¡Hola, gente!

Nuevo año y nuevo capítulo. Doy las gracias a quienes se mantienen leyendo este fic, a mi amiga Cata, especialmente. ¡El cap es para ti, bella!

Espero hayan recibido el 2015 con todo el optimismo posible. Abajo nos leemos...


Entre los vivos.

Capítulo XVIII


- ¡Joder, Joseph! ¡Necesitamos que nos digas de dónde salió esa carta!

- No sé, señor – el joven se secó el sudor de la frente. – Estaba entre papelada en mis archivos del maletín. Pensé que la tenía Lina.

- ¿La señorita Jones?

- Sí. Ayer tropezamos llegando a la cabina y varias de nuestras cosas se mezclaron al caer.

- ¡Llamen a la señorita Jones!

- Está de permiso, señor – informó Víctor. Una conferencia en Berlín, salió esta mañana.

- Llámala, Víctor. La necesitamos aquí; dispón de un traslador para traerla si es necesario.

- En seguida.

- ¿Ginevra no hizo contacto con nadie extraño en los últimos días, Arthur?

- Estuvo en el atentado de la editorial, Kingsley – habló Ron. – ¿Acaso… era ella el blanco? – la señora Weasley sollozó.

- ¿Y Neville Logbottom?

- Me dijo que iría a verla ayer y… – Hannah resopló, tenía los ojos llenos de lágrimas. – ¡No sé nada de él! pensé que estaría en Hogwarts, ya que algo menciono sobre una charla con McGonagall.

- Luna está llegando – dijo Hermione, mirando su celular. – Almorzó con Ginny el día que Neville dijo que iría a verla, quizá pueda decirnos algo.

El jaleo en la oficina llegó a causarles migraña a todos. Luna no sabía nada de Ginny ni de Neville y Lina Jones no tenía ni la más remota idea de la existencia de la carta para Ron y Hermione. Tentaban a ciegas sobre ninguna pista.

- ¡Kingsley, por favor! – bramó la señora Weasley.

- ¡Nuestra hija! – exclamó Arthur, al borde de la desesperación.

- ¡Lo sé, lo sé!

- ¿Qué harán? ¡Algo hay que hacer! – Ronald se tomó los cabellos rojos, despeinándoselos.

El jefe de Aurores miró a los más jóvenes.

- ¿De verdad, no pueden decir nada más?

- Quisiera, señor, pero no hay nada más – respondió Josep. – Repasé todo en mi mente. La carta llegó a mí no sé como… pensé que era de Lina cuando tropezamos, ella junto con el otro chico… - abrió los ojos grandemente, como si recién hubiese caído en la cuenta de algo. – El otro chico…

- ¿Qué otro chico? – interrogó Ron, tomando a Josep de las solapas de su camisa. - ¿Qué otro chico?

- No… no lo sé – respondió, titubeante ante el trato del pelirrojo. – Un joven como nosotros, veintitantos, piel oscura…

Luna prestó atención. Vagamente, recordaba a un joven de piel oscura, hablando con Ginny en la fiesta de Jhon Holmes.

¡Y ahí otra posible pista a seguir! El vecino de arriba, también desaparecido.

O O O O

Tenía una historia como la de muchas otras personas, teñida tanto de alegrías como de tristezas. Recordaba, rigiéndose por el rencor, la nota más oscura. Había tildado su vida con decisiones que la llevaron hasta ese punto, hasta esa condición tan miserable y solitaria. Una flor deshojada. ¿Así él la llamó? Triste, fría y abandonada. ¿Y cómo no? Su hermano asesinado y dejada por el único hombre al que había amado.

Y sí, esas eran las razones. ¿Válidas? Ningún acto maléfico podía ser justificado. Y su pasado… ¿qué vida esperaba tener con aquel pasado tan marcado? Y era literal. La marca del señor tenebroso aún cubría la piel de su brazo, recordándole otro más de sus endemoniadas acciones. Era hielo seco, listo. Si se le debía poner un punto y final la descripción de su ser, sería ese. Hielo seco, punto. Quien la tocase, se quemaría.

Había cambiado su aspecto. Estaba más delgada y su cabello pintado de negro. Su rostro, blanco como el mármol y enmarcado por los mechones oscuros de su pelo alborotado, le daban un aire de locura y ansiedad.

