CAPÍTULO 38
Beth
Llenas de angustia, desorbitadas, nerviosas y Quinn con la cara blanca, así era como llegaban las chicas al edificio donde su abogado tenía su despacho.
Apenas habían abierto la boca durante el trayecto que hicieron desde su casa al bufete en tiempo record. Tan solo Rachel se cuestionaba en voz alta que podría haber pasado al contarle su mujer su conversación con David, el abogado, a la vez que trataba inútilmente de tranquilizar a Quinn, que iba conduciendo el coche, y tranquilizarse ella misma.
El hombre las estaba esperando en el pasillo que llevaba a su despacho, recibiéndolas el en vez de su secretaria, lo que puso todavía más en alerta a las chicas.
-David, ¿Qué ha pasado? – preguntó la rubia desesperada.
-Tranquilízate, Quinn, pasemos dentro y os explico.
-¡No me digas que me tranquilice! ¿Le ha pasado algo a Beth? ¿Por qué mierda no me dices que pasa? – decía llena de miedo, enfadada con el abogado por no decirle que pasaba por teléfono.
-Vamos dentro, por favor. – pidió el hombre.
-Vamos a hacerle caso, cariño, cuanto antes entremos antes sabremos porque estamos aquí.
Rachel tomó de la mano a su esposa, que con el apoyo de la morena asintió, respirando hondo y entrando a una sala que no era la que conocían. No era el despacho de David, sino una habitación más grande con una mesa redonda en medio llena de sillas, sillas que estaban ocupadas por una mujer y un hombre que no conocían de nada y que las saludaron educadamente al verlas entrar.
Ambas tomaron asiento en aquella mesa, mirándose, comunicándose con la mirada, diciéndose que pasaba algo, algo grave, pero debían esperar, por lo que pacientemente, esperaron a que David tomara la palabra.
-Rachel, Quinn, ella es Theresa Olson de asuntos sociales y él es Larry Stone, el abogado de Shelby Corcoran. – empezó diciendo el hombre, poniendo al corriente a las chicas de quienes les acompañaban.
-Genial. – dijo Quinn moviendo un pie sin parar, nerviosa. - ¿Puedes decirme ya que pasa? Beth… ¿Beth está bien? – preguntó con temor, mirándolo suplicante.
-Beth está perfectamente, Quinn. – la calmó David, haciendo que tanto la rubia como Rachel, dejaran escapar un suspiro de alivio.
-¿Entonces qué pasa, porque nos has llamado, David? – preguntó la morena.
-Verás, Rachel, si os he pedido que vengáis a las dos es porque es algo importante. Se trata de Shelby. – dijo clavando la mirada en la morena. – Lo siento mucho, pero ha fallecido.
-¿Cómo? – preguntó la morena en shock con un hilo de voz, sintiendo como inmediatamente Quinn juntaba sus manos con las de ella para respaldarla.
-¿Qué le ha pasado? – preguntó la rubia totalmente incrédula, preocupada por su mujer y pensando en su hija, en Beth.
-Cáncer. – respondió el tal Larry, que por primera vez se dirigía a ellas de forma directa.
-¿Tenía cáncer? – preguntaba Rachel que con su mandíbula en tensión, retenía las repentinas ganas de llorar que sentía, viendo como algo se removía en su interior al pensar en Shelby.
-Hace dos años. Ha luchado, pero el último mes la enfermedad ha podido con ella y hace dos días no pudo más, murió…
Las chicas se quedaron en silencio, mirando al infinito, algo concreto en esa mesa que las mantenía atadas a sus pensamientos, sin mirar a nadie ni mostrando ningún gesto que les hiciera indicar que sentían.
Tras unos minutos asimilando la noticia, Quinn alzó la vista.
-¿Qué pasa ahora con Beth? ¿Dónde está?
-Poco a poco, Quinn. – le pidió su abogado, consiguiendo una mirada heladora de la rubia, que empezaba a impacientarse con tanto misterio. – Larry ha venido para leer el testamento de Shelby.
-¿La han enterrado ya o ha sido su funeral? – cuestionó la morena a Larry antes de que este comenzara con su cometido allí.
