin duda, podría terminar matándolo. Con el fin de prevenir aquello, se hizo con la varita de Ginny y la ocultó en su pantalón. Todo su ser pedía a gritos la cercanía de esa mujer, el contacto de su cremosa piel y... ¡Merlín! Que lo destriparan si no podía volver a abrazarla.

Se acostó a su lado, medio cubriéndola con su pecho. Y sin darse cuenta, se quedó dormido.

Fue más que una siesta, duró un poco más de tres horas. Un descanso necesario e inducido.

Ni siquiera recordaba haberse desvestido. Despertó aún con cierta pereza, pudo dormir un poco más pero…

¿Dónde estaba? En su departamento. Esa era su cama y sus sábanas. ¿Quién…?

- Dios mío – una mano le rozaba el plano vientre por sobre la frazada. ¿Qué había pasado? Estaba prácticamente desnuda con ¿quién? Su cerebro parecía estar girando dentro de su cavidad craneal, era terrible la conmoción. – Quién… - el sujeto resopló entre sueños, chocando su aliento contra el pelo rojo. – Dios, Dios, Dios… ¿qué pasó? – empezó a separarse, lento. Tardó un poco en estar sentada en la cama, con las sábanas sobre sus piernas. Sus ojos, descomunalmente abiertos, observaron al hombre.

Harry percibió el cambio en el ambiente. Abrió los ojos sin ser del todo consciente de la situación, y miró a Ginny.

Sus párpados abiertos de par en par, anonadados. Su rosada boca formando una especie de "o" medio deforme… sus manos aferraban la sabana con excesiva fuerza, le temblaban los dedos ante la presión y Harry temió que de allí se desmayara o sufriera de alguna especie de ataque.

- Ginny…

- ¿Qué?

- Yo no…

- ¿Eres tú? – al joven le costaba escucharla, se expresaba con apenas un hilillo de voz.

- ¿Qué?

- ¿Eres tú? ¿Otra vez? – hizo ademan de tocarlo, mas no terminó de soltar las sábanas. – ¿Harry?

Él no entendía nada. Pensó que Ginevra caería en desesperación al apenas verlo como Liam, pero… ¿Acaso ella…? ¿Qué había dicho?

Se incorporó sin apartarla de su vista. Se abstuvo de rozarle un brazo, aún cuando se mostraba más pasmada que nunca. Él estaba en lo propio, confundido hasta más no poder.

Trató de ser empático, de colocarse en su posición y ver cómo podían salir de aquel problema. ¿Qué pensaría? Había creído que la mujer entraría en crisis al detallarlo, a ese joven de piel oscura y ojos miel que, de la noche a la mañana, buscaba infiltrarse en su vida a como diera lugar.

Ahí estaba, sobre su cama, ella con poca ropa. En la mente de cualquier persona se formaría una obvia respuesta.

- Ginny… yo no…

- Harry – gimió ella. Él parpadeó, liado ante la realidad. ¿Cómo era posible? ¿Acaso Ginny podía verlo?

Estudió sus propias manos, estupefacto. Aquello lo había hecho en un sueño que desconocía, del que no se acordaba porque no lo vivió. En aquella ocasión todo venía del subconsciente de Ginny.

Pero allí, en ese loco capítulo de su loca historia, todo era real. Sus manos no eran oscuras sino blancas. Eran sus dedos, sus brazos. Toco su cara y sí, eran sus facciones. ¿Cómo pasó? Poca importancia le dio. Volvía a ser Harry, ¿qué sucedió con el cuerpo de Jake? No importaba. ¡Volvía a ser Harry!

Por primera vez, desde que aquella inverosímil situación comenzó, sonrió con esperanza.

- Harry – Ginevra se removió, apoyándose sobre sus rodillas. Una de sus manos se acercó, cautelosa y un poco temblorosa, hacia su mejilla. - ¿Estás aquí? – apoyó la palma en su piel, sintiéndola verdadera, palpable y auténtica.

Eran tres las teorías posibles que ella desdoblaba en su cabeza; uno: estaba muerta (ahora sí, realmente muerta); dos: perdió la cordura, requeriría de un centro psiquiátrico y de especialistas con jeringas llenas de sedante; o tres: estaba soñando.

- ¿Qué me pasó? – se cuestionó, presionando los dedos sobre el cachete de Harry.

- Ginny… yo es…

- Tú, ¿estás aquí?

- Sí, mi vida. Si. Yo... estoy aquí.

Sí, fuese como fuese, Harry estaba con ella.

Si había muerto, ¿qué más daba? A todos les tocaba, ¿no era así? Si estaba loca, ¿qué importaba? En aquel mundo, tan desequilibrado y perdido, los locos eran más felices que los supuestos cuerdos. ¿Cómo decía esa canción de rap que escuchó una vez? Un loco es realmente loco cuando dice que un hombre está muy loco… o algo así. Y si en realidad estaba soñando, ¿qué pasaría? Tenía que disfrutarlo.

