CAPÍTULO 16
El regreso
Como era de esperar, el comportamiento de Quinn esa noche, trajo consecuencias con Rachel. Habían pasado tres días y la morena había ignorado los dos mensajes que la rubia le envió al día siguiente. Aquel "¿Estás muy enfadada?" y el "Lo siento" que siguió al ver que no contestaba no eran suficientes para Rachel.
Aquella actuación de Quinn le dolió, sus palabras en cuanto al tema de Barney como si ella se fuera con cualquiera a la cama no le hicieron gracia, pero sobretodo la frialdad con la que había soltado que para ella no era tan importante y que no la necesitaba, llevó su enfado y su desilusión con ella al límite. Quinn no recibiría su perdón tan fácilmente.
La rubia lo sabía, sabía que la había fastidiado por aquel pésimo día y que todo lo que dijo estuvo fuera de lugar, sabía que debería pedirle perdón a la cara, enfrentarse a ella y demostrarle que si le importaba ella y su amistad. Pero Quinn Fabray seguía teniendo su molesto orgullo, llegando al tercer día sin saber nada de la morena por culpa de la vergüenza de no saber cómo enfrentarse a ella.
Lo que no sabía Rachel, es que esa tercera tarde, tendría que cambiar sus planes.
Poco después de terminar de comer, Quinn escuchó el timbre de su casa justo cuando acababa de arreglar la cocina. Se podría haber esperado a cualquier persona en la puerta menos a ella, a Rachel, y menos en el estado en el que estaba.
Ante ella, una desconsolada morena la miraba sin poder contener el llanto, nerviosa y abrazándose a sí misma.
-Rachel, ¿Qué pasa? – reaccionó la rubia al verla de aquella manera, sorprendida y asustada.
-Quinn… - fue lo único que atinó a decir antes de lanzarse a sus brazos para seguir llorando allí, sobre su hombro.
-Rach, me estás asustando… - dijo cerrando la puerta y caminando hasta el sofá, sentándose junto a ella, abrazándola. – Háblame, por favor… - decía ante el silencio de la morena que solo lloraba. - ¿Es por lo que pasó el otro día? Lo siento mucho Rachel, no quise decir nada de lo que dije, fui una estúpida y tendría que haber ido a pedirte perdón y no dejarlo pasar, pero soy una orgullosa y una cobarde. Por favor, no estés así, no lo soporto… - decía angustiada.
-No, Quinn, no es por eso… - dijo negando con la cabeza.
-¿Entonces?
-Es mi… mi abuela… - dijo mirándola al ver que Quinn la separaba de ella para que le contestara.
-¿Tu abuela? – dijo sin comprender, con el ceño fruncido.
-Se ha muerto, Quinn… - dijo con la mirada más triste que la rubia le había visto nunca.
-Oh, cariño, lo siento mucho… - dijo abrazándola fuertemente, dejando que la morena se desahogara, intentando confortarla con suaves caricias en su espalda mientras notaba como sus lágrimas iban mojando su cuello, donde Rachel había escondido la cabeza entre sollozos.
-Me ha llamado mi padre hace un rato y yo… Ella estaba bien, hablé con ella hace menos de una semana y ahora… - decía confundida. – No sabía a quién acudir… - dijo justificando su presencia en casa de la rubia, volviendo a mirarla. – No tengo a nadie de confianza, que me importe aquí excepto a ti…
-Has hecho bien en venir, estoy para ti, Rach. – dijo emocionada por las palabras y sintiendo la frase de aquella noche como una losa. – Estoy para lo que quieras, no lo dudes, por mucho que te diga que no eres importante, porque lo eres ¿vale? – dijo cogiendo la cara de la morena entre sus manos, apartando con sus pulgares las lágrimas que le caían. La morena asintió, con la comisura de sus labios curvada hacia abajo y agradecida por aclararle aquello. Realmente, en un principio dudó en acudir a ella, por tener miedo de que eso fuera verdad y no le importara lo que pasara con ella. Pero allí estaba Quinn, reconfortándola, calmándola de la forma más dulce, haciendo que no se arrepintiera de estar con ella.
-No tengo ni idea de lo que tengo que hacer Quinn… - dijo con un hilo de voz. La rubia entendió que era lo que preocupaba a la morena y supo que tenía que tomar ella el control de la situación, de pensar y actuar por Rachel.
-No te preocupes por nada, ahora mismo vamos a solucionarlo. – dijo dándole un suave beso en los labios y levantándose del sofá. – Quédate aquí, no tardaré más de cinco minutos.
