CAPÍTULO 39

Cuestión de tiempo

Hola Rachel,

Llevo horas delante del papel y todavía no sé muy bien cómo empezar. Supongo que después de tanto años sin saber la una de la otra, esta carta resulta demasiado poco para una despedida.

Creo que es la mejor forma de hacerlo, no sería justo para ti llamarte por mi enfermedad. Me pediste que me alejara y solo cumplo la petición.

Es extraño, pero cuando me dijeron que no había vuelta atrás en esto que me pasa, pensé en ti y en lo mal que lo hice desde el principio. Siento no haber sabido quererte como una hija como tú lo merecía.

Al menos sé que eres feliz, que has conseguido todo lo que te has propuesto y has alcanzado tus sueños. No sabes lo orgullosa que me siento por eso, no hay nada como ver como tus hijos logran sus mayores sueños. Cuando seas madre me entenderás.

Que suerte tener una hija famosa, era una forma de saber de ti sin volver a acercarme. Entiendo que eligieras no verme más, no es fácil tener a alguien entrando y saliendo de tu vida cuando no paras de dar oportunidades y se desperdician.

¿Sabes? Si miro hacia atrás, no puedo arrepentirme de haberte entregado a tus padres. Soy consciente de que lo hice por dinero, en un acto totalmente inhumano, pero te aseguro que conmigo no habrías sido feliz, probablemente estarías llena de frustraciones. No estaba preparada para ser madre, para educar a un bebe, y cuando volví a encontrarte, no estaba preparada para ser la madre de una adolescente.

Beth fue mi segunda oportunidad, con ella he sido la madre que debería haber sido contigo y aun así, también me he equivocado con ella, un claro ejemplo es que hasta hace nada, Beth no sabía que era adoptada y a día de hoy, no he sido capaz de decirle que yo misma di a mi hija biológica en adopción. Lo peor es que no creo que se lo diga, ya tengo suficiente con ver la desilusión en sus ojos al saber que le he estado ocultando su vida.

Parece que el destino nos juega una broma pesada, dime que no es irónico que acabes casada con Quinn… Jamás lo hubiera pensado, pero te veo enamorada y eso es lo único que me importa.

Ayuda a Quinn con Beth si termina aceptando mi propuesta. Tu mujer es mucho mejor madre que yo y sé que lo hará bien, que las dos lo haréis bien.

Perdóname por haberte hecho sufrir más de la cuenta, pero me gustaría que supieras, que aunque creo que nunca te lo he dicho, te quiero con todo mi corazón, hija.

Sé feliz siempre.

Tu madre,

Shelby.

Rachel se limpió las lágrimas que no había podido reprimir leyendo aquella carta. Apenas había dormido en toda la noche. Demasiadas noticias, demasiadas emociones como para poder hacerlo. La mitad del tiempo estuvo mirando el techo y la otra mitad el sueño tranquilo de una cansada Quinn.

No pudo esperar más a leer esa carta, así que en cuanto vio salir el sol, trató de no hacer ruido y bajar hasta el jardín, donde en uno de los sillones que había en el porche, se armó de valor para leer las últimas palabras de su madre con el mar de fondo.

Todavía estaba doblando el papel para guardarlo cuando sintió unos brazos a su alrededor. Eran inconfundibles. Eran los brazos cálidos y reconfortantes de Quinn, que dejando un delicado beso en su cabeza, tomaba asiento a su lado con el gesto preocupado, limpiando las lágrimas que seguían cayendo por el rostro de la morena.

-¿Sabes? Hasta el final ha seguido siendo la misma egoísta de siempre. – dijo la morena señalando la carta con la mandíbula señalada a causa de la rabia. - ¿Se cree que una carta es suficiente? Tendría que haber llamado, despedirse de mí a la cara y decirme que me quería mirándome a los ojos, no a través de un papel. – dijo con la voz entrecortada a causa del llanto. - ¿Qué pretendía hacerme sentir culpable porque le pedí no volver a verla?

