Notas del autor: ¡Disculpen la demora! Quería entregar este capitulo en regalo a quién me ha impulsado a escribir toda esta historia desde un inicio. Estamos cercanos al final de un primer arco. Derek se enfrenta a su nueva realidad. ¡Gracias por seguir el fic!

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Derek

Días extraños en relativa calma. El tiempo pasa y sin dar cuenta alza una mano que esconde claros orbes de la luminancia artificial de la noche; demasiado fotosensible. Se sentía diminuto entre edificios que dejan enanos incluso a quien casi logra alcanzar la barrera por encima de la media. El centro de la ciudad era el opuesto a todo lo que conocía y en efectos personales a esa hora portaba poco más que su propio nombre. Un traspié que lleva al choque con un empotrado buzón central, confundido deja la avenida, su multitud de aromas y sonidos por la calma de callejones y callejuelas laterales. Manos dentro de una chaqueta de cuero que decía a gritos haber salido de comienzos del siglo XXI, la moda era un concepto inexistente para su clase y tipo.

Inspira y desea no haberlo hecho tan cercano a la boca de alcantarilla, toce para aclarar los sentidos y acelera el paso sin mirar para finalizar en un abrupto choque contra algo, o alguien de menor tamaño y cuyo peso no logró desbalancear su paso. Un único gruñido de advertencia que acongojó al desconocido. Solo entonces fue capaz de fijarse y tomar conciencia de a quién se había llevado por delante y como el joven se desplomaba en caída libre. Una molestia que no por ello mata la cortesía. Lo captura por un brazo a la cintura, deteniendo el posible impacto— ¿Estas bien? — la torpeza del gigante la tenía grabada en todo su porte. El chico tenía una piel moteada de lunares tan similar a un furtivo recuerdo y al mismo tiempo distanciado por un universo. Era la imagen, el segundo ordenado de un reloj caótico frente a una pantalla de pura estática y ruido blanco.

Gira y el mundo vuelve a transformarse, llenarse de vida en un evento concurrido pero que lejos dictaba de la formalidad. No tenía a nadie en brazos, transitaba una acera abandonada por el candor de la vida a excepción del sonido y luces próximas. El estrés de una naturaleza hibrida, el trabajo y el esfuerzo por comenzar una buena relación le tenían al borde de una nueva condición adquirida. Un desequilibrio emocional era la única viable prognosis que explicara porque veía lo invisible. Una larga noche que acaba de comenzar y se veía en la necesidad de un primer trago, optando por la ligereza de la cerveza. Suave, el líquido se deslizo por la garganta llevándose la resequedad de sus labios tras los nervios de un evento de magnitud. Besaba la locura con las mismas bienvenidas que le daba su boca al amargo de la bebida.

En aquél bar donde la inercia guio sus pies había de todo, y no era del tipo que le gustase rechazar a las personas por compartir un espacio público pero los números que le llegaban sobrecargaban la vista reduciendo las distancias en una ilusión de la percepción. Con el ancho de hombro a hombro y las cifras de personas en aumento parecía colisionar contra alguien cada pocos pasos en la búsqueda de una nueva bebida. Había un límite, muy ínfimo, que la cordialidad y su poca afable naturaleza llegaban a conocer. No era del tipo egoísta que le gustaba presumir para ser el centro de atención en un evento de semejante calaña y sin embargo le estaba costando horrores mantener sus puños bajos y lejos del contacto con otro rostro. El destino le otorga respiro, un momento en el que es capaz de dejar su vaso que hasta entonces lo mantenía ocupado a modo de escudo y ancla hacia su autocontrol. Se escabulle por el libre sendero que crean unas chicas en dirección el baño hasta que los grupos se abren y sencillamente no queda nadie, salvo el usual integrante del grupo de meseros que va y viene para asegurarse que la comida y los vasos estén siempre llenos. Solo una ocasión especial podía tener el sitio tan repleto, y como era costumbre no le había llegado el memorando.

— ¿Dónde puede ir uno por algo de paz y buen alcohol? —dijo tomando una buena bocanada de aire, levantando la mirada hacia un techo que no le otorga salvación. Un repentino golpe rompe el efímero ensueño, gira la cabeza para encontrar una de las puertas aledañas abiertas de par en par; la luz tan escasa que solo podía juzgar que venía desde el exterior. Pies de plomo, camina midiendo sus pasos hasta cubrir el lindel con todo su tamaño, las sombras juegan con su mente — ¿Hola? — suelta la pregunta que hace eco entre paredes vacías, notas graves que retumban en octavas de un tono poco común. — No estoy de humor para juegos…— explica y entra, dando gracias internamente a la posibilidad de poder caminar sin interrupción, respirar sin tener desconocidos bajo la mirada. Le alarma el sonido de un grito contenido, como si su nombre fuera pronunciado desde el interior de una caja de cristal que apalea el volumen y deja al aire un mensaje indescifrable. La idea hace doler su cabeza, poner en duda sus sentidos para terminar asociando todo a un error y la proximidad del jolgorio en el bar a pocos pasos.

Una última revisión, un barrido rápido a baja luz que revela la auténtica falta de gente en esa habitación. La memoria no le permite borrar la sensación de ese sonido, acelera la marcha en retirada para cerrar aquello lo mejor que puede aunque el cerrojo no parece falseado. La maldición muere en su lengua, llamadlo instinto o un don de familia pero no había recibido las mejores vibras de aquel sitio. No amenazas, sino un malestar latente cuya empatía sentía el deber de sanar, o como mínimo, apaciguar. Un hambre o antojo que la pertenencia de un lobo no puede acallar.

