CAPÍTULO 53
La conversación
El nuevo día ya había dado comienzo en la casa de las chicas. Mientras Quinn se daba una ducha, Rachel le hacía carantoñas a Emma en el salón, aprovechando antes de que la pequeña volviera a dormirse.
La morena le hablaba a su hija con una voz que a la recién levantada Beth le pareció ridícula pero graciosa, lo que le causó algo de gracia.
-¿Qué te pasa en la voz? – preguntó la adolescente con burla mientras bajaba por las escaleras.
-Oye, no te metas conmigo. – se quejó Rachel con media sonrisa. – Ya pensábamos que no ibas a levantarte.
-Estoy algo cansada, hoy que puedo quedarme un rato más en la cama…
-Haces bien, aprovecha tú que puedes. A nosotras esta llorona no nos deja mucho tiempo… - dijo volviendo a poner aquella voz tan extraña.
-Buenos días, Emma. – saludó Beth a su hermana, sentándose al lado de Rachel mientras capturaba la mano de Emma para acariciarla con cariño. Era la primera vez que la morena veía aquel acercamiento de Beth con Emma, por lo que no pudo evitar sonreír. – Tus madres se quejan demasiado.
-Claro, ya me han dicho que le caes muy bien, pero cuando no consigues calmarla en toda la noche, tu hermana deja de ser tan adorable como parece ahora. – dijo haciendo reír a la joven.
-¿Puedo cogerla un rato? – preguntó algo insegura.
-Claro, Beth, no tienes que preguntármelo. – le dijo con una sonrisa llena de cariño, pasando a Emma a sus brazos con cuidado. – ¿Te importa que suba a darme una ducha y quedarte con ella antes de que desayunes?
-No, ve tranquila, yo me quedo con ella. Puedes ir a hacer cochinadas con Quinn bajo el agua de la ducha. – dijo tratando de aguantar la risa al ver como Rachel abría la boca con el ceño fruncido.
-Yo no… Nosotras no…
-Nosotras no vamos a hacer nada porque ha llegado tarde, ya he terminado mi ducha. – informó Quinn bajando por las escaleras y dejando un beso en los labios de su avergonzada mujer. – Y para que lo sepas, nosotras no hacemos cochinadas. – dijo señalando a su hija, que seguía riéndose con la cara de Rachel.
-Ya, seguro que no…
-Estos adolescentes… - dijo negando con la cabeza la morena. - ¿Vais a ir a desayunar fuera? – le preguntó a su mujer.
-Sí, bueno, en eso habíamos quedado, ¿no? – respondió sin estar muy segura de que Beth siguiera con la idea de la noche anterior. – Quieres… Anoche me dijiste que…
-Sí, Quinn, sigo queriendo hablar. – dijo terminando con la duda de su madre.
-Pues desayunamos fuera y aprovechamos, ¿vale?
-Como quieras.
-Pues cuando te duches nos vamos. – le dijo a su mujer.
-Vale, no tardaré.
-No te preocupes, Beth se tiene que arreglar todavía, tómate tu tiempo.
Y sin esperar más, Rachel se perdió escaleras arriba dispuesta a darse ese baño, mientras que Quinn se acercaba a sus hijas.
-Dame a Emma mientras te arreglas.
-No, déjala que está tranquila conmigo.
-Conmigo también está tranquila, ve y vístete. ¿O quieres salir en pijama?
-Está bien… - dijo levantándose con la pequeña en brazos y pasándosela a su madre.
-Vamos, cariño, deja que Beth se arregle. – dijo al escuchar como la niña se quejaba al cambiar de brazos.
-¿Ves? Me prefiere a mí. – bromeó, viendo como Quinn sonreía.
-No, quiere a mami, ¿verdad que sí, garbancito? – dijo en el mismo tono ridículo que había utilizado Rachel para dirigirse a Emma mientras dejaba un beso en la cabeza de la pequeña.
-¿Por qué le habláis así a la niña? Vais a traumatizarla entre las dos. No me extraña que llore por las noches, debe tener pesadillas con esas voces… - dijo mientras abandonaba el salón.
-Que graciosa, Beth, me parto con tu humor. – le dijo Quinn alzando la voz para que pudiera oírla, sabiendo que la adolescente iba riéndose de ellas.
La rubia se quedó allí, esperando a que tanto Beth como Rachel terminaran para poder mantener aquella conversación que tanto había buscado con su hija. Estaba nerviosa por como pudiera reaccionar la adolescente, pero estaba dispuesta a hablar con el corazón, a hacerle ver que a pesar de poder haber tomado decisiones delicadas, siempre lo hizo por su bien.
