¡Disculpen la tardanza! Pero ya está el capítulo, el penúltimo, sí. Ya el que viene, es el final definitivo.

¡Gracias por leer! Espero les sea aceptable...


Entre los vivos.

Capítulo XIX


Hablaba y hablaba sin parar y ella no entendía nada, anulando su capacidad de atención. Estaba asustada y, pese a querer ocultarlo, su cuerpo no dejaba de tiritar. Esa psicópata se le hacía conocida, mas no lograba dar con algún episodio de su pasado en el cual hubiese interactuado con ella. ¿Qué decía? ¿Qué demonios quería? No la escuchaba y la maldita, dentro de todo ese asqueroso escenario, trataba de ser ¿amable? La había secuestrado y ahora pretendía no sabía qué demonios…

- Tienes frío, querida. Ven y… - se acercó y tendió sobre ella una frazada gruesa, cubriéndole los hombros. Su cuerpo solo vestía con el saco de Neville, y bajo él no había nada más.

Ginevra lo trataba de olvidar pero era imposible, en ese estado, no recordar que hacia pocas horas había sido manipulada y violada por Liam.

Se dejó cubrir por la frazada, acurrucándose lo más que pudiese sobre la cama. El lugar olía horrible y trataba por todos los medios de no respirar hondo, como tanto le habían aconsejado hacer en momentos de tensión.

- ¿Crees que puedes caminar? No quisiera tenerte más en este sitio tan desagradable – ahí volvía con su extraña cortesía. Dijo un discurso del cual solo escuchó dos palabras y cuando el nombre de Harry salió de su boca, Ginny se estremeció.

- ¿Qué dijo? – preguntó, con la voz clara pese a que no había hablado desde que despertó.

- Vamos afuera, aquí huele muy mal.

- ¿Qué dijo sobre Harry?

- Ven, querida – se dejó tomar por los brazos. La mujer no era tan alta, posiblemente medía su misma estatura, pero le sacaba una cabeza gracias a sus tacones de punta. La sintió muy delgada bajo sus ropas negras. – Vamos a fuera. Tú… – Ginevra supo que se dirigía al horrible sujeto parado en la puerta – lleva una silla a la entrada, vamos por un poco de aire fresco.

Como lo supuso, era una cabaña descuidada en medio de un bosque. Las copas de los árboles no se movían, no obstante, pudo percibir una ligera ráfaga que le refrescó la cara a medias. El hombre horrible ya había dispuesto una silla al pie de las escaleras, las cuales producían un crujido al ser pisadas.

Aún sostenida por la mujer, bajó del último escalón.

- Siéntate, siéntate. Aún debes estar un poco desorientada – la sentó en la silla.

¿Un poco? No entiendo una mierda lo que sucede… - echó la cabeza hacia atrás, respirando. Cerró los ojos por unos minutos y, cuando los abrió, divisó la claridad del cielo aún entre las ramas de palmas que se extendían. ¿Qué hora serían? ¿Estaría el sol próximo a ocultarse?

- Querida… – Alecto no debía perder más tiempo. Pronto se cumpliría la hora y aún necesitaba convencer a Ginevra. Pensaba que sería fácil, la muchacha estaba tan endeble y tan aturdida que podría moldearla como quisiera. – Lamento mucho lo que te ocurrió – era excelente actriz. Su voz salía con la entonación adecuada e ideal para una madre preocupada por su pequeña. – Todo fue…

- ¿Quién es usted… y por qué me trajo aquí? – enfocó los ojos en ella, se había bajado la capucha. Tenía el pelo totalmente negro y un poco rizado, despeinado alrededor de su cabeza alargada. Los pómulos se le marcaban de una forma que Ginny pensó, no era saludable, y sus ojos negros deambulaban por encima de ella, estudiándola con angustiosa intensidad. – ¿Qué quiere?

- Ayudarte, solo… – miró por sobre su cabeza, haciéndole señas al sujeto que la acompañaba. – Déjanos solas, tu presencia a de parecerle tan molesta como a mí – el hombre obedeció, sin abrir la boca. Ginny escuchó sus pasos cuando retornaba al interior de la casucha. – Ahora…

- ¿Qué pasó? – apoyó las manos sobre sus rodillas, la frazada desprendía un olor parecido al de las cajas de cartón recién abiertas después de años. La nariz comenzó a picarle pero no estornudó.

- Fuimos por tu ayuda cuando…

- ¿Por mi ayuda?

- Con ese muchacho…

Ginny sintió un profundo dolor en el pecho, su estómago dio un desagradable vuelco y por un momento creyó que vomitaría.

- Ese muchacho, él te…

- ¿Dónde está Neville? Yo estaba con Neville – podría estar confundida, pero recordaba la presencia de su amigo después de lo sucedido con Liam. La mujer crispó los labios en un gesto de impaciencia que no duró más de tres segundos.

- Escúchame…

- ¿Qué le hicieron… a… Neville? ¿Y quiénes… son ustedes? ¿Qué qui…eren? – trataba de gritar pero algo le presionaba la tráquea y apenas podía hablar con claridad.

La mujer la miró, echa un mar de nerviosa aún cuando se mostrara tan frígida y neutral. No podía perder el tiempo inventando historias que trataran de explicar el cómo ella llegó hasta allí. ¿Por qué no lo había pensado antes? Ginevra Weasley podría encontrarse vulnerable, sin embargo no era tan estúpida.

Maldecía las condiciones para el hechizo, donde la joven tenía que estar con sus cinco sentidos bien enfocados y la mente sin manipular.

Alecto respiró y, antes de que la chica se pusiese a llorar aún sin algún golpe bajo, decidió ir al punto de todo.

- Yo te conozco, querida Ginny – la pelirroja la observó. – Sé por lo que pasaste, lo sé muy bien, y te entiendo. – Ginevra se sentía partícipe de alguna película con una trama reverentemente mala. Aún buscaba en su mente el nombre de aquella mujer, el lugar donde la había visto y cómo podía ella conocerla tan bien como según decía.

