CAPÍTULO 43
Un campeón
La sala de espera de aquel hospital se quedaba pequeña para los pies de Quinn. En cuanto vio la sangre en el pantalón de su mujer actuó rápido y sin pensar, conduciendo el coche con Rachel y Beth en los asientos traseros, tratando de mantener una calma que no quería permanecer en su cuerpo.
En cuanto pusieron un pie en el hospital e informaron de lo que pasaba con la morena, los médicos se llevaron a Rachel sin darle ninguna explicación, dejando en aquella sala a una madre y una hija con una preocupación máxima, con sus cuerpos en tensión y llenos de incertidumbre.
Beth había tomado asiento en uno de los incomodos bancos que allí había, observando el ir y venir de los pasos de Quinn. Pasos nerviosos que solo querían saber que sus hijos y Rachel estaban bien, que solo había sido un susto. Quinn ni siquiera se paró a mirar a Beth, no veía a nadie, posiblemente, porque en ese instante le sobraba todo el mundo, tan solo le interesaba un médico que estaba haciéndose demasiado de rogar para darle alguna noticia.
Tras más de una hora sin saber nada, el esperado médico hacía acto de presencia en la sala y Quinn seguida por Beth, se abalanzó hacia él.
-¿Qué ha pasado? Dígame como está Rachel. – le pidió haciendo un sobreesfuerzo porque su voz saliera de su garganta de forma clara.
-Es usted la mujer de la señora Berry, ¿verdad, señora Fabray? – preguntó el hombre por puro formalismo, viendo como la rubia asentía. Entonces sus ojos se posaron en la adolescente.
-Ella viene conmigo, es mi hija. Díganos que Rachel está bien, por favor. – pidió casi en una súplica desesperada, con aquel nudo que se había empeñado en seguir anclado a su garganta, ignorando la cara de sorpresa de aquel hombre por saber que aquella famosa tenía una hija.
-Verá señora Fabray, la paciente se encuentra estable en estos momentos, no corre ningún peligro, de hecho, no lo ha corrido en ningún momento. – explicó el doctor, viendo como madre e hija dejaban escapar el aire de sus pulmones llenas de alivio.
-Nos hemos asustado mucho… - dijo la rubia en un susurro, observando la cara del hombre y viendo que aquello solo había sido la noticia buena, que había algo que quedaba por contar. – Los…bebés están bien… ¿verdad? No puede haberles pasado nada malo… - dijo con una sonrisa descompuesta en su cara ante el silencio de una asustada Beth y de aquel señor que agachaba su mirada antes de volver a informar.
-La señora Berry ha llegado con un fuerte dolor abdominal y una hemorragia. La causa de esta situación ha sido por un problema en el embarazo. Se ha producido un aborto espontaneo, es algo que suele suceder con bastante frecuencia.
-No, no, no, no puede estar hablando en serio. – dijo la rubia con la voz rota, negando con la cabeza a las palabras que ese hombre soltaba como si fuera un robot y recibiendo el primer gesto de cariño por parte de su hija. Un simple apretón en el hombro le recordaba que estaba allí y que contra todo pronóstico, sufría con ella. – Mis bebés no…
-Uno de los fetos no se estaba desarrollando como toca. Vuelvo a repetirle que es algo que puede pasar, sobretodo en embarazos múltiples o de mellizos… El otro feto se desarrolla correctamente, no tiene ningún problema y no tiene por qué haberlo en lo que queda de embarazo. Tanto la señora Berry como el feto están bien.
-¿Sabe… sabe Rachel lo que ha pasado? – preguntó sin permitir que las lágrimas salieran de sus ojos.
-Sí, yo mismo he informado a la señora Berry de lo ocurrido.
-¿Puedo verla? – preguntaba devastada.
-Por supuesto, síganme. – dijo el hombre comenzando a guiarlas a través de los pasillos. – Le hemos puesto un calmante, ahora lo que más necesita es descansar e intentar estar en reposo unas semanas.
-Tranquila, ¿no? – preguntó la rubia con la mandíbula tensada, mirando de reojo a Beth, que a su lado, caminaba con la vista fija en el suelo.
-Exacto. Esta noche se quedará aquí para confirmar que todo está bien. – dijo parándose frente a una puerta. – Es aquí, traten de mantenerla tranquila.
-No se preocupe. – dijo Quinn quitando de su cara las lágrimas que habían ganado la batalla, serenándose para que Rachel no la viera tal y como se sentía en ese momento, destruida. – Quédate aquí. – le pidió a su hija antes de abrir la puerta y adentrarse en la habitación.
