Con este capítulo he acabado las hojas de mi cuaderno, debo pronto conseguir otro.

¡Gracias, gracias totales a quienes leen! Estamos ya llegando al final de esta historia, falta poquito.

Dejo leer... Cualquier cosa, ¡soltar en un review!


Entre los vivos.

Capítulo XVII.


Despertó con el corazón mugiendo asombrosamente, temeroso ante la suposición de que todo se trataba de un sueño, lo más lógico y razonable. Mas ahí estaba. La noche había caído ya y una leve brisa hacia bailar las cortinas de la habitación.

La emoción le ocasionaba una bola en la garganta, impidiéndole cualquier palabra. Quería despertar a Ginny, sentirla bien antes de soltarle la bomba, explicarle todo el circo en el que ambos eran partícipes sin consentimiento ni aceptación.

La miró, su pecho subía y bajaba armoniosamente. Dormía tranquila y sin amenazas, por los momentos. La detalló con enfermiza precisión, dejando que su fascinación por ella le calara hasta los huesos, recordando todo el tiempo juntos e incluso mucho antes, cuando solo la apreciaba como la hermana de su mejor amigo. Su cuerpo, árido de todo tipo de prenda, aferrado al suyo; la presión de su piel… se encantaba con su cautivador ombligo y su estrecha cintura. Una marca empezaba a pintarse de color violeta cerca de su cadera, similar a un cardenal. Qué raro, pensó. No recordaba haberla tomado con tanta fuerza, al menos no en esa ocasión. Su mente guardaba recuerdos que los mostraban como un par de salvajes durante el sexo. Observó unas marquitas similares que nacían en su muslo derecho… Qué raro.

Sus pensamientos preocupados detuvieron su vacilación al él enfocarse en sus piernas, cruzadas unas con otras como si fuesen dos pares de lazos. No fue una buena jugada de sus mentes… (buena, sí, porque estando juntos nada era malo). Ahí lo tenía, sus blancas y velludas extremidades entre las de Ginevra. Ese era su cielo particular, sin verdes prados ni ángeles por doquier.

Su nariz le tocó el cuello sutilmente, queriendo y no queriendo despertarla. Aquella caricia le hizo a Ginny abrir los ojos y observarlo. Sus pupilas cambiaron apenas lo enfocó, dilatándose ante la vibración de todo lo acontecido.

- Hola – dijo en voz baja, no queriendo acabar del todo con el dulce silencio apresado entre esas paredes.

- Hola, tú – le acarició el cabello. – Sigo soñando.

- Ginny, yo no sé si esto es un… - ella colocó su índice sobre sus labios. Le dio un beso y sonrió.

- No importa, aquí estamos – fuese cual fuese la situación, estaba con Harry, y se sentía de maravilla.

- Tenemos que hablar.

- No quiero ahora.

- Debemos hacerlo – cerró los ojos ante el contacto de sus dedos en la mejilla. – Ginny…

- Hablar, hablar… entre nosotros, las cosas no se arreglaban precisamente hablando – lo besó, y Harry, pese a que su misión aún se encontraba consistente en su mente, se dejó llevar. – Te amo.

- Y yo a ti, mi vida. Pero tenemos…

- No abras la boca. No lo hagas si es para decir algo que arruinará esto. Te lo suplico, no lo hagas. Es mi sueño y no voy a dejar que lo estropees.

- ¿Cómo sabes que es tu sueño y no mío?

- No voy a perder el tiempo discutiendo contigo – le haló el cabello con poca delicadeza, apropiándose de su boca. El aliento se les cortó y no supieron de nada más. Separaban sus labios apenas unos centímetros, recuperando un poco de oxígeno, y pegando sus cuerpos resquicio contra resquicio.

O O O O

Cuando aquel joven de piel oscura apareció quien sabía de dónde, no pensó que su intromisión la beneficiaría tan pero tan bien, una fortuna. Sacar provecho de las situaciones era una de sus especialidades; aun cuando el escenario de los acontecimientos esté tan lleno de porquería.

Pero algo no entendía, y no entender algo le molestaba en demasía. Octavius hizo bien en quedarse afuera, despotricando contra quien le diese la gana. Podría haber descargado un par de maldiciones contra su enclenque y desbaratado cuerpo, solo para desahogarse.

La bola brillaba y mostraba un espeso humo verdoso; la imagen era tenue pero lograba distinguirla. No comprendía cómo, no tenía ni la más remota idea de cómo Ginevra Weasley podría estar con aquel muchacho, tan apasionada e indomablemente, como si se tratara del mismísimo Harry Potter. ¡En nada se parecían, siquiera!

