CAPÍTULO 48
Introducción al parto
Paz, tranquilidad, serenidad. Quinn había pasado gran parte de la noche en vela, sin embargo no le importaba, por primera vez se sentía en calma, creía estar en el sitio correcto.
Pasó las horas observando el rostro tranquilo de su hija a su lado, protegiéndola de los malos sueños, acariciando cada centímetro de su cara, escuchando su respiración acompasada, guardando cada segundo en su memoria, sabiendo que el trozo de corazón que le pertenecía a Beth, aquel trozo tan herido, dolido y maltrecho, había empezado a recomponer sus piezas aquella noche junto a su hija.
Era el mejor regalo que le podían haber dado. Tener a su hija abrazada a ella, dejándose querer por primera vez por ella era algo que superaba cualquier momento idealizado que hubiera podido imaginar.
Rachel se mantenía apoyada en el quicio de la puerta de Beth. Había amanecido sola y se sorprendió al encontrar a su mujer junto a su hija, algo que la llevó a mantenerse allí, mirándolas dormir con una sonrisa llena de felicidad por Quinn, porque sabía lo que había significado esa noche para ella.
La rubia abrió sus ojos lentamente, acostumbrándose a la luz que entraba por la ventana. No le hizo falta mucho tiempo para terminar de despertar, fijar los ojos en el rostro todavía dormido de su hija lo consiguió en un tiempo record.
Sonrió. Despertó con una sonrisa y no pudo evitar volver a acariciar a su hija con adoración, dándose cuenta tras un pequeño sollozo que tenían compañía en la habitación. No pudo evitarlo, su sonrisa se ensanchó más al ver a su Rachel mirando la escena con lágrimas en los ojos.
La morena decidió dejar unos segundos a solas a Quinn y Beth y bajar a la cocina para empezar el día con el desayuno, momento que aprovechó la rubia para dejar un beso en la frente de su hija antes de abandonar la cama y seguir a su mujer.
-¿Se te ha metido algo en el ojo? – preguntó Quinn rodeando la cintura de la morena por la espalda, sorprendiéndola mientras limpiaba con su mano el resto de las lágrimas que había derramado.
-Eso parece… - dijo con un hilo de voz, girándose para quedar frente a ella. – Lo último que esperaba cuando me he levantado era verte durmiendo junto a Beth…
-Te lo dije anoche.
-Ya, bueno, creo que el sueño no me dejó escucharte con claridad… - dijo sacando media sonrisa en la rubia. - ¿Has dormido bien?
-Genial… No he pegado ojo, pero ha sido una de mis mejores noches, Rach. Si hubieras estado a mi lado en la cama, hubiera sido la noche perfecta. – dijo ganándose un dulce beso en los labios. - ¿Me has echado de menos en la cama?
-Si te digo la verdad, no me he dado cuenta hasta hace un rato, pero ya sabes que no es lo mismo despertarme y que no seas lo primero que veo. – dijo guiñándole un ojo. - ¿Cómo es que has terminado durmiendo con ella? ¿Hablasteis o algo anoche?
-No… - dijo soltando un suspiro, separándose de ella para tomar asiento en uno de los taburetes. – Anoche… cuando fui a ver dónde estaba la encontré y menos mal… - dijo alertando a Rachel por el tono de su voz.
-¿Qué pasó?
-El tipo ese que siempre está con ella estaba a punto de hacer algo que… No pasó nada, pero estaba besando a Beth a la fuerza y la tenía acorralada, no sé si hubiera ido a más si no llego yo y Beth estaba muy asustada.
-Oh, Dios… Quinn, ¿Por qué no me dijiste nada anoche? – preguntó disgustada.
-Porque Beth no quería preocuparte y yo tampoco. Al final no pasó nada…
-Y, ¿Cómo está Beth?
-Bien… Bueno, ya te digo que estaba asustada, pero al final tuvo que tranquilizarme ella a mí, porque casi me como al imbécil ese. Si le llega a tocar un pelo de más le hundo la vida… - dijo llena de rabia, siendo tranquilizada por Rachel, que tomó una de sus manos para acariciarla. – Me llamó mamá, Rach… - dijo con un brillo en los ojos que la morena juraría no haber visto nunca. – Beth me llamó mamá…
-¿En serio?
-Te lo juro. Fue para que no cometiera una locura, porque no escuchaba nada ni a nadie, pero fue escuchar esa palabra y sentir como las piernas me temblaban…
-Es genial, cariño… - dijo sonriéndole con la misma ilusión que lo hacía Quinn.
-Es increíble… Y luego, llegamos aquí, hablé con ella un rato mientras estaba en la cama, se abrió un poco a mí y… me pidió que durmiera con ella… No podía negarme…
-No te hubiera perdonado si te hubieras negado, te hubiera pedido el divorcio si no aprovechas la oportunidad. – dijo haciendo reír a Quinn. – Te mereces que poco a poco todo vaya mejorando, Quinn.