-Sí, señora Berry, ayer mismo. Estaba todo preparado hacia días, la señora Corcoran lo dejó todo listo. – Rachel asintió frunciendo el ceño. No sabía porque preguntaba. ¿Habría asistido a su entierro si hubiera tenido oportunidad? Nunca lo sabría. – Empiezo a leer, ¿preparadas? – las chicas se limitaron a asentir. – Yo, Shelby Corcoran, en perfectas facultades psíquicas, deseo y procedo a dejar mis pertenencias a: Beth Corcoran la casa donde hemos vivido los últimos años, su hogar, la cantidad total de dinero ahorrado en el banco y el cobro de mi seguro de vida valorado en veinte mil dólares para cuando cumpla los dieciocho años. Por otro lado, deseo hacer llegar a Rachel Berry y Quinn Fabray una carta escrita de mi puño y letra para cada una. Esta es mi voluntad y espero que así se haga. Firmado, Shelby Corcoran. – terminó de leer el hombre, volviendo a dejar mudas a las chicas. – Estas son las dos cartas. – dijo sacando de su maletín dos sobres y mostrándoselos. Se levantó y dejó el sobre que correspondía a cada una delante de ellas, que miraban aquel trozo de papel indecisas. – El suyo no es necesario que lo lea en este instante, señora Berry, pero sí que necesito que lea su carta ya, usted. – dijo señalando a Quinn, que volvía a mirar el sobre aprensiva.
-¿Y si no lo leo?
-Te recomiendo que lo leas, Quinn. – dijo David.
-¿Tu sabes lo que pone?
-Shelby le comentó algo a Larry y le pidió que antes de hacer cualquier cosa leyeras la carta, creo que deberías hacerlo.
Quinn se lo pensó unos segundos y miró a Rachel, que permanecía absorta mirando su carta encima de la mesa. Sintiendo la mirada de su mujer, la miró a los ojos y le sonrió débilmente.
-Léela, no creo que sea nada malo y si lo es, estoy aquí. – dijo apretando su mano con fuerza. Quinn no dijo más, tan solo se pasó las manos por su cara en un gesto de cansancio, armándose de valor y cogiendo el sobre para romperlo y coger su contenido, aquella carta que le pertenecía.
"Hola Quinn,
Que extraño debe resultar que me ponga en contacto de esta manera después de tanto tiempo. Para serte sincera te diré que para mí es igual de extraño, teniendo en cuenta lo que eso significa.
No ha sido fácil ponerme delante de este papel en blanco. Son muchas cosas las que me gustaría decirte, imposible de decirlas todas en una carta, pero supongo que las palabras que más resuenan en mi mente y mi remordimiento son GRACIAS y LO SIENTO.
Gracias por entregarme a la persona más importante de tu vida y que ha sido la más importante de la mía, por ver en mi alguien que podría hacerlo bien con ella. Espero no haber fallado en eso.
Se lo difícil que es entregar un hijo, una hija en nuestro caso. Pensarás que tampoco me resultaría tan duro estar lejos de Rachel si cuando tuve mil oportunidades las desperdicié. Créeme, no ha sido fácil para mí el tema de Rachel, pero una vez que la volví a encontrar siendo una adolescente, no supe cómo enfrentarme a mi hija.
Cuando vi en la prensa que habías empezado una relación con Rachel temí que fuese para hacerme daño de alguna manera. En cuanto te vi mirarla supe que me equivocaba, los ojos no engañan y los tuyos me decían que cuidarías y amarías a mi hija sobre todas las cosas.
El lo siento se queda muy corto en mi caso, Quinn. Siempre me ha costado pronunciar esas palabras, al menos pronunciarlas y sentirlas de verdad. En este caso no puede haber otra manera. Siento haberte alejado de tu hija, de Beth.
Sabes lo que es el miedo ¿verdad? Estoy segura que sí, que lo has sentido a lo largo de estos años pensando en ella. Fue mi sensación cuando supe que estabas buscándola. No sentía otra cosa que no fuera miedo.