- Algo pasó – pegó la cara a la bola, tratando de captar cada detalle, un tanto celosa y bastante frustrada. Hacía tiempo, tiempo, que no compartía intimidad con un hombre, y la satisfacción de sentirse deseada se había diluido de su paladar hasta dejarle el acre sabor de la desdicha.

Envidiaba a Ginevra Weasley, no solo por lo joven y bonita, sino también por verse gozando del sexo que ella tanto echaba de menos. Manipulada o no, lo gozaba la desgraciada.

Miró de nuevo a los dos amantes, tomando detalles del joven.

- ¿Qué le hiciste? – lo señaló. – Para bien y para mal, apareciste – sonrió torcidamente. Solo debía esperar unas cuantas horas, ni más ni menos.

Dejó de fisgonear y se dio a la tarea de prepararlo todo. ¡Era tiempo!

O O O O

Ronald Weasley despertó exactamente como esperaba hacerlo los días siguientes, de los próximos años del resto de su vida. Era temprano, había claridad aún sin el sol de por medio.

Hermione se removió sobre su pecho, sus rizos le hacían cosquillas en la barbilla y casi, casi le metía las puntas en la nariz. Movió la cara, apoyando la mejilla en su coronilla, y esperó a volverse a dormir.

- Tengo frío – murmuró la mujer, medio despierta. Ajustó los brazos alrededor de su prometido y alzó la cabeza. Ronald la cubrió un poco mejor con la sábana. – Ya es hora de levantarnos.

- Podemos tomarnos el día.

- ¡Nada que ver! Ya falté ayer por cuestiones de la boda – se semi incorporó, apoyando un codo en la cama y dejando que la sábana volviera a deslizarse, exponiendo sus senos. – Me he estado enfocando en los preparativos y dejado un poco el trabajo de lado. Quiero adelantar lo más que pueda en el ministerio, dejar listos muchos pendientes para poder estar tranquila en la Luna de miel – le besó entre las clavículas. - ¿A dónde iremos?

- Es una sorpresa – tomó uno de sus rizos, aunque la concentración de sus ojos se fijó en sus pechos desnudos.

- Una sorpresa…

- Te gustará.

- Y si estás conmigo… - lo besó suavemente.

- Quiero verte relajada. No quiero oír nada relacionado con el trabajo.

- Después de casarnos. Oye, ¿las pruebas para auror?

- No me ha llegado el comunicado.

- ¡Atento, Ron! Recuerda que tampoco te había llegado el comunicado que indicaba el cambio de hora.

- Estoy atento.

- ¿Me acompañarás? Trataré de salir temprano. Podemos almorzar juntos antes de verme con mi madre. Podrás preguntar al mismo Kingsley cuando retomarán los exámenes – el pelirrojo resopló, visiblemente fatigado ante la idea. – Anda, ven conmigo.

- Bueno, solo si… - tomó las sábanas y los cubrió de pies a cabeza. Ambos rieron como un par de niños traviesos.

A Hermione no le gustaba llegar tarde al trabajo. ¡Quien la conocía lo sabía! Para nada. Mas ese día, ya pasada su habitual hora de llegada, aceptó la observación del jefe superior con una gran sonrisa en la cara. En su escritorio ya tenía su taza de café. El brebaje humeaba levemente, y junto a él estaban las carpetas llenas de informes.

- Señorita Granger – era Joseph Thomas, uno de los jóvenes pasantes en el área de regulación mágica. - ¡Buenos días!

- Buen día – apenas se había sentado y tomado su taza.

- Disculpe las molestias. Esperaba a que llegara pronto para – sacó del bolsillo de su pulcra túnica un sobre arrugado – entregarle esto. – Tendió la carta, apenas la había encontrado en sus archivos personales.

- ¿Quién la envía?

- Solo tiene a los destinatarios. Su nombre y el de su prometido, Ronald Weasley – Hermione tomó el sobre, inspeccionándolo con curiosidad. – Lamento esté un poco arrugado. ¡Bah! Muy arrugado, es que recién lo encontré entre mis carpetas, no sé cómo llegó a parar entre mis cosas. – Joseph Thomas pensó; tal vez la confusión había sucedido el día anterior, cuando él, Lina -su compañera-, y un chico raro de piel oscura habían tropezado cerca de la cabina. Seguramente Lina llevaba la carta. Y si así era, ¿por qué no la había buscado ante su desaparición?

Se alzó de hombros, no tan interesado en la situación.

- Descuida. Gracias por traerla – detalló el papel, el sobre estaba abierto.

- ¡No leí nada! – exclamó - Créame, estaba abierto cuando lo encontré y...

- No te preocupes, Joseph – sonrió. El joven era un pan de Dios y dudaba que le mintiese porque sí, con una simple cartita. – Anda, vuelve al trabajo. Y gracias – repitió.