Pensó con tanta intensidad que se mareó, su vista comenzó a nublarse y no sabía si era por querer llorar o por que pronto podría desmayarse.

- Harry Potter… – volvió a decir la mujer, y Ginny tembló de pies a cabeza. Aún bajo la frazada, sentía el gélido viento de aquel día.

- ¿Qué? – habló con un hilito de voz; sentía a su garganta lastimada, como si se hubiese tragado una espina de pescado.

- Harry Potter – repitió.

- ¿Qué sucede con Harry? él está… – sus ojos se aguaron, empezó a llorar, sintiéndose destruida. – ¿QUIÉN ES USTED Y QUÉ QUIERE? – gritó, chillando con lágrimas en sus mejillas. Perdería el control si le tocaban el tema de Harry. - ¿Qué quiere?

La mujer suspiró, dándose tiempo. Miró el cielo y supo que la hora estaba próxima. Debía hacer su propuesta, todo o nada. Ginevra estaba sin su varita, sin sus pensamientos totalmente lúcidos y con una terrible depresión capaz de hacerla cometer cualquier estupidez; era el momento.

O O O O

Aarón. Aarón. Aarón. Aarón. Aarón. Aarón. Aarón.- Siete veces siete, el número de Dios; lo había leído en uno de los tantos libros que hurgó en la biblioteca aquella noche, en donde descubrió la forma de volver a estar con vida.

Aarón… lo invocaba con tantas ganas que por un instante tuvo fe. Sentía que Ginny aún estaba bien, mas aquello no sería por mucho si algo no lograba hacer. Neville se mantenía estático junto a él, respirando con irregularidad.

Harry logró semi incorporarse del suelo y volvió a estudiar el territorio, tratando de mantener en alto sus ataques de locura y ansiedad; no tenían nada.

Miró las sogas que lo ataban, sus piernas gruesas y oscuras. Le habían colocado un short viejo como ropa interior y dejado el torso desnudo…

Le era difícil y doloroso recordar que hacia tan solo unas horas, hacia el amor con Ginny.

Ginny. Ginny. Ginny. Ginny. Ginny. Ginny. Ginny… siete veces siete. ¿Aquello deberas traería suerte? Estaba tan desesperado que daría fe a cualquier cosa que se le cruzara por la mente y le hiciese creer que Ginevra estaría a salvo.

¡Ayúdennos! – gritó en su mente. Cerró los ojos y respiró, profundamente, siete veces. El aire de aquel cuartucho era frígido y denso. Volvió a inhalar y, cuando creyó que sus pulmones podrían congelarse, el ambiente cambió; su piel percibió el calor de algo que empezaba a emerger de entre las sombras como una tenue luz que, poco a poco, se hacía más brillante y viva. Cuando abrió los ojos, el destelle lo cegó por un segundo. La luz era blanca y parecía estar concentrada en un solo lugar, cubría al ser como si éste estuviese en una bola con bordes dorados. Harry se conmocionó y volvió a llorar con fuerza; Aarón había respondido a su llamado.

Seguía siendo mucho el teatro que empleaba cuando aparecía y desaparecía, ¡pero ahí estaba! Un rayito de esperanza calentó a su frenético corazón.

- ¡Aarón! – exclamó, soltando un bramido inentendible. El joven ángel de pelo cobalto, con rizos abundantes que siempre danzaban con una brisa que solo a él le acariciaba, se levantó. Harry sintió un casi incontrolable deseo de abrazarlo.

Aarón se acercó, vestido con sus pulcras ropas blancas y desprendiendo aquella impactante luz. Bastó solo un toque de sus manos en las sogas para que éstas se desataran.

- ¡AARÓN! – gritó al verse libre de la mordaza. Tragó saliva para disipar la incomodidad y se levantó del suelo, tomando al ángel por los hombros. - ¡Aarón! – volvió a exclamar, eufórico. Con su ayuda, Ginny estaría a salvo en poco tiempo.

- Algo sensato dentro de toda tu estupidez ¿eh? Gracias por llamarme, aunque estuve a esto – levantó su mano y acercó la punta de su dedo índice al pulgar – de no venir. Sí, a veces nos da lo que nosotros llamamos, "el síndrome humano". – Se alejó para acuclillarse frente a Neville; el joven mago había perdido el conocimiento y Harry se lamentó haberse casi olvidado de él. Aarón le desató las sogas y lo dejó apoyado contra la pared.

- ¿Está bien?

- Sí, solo agotado.

- ¿Por qué Neville? ¿Qué es lo que…?

- Necesitaban acercarse a Ginevra.

- Creí que Holmes…

- No era Holmes.

- ¿Quién entonces? – Harry recordó el momento de lucha en el apartamento de John; la pétrea mirada de terror, acompañada de unas raras oscilaciones que, ahora que lo pensaba, le eran en suma medida conocidas.

¡Por supuesto! Si él mismo estaba familiarizado con las sensaciones experimentadas cuando la poción multijugos perdía efecto. ¿Cómo no se dio cuenta antes? No era el verdadero John Holmes el que buscaba encantar a Ginevra, y no fue el verdadero Neville el que, a la final, logró secuestrarla y llevarla hasta allí.

- ¿Me ayudarás a salvarla? – Harry observó al ángel, ya de pie frente a él. – ¿Me ayudarás?

- De todas las formas permitidas.

- ¿Cómo?

- No puedes pretender que luche batallas que no me conciernen. Esto que sucede es… inusual. Pero estamos acostumbrados a ello cuando de tu mundo se trata. ¡Por Dios que es más sencillo actuar con seres humanos, sin la magia de hechiceros de por medio!

- ¿Acaso no es una ventaja?

- En parte – Aarón se alzó de hombros.

- ¡Todo lo que sucede les concierne! ¿No se supone que luchan contra el mal? esa maldita merece las cagadas del diablo en la cara. ¡Ayúdame! No tengo varita, no tengo…

- Tienes a Ginevra.