Ya intentaste arrebatármela una vez en el instituto y ahora, echando la vista atrás, creo que hice mal en alejarme, en huir. Debería haberte ayudado a ver que las cosas podrían haber sido distintas, que podías formar parte de su vida sin problema, pero no lo hice. En vez de eso me marché y al cabo de los años, cuando tu nombre empezaba a conocerse, cuando empezabas a abrirte un hueco, supe que nos buscabas y volviste a hacerlo años más tarde.
Lo siento. Siento haberte amenazado con llevarlo a los tribunales, pero sentía que tenías todo el poder que Hollywood te regalaba para arrebatarme a Beth. Una vez más, vuelvo a pensar que hice mal, que al menos debería haberte dado la opción de sentarnos en una mesa y me contaras tus intenciones, porque posiblemente tan solo querías saber de tu hija, conocerla y estar en su vida sin necesidad de apartarme a mí.
Sé que este perdón llega muy tarde, lo sé, pero es lo único que me queda, esto y una propuesta.
Hazte cargo de Beth. No va a ser fácil porque nuestra hija no sabía que era adoptada hasta hace un par de semanas, cuando le confesé toda la verdad, sin mencionar que Rachel es mi hija. Ella ni siquiera sabe que tengo otra hija. (Sí, una nueva metedura de pata por mi parte)
Me encantaría que la conocieras, que vieras como ha crecido. Se parece muchísimo a ti, Quinn, es increíble. Y no solo físicamente, también tiene rasgos tuyos de personalidad bastante marcados. Es una rebelde, igual que lo fuisteis tú y Puck, es generosa, inteligente, orgullosa, divertida y tremendamente sensible aunque quiera aparentar lo contrario. Tiene un caparazón en su corazón que deja traspasar a muy pocas personas, ¿te recuerda a alguien?
Al escribir esta carta, Beth no quiere saber nada de ti o de Puck. Solo está enfadada por enterarse de algo demasiado importante muy tarde y como no quiere enfadarse conmigo viendo lo que se acerca para mí, ha decidido pagarlo contigo, pero te pido que no tires la toalla.
Inténtalo, Quinn. Creo que aceptarás el reto y que lo harás con ganas, es lo que siempre has querido, tener a tu hija. Aprovecha la oportunidad, no hagas como yo hice con Rachel, demuestra que eres mejor que yo, por favor.
Beth merece conocerte y tú te mereces conocerla a ella. No va a ser fácil, te aviso, pero merecerá la pena, Quinn.
Espero haber hecho de Beth alguien que merezca tu orgullo.
Cuida de Beth y Rachel.
Shelby.
Impactada y con un gran nudo en la garganta. Así estaba Quinn mientras releía las líneas de aquella carta, asimilando tanta información repentina, una información que para ella significaba un tesoro.
-¿Dónde está Beth? – preguntó de nuevo, levantando la vista hacia aquellas tres personas que parecían tener el futuro de su hija y el de ella en sus manos.
-Está en mi despacho acompañada de una psicóloga. – respondió David.
-Quiero hacerme cargo de ella. Acepto la propuesta de Shelby. – dijo sin dudar, sin vacilar en su anuncio.
-¿Está segura, señora Fabray? – preguntaba aquella mujer de asuntos sociales que parecía entrar en el tema que le correspondía.
-Completamente.
-Está bien. Shelby Corcoran dejó indicado que usted era la primera opción, por lo que respetaremos su decisión. – dijo viendo asentir a la rubia. – Ahora le daré unos papeles para que los firme e indique que está de acuerdo en ser la tutora de Beth Corcoran.
-Vale. ¿Cuándo podré ver a Beth?
-En seguida. La psicóloga vendrá en unos minutos para hablar con ustedes y darles algunas pautas. Va a ser un gran cambio en la vida de Beth, además este caso es algo excepcional debido a sus carreras, por lo que el impacto es más grande para ella. Es una adolescente no lo olvidemos. También debo informarles que se les hará un seguimiento durante un tiempo para confirmar que las cosas funcionan bien. Es algo obligatorio al ser todavía una menos.