- Siempre a la orden – salió con grandes pasos de la oficina, cerrando la puerta tras de sí.

El sobre contenía un pergamino descuidadamente doblado. Quien lo escribió, se encontraba en suma medida agitado. La caligrafía era difícil de leer y algunas palabras resultaban indescifrables. No obstante, se entendía el mensaje. Y Hermione, con las manos temblorosas y el corazón disparado con anomalía precisión, llamó a gritos a Ronald.

O O O O

- No estás en ti, ¿qué pasa? – por primera vez, ponía sus necesidades por encima de cualquier otra cosa que resultaba ser más importante. ¡Quería estar con Ginny!

Se movió a un lado, pegando sus labios a la nuca de la mujer.

"Quiero estar contigo, cariño" – respiró fuerte, en su pecho sentía la respiración armoniosa de la joven. "Quiero estar contigo. ¿No puedo quedarme contigo?" – abrazó su cintura. "Te voy a cuidar. Nadie te hará nada malo. Quiero estar contigo."

¿Y qué sucedería? ¿Qué había pasado, principalmente, con su cuerpo, con la figura de Jake? ¿Volvería a ser el mismo Harry Potter? ¿Un milagro? ¿Cómo era la cosa?

"¡Dios! Nunca pedí nada. Solo quiero estar contigo" – hundió la nariz en el pelo rojo, quedándose quieto.

El mundo por el cual había sacrificado su vida en una ocasión volvía a estar en peligro y nada quería hacer sino estar con Ginevra, "Quiero estar contigo." Y, ¿estando con ella, no ayudaba? ¡Si Ginevra era una pieza importante para la hija de puta!

- No voy a apartarme de tu lado – la frase salió contenida al tener la boca pegada a su cuello. Sentía cada parte de su cuerpo. Ginevra se movió, girando a un lado todavía con los ojos cerrados. Un rayo de sol, tal vez el primero del día, se coló por la ventaba, entre una diminuta apertura de las cortinas, y dio sobre el pecho de la joven, entibiándole la piel clara. Ella sonreía, y Harry no estaba seguro de si aún dormía. – Hermosa.

- Te quiero – lo abrazó como si fuese un oso de peluche. El descansó la frente contra la suya y siguió con sus torturantes cavilaciones. Ginny dormía como un bebé.

"¿Qué vas hacer?" pensó, no queriendo abrir la boca para despertarla. "¿Qué harás? ¡Joder! Volvimos al mismo punto." "Y eso sucede, Harry, cuando empiezas a caminar sin trazar un sensato plan. Das vueltas, y regresas al mismo sitio." – eran sus pensamientos, martilleando con potencia su consternada cabeza. Sin embargo, mucho no le costó imaginarse la voz de Aarón soltando aquel discursito. "¿Qué voy a hacer?"

Miró a Ginny, cincelando cada fina facción de su rostro. No se cansaba. Se inclinó, anhelando el roce de sus labios entreabiertos. Apenas presionó contra su boca cuando la sintió responderle con ternura.

- Eres tú – dijo ella, aún sin abrir los ojos.

- Ginny…

- Yo no sé… - abrió los ojos, y todo su mundo volvía a caerle encima, más helado que un tempano de hielo, y de nuevo la aplastaba sin misericordia alguna. – No…

- Ginny… – la contuvo en un abrazo al sentirla oscilar enérgicamente. Los espasmos de su cuerpo eran raudos y hacían temblar el colchón. Toda su extraña reacción fue muy rápida; en un abrir y cerrar de ojos, había perdido el control. – ¡Ginny!

- ¿Qué me hiciste? – comenzó a llorar, incontrolable. – ¿Qué me hiciste? ¡Suéltame! – pateó sus piernas, antes magníficamente entrelazadas, y comenzó a golpear su pecho. Harry le tomó los brazos, buscando paralizarla.

- ¡Ginny! Cariño, ¿Qué pasa? ¿QUÉ PASA? – se asustó ante la posibilidad de un ataque de ansiedad, por lo que no se contuvo en gritarle. - ¡GINNY! ¡ESCÚCHAME! Qué… ¡Cariño!

- ¡NO ME HABLES ASÍ! – logró liberar una mano y abofetearle la mejilla. Harry se aturdió ante el impacto, dejándola libre sin querer.

El cuerpo de Ginny saltó de la cama, aferrando las sábanas para cubrir su desnudez. Harry la vio, echa un mar de lágrimas. Negaba ininterrumpidas veces con la cabeza, viéndolo, totalmente horrorizada,

- ¿Qué me hiciste? – en la mente de ella, todo estaba claro. Seguía preguntando al no poder canalizar la terrible situación de una mejor manera. ¿Cómo hacerlo? Era imposible.