-Tranquilízate, cielo. – le pedía la rubia acariciando sus manos. – No sé qué hay en esa carta, pero no creo que quisiera que te sintieras culpable, si no despedirse a su manera.

-Esto es una mierda de despedida, creo que me merecía una de verdad.

-A veces es algo difícil hablar con los hijos… - dijo agachando la mirada un momento. – Shelby y yo…

-Ni se te ocurra compararte con ella. – dijo seria. – Tú eres mucho mejor que ella, incluso Shelby lo sabía. Estabais en situaciones totalmente distintas y aun así, ella me vendió para sacar el máximo beneficio para ella y tú la diste en adopción pensando en Beth. Te he visto sufrir todos estos años por tu hija, Quinn, así que no te compares con Shelby, por favor.

-Está bien… - dijo con media sonrisa. – Yo solo quiero que estés bien, no me gusta verte así.

-Estoy bien, de verdad. Solo me he emocionado más de la cuenta con la carta. – dijo dejando el sobre encima de la mesa y acercándose un poco más a la rubia. – Supongo que son las hormonas, que me ponen más emocional y peleona de lo normal. – dijo esforzándose por sonreír, igual que hizo Quinn, posando sus manos y su mirada en la barriga de la morena.

-Me está empezando a encantar que estés embarazada.

-¿Ah, sí?

-Sí, hace que te quiera más de lo normal. – dijo besándola con ternura, uniendo sus labios a los de su mujer en el primer beso del día.

-Eres una romántica empedernida, Fabray. – dijo al separarse de ella.

-Hago lo que puedo.

-Lo haces muy bien. – dijo volviendo a dejar un beso en sus labios antes de separarse de ella. - ¿Cómo es que te has levantado tan temprano? Tu equipo te da dos semanas de vacaciones para que estés tranquila y organicemos la situación con Beth y tú no aprovechas para quedarte un ratito más en la cama. Tienes que recuperar sueño, ayer estabas muy cansada. – dijo intentando ordenar el despeinado pelo de la rubia.

-Me faltabas tú. Sé que no has pegado ojo en toda la noche, solo quería darte tu espacio para que leyeras esa carta.

-Eres la mejor, ¿lo sabes?

-Lo sé, siempre lo he sido. – dijo con una sonrisa orgullosa.

-Y ahora eres una creída.

-También lo sé. – dijo provocando una suave risa en Rachel. – Voy a preparar el desayuno, ¿algún antojo? – preguntó levantándose, seguida por la morena.

-No, por ahora nada de antojos, pero sí que tengo hambre. En otro momento, estaría con el estómago cerrado y ahora mismo tengo un agujero en él. Me voy a poner enorme y todavía me quedan más de siete meses. – se lamentó, a lo que Quinn sonrió.

-Recuperarás la figura, no te cuesta nada perder peso.

-¿Beth no se ha levantado? – preguntó asomándose a las escaleras para ver si había algún indicio de que la adolescente se acercaba.

-Creo que no. Me he acercado a su puerta y no he escuchado nada. Es temprano aun y hoy no ira al instituto.

-Es lo mejor, que se tome unos días para intentar ordenar en su cabeza todo lo que está pasando. Además, hoy es viernes, ya irá el lunes.

-Hoy también iré. – anunció una Beth seria entrando por la puerta de la cocina totalmente arreglada y con sus libros preparados en la mano.

-Buenos días, Beth. – dijo la rubia al ver que su hija se quedaba en la entrada algo cortada pero con la mirada igual que el día anterior, desafiante.

-¿Qué te apetece desayunar? – preguntó Rachel a la chica con cariño.

-Nada, si desayuno no me dará tiempo a llegar al instituto.

-No hace falta que vayas hoy, puedes quedarte, lo entendemos, puedo llamar al instituto. – dijo Quinn de forma comprensiva.