-Me parece bien. – aceptó la rubia. – Haré todo lo que haga falta para facilitarle el cambio a Beth. No sé, si tiene que cambiar de ciudad o de instituto y…
-No hará falta, señora Fabray, la señora Corcoran vivía en Los Angeles desde hace años y el instituto donde Beth está inscrita y hace su vida no está tan lejos de su domicilio como para tener que cambiarla. Podrá seguir llevando su vida.
Quinn asintió, intentando disimular aquel malestar de saber que había tenido a su hija tanto tiempo tan cerca. ¿Qué le habría costado a Shelby decirle todo lo que ponía en la carta unos años atrás?
La rubia llevaba metida en su mundo prácticamente desde que entraron en la sala, permitiéndose salir para escuchar lo que tenían que decirle y leer aquella carta y así fue como firmó los papeles que la convertían en la tutora legal de Beth.
Por eso, en cuanto la sala se quedó vacía a la espera de que la psicóloga mantuviera una charla con ellas reaccionó a la persona que tenía al lado.
-Dios, Rach… - dijo mirándola como si acabara de verla, como si no fuese consciente de que la morena había estado ahí todo el tiempo y que incluso le había hablado. – Que yo… Que he aceptado hacerme cargo de Beth sin contar contigo. Pero ¿en qué estoy pensando? – decía nerviosa, sin centrar la mirada en su mujer.
-Hey, hey, tranquilízate, Quinn. – le pidió cogiendo su cara entre sus manos. – Estás pesando en tu hija, en Beth, algo muy normal teniendo en cuenta de lo que nos hemos enterado. No tienes que preguntarme nada. ¿Qué me vas a preguntar? – preguntó pareciendo molesta. – Nada, porque sabes que no hay otra opción tampoco para mí. No voy a permitir que Beth vaya a otro sitio que no sea nuestra casa, ¿me oyes?
-Gracias. – le susurró la rubia con media sonrisa, mientras Rachel recogía con su dedo una lágrima furtiva. - ¿Cómo estás?
-Bien. – respondió con una sonrisa que no engañó a Quinn. La conocía y sabía que no era del todo cierta aquella respuesta, pero no pudo decir nada porque la psicóloga hacía acto de presencia.
Durante casi una hora y llegando a poner a los agentes de las chicas en modo manos libres desde el teléfono, acordaron que sería mejor para Beth. Por el momento nada de dar un comunicado de prensa dando la noticia bomba, algo que sus agentes acogieron de buen agrado. Dar a conocer al mundo que Quinn Fabray tenía una hija de dieciséis años no sería fácil para nadie.
Otro punto clave fue el quedar de acuerdo en no presionar a Beth, no atosigarla y meterla de lleno en sus vidas con lo que ello suponía. La adolescente debía conocer a las personas con las que se rodeaban, pero poco a poco, primero debía adaptarse a ellas. Puck era el padre y podría acercarse a ella inmediatamente, pero si esperaba sería mejor. Teniendo en cuenta que Beth no estaba por la labor de poner las cosas fáciles, sentirse rodeada de unos desconocidos que dicen ser sus padres no iba a beneficiarla.
Quinn sentía que la cabeza le estallaría de un momento a otro. El cansancio del viaje, el jet lag que conseguía que llevara sin dormir prácticamente veinticuatro horas y todas las horas allí metidas donde su vida había cambiado para siempre le estaban pasando factura y Rachel lo sabía.
Sentadas en silencio en aquellas incomodas sillas, la morena trataba de quitar la tensión del cuerpo de su esposa con sus manos en su nuca, acariciando aquella parte de su cuerpo como de costumbre mientras la miraba, transmitiéndole paz con una pequeña sonrisa.
Pensaban que su matrimonio había cambiado al principio de la tarde cuando Quinn se había enterado del embarazo, pero jamás pensaron que el cambio sería tan drástico. Beth entraba en sus vidas y lo cambiaría todo, pero Rachel estaba segura y con fuerza para afrontarlo.
La puerta de aquella sala abriéndose giró sus cuellos para ver entrar a la asistenta social seguida de una joven. Beth.