Ver a Rachel con una vía puesta en uno de sus brazos la desanimó, pero darse cuenta de que por el rostro de su mujer caían unas incontrolables lágrimas en un llanto silencioso mientras veía las luces en la oscuridad de la ciudad a través del cristal, hizo que su corazón se comprimiera y sintiera como algo se rompía en él.
Saliendo del trance, la morena escuchó como Quinn avanzaba hasta ella y la miró con los ojos inundados en tristeza.
-Hey… - la saludó la rubia al llegar junto a ella, acariciando su mejilla mientras tragaba grueso, queriendo destruir ese incomodo nudo.
-Quinn… nuestro bebé… - dijo Rachel sin contener el llanto.
-Lo sé, lo sé… - dijo rodeándola con sus brazos y dejando infinitos besos en su cabeza, viendo como era imposible que no acompañara a su mujer en las lágrimas. – Lo siento, mi vida, lo siento tanto… - repetía una y otra vez, esperando a que las dos se calmaran de esa forma, unidas y con los susurros casi imperceptibles de la rubia.
-No me digas lo siento, nadie tiene la culpa. – le pidió la morena más calmada, buscando los ojos verdes de su mujer, mientras limpiaban los restos de aquel agua salada de sus rostros.
-Lo que ha pasa do esta noche… Yo… Y sé cuanta ilusión te hacia tener dos… - decía con la voz entrecortada, mirando sus manos unidas a las de su esposa.
-Shh… - la silenció apretando sus manos. – A ti te hacia la misma que a mí y sé que estás sufriendo como yo porque ya lo querías sin conocerlo… - dijo respirando profundo para poder continuar con su discurso. – Pero no es culpa tuya, Quinn, que lo hayamos perdido… No lo hagas, no te culpes porque no es culpa tuya ni de Beth, es algo que habría pasado de todas formas, el médico lo ha dicho. Tenía que pasar, ha sido algo natural.
-Lo sé… - dijo apartando la mirada unos segundos para luego volver a fijarlos en los ojos de Rachel. – Sabes que todo va a salir bien, ¿no? – le dijo seria y llena de confianza. – Ahora mismo parece que todo está mal, pero te puedo prometer que todo va a salir bien. Este pequeño es un guerrero, un campeón y sé, estoy convencida de que va a luchar por él y por su hermano.
-Es una promesa… - dijo sonriendo de medio lado.
-Y pienso cumplirla, confío en él. – dijo acariciando el vientre de su mujer con cuidado, recibiendo un tierno beso en sus labios por parte de ella que las dejaba a ambas más calmadas, con la pena marcada, pero manteniendo la esperanza y la fuerza por ese pequeño que venía en camino.
-¿Por qué no llevas a Beth a casa? Es muy tarde y ha sido una noche muy larga. Tranquilízala, seguro que ella también está asustada. – dijo mirando hacia la puerta que se encontraba abierta. Al ver la duda en la cara de Quinn, Rachel le sonrió débilmente. – No me voy a mover de aquí. – intentó bromear. – Además, creo que me han puesto un sedante o algo, porque en un minuto voy a estar dormida. Voy a estar bien, ocúpate de ella.
-Está bien. No tardo. En un momento vuelvo. – dijo besando la frente de la morena, apartando el flequillo de su cara.
-Te quiero. – le recordó Rachel con la voz apagándose, dejándose llevar por el sueño.
-Y yo a ti, más que nunca.
No hizo falta decir nada más. Tratando de no molestarla salió de la habitación, cerrando la puerta tras ella y encontrándose a Beth sentada en el suelo, con la espalda apoyada en la pared y la mirada perdida.
En cuanto la vio salir, se puso en pie.
-¿Cómo está? – preguntó con la cara todavía desencajada por la noticia.
-Rachel está bien. Vamos, te llevo a casa. – dijo sin fuerza.
-¿No puedo verla?
-Necesita descansar, y tú también. Vamos. – dijo sin darle la oportunidad de decir nada más, tan solo emprendiendo el camino hasta el coche.
Camino que uniéndolo al trayecto hasta su casa, se hizo largo y silencioso, cada una sumida en sus pensamientos, pensamientos que iban al mismo hospital donde habían dejado a Rachel.
Al llegar a la casa, Quinn siguió a Beth hasta las escaleras sin intención de decirle nada, pero la adolescente se paró y de espaldas a ella dijo algo que tomó desprevenida a la rubia.
-¿Ahora es cuando me echas?
-¿Qué? ¿Por qué iba a hacer eso?
-Porque me culpas de lo que ha pasado, pero yo no soy la culpable. – dijo girándose para mirarla, intentando que las lágrimas que llevaba toda la noche reteniendo no se escaparan delante de su madre.