-No hace falta, prefiero estar en el instituto antes que aquí. – dijo secamente.

-Está bien. – dijo suspirando con resignación. – Al menos desayuna algo.

-No puedo, tengo que coger el autobús, no me da tiempo.

-¿El autobús? – preguntó Rachel sin comprenderla. - ¿Para qué?

-No me han dicho nada de mi coche, así que tengo que coger el bus.

-Oh, tenías coche, pues le preguntaré a David para que te lo entreguen, pero no hace falta que vayas en el autobús. – dijo Quinn.

-El instituto no está tan cerca como para ir andando y no voy a ir en taxi como comprenderás. – dijo alzando una ceja.

-Lo sé, pero puedes coger nuestro coche, el de Rachel o el mio, nosotras utilizaremos el otro mientras tanto.

-No hace falta. – dijo orgullosa.

-Insistimos Beth, coge el coche, por favor. Además, así puedes desayunar. – dijo Rachel acercándose a ella y entregándole las llaves de su coche.

-Está bien… -cedió ante la morena, que le animaba a que tomara asiento en uno de los taburetes que rodeaban la mesa de la cocina.

-¿Qué sueles desayunar? Más tarde iremos a hacer la compra, dinos que sueles comer, que te gusta y esas cosas. – se interesó Quinn.

-No hacer falta que me compréis nada especial, me gusta casi todo. Y para desayunar, pues… no sé, lo normal, un vaso de batido de chocolate con galletas.

-¿Batido de chocolate? – preguntó Rachel divertida mirando a su mujer.

-Sí, ¿pasa algo? – preguntó molesta.

-Eh, no, nada, cosas mías. – reaccionó al ver como Quinn la miraba mal por la broma que acababa de hacer y que solo ellas entendían. – Ahora mismo te pone Quinn el desayuno, ella suele desayunar lo mismo, incluso a veces para cenar. – le informó alegremente, a lo que Beth le respondió con silencio.

Un silencio que solo se interrumpió por la morena al ver como Quinn le ponía delante a su hija el vaso con el batido de chocolate.

-Oh, Dios… - dijo tapándose la boca y totalmente pálida.

-Cariño, ¿estás bien? – preguntó preocupada, acercándose a ella.

-Eso… huele fatal… - dijo señalando el vaso mientras cerraba los ojos con fuerza antes de salir corriendo hasta el baño que había en la planta baja de la casa. Por unos segundos, Quinn y Beth se quedaron mirando atónitas.

-¿Está bien? – preguntó mirando por donde había salido la morena.

-Creo que sí, que es el embarazo. Yo me enteré ayer, estuve rodando en Europa y según me dijo ha estado teniendo nauseas por la mañana. – dijo un poco paralizada.

-¿Y no crees que deberías ir a ayudarla?

-Eh…sí, claro, supongo que tienes razón, gracias. – dijo reaccionando ante las palabras de la adolescente, que negando con la cabeza comenzó con aquel desayuno que le había servido Quinn.

Justo cuando terminaba con él y salía de la cocina, Rachel y Quinn volvían.

-¿Estás mejor?

-Sí, gracias. Me pasa casi cada mañana, es un horror. – dijo poniendo cara de asco, a lo que Quinn y Beth acabaron sonriendo.

-Bien, yo me voy ya. – dijo dirigiéndose a la puerta.

-Espera, Beth, ¿necesitas dinero para el almuerzo o algo? – preguntó la rubia acercándose a ella y cogiendo la cartera que tenía en el mueble de la entrada de la casa. – Si quieres te llevo al instituto y así hablo con la directora para explicarle un poco.

-No quiero que vengas al instituto, está todo bien, la directora ya sabe todo lo que tiene que saber, y no necesito que me des dinero, yo tengo. Guárdate la limosna.

-Yo solo… - dijo contrariada y con el ceño fruncido.