- ¿Qué pensaría él, querida, si te viese así? – se preguntó, mirándose en el espejo.

Recordaba todo de ese hombre. Habían logrado escapar del carruaje poderosamente custodiado gracias una bomba de energía instantánea que había logrado infiltrar bajo su túnica. La impresionó de inmediato, no solo por haber logrado burlar a los guardias, sino por darle a ella una especia de atención primordial durante el ataque, protegiéndola. La sacó de en medio del combate cuidándola con su cuerpo, exponiéndose a los rayos asesinos que lanzaban los Aurores de un lado a otro, buscando acabar con ellos. Amycus cayó muerto a sus pies y ella hubiese sido la siguiente si él, tomándola por las mangas de la túnica, no la hubiese arrastrado hacia el bosque. Asía una varita que logró robar durante la exposición de los polvos mágicos de la bomba y arrojaba a ciegas hechizos protectores, evadiendo las maldiciones. Corrieron por mucho, mucho rato. Sentía que habían sido horas. Corría y corría y sus pies le dolían y sangraban. Quería echarse a la tierra y llorar por Amycus, llorar por su hermano. Pero él, aferrando su mano con increíble fuerza, se lo impedía. La jalaba con insistencia para continuar corriendo, adentrándose entre los árboles. Estaba oscuro y no veía nada. El clima era frío, sentía como si el viento helado le cortara la piel a través de sus ropas.

Cuando llegaron a un diminuto claro, cayeron de rodillas, jadeantes y exhaustos. Alecto Carrow creyó que sus pulmones podrían explotar en cualquier minuto.

- No soy un mal hombre, no soy un mal hombre, no soy un mal hombre… – murmuraba él una y otra vez. Sujetaba la cabeza entre sus manos y abría la boca en busca de grandes bocanadas de aire. La carrera los había agotado y tenían la lengua seca. – ¿Estás bien? – preguntó después de un rato, examinándola con atención por primera vez desde la huída. Tenía ojos profundos y una cortada en la sien. – ¿Estás bien?

- Estoy… bien – era mentira, su cuerpo tiritaba y los pies le latían. Le escocía una herida cerca de su muñeca y el pelo se le pegaba a los costados de la cara y sobre los ojos.

- No soy un mal hombre – repitió él, quizá para convencerse. – No estuve a favor del señor tenebroso. Yo solo… buscaba sobrevivir. No soy un mal hombre, no merecía ir a Azkaban – alzó una pierna y se levantó de la tierra.

- ¿Por qué tú…? – se quitó el pelo de la cara. Estaba confundida y sumamente cansada. Pero él… - ¿Por qué me ayudaste? Es…

- No soy un mal hombre – volvió a decir. – Y si puedo salvar a quienes pueda… – hablaba en voz baja, desviando de vez en cuando sus ojos hacia la espesura del bosque. No se escuchaba ni el más mínimo ruido. Alecto apenas apreciaba el susurro de las hojas cuando el viento soplaba por encima de los árboles.

- Mi hermano…

- Lo lamento – se acercó a ella y le tendió la mano. Alecto la rechazó, levantándose abruptamente.

- ¡Mi hermano!

- ¡No se podía hacer nada! – le señaló. – Por más que quisiera… tú…

- Suficiente – se dio un golpe en un muslo y el corte de la muñeca le ardió – Maldita sea…

- Puedo curarte eso.

- ¿Por qué a mí? ¿Por qué no a otro?

- Tomé la mano de quien estaba más cerca – fue eso, nada más. Que no pensara en estúpidas cursilerías femeninas. – Los otros reclusos corrieron en estampida hacia los árboles y tú te habías detenido para…

- Estaba con mi hermano.

- Lo siento.

Ella lloraba sin importarle nada. La conmoción de todo lo sucedido sacudía a su mente con violencia. Le dolía el cuerpo pero no el antebrazo. La marca tenebrosa se pintaba sin nada especial, inmóvil. Sería así ahora, todo el tiempo. Su amo ya no estaba. Amycus tampoco. ¿Qué haría?

- Puedo curarte, y después podrás hacer lo que quieras.

- ¿Qué? – habló con un hilito de voz. Tragó saliva y sintió la garganta rasposa, tenía mucha sed. – ¿Hacer lo que quiera?

