C5
San Francisco tenía uno de los mejores atardeceres que hubiera visto. Aquella hermosa tarde de miércoles el Golden Gate se había vestido de ocre para recibir a los cientos de turistas y ciudadanos que paseaban por su camino de concreto. Frente a nosotros un magnificente cielo anaranjado se desplegaba dejando ver hacia el horizonte los últimos rayos del sol veraniego. Las nubes se unían en tumultos que semejaban algodones de azúcar y a lo largo y ancho del hermoso techo natural que nos cubría ya comenzaban a brillar varias estrellas.
Estar ahí me hacía sentir libre, como si hubiese pasado toda mi vida en una prisión y esa era la magia del universo. Mientras TK pasaba su mano por mi cintura y me besaba en la sien pensé en la cantidad de jóvenes que justo en ese momento podrían estar sufriendo un ataque de pánico, de ansiedad, de depresión, quizás encerrados en su cuarto o en una bañera, llorando, con un cuchillo apuntando a sus venas, pensando que sus vidas no tienen sentido, que son un estorbo para su familia, amigos y sociedad, sintiéndose peor que ratas de alcantarilla que se consideran plagas dignas de ser exterminadas. Si tan sólo ellos pudieran estar ahora contemplando el mismo escenario que yo se darían cuenta que hay muchísimo por lo cual trabajar, lugares que de verdad vale la pena conocer, personas que aunque se atraviesen una sola vez por su camino, siempre se llevarán en los recuerdos.
Y entonces el recuerdo de mi madre se hizo presente y tuve que aguantar las inmensas ganas de llorar. El nudo en mi garganta me calaba más que la brisa