-¿Sabes qué? Tienes razón. Cogeré el dinero. – dijo arrebatándole de las manos los billetes que había sacado. – Supongo que tienes que empezar a pagar por todos los años que has pasado de mí. – dijo de forma hiriente.

-Oye, yo no he pasa…

-Adiós. – dijo ignorando a la rubia y saliendo de la casa dejando un portazo y a una Quinn con la boca abierta y la mirada molesta en mitad del recibidor.

-Anda, cariño, vamos a desayunar nosotras, que nos quedan muchas cosas por hacer. – dijo acercándose a ella y regalándole un beso en la mejilla, tirando de ella hacia la cocina e intentando quitarle peso a las palabras de Beth.

-Sí, vamos. – respondió con un suspiro.

No sabía cuántos suspiro dio durante la mañana, pero no fueron pocos. Después de salir a comprar con Rachel, ambas se pasaron la mañana pegadas al teléfono. Debían informar a la familia y sus amigos más cercanos de la llegada de Beth, así que se repartieron la tarea para aligerar el trámite.

Los padres de Rachel, la madre de Quinn, Brody, Santana y Brittany, Kurt, Lindsey… Uno a uno iban siendo informados de todo lo que había pasado en el último día, incluido el embarazo. Pensaron en esperar para dar esa noticia, pero decidieron que tampoco podían atrasarlo, al menos no a ellos, si no, acabarían enterándose al mismo tiempo que la prensa.

Todos habían reaccionado igual, alegrándose por el embarazo y queriendo ir a casa de las chicas para conocer a Beth, pero les negaron el privilegio a todos. Debían ir poco a poco y si la casa empezaba a llenarse de gente desconocida para ella las cosas se pondrían peor, ya se lo advirtió la psicóloga el día anterior.

-Dios, me ha costado una hora convencer a mi madre de que no venga. – dijo Quinn resoplando.

-Me ha pasado lo mismo con mis padres. Dicen que ahora también son los abuelos de Beth y tienen derecho a conocerla… - dijo asqueada.

-Dios… lo único que faltaba es que la casa se llenara de gente…

-No va a pasar, les cuesta, pero entienden que las cosas se deben hacer a nuestro ritmo.

-Me queda Puck. – dijo torciendo el gesto.

-No estés nerviosa, es Puck, lo que digas lo aceptará.

-Eso espero… ¿Llamas tu a mi hermana y se lo cuentas, por favor? Así terminamos ya con el día oficial de las noticias.

-Claro, no te preocupes. Así le pido consejos sobre niños. – dijo guiñándole un ojo.

-No te fíes de ella, es capaz de decirte que atemos al bebe con una correa.

-No digas eso de tu hermana. – dijo en una carcajada mientras se alejaba de ella.

Quinn la vio alejarse con una sonrisa, pero en seguida retornó la seriedad a su cuerpo. Llamar a Puck era el paso definitivo y el más importante.

-Buenas tardes desde Londres, sexy mama. – dijo el chico nada más descolgar el teléfono.

-Buenos días desde Los Angeles, Puck. – contestó con una sonrisa.

-¿Cómo estas, Quinn?

-Bien… ¿Y tú?

-Genial, ya lo sabes. Anoche conocí a una chica con la que posiblemente me case, si duramos más de una semana te la presentaré.

-No cambiarás nunca, Noah.

-¿Para qué? Así me va bien. – dijo con una sonrisa que pudo intuir la rubia.

-Oye, te llamaba porque ha pasado algo…

-Ya me extrañaba a mí que me llamaras para preguntar como estoy…

-Hey, te llamo a menudo. – se defendió.

-Si tú lo dices…

-Bueno, como sea, la cuestión es… que tengo que contarte una cosa…

-Quinn, me estás poniendo nervioso. – dijo dejando las bromas a un lado. - ¿Ha pasado algo grave? ¿Está bien Rachel?

-No se trata de Rachel, ella está perfecta y embarazada.