- ¿No entiendes? No es la misma… Mi Ginny no…

- Ella lucharía.

- Sí, ella… – se estaba asustando, pensado que Aarón volvería a desaparecer. – Ella lucharía, sí, pero no si está tan…

- Ella necesita algo de Ginny y podrá obtenerlo solo si se lo permite. Utilizando tu muerte, tratará de dar con ello. Pero, Harry – él penetró los ojos del ángel, con el corazón latiéndole dolorosamente – tú no estás muerto.

O O O O

Volver a estar con Harry. ¿Había escuchado bien? Volver a estar con Harry. Sonaba tan hermoso. Y así sucedería, esa mujer pretendía matarla.

Era confuso todo lo que en su mente estaba; aquella bruja decía querer ayudarla y, al mismo tiempo, le indicaba que podría, en un abrir y cerrar de ojos, acabar con ella. Era así porque si no, ¿de qué otra forma volvería con Harry?

- Es lo que quieres, ¿verdad? – volvía a emplear el tono de madre preocupada. – También me enamoré, perdí la cabeza por un hombre. Mi estabilidad mental y emocional explotó como una granada cuando lo conocí, y nunca fue igual aún después de su partida – en parte, era una porción de la verdadera historia de Alecto. – Daría cualquier cosa por recuperarlo, pero no puedo, no cuando… nadie me dio la manera.

Ginevra creía conocer la manera. ¿Iba a negar que, en más de una ocasión, la idea pasara por su cabeza? Sobre todo en las semanas posteriores al funeral. Quitarse la vida, sonaba tan simple y al mismo tiempo tan aterrador, que nunca se atrevió a decirlo en voz alta, solo cuando…

Matándome yo sí podré llegar hasta él… - y el escozor en su mejilla la devolvió a la realidad. Molly Weasley había criado a una chica con los pies bien puestos sobre la tierra. Pero de esa jovencita, parecía quedar apenas una tenue marquita que poco a poco se desvanecía.

No sería capaz de suicidarse, pero si alguien más llegaba, y la matara…

- No voy a lastimarte, si eso estás pensando – la bruja volvió a hablar y Ginevra prestó un poco más de atención. ¿De qué otra forma volvería con Harry? – Solo necesito de ti, Ginny, algo de magia.

La pelirroja estaba aún un poco más confundida que antes. Mas algo sucedió, cuando el nombre de Harry Potter salió al encuentro. Todo su raciocinio parecía haberse evaporado, vuelto humo y dispersado a través del bosque, desapareciendo. Su alma sólo quería una cosa, estar con Harry. Pensaba solo en ello, en Harry. ¡Había sido tan feliz horas antes! Cuando creyó que el hombre con el cual había despertado, era el único amor de su vida, su prometido, su futuro esposo. Y luego…

Sollozó, llevándose ambas manos a la cara. ¡Sólo quería estar con Harry! ¿Era mucho pedir? Sí, después de su muerte, era demasiado.

Tembló sobre la silla. Se inclinó hacia adelante y apoyó sus codos en las rodillas. La mujer se acercó y posó una mano sobre su cabeza; una sonrisa se formó sobre su boca, creyéndose ya victoriosa. Ginevra Weasley era una muñequita de trapo, todo sería muy fácil.

- ¿Cómo…? – Sorbió por la nariz y apartó sus manos - ¿Cómo puede usted…? – no pensaba en nada que no fuese la posibilidad de volver a ver a Harry. El deseo de algo que se le había arrebatado con toda la injusticia picaba en su mente, poseyéndola.

- Unas cuantas palabras… – se inclinó frente a ella, levantándole la cabeza y limpiándole las mejillas – unas cuantas palabras de tu boca – su huesudo pulgar le acarició el labio inferior y Ginny se estremeció de pies a cabeza; aquella mujer tenía un extraño fulgor en sus ojos. Por otro lado, Alecto la maldecía, entendiendo el por qué el deseo de los hombres. Ginevra era hermosa hasta para una mujer. – Eso… – le acarició el cabello. – Y un poquito de tu sangre – Ginny se sobresaltó.

- ¿Qué…?

- Solo unas gotitas, mientras dices lo que tienes que decir.

- ¿Y eso hará que Harry…?

- Abriremos la puerta a un nuevo poder, querida, y ahí sí puedo prometerte, estarás con Harry Potter. Pero necesito que estés dispuesta, totalmente entregada. No voy a obligarte y menos a lastimarte para tal cosa.

- Yo… – entendía aún menos que antes. Estaba por apartar a la bruja de un empujón cuando la imagen de Harry se formó frente a ella; sus ojos verdes y resplandecientes, su sonrisa cautivadora y el cabello despeinado. – Harry…

- Por un momento, pensé que lo habías olvidado. Cuando estuviste con aquel jovencito…

- ¿Qué? ¡NO! Yo nunca…

- Sí, sí, querida – volvió a acariciarle el cabello. – Después lo entendí. No podías estar con él, amando a Harry Potter.

- Yo amo a Harry – repitió. – Quiero estar con Harry.

Alecto sintió el sabor de la victoria en la punta de su lengua. De nuevo tomó las mejillas de la chica e hincando sus ojos en ella, habló.

- ¿Y estás dispuesta a dar lo que te pido, por estar con él?

Ginevra sintió como algo frío tiraba de su corazón. No estaba en ella, esa no era Ginevra Weasley. No obstante, le dio la palabra a quien fuese la que ahora estaba en su cuerpo, pensando solo en Harry y nada más.

- Sí.

O O O O

Neville de apoco volvía en sí. Harry se sobresaltó al escucharlo quejarse.

- Escucha, tú puedes…

- ¡NO PUEDO HACER NADA, JODER! ¡NO TENGO VARITA! ¡NI MAGIA!

- ¡Deja de exigir que todo sea tan fácil!