La morena asintió, viendo cómo se perdía por las escaleras y sin saber que iba a hacer, pero en ese momento no podía pensar en nada, todos sus pensamientos estaban con su abuela y en como de mal lo estaría pasando su padre.
Tal y como había dicho, Quinn tardó unos minutos en volver a aparecer, el tiempo que le llevó hacer su maleta, casi siempre a punto debido a sus constantes viajes y una llamada de teléfono a su manager para informarle y pedirle que preparara todo, necesitaba dos billetes de avión cuanto antes.
Al llegar al salón, tiró de la morena que tan solo se dejaba llevar por Quinn, que cogiendo las llaves del coche de Rachel, condujo hasta su casa en completo silencio tan solo roto por algunos suspiros de una devastada morena.
-Prepara lo que necesites en una maleta, nos vamos a Lima, en una hora sale el vuelo. – informó la rubia una vez estuvieron dentro de la casa. – Dame el número de tu manager, mientras que preparas todo yo le comentaré lo que ha pasado y que nos vamos.
Rachel no puso impedimento, dándole directamente su móvil a la rubia. No le apetecía hablar con nadie ni explicar lo que había pasado, por lo que agradeció que Quinn le quitara ese peso de encima.
El avión las esperaba en el aeropuerto. Sería un vuelo largo desde Los Angeles hasta Lima, pero bajo la protección de unas gafas de sol para ambas, Quinn no dejaba a la morena ni un segundo, pendiente de ella y de los papeleos hasta llegar al avión.
Sentada en el avión ya en el aire, Rachel estaba más tranquila mientras sentía el peso de sus ojos debido a las tantísimas lágrimas que había derramado. Estaba en su mundo, en silencio, algo extraño en ella, pero el dolor podía con ella. Por un momento, miró a su izquierda, donde en la ventanilla del avión, a su lado, Quinn se mantenía con la vista perdida, entregada a sus pensamientos como de costumbre.
-¿Has avisado a mi manager? – preguntó la morena, sacando a Quinn de su burbuja, logrando que la mirara.
-Sí, está todo arreglado, no te preocupes. Le he dicho que cuando estés más tranquila y con tu familia le llamarás.
-Gracias.
-No tienes que agradecerme nada. – dijo sincera, con la media sonrisa más dulce adornando su cara. La morena solo pudo sonreír vagamente como agradecimiento, quedándose atrapada en sus ojos unos segundos.
-Para no ser muy importante para ti, lo estás haciendo bastante bien… - dijo en un intento de broma, pero la rubia torció el gesto, sabiendo que sus palabras la hirieron.
-Te lo he dicho antes, fui una imbécil el otro día… Perdóname, dije muchas cosas de las que me arrepiento. ¿Me perdonas? – preguntó buscando su mirada, poniendo cara de perro abandonado. La morena la observó unos segundos, dándose por vencida mientras asentía con una tímida sonrisa.
-Si… Pero, ¿que son esas cosas de las que te arrepientes?
-Para empezar, te diré que no me arrepiento de lo que dije sobre Barney. Sigo pensando que es un estúpido que no para de hacer el tonto para conquistarte bajo mi punto de vista. – dijo recibiendo una mirada acusatoria de Rachel. – Me fallaron las formas, pero le dije exactamente lo que creía. Tú te llevaste los daños colaterales… Esa es una de las cosas de las que me arrepiento. También por decir que no eres importante para mí, porque sí que lo eres, cada día que pasa, más… - dijo seria, viendo como Rachel bajaba su mirada, incapaz de sostener aquella intensidad en su mirada. – Y también me equivoqué al decirte que no te necesito, porque a lo mejor para que me lleves en coche no me haces tanta falta… - dijo haciendo sonreír a Rachel. – Pero en otros aspectos de mi vida sí que te necesito. Te necesito como amiga, como mi agarre para afrontar la vida con una sonrisa, como mi amante, te necesito para que me consueles si me ves llorar y para reírnos por cualquier chorrada, para que aguantes mis cambios de humor y me perdones cuando pague contigo enfados que no tienen nada que ver contigo y te necesito para que me necesites en momentos como este y me dejes estar a tu lado, ayudándote y dándote mi apoyo… - dijo abriéndose a ella, dejando a Rachel en fuera de juego tras aquella confesión. Le había movido cada centímetro de su cuerpo escuchar aquello, intentando ignorar que su corazón palpitaba con furia mientras escondía su cara en el cuello de Quinn.