- Lo que quieras. Solo debes cuidarte.

Hacer lo que quisiese, sonaba bien. Dejó que la ayudase; curó la herida de su muñeca y juntos buscaron refugio para los próximos días. Todo el mundo mágico estalló en revueltas y tumultos ante la caída de Lord Voldemort. El ministerio tardó varios meses en apaciguar las algarabías y revoluciones ocasionadas por los magos y brujas. Desconocía el paradero de los demás mortífagos, si muchos habrían logrado escapar o se pudrirían como ratas muertas en Azkaban. ¡Daba igual! Estaba con vida, a salvo con aquel hombre de ojos profundos que le había defendido y le ayudaba con evidente cuidado. Le había contado casi toda su historia. Era un boticario que experimentaba en busca de nuevas alternativas mágicas para la creación de armas masivas solo con el uso de algunos elementos de las plantas más raras y exóticas. La herbología se le daba muy bien, era brillante. Arriesgaba la vida para obtener las plantas más extrañas del mundo, ilegales para todo mago por su alto poder degenerativo y, en muchos casos, asesinos.

Decía que no era una mala persona, pero la ambición había tintado a casi todo su espíritu. Le ofrecían grandes cantidades de dinero por sus fórmulas y él, ciego por la avaricia, aceptaba los tratos de personas indudablemente peligrosas. Un par de magos lo traicionaron; cayó en manos de uno de los Aurores más respetados del ministerio, y así finalizó. Pese a que el mundo mágico se encontraba alterado, sumergido en la oscuridad implantada por Voldemort, aún había magos dispuestos a luchar por lo que ellos consideraban, era lo correcto. Él no había pisado azkaban, y pretendía no hacerlo nunca. Cuando el día final de la guerra se desató entre las paredes de Hogwarts y Lord Voldemort fue asesinado por Harry Potter, lo decidió. Aprovecharía aquel levantamiento para escapar de sus captores, liberando en el proceso a mucho de los mortífagos pero, ¿qué más daba? Aquellos magos no podrían volver a ser lo que eran, si pretendían vivir un poco más.

- No soy una mala persona, Alecto – le decía todas las noches. Habían desarrollado una extraña y poco sana relación que, solo para dos desequilibrados, era perfecta.

- Sé que no, Darius.

Era un poco chiflado pero ella lo amaba así, con sus defectos marcados. Convivieron juntos por varios meses, ocultándose de las revueltas y esperando a que todo se calmara. Debían estar en constante movimiento. Cambiaron su apariencia y adoptaron nuevos nombres.

Ella se enamoró casi de inmediato. Estaba, literalmente, loca por él. Se trastornaba ante la posibilidad de perderlo y él, asustado por sus repentinos ataques de inseguridad, por su cordura acabada, sus celos inexplicablemente infundados, no tardó en abandonarla. Había dejado una carta… unas palabras con una caligrafía pulcra que decía, además de un par de oraciones que expresaban cierta gratitud por las noches compartidas, que su partida se debía a una patológica necesidad de cambio. Ya habían sido más que suficientes los pasos equivocados; él se había propuesto una mejor vida después de la huída y creía ya haberla postergado demasiado.

Lo siento. Te deseo lo mejor, cuídate mucho.

- Una mejor vida… sin mí. Sin una maniática, enferma y demente mujer – arrugó la hoja de papel, manchada con un poco de tinta, y la arrojó al fuego de la chimenea.

La cabaña era lo único que le quedaba y lo único que mantendría para no morir de frío. Dejó de limpiar, dejó de cuidarse, su cabello sucio volvió a enmarañarse y su figura a adelgazar. Se lanzó al completo abandono, agonizando por su soledad. Volvió a recordar a su hermano y el tormento se amplificó, desgarrando de apoco las paredes que contenían su más apresado deseo de venganza. Cuando este se liberó, acabando con la poca sensatez que aún pudiese ella tener, Alecto se sintió más clara que nunca. Acariciando con su índice la marca tenebrosa, pensó en cómo hacer para salir del hoyo, resplandeciendo como una nueva amenaza para todos. Quería poder y quería una compensación por toda su desgracia. ¿Así pensaba su señor, cuando empezó? La añoranza de pisotear a quienes ella consideraba, no servían para nada. Y desquitarse en el camino, corroyendo la paz de la que todo el mundo mágico se jactaba.