¡Todo estaba claro! No había sido una pesadilla, ni un sueño; no estaba muerta y tampoco estaba loca. Liam la había hechizado y abusado de ella.

"¿Abusado, Ginevra? Te le entregaste como conejita de feria."

- Creí que era Harry – susurró para sí, ante su auto-regaño. – Creí que era Harry. Yo no quiero estar con otro hombre, quiero estar con Harry. – Lloraba a lágrima suelta y Harry no sabía qué hacer.

Él se estudió, tal cual lo hizo al comienzo de todo aquel momento en la habitación. Volvía a ser Jake-Liam. Pero acaso... ¿sería que... nunca había dejado de serlo?

- Ginny, escúchame – se arrodilló en la cama, buscando a tiendas alguna tela para cubrirse. – Ginny…

- Cállate – secó las lágrimas. Con rapidez viró hacia su mesita de noche, buscando su varita.

- Ginny…

- No está – lo miró, estremecida. Aquel sujeto se valió de su más confiable medio de defensa.

- Ginny… – se levantó.

- ¡No te me acerques! – tomó la lámpara, primera cosa que tenía a la mano, y la alzó por encima de su cabeza. Cualquier objeto podía ser un arma letal si se usaba correctamente.

El joven se detuvo, en pie al borde de la cama, tres pasos lejos de ella.

- Escúchame, por favor.

- No.

- Déjame acercarme, y explicarte todo – alzó ambas manos, mostrando sus palmas.

- ¿Dónde está mi varita?

- En el bolsillo de mi pantalón – señaló sus pantalones, olvidados hasta ese momento en el suelo.

Ginny, con un sollozo que se le hizo imposible de aguantar, se acercó a la prenda sin quitarle el ojo a Liam. Su cuerpo tiritaba, como si una ola de frío estuviese golpeándola dentro de esas cuatro paredes, cada vez más estrechas.

- Listo, la tienes. Pero, por favor, confía en mí y déjame expli…

- Cállate – la punta de su varita brilló, amenazante. – Cállate, cállate.

- Ginny…

- ¡CÁLLATE! – la lámpara que antes sujetaba estalló en miles de pedacitos.

Harry sentía la presión palpitante de su vena en el cuello. Su frente expedía grandes gotas de sudor helado.

- Ginny… - fue apenas un susurro que se permitió antes de verse inmovilizado de pies a cabeza. Cayó hacia delante, dejando el culo al aire y lastimándose la nariz.

Aun aturdida y asqueada consigo misma, Ginny corrió fuera de la habitación, buscando desesperada el teléfono.

- ¡Ginny! – un llamado preocupado la hizo brincar. Sufriría, tarde o temprano, de un ataque al corazón.

- ¡Oh! ¡Neville! – aún lloraba cuando se aferró a su amigo, soltando el inalámbrico.

- ¿Qué pasó? Venía y te escuché gritar y…

- Neville… – dejó que él la cubriera con su chaleco por encima de la sábana. – Yo no sé… ¡no sé! Estaba… – calló. – Espera – se alejó un poco – ¿Tú no habías venido hace… poco tiempo? ¿Ayer? – estaba más liada que nunca.

- No – le tomó los hombros. – ¿Estás bien? ¿qué pasó?

- No estoy bien – siguió llorando. – Yo… - miró el teléfono a sus pies. – Debo hacer una llamada – pese a que no gimoteaba, las lágrimas caían gruesas por sus mejillas pálidas. – Neville…

- ¿Qué pasó, Ginny? ¡Me preocupas!

- En mi habitación está… – miró su varita.

- Ginny…

- ¡No sé qué me hizo! Él… – se secó su mejilla con rudeza, como si una mancha le marcara la piel.

- ¿Qué pasó? ¿Quién…? – Ginevra lo tomó del brazo al verlo dirigirse a su cuarto.

- Ya está – sorbió por la nariz. – Debo llamar a Hermione, estará en el ministerio. – se inclinó a tomar el teléfono. Y nuevamente, Octavius la tuvo a su merced.

Lo que vio Ron, Hermione, los señores Weasley y dos Aurores del ministerio al llegar al departamento, fueron los restos de una lámpara de mesa.

- ¡Joder! – Ronald lanzó la puerta de la habitación, creando un estrepitoso ruido.

- Ron – Hermione lo llamó con apenas un hilo de voz. Sus ojos brillaban debido a las lágrimas y tenía los labios un poco morados y temblorosos. Tras ella, los señores Weasley guardaban silencio, demasiado preocupados como para decir algo, demasiado molestos por haber tardado tanto en llegar. – Ron… - la castaña miraba su teléfono. – Ron, Neville también desapareció. Hannah no sabe nada de él.


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