-Yo no he dicho que lo seas.
-No hace falta que lo digas, tu mirada lo dice todo… Estás enfadada.
-Estoy enfadada, pero no porque te culpe. Ahora mismo estoy enfadada con el mundo entero, porque a veces la vida tiene momentos de mierda, creo que ya lo sabes. – le explicó calmada. – Estoy enfadada contigo por tu comportamiento, pero no tiene nada que ver con lo que ha pasado con Rachel. En ese caso, solo podría culparme a mí, se supone que soy la adulta y he perdido los nervios contigo esta noche…
-Se nos ha ido un poco de las manos a las dos… - cedió la joven mirando el suelo.
-Beth, quiero que tengas claro algo. Yo nunca, jamás voy a echarte de mi casa, por mucho que me enfade contigo. Eres mi hija y siempre te voy a apoyar, a intentar ayudarte por muy complicadas que se pongan las cosas. Sé que quieres irte cuando cumplas los dieciocho, pero para Rachel y para mí, las puertas de esta casa siempre estarán abiertas para ti, porque es tu casa.
-Yo solo…
-Entiendo que no me conozcas y respeto que no quieras saber nada de mi historia, solo quiero que tengas claro eso, que siempre podrás contar conmigo. – la cortó antes de que se excusara. – Te aseguro que no es fácil verte sola cuando eres una adolescente…
-¿Y tú qué sabes de verte sola? – preguntó sarcásticamente. No lo hizo con la intención de herir, tan solo preguntó lo obvio. ¿Qué problemas podía tener una estrella que parecía tenerlo todo hasta esa noche?
-Mi embarazo no fue tan bonito como el de Rachel, Beth. Nadie parecía demasiado ilusionado con mi barriga y mi familia me dio la espalda. – dijo recordando aquellos meses.
-¿Te echaron? – preguntó boquiabierta.
Quinn no respondió, tan solo desvió la mirada. No necesitaba ir más allá, no al menos esa noche, no en aquel momento.
-Voy a pasar la noche con Rachel, ¿quieres que llame a Santana para que venga? – preguntó sin contestar a la pregunta, cambiando el tema radicalmente.
-No, no hace falta.
-A Lindsey, no la conoces, pero te juro que es la mejor y te hará sentir bien. – la chica negó con la cabeza. – O llama a tu amiga Samantha, parecía preocupada por ti y parece buena amiga. Puede hacerte compañía y así no estás sola.
-En serio, Quinn, no te preocupes por mí, si pasa algo, tengo a Jagger y Ringo para defenderme. – dijo echando un vistazo al jardín.
-Está bien. Si necesitas cualquier cosa, llámame.
-Vale. – dijo comenzando a subir los escalones.
-Y Beth – la llamó antes de perderla de vista. – Lo de tu engaño, tus faltas en el instituto, tendrán consecuencias. – le advirtió. – Por ahora, voy a asegurarme de dejarte y recogerte todos los días en el instituto, me da igual que te avergüences de mí. ¿Queda claro?
-Cristalino. – dijo resignada, sin un mal gesto ni mala palabra, tan solo resignación por saber que no había otra, no después de verse descubierta en sus mentiras.
Quinn se aseguró de que todo en la casa estaba en orden y volvió a su sitio al lado de Rachel, una Rachel que seguía durmiendo cuando llegó. Parecía tranquila y que todo estaba bien, pero Quinn no se despistó y no le importó pasar el resto de la noche observando el rostro tranquilo de su mujer, velando su sueño y defendiendo sus sueños.
La mañana llegó con una incansable Quinn volviendo a su casa, dispuesta a llevar a Beth al instituto. No pensaba darle tregua a pesar de que la noche había sido dura para todas. Por primera vez se sintió una madre responsable al pensar la frase que había escuchado mil veces "si eres joven para trasnochar, también lo eres para madrugar".
Sabía que Beth estaba en casa porque su coche seguía en la puerta, así que tras ver que no se había levantado, subió hasta su habitación dispuesta a despertarla. No hizo falta, la adolescente estaba en la cama, tumbada boca arriba y con los ojos abiertos. Al notar la puerta abrirse la miró.
-Pensaba que estabas dormida. – se excusó. – Es hora de levantarse, vamos, llegas tarde al instituto.
-Me duele la cabeza, no creo que sea buena idea que vaya hoy. – dijo sin ganas.
-Ese dolor de cabeza se llama resaca, es lo que pasa cuando te emborrachas y a mí me parece la mejor idea del mundo que vayas al instituto, así te pensaras dos veces salir de fiesta entre semana la próxima vez. Ya te he dejado dormir una hora más, vamos a intentar llegar a la segunda hora. Empieza a arreglarte, voy preparándote el desayuno.
