Capítulo 2: El Matrimonio.
Cuando Alison llegó a su casa House seguía durmiendo, así que haciendo en menor ruido posible se quitó la ropa y se metió en la ducha. No pudo evitar pensar en lo mucho que había cambiado su vida desde aquel viaje a Miami, y desde que House le pidió que viviesen juntos. Desde aquel día ella era más feliz de lo que nunca había soñado ser, desde aquel momento cada vez que cerraba los ojos les veía a ella y a House delante del altar, dando el "sí quiero". Para serse sincera, hacía varias semanas que esperaba que House le propusiese matrimonio, a pesar de que solo llevaban dos años saliendo. Pero, claro, quizás ese no era el tipo de cosas que haría él para demostrar su amor por alguien.
Se quitó todo el champú de la cabeza y se peinó un poco el pelo antes de salir de la ducha y ponerse su albornoz. Cuando llegó a la habitación, dispuesta a cambiarse, se encontró con que House se acababa de despertar, y la miraba sonriente desde la cama. Ella le devolvió la sonrisa y gateó entre las sábanas hasta tumbarse a su lado y besarle.
Cameron: Buenos días.
House: ¿Qué tal la mañana?
Cameron: Genial. ¿Qué tal has dormido?
House: Bien, no mucho, aunque más que tú.
Greg le guiñó un ojo, se rieron los dos y Alison se levantó y fue hacia el armario para ponerse la ropa que llevaría aquel día al trabajo mientras House se intentaba despejar frotándose los ojos con las manos.
House: ¿Cuánto has dormido?
Cameron: Tres horas.
House sonrió.
House: Pobrecilla. Si quieres nos quedamos en la cama, puedo decirle a Cuddy que estamos cansados, o...
La inmunóloga, que se acababa de poner la ropa interior y el pantalón, se acercó a House y le interrumpió con un pequeño beso.
Cameron: No hace falta, cariño.
House se levantó y fue hacia el armario para ponerse la ropa él también.
House: Siempre me ha asombrado tu espíritu trabajador.
Cameron: Sabes... (Se puso la camisa y comenzó a abrocharse los botones) Sabes que no es eso. Simplemente que me parece pobre utilizar la misma excusa dos veces para faltar al trabajo. Ya nos costó que Cuddy se lo tragase la primera vez.
House, quien en ese momento también se estaba abrochando su propia camisa, le sonrió mientras se acordaba de los primeros meses después del viaje a Florida. Las primeras semanas habían estado llegando casi todos los días tarde (lo que a Cameron no le hacía ni pizca de gracia, pero más tarde House se encargaba de consolarla a su manera), y algún que otro día se quedaban en casa como dos adolescentes que hacían pellas para ir al cine.
Cuando ambos acabaron de vestirse, fueron a la cocina para tomar el desayuno. Pero no solo House fue mala influencia para Cameron, las últimas semanas ella también le había incitado a él a llegar a su hora, entre otras cosas para compensar a Cuddy de sus desapariciones furtivas.
En la cocina, Camero ya estaba preparando las tostadas, pero House colocó un envoltorio en el centro de la mesa redonda.
House: No hagas tostadas, hoy desayunamos otra cosa.
Cameron arqueó las cejas.
Cameron: Oh, vale.
Greg abrió el paquete y dejó ver una tarta igual a la que había comprado en su viaje a Miami.
Cameron: ¿Esa no es...?
House: ¡Sip! He pensado que podíamos celebrar que ya ha pasado un añazo desde nuestro viaje.
Cameron (con una sonrisa de oreja a oreja): Me parece perfecto.
Abrió el cerrojo de la puerta principal intentando hacer el menor ruido posible, para no despertar a su mujer, pero el habitual chirrido de la puerta le hizo saber a ella que su marido ya había llegado. Se le acercó y le dio un beso en la mejilla mientras él dejaba las llaves encima de su escritorio.
Mujer: ¿Qué tal, cariño?
Hombre: Genial.
Hacía pocos meses que se habían casado, pero su situación sentimental era la equivalente a una pareja de más de veinte años de matrimonio. Su mujer llevaba tiempo reclamándole que no pasaban tiempo juntos, que no disfrutaban, que no hacían cosas para divertirse... ¡Pues claro! ¡Si es que él no quería hacerlas! Se tumbó en la cama encima de las sábanas, cogió su IPod, y puso la primera canción que apareció en la pantalla, mientras no podía dejar de pensar en aquello mujer que había visto por el parque. Se preguntaba si ella también se había fijado en él. Pero no tuvo mucho tiempo para preguntarse nada, porque acababa de entrar a la habitación su mujer, con una tostada en la mano.