-Creo que yo también estoy empezando a necesitar esta amistad… - susurró para quedarse ambas en silencio, tranquilas tras un suspiro, volviendo cada una a sus pensamientos, a mantenerse ensimismadas.
La cabeza de Rachel no podía parar de dar vueltas en dirección a su familia. Aquel vuelo se le estaba haciendo eterno y aunque no quería volver a llorar, la tristeza podía con ella y sus ojos lo reflejaban. Para la rubia no pasó desapercibido.
-¿Por qué no dejas de pensar un poco y duermes un rato? – preguntó dulcemente, limpiando una lagrima rebelde que se había escapado de la morena.
-No puedo… No me creo que mi abuela se haya ido, Quinn… - dijo en un sollozo.
-¿Vivía con tus padres?
-No… Durante un tiempo vivió con mi tía en Washington, pero hace poco más de un año volvió a Lima. Nunca quiso vivir con sus hijos, decía que ella se valía por sí misma y lo hacía… Era la mujer con más energía que conocía…
-Entonces ya se de quien has sacado eso. – dijo con media sonrisa que contagió a la morena. - ¿Cuántos años tenía?
-Ochenta y cuatro, pero tenía sus cinco sentidos, seguía activa y de repente…
-¿Qué le ha pasado? – preguntó con cuidado.
-Dice mi padre que simplemente dejó de respirar mientras dormía… Fue a verla esta mañana y se la encontró… - decía con un hilo de voz.
-Cuéntame algo de ella. – le pidió acariciando su mano, queriendo que no pensara en lo feo, si no en los buenos momentos.
-Es…era genial… - se corrigió después de pensar unos segundos. – Cuando era pequeña me pasaba horas enteras con ella. Fue quien me aficionó a los musicales, la que me enseñó las películas que adoro hoy en día y la primera que creyó en mí, incluso antes que mis padres para hacerme saber que valía para ser lo que quisiera, para llenar teatros en Broadway o una sala de cine. – le contaba con una sonrisa. – Cuando llama, lo primero que hacía después de preguntarme cómo iban las cosas era si era feliz, si mi vida era como yo quería. Cuando le decía que sí, ella respiraba tranquila y me decía que eso era lo único importante, que fuera feliz con lo que hacía.
-Era una buena abuela…
-La mejor. – le aseguró. – Y tenías algo en común.
-¿Ah, sí? – preguntó con una ceja alzada.
-Sí, las dos os oponíais a que me casara con Finn. – dijo haciendo reír a Quinn. – Creo que fue la única vez que mi abuela me dijo que la había decepcionado y mira que hay unas cuantas cosas de las que no me enorgullezco… Creo que al escucharla supe que iba a cometer el mayor error de mi vida, pero seguí para adelante como toda una adolescente enamorada… - dijo con media sonrisa.
-Estabas entregada a la causa…
-Si… - dijo con la mirada perdida para volver a clavarla en Quinn sin poder evitar llorar. - ¿Qué voy a hacer ahora sin ella? ¿Quién va a ver musicales conmigo y me va a preguntar si soy feliz?
-Ey, no llores más, por favor… - le pedía cogiendo su cara entre sus manos. – No puedes llegar así a tu casa, Rach, tienes que ser fuerte, al menos por tu padre. No puede verte así, porque va a sufrir todavía más…
-Lo sé…
-Y en cuanto a los musicales, no me importará verlos contigo, pero solo de vez en cuando, muy de vez en cuando… - dijo de forma cómica, consiguiendo que Rachel soltara una pequeña risita. – Y yo me encargaré preguntarte si eres feliz, de asegurarme que sigues como hasta ahora, y si algún día no lo eres, yo misma me aseguraré de que vuelvas a serlo. – sentenció con la morena haciendo un puchero. – Ven aquí anda… - dijo pasando su brazo por su hombro, haciendo que la morena apoyara la cabeza en el suyo. – Descansa un poco…
No fue mucho lo que Rachel durmió en el avión, pero las manos de Quinn acariciando su brazo y su mano y sus palabras tranquilizadoras fueron como un calmante mientras se pasó el resto del viaje acurrucada en ella.
Cuando llegaron a Lima era casi media noche. Intentando pasar lo más desapercibidas posibles ante las miradas curiosas que las reconocían, llegaron hasta el coche que la rubia pidió a su manager que alquilara para poder moverse mejor por la ciudad, presentándose en la casa de la morena en media hora.
Ambas se acercaron hasta la puerta, esperando a que la abrieran. Leroy no tardó en aparecer.
