Notas del autor: ¡Capítulo con unos días de adelanto! Espero les guste la batalla de Stiles en sus días venideros. ¡Cualquier comentario de la trama o escritura me ayuda mucho a mejorar, se los agradezco! Disfruten.

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Stiles

Días sin gloria de una semana que supuraba fuego infernal. Stiles llevaba días sin mostrar más que su mejor sonrisa irónica, porque no era suficiente que prácticamente hubiese muerto, no; el universo estaba completamente empecinado a hacerle miserable la existencia. De más está decir que no era, ni por asomo, el fanático número uno de la agente federal Mina Teles. Y es que… ¿Quién rayos se hace llamar así? Mina. Teles. Además de extraño le sonaba completamente estúpido y un buen motivo para soltar una risa llena de sarcasmo. No era feliz con su padre relevado a segundo puesto y con todo su acceso a información policial truncado por una mujer bonita con cintura de avispa, con lo que no hacía más que repetirse…

-Es fea, muy fea. Extremadamente fea. ¡Le debería doler la cara de fea!- Aún más sorprendente era la seriedad casi madura con la que soltaba aquellas palabras repetidas como mítico mantra.

Su primer encuentro con Teles había sido al segundo día tras el altercado, en plena mañana mientras Scott intentaba usar su olfato en busca de pistas. Para ese entonces un grupo de albañiles contratados por el colegio se había adueñado de la escena para rellenar la nueva salida y de hecho reconstruir la entrada original a la sala de detenciones. Una pesadilla arquitectónica por donde se viera, y como si fuera poco la mujer salía de ese tumulto con un gesto de ser dueña del recuadro. Aún le dolían los labios de lo fuerte que se había mordido para contener su impotencia sobre la situación.

-Increíble- Le había dicho a McCall a quien casi le cierra la mandíbula de un golpe – ¿No se supone que estas en una relación? – un agregado que ponía en duda la lealtad del can de la que todos se jactan, aunque al fin y al cabo su mejor amigo babeaba tanto como uno. – ¡Scott! – fue la reprimenda que tuvo que agregar cuando el lobo adolescente no le prestaba atención alguna para andar mirando el acampanado avance de esas caderas femeninas - ¿¡Es que están todos ciegos!? ¡Que es fea como una patada en los …!- reclamó furioso sin tener la capacidad de finalizar su sentencia, permitiendo a sus brazos caer en admitida derrota. – Peor ¡Locos! –

Y allí también iba Derek Hale detrás de ella ¿De dónde había salido? No importaba. Sintió la furia escocerle por dentro ¿Desde cuándo el moreno sonreía con tal despliegue de candidez mostrando blanca dentadura? Para Stiles siempre era todo golpes y gruñidos a pesar que era a quien más le tocaba soportar su agrio humor ¿Y ahora iba y se portaba bien con esa…? ¡Esa! Inconcebible broma de mal gusto. Porque no, Stilinski no tenía idea de qué eran los celos y mucho menos cómo admitirlos. En resumidas cuentas era portador de poco aprecio hacia la mujer, para no decir ninguno.

Lo peor esperaría para la misma tarde de aquella jornada, cuando su idas y venidas en busca de un nuevo rastro le llevara hasta la comisaría de Beacon Hills, acarreado por la imperiosa necesidad de hallar posibles indicios de lo que fuera aquella criatura que le atacó hasta dejarlo en temporal deceso. Scott le seguía con cara de circunstancias en un apoyo que no era del todo seguro pero al menos constante. "No como otros" agregaría en su mente con la revivida imagen de un moreno de marcadas facciones.

Dentro esperaba el típico personal de oficiales de bajo rango tras un escritorio, a quienes de hecho conocía la mayoría por nombre y que por suerte decidían ignorar su andar como si fuera parte del decorado. Una investigación de rutina. Conocía bien los protocolos de su padre y donde buscar. McCall solo debía esperar fuera del despacho y alzar la alarma en caso de peligro de índice policial. Seguro aquella mujer había dejado algún papel con las conclusiones de la escena, fotografías y con algo más de suerte las razones federales que habían dejado mudo al Sherrif del pueblo.

-Recuerda que hacer – dijo a Scott con ojos bien abiertos y la mandíbula tensa a modo de amenaza que para cualquiera parecería ridícula viniendo de quien venía.

–Lo tengo. Oído de lobo, ve antes que aparezca–

Un empujón del chico de aspecto latino lo dejó prácticamente contra la puerta probando el sabor del cristal donde poco más arriba figuraba el nombre de su padre. Iba a tener una seria charla con él acerca de la higiene en la estación.

–Papeles… papeles – repitiendo entre dientes la palabra buscó y rebuscó en los archivos típicos para encontrar la nada más absoluta y el crecer de su impaciencia hiperactiva.