Mujer: ¿Te vienes a desayunar conmigo?
Tuvo que leerle los labios para comprenderla, ya que no tuvo ni la menor intención de quitarse los cascos para oírla.
Hombre: Ya he desayunado.
Mujer: Oh...
La mujer pareció bastante decepcionada, pero él no le dio importancia.
Mujer: ¿Te vienes a hacerme algo de compañía?
El hombre soltó un suspiro, del que por suerte su mujer no se percató, y apagó su IPod para después volver a dejarlo sobre la mesilla y acompañar a su mujer a la cocina. Mientras la miraba no podía comprender por qué ya no le gustaba. Era alta, guapa, con una bonita melena rubia y de ojos marrones claros. Era la mujer perfecta... pero no para él.
Mujer: ¿Quieres que te haga un café?
Él asintió sin mucho ánimo y se sentó en una de las sillas que rodeaban la mesa circular de la cocina mientras observaba a su mujer preparándole la infusión.
Hombre: Oye, cariño yo... ¿Te sigo gustando?
La mujer se dio vuelta sonriente para mirar a su marido.
Mujer: Por supuesto, mi amor.
Soltó una pequeña risita y volvió su vista al café otra vez.
Mujer: ¿Por qué lo preguntas?
Hombre: Oí que...
No sabía qué excusa inventarse.
Hombre: Un compañero de trabajo me dijo que la pareja se deterioraba tras la boda.
Mujer: Llevamos cinco meses casados, no le hemos dado tiempo a que se deteriore.
La mujer le sirvió el café ayudándose de un guante de cocina, paro no quemarse la mano, y lo puso encima de la mesa, frente a él.
Mujer: Ten cuidado que está caliente.
Hombre: ¿Sabías que aparentemente el amor solo puede durar hasta siete años?
Mujer: ¿A qué viene tanto interrogatorio?
Hombre: ¿Y que las relaciones a distancia están destinadas al fracaso? Sea cual sea la relación, se arruina a los pocos meses de la separación.
Su mujer se sentó en una de las sillas, a su lado, mientras degustaba su leche con chocolate.
Mujer: ¿Te pasa algo?
Hombre: No, es que he estado leyendo. En Internet hay publicados un par de capítulos de un libro que habla de un estudio sobre el amor.
Mujer: Pues no leas chorradas, cariño. Ese tipo de cosas te carcomen el cerebro.
La rubia se levantó de su silla y dejó su taza, ya vacía, en el fregadero.
Mujer: Tenemos que comprar un lavavajillas, que a veces me canso de lavar tanto a mano.
Pero él no contestó. Ni siquiera estaba escuchando. Su mente seguía en aquel parque, observando a aquella extraña mujer que por alguna razón no se le escapaba de la cabeza.
La particular y totalmente falsa sonrisa de la directora del hospital les saludó una vez más apenas pisaron el vestíbulo.
Cuddy: ¡Buenos días! ¿Sabéis que hora es?
House: Ilumíname.
Cuddy: Las nueve en punto. ¿Sabéis qué quiere decir?
Cameron: ¿Qué llegamos a nuestra hora?
Cuddy: ¡Exacto! Me alegra saber que comenzamos a entendernos.
House y Cameron consiguieron evadir inteligentemente a Cuddy tras coger los ascensores y se encaminaron hacia el despacho del nefrólogo, donde se encontraron con Foreman, leyendo una revista.
Foreman: Tenemos un caso.
House: ¿Dónde está el canguro lengualarga?
Foreman: En quirófano.
House: ¿Y quién le ha mandado ahí?
Foreman: Cuddy.
House: Joder, esta tía está más amargada que nunca desde que no folla.
Cameron se acababa de sentar al lado de Foreman cuando observó a su jefe con la intención de salir del despacho.
Cameron: ¿Dónde vas?
House: Al despacho de la pirata escoteabierto. Si cree que puede controlar a MIS empleados…
Cameron: No te pases, recuerda que ella sigue siendo tu jefa.
House: Sí mamá, tendré cuidado.
La oficina estaba más abarrotada que nunca; los empleados iban de acá para allá pegados a sus teléfonos móviles y las secretarias no paraban de llevar papeles y carpetas de una esquina a otra del recinto. El abogado se acercó a la ventana y miró hacia abajo. La vista desde el decimosexto piso era preciosa, pero una vez más su vértigo le hizo retroceder un par de pasos para no marearse.