Quería poder, ¿cómo obtenerlo? Una par de libros prohibidos que Darius había dejado (o había olvidado al ella guardarlos en su gaveta) describían varias formas para aumentar el dominio de cualquier mago o bruja que se dispusiese a cometer las artimañas que ahí mencionaba. Además, Amycus le había confiado un gran secreto, escuchado de la boca del propio Voldemort antes de comenzar el levantamiento. Su hermano, quien había tenido la osadía de espiar una de las conversaciones de su señor, conocía una nueva forma de apoderarse de la magia de cualquiera; solo debía escoger bien. ¿Quién era el más poderoso? ¿A quién valdría la pena exprimir cual limón, hasta verle escurrir la última gota de poder? El nombre de Harry Potter se pintó en su mente, tan nítido como la marca tenebrosa que se encargaba de resaltar todas las noches.

- Muy bien – debía estudiar la idea, plasmar el plan paso por paso. Era complicado, pues parte del encantamiento requería del consentimiento del mago para la transferencia de la magia. ¿Cómo lo conseguiría? los maleficios imperdonables estaban prohibidos en el proceso, su hermano se lo había aclarado. Todo debía transcurrir en una fecha específica y en medio de un solsticio que ocurría cada 177 años (faltaban tres años para cumplirse la fecha). Tenía tiempo, ¿qué haría? Estudiar cada paso de Potter. Estudiarle cada aspecto de su vida desde el momento en el cual se convirtió en el héroe del mundo mágico. Era un niñato con suerte, nada más. Y Alecto pensó que atraparlo sería sencillo, si simplemente no esperaba que le sucediera tal cosa; el factor sorpresa era el más conveniente. Pero antes, debía acabarlo de otra manera. ¿Cómo persuadirlo de darle su magia? El joven no era estúpido. Se planteó quitarle aquello que más apreciaba, lo que llegaba a amar más que a su propia vida y ofrecérselo después, con una sola condición.

Llegado el tiempo, algo falló. Potter murió y fue su novia, Ginevra Weasley, la que quedó con vida. Algo que no había previsto pero, ¿tan malo era? Conocía a la familia Weasley, asquerosos traidores a la sangre.

Ginevra Weasley, la séptima hija de siete hijos, la primera mujer en muchas generaciones, sangre pura. Decían que era poderosa, ¿tanto como Potter? Quizá no…

- Pero será suficiente, por los momentos - había murmurado. Si la magia de Weasley no le complacía, bien podría ir por otro mago. Sería pan comido después de la primea vez.

Agradecía la presencia de Octavius, su fiel y cochino vasallo. Fue muy útil, aún con sus equivocaciones.

Ahí estaba, custodiando cual perro vigilante la puerta del cuartucho donde Ginevra aún se mantenía inconsciente. Las ordenes fueron claras, no debía tocarle un solo pelo hasta ella haber cumplido su propósito.

- Falta poco, querido – le susurró, contagiándose de su ansiedad.

Fue a la segunda habitación frente a la chimenea, y dio un vistazo al cuerpo de Neville Lomgboton. El hombre se retorcía entre sus ataduras, murmurando incontables frases que se ahogaban contra la mordaza. Sus ojos llenos de miedo y preocupación, aún sin tener idea de lo que le pasaría.

- Ya todo acabará, tesoro – no quería verlo por tanto tiempo. De alguna manera, él le recordaba un poco a Darius. Alto, delgado y con la nariz larga. Sí, así fue el amor de su vida.

Antes de abandonar la habitación, miró a su segundo inquilino. El muchacho, al igual que Ginevra, aún no volvía en sí.

- Ya falta poco – se dijo, cerrando la puerta. Apenas Ginevra despertara, pondría el punto final.

O O O O

Luchaba con todas sus fuerzas, moviendo sus pies y muñecas de tal forma que podría incluso fracturarlas. No le importaba, quería escapar. El joven con el que ahora compartía aquel agujero no despertaba.

Si al menos… - trataba de pensar, aun con el temor atenazándolo, con la ignorancia de lo que esa desquiciada pretendía.

Moviéndose cual lombriz, retorciéndose y arrastrándose por aquel mugriento piso de madera, logró arrimarse hasta quedar junto al hombre. Con sus pies le dio un par de golpes a sus piernas, tan atadas como las de él.