-¿En serio? Enhorabuena, Quinn, me alegro mucho. – dijo sincero. - ¿Qué pasa entonces?

-Se trata de Beth, Shelby ha muerto. – dijo sin todavía creerse ella misma que aquello hubiera pasado.

-¿Qué? – preguntó totalmente sorprendido. - ¿Y Beth?

-Shelby tenía cáncer y ha muerto. Beth…está conmigo, Puck…

-¿Beth está…contigo? – preguntó con un hilo de voz.

-Sí, Shelby pidió que se quedara conmigo como primera opción y he aceptado.

-Oh, Dios, Quinn… Nuestra hija… Ahora mismo voy para el aeropuerto, voy para allá.

-Espera, Puck, espera. No te precipites. No creo que sea lo mejor que vengas ahora mismo para verla.

-¿Cómo? – preguntó molesto. – Soy su padre, Quinn, tengo el mismo derecho que tú.

-Sé que eres su padre, Noah, pero no se trata de ti ni de mí, se trata de Beth. – dijo alzando la voz. – La psicóloga nos recomendó que vayamos poco a poco, que si todos empezamos a estar encima de ella, queriendo convertirnos en lo que no hemos sido toda su vida, las cosas se complicarán y te aseguro que ya están complicadas…

-¿Por qué?

-Beth…está conmigo desde anoche, pero no está muy receptiva, todo lo que recibo son miradas heladoras y palabras que me dejan callada. – dijo resignada. – No digo que no vengas, Puck, solo que esperes a que al menos se adapte a su nueva vida conmigo y con Rachel. No quiero dejarte fuera.

-Está bien, Quinn… Lo haremos a tu forma, haré lo que me digas y lo que la psicóloga recomiende.

-Gracias.

-¿Cómo es? – preguntó tras unos segundos en silencio.

-Es perfecta, Puck…ya lo sabes, es nuestra cosa perfecta… Se parece a los dos, es preciosa, y tiene mucho carácter. – dijo sonriendo de medio lado.

-En eso entonces es Fabray.

-¿Qué pasa que los Puckerman no tenéis carácter? Te recuerdo bastante rebelde en una etapa de tu vida.

-¿Me lo dice la Quinn que se teñía el pelo de rosa?

-Esta conversación no nos lleva a ningún lado. – dijo girando los ojos. – Voy a colgar ¿vale? Solo llamaba para decírtelo.

-Está bien, te llamaré en unos días. Mantenme informado si pasa algo.

-Lo haré, no te preocupes.

-Y Quinn…

-Dime.

-Lo harás bien. Beth te adorará cuando te conozca.

-Gracias, Puck… - dijo emocionada justo antes de colgar.

Quinn sabía que Puck entraría en razón y le haría caso. Siempre o casi siempre lo había hecho y tratándose de Beth no podía ser de otra forma. Ya no eran dos adolescentes, eran dos adultos con una adolescente en sus manos y debían ir con pies de plomo.

Junto a Rachel, pasó la mañana haciendo algunos trámites que le había pedido David para obtener de forma legal la custodia de Beth. La rubia estaba nerviosa por tener a su hija en su casa y no teniendo ni idea de cuál era la mejor forma de acercarse a ella. Rachel tampoco lo sabía, pero la tranquilizaba y aconsejaba mientras almorzaban que fuera ella misma y tratara de actuar con naturalidad delante de ella.

Pero la llegada de la tarde dio paso a la preocupación. Según les informó la psicóloga que les puso al tanto de todo lo relacionado con Beth, ésta debía salir del instituto a las cuatro y ya eran casi las ocho y la adolescente no había dado señales de vida.

El matrimonio trató de no alarmarse, pero las horas pasaban y la tensión se hacía presente.

-¿Cómo no se nos ha ocurrido pedirle su número de teléfono? Es lo primero que tendríamos que haber hecho. – se lamentaba la rubia dando vueltas de un lado a otro del salón.