Lo que sintió Quinn al verla no podría explicarlo con simples palabras. El temblor de piernas y el latigazo de su corazón reconociendo a su pequeña fue algo imborrable de la memoria de la rubia, que casi a cámara lenta, se levantaba de la silla, sintiendo a Rachel a su lado haciendo lo mismo.
Quinn agradeció que Theresa hablara porque ella en ese instante era incapaz.
-Beth, ella es Quinn Fabray y ella Rachel Berry, su esposa. – dijo a modo de introducción la asistente social.
-Lo sé, debería estar encerrada en una burbuja para no conocer a la pareja favorita de Hollywood. Que una de ellas te trajera al mundo no te pasa todos los días. – dijo fijando por primera vez la mirada en su madre. – Hola. – dijo ofreciéndole su mano.
Oh, sí. Por supuesto que era una Fabray, pensaron Quinn y Rachel. Aquella mirada de hielo junto a una sonrisa arrogante lo confirmaron.
-Hola, Beth. – reaccionó la rubia estrechando su mano, sintiendo como podría morir tranquila allí mismo.
Igual que pasó con Quinn, fue el turno de Rachel para saludarla y lo hizo con una gran sonrisa, algo que llamó la atención de Beth. Aquella mujer que tenía delante siempre había tenido fama de diva, por lo que ver que la recibía tan amable la sorprendió, aunque escondió la sorpresa perfectamente.
-Beth, te vas con ellas y nosotros estaremos pendientes como te he dicho, ¿vale? Si tienes alguna duda o problema, no dudes en decírselo a Quinn o Rachel o a mí misma.
-Vale.
-Bien, pues si nadie más tiene nada que decir, podéis iros cuando queráis. – dijo Theresa, a lo que los dos abogados estuvieron de acuerdo.
-Está bien. ¿Tienes tus cosas aquí? – le preguntó la rubia a la joven con algo de duda.
-Están en su despacho. – dijo señalando a David.
-Vale… ¿Las recogemos y nos vamos?
-Tú decides, ahora estoy a tu cargo, ¿no? – preguntó con una ceja alzada. Rachel sonrió de medio lado ante el gesto.
-Eh, sí, claro, pero… - Quinn se quedó con la palabra en la boca cuando Beth dio media vuelta sin terminar de escucharla.
Sin esperar más tiempo la adolescente recogía sus pertenencias y seguía al matrimonio hasta el coche, donde la ayudaron a poner en el maletero tres grandes maletas junto a un par de cajas.
-¿Ya está todo? – le preguntó Rachel metiendo la última caja.
-Sí. ¿Te parece poco equipaje para meter una vida entera? A mí también me parece demasiado poco que tu vida se reduzca de repente a un par de maletas y cajas… - dijo metiéndose en el coche sin esperarlas.
Quinn y Rachel se miraron.
-Tiene carácter. – dijo Rachel con una sonrisa.
-Bastante.
Metidas ya en el coche, Quinn se mantuvo en silencio. Era lo que mejor se le daba en esas situaciones, observar, ver el panorama antes de actuar y creía que Beth deseaba hacer lo mismo, pero Rachel no le dejaba. La morena no paraba de hacer preguntas o de entrar en temas superficiales, tan solo algo para sacar tema de conversación sin tocar temas delicados.
Quinn adoraba a su mujer y su capacidad de producir palabras sin sentido. Aquello le estaba facilitando la tarea de observar cada detalle de Beth a través del retrovisor y sabía que la morena a pesar de la verborrea, estaba haciendo exactamente lo mismo que ella, fijarse en la nueva integrante de sus vidas.
Beth se parecía a ella, era cierto, pero también tenía similitudes con Puck. Su tono de piel no era tan claro como el de ella ni tan oscura como la del chico, su pelo era de un tono castaño claro y dedujo que de nariz para arriba era una Fabray y de nariz para abajo una Puckerman. Era alta y atlética, quizás algo más de lo que Quinn lo era a su edad.
Puck y Quinn habían hecho un buen trabajo con Beth, podían sentirse orgullosos. Esa fue la conclusión a la que llegó el matrimonio con solo mirarse de reojo. Agradecían poder entenderse sin palabras, decir aquello en alto podría suponer un conflicto.