- Harry – lo abrazó con fuerza, apretándose contra su cuerpo. Él apenas pudo moverse para que ambos brazos la rodearan. – Estás aquí.

- Sí, preciosa.

- No te desvanezcas - hundió la cara en su cuello.

- No, Ginny. Yo…

- No vayas a dejarme de nuevo, por favor.

- No lo haré – hablaba con el alma mas no con la mente. Estar con Ginny le eclipsaba el pensamiento, podría decirle cualquier cosa, prometerle cualquier disparate. – No voy a dejarte nunca.

- ¿Lo prometes? – movió la cara y descansó su frente en la de él. Harry se maravilló ante la cercanía de su figura, sus ojos prendidos, la piel llena de pecas…

- Lo prometo – rozó su nariz y la besó, dejando escapar la poquísima fuerza de voluntad que había logrado sobrevivir en su interior.

Era el paraíso dentro del propio infierno. Ginny le acarició el cabello, milagrosamente azabache y un poco largo, antes de deslizarle los dedos por los laterales del cuello.

- Te extraño tanto, amor… Yo no… no sé qué fue lo que… ¡lo siento! Yo no…

- Ya – volvió a besarla. – estoy contigo. – besó su nariz.

Ginevra se estremeció. Conocía con detalles cada sensación producida por Harry, y en lo que depararía.

Si todo ese episodio era producto de su cabeza, pues excelente. En su mente pasaría lo que le diese la gana; aquello no era una limitante, de lo contrario, no se habría levantado tan condenadamente húmeda, como si hubiese sabido que el amor de su vida estaría ahí, de nuevo con ella. Había estado soñando con él, recodando sus momentos, y allí lo tenía.

- Voy a hacerte el amor ahora. Si esto es un sueño, podría despertar pronto – pensó en la tercera teoría.

Harry la miró con los ojos bien abiertos. Sus palabras, su iniciativa al empezar a desabrocharle los botones de una camisa que tenía desde su último año en Hogwarts, lo dejaron pasmado.

- Ginny…

- No te hagas del rogar – jaloneó el borde de su pantalón, instándolo a elevarse hasta quedar igualmente arrodillado.

- Ginny, esto no es…

- Por favor – besó su boca, entreabriendo sus ya separados labios un poco más. – Te he extraño como una maldita demente y ya perdí la cabeza. ¿Acaso tú no me extrañas?

- Cada minuto, mi vida.

- ¿Entonces? – besó su pecho, ya libre de la camisa. Era blanco y un poquito velludo. Sí, en definitiva era el antiguo Harry.

No le valía el raciocinio ni la sensatez. Todo era muy hermoso como para ponerse a analizar. Tomó el rostro de la mujer entre sus manos y la besó con tanta devoción que Ginny jadeó, acaloradamente embobada.

- Te amo – confesó sobre sus labios.

- Y yo ti, mucho. Te amo, y te extraño y te quiero para ya – se abrazó a su cuerpo. – No vayas a irte.

- No – le apartó el pelo y acarició lo largo de su espalda, aprovechando el curso de sus dedos para desabrocharle el corpiño. Cumpliría sus deseos, todos y cada uno. Siempre lo que ella deseara.

Fueron muy pocos los segundos empleados para terminar de desvestirse. Sentían las pieles calientes. Sus manos reconocían todos los caminos, puntos sensibles y cada recoveco. La delineación de sus columnas, el hueco que se apreciaba entre sus costillas al arquear las espaldas… Harry se hundía con ambición y posesión, ávido por su ser. No podían ni pretendían esperar tanto. Lo querían todo al mismo tiempo, sin aguardo y con prisas.

- Amor… - Ginny enredó las piernas en torno a sus caderas, acompañándolo en lo que predijo, eran las últimas embestidas antes del clímax. Sus cuerpos se conocían demasiado bien.

Harry besó su garganta al tenerla expuesta, sus senos erguidos y su hombro derecho.

- Aquí – la llamó, deseando ver sus ojos. – Amor, mírame, por favor – jadeó al ella propiciar una intensa arremetida, envolviéndolo con su calor. Ginny enfocó su vista hacia él, sus pupilas estaban dilatadas y le medio bailaban las aletas de la nariz al respirar con irregularidad.

- Te quiero… ya – gimió.

- Vente conmigo – la besó fervientemente, chocando luego sus frentes. El sudor de ambos se entremezclaba por todas partes. – Vente conmigo.

- Siempre – se arqueó hacia él, apoyando casi toda la coronilla contra los almohadones.

Harry besó su pecho y se dejó desvanecer. Era un encanto sentir el orgasmo al mismo tiempo, al mismo nivel.

Aguardaron un poco, recobrándose.