Si llegaba a despertar, tal vez entre los dos pudiesen salir de esa.

Vamos, amigo… - pateaba los muslos de su compañero con gran insistencia. El joven se arqueó, haciendo sonar los huesos de su espalda, y movió el rostro hasta pegar la frente contra el suelo. Un alarido escapó de su garganta, escuchándose como el aullido de un animal agonizante al tener la mordaza. – Vamos… - él abrió los ojos, girando sobre sí para poder ver a su alrededor. Neville respiró, queriendo serenarse. Hizo un ruido para llamar la atención del joven y éste lo miró, asustado.

- ¡Ginny! – quiso gritar, mas el maldito bozal de tela se lo impedía. Harry observó el cuerpo junto a él, atado de cabo a rabo. - ¡Neville! – volvió a gritar, obteniendo como sonido un chillido ronco e inconexo.

Los ojos de su amigo le indicaban algo, ¿qué? Neville miraba a la puerta y luego hacia él, después observaba su mordaza y movía la cabeza de un lado a otro. ¿Silencio? Quizá era eso. Harry decidió no tratar de hablar. Con dificultad, se incorporó hasta quedar sentado. Neville hizo lo propio, apoyándose ambos contra la pared.

Ahí estaban los dos, imposibilitados; sin varita y sin ninguna idea en sus mentes. Harry cerró los ojos y respiró hondamente, arrepintiéndose de inmediato. El olor de aquella habitación era repulsivo. Después de un minuto, Neville lo llamó, moviendo su hombro contra el suyo. Si su amigo tenía un plan para salir de esa, se lo agradecería eternamente.

Nada, Neville estaba tan preocupado como él. Tenía la cara llena de sangre seca por un corte en su mejilla y barro en la frente, lamentaba mucho verlo en aquella situación; no pensó que la maldita hija de puta se ensañaría con alguien más que con Ginny.

Saldremos de esta – quiso decirle. ¿Cómo? No tenía idea… si tan solo pudiesen desatarse… las sogas eran gruesas y, por la textura rugosa, sabía que eran imposibles de romper siquiera con una daga bien afilada. Necesitaban una varita.

Volvió a cerrar los ojos y pensó, pensó, pensó hasta que el cerebro comenzó a latirle, tanto por la búsqueda de una buena idea como por el temor por Ginevra. ¿Dónde la tendrían?

Dios, que esté bien. Por favor, por favor… - quiso llorar. Sus ojos se aguaron y las lágrimas comenzaron a descender por sus mejillas, manchándole la piel. ¿Qué mierda había hecho? Tanto empeño en proteger a Ginny, a su Ginny, solo para terminar… ¿Qué hizo? Por su culpa estaba en aquella situación. Debió contarle todo apenas la tuvo frente a frente. Decirle todo sin importar nada más. – Dios, que esté bien… - su cabeza se dio contra la pared una y otra vez, lastimándose considerablemente. Mas no sentía dolor, solo la desesperación, sumergiéndolo poco a poco en la desgracia. Si Ginny estaba sufriendo, era por su culpa. – Dios, por favor…

Neville volvió a golpearle el hombro, Harry lo ignoró. Apretaba sus parpados como si sus ojos fuesen a explotar en cualquier segundo y zarandeaba sus piernas arriba y abajo. Neville lo empujó de nuevo, con tal urgencia que cayó a un costado, magullándose el hombro. Él sabía que debía guardar silencio.

Ginny, ¡Dios! Que esté bien. – y si aún estaba intacta, no sería por mucho tiempo. – Dios, ayúdame – debió hacerle caso a Aarón, a Aarón. Debió hacerle caso. – Aarón, ayúdame. – necesitaban ayuda y nadie más podría brindársela, nadie más que aquel extraño ser que tan decidido había expulsado de toda aquella locura. – Ayúdame, por favor. Necesito tu ayuda.