-Cariño… - dijo abrazando a su hija tiernamente, sorprendido de verla allí a esas horas. – Pensaba que vendrías mañana…
-Quinn consiguió billetes para hoy. – dijo mirando agradecida a la rubia, que veía la escena algo apartada y no queriendo molestar.
-Oh, muchas gracias, Quinn, cuanto tiempo sin verte, estás guapísima. – dijo el hombre amablemente.
-Muchas gracias señor Berry. – dijo estirando su mano para saludarle.
-No me llames de usted, simplemente Leroy. – dijo con una sonrisa mientras la abrazaba, sorprendiendo a la rubia que acabó por aceptar aquella muestra de afecto.
-¿Dónde está papa? – preguntó la morena preocupada. - ¿Está muy triste?
-Imagínate, cariño… Ninguno esperábamos esto… Pasa, está en el salón. – informó el hombre, pero en cuanto pusieron un pie dentro de la casa, Hiram aparecía en la entrada de la casa.
-Oh, papa… - dijo Rachel al verlo, echándose a llorar en sus brazos. Padre e hija se abrazaron, buscando el consuelo mutuo.
-No llores, cariño, me vas a poner triste…
-Es que…
-Lo sé, yo también la voy a echar de menos… - dijo con un nudo en la garganta. Tras unos segundos más con su hija entre sus manos, Hiram se dio cuenta de la presencia de la rubia. – Hola, Quinn.
-Hola, señor Berry.
-Hiram. – la corrigió.
-Hiram… lo siento mucho… - dijo acercándose a él para darle un breve abrazo. – Por lo poco que me ha contado Rachel, era una mujer alucinante, me hubiera encantado conocerla…
-Muchas gracias, hija… - agradeció el hombre las palabras. – Le hubiera encantado conocer a toda una estrella de Hollywood.
-Ya la conocía, su nieta lo es. – dijo mirando a la morena y provocando una sonrisa en los tres miembros de la familia.
-Me alegro de verte, Rachel nos habla de ti y lo cambiada que estás.
-Sí, fue una suerte encontrarme con ella en esa película… Y en cuanto a que estoy cambiada, no le hagáis mucho caso, es solo que ya no le tiro Slushies en la cara y me ve diferente… - dijo haciendo reir a los dos hombres, algo que agradeció Rachel enormemente. Ver reír a sus padres en esa situación la reconfortaba.
-Que graciosa eres… - dijo sacándole la lengua burlonamente, sacando una sonrisa en Quinn.
-Es tarde ya, deberíamos ir a dormir, mañana será un día largo… - sugirió Leroy.
-Sí, tu padre tiene razón… Tú irás a casa de tu madre ¿verdad? – preguntó a la rubia, que por primera vez, se encontraba incomoda en esa situación. Al ver la cara de Quinn, Rachel salió en su ayuda.
-Se quedará aquí. – informó a sus padres, que la miraron de inmediato. Quinn no supo interpretar aquellas miradas.
-No importa, tengo una reserva en un hotel, no pasa nada.
-¿Tu madre no está en Lima? – preguntó Hiram desconcertado.
-Eh…no lo sé, la verdad. – dijo de forma sincera. Los hombres se miraron entre ellos, dándose cuenta de que algo pasaba, pero no preguntaron más. – Será mejor que me vaya, mañana te llamaré.
-No, espera, no voy a dejar que te vayas al hotel, aquí hay sitio.
-Tu tía está durmiendo en la habitación de invitados y mañana viene tu tío con tu prima, no hay sitio… - dijo Leroy. No quería ser grosero, no le importaba que la rubia se quedara, pero la situación estaba así.
-Bueno, entonces mañana ya veremos que hacemos, hoy dormiremos las dos en mi habitación. – dijo cogiendo la maleta, callando a Quinn con la mirada para que no dijera nada al ver que quería protestar.
-Tu cama no es muy grande, Rachel…
-No importa, ya nos apañaremos. – dijo sin achantarse. – Buenas noches. – dijo dándole un beso y un abrazo a cada uno de sus padres. Luego cogió del brazo a la rubia para subir con ella hasta su habitación, mientras Quinn les deseaba buenas noches a los Berry que miraban alucinados a su hija.
-Tus padres están flipando, Rachel, tendría que haberme ido al hotel.
-No voy a dejar que te vayas a un hotel. – dijo mirándola a los ojos. – Voy a ponerme el pijama y a llamar a Santana y a Kurt, no saben nada todavía.
