Notas del autor: ¡Revelaciones! Vamos llegando al final del primer arco de esta historia. No olviden de comentar o seguirme para la próxima actualización ¡Gracias por leer!
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Stiles
Trémulos los labios de la pureza musitan y la brisa responde, pero no hay movimiento en el cabello mojado que se ha pegado a su cuerpo como los moluscos a los arrecifes; se han arraigado a su desnudez, para cubrirlo de los indignos que pudieran verle. La corrupción no lo toca, no lo viste, sólo lo roza y él despierta de su letargo, envuelto en el velo de lo oscuro, brillando por sí mismo sin fuente de luz que pudiera iluminarlo. Pálido como la luna, brillante como una estrella, la pureza no se veja porque es etérea y nadie puede tocarla. Bate sus alas con la gracia de un ave madura que busca la suavidad del viento amante acariciar su plumaje y se estremece en la libertad que el mundo otorga para la creación del existente estado. El amanecer de un día cálido, bañan las gotas que buscan puerto en su cabello y del agua surge su cuerpo moteado a lunares. Su pena en el alma y con ella su ávido mirar de compasión. El balance del universo dependía de su pureza, como la tierra del agua y los espíritus del cuerpo. Manchado de pecado, caído como la estrella de un mal presagio, brotaba la oportunidad de renacer en un mundo que se mostraba entre tonos de grises.
Ese universo monocromático evocaba sensación de desasosiego en el corazón de un joven que no era más que un estudiante de secundaria, mejor amigo de una manada de hombres lobo. Incluso su habitación daba aires a una fotografía sacada de Eichen House bajo un perpetuo filtro de instagram. Desestimó el pensamiento, considerando que posiblemente solo estaba haciendo una asociación inconsciente hacia Lydia. Las sabanas estaban frías para semejarse a la textura de un rígido cartón. Su derecha a la altura de la frente le informó que no había fiebre que le atormentase, que quizás era una tormenta que había teñido el pueblo en tonos tan lúgubres. La ducha no había sido alivio alguno, sin importar sus múltiples intentos no lograba hacer que el agua cayera a una temperatura que diera calor a su cuerpo. Tiritaba con una sensación de desidia anclada al fondo del estómago con cadenas del acero más puro.
Una casa vacía. Cada cosa en su lugar y sin embargo todo gritaba a abandono en claras letras, eran capas de polvo que se pegaron sobre la superficie de su dedo con el mínimo roce. Tendría una seria charla con su padre respecto de las tareas del hogar, si es que lo encontraba. El café era un brebaje frío y con todas las pintas de algo viejo y amohosado en el recipiente que lo mantenía. No pudo evitar la mueca del asco y la exasperación de encontrar una heladera completamente vacía; a fin y al cabo no tenía hambre. Con una rabieta a flor de piel junta sus cosas, llama a un Scott que no responde. De hecho, ni siquiera tenía tono. Contó hasta diez y volvió hasta el cero, cerrando la puerta del jeep de un solo golpe. La llave entró sin problemas pero al primer giro, segundo, y tercero; simplemente no sucedió nada.
― ¡Oh vamos! ― exclamó ya en derrota, rostro contra el volante y sus manos golpeando los laterales en un pedido de auxilio. El motor estaba muerto y no le quedaba otra opción que usar sus dos piernas. No hubo miradas que se voltearan a verle, saludos de personas que creían conocerle o al menos desear unos buenos días por simple cordialidad, el silencio era una cúpula que le rodeaba y se movía como compañero.
No le sorprendió cuando la combinación no abrió su casillero, era un fantasma en su propia vida. Stiles experimentaba un sentimiento que tenía años y mucha labor encima para mantenerlo enterrado, era como revivir la muerte de su madre una vez más. Estaba desamparado en un territorio que se mostraba hostil a su persona. Sin saber cómo había terminado arrodillado, abrazado a si mismo mientras las lágrimas resecaban su piel. Scott pasó por su frente y sus ojos lo buscaron en señal de auxilio. Ni una mirada, mucho menos una palabra de consuelo para su ya abatida entereza.
― ¡Scott! ― juró haberse dejado un pulmón en ese grito pero para su amigo Stilinski no era muy distinto a la goma de mascar que hace días tenía en su zapato y de la cual aún no había dado cuenta.
La rareza se incrusta en el alma del chico con lunares en aceptación de su realidad. Algo no estaba bien, o para ser más correcto; algo estaba terriblemente mal. Su enojo dio lugar a un portazo en el aula de geografía que pasó sin penas ni glorias alimentando un odio en su interior que crecía con cada paso hacia adelante.
― ¡Derek! ―
― Chucho amargado― Nada.
― ¡IDIOTA! ― Ni un pestañeo fuera de lugar. Giró para encontrar que su lugar era ocupado por un pelirrojo con cara de circunstancias. Hanks según oía.
―Mira que rápido hace amigos McCall― recalcó oyendo una conversación superflua entre él y su sustituto. Al parecer hablaban de ir a una fiesta y salir con unas chicas el fin de semana. Por supuesto, su amigo el lobo adolescente no tenía que cargar ya con ningún lastre.