-Creo que esta vez sí, que las cosas empezarán a mejorar con Beth. Anoche parecía convencida de cambiar su actitud, no solo conmigo, si no en la forma de afrontar su vida.
-Pues es la mejor noticia que nos podían dar, ¿no crees? – dijo acercándose a ella para sentarse en sus rodillas y rodearla con sus brazos.
-Totalmente. – dijo volviendo a besar sus labios.
Un beso que empezó siendo un simple roce de sus labios, pero que con el paso de los segundos, se volvió más cálido, más sensual, más cariñoso, buscando el tacto de sus pieles, pero las risas del pequeño Tim y la cara roja de vergüenza de Nathan al encontrar a sus tías así, cortaron el momento, retrasándolo para otro momento en que la casa no estuviera llena de pequeños dispuestos a llegar en el momento menos oportuno.
Los pequeños junto a sus tías empezaron a desayunar entre risas y escuchando las miles de historias que parecían pasarle a Tim en el colegio. Pero de repente, Beth apareció en la cocina y el silencio inundó la estancia.
-Buenos días. – dijo algo tímida.
-Buenos días, Beth, ven siéntate aquí. – dijo Quinn señalando el taburete libre que había a su lado. - ¿Quieres batido y unas tostadas? O puedo prepararte un zumo.
-No, eso está bien. – dijo sentándose a su lado con media sonrisa, después de servirse ella misma el batido.
-¿Cómo estás? – le preguntó Rachel con cara de circunstancia, lo que hizo entender a la adolescente que la morena se había enterado esa mañana de lo que pasó la noche anterior.
-Bien, no te preocupes, estoy bien. Y también he dormido genial… – la tranquilizó con un intento de sonrisa.
-Beth, Tim nos estaba contando como castigaron a su amigo Rafe por su culpa. – dijo Quinn tras un nuevo silencio, pero antes de que el pequeño continuara con su historia, Nathan interrumpió.
-Beth.
-Dime. – dijo la chica algo sorprendida por ver que el Nathan se dirigía a ella y delante de todos.
-Solo quería pedirte disculpas por lo de ayer. Siento haberte insultado y molestado…
-Eh…yo…bueno, yo tampoco estuve muy acertada… - dijo bajando la mirada. – Lo cierto es que tenías razón, suelo pasarme bastante con tu tía Quinn… Pero las cosas cambiarán a partir de ahora…
Todos estaban analizando aquella pequeña conversación y las consecuencias que traería. Todas buenas parecían ser. Y antes de que nadie dijera nada, una vez más, Tim salía en ayuda para dejar a un lado la incomodidad de Beth y la incapacidad de continuar hablando del resto.
-Pues ahora que os habéis perdonado, Beth, ¿quieres venir a jugar a la consola con nosotros? Tenemos un juego súper chulo de coches. – dijo emocionado por la idea.
-Claro, seguro que os gano. – dijo sonriendo ante la ternura del niño, siendo imposible que le negara nada, incluso jugar a un videojuego a pesar de odiarlos.
No hizo falta decir más. Los tres primos subieron escaleras arriba donde pasaron la mañana entre juegos y escuchando historias de Tim, que hacía de unión entre Beth y Nathan, poniendo ambos lo mejor de ellos para entenderse.
Cuando la tarde llegó, tanto Nathan como Tim querían volver a la playa a montar en sus tablas de surf, pero Rachel aquel día estaba algo cansada, por lo que en un principio, Quinn se negó.
-Pero tía, nos vamos pronto y no vamos a poder volver a la playa… - se quejaba Tim, que no comprendía que su tía estuviera embarazada y cansada si eso le impedía ir a la playa.
-Tim, cariño, ya habrá tiempo, hoy no vamos a ir. – dijo Quinn.
-Quinn, ve con ellos, no me va a pasar nada por estar aquí, solo estoy algo cansada. No hace falta que les obliguemos a que se queden toda la tarde tirados en el sofá como yo. Llévalos.
-Si queréis, yo puedo ir con ellos… No sé surfear, pero puedo echarles un vistazo y así puedes quedarte con ella si estás más tranquila. – se ofreció Beth mirando a su madre.
-¿Estás segura? – preguntó Quinn.
-Sí, estaré atenta a ellos, puedes confiar en mí, de verdad.
-Confío en ti, no lo decía por eso, si no, porque a lo mejor te apetecía hacer otra cosa.
-Me apetece aprender a hacer surf y Tim me ha dicho que Nathan puede ser un buen profesor. - dijo guiñándole un ojo al pequeño que ilusionado veía como su tarde de playa estaba más cerca.
-Está bien. – cedió Quinn.
-Bien. – exclamaron tanto Tim como Nathan.