La rubia dejó a su hija dando un resoplido y tapándose hasta la cabeza, pero sabiendo que en diez minutos se encontraría con ella abajo. No se equivocó. Justo cuando dejaba en la mesa un batido y unas tostadas, Beth aparecía en la cocina.
Beth empezó a desayunar con Quinn sentada en frente de ella, pero la rubia parecía estar lejos de allí y Beth lo sabía muy bien.
-¿Cómo… como está Rachel? – preguntó con un hilo de voz, denotando toda la preocupación que tenía por la morena. Quinn la miró al notar como parecía realmente afectada.
-Está bien, está mejor. – dijo intentando mostrar media sonrisa para tranquilizarla. – Ha pasado buena noche y seguramente le den el alta en unas horas.
-Por tu cara, tú no has pasado tan buena noche…
-Lo importante ahora es Rachel y el bebé, lo demás es secundario.
-¿No desayunas? – preguntó mirándola de reojo.
-No tengo hambre.
-Deberías desayunar aunque no la tengas. Rachel necesita que la cuiden no cuidarte y si no te preocupas un poco por ti es lo que terminará pasando.
Quinn no dijo nada, tan solo la miró en silencio, viéndose sin argumentos ante aquel ataque de madurez de su hija. Tras unos segundos, sonrió de medio lado y le robó una de las tostadas.
-Tienes razón.
-Pero no me robes el desayuno…
-Solo te ayudo a terminar antes, ya llegas tarde. – dijo divertida, viendo como Beth hacia un esfuerzo por esconder la sonrisa.
-Lo de ayer iba en serio ¿no? – preguntó tras terminar el desayuno y ver como Quinn la seguía con la intención de acompañarla.
-Muy en serio. Voy a llevarte y recogerte, y hoy con Rachel en el hospital no puedo, pero mañana voy a hablar con la directora o tus profesores. ¿Algo que decirme?
-No, no tengo ganas de discutir… - dijo saliendo de la casa.
-Mejor, porque a mí no me apetece tampoco.
Quinn dejó a su hija en el instituto sin que nadie la reconociera. Ni siquiera se bajó del coche, sabiendo que si la veían podría tardar en llegar al hospital. Así que cubriéndose con unas gafas de sol y una gorra, la rubia se despidió de Beth, que viendo el cuidado que llevaba para no ser reconocida, tan solo puso los ojos en blanco, ignorando las preguntas de sus nuevos amigos a cerca de quien la llevaba esa mañana al instituto.
Ya de vuelta en el hospital, el medico no tardó en pasar por la habitación y darle el alta a Rachel, recomendándole reposo durante unas semanas y tranquilidad, asegurándoles que no tenía que volver a pasar nada.
-Esta ya se parece un poco más a mi mujer… - dijo Rachel sentada en la cama de su habitación, viendo como Quinn se sentaba a su lado en el filo de la cama mientras se secaba el pelo después de haberse dado una ducha.
-¿Cómo estás?
-Bien, igual que hace diez minutos cuando me has preguntado. – dijo con media sonrisa, apoyando su frente en el hombro de su mujer, que sin dudarlo, dejaba un cariñoso beso en su cabeza.
-Soy una pesada ¿no?
-Me gusta que seas pesada…
-¿Estás bien de verdad? – volvió a preguntar mirándola a los ojos preocupada.
-Cariño, no puedo evitar estar triste, supongo que igual que tu aunque no quieras que lo note… Pero estoy bien, mentalizándome de que podría haber sido peor. Ahora… solo tengo miedo de que algo vuelva a fallar…
-No tienes que tener miedo, yo estoy aquí contigo, pase lo que pase y saldremos de todo lo que venga por delante.
-Además me prometiste que todo saldría bien… - dijo como una niña pequeña, a lo que Quinn sonrió.
-Y una promesa, es una promesa… - dijo atrapando sus labios con los suyos unos segundos antes de levantarse. – Y para que pueda cumplir la promesa, tengo que salir a comprar lo que te ha recomendado el médico, no tardaré, ¿estarás bien?
-Seguro.
-Bien, ¿quieres algo? ¿Algún antojo, alguna necesidad de cualquier cosa?
-De ti, pero supongo que podré esperar a que vuelvas, te metas en la cama conmigo y me abraces…
-Haces muy difícil que salga a la calle. – dijo volviendo a acercarse a ella a dejar un nuevo beso. – Estoy aquí en seguida, portaros bien. – dijo dejando una caricia en el vientre de su mujer antes de salir de la habitación dispuesta a hacer las compras.
