CAPÍTULO 42
Complicaciones
Con poco más de tres meses de embarazo, Rachel observaba su silueta delante del espejo de su habitación, semidesnuda y pasada la medianoche.
-Ya se empieza a notar, ¿verdad? – dijo acariciando su vientre puesta de perfil.
-Es normal, y más con dos. Dentro de unas semanas tendremos que hablar con nuestros agentes y que confirmen el embarazo a la prensa, va a ser imposible que sigamos disimulando. – dijo Quinn sentada en la cama totalmente desnuda.
-Estoy deseando que pasen los meses y poder tenerlos con nosotras. – dijo mirándola llena de ilusión.
-También tienes que disfrutar el embarazo. En algunos momentos es un coñazo, pero es increíble ver cómo estás ayudando a crear una vida dentro de ti.
-Hoy es uno de esos días coñazo, llevo desde esta mañana con un dolor en la barriga desquiciante, me dan como pinchazos… - dijo dejando soltar un suspiro.
-¿Por qué no me has dicho nada? Si te encontrabas mal no tendríamos que haber…
-¿Hecho el amor? Lo siento, pero lo estaba deseando, tampoco es un dolor insoportable. Además, no es lo mismo tener que contenerse porque Beth está al lado que poder dar rienda suelta a… la pasión. – dijo volviendo a la cama junto a su mujer con una sonrisa divertida, besando sus labios antes de cubrirse con la camiseta que utilizaba para dormir.
-Echaba de menos algunos de tus grititos. – dijo besando su cuello.
-¿Ah, sí?
-Sí, me encanta escucharte disfrutar entre mis brazos. – decía concentrándose en el cuerpo de Rachel, acariciando con intención cada milímetro de su piel.
-A mí me encanta que te encante, pero por hoy no va a volver a pasar. Tengo sueño, necesito descansar.
-Ya descansarás mañana, tenemos que aprovechar que Beth pasa la noche fuera. – insistió intentando capturar sus labios.
-Qué responsable Beth, eh. – dijo esquivando el beso que Quinn pretendía profundizar.
-Sí, la verdad es que sí. – dijo apartándose de su mujer, sabiendo que no iba a conseguir una segunda ronda aquella noche. – Creo que yo nunca he ido a dormir a casa de nadie para hacer un trabajo del instituto y prepararme un examen. Yo si lo tenía hecho por la tarde bien, si no, el trabajo se quedaba sin hacer, pasaba de quitarme horas de sueño por un estúpido trabajo.
-Y mira tu hija, preocupada porque no les iba a dar tiempo a entregarlo mañana. Beth va a ser ingeniera por lo menos. – dijo soñando despierta, sacando una pequeña risa en Quinn.
-Que sea lo que quiera mientras que le haga feliz. – dijo convencida.
-Por supuesto. Vamos a dormir, estoy cansada…
-Pues vamos a dormir. – dijo acomodándose en la cama junto a la morena, pero justo cuando iba a apagar la luz, el sonido de su móvil irrumpió en la habitación. – O no, no vamos a dormir.
-¿Quién llama a estas horas? – preguntó entre preocupada y molesta.
-Es Beth. – dijo con el ceño fruncido antes de descolgar el teléfono. - ¿Beth? ¿Estás bien? – preguntó nada más descolgar. La voz que escuchó no era la de su hija.
-Hola, buenas noches, perdón por llamar tan tarde.
-¿Quién eres? – preguntó la rubia con los ojos entrecerrados.
-Verás, soy Samantha, una amiga de Beth.
-Ah, Samantha, Beth me ha comentado que se quedaba a dormir en tu casa, ¿ha pasado algo?
-¿A dormir en mi casa? – preguntó extrañada. – Mira, no sé qué te habrá dicho Beth, pero no estaba en mi casa, la tengo aquí a mi lado y está…
-¿Qué? ¿Qué le pasa? – preguntó la rubia angustiada, notando como la joven con la que hablaba estaba algo nerviosa.