-Tranquilízate, poniéndonos así no vamos a solucionar nada.

-¿Cómo me voy a tranquilizar? Me dan a mi hija y al día siguiente la pierdo. ¿Y si se ha fugado? Dios, me van a quitar la custodia sin tener los papeles todavía.

Y en ese instante en que Quinn volvía a llenar su boca de palabras malsonantes, el timbre de la casa sonaba y la rubia salía disparada hacia la puerta.

-Creo que me tendríais que dejar unas llaves para no molestaros cada vez que salga. – dijo Beth entrando sin fijarse en la cara descompuesta de Quinn y el nerviosismo en Rachel.

-Beth… ¿Dónde has estado? – preguntó la rubia tratando de calmar sus nervios.

-¿Y a ti que te importa?

-Estábamos preocupadas, sales del instituto a las cuatro y mira qué hora es… - se quejó la rubia.

-Ya te he dicho que prefiero estar en cualquier sitio antes que aquí.

-Pero, Beth, tendrías que habernos avisado o venir antes a casa, no sé… - opinó Rachel.

-No lo he visto necesario. – dijo encogiéndose de hombros.

-Beth, nosotras necesitamos saber dónde estás, no puedes desaparecer y venir como si nada. Quizás deberíamos poner unas normas, no sé, llegar a un acuerdo…

-¿Me vas a poner normas? – preguntó cabreada. – Llevo un día en esta casa y te piensas que ya tienes el derecho de comportarte como una madre, pues no lo eres, no eres mi madre y yo no acepto ordenes de nadie, ¿te queda claro? – dijo alterada, quedándose nuevamente con la última palabra antes de abandonar el salón y dirigirse escaleras arriba para encerrarse en su nuevo cuarto.

Quinn se llevó las manos a la cara y respiró profundo, conservando la paciencia que nunca había tenido con nadie excepto con Rachel.

-Ven aquí, anda. – dijo la morena con una sonrisa, animándola a que se sentara a su lado. Quinn le hizo caso, apoyando su cabeza en las piernas de la morena y estirando sus piernas en el sofá.

-Llevamos un día, en realidad unas horas, he hablado con ella ¿Qué, dos, tres veces? Y cada vez que digo algo me salta a la yugular.

-Paciencia, cariño, ya nos lo dijeron. Está dolida y desubicada y además, es adolescente. – decía mientras acariciaba el cabello de su esposa.

-Yo no era así con su edad. – dijo convencida. - ¿Era así de adolescente?

-Eras peor, así que no te quejes. – contestó divertida, besando su mejilla.

-Es un poco complicado todo esto, eh.

-Las cosas simples, fáciles no tienen valor. Necesitáis adaptaros la una a la otra y yo me incluyo en el lote. Nos acabamos de conocer. Estoy segura que todo es cuestión de tiempo, Quinn.

-Parece que tú le caes mejor. Al menos se ha preocupado por ti cuando has salido corriendo esta mañana.

-Soy una Berry, y ella lleva sangre Fabray y Puckerman, ¿Qué esperas? Esos apellidos siempre han tenido debilidad por mí.

-Habla por Puck, yo no tengo debilidad por ningún Berry. – dijo orgullosa.

-¿Ah, no?

-Bueno si, por este que está aquí. – dijo dejando un beso en la barriga de la morena, que no pudo evitar esbozar una sonrisa ante la imagen.

-Deberíamos cenar. – propuso la morena.

-Me pido hacer la cena, te toca convencerla de que baje a cenar. – dijo saliendo corriendo a la cocina ante la divertida mirada de Rachel.

-Esto no funciona así, cariño, algún día tendrás que hablar con ella más de dos frases. – dijo alzando la voz para que la escuchara desde las escaleras.

-Sí, pero ya lo has dicho tú, es cuestión de tiempo. – dijo refugiando su temor a volver a discutir con su hija en la cocina.