Estaba claro que lo que pasó la noche anterior, el perder uno de los bebés fue uno de los peores golpes que podrían haber recibido, pero Quinn estaba segura de que saldrían reforzadas de aquello, que necesitarían unos días o incluso semanas para dejar de pensar en lo que pudo ser, pero una vez logrado, toda la atención se centraría en ser fuertes y positivas.
Iba tan sumergida en sus pensamientos, que Quinn no se dio cuenta al salir para coger el coche que alguien se acercaba a la casa y de la casa de circunstancia que puso al verla salir.
-Beth, ¿Qué haces aquí? – se quejó con las manos en las caderas, frunciendo el ceño al ver que faltaban bastantes horas para que la adolescente terminara su horario de clases.
-He venido en bus, no me encontraba muy bien… - dijo acercándose a ella, viendo que Quinn no se creía aquello. – En serio, no tiene nada que ver con la resaca o lo que puedas pensar, no me encuentro bien, no sé qué me pasa… - se defendió con la cara afligida. Quinn lo supo. Beth no mentía y la rubia intuyó que aquel malestar que aquejaba a su hija era todo por Rachel, por lo que suspiró y dejó que Beth no tuviera que dar más explicaciones.
-Entra, anda. Si te encuentras peor dímelo e iremos al médico o veremos que hacemos.
-Gracias. – dijo casi sin voz, tanto, que a Quinn a su lado le costó escucharlo, pero ahí estaba, la primera muestra de agradecimiento de su hija, algo que le hizo sonreír sin pesar por primera vez aquel día. – Rachel… - preguntó indecisa.
-Está en la habitación, ya le han dado el alta. Voy a comprar unas cosas que hacen falta, ¿le echas un ojo? – dijo sabiendo que lo haría aunque no se lo pidiera.
-Claro, vete tranquila.
Y Quinn se fue tranquila, con la calma que le daba el saber que su hija sentía cierta debilidad por Rachel, que empatizaba con ella casi desde el primer momento que se vieron.
Una tímida Beth, se asomó a la puerta de la habitación, procurando no hacer ruido y no molestar a Rachel en el caso de que estuviera dormida. Pero la morena estaba atenta a los pasos que había oído desde el pasillo.
-Beth, pensaba que eras Quinn. ¿Qué haces ya aquí? Quinn se va a enfadar cuando te vea, está bastante enfadada con el tema del instituto. – dijo preocupándose por ella.
-Lo sé. – dijo agachando la mirada. – Me la he cruzado en la puerta, supongo que por hoy ha hecho una excepción… no me encontraba muy bien…
-¿Qué te pasa? – preguntó, animándola con su mano a que se sentara en el filo de la cama junto a ella.
-No lo sé, supongo que nada, en realidad… - dijo desconcertando a la morena. - ¿Cómo…cómo estás? – preguntó en un susurro, temiendo que si hablaba más alto, su voz se rompiese.
-Estoy bien, no tienes que preocuparte.
-Yo… - empezó a decir con la voz temblorosa y los ojos llenos de lágrimas. – quiero que sepas que no era mi intención que pasara esto, que perdieras al bebé… Lo siento mucho, yo… no quería que… - terminó sollozando, a lo que Rachel contestó rodeándola con sus brazos.
-Hey, Beth, cariño, esto no ha sido tu culpa, pensaba que Quinn te lo había dejado claro.
-Sí, pero yo…
-Pero tú nada. El bebé no estaba creciendo bien, Beth, esto no es culpa de nadie. – volvió a aclararle. – Ven, túmbate aquí conmigo. – dijo arrastrándola con ella en un intento por calmarla, limpiando sus lágrimas. – Cálmate, la que tiene el drama en esta casa soy yo, no vengas a quitarme el puesto. – intentó bromear.
-¿Tú no estás triste? – preguntó mirándola.
-Claro que lo estoy, pero ahora tengo que ser fuerte. Queda uno y tu madre, quiero decir, Quinn, dice que es un campeón, un guerrero. Tenemos que centrarnos en él, que vea que sus madres y su hermana están deseando cuidarlo y quererlo.
-Jamás pensé tener un hermano a estas alturas… - dijo dejándose reconfortar por Rachel mientras ella rodeaba su cintura.
-Son ventajas de vivir con dos estrellas de Hollywood, dos nuevas madres, un poco de drama y un hermano, vamos en pack. – dijo sacándole una sonrisa, al igual que se la sacó a Quinn, que había sido testigo silencioso de gran parte de aquella conversación.