Rita: Señor, aquí tiene los casos que le ha asignado el señor Navarro.
Tres carpetas cayeron en manos del abogado mientras su secretaria se despedía con cara de agobio extremo. Era evidente que después de las vacaciones todo el trabajo se había multiplicado por tres. Fue hacia su despacho y se alegró de encontrarse solo. Se sentó en su silla y abrió la primera carpeta. Era un divorcio solicitado por su cliente, el marido. Lo ojeó unos minutos y abrió la siguiente carpeta, que contenía el caso de otro divorcio, esta vez por parte de la mujer. Lo ojeó un par de segundos y lo apartó a un lado antes de coger el tercer y último caso. Se paró a pensar. Siempre había oído que después de las vacaciones muchos matrimonios se arruinaban, pero era la primera vez que lo vivía en carne propia. Ladeó la cabeza y se persuadió a sí mismo de que tenía que seguir con su trabajo. Al empezar a leer el tercer informe se alegró de que no fuese otro divorcio. Un médico había introducido en el cuerpo de un paciente, una medicina que sabía que no tenía nada que ver con su condición, y que por suerte no le causó ningún daño severo. Pero aparentemente el médico hizo que un subordinado suyo cargase con la culpa del fallo.
Hombre: Qué raro… ¿No tienen un abogado particular en este hospital?
Consultó el reloj y se dio cuenta que faltaba poco más de media hora para la reunión con aquel médico, así que cogió todo lo indispensable y salió de la oficina esquivando a sus compañeros.
Cuddy: Necesitaba un cirujano.
House: ¡Pues te buscas a otro! ¡Chase es mío!
Cuddy: ¿Te das cuenta de que parecemos un matrimonio divorciado luchando por la custodia de nuestro hijo?
House (con un tono muy exagerado): ¡El niño nunca te querrá! ¡Yo soy su figura paterna! ¡ME NECESIIIIIIIIIIIITA!
Cuddy frunció el ceño, aguantándose la risa.
Cuddy: En un par de horas le tendrás en tu despacho otra vez, pero hasta entonces…
House: Consíguete otro cirujano, tienes muchos.
Cuddy: No.
House: ¡Venga! Si no tienes ninguna razón para…
Cuddy: ¡Te he dicho que no! ¿Cuántas veces hay que repetirte a ti las cosas para que las entiendas?
House: Lo que te pasa es que estás de mal humor porque ya no tienes a nadie que te meta su…
Cuddy: No vayas por ahí, House, que no tienes ni idea.
House: Pero si uno de vosotros me lo contase, a lo mejor yo podría hablar conociendo todos los detalles.
¿Doctora Cuddy?
Los dos médicos dirigieron su vista hacia la puerta del despacho, donde un hombre de poco más de treinta años, media estatura y de pelo castaño y ojos de color marrón-verdoso les miraba bastante seguro de sí mismo.
Cuddy: ¿Señor Watling?
El abogado asintió levemente, con expresión seria.
Cuddy: House, este es Zac Watling, tu nuevo abogado.
House miró a Zac de arriba abajo y estrechó la mano que el abogado le tendió.
Zac: Buenos días doctor House.
House: Hola...
El nefrólogo no dejaba de fruncir el ceño.
Cuddy: House, vete a la sala de juntas que yo tengo que hablar unos minutos con el señor Watling.
House levantó una ceja y se fue del despacho sin decir otra palabra. Cuando Cuddy se cercioró de que su conversación ya era privada, volvió a posar su mirada sobre el abogado, pensando cómo le iba a decir lo que le quería proponer.
Cuddy: Señor Watling, he leído su currículum y me gustaría que comenzase a trabajar aquí.
Zac: ¿En el hospital?
Cuddy: Claro, estaría genial. Desgraciadamente, nuestro último abogado no se llevaba muy bien con los empleados.
Zac: ¿Y eso cómo fue?
Lisa soltó un suspiro.
Cuddy: En realidad no se llevaba nada bien con el doctor House, que ocupa un cuarenta por ciento de las demandas del hospital.
Zac: En ese caso no tendré ningún problema. Me encantaría venir a trabajar aquí.
Cuddy se sintió aliviada.
Cuddy: Entonces… Genial. Cuando acabe con el doctor House pásese por mi despacho para poder rellenar todos los papeles.
Era como si le hubiesen leído la mente. Llevaba meses queriendo cambiar de trabajo y de repente le había surgido uno de los más interesantes que le pudiese aparecer a un abogado. Sonrió de forma formal y salió del despacho tras despedirse de su futura jefa.