- ¡Nunca fue fácil! Par mí nada ha sido fácil. ¡Lo sabes!

- Y has podido salir. Eres inteligente, Harry.

- ¿Por qué no puedes ayudarme? ¡Ya estás aquí!

- ¿Poco te parece lo que he hecho, aún después de que me expulsaste?

- ¿Qué coño hiciste?

- Eras tú hacia unas horas, ¿no?

- Yo… – sus ojos se abrieron, estupefacto. – ¿Acaso tú hiciste que…? ¿Nos espiabas?

- ¡Para nada! Pero no pensé que fueses tan… carnal, después de todo lo pasado. ¡Desaprovechaste la oportunidad!

- Yo no…

- Desobedecí a ciertas reglas, ¡por ti! Por ustedes y sus problemas. Y lo arruinas con…

- ¡Deja de juzgarme!

- No soy quien para hacerlo. Pero debes saber que…

- ¡No pude evitarlo! ¿De acuerdo? ¡No entiendes nada! ¡NADA! Deja de hacerte el sabio cuando en realidad, eres más ignorante que todos nosotros.

- Harry…

- Sólo quiero a Ginny, ¿está bien? Quiero que esté bien. ¡Ayúdame! Después… hago lo que tú quieras, me voy a donde sea, ¡pero ayúdame!

Aarón suspiró, medio abatido, medio obstinado.

- Por más que lo desee, no puedo meter las manos como tú me lo pides. Tendrán que solucionarlo ustedes.

- ¿Cómo? ¡JODER! ¡AL MENOS DIME CÓMO!

- ¿Qué…? – Neville despertó, ahogando un gemido. Harry lo miró. - ¿Qué sucede? – su amigo lo vio con los ojos bien abiertos. – ¿Nos desataron?

Harry volvió su atención hacia el punto donde antes estaba Aarón. El ángel había desaparecido, dejándolos a merced de sus propias decisiones.

- Neville…

- ¿Nos conocemos?

- Tienen a Ginny – el joven mago se incorporó con cierta dificultad, marcando una mueca de padecimiento sobre su rostro lastimado. Detalló al chico de piel oscura y, al escucharlo, se aterró dolorosamente. – Tienen a Ginny y debemos salvarla.

- ¿Cómo es posible que…? ¿Para qué? ¡Mierda! – se tocó la cabeza, la sentía dentro de un par de tenazas que apretaban sin piedad. – ¿Quién eres tú?

- Soy Ha… - se calló de inmediato.

- ¿Quién? – se trataba de mantener en pie con un tobillo al parecer lastimado.

- Un amigo – dijo Harry, creyendo que no había tiempo de dar todas las explicaciones.

- ¿Y cómo…?

- ¡Neville, no importa! Tienen a Ginny y hay que salvarla.

- Sí, sí – Neville respiraba con irregularidad y Harry temió que volviese a desmayarse. – Vamos… ¿cómo?

No tenían varitas, ni armas, ni nada que valiese la pena. Eran dos jóvenes vulnerables, uno más lastimado y desorientado que el otro.

La puerta del cuartucho se abrió y la figura de Octavius sorprendió a ambos. El hombre encorvado arqueó la boca en una extraña mueca de asombro y tardó un segundo en reaccionar. Llevó una mano hacia su abrigo, en busca de su varita, y Harry sin pensarlo se abalanzó sobre él. Lo tomó de las solapas y le hizo caer de costado, rodando por el suelo.

- ¡La varita! – Octavius soltó un gemido de dolor al sentir la rodilla del muchacho sobre sus costillas. – ¡Neville, la varita! – ésta había volado por los aires y caído cerca de donde antes yacía Neville. El joven se inclinó pese al dolor en todo el cuerpo, y asió la varita del sujeto. Octavius volvió a gemir.

- ¿Y ahora…? – Neville estaba mareado, muy cansado y lastimado. Fue un alivio sentir la liberación de sus brazos, muñecas, piernas y tobillos, pero le habían suministrado una gran cantidad de poción para el aturdimiento y perdida del conocimiento, y los efectos paulatinos aún no se disipaban.

Harry lo vio caer de rodillas, raspándoselas. Octavius jadeaba y él, dejándose llevar por el arrebato, la rabia y toda la mierda que pretendían hacerle a Ginevra, le dio un puñetazo a la quijada, volteándole la cara. Un diente salió disparado de la boca del hombre, gotas de sangren le mancharon el pecho y Harry, sin creer que fuese suficiente, le tomó la cabeza con ambas manos, levantándola unos centímetros para después golpearla contra el piso. Una, dos, tres, cuatro, cinco veces. El hombre lloró, jadeando, escupiendo saliva y retorciéndose como una rata debajo de su agarre, mas Harry no se detuvo; volvió a golpearlo contra la madera, rabioso, fuera de sí, harto de todo ese puto espectáculo.

- Hey… – Neville llamó. – Amigo, aguarda – Harry no escuchaba, perdió toda estabilidad mental cuando, atando los cabos sueltos, descubrió que aquel hombre fue con quien luchó en el departamento, quien pretendía violar a Ginny y logró llevarla hasta ese lugar, con la hija de puta maldita.

Golpeaba aún cuando los jadeos de aquella rata se extinguieron. A punto estuvo de matarlo, mas Neville logró apartarlo, empleando toda la fuerza de la que fue capaz para empujarlo a un lado.

Harry se alteró y estuvo a muy poco de apalear también a su amigo. Logró controlarse cuando lo miró, con una mano alzada, mostrando la palma, y la otra sosteniendo la varita.

- Cálmate – pidió, Harry respiró hondo y asintió con la cabeza. - ¿Estás bien?

- Debemos ir por Ginny.

- Sí, va… - volvía a marearse. – ¡Maldición! ¿Qué mierda me dieron? – sacudió la cabeza y apuntó su varita hacia el cuerpo inerte de Octavius – Incarcerous – dijo, y unas gruesas cuerdas ataron de manos y pies al hombrecillo inconsciente. – Dios, es mi varita – notó Neville.