Habían llegado a casa, viendo como Beth trataba de disimular el asombro ante aquella vivienda. Le dieron la bienvenida presentándole a Jagger y Ringo a los que en un minuto prestó más atención que a la pareja desde que se habían encontrado. El matrimonio intentaba no darle demasiada importancia, sabían que era normal que Beth estuviera distante, por lo que prosiguieron con el tour por la casa.
-Esta es nuestra habitación. – informó Quinn abriendo la puerta del cuarto que compartía con Rachel.
Fue Beth quien entró primero en la estancia. En un principio parecía que aquello le importaba nada, igual que el resto de lo que había visto, pero de repente, sus ojos se centraron en la cama y esta vez no pudo evitar disimular la sorpresa.
Las chicas siguieron el camino de los ojos de la joven y Quinn palideció, mirando a Rachel sin saber cómo actuar. Afortunadamente, la morena mantuvo la calma y lo explicó lo más sencillo y casual que pudo.
-Eres la primera en saberlo, nosotras nos acabamos de enterar. Vamos a tener un bebé, Beth. – dijo mostrándose cercana con una sonrisa. Al ver que la mirada de la adolescente se centraba en la tripa de Quinn, le aclaró el resto. – Estoy embarazada.
-Pues que bien… - dijo sin ningún tipo de emoción en su voz. - ¿Podéis decirme ya donde voy a dormir? Me gustaría descansar.
-Claro, es la habitación esta. – dijo la rubia saliendo de su habitación y señalando otra que se encontraba en frente de la suya. – Era una de las habitaciones de invitados para cuando nos visitan, es la más decente que tenemos a parte de la nuestra. – le comentaba adentrándose las tres en ella. – Las sabanas están limpias, ya ves que también tienes baño propio y el armario es bastante grande.
-De todas formas, iremos a hacer unas compras, necesitarás un escritorio para estudiar y… no sé, tú nos dirás que te hace falta, la decoraremos a tu gusto. – añadió Rachel.
La habitación únicamente contaba con una cama de matrimonio, una mesita de noche, un armario y un baño totalmente equipado, por lo que supo que si Beth iba a quedarse allí de forma permanente necesitaba un cambio, al menos que le permitiera sentirse como en casa en su habitación y no como una simple invitada.
-No hace falta, no os molestéis. No pienso quedarme aquí de por vida, en cuanto cumpla los dieciocho no volveréis a verme.
-Bueno, intentaremos que decidas quedarte más tiempo, por el momento, el tiempo que estés aquí nos gustaría que te sintieras a gusto. Esta es tu casa, Beth, solo quiero que te sientas una extraña. – dijo Quinn intentando que su mirada coincidiese con la de su hija.
-Soy una extraña. – le contestó en el único segundo que la había vuelto a mirar. – Ahora, ¿os importaría dejarme a solas?
-Claro, puedes colocar tus cosas. Es tarde ya. – dijo Rachel mirando su reloj. - ¿Qué te apetece cenar?
-No tengo hambre.
-Deberías comer, al menos un sándwich. – dijo Quinn, viendo como su hija volvía a mirarla molesta por tomarse la licencia de sugerirle aquello.
-Me dieron de comer en el despacho de vuestro abogado, no quiero nada, solo descansar. – dijo acercándose a la puerta para invitarlas a salir.
-Está bien, descansa, Beth. – dijo la morena saliendo por la puerta, dejándole una caricia en el brazo acompañada de una sonrisa, algo que interiormente la chica agradeció.
Con Quinn fue distinto, porque ninguna sabía cómo actuar y lo único que le salía a Beth era mostrarse borde con ella.
-Si necesitas cualquier cosa… avísame, a mi o a Rachel.
-No necesitaré nada. – dijo de forma orgullosa, cerrando la puerta tras ver como su madre biológica abandonaba la habitación.
Quinn suspiró y se quedó unos minutos en medio del pasillo, buscando esa soledad que a veces necesitaba. Agradeció entrar en la habitación y ver que Rachel había decidido darse un baño. Sabía que lo había hecho para darle su espacio, conociéndola, la morena se habría lanzado a por ella en el mismo instante que dejaron a Beth en la habitación, pero Rachel estaba en el punto exacto de saber cómo tratarla, de qué momento era el mejor para unas cosas y cuando había que esperar.