- Te amo mucho, mucho, mucho – ella dio besitos en todo su rostro. – Mucho – detalló sus ojos, verdes y bellísimos. - ¡Dios! ¡Y no he despertado! – lo abrazó. Harry descansó sobre ella, dejándole parte de su peso. – Gracias – besó su cuello.

- Te amo.

- Tenemos que hablar… de muchas cosas – él bostezó, sin poder contenerse. La extenuación volvía con más insistencia cada vez. – ¿Estás cansado?

- Sí – apretó sus parpados. – Lo siento. Últimamente me siento muy agotado – se movió un poco, acomodándose a su lado, manteniendo sus piernas enlazadas y la cabeza sobre su pecho. Con su nariz le rozaba la piel llena de pecas.

- Puedes dormir un rato. Yo me quedaré aquí, bien despierta. Si me duermo, temo despertar y no encontrarte. – sería un sueño dentro de un sueño. ¿Sonaba ilógico? Tal vez sí estaba loca.

- Voy a estar aquí, Ginny – volvió a bostezar.

- ¿Me lo prometes? - preguntó una vez más.

- Te lo prometo.

- Abrázame fuerte, y no me vayas a soltar.

- Nunca – dio un besito a su tez. Ginny hundió la nariz en su pelo negro y respiró, delirante por su aroma.

No tuvo claro si se trataba, al fin y al cabo, de un sueño, la pérdida de su juicio o el final de su antigua vida. Igualmente, no quería dormir. Mas el letargo fue inevitable. Estaba sumamente relajada en brazos del único hombre de su vida, y dormirse le tomó sólo cinco minutos.

O O O O

Temblaba de la impotencia. Escupió contra el piso una bola de saliva, seguramente acumulada por la rabia, y pateó una piedra irregular.

Maldecir era poco. Sentía ganas de matar.

- ¡OCTAVIUS! – llamó su señora. A punto estuvo de gritarle ante su frustración; decirle que se fuera al infierno, de una maldita vez.

Resoplando, casi como un toro en las corridas, entró a la cabaña. La luz del sol se filtraba por entre las rendijas hechas sobre la madera vieja.

- Mi señora…

- ¿Dónde está?

- Mi seño…

- Ginevra Weasley, ¿dónde está? – caminó hacia él.

- Mi señora, iba a…

- ¿Acaso no te dije el poco tiempo que tenemos? ¡Esto es para ya! Aquel idiota – señaló la habitación – es peor que el tipejo anterior.

- Lo siento, mi señora. Un contratiempo. Iba a dar el movimiento pero… un contratiempo con Ginevra Weasley hizo que abortara el…

- Un contratiempo – se inclinó un poco, detallándolo. Octavius dejó de respirar al sentir como el aliento de la mujer penetraba sus fosas nasales. – Bien, un contratiempo… puede ocurrir – se irguió, dándole la espalda.

Cuando él volvió a permitir la entrada de oxigeno a sus pobres pulmones, más calmado, la mujer volvió sobre sí, sorprendiéndolo.

- ¡Por favor, no! – se quejó, mas no fue dolo lo que sintió precisamente.

La mano de la bruja cubrió todo lo que el pantalón manchado le permitía. Su entrepierna percibió la poca sutil caricia, despertando.

- Octavius, Octavius…

- Mi señora… - jadeó.

- Octavius – apretó con fuerza, lastimándolo.

- ¡Por favor! No…

- Controla a tu mísero gusano, infeliz.

- Yo no…

- Tengo ojos hasta en la espalda, estúpido.

- Yo… - recordó la desgraciada bola de cristal. – Yo…

- Trae a Ginevra Weasley – más presión alrededor de su miembro, lacerándolo. – Y cuando acabe con ella, te la cederé.

- Mi señora…

- Antes no, ¿está claro? Arruinaste tu oportunidad, así que atente al nuevo plan. ¿Entiendes, querido? – sus dedos exprimieron otro poco.

- Sí, sí, mi señora. Perdóneme.

- Humju… esto parece manguera de hule – pintó a su voz con un fingido tono de lástima.

- Lo siento.

- Igual, algo pasó. ¡Una fortuna! ¡La lotería! Y debemos aprovecharla.

- ¿Qué? – Octavius no entendía.

- ¿Recuerdas al idiota oscuro que peleó contigo y tú, tan inútil como siempre, lo dejaste escapar?

- S…sí… iba a investigarlo cuando…

- Cállate, y trae a Ginevra Weasley.

- ¿Hoy?

- ¡No! mañana, será mañana.

- Sí, sí.

- Y paciencia, querido. Pronto lo tendremos todo – soltó su miembro en un atropellado movimiento, sacudiendo sus manos contra el faldón negro. – Es una promesa.

Octavius recuperó el aliento, cerrando los ojos. Ya todo acabaría pronto.


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