-Ha bebido más de la cuenta… Unos chicos habían organizado una fiesta y Beth me ha llamado hace un rato para que la recogiera. Yo no sabía que estaba aquí y está bastante perjudicada… No puedo llevármela así a mi casa, mi madre me mataría… No sé quién eres, pero Beth me ha dado su móvil y me ha dicho que te llame… Eres su tutora, ¿no? Alguien responsable. – preguntó la chica preocupada por lo que pudiera pasarle a su amiga.
-Escúchame, Samantha, ¿Dónde estáis?
-¿Estás a cargo de Beth o no? – insistió una vez más.
-Sí, soy la tutora de Beth, ¿puedes decirme de una vez donde estáis para que pueda ir a recogerla? – dijo desesperada.
-Estamos en el 14 de Olympic.
-Esperadme ahí, en diez minutos estoy allí, no os mováis. – dijo sin perder tiempo, colgando y empezando a vestirse con lo primero que cogía del armario.
-¿Qué pasa? – preguntó Rachel asustada.
-Beth, que nos ha engañado. Estaba en una fiesta y se ha emborrachado y parece que cuando no ha podido más, ha llamado a una amiga suya, la que me ha llamado.
-¿Qué? Voy contigo.
-No, quédate aquí, Rachel.
-Ni hablar, voy contigo, no puedo quedarme aquí a que me dé un ataque de nervios sin saber cómo está.
-Está bien, vamos.
El trayecto hasta donde se encontraba Beth junto a su amiga, Quinn lo hizo dislocada, sin pensar en la velocidad ni en las posibles consecuencias, tan solo pensaba en llegar hasta su hija y tranquilizar a Rachel, que a su lado, parecía pasarlo casi peor que ella.
No sabía exactamente donde estaban, pero no le costó mucho dar con ellas. Beth estaba sentada apoyada en una pared con la cabeza entre sus piernas y a su lado supuso que se encontraba Samantha, tratando de hablar con ella.
El frenazo que pegó hizo que Samantha levantara la cabeza asustada, en cambio Beth ni se inmutó, ni siquiera cuando angustiadas, Rachel y Quinn salieron del coche. La sorpresa de Samantha al descubrir de quien se trataban fue mayúscula.
-¿Tu…tu eres la Quinn a la que he llamado? ¿Quinn Fabray…? Oh, Dios, ¿eres la tutora de Beth? Y Rachel Berry… – preguntaba en un tartamudeo que ni Quinn ni Rachel se pararon a escuchar, tan solo se acercaron a Beth.
-Beth, ¿Qué ha pasado? – preguntó la rubia a su hija.
-¿Estás bien? – se preocupó la morena al ver como la adolescente levantaba la cabeza y mostraba su estado de embriaguez con una sonrisa.
-No te esperabas esto, eh, Sam. Imagínate la sorpresa que me llevé al descubrir que Quinn Fabray era mi madre biológica. – decía trabándose cada dos palabras, viendo en el rostro de su amiga la confusión. – Que suerte la mía, poder vivir con dos estrellas de Hollywood y una de ellas me abandonara en cuanto nací.
-Cállate, Beth. – le pidió Quinn levantándola del suelo.
-Ven, déjame que te eche agua a ver si se te pasa un poco todo esto. – dijo Rachel apartándola a un lado con la intención de refrescarla.
-¿Qué ha pasado? Se suponía que teníais que estar estudiando en tu casa y os vais de fiesta. – le reprochó la rubia a Samantha.
-Yo no sabía nada de eso. Beth es mi mejor amiga, pero unas semanas antes de morir su madre se puso muy rara, cada vez hablamos menos, no deja que me acerque a ella, se junta con gente que no tiene muy buena pinta, apenas va a clase y cuando lo hace es para no hacer nada… No sé qué te habrá contado, pero no se quedaba en mi casa. – le explicó, dejando a Quinn totalmente desubicada con toda aquella información. – Yo pensaba que Beth estaba en un centro de acogida, eso fue lo último que me dijo ella, pero esta noche me ha llamado para pedirme ayuda y me la he encontrado así… No sabía a quién acudir, por eso le pedí el número de la persona que estaba a su cargo.
-Yo no sabía nada de lo que me has contado… - dijo abatida.
