CAPÍTULO 37

La llamada

La calma había vuelto a llegar en la casa Berry-Fabray. Después de que Quinn aceptara que quería un hijo junto a Rachel y no por contentar a su mujer, si no por ella misma, porque estaba deseando convertirse en madre a pesar del miedo que sentía dada su experiencia, las dos chicas hablaron con tranquilidad del tema, poniéndose de acuerdo en encontrar un donante anónimo que se asemejara en la medida de lo posible a Quinn. Pedirle a alguno de sus amigos que fueran el padre de sus hijos era darle a alguien un cargo, una responsabilidad con ellas y suponía más miembros en su familia y no estaban dispuestas, tan solo ellas serían las encargadas del niño.

Con grandes dosis de charlas, de besos, de amor y de humor, consiguieron dejar atrás aquella especie de crisis o bache por la que habían atravesado los meses anteriores, embarcándose en la ilusionante aventura de ser madres.

Pero no todo resultó ser tan fácil. El tratamiento se puso en marcha y la morena no había tenido suerte en ninguna de las inseminaciones. Los meses habían ido pasando sin lograr quedarse embarazada en ninguno de los tres intentos que hicieron. A pesar de que el doctor les aseguró que era algo que podía ocurrir y de la paciencia y dulzura de Quinn llenándola de ánimos, Rachel decidió darse una tregua cuando en el tercer intento hacia un mes y medio, la prueba de embarazo volvió a dar negativa, echando por tierra todas sus ilusiones.

Ni siquiera fue al médico para confirmarlo. Sabía que debía ser paciente, pero aquello estaba afectándole más de lo que quería. La rubia viendo lo desilusión de Rachel aceptó esperar unos meses para volver a hacer otro intento. Ella estaba igual de desilusionada que la morena por los resultados, pero intentaba no mostrarse decaída, sino darle fuerza a su mujer.

Sin duda alguna había conseguido subirle el ánimo a base de te quieros y frases tranquilizadoras, quitándole presión y asegurándole que de una forma u otra tendrían a su hijo, solo debían esperar, sin obsesionarse.

Los últimos quince días, Quinn había estado en la capital española terminando el rodaje de su nueva película. Separarse de Rachel era lo que menos quería, nunca le gustaba pasar más tiempo del necesario lejos de ella, pero el trabajo mandaba y para la morena fue imposible escaparse con ella, puesto que había decidido aceptar otro proyecto hasta volver a intentar ser madre.

Afortunadamente, aquella distancia volvía a ser nula aquel día. A primera hora de la tarde, Quinn aterrizaba en Los Angeles con la mayor de las sonrisas, dirigiéndose directa hasta su casa, loca por ver y besar a su morena. Cada vez entendía menos como podía necesitarla cada vez más.

-¡Cariño, ya estoy en casa! – exclamó nada más abrir la puerta, dejando la maleta a un lado y desprendiéndose del abrigo. - ¿Dónde estás? – preguntó al asomarse al salón y la cocina y no verla. Jagger y Ringo si la vieron a ella y en menos de un segundo los tenía dando saltos a su alrededor para que les prestara un poco de atención a su bienvenida.

-¡Estoy arriba! – se escuchó la voz de Rachel desde lo alto de las escaleras.

-Venga, salid fuera que se os ha acabado el chollo. – dijo al escuchar a su mujer, dispuesta a encontrarse con ella. - Hacéis con Rachel lo que queréis y sabéis que no podéis entrar dentro de casa, vamos, al jardín. – dijo abriéndoles la puerta que separaba el salón del jardín, sonriendo al ver como se hacían los remolones.

-¿Quinn, vienes? – preguntó la morena impaciente.

-Sí, ya subo, estaba sacando a los perros fuera. – dijo subiendo por las escaleras. Con una sonrisa alucinante, de esas que sabía que volvían loca a Rachel, la rubia se asomó a la puerta, viendo a su mujer esperándola de pie en mitad de la habitación. – Hola.

-Hola. – dijo devolviéndole la misma sonrisa de satisfacción por tenerla por fin allí.

-¿Qué haces así?

-¿Así como? – preguntó extrañada, mirando su ropa.

-Vestida. Como has llamado tan insistente creía que me habías echado tanto de menos como yo y me esperabas ya desnuda en la cama. – dijo con una sonrisa traviesa, acercándose a ella sin despegar sus ojos de los suyos.

- Siento desilusionarte.

-No me desilusionas, me ilusionas. – dijo llegando a ella, rodeando su cintura y acercándola para darle un beso en los labios. – Hola. – volvió a decir.

-Hola, otra vez. – dijo riéndose por la actitud de Quinn. – Veo que me has echado de menos.

-No puedes hacerte una idea. – dijo volviendo a atrapar sus labios, intensificando con su lengua el beso, dejando sin aliento a la morena, que veía como sus fuerzas flaqueaban al sentir esta vez los labios de Quinn descendiendo por su cuello.

-Espera… - intentó separarse sin éxito.

-No. ¿A qué voy a esperar? – preguntó sin apartarse de ella, siguiendo con el rastro de besos.

-Tengo una sorpresa.

-¿Una sorpresa? ¿Me has comprado el reloj que quería? o mejor, ¿te vas a ofrecer a deshacerme la maleta y poner tú la lavadora? – preguntaba divertida entre beso y beso, logrando sacar una risa en Rachel que la dejó satisfecha.