-Mucho cuidado, chicos, no quiero que hagáis ninguna tontería. Y si Beth va a aprender lo hacéis con calma, no vayáis a lo loco.
-Te lo prometemos, tía. – dijo Tim dándole un beso antes de salir corriendo hacia el jardín, camino de la playa. Pero sin que nadie lo esperase, retrocedió sobre sus pasos y se acercó a Rachel. – Tú descansa, ¿vale tia Rachel? La prima no tiene ganas de ir a la playa así que mejor le cantas un poco mientras nosotros hacemos surf. – dijo señalando la barriga de Rachel con su mejor cara de inocente que hizo las delicias de la morena.
-Anda, ven aquí, que eres más listo que nadie. – dijo acercándolo a ella y llenándolo de besos antes de dejarlo ir junto a su hermano y Beth.
-Pues parece que nos hemos quedado solas. – dijo Quinn moviendo las cejas de forma insinuante.
-Momento perfecto para tirarme en el sofá y ver lo que me dé la gana en la tele. – dijo frustrando las ilusiones de su mujer, que tras ver la sonrisa divertida de Rachel al ver su cara, resopló y se sentó a su lado, apoyando los pies de la morena en sus piernas mientras empezaba a hacerle un pequeño masaje.
-Un musical no.
-Soy yo la que estoy embarazada, tienes que ceder a mis antojos.
-A tus antojos en la comida, no a tus queridos musicales.
-Está bien… Vamos a ver que hay.
Canal a canal fue pasando hasta parar en un documental. Un documental que dejó para informarse, pero que terminó asustándola. Este trataba del desarrollo de varios embarazos hasta llegar al nacimiento de los niños.
-Quinn…
-Dime. – dijo aguantando la risa al ver la cara descompuesta de su mujer.
-¿Duele mucho?
-¿El qué?
-¿Cómo que el que? – dijo girándose hacia ella para mirarla. - ¿No estás viendo eso? Yo no voy a ser capaz de sacar a la niña, Quinn… A mí que me programen una cesárea, creo que me estoy mareando…
-Claro que vas a ser capaz, no seas exagerada. – dijo riéndose.
-No te rías de mí. – dijo dándole un manotazo en el hombro. – Claro, como tú no tienes que dar a luz…
-Yo ya lo hice hace años, ya tuve mi dosis de dolor…
-Ppfff… - resopló nerviosa. – Dímelo, duele mucho ¿a qué si?
-Claro que duele, a mí me dolió muchísimo, pero cada mujer es un mundo, Rach. Hay a quien le duele más y a quien le duele menos… A mí por ejemplo, creo que el parto, junto con el accidente y la rehabilitación en la espalda es lo que más me ha dolido.
-No me ayudas, Quinn… Llama al doctor, mañana voy a verle y que prepare la cesárea.
-¿Quieres calmarte? – dijo con una sonrisa tranquilizadora mientras posaba su mano en la barriga de su mujer. – Si no hay más remedio se hará una cesárea, pero te aseguro que no quieres perderte el poder sentir como le das a la vida a nuestra pequeña.
-Pero me va a doler… - se quejó con un puchero que Quinn se encargó de borrar con un beso.
-No puedo hacer nada para que no duela, pero si puedo prometerte algo.
-¿El qué?
-Ese dolor, será el más efímero que hayas sentido nunca. Creerás que morirás de dolor, pero en cuanto le veas la cara, en cuanto te la coloquen en el pecho y la sientas, el dolor se borrará de tu mente, solo podrás centrarte en ella.
-¿Fue lo que pasó con Beth?
-Si… Estaba llorando de dolor, maldiciendo a Puck por hacerme pasar por ese momento y entonces la escuché llorar unos segundos y luego me la pusieron aquí – dijo señalándose el pecho y perdiendo la mirada como si volviera a estar en aquella sala de hospital. – la miré y me sonrió y para mí el mundo tuvo sentido por primera vez en mi vida. Te lo aseguro, Rachel, tener un hijo es lo más bonito que hay. No quiero imaginarme como tiene que ser si encima vas a tener la suerte de cuidarlo y darle todo el amor tu misma…
-Me has convencido…no quiero cesárea. Ha sido una buena introducción al parto. – dijo sacando una sonrisa a la rubia. – Sabes una cosa ¿no?
-¿El qué?
-Que ahora tienes la oportunidad de darle todo lo que no has podido a Beth y por supuesto, esta que está aquí, va a necesitar todos los mimos y los cuidados y el amor de su mami Quinn…
-Y los va a tener… Ella, su madre, su hermana y porque no, sus primos también. – dijo besando a Rachel, que riendo aceptaba aquel beso que daba entrada a una tarde exclusiva para ella y Quinn, una tarde que se conformaron con pasar la una al lado de la otra, hablando y sintiéndose cerca.