- Vamos por Ginny, por favor – se levantó, Neville hizo lo propio y, de inmediato, volvió a caer al suelo.

Harry saltó hasta él, preocupado. Volvía a estar inconsciente.

- Lo siento, Neville – lo acomodó a un lado, lejos del cuerpo de Octavius, y tomó su varita. Salió disparado de la habitación, estudiando la cabaña, y corrió hacia la puerta abierta.

No veía señal alguna de Ginevra. Desesperado, con el pecho doliéndole y los ojos enrojecidos, se adentró en el bosque.

O O O O

- ¡Una nueva alarma! – exclamó Bill, sobresaltado.

- ¿Qué? ¿Dónde? – Charlie casi se abalanzó sobre su hermano.

- ¡Aquí, observen! – el hombre marcó las coordenadas con su varita. – Utilizaron la varita de Neville.

- ¡Joder, Kingsley está a kilómetros! – intervino Percy.

- ¡Vamos, maldita sea! – vociferó Bill, al borde de un colapso. – Avisemos en el cuartel principal y partamos enseguida.

- ¡Perderemos tiempo! Y aún no estamos seguros de que Ginny esté en esa dirección – apuntó Percy.

- Manda un patronus a Kingsley – ordenó Charlie. – Iré por Ron.

Cuando de hermanos se trataba, los Weasley eran capaces de cualquier cosa.

O O O O

Ginevra, quien ya no era Ginevra, se dejó arrastrar por la mujer hacia el interior del bosque. Creyó que caminarían mucho, sin embargo, llegaron a un pequeño claro en cuestión de minutos. La brisa se hacía cada vez más fría y todo se sumía poco a poco en una densa oscuridad. Las ramas danzaban en sus copas y se frotaban unas contra otras, creando un crepitar que resultaba, en cierta medida, aterrador.

En el claro Ginny observó un enorme caldero que humeaba intensamente y, junto a éste, un pilar que sostenía una reluciente bola de cristal, mucho más grande que las que llegó a ver en las clases de la profesora Trelawney. Un espasmo le sacudió la columna vertebral y la mujer, asiéndola del brazo, la pegó un poco hacia su cuerpo. Caminaron hasta detenerse a pocos pasos del caldero, Ginny volvió a estremecerse, percibiendo los vapores que expedía la inmensa olla.

Alecto aguardó unos segundos, dándole un poco de tiempo a Octavius. ¿Dónde estaba el repugnante? Se suponía que le seguiría los pasos de cerca, y podría apostar cualquier cosa a que el hombre cumpliría con su presencia, pues nada ansiaba más que profanar el menudo cuerpo de la pelirroja. ¿Pero en dónde se habría metido? No podía volverse a buscarlo, el tiempo apremiaba y debía sí o sí llevar a cabo el ritual antes de que la oscuridad fuese absoluta. Después se las arreglaría el hombre; el cuerpo de Ginevra estaría allí mismo, sin posibilidad alguna de escapar.

El sol debía estar en su punto, más alejado del ecuador. Y muchos ignoraban, en el mundo de la magia, que aquellos eran los momentos propios para hacer los conjuros más poderosos, prohibidos y codiciados que pudiesen existir.

Alecto Carrow suspiró de delicia. Todo estaba resultando perfecto y no dejaría que la ausencia de Octavius retrasara sus planes. Ginevra estaba ahí, lista y dispuesta a cualquier cosa, con tal de ver a su querido Potter. Estaba ciega, ida, presa por el anhelo de aquello que le prohibieron. No estaba en sus cabales. ¡La pobre! Pensó Alecto. Pero su sufrimiento tendría un fin, y la jovencita no llegaría, posiblemente, a ver otro día. ¡A fin de cuentas, cumpliría con su palabra! Estaría ella tan muerta como Harry Potter, y si había algo más… ¡ya se vería!

- Querida – tomó a Ginny de los hombros y la giró, quedando frente a frente. La muchacha le mostró una mirada inexpresiva y carente de todo brillo. – Voy a… – le apartó la frazada, Ginny volvió a temblar. – Descuida, será por poco tiempo – le quitó el abrigo que Octavius le había colocado, fingiendo ser Neville Lomgboton. Ahí lo tenía, el cuerpo que envidiaba y por el cual su asqueroso vasallo deliraba en las noches, masturbándose con ahínco. Sí, era muy guapa, muy delgada y definida. La observó sin pudor alguno, notando la erección de sus pezones debido al frío, la estrechez de su cintura, el vientre plano y las pecas adorables. Miró sus ojos y notó cierta incomodidad tras lo que parecía una visión vacía. Estaba hipnotizada, fuera de sí, y ella no tenía nada que ver en eso. ¡Nada de hechizos hipnotizadores, ni maldiciones imperdonables! Era una de las reglas.

No importa, que diga lo que debe de decir, y haga lo que deba hacer la transferencia de la magia exigía el estado natural de las dos entes que llevarían a cabo el proceso. Alecto colocó a Ginevra frente al caldero y se desnudó, librándose de los tacones de aguja, la capa negra y el vestido ceñido. Se colocó junto a la chica y aguardó un segundo, respirando hondamente, hinchando el pecho. Se dejó acariciar por la brisa fría y una oleada de placer le inundó el cuerpo. ¡Faltaba tan poco!

- Ahora, linda – tomó la mano de Ginny. – Pronunciarás las palabras que yo diga. Alzarás esta linda mano – se la apretó – y con esto – alzó una pequeña daga de plata que tenía sujeta en la otra mano – haremos una punzadita en un dedo, un piquete chiquitito, y dejarás caer una gotita ahí – señaló el caldero. – Y eso será todo.

- ¿Harry? – dijo Ginny, con un hilito de voz.

- Sí, estarás con Harry.

- ¿Cómo? – Alecto se asustó, creyendo que la muchacha estaba volviendo en sí y que, de un momento a otro, se apartaría. – ¿Cómo volverá a mí?

