Capítulo 3: La Sangre de una Familia.
House: No me gusta este abogado.
Cuddy: Pues él me ha contado que todo ha ido genial.
Parecía que últimamente las paredes del vestíbulo del hospital habían sido testigos de todas y cada una de las discusiones del nefrólogo y su jefa.
House: Me da dolor de cabeza y voy a acabar haciéndome adicto a los calmantes.
Cuddy: Y eso sería una verdadera tragedia.
House: Ese tal Watling… No me convence.
Cuddy: ¡Es el primer abogado que te logra mantener a raya! Le he contratado.
House: ¡¿Qué has hecho qué?!
Cuddy: Así que te quedan dos opciones: llevarte bien con tu abogado… o no cometer más delitos. No es tan complicado, incluso tú deberías ser capaz de entenderlo.
A las dos de la tarde Zac Watling ya estaba de vuelta en su oficina en las afueras de la ciudad para recoger todas sus cosas. Se alegró de que su jefe no estuviese presente en el momento en el que él le dejó la carta de dimisión encima de su mesa y se dirigió a su despacho para recoger las pocas cosas que había desempaquetado después de la vuelta de sus vacaciones. Su partida no fue ni mucho menos trágica, ya que la mayoría de los empleados ni se relacionaban con él ni se dieron cuenta de que acababa de renunciar a su puesto de trabajo. La mayoría de los que le llegaban a conocer le consideraban una persona "peligrosa", mala influencia. Uno de sus hermanos había ingresado en la cárcel a los veintiún años, cuando Zac tenía tan solo diecisiete, y el otro era bastante conocido por ser un buen hacker informático. Su madre tampoco tenía fama de ser trigo limpio, y se rumoreaba que quizás más de uno de sus niños no era hijo de su marido. De cualquier modo, si la familia Lawrence Watling (con su origen en Inglaterra) era conocida por algo más que el dinero, era por la delincuencia y la falta de ética en sus miembros más cercanos. Una reputación que el abogado intentó cambiar en vano escogiendo una carrera más o menos respetable como era la de derecho. Pero su fama iba de mal en peor conforme intentaba limpiar su nombre y es que el asunto llegó a tal punto que prefirió adoptar el apellido "Watling" de su madre para que no se le relacionase directamente con los negocios sucios del empresario Jeffrey Lawrence, que en paz descanse.
El abogado cogió la primera salida a la derecha y se paró ante el semáforo. Aprovechó el tiempo para hacer una llamada telefónica de unos cincuenta segundos. Cuando acabó, el semáforo todavía seguía en rojo. Guardó el móvil en el salpicadero, rozando con su dedo índice el metal frío de su 9mm, objeto que le había dejado su padre de herencia antes de morir. El testamento indicaba que el resto de sus bienes materiales y dinero pasarían directamente a su esposa.
-Viejo cascarrabias egoísta- murmuró para sí.
Frenó de golpe al encontrarse con otro semáforo en rojo, el cual no había visto. Suspiró y se dijo que, dada su baja capacidad de concentración, sería mejor que mantuviese los cinco sentidos puestos en la carretera.
El nefrólogo se acercó a la pizarra blanca con su habitual cojera y un visible mal humor.
House: Venga, qué le pasa a este tío.
Foreman miró su historial mientras House se preparaba para apuntar los síntomas en la pizarra.
Foreman: Presenta visión borrosa, dolor de cabeza, alucinaciones y un poco de fiebre.
Cameron: Fiebre, eso significa infección... ¿Qué pasó con Chase?
Foreman: No creo que ese sea el problema principal. Algo más debe estar causando los otros síntomas. Probablemente sea un catarro.
House: Ponedle antibióticos y hacedle una resonancia. Tiene que ser neurológico.
Cameron: ¿Qué pasó con Chase?
House: Lo tendremos en unas horas. Vosotros id a hacer las pruebas.
Cuando los dos médicos llegaron a la habitación del paciente, Chase ya se encontraba suministrándole antibióticos.
Cameron: ¿Cómo has sabido qué…?
Chase: Fiebre - antibióticos. Acción – reacción.
Chase les sonrió y se acercó a ellos.
Chase: ¿Qué ha dicho House?
Foreman: Que le hagamos una resonancia.
El paciente, que estaba dormido, abrió los ojos poco a poco y se quedó boquiabierto mientras miraba expectante a los tres médicos, que dirigieron la vista hacia él al instante.
Chase: ¿Cómo se encuentra?
Ryan se quitó todas las vías y se puso de pie, al lado de la cama, dispuesto a irse de allí, pero se tuvo que sentar al sentirse algo mareado. Cameron fue a ayudarle inmediatamente.
Cameron: Siéntese, señor, es mejor que no se mueva de la cama.
Saddler: No, tengo… tengo que irme.
Chase: Necesito que nos responda a unas preguntas para poder ponernos en contacto con su familia.
Saddler: ¡No! No les avise, estaré bien.
Chase: Vale, pero de todas formas tiene usted que tumbarse.
El paciente volvió a su cama de mala gana y se preparó para el "batallón" de preguntas.
Chase: ¿Nombre completo?
Saddler: Ryan Saddler Van Erre.
Chase: ¿Nacionalidad?