Embebido en una persecución sin maleantes, andando a la deriva en un mar de incógnitas inexplicables en lo que realmente debía ser el mejor momento de su vida. Gruñe en automático mientras avanza hasta dar con el exterior del edificio repleto de celebrantes. La fiesta estaba en su apogeo así que ya no se veían muchos ingresantes. Para el momento en que sus dedos lograban articular las palabras correctas en un texto con femenino destino, el mundo entra en una perpetua pausa y se derrumba a su alrededor, reacción puesta en un solo objetivo y esta era frenar una estrepitosa caída ajena contra acera y asfalto — ¡Hey! — una exclamación al aire, monosílabo que se pierde con los ruidos de los coches que atraviesan la calle sin ser testigos del problema que se cuece frente aquella entrada. Maldice ser el único fuera cuando aquél chico, exactamente el mismo de antes, parecía haberse materializado o como mínimo evadido su oído para proyectase en un arco con dirección al desastre. Las ideas arribaron como un torbellino, cuando toda la velada comenzaba a revelarse solo como el ojo de la tormenta ¿Había oído el llamado de su nombre en la casa y ahora vuelto a verle o era esa una extraña coincidencia del destino? Solo el otro tenía la respuesta y para ello lo necesitaba consiente.

Por un instante creyó que todo estaría bien, que la demostración sincera de preocupación sería suficiente para dar vuelta lo que años de sufrimiento acarreaban. Estaba terriblemente equivocado y en lo que buscaba ayuda con la mirada su carga desaparece, escurriéndose entre sus dedos en cruel engaño. — Me estoy volviendo loco —no evitó demostrarlo con cuchillos oxidados a modo de palabras que no hicieron más que herirlo y rápidamente supurar. El mero acto de tragar le rasgaba las garganta, cada nueva oración un nuevo suplicio que llenaba de rocas el fondo de su estómago y no había nada que pudiera decir o hacer para remediar la situación. Grave error que lo deja sin voz, mudo y congelado en su sitio. Una noche sin estrellas.

La presión de su canino contra el labio inferior solo conocía aumento. La piel pulsaba bajo el filo, reseca a una fuerza que de mantener terminaría por romper con la capa superficial para terminar sangrando. Nervios a flor de piel. Hale parecía ausente en un mundo personal, trastabillando a cada paso con la entereza hecha trizas. Lo que la mayoría buscaba evitar a él activaba un instinto de protección que lejos tenía de estar relacionado con la culpa o pena por su estado. Aunque si escarbaba dentro quizás había de ello un poco, pero antes que nada quería recuperar el fuego de una amistad, el calor de una persona que había querido y que por dentro sabía aún querer. Los años no matan los recuerdos que marcan el trayecto que se transita aún si no podía ponerle nombre.

La pesadez marca su paso, sin contar el tiempo abre la puerta del loft para caer en el aprensivo abrazo de quien le ha profesado el cariño necesario. Había oído a Mina desde fuera vistiendo esos zapatos de tacón que inequívocamente la presentaban como ella. Se premia mentalmente por la idea de escribirle cuando estaba en la calle y así poder caer en la seguridad de los brazos que contienen a un coloso. Decide fundirse en un beso con la presión de su cuerpo dando todo de sí. Se desgrana como el trigo en un molino, brutal es la circunstancia que le bendice con claridad unos pocos momentos.

Pegado a ella podía ver y recordar, de golpes y promesas gruñidas entre dientes. El calor de las mejillas de Stiles cuando no hacía más que ubicarse protector demasiado cerca. El sabor de su ansiedad y la electricidad de sus pies inquietos, el aroma que lo había embebido por días cuando se había obligado a entrar en una camiseta no hecha para mayores dimensiones. Stiles, aquél zorro ruidoso que había sido su compañero, un amigo y la añoranza de un amor escondido entre capas de ironías a dos bandos. Comprende en ese instante que lo había presenciado varias veces desde haberlo olvidado, grietas en la memoria que el cuerpo no olvida. Había corrido a salvarlo, atrapado en brazos más de una vez aquella noche por la mera necesidad de cuidarlo. Era la manera en que su alma hacia resurgir momentos con la esperanza de despertar un par de ojos que ahora veían sin los tapujos de las circunstancias. La más pura verdad en forma adolescente.

Dulce expresión que la mujer observa con fijada obsesión, habiendo arrojado a su presa a la más terrible oscuridad solo para levantarlo hacia inmaculado brillo y saborear el exaltado momento. Suyos eran los labios y la canción que inconscientemente borraba a negro lo que Derek no podía evitar aflorar, se aclamaba dueña de un amor conflictivo pero devoto en su núcleo. Hale era un manjar que llevaba siglos sin probar.

El grito rompe el cristal, un aviso a destiempo de quien le busca la salvación. La voz de Lydia Martin era inconfundible esta vez, imborrable para quien la conoce y entre su dicha Derek atisba la terrible perdición. Alguien iba a morir y él estaba desarmado para impedirlo. Tonto ignorante de que una banshee no solo lamenta la pérdida de una vida, sino también la muerte de un amor.