- Volverá.

- ¿Cómo? – algo sucedía en la mente perturbada de Ginevra. La vieja Ginny buscaba, desesperada, algún orificio para salir. – ¿Cómo volverá a mí?

- Ya lo verás, querida. Estarán de nuevo juntos – miró el caldero. – Cierra los ojos y repite – debía apresurarse, antes de que la chica recobrara la compostura y la razón. – Magia inter permitir llegue hasta ti. Cada: dii estis, esencia cada. Ecce permito.

- Magia inter… - comenzó a decir Ginny, abandonada a nada, realmente. No sabía qué sucedía, en dónde estaba, ni qué hacía. – permitir llegue hasta ti. – Alecto jadeó, excitada ante el momento próximo. – Cada: dii estis, esencia cada. – Carrow volvió a gemir, erizándose completamente. – Ecce permito.

- Excelente – siseó, maravillada. – Ahora – alzó las manos entrelazadas y acercó la daga de Ginevra. – No dolerá, solo es un piquete de mosquito.

- Sí – Ginny, sin recuperarse, dejó que la puntita del cuchillo le picara la punta de un dedo.

- Listo – Alecto dejó caer la daga al suelo. – Ahora – soltó la mano de Ginny – acércala al caldero, linda, y deja caer una gota. Nada más. – Nada quería más que hacerlo ella misma. Tomar el dedo de Ginevra y exprimir cada gota de su sangre por encima de la poción; mas así no funcionaría, debía hacerlo ella, por sí sola, sin nadie obligándola.

Alecto sabía que así sucedería. Ya todo estaba hecho, tan solo faltaba esa nimiedad y ¿Quién se lo iba a impedir?

Ginny alargó el brazo, sintiendo el vaho caliente abrasarle la piel.

¡No lo hagas! – alguien gritó en su mente. ¿La voz que, en un sueño, le había prometido bienestar? ¿No era la de aquella mujer que estaba a su lado? – siguió acercando la mano. - ¡No lo hagas, Ginny!se detuvo a medio camino, con el dedo estirado y un pequeño punto de sangre corriendo hasta su muñeca. - ¡No lo hagas! ¡Reacciona! – ¿Acaso era…? Sacudió la cabeza. - ¡Eso! ¡Reacciona! – Era su propia voz.¿Qué estás haciendo? ¿Qué sucede?

- ¿Qué…? – bajó el brazo y miró en derredor. – ¿Qué es…? – observó su cuerpo desnudo, la daga en el suelo y la sangre en su muñeca. La mujer junto a ella lanzó un rabioso grito que le congeló la sangre. – ¿Quién…? – se alejó, asustada. Su pie tropezó con una piedra y cayó de culo al suelo, lastimándose la piel de las nalgas con las rocas pequeñas.

- ¡Maldita! – Alecto se alzó sobre ella; Ginevra se arrastró, apartándose hacia uno de los árboles. – ¡No, no! vas a venir y…

- ¡Ginny! – Ginevra volvió a sobresaltarse y creyó que su corazón explotaría. De los arboles, corriendo como un lunático, salió Liam. – Ginny – llegó junto a ella, arrodillándose y observándola con evidente preocupación. Parecía haber estado llorando.

- Aléjate – susurró ella, ya creyendo no poder aguantar más.

- No, escúchame…

- Tú – Harry miró hacia la mujer; la enferma y desquiciada mujer.

– Carrow – murmuró, Ginny enfocó los ojos en él, al fin recordando en dónde había visto a aquella loca. – Eres… ¡Protego! – gritó, al notar como la bruja le apuntaba a él y a Ginny con su varita. El hechizo dio contra el tronco del árbol, proyectando miles de astillas a su alrededor.

- Suéltame – suplicó Ginny, al sentirlo asir sus brazos. Se apartó y, apretándose contra el tronco, se abrazó las rodillas, tratando de cubrir la mayor porción de su cuerpo desnudo.

Harry volvió a invocar el escudo protector, manteniéndose a salvo por unos minutos. La barrera no sería tan potente, al no tratarse de su varita.

- Ginny…

- No sé qué pasa – ella lloraba, cerrando los ojos. No quería ver a la demente mujer que despotricaba al otro lado del escudo, y menos quería ver a Liam, quien la había hechizado para abusar de ella.

- Protego – repitió él, asegurándose otros segundos. – Es la varita de Neville, no creo que el hechizo dure mucho tiempo.

- ¡MALDITOS! – Alecto lanzó un expeliarmus que la barrera logró detener. - ¡MALDITOS SEAN! DEBÍ MATARLOS CUANDO PUDE. – otro hechizo que el encantamiento detuvo. - ¡MALDICIÓN! – se agitó como un animal enjaulado.

- ¿Qué quiere? – sollozó Ginny, tapándose los oídos. – ¿En dónde estamos? ¿Por qué tienes la varita de Neville? ¿Él está bien?

- Sí, estará bien. Ginny… ¡Protego Maxima! – volvió a invocar. No sabría cuanto tiempo aguantaría. – Ginny, voy a distraerla, la retrasaré lo más que pueda mientras corres hacia la cabaña. Busca tu varita, debió dejarla en algún lugar a la vista, no es mucho lo que guarda dentro.

- ¿Por qué…? – Ginevra miró a Alecto, despotricando y lanzando hechizos a diestra y siniestra. Estaba tan desnuda como ella y aquello parecía no importarle.

- Ve por tu varita, Ginny.

- No – negó con la cabeza, volviendo a abrazarse las piernas blancas. – ¡Ya todo da igual! No sé…

- Escúchame – le tocó un hombro. Ella se sacudió con violencia.

- ¡No me toques!

- ¡Escúchame! – volvió a sujetarla, firme, haciendo que lo encarara. – Mírame y escúchame – a Harry se le partió el corazón. Sintió como el alma se le iba a los pies al verla llorar tan amargamente. – Preciosa, escucha – le apartó el pelo que se le pegaba a los costados de la cara. – No voy a lastimarte.