El resto de la clase se la pasó sentado sobre el escritorio del profesor sin que nadie le recriminara el hecho. Observaba a Hale ir y venir, dar explicaciones que bajo esas circunstancias encontraba incluso más aburridas que de costumbre. Y sin embargo tenía la oportunidad de verlo de cerca, descubrir que el moreno tenía uno que otro lunar, que la ropa era completamente nueva y que bufaba con menor frecuencia; o nada en lo absoluto.
― Derek ― repitió, había perdido ya la cuenta de la cantidad de veces que lo hacía. Fue testigo de la hora libre del Alfa, momento en el cual se echaba en un sillón de la sala de profesores a mirar el techo con toda simpleza, sin mover un músculo. La falta de atención en un joven hiperactivo era tan peligroso como una bomba de mecha corta marca ACME a manos del coyote. Con las horas, Stiles comenzaba a sentir como esa soledad rasgaba por dentro y lo carcomía con el frío de una noche de invierno a la intemperie.
―Escúchame por favor ― pidió misericordia escabulléndose al loft al momento en que Hale abría la puerta, la paciencia ya se le iba con pocos humos; Teles estaba sentada en el sitio que usualmente ocupaba dentro de la casa ajena. Ella no tardó en ponerse de pie y atrapar el rostro del moreno entre sus manos para darle un beso que le obligó a hacer una mueca de asco.
―Hola a ti también Stiles―
― ¿Qué? ― La mandíbula se le cayó al suelo sacudiéndose en el sitio como le hubiesen dado una buena descarga ― ¿Puedes verme? ―
―Claro― dijo y la sonrisa en sus perfectas facciones trajo a colación una sola palabra.
―Tu. ¡T-tú…!― perra. Quería decir perra pero su lengua era un embrollo que no le permitía articular debidamente. Derek se había sentado en la mesa a leer como si nada.
―Derek habla tan bien de ti y tu astucia, pensé que tendría al menos algo de resistencia. Resulta que no eres tan buen investigador como te pintan ¿Siquiera me buscaste? ― preguntó y su gesto aunque hermoso era claramente burlón.
―En cada base de datos en la que puedo meter mano ― refunfuño el chico con manos hechas puño acercándose con aires de lucha
― No es en todo sitio. Derek, precioso ¿Qué tal el libro? ― la pregunta difunde en el aire y aquél hombre parece percatar de ello y cambiar de dirección su mirada.
― Esta bien. Tenía razón tu apellido es griego, aunque viene del nombre de una sirena ― dijo levantando aquél viejo tomo que tenía, robando lo poco de aire que le quedaba a Stiles.
― Una… ¿Sirena? ― pregunta confundido por la noción de que una criatura así realmente existiera, pero si lo ponía a contraste… no era un imposible ― ¿Por qué? ― pidió prácticamente vencido en ese momento.
― Me alimento de la perdición Stiles. De amores frágiles o rotos, y cuando tienes un plato tan fuerte al alcance de la mano es difícil negar la tentación ― encantadora en pocos pasos ubicada detrás del Alfa para acariciar su barbilla hasta hacerle sonreír ― Siempre cuidándote cuando en realidad se ha dejado completamente expuesto por tu culpa. Tu tan testarudo que prácticamente me lo has regalado ―
Stiles estaba a punto de ebullición, rojo hasta las orejas impulsándose con un golpe que dio al aire mismo. La sirena llenó de risas sus sentidos, era esa voz que le sonaba a uñas en una pizarra.
―Eras tú… ¡Lo sabía!― masculló el chico por lo bajo, mirándole mover la cabeza en clara aceptación de la culpa.
―Los hombres son muy fáciles de engañar, están predispuestos a ello. No contaba con que la persona del apego de Derek fuera una excepción― ¿Excepción? ¿Qué quería decir con eso? ― Eres gay, querido―
Boom.
― ¡YO NO SOY GAY! ― bramó con la intención de hacer temblar toda la habitación pero a fin de cuentas no movió ni un pelo.
― Lo eres, y mucho. Si tuvieras una pizca de atracción por las mujeres no estaríamos teniendo esta conversación, no me habrías obligado a encerrarte de esta manera― mil preguntas salieron de Stiles pero ninguna formulada en palabras ― Saldrás de aquí pronto, cuando haya devorado lo que quiero―
De rojo pasaba a blanco, mirando a Derek con un terror que tenía toda razón de ser.
―No te preocupes, no voy a matarlo pero una vez el amor se va… nunca vuelve ―
La manera en que la mujer se relamía los labios envío impulsos de asco, arcadas contenidas por nada menos que su furia.
― Y no hay nada que puedas hacer. Puedo obligar que vean lo que yo quiera; Derek y ese amigo tuyo ¿McCall?―
Más risas, más de ese sonido que el obligó a retroceder y abrir la salida. No quería seguir oyéndola, necesitaba avisarle a alguien, necesitaba salir de allí antes de que fuera demasiado tarde para él, para Derek, para ambos.
La realización le golpeó en la cara cuando dio a la calle. Había hablado de Derek, Scott, hombres… pasado por alto un elemento muy importante dentro del grupo y que podía significar una esperanza. Recordó con todas sus fuerzas. Estaba seguro que no había visto a Lydia en el colegio.
La verdad le atormentaba a cada paso y odiaba el hecho que aquella mujer fuera quien diera cuenta. Un problema a la vez. Si quería salvar a Derek necesitaba encontrar una banshee de inmediato.