O O O O

Los Aurores corrían de un extremo a otro del ministerio, buscando información. Habían dado con la imagen de John Holmes gracias a la buena descripción de Luna, no obstante, los resultados de su búsqueda fueron negativos. No había vuelto a su departamento y su familia, quienes vivían en Alemania desde hacia doce años, no tenía noticias de él desde hacía meses. Sus padres, dos empresarios muy buenos tanto en el mundo mágico como en el muggle, tomaron el primer traslador a Inglaterra apenas Kingsley contactó con ellos. Era una extraña pareja; justificaron la poca preocupación por su hijo al no tener noticias de él diciendo que John, desde adolescente, tendía a perderse de vez en cuando.

- Su hijo podría estar implicado en la desaparición de alguien más, así que por favor, necesitamos toda la información relevante que pueda…

- John sería incapaz de lastimar a alguien – dijo la señora Holmes. Vestía un elegante traje de dos piezas color rosa pálido que se ceñía a su figura. El señor Holmes, con su elegante traje negro, apoyaba una mano en su hombro. – Incapaz.

- Señora Holmes…

- No te preocupes, querida – habló el señor Holmes – John de seguro está bien. Probablemente se fue de juerga, como solía hacer estando en la universidad.

- Señores, por favor comprendan. Su hijo fue una de las últimas personas en estar en contacto con Ginevra Weasley antes de su desaparición. Si algo saben…

- ¡No sabemos nada! – prorrumpió la señora. – No… nada – de pronto, comenzó a llorar, como si recién hubiese caído en la cuenta de que su hijo estaba perdido, realmente perdido. - ¡Dios! Richard, ¿y si algo le sucedió a nuestro hijo? Si de verdad… - se apoyó en el pecho de su marido. El señor Holmes le acarició la espalda, en un intento de calmarla. Miró a Kingsley, inquieto.

- Discúlpenos, pero no sabemos nada. Realmente, creímos que él estaba de parrandones por ahí, como suele hacer con frecuencia. Es un joven muy intranquilo pero no es un mal muchacho. No le haría daño a nadie, a nadie.

Kingsley los observó con atención. Podían tener razón; John Holmes no tenía antecedentes criminales y su expediente universitario y profesional lo describía como un hombre responsable, aún con su poderosa atracción por las fiestas; amigable y de buen juicio, según su perfil psicológico. Pero no podía descartarlo, no cuando estaba conectado a Ginevra.

- Lo lamentamos, señores Holmes. Haremos todo lo posible por descubrir donde se encuentra su hijo.

- ¿Estará en peligro? – preguntó la señora con un hilillo de voz.

Kingsley no respondió, creyendo que su silencio era más que suficiente para dejarlo todo claro. Algo se estaba gestando en el mundo mágico, algo peligroso, y Ginevra Weasley y John Holmes eran parte de eso.

Se podía palpar la tensión en los pasillos del ministerio. Después de la pobre descripción de Luna sobre el chico de piel oscura, los Aurores se dieron la ardua tarea de revisar de cabo a rabo cada expediente de los hombres menores de treinta que podían cumplir con el perfil del sujeto. Caminaban presurosos de un extremo a otro, indagando también sobre John Holmes. Los señores Weasley se mantenían postrados frente a la oficina de Kingsley, desesperados por una respuesta. Junto a ellos reposaba un pilar de casi dos metros, sobre el cual mantenían una fotografía de Harry Potter enmarcada. Los bordes del portarretrato eran plateados y brillaban cada tanto, iluminando el rostro del muchacho sonriente. Era una forma de respeto y agradecimiento. Molly veía la imagen y lloraba aún con más atrevimiento, aferrándose a su marido.

- ¿A dónde… fue Ron con Hermione? – logró preguntar después de un minuto.

- Están en la oficina de Percy, tratando de averiguar también. Luna y Hannah están con ellos.

- Si algo le pasa a mi niña, Arthur, juro que…

- No le pasará nada – murmuró el señor Weasley, tratando de convencerse. Levantó la mirada y se mareó ante tanta agitación. Buscaban a su pequeña, y con tantos buenos Aurores, era seguro que la encontrarían. – La van a encontrar y estará sana y salva.

- Sana y salva – repitió Molly, secándole las mejillas con un pañuelo. - ¡No aguanto estar aquí sin hacer nada! – se levantó y fue hacia la puerta de Kingsley, entrando de inmediato. Arthur la siguió. Dentro las cosas estaban aún menos calmadas.

Ya no eran dos sino cuatro padres, preocupados hasta la médula por sus hijos, y Kingsley por poco perdía los estribos.