Rachel bajó tras unos minutos, deseándole suerte a su mujer y asegurándole que debía estar tranquila, pues Beth tenía pocas cosas que reprocharle. En cuanto la adolescente apareció por el salón, tan solo se miraron y con media sonrisa salieron de la casa.
Quinn condujo hasta acercarse a la ciudad, buscando ese lugar que las dejara expresarse.
-¿Te parece bien que hablemos en la cafetería de Lindsey?
-Sí, no hay problema, no me importa donde hablemos.
-Bien, Lindsey no dejará que nos molesten y encima nos va a preparar el mejor batido de chocolate que hacen en el mundo…
-Pensaba que la que hacía los mejores batidos de chocolate era Rachel, al menos eso le dices a ella cada mañana… - dijo con intención. Quinn sonrió al comentario.
-Bueno… a veces las mentiras piadosas son muy necesarias en los matrimonios… Rachel hace los segundos batidos más buenos, pero si le digo que los de Lindsey son mejores, ella lo tomará como que no me gustan los suyos y sinceramente Beth, yo no me quiero quedar sin los batidos de Rachel… ¿Y tú?
-No, a mí me gustan también.
-Pues entonces mantén esa boquita cerrada por tu bien y por el mio. – dijo guiñándole un ojo, recibiendo como respuesta una sonrisa cómplice de Beth.
Cuando entraron en la cafetería, Lindsey las recibió con un beso. Quinn le indicó a Beth que le esperara en la mesa que se encontraba más apartada mientras ella pedía sus desayunos y le pedía a la mujer que nadie las molestara, haciéndole saber que le explicaría a Beth la historia.
Lindsey no puso pegas, tan solo le deseó suerte a Quinn, la abrazó y les dejó el desayuno en la mesa en el menor tiempo posible, dejando a madre e hija solas.
-Bueno… - empezó Quinn tras un largo suspiro. - ¿Quieres que yo te vaya contando o prefieres preguntarme? Lo haremos como quieras…
-No sé… Supongo que me gustaría oír todo lo que tienes que decirme, Quinn, que me expliques porque me dejaste y como te sentías. Si hay algo que no entienda pues preguntaré.
-Está bien… - dijo poniéndose seria, mirando a su alrededor para luego fijar sus ojos en su hija, que igual de nerviosa que ella, esperaba ansiosa aquella explicación. – Pues supongo que empezaré desde el principio y para eso necesito explicarte un poco como era antes de quedarme embarazada de ti. – dijo sin saber muy bien si a su hija le interesaría esa parte, pero al ver que Beth asintió, continuó hablando. – Mi familia era bastante conservadora. Mis padres nos criaron a mi hermana y a mí con las convicciones de la iglesia, haciéndonos saber desde pequeñas que debíamos ser buenas cristianas. Además, para mi padre, los Fabray siempre teníamos que destacar por encima del resto, ser los primeros y los mejores en todo, pero con educación y dando la imagen de familia perfecta. Yo de niña era el patito feo. – dijo sorprendiendo a Beth. – Si, no pongas esa cara, es verdad. Llevaba gafas, aparatos, unos pelos horribles, estaba rellena y mi nariz era horrorosa. Todo el mundo en el colegio se metía conmigo. Pero entonces empecé a hacer deporte, mi padre, siempre mirando por la perfección, me pagó una operación para rectificar mi nariz y empecé a crecer, a convertirme en una adolescente que se alejaba de esa imagen de fea para acercarse mucho al cisne. Me cambié de instituto y me convertí en la más popular, mi vida estaba dedicada a mantener ese estatus en el instituto que no me impedía meterme con todos los que se pusieran por delante, gente que era como yo hasta hacia unos años. Me propuse que no volvería a pasarme lo mismo que sufrí en el anterior colegio. Y a pesar de tener todo, de convertirme en alguien importante en el instituto, yo era una infeliz. Vivía amargada. Me seguía sintiendo fea, cada vez me molestaba más que mi padre me insistiera para ser la niñita buena y perfecta que él quería que fuera y cada vez estaba más confundida porque los chicos no me llamaban tanto la atención como las chicas y te aseguro que a mi padre no le hubiera hecho nada de gracia… En fin, que con dieciséis años recién cumplidos, en un intento de sentirme guapa, de encajar, quedé con Puck, que era el mejor amigo de mi novio y me emborraché, poniéndole en bandeja mi primera vez solo por la necesidad de sentirme bien conmigo. Pero eso no fue lo que pasó. Me sentí mucho peor, aunque yo jamás demostraba mis sentimientos, siempre me cubría una coraza, una mucho más grande de la que tengo ahora. Era egoísta, poco me importaba lo que le pasara a los demás, me importaba seguir demostrándole a mi padre que podía ser esa hija que él quería y que los demás temblaran cuando me vieran por los pasillos. Entonces me di cuenta de que estaba embarazada y se me cayó el mundo encima… Tenía dieciséis años, en mi primera relación íntima me había quedado embarazada y encima no era de mi novio, si no de su mejor amigo, que apuntaba a ser un delincuente juvenil… No sabía para dónde tirar, así que le dije a mi novio que estaba embarazada y que era suyo, que tenía que hacerse responsable y trabajar para sacarnos adelante.