–Vamos. Si fuera una perra fría que mueve el trasero ¿Dónde escondería mi investigación? – La pregunta del millón, pero antes de contestarla la situación amerita detalles más exhaustivos.

¿Qué es lo que vio Scott McCall?

–Stiles– siseó Scott por lo bajo chocando la lengua contra su incisivos delanteros. Su mejor amigo se paseaba por el interior de la oficina del Sheriff como un huracán bípedo que murmuraba cosas que ni él podía comprender con un oído sobrenatural.

–Stiles– repitió con algo más de énfasis y los nervios a flor de piel cuando escuchó a la mujer hablar con un oficial en lo que presuponía era la entrada al establecimiento. Un par de pasos le permitieron corroborar efectivamente que era ella. Realmente era una belleza comparable a Allison, quizás más pero esa una verdad que se llevaría a la tumba, no quieres hacer enojar a tu novia la cazadora. No si pretendes vivir mucho tiempo.

–¡Stiles! – verlo cotonear las caderas en un intento irónico de reflejar alguna realidad mientras mascullaba alguna especie de maldición por lo bajo fue una imagen demasiado surreal para el lobo adolescente que por instinto llevó su palma a la frente.

–¡STIL–!– tragó en seco. Por un segundo se sintió en una película de terror en ese instante cuando los vellos de la nuca se erizan y sabes que hay algo detrás. Lento, muy lento, como si de un tiranosaurio se tratara evitó cualquier brusquedad mientras volteaba a ver. Allí estaba ella, la infame Mina Teles. En serio ¿Qué problema tenía Stiles con ella? Comenzaba a temer por la sanidad mental de su mejor amigo.

–¿Es ese Stilinski? – preguntó con una voz que acarició a McCall como la más cara seda que jamás conocería.

– ¿S-si? – La mujer le derritió y no tuvo otra opción que sonreír como tonto mientras por dentro seguía aterrado por el posible destino de Stiles. Le había confirmado su pregunta con semejante titubeo. Esperó otra consecuente pero la mujer simplemente lo aparto con un cuidado maternal empujando a un lado de su pecho, dejando a un Scott anonadado al tacto ajeno sobre su cuerpo.

La pregunta de Stiles no tuvo respuesta, al menos no en el instante en que su soledad se rompía con fragilidad cristalina. Allí iba su seguridad garantizada por un joven hombre lobo a quien no tardó en dedicarle una mirada de incredulidad.

–Me advirtieron que intentarías algo así. Este no es lugar para dos chicos, sé que están preocupados por su colegio pero este es trabajo para adultos–

Allí estaba, ese maldito tono y acento foráneo que le sonaba a la voz de mil demonios al unísono.
¿Adultos? ¿Quién se creía? ¡Tenía unos diecisiete años bien puestos!

–¿Qué ha encontrado, hm? Nada, seguro no tiene ni idea de lo… ¡Quién casi me mata! – Tuvo que corregirse rápidamente pero la sonrisa de la mujer no hizo amago en desaparecer, de hecho casi ni gesticuló a ello para parecer una perfecta estatua – ¿¡Me esta escuchando!? –

–Lo hago, pero como dije, estos son asuntos de mayores y de competencia federal. Dos chicos no tienen nada que hacer aquí. Derek dijo que podías ser un incordio pero no esperaba tal osadía – una risa angelical que puso tenso a Stiles hasta el último de sus cortos cabellos, manos cerradas en puño cuando una orden de Teles les tenía escoltados fuera del edificio en un parpadeo. La puerta del jeep chilló lastimosamente cuando la cerró de un golpe.

-¡Maldito chucho pulgoso! – sus dos manos golpearon el volante con palmas abiertas ¿Ya se llamaban por sus nombres?

–Cálmate– pidió un Scott condescendiente. – ¿Qué vamos a hacer ahora? –

Minutos extendidos de pleno silencio. El conductor mordía sus labios nerviosamente a riesgo de lastimarse, carcomiendo su cabeza en intento de dar con una idea.

–Vamos a su habitación de hotel– sancionó con tal seriedad que dejó a Scott con los ojos abiertos y la mandíbula desencajada.

–Acaba de encontrarnos ¡Estas loco! – y la sonrisa que brotó en Stiles no le gustó para nada.

–Por el contrario, no va estar esperando que hagamos nuestro movimiento tan pronto. Además, no había nada en la oficina de mi padre y lo que sea que se trae entre manos debe tenerlo en su cuarto. No me gusta nada esa mujer–

–¡No me digas!– exclamó Scott en ironía palpable – ¿Qué tienes contra ella?

–Nada–

–¿Nada? –

–Nada– reiteró encendiendo el motor del viejo y destartalado jeep dando un brinco de victoria cuando lo había logrado a la primera. Scott solo negó con la cabeza.

–¿Qué? Hemos estado en peores ¿Verdad?

Lo peor es que en eso tenía razón.