-Está bien, yo haré lo mismo, tengo que llamar a Brody para que se haga cargo de Jagger y Ringo.
-Vale, puedes utilizar mi baño, yo iré al del pasillo.
La morena abrió su maleta para coger su camisón, cogió su móvil y salió de la habitación cerrando la puerta tras ella y dejando a la rubia allí dentro, observándolo todo. Se encontraba dentro de la habitación de Rachel Berry y una sonrisa automática se escapó de su cara.
Cada centímetro de aquella habitación, estaba impregnada de la esencia de la Rachel más pura, de aquella adolescente que fantaseaba con ganar un Tony y luchaba contra viento y marea por un solo. Ahora, el Tony era una realidad, descansando uno de ellos en el tocador de aquel cuarto.
Una vez cambiada, se sentó en la cama y llamó a su amigo.
-¿Pasa algo, Quinn? – preguntó asustado.
-No, tranquilo, siento llamarte a estas horas.
-No pasa nada, es que me has asustado.
-Perdón, solo quería que te encargues de los perros, he tenido que salir de viaje.
-¿Y eso?
-Estoy en Lima… - dijo después de un largo suspiro.
-¿Qué?
-La abuela de Rachel ha muerto y nos hemos venido corriendo…
-Rubia…
-Rachel necesita apoyo y yo se lo voy a dar.
-Pero es que estás en Lima, donde juraste no volver a poner un pie.
-Lo sé y créeme, no quiero pensar mucho en ello, porque si no, es probable que coja el coche y salga de aquí corriendo…
-No hagas eso, se una buena amiga. Puede que te sirva para enfrentarte a todos tus miedos.
-No lo creo… Escucha, voy a colgar, aquí todos duermen y voy a molestar. – dijo queriendo acabar con la conversación.
-Vale, no te preocupes por Ringo y Jagger y dile a Rachel que lo siento.
-Eso deberías decírselo tú, no seas cómodo y llámala mañana, te lo agradecerá. – le aconsejó
-Está bien…
-Gracias, hasta mañana.
-Adiós.
Al colgar la llamada, Quinn dejó su móvil en la mesita de noche y se metió en la cama, quedándose perdida en sus pensamientos hasta que vio entrar a Rachel. Aquel camisón hizo que tragara saliva con fuerza. Las largas piernas de la morena la estaban volviendo loca.
-Deja de mirarme así, estás en casa de mis padres. – dijo divertida mientras se metía en la cama.
-No te miro de ninguna manera. – dijo algo sonrojada, acomodándose en la cama. Dormiría con Rachel y eso la ponía nerviosa. Era algo que siempre quería, pero que la morena no le concedía para poner límites en su amistad. – Vamos a dormir… - dijo al ver que la morena ya le daba la espalda dispuesta a hacerlo.
Ella también le dio la espalda, nerviosa, sin saber cómo actuar, sintiéndose totalmente fuera de lugar. Era incapaz de cerrar los ojos.
-Quinn…
-Dime. – dijo girándose al notar detrás de ella que la morena había hecho lo mismo para quedar frente a frente.
-Gracias.
-No tienes que darme las gracias. – dijo con el ceño fruncido.
-Claro que tengo que dártelas. Aunque no te haya dicho nada, soy consciente de donde estamos, soy consciente de que no quieres estar aquí, sin embargo lo estás, haciendo un esfuerzo.
-No voy a dejarte sola.
-Por eso te doy las gracias. – dijo acercándose un poco más a ella, dejando que pasaran los minutos perdida en su mirada.
-No quiero que me des las gracias, lo hago porque quiero. – dijo retirando un mechón de la cara de Rachel.
-Estás en Lima… - insistió la morena.
-Estoy en Lima… y estoy contigo… - dijo dando un sentido suspiro que fue correspondido con un profundo beso de la morena. Un beso que la dejó sin respiración al tiempo que su lengua hacia el mejor recorrido que había hecho nunca en la boca de la morena.
Aquella sentencia le hizo abrir los ojos y tomar sentido de la realidad. Por mucho que intentara ignorarlo, por mucho que tratara de negárselo al mundo entero y segura de que jamás se lo admitiría a ella misma, en lo más profundo de su corazón sabía que había vuelto a Lima única y exclusivamente por Rachel y ese pensamiento le aterrorizaba.
Pero allí estaba, aferrada a la cintura de la morena, con ella entre sus brazos, sintiendo su respiración en su cuello y el sabor de aquel beso pegado en su corazón.