Saddler: Irlandés de sangre italiana.
Chase le miró con el ceño fruncido e hizo una pausa para dejar de escribir.
Saddler: Usted ponga irlandés.
Chase: ¿Alguna enfermedad en algún miembro de la familia?
Saddler: Mi tatarabuelo murió de cáncer, su padre de tuberculosis, y mi tío murió tras un infarto. Los demás no han tenido nada más que resfriados.
Chase le volvió a mirar sorprendido.
Chase: ¿Cómo es que sabe el historial familiar de su tátara tatarabuelo?
Saddler: ¿Quiere volver a las preguntas rutinarias, por favor?
Chase ladeó la cabeza, algo ofendido, y siguió con el cuestionario.
Chase: ¿Algún familiar cercano que se pueda ocupar de usted si quedase incapacitado?
Saddler: Si me pasa algo ya se enterarán, téngalo por seguro.
Chase no se quería meter más en los asuntos de ese hombre, notaba que tenía algo sucio entre manos, así que volvió a las preguntas una vez más.
Chase: ¿Algún síntoma más además de fiebre, visión borrosa, dolor de cabeza y alucinaciones?
Saddler: ¿Entumecimiento en las piernas?
Chase: ¿Es una pregunta o una afirmación?
Saddler: Afirmación.
Chase anotó su última respuesta y se volvió hacia sus dos compañeros, que no se habían movido del sitio.
Chase: Todos los síntomas apuntan a que esto es neurológico. Llevémosle a resonancia.
Foreman y Cameron asintieron y los tres se pusieron a preparar todo para llevarle a hacer la prueba.
El su paseo por el hospital tuvo la oportunidad de fijarse en varias de las enfermeras, que aunque tenían buen cuerpo, no le llamaron demasiado la atención. Los primeros tres minutos tuvo algo de remordimiento, pero a los cuatro o cinco minutos se convenció de que ya tenía la conciencia demasiado sucia para preocuparse. Los médicos le sonreían y le felicitaban por su nuevo trabajo. Watling pensó que la gente allí era mucho más amable que en el bufete de abogados y se fijó también, en que en ese hospital las noticias volaban. En la mitad del pasillo de la segunda planta se cruzó con su jefa y le devolvió la sonrisa. "Dando una vuelta por el hospital, ¿eh?" A pesar de la frase y el guiño de ojos, la directora del hospital no pareció dispuesta a entablar una conversación, y ni se detuvo al decir la frase. Él la observó entrar en el ascensor y, cuando ella le miró, volvió a sonreírle. Su despiste provocó que Zac se chocase con un empleado del hospital, que soltó un pequeño grito de dolor y al que se le cayeron todos los papeles que llevaba encima.
Zac: Lo siento muchísimo, de verdad. Soy nuevo, ¿sabe? Y todavía me estoy situando.
El abogado se apresuró a agacharse y a recoger todos los papeles. A pesar de la reputación de su familia parecía que él era un hombre de lo más educado. Levantó la vista para después encontrarse con unos ojos de color verde esmeralda, de un tono muy distinto al suyo.
Cameron: No se preocupe, le entiendo. Cuando fui nueva yo también me iba chocando con las paredes.
Él le entregó todos los papeles, ya de pie, y ella se limitó a sonreírle.
Cameron: ¿Le conozco?
Watling la miró de arriba abajo lo más disimuladamente que pudo. Esa mujer…
Zac: No… no estoy seguro.
La inmunóloga soltó una risita.
Cameron: Bueno, si se acuerda puede decirle a la recepcionista que me localice por el busca, soy la doctora Alison Cameron.
Zac: Yo me llamo Zac Watling.
Ella se despidió sin dejar de sonreír y él no pudo hacer nada más que otorgarle una tímida sonrisa mientras Cameron entraba en el despacho de House.
¿Zac?
El abogado se dio la vuelta y se encontró con un hombre de pelo castaño y ojos marrones claro.
David: ¡Zac!
Zac: ¿David?
David: ¡¡Zac!!
Los dos se rieron y se abrazaron con júbilo.
David: ¿Qué haces aquí, tío?
Zac: Trabajo aquí, ¿y tú? ¿Qué haces con traje y corbata? ¿Y ese acento raro que has cogido al hablar? No me digas que estás intentando imitar a papá…
David: ¡Por supuesto que no! Trabajo de asesor informático en una empresa en Londres, llevo viviendo más de dos años allí.
Zac: ¿Así es como llaman los pijos a los hackers?
Ambos se volvieron a reír.
David: Más o menos.
Zac: Oye, ¿y qué haces aquí?
David: Venía a saludar a un amigo que trabaja aquí.
Zac: ¿Cómo se llama?
David: No le conoces, se llama Victor Wentworth.
Zac: Ahh… Ni idea.
David: Oye, hermanito, te tengo que dejar que tengo muchas cosas que hacer.
Zac: Pásate por casa a saludar a mamá, que no hace más que hablar de ti.
Ese, sin duda, había sido uno de los días más raros de su vida. Había cambiado de trabajo de forma inesperada, había vuelto a ver a su hermano después de quince años y se había encontrado con una extraña mujer que no sabía por qué le atraía.