-Me imagino… Beth… estoy preocupada por ella… - le confesó. – Está alejando a todos los que nos importa y creo que si sigue con la gente que va, habrá más de una noche como esta…
-Quinn, creo que deberíamos irnos ya. – interrumpió Rachel la conversación. La rubia se giró y vio como Beth ya estaba sentada en el asiento trasero del coche.
-Muchas gracias por llamarme y preocuparte por ella, Samantha.
-Es mi mejor amiga, solo quiero que esté bien.
-Te lo agradezco. – dijo con media sonrisa, dejando una caricia en el hombro de la chica y dirigiéndose al coche. – Por cierto, yo… te impor…
-No diré nada de lo que he visto esta noche a nadie. Es algo de Beth y supongo que tuyo si eres su madre…- dijo encogiéndose de hombros.
-Gracias, espero que Beth se dé cuenta de que eres una buena amiga.
El silencio lo inundaba todo en el coche. Rachel veía como su mujer iba aguantando las ganas de gritar, reprimiendo el enfado, mientras que Beth parecía volver a la normalidad con la ayuda del agua y el aire que le daba con la ventanilla bajada.
La tranquilidad tardó poco en pasar a tormenta. El tiempo justo que tardaron en poner un pie en la casa y la adolescente se disponía a subir a su habitación sin mirarlas.
-Ven aquí un momento, Beth, quiero hablar contigo. – dijo Quinn tras llenar de aire sus pulmones, buscando una paciencia que ya había sido desbordada.
-No tengo ganas de hablar.
-Me importa una mierda de lo que tengas ganas, vamos a hablar ahora mismo. – dijo levantando el tono de voz, sorprendiendo tanto a Beth como a Rachel.
-A mí no me chilles.
-¿De qué vas, Beth? ¿Qué mierda estás haciendo? Te emborrachas y mañana tienes clase, nos engañas, pero no solo esta noche, si no que llevas sin ir a clase a saber cuánto y te juntas con gente que a la vista está, no te conviene.
-Puedo hacer lo que me dé la gana, tú no eres nadie para decirme que hacer.
-Soy tu madre.
-Ni se te ocurra decir eso.
-Muy bien, no quieres que sea tu madre, pero para mí, tú si eres mi hija y quiero lo mejor para ti. Mañana mismo voy a hablar con la directora del instituto, no voy a permitir que esto siga así. Debería haberlo hecho desde el primer momento, pero por imbécil, por tratar de no perjudicarte lo he dejado pasar.
-Tú no vas a ir a ningún sitio. Me da vergüenza que la gente sepa que eres la persona que me trajo al mundo. – escupió con la mirada llena de resentimiento.
-No creo que Shelby te educara para esto.
-Para hablar de mi madre te lavas la boca, ¿me oyes? No voy a permitir que hables mal de ella. – dijo encarándose a Quinn en un grito.
-No estoy criticando a Shelby, al menos no por tu educación. Si quisiera criticarla tengo muchas otras razones, pero tu educación, creo que es algo que hizo bien y que tú te estás encargando de destruir. ¿Eso es lo que quieres? ¿Eso es lo que vas a dejar que quede de ella?
-Quinn… - le advirtió Rachel.
-No, Rachel, Beth necesita que hablemos claro. No quieres escucharme, no quieres saber mi historia, no quieres obedecerme…
-Quinn. – volvió a llamarla la morena, pero esta vez, el tono de voz acompañado por un grito de dolor asustó a la rubia, que se giró buscándola y la vio doblada de dolor y con sus manos en la barriga.
-Rachel, ¿Qué pasa? – preguntó ya junto a ella, sujetándola entre sus brazos.
-No lo sé, me duele mucho, algo va mal. – dijo antes de volver a dar muestras de dolor.
-Tranquilízate, nos hemos puesto nerviosas, respira un poco, por favor. Vamos, cariño, no me asustes. – le susurraba la rubia sin saber bien que hacer, hasta que Beth con la cara llena de espanto se situaba ante ellas.
-Creo que deberíamos ir al médico. – dijo la adolescente con un hilo de voz señalando el pantalón de Rachel.
Las caras de terror de las dos adultas lo decían todo. Algo iba mal, mal de verdad. O al menos eso presagiaba la sangre que manchaba el pantalón