- ¡Me violaste! – gimió de ira. – Me hiciste creer que eras Harry… y él está… ¡me violaste! – quiso empujarlo, él se lo impidió. – Me violaste y ahora no sé qué pretendes. Seguro estás confabulado con esa puta para… ¡no sé! ¡Suéltame!

- No, Ginny. ¡Escucha! ¡Soy Harry!

- ¡Suéltame, hijo de…!

- ¡Soy Harry! Cariño, escucha, soy Harry – Ginny dejó de forcejear. – Soy Harry – ella lo miró con los ojos bien abiertos, la boca torcida y las mejillas pegajosas. Harry bajó la presión de los brazos sobre los suyos, pensando en cómo terminar de convencerla.

- ¿Cómo te atreves a…? ¿Me crees estúpida? – de un rápido movimiento que dejó a Harry perplejo, Ginny se apropió de la varita de Neville. Él, con sus buenos reflejos prácticamente intactos, se la quitó con velocidad. Se pegó a ella y la aprisionó en un abrazo, apretándola contra el árbol y su propio cuerpo. Temblaba de pies a cabeza. – Suéltame. ¡Dios, otra vez no! ¡Suéltame!

- No voy a lastimarte.

- Suel… - le tomó los brazos. Liam era musculoso y fuerte; logró llevarle las manos hacia la espalda y sujetarle las muñecas.

- Escúcheme.

- No es…

- Cierra los ojos y escúchame.

- Suéltame.

- Ginny, por favor – se pegó un poco más a ella, buscando su oreja a través del pelo rojo. – Shhhh, ya, cariño, escúchame.

- ¿Manipularás mi mente otra vez?

- Nunca manipulé tu mente. Nunca me atrevería a tal cosa… tú, tú me manipulabas siempre a mí.

- ¿Qué…? – ella dejó de forcejear y Harry aprovechó a decirlo todo.

- Me tenías en tus manos, preciosa. Bastaba con una mirada de tus bellos ojos y una caricia de tu mano para doblegarme ante ti – Harry aflojó el agarre de los dedos alrededor de sus muñecas. – Y tú lo sabías, sabías que siempre haría lo que tú desearas – la sintió estremecerse contra su cuerpo. – No veas mi cara, solo escucha – apoyó la mejilla en su hombro pecoso, estaba consumido. – Extraño tus bailes privados, esos que hacías para mí después de muchos daiquiris en el diminuto balcón de tu departamento. ¿Los recuerdas? Siempre tomas daiquiris de melocotón, y yo te tentaba con un poco de tequila porque, hermosa, te ponía muy cariñosa – exhaló aire.

- ¿Cómo…? – el cuerpo de Ginny oscilaba, incontrolable. – ¿Cómo puedes saber…?

- Escucha… – continuó – extraño mordisquear ese adorable lunar que tienes al final de tu espalda, a tan solo unos centímetros del paraíso. Querías tatuarte allí, muy cerca de él. – Harry soltó sus muñecas y acunó su cintura, sintiendo la piel bajo sus dedos. – Dormíamos juntos y yo despertaba siempre de primero. Te observaba por un rato, siguiendo el sendero de pequitas de tu espalda blanca, y después apoyaba mi cabeza ahí, sintiendo tu respiración. Volvía a dormirme así y cuando tú despertabas, no te movías, dejándome descansar un poco más – Ginevra se llevó una mano a la boca, llorando a lágrima viva. – Qué felicidad sentía, qué paz y qué tranquilidad…

- ¿Cómo puedes…?

- Soy Harry, Ginny.

- Me estás manipulando. Estás… hurgando en mi mente y…

- ¡Soy Harry, cariño! – movió el rostro, tomándole la cara con ambas manos. – Mira – la besó. Había pretendido decir otra cosa, mas el deseo pudo un poco más que la razón. Acarició sus labios como tantas veces lo había hecho y Ginny, estupefacta, le respondió.

¿Cómo no iba a hacerlo? Eran los besos de Harry.

- Soy Harry, preciosa – él también lloraba.

- ¿Cómo puede ser? – abrió los ojos y una mano se apoyó sobre la mejilla oscura. – ¿Harry? – él movió la cara para besar su palma. – ¿Harry?

- Es una historia muy larga. Afortunadamente, ya estamos terminando – se apartó un poco y miró a Alecto. La mujer lanzó un par de hechizos contra ellos y el escudo invisible terminó por resquebrajarse. – Corre, ¡anda! – se levantó con ella y le apremió ante la huída. - ¡Neville está en la cabaña! – Ginevra corrió sin dudarlo más. Movía los brazos a su alrededor, apartando a manotazo limpio las ramas que se interponían en su camino.

Harry vociferó un par de hechizos hacia la mujer, despidiéndola en el aire. Si hubiese tardado un poco más, ésta habría alcanzado a Ginny con algún maleficio.

Alecto se aturdió, perdió los estribos. De su boca salieron incontables maldiciones conforme pateaba el suelo con sus largas y flacas piernas. Se levantó, echando humo de la punta de su varita. ¿Cómo podía ese niñato acabar así con ella? ¡Imposible! ¿Y Octavius?

- Avada ke…

- ¡Expelliarmus! – bramó Harry y corrió, fuera de su alcance, adentrándose en el bosque oscuro con la idea de que ella lo siguiera. No aguantaría mucho con aquella varita. Agudizó el oído, escuchando los pasos de Carrow tras él. Aceleró un poco el paso, jadeando, con grandes gotas de sudor frío cubriendo su frente y sus parpados. Se detuvo en un punto cerca de una enorme roca plana y volvió a escuchar. Nada, la hija de puta había desistido… o no, ella solo quería… - ¡Dios, Ginny! – horrorizado y a punto de una convulsión, se devolvió sobre sus pasos.