-No es nada de eso. – dijo sonriendo sobre sus labios. - Necesito que veas algo.

-A ver, dime. ¿Cuál es esa sorpresa? – preguntó separándose de ella finalmente. Seguir la mirada de la morena a la cama le bastó para descubrir lo que Rachel quería.

Su sonrisa fue desapareciendo al tiempo que su ceño se fruncía, tratando de encontrar la lógica.

-¿Eso es…eso significa…? ¿Qué es esto? – preguntó en un tartamudeo, acercándose a la cama para coger entre sus manos un gracioso babero con el dibujo de un biberón y la frase "De mayor quiero ser como mi mamá".

-Esto es un babero y eso un biberón y un chupete. – dijo señalando los otros dos objetos que seguían en la cama. – Ayer no pude resistirme a comprarlos y significa que estoy embarazada. Vamos a ser madres, Quinn. – dijo algo emocionada ante una rubia en shock.

-Pero ¿Cómo…? La prueba dio negativo. – intentaba poner su mente en orden.

-Lo sé, estaba segura de que había vuelto a salir mal, pero esta vez no fuimos al médico para confirmarlo. Desde que te fuiste he estado sintiéndome mal todas las mañanas, con nauseas, algo más cansada de lo normal. Pensaba que era un simple virus, pero me estaba durando más de lo normal y encima tengo hambre a horas que no son normales… - le explicaba con calma. – Pedí hora al doctor y ayer por la mañana me lo confirmó, estoy embarazada de mes y medio. El último intento dio resultado.

-Dios mio, Rachel, ¡estás embarazada! – exclamó emocionada, abrazando a su mujer con fuerza, besándola de forma repetitiva con besos cortos. - ¿Por qué no me llamaste para contármelo? Tendrías que haberme dicho que no te encontrabas muy bien.

-No quería preocuparte, estabas trabajando lejos y no podías hacer nada. Y te juro que ayer me costó un mundo no contártelo cuando hablamos, pero tenía que decírtelo aquí, teniéndote al lado para ver tu cara. – dijo acariciando su mejilla.

-¿He puesto buena cara?

-Muy parecida a la mía ayer. Me había hecho a la idea de esperar y de repente está aquí. – dijo con media sonrisa, acariciando suavemente su barriga todavía firme y tersa, sin ningún indicio de que ahí dentro había vida.

-¿Qué te dijo el doctor? ¿Estás bien? ¿Está bien el bebé? – preguntó de repente preocupada.

-Está todo perfecto por ahora. – dijo sintiendo las manos de Quinn sobre las suyas, viendo como la rubia hacia el intento de contener sus lágrimas, sin querer que salieran de sus ojos.

-Hola, pequeño. – dijo la rubia agachándose levemente, quedando a la altura de su barriga. – Soy tu mamá. – dijo con un nudo en la garganta. – Ahora mismo solo eres un garbancito, pero ya te quiero con toda mi alma y mami también. Vamos a intentar hacerlo lo mejor posible para que seas feliz, cariño… Solo tienes que tener un poco de paciencia con tus madres.

-No llames a mi hijo garbanzo. – dijo con lágrimas en los ojos después de escuchar lo que su mujer acababa de decirle a su hijo, como si pudiera oírle o verle. Quinn rio ante el comentario de la morena, mirándola a los ojos, los de ambas llenos de lágrimas de felicidad.

-Nuestro pequeño es un garbancito ahora, poco a poco ira creciendo y poniéndose fuerte para dar guerra cuando esté con nosotras. – dijo incorporándose a su altura. – Y yo soy la mujer más feliz del mundo en este momento. Me has hecho feliz, Rach.

-No llores. – le pidió secando sus lágrimas.

-No llores tú tampoco. – dijo mientras ambas reían por el momento. – Te quiero. – le recordó volviendo a abrazarla.

-Te quiero. – contestó con una sonrisa, feliz entre sus brazos. - ¿Te ha gustado la sorpresa?

-Ha sido la mejor sorpresa que me han dado en mi vida. – dijo atrapando sus labios, dejándose caer en la cama con la morena en sus brazos, riendo por todo, por nada, ignorando el dolor del biberón clavándose en su espalda, centrándose en su mujer, la que la volvería a convertir en madre en los próximos meses.

Todo sobraba en ese momento. Tan solo existían ellas, sus besos, sus caricias y su bebé. Todo se centraba en su familia hasta que el insistente teléfono de Quinn rompió el cómodo ruido de sus respiraciones agitadas.

No pensaba cogerlo, no tenía intención alguna, pero a la cuarta llamada, Rachel la obligó a que lo cogiera para que se deshiciera de la persona que las molestaba y poder continuar con su momento.

Resignada, Quinn miró la pantalla de su móvil, viendo el nombre de su abogado en ella.

-Es David. – informó a Rachel.

-¿Qué querrá para insistir tanto?

-No lo sé, me imagino que será por algún contrato. – dijo antes de aceptar la llamada. – Dime David, espero que sea importante.

-Lo es. – contestó el hombre serio. - ¿Estás ya en Los Angeles, verdad?

-Eh, sí, he llegado hace un rato. - dijo algo extrañada por la seriedad.

-¿Estás con Rachel?

-Sí, está aquí conmigo. ¿Pasa algo, David? Me estás asustando. – dijo bajo la atenta mirada de la morena.

-Necesito que vengáis las dos a mi despacho cuanto antes. Se trata de Beth.