- ¡SEÑORES, POR FAVOR! – gritó por encima de todos. - ¡Necesito que se calmen! Así no resolveremos nada.

- ¡Mi niña! Dios, siento que estamos perdiendo el tiempo aquí, Kingsley. Si no mandas a un escuadrón ahora mismo a buscarla, juro que…

- Molly, por favor – suspiró el jefe. – Todos estamos haciendo hasta lo imposible, tienen que…

- ¡Tenemos algo, señor! – Víctor entró corriendo a la oficina. - ¡Algo!

- ¿Qué? ¡Habla, muchacho! – ordenó Arthur. Caminó hacia el auror de forma tan apresurada que el hombre retrocedió unos pasos, nervioso.

- ¿Qué encontraron, Víctor? – Kingsley lo llamó a que se acercara al escritorio. Los demás Aurores presentes hicieron lo propio, abandonando los papeles que anteriormente revisaban con ahínco. Los señores Weasley y los señores Holmes se arrebujaron unos junto a otros, empinando la cabeza para poder ver y escuchar todo.

- Es muy pequeño, pero si logramos seguirlo… – Víctor extendió su varita y describió una especie de mapa en el aire.

- ¿Qué es eso? – preguntó el señor Holmes.

- Todo mago y bruja utiliza su varita con frecuencia, las veinticuatro horas del día, los trescientos sesenta y cinco días del año – empezó a explicar el auror. – Cuando una varita se rompe, inmediatamente se registra en nuestra base de datos, para saber que ningún tipo de hechizo puede ser llevado a cabo por el mago dueño de ella hasta que otra varita lo escoja. Igualmente, el ministerio registra el último hechizo realizado por el mago si éste cumple con un periodo de dos meses sin hacer uso de la magia.

- Eso es nuevo, ¿verdad? – preguntó el señor Weasley.

- Lo implementamos como un periodo de prueba hace un año, ya – Kingsley observaba el bosquejo que Víctor trazaba en el aire. – ¿Qué encontraste?

- De Ginny no obtuvimos nada, su varita está intacta y el último rastro de magia que se vislumbró fue en su departamento. Igual ocurre con Neville. Pero… Holmes tiene casi cuatro meses sin hacer uso de la suya – la señora Holmes gimió. – Se registró en la base, pero no dio luz verde al aviso, creo que hay una pequeña falla en el sistema. – Víctor terminó de trazar unas cuantas curvas. – El último hechizo que realizó, se dio en alguna de estas partes – con la punta de la varita en rojo, encerró tres lugares. – No nos específica, pero es donde nos señala el indicador.

- Esto no es el centro de Londres – dijo Filip, otro de los Aurores.

- Estamos cerca de Smithfield, al noroeste. Aunque las coordenadas se ven un poco más allá, fuera de la ciudad. Aquí, vean – remarcó los círculos que anteriormente había hecho.

- ¿Y bien? ¡Vamos en seguida! – bramó Molly, y la señora Holmes la secundó.

- Prepararemos tres grupos de cuatro, Víctor. Peinaremos las tres zonas sin esperar mucho más tiempo – Kingsley rodeó el escritorio. – Señores – miró a ambas parejas. – Les ruego se queden aquí. Iremos en…

- ¡Por favor, Kingsley! No puedes dejarnos aquí sin…

- Sí puedo y lo haré – el hombre se ajustó la túnica. – Es una pista, veremos a donde nos lleva. El resto del equipo – miró a los demás aurores – continúen buscando. En Smithfield puede que hallemos algo, como puede que no. – El jefe lo sabía, cuatro meses podían ser tanto mucho como poco tiempo.

- Ve por Ron, Arthur – pidió Molly a su esposo, sin despegar el ojo de la espalda de Kingsley.

- Les pido calma y paciencia – el hombre volvió a mirar a los padres. – Vendremos tan pronto podamos.

- Consiga a nuestro hijo… por favor – la señora Holmes habló con un nudo en la garganta. Su voz salía hosca y casi inentendible.

- Ya estamos en eso, no se preocupe. ¡Víctor! – llamó apenas abrió la puerta del despacho. – ¿Listo?