Ginny llegó a la cabaña, buscando desesperada alguna tela que le cubriese la desnudez. Tomó un roto mantel que cubría una vieja mesa de madera y la alzó por encima de su cabeza, colocándosela como si fuese una capa. No había tiempo para titubear, ni mucho menos. Necesitaba su varita.

- Gi… - escuchó un murmullo lastimero. Corrió hacia la única habitación abierta y miró el agraviado cuerpo de su amigo.

- ¡Neville! – se arrodilló junto a él, ayudándolo a sentarse. – ¿Estás bien?

- Sí, ¿tú…? – tosió un poco, obligándose a escupir saliva para quitarse la incomodidad de la garganta. – ¡Joder! Siento que me muero. ¿Qué pasó?

- Necesito mi varita – Ginny barreó el lugar. Un gritito agudo salió de su garganta al percatarse del horrible sujeto inconsciente. - ¿Quién…?

- Secuaz de la maldita hija de perra. ¡Mierda, Ginny! Me duele todo… busca tu varita y salgamos de aquí – se levantó, apoyándose en una pared. Ginny lo imitó y buscó, irritada, su varita por cada rincón de la cabaña.

- ¡No la encuentro, Neville! ¡No la encuentro! – estaba a punto de volver a llorar. – ¿Dónde…? – un ruido seco provino de afuera. – ¡Harry! – gritó, Neville la miró sin entender.

- Ginny… – la mujer corrió hacia el exterior. – ¡GINNY, AGUARDA! – Neville se tomó las costillas y trató de seguirla. – Ginny… - Ahí estaba, él sí la reconoció apenas sus ojos la enfilaron de pies a cabeza. ¿Cómo no iba a ser así, si tanto lo había torturado estando en Hogwarts? Alecto Carrow, y apuntaba a Ginevra con su varita, amenazante. Estaba desnuda y poco parecía importarle. Su cuerpo tenía arañazos, ocasionados por las ramas, y un corte muy feo sobre su muslo derecho.

- Tú, Weasley… – siseó. – Sólo faltaba un poco, un poco más, y…

- ¿Qué…? – Ginny veía la varita, veía a la mujer, y veía un poco más allá, esperándolo a él, a Harry. ¿Y era de verdad Harry? Tenía que serlo; su besos, sus palabras, incluido el tono empleado para decirlas… ¿Cómo podía ser? No entendía como, pero era Harry. Entendía ahora la inquietud con Liam, la admiración ante su oscura mirada y el toque eléctrico cuando percibió sus dedos de color.

- Niñata estúpida. ¡Faltaba tan poco! – la pelirroja retrocedió, quedando junto a Neville. Su amigo le tomó la mano y la instó a colocarse tras él – Tantas molestias, tanta espera… ¡Y viene un idiota a arruinarlo todo! ¡TÚ! – Apuntó a la figura que aparecía entre los árboles. Harry se petrificó, empuñando la varita. – Detente ahí, muchacho. No sé quién eres, ni me interesa. Pero dado que por tu culpa, todo se estropeó, serás el primero en morir de una maldita vez.

- Harry… – susurró Ginny, Neville la miró de reojo.

- Ginny, Harry no…

- ¡Avada kedavra!

- ¡Harry! – Ginny corrió hacia el cuerpo del joven. Neville trató de detenerla, callándose de bruces debido a su malestar corporal.

- ¡Ginny!

- ¡Dios, no de nuevo, por favor! – el cuerpo pardo se desplomó como peso muerto sobre la tierra. – No de nuevo, por favor – Ginevra trató de voltearlo hacia ella.

- Y tú… – Alecto volvía a preparar su varita.

- ¡GINNY! – grito Neville.

- Ava…

- ¡DESMAIUS! – Una gruesa voz masculina hizo eco alrededor, resonando por encima de los árboles. Neville sintió como unas manos lo levantaban del suelo, estudiándolo. Los Aurores habían llegado.

Alecto Carrow recibió el impacto justo en la sien, perdiendo al instante el conocimiento. Se derrumbó hacia un lado, cayendo sobre uno de sus brazos.

- Ginevra – Bill Weasley corrió hacia su hermana, quitándose la capa para cubrirla. La vio llorar desconsolada sobre el cuerpo de un muchacho que no conocía. – Ginny…

- Es Harry, Bill – Ginny apartó las manos de su hermano.

- ¿Cómo? Ginny, él no es…

- ¡Era Harry! él… – señaló el cuerpo. – ¡Dios, Bill! ¡Voy a volverme loca!

- Ven, Ginny. Vamos a…

- ¡No! – volvió a alejarse cuando Bill pretendió levantarla.

- Los Aurores se encargarán de todo. Ven, vámonos de aquí, ya todo está bien.

- ¡Dios! No. ¡NO TODO ESTÁ BIEN! ÉL… - Señaló a Liam-Harry. – Él…

- Ginny, vámonos – su hermano la atrajo por los brazos. – Mírame, linda, mírame – ella obedeció. – Soy tu hermano, estoy aquí. Ven, vamos a llevarte a casa. Mamá, papá y todos esperan por ti – se dejó hacer, dejando que Bill la cargase como a una damisela rescatada, y hundió la cara en su pecho. Sus ojos, pesados y cansados de tanto, no tardaron en cerrarse.


Nota/a: Y falta un capítulo. ¡Al fin! después de ¿cuánto, tres años? Algo así. Este ha sido mi historia más "nudosa", y en cierta medida me ha costado un poco continuarla.

Varios de ustedes me han hecho saber que están pendientes de este fic, y eso lo agradezco y aprecio muchísimo. Pero si me dejaran un review, ¡me animarían mucho más! para mi son importantes sus opiniones, más con historias como ésta, donde busco probarme algo a mí misma. Así que ¡vamos! una buena critica constructiva siempre es para bien, ¿no creen?

¡Gracias por estar, gente! Espero volver pronto con el final.

Un abrazo apretado,

Yaniita.!