-Pero si no habías hecho nada con tu novio, ¿no? – intervino la adolescente.
-No, pero Finn era así de inocente y yo tenía un poder de manipulación sobre él bastante grande en esa época, así que tiré hacia adelante con la mentira. Puck me insistía en que el padre era él y yo insistía en decirle que él no me interesaba porque solo era un perdedor, que me dejara en paz. Las semanas fueron pasando y yo tenía que decírselo a mis padres, porque no podría ocultarlo durante mucho tiempo, así que una noche, Finn vino a cenar a casa y soltó la bomba, una bomba que cambió mi vida para siempre. – dijo desviando la mirada por primera vez, sintiendo el mismo dolor y desilusión por el que pasó aquella noche. – Mi padre se puso como un loco y me echó de casa, me aseguró que era una vergüenza para la familia y no quería volver a saber nada de mí.
-¿En serio? – preguntó alucinada Beth, que jamás imaginó que algo así hubiera sucedido. - ¿Y te fuiste? ¿No hizo nada Judy?
-Mi madre se limitó a callar, a ver como hacia la maleta mientras no paraba de llorar. No lloró, no me dio un beso, ni un abrazo, nada, solo siguió bebiendo su copa de vino al lado de mi padre. Yo salí de mi casa con dos maletas, con un bebé y con un novio que no sabía qué hacer ni decir. Me sentí sola, perdida en el mundo y por primera vez, sentí que era una persona terrible cuando Finn y su madre me acogieron en su casa pensando que el bebé era suyo. Pero tampoco duré mucho ahí, Finn se enteró a los pocos días de que el padre era Puck. No creo haberle visto más enfadado en la vida y yo tampoco recuerdo haberme sentido tan asustada, porque me echaron de su casa y yo no tenía donde ir.
-¿Y qué hiciste?
-Llegó mi ángel de la guarda. Mercedes me ofreció su casa, su familia y su amistad y yo jamás podré agradecérselo lo suficiente, porque ella no tenía ningún deber de hacerlo y mucho menos sabiendo la clase de persona que era. Lo cierto es que en aquella época, dejé de pensar tanto en mí y empecé a preocuparme por ti, por comer bien, algo que no hacía, para que crecieras bien, a preocuparme por tu futuro… Yo… no había pensado en otras opciones, desde el momento en que me enteré de que estaba embarazada, pensé que con la ayuda de mis padres o la madre de Finn, podría salir adelante, pero aquello ya no era real y mi cabeza echaba humo… Primero, la mujer de mi profesor, el señor Schuester, me animó a que te entregara a ellos pero sin que su marido lo supiera y a mí no me pareció mal, de hecho, me ofrecía una salida a algo que creía que no tenía, pero aquella mujer estaba fatal de la cabeza, su marido la descubrió y aunque no lo hubiera hecho, yo hubiera sido incapaz de entregarte a ella. Mi máxima preocupación era tu seguridad, que estuvieras bien y me aseguraran un futuro que yo no podía darte. – le explicó nerviosa. Explicarlo estaba abriendo heridas que parecían no haber cicatrizado en ella y Beth se estaba dando cuenta. – Tenía claro que yo no podía quedarme contigo y no porque no quisiera, sino porque no podía. Quedarme contigo hubiera sido el acto más egoísta de toda mi vida. Te tendría conmigo, a mi lado, pero no hubieras sido feliz. Yo no tenía nada, ni medios para sacarte adelante ni el equilibrio mental que un niño debería tener en sus primeros años de vida, por eso sabía que no podría quedarme contigo, por mucho que Puck insistiera en que teníamos que hacerlo.
-¿Él quería que me quedara con vosotros?