Los Aurores desaparecieron en menos de cinco minutos. Para los señores Weasley y los señores Holmes fue imposible mantener la serenidad; caminaban por el sitio como gatos enjaulados. Ronald, Hermione, Luna y Hannah no tardaron en reunirse con Arthur y Molly. Charlie, Bill y George se mantuvieron en la oficina de Percy, aún en la búsqueda de algo más.

O O O O

A diferencia de Harry y Neville, Ginny despertó en una pequeña cama que se mostraba medianamente cómoda. Las paredes de madera desprendían el típico olor mohoso de los lugares encerrados por mucho tiempo y el piso se encontraba resquebrajado y un poco sucio. No estaba atada, mas algo le impedía moverse con total libertad. Sentía los tobillos pesados y supo que, al correr, no llegaría muy lejos.

No lloraba pese al miedo. Estaba confundida y muerta de frío. Su cuerpo se mantenía cubierto solo por la prenda que Neville le había colocado. ¿Y dónde estaba él? No tenía idea de nada. Apenas abrió los ojos, vislumbró el lugar como algo ya conocido. Creyó haber estado ahí antes; aquella pequeña habitación no podía ser sino de alguna cabaña. ¿Era la de sus sueños? Esas imágenes extrañas, inconexas. ¿Acaso afuera llovía? Agudizó el odio, tratando de percibir algún sonido, pero no escuchaba nada, ni lluvia, ni viento, ni alguna señal de vida de otra persona.

¿Qué sitio es este? – empezó a llorar en silencio, haciéndose un ovillo sobre el colchón. No sabía qué sucedía, no sabía quién la había llevado hasta ese lugar y qué cosa le harían. ¿Se trataría de un secuestro? ¿Pedirían dinero a su familia, a cambio de su persona? – No es tan simple, Ginevra – susurró una voz en su cabeza. – ¿Dónde estás, amor? ¿Por qué no vienes a ayudarme? – se tapó la boca con una mano, ahogando un gemido. Pensar en Harry no le ayudaba a estar calmada. Menos cuando sabía que el joven no iría a socorrerla.

Giró sobre sí en la cama y observó la pared, dando la espalda a la puerta del cuarto. No quería hacerle saber a sus captores que estaba despierta, pues si tenían planeado algo terrible para ella…

Sollozó con fuerza, temblando de pies a cabeza. Le dolía el cuerpo y la presión en sus articulaciones parecía incrementarse con cada movimiento que daba. Apretó los dedos y respiró, continuaba llorando y no tenía idea de qué hacer. No tenía su varita y en la habitación no había nada más que esa cama que ella ocupaba.

¿Qué voy hacer, mi amor? Si me matan… - inhaló una profunda cantidad de aire. ¿Tan malo sería, si Harry ya la esperaba? ¿Y así terminaría? ¿Se dejaría vencer? Estaba tan deprimida, tan asustada y tan triste que no lograba pensar con claridad. Su cuerpo violado... ¿Y qué sucedió con Liam? – Si me llegan a matar, voy a estar contigo. ¿Verdad?

Aguantó la respiración cuando escuchó la puerta abrirse. La luz que se filtró a la habitación proyectó sobre la pared frente a ella una delgada silueta. Ginevra apenas pudo descifrar que se trataba de una mujer antes de cerrar los ojos son fuerza, como si aquel acto lograse hacerla invisible.

- ¿Está despierta? – escuchó preguntar. Había detallado la silueta femenina, pero quien habló había sido un hombre.

Captó los pasos de alguien acercándose. Por el sonido, supo que la mujer andaba con tacones de aguja. Podía fingir dormir, mas sabía que las convulsiones de su cuerpo la delatarían. Se dejó girar por las manos de aquella bruja y la observó, su cabeza era cubierta por una capucha negra que le sombreaba los ojos. Tenía los pómulos muy marcados y la boca reseca. La sonrisa que formó, le heló la sangre a Ginny por un momento.


Nota/A: Solo daré las infinitas gracias a quien se encuentre leyendo y, si tienen alguna duda, queja y/o corrección que sientan que no pueden guardarse, simplemente díganla. Gustosamente respondo a los reviews que me dejan.

Espero no tardar en subir la continuación, falta poquito para el final.

¡Les mando un fuerte abrazo! ¡Y feliz año 2015! Desde aquí les envío los mejores deseos, y que Dios los bendiga grandemente.

Prontito nos leeremos...