Sentada en la cama, Quinn había sacado esas fotos que miraba cada noche y volvía a observarlas, buscando detalles que pudiera relacionar a ese bebé que había en las fotos con la chica que tenía a escasos metros.
-No hace falta que sigas mirando esas fotos, la tienes aquí, Quinn. – susurró Rachel en su oído, sentada detrás de ella en la cama, mojándole la espalda con su pelo.
-Lo sé y… no termino de creérmelo.
-Pues créetelo. – dijo besando su mejilla. - ¿Cómo estás? ¿Cómo te sientes?
-¿Sinceramente? Sintiéndome mala persona.
-¿Por qué? – preguntó extrañada.
-Porque dentro de todo este caos que es mi cabeza y mi vida ahora mismo, me siento feliz.
-¿Y que tiene eso de malo?
-Que mi felicidad es a costa de la muerte de alguien, de Shelby.
-Es normal que te sientas así. No estás feliz porque Shelby haya… muerto, sino porque tienes la oportunidad que buscabas, tienes a Beth. Aunque no nos lo va a poner muy fácil, eh. – dijo haciendo sonreír a la rubia.
-¿Tu cómo estás? – preguntó girándose para poder mirarla.
-Bien. – dijo tratando de sonar convincente.
-Dime la verdad. – le pidió.
-En serio, estoy bien. Es raro…solo eso. Al fin y al cabo, Shelby era mi madre por mucho que ella haya pasado de mí…
-Sabes que te quiero, ¿verdad?
-Lo sé. – agradeció sus palabras con un beso. - ¿Por qué no te das una ducha antes de acostarnos? Yo nos prepararé algo de cena.
-No tengo hambre. – dijo levantándose de la cama. – Pero tú si deberías cenar, ahora tienes que cuidarte. – dijo mirando la barriga de Rachel con una sonrisa. – Es más, quédate en la cama, en cuanto salga de la ducha te prepararé yo misma algo rico, necesito ser una buena mujer y cuidar de dos de mis soles.
-No hace falta. – dijo con una sonrisa tierna, acercándose a ella de rodillas en la cama. – Estos dos soles te dan libre por esta noche, pero a partir de mañana, pienso ser una mujer embarazada buscando los mimos y los cuidados de su maravillosa mujer.
-Los tendrás. – dijo besándola, juntando sus labios, necesitándolos más que nunca.
Quinn terminó la ducha que le hacía falta para relajarse, para sentir como todos sus músculos le pedían una cama con urgencia. Estaba tan cansada, pero su mente no paraba de funcionar. Dios mio, tenía a su hija con ella. La personita que le rompió el corazón al separarse de ella, estaba allí dieciséis años después y solo podía sentirse agradecida.
Al salir a la habitación, se dio cuenta que había tardado más de lo que pensaba en el baño al ver como Rachel ya descansaba abrigada en la cama. No pudo evitar salir al pasillo y con cuidado abrir la puerta donde se encontraba Beth. Solo había silencio junto a una pequeña luz que suponía era del móvil. Sin ser vista volvió a cerrarla para esta vez sí, acurrucarse junto a su morena.
-¿No vas a leer la carta? – preguntó acariciándole el pelo al ver que Rachel no estaba dormida.
-Sí, pero no hoy. Ya buscaré el momento. – dijo con un hilo de voz.
-Me tendrás a mí a tu lado si me necesitas.
-Lo sé. – dijo besando su mano y haciendo que Quinn, que la mantenía entre sus brazos a sus espaldas, se acercará más a su cuerpo.
-No puedo creer como puede cambiarte tanto la vida en un solo día. – dijo en un suspiro.
-Te prometo que el cambio va a ser a mejor. Todo va a salir bien. – la tranquilizó.
-Te quiero, Rach. Y a ti también, garbancito. – dijo acariciando la barriga de la morena con una sonrisa, escuchando la queja de Rachel antes de quedarse dormida.
-No llames a mi hijo, garbancito.