-Sí, Puck me ofreció su ayuda, pero era un inconsciente, a día de hoy lo sigue siendo. – dijo sonriendo. – Te quiere con locura y está siempre pendiente de ti, creo que te lo está demostrando en sus visitas y cuando llama. – dijo viendo como la adolescente parecía estar de acuerdo con ella. – Él pensaba que por limpiar dos piscinas a la semana en Lima íbamos a poder sobrevivir los tres, pero aquella fantasía no podía creérmela, me negaba, porque sabía que cuando llegara el día de alejarte de mí, dolería mucho más si me hacía ilusiones. Al final, una mañana estábamos en una competición del coro y mi madre se presentó a verme después de actuar, contándome sus penas porque mi padre la había dejado por su secretaria, pidiéndome que volviera a casa con ella y yo rompí aguas, me puse de parto y entraron conmigo Puck, Mercedes y mi madre. Lo pasé fatal, pero mi mundo se paró en cuanto te vi la cara Beth… - dijo intentando reprimir las lágrimas. – Después de tenerte dentro de mi nueve meses, por fin pude tocarte, besarte, ver cómo me regalabas tu primera sonrisa y supe que darte en adopción era una obligación cuando busqué la mirada de mi madre cuando los médicos me preguntaron qué haría contigo y ella giró la cara. Mi madre no me iba a apoyar para que te quedaras conmigo. Los médicos te llevaron a hacerte unas pruebas y Puck y yo hablamos, me aseguró que me quería por traerte al mundo y me preguntó si estaba segura de que era lo que quería. Entonces apareció Shelby y me ofreció ser tu madre. Lo dudé, muchísimo y más sabiendo que ella había dejado a Rachel, pero la miré en sus ojos y vi que buscaba redimir sus errores con Rachel a través de ti, vi que podía confiar en ella y prefería saber con quién te ibas a no tener ni idea de qué clase de personas se convertían en tu familia. Así que Puck y yo aceptamos el ofrecimiento con la condición de que te llamaras Beth.
-¿Por qué queríais que me llamara Beth?
-Puck lo había elegido unas semanas atrás. Llegó al salón de coro y me cantó la canción de Kiss que se llama como tú y me preguntó si no me importaba que te llamáramos así. No pude negarme, creo que fue la primera vez que vi el corazón de Puck.
-¿Y ya está, me fui con mi madre? – preguntó al ver que Quinn guardaba silencio durante unos segundos.
-Si, al día siguiente, me tocó hacer lo peor que he hecho en mi vida. No recuerdo haber llorado más en mi vida. Entregarte en los brazos de Shelby sin saber si te volvería a ver mientras tú ibas llorando me destrozó. Es algo de lo que nunca me recuperaré, incluso teniéndote estos meses conmigo. Dejar ir a un hijo es algo… - dijo esta vez con las lágrimas saliendo de sus ojos. Beth al verla, no dudó en avanzar con su mano hasta la de su madre para sujetarla on fuerza y acariciarla, intentando tranquilizarla. Ver el dolor reflejado en la cara de Quinn estaba siendo duro para ella. – Supongo que cuando seas madre, entenderás mucho mejor lo que te estoy contando… Después de aquel día, me daba la sensación de que era yo la única que se acordaba de que había tenido una hija, nadie te mencionaba, ni siquiera mi madre que me escuchaba llorar cada noche por ti. Y aunque traté de seguir con mi vida, tuve épocas mejores y otras peores y en una de esas, Shelby regresó al instituto, me permitió formar parte de tu vida si yo quería, pero yo quería mucho más que eso, yo te quería conmigo y se me fue la cabeza. Hice el intento de denunciar a Shelby a los servicios sociales por mala madre y cuando ella se enteró, me quedé sin oportunidades… Te perdí para siempre por actuar con la rabia de no poder hacerme cargo de ti. Cuando pasaron un par de años, yo me alejé de Lima, me alejé de mi familia, de mis amigos y me vine a Los Angeles, donde por suerte, las cosas salieron bien… Y ya… traté de buscarte, de hacerle ver a Shelby que había cambiado, que me conformaba con saber cualquier cosa de ti, con mantenerme en contacto con ella para que me informara, pero ella no quiso y la entiendo, lo que hice cuando ella me dio la opción de estar en tu vida no estuvo bien. Y hasta el día que me llamó mi abogado para decirme que Shelby había muerto, no volví a saber de ti… - terminó de explicar con un hilo de voz. – Lo siento…
-¿Por qué lo sientes? – preguntó con el ceño fruncido.
-Por no haber podido hacerme cargo de ti… Ojalá te hubiera podido ofrecer algo mejor de lo que yo era cuando naciste, Beth…
-Oye, para, vas a hacerme llorar… Necesito asimilar todo esto, pero creo que tu solo fuiste una víctima de todo lo que te rodeaba… No sé, no es agradable saber que te han dado en adopción, pero me imaginaba muchas cosas y ninguna te dejaba en buen lugar cuando mi madre me lo dijo, pero estoy viviendo contigo, te voy conociendo y he escuchado cada palabra que me has dicho. No tengo nada que perdonarte, Quinn… Fuiste valiente dejándome ir, no sé si yo sería capaz de pasar por tanto dolor por el bien de alguien.
-Yo…siempre me he sentido culpable, algo dentro de mí no deja que supere aquel momento, pero te quiero, Beth, siempre lo he hecho. – dijo mirándola a los ojos llena de tristeza, aun con la mano de su hija sobre la suya.
-Lo sé, no tienes que decírmelo, porque me lo has demostrado. – dijo con media sonrisa, tratando de retener las lágrimas que luchaban por salir de sus ojos. La única lágrima que derramó, la limpió Quinn con su mano.
-No llores… Nos estamos poniendo muy feas… - dijo tratando de reír.
-¿Puedo preguntarte algo?
-Lo que quieras.
-¿Qué pasó con tu familia? Quiero decir, sé que te hablas con tu madre o con tu hermana, aunque nunca te he visto muy entusiasmada con ellas y ahora lo entiendo, pero nunca nombras a tu padre.
-Bueno…mi padre dejó de ser mi padre para ser Russell Fabray en cuanto me echó de mi casa. Nunca volví a verlo ni a hablar con él. Mi hermana me avisó de que había muerto, pero para mí hacía años que estaba enterrado. No fui a su funeral y nunca he ido a visitarlo al cementerio. Luego su abogado me dijo que había dejado dinero para ti. Lo siento, pero no lo acepté. Si quieres ese dinero, te lo daré yo, no me importa, pero no de un hombre que no movió un dedo para que pudiera criarte conmigo.
-No quiero ese dinero. – dijo seria, sacando media sonrisa en Quinn.
-Y bueno, con mi madre y mi hermana ha mejorado mucho la relación, las perdoné, pero no es fácil olvidarlo todo. Fue Rachel la que me animó a tener a mi familia a mi lado. Si no fuera por ella, estoy segura que a día de hoy tampoco me hablaría con mi madre ni con Frannie. Y eso es todo, Beth… ¿Qué te ha parecido lo que te he contado?
-Pues una mierda… - dijo dejando a Quinn con el ceño fruncido. – No, no lo digo por ti, si no por lo complicada que es la vida a veces… Me parece una mierda que una madre no pueda estar con su hija por mucho que quiera.
-Así es la vida. Te da para luego quitarte y tenemos que saber vivir con eso… Escúchame, Beth, si yo quería contarte esto no es para tratar de que todo entre nosotras sea de color de rosa o forzar algo que no se puede, sino porque creo que era necesario que supieras porque tuve que hacerlo y porque quiero que te quede claro que siempre, siempre me vas a tener para lo que necesites y sé que por parte de Rachel también…
-Gracias por hacérmelo saber. Yo… a mí no me sale llamarte mamá… pero somos madre e hija y te respeto y te valoro aunque no sepa a veces demostrarlo. Creo que Rachel tiene razón al decir que somos bastante parecidas. – dijo sonriendo.
-Yo estoy satisfecha con escucharte decir eso, por poder haber mantenido esta conversación contigo. Hace casi un año, esto era mucho más que un sueño y ahora eres real.
-Gracias por pensar en mí y por luchar por mí como has hecho siempre…
-¿Puedo darte un beso? – le pidió, necesitaba sentirla, abrazarla y saber que todo estaba bien, que por primera vez en su vida, dejando de lado a la prensa, su vida estaba bien gracias a la respuesta positiva de Beth en aquella conversación.
-Claro…
Las dos se levantaron de sus asientos y se fundieron en un abrazo al que Quinn sumó un beso igual de sentido, achuchando a su hija entre sus brazos mientras no podía retener un llanto mudo que había contagiado a Beth y al que Lindsey desde la distancia estaba a punto de sumarse al ver la escena.
-Te quiero, pequeña…
Necesitaba decírselo, era ese el momento para no guardarse nada y aunque no esperaba respuesta por parte de Beth, tras unos segundos, la adolescente le hizo el mejor regalo de todos.
-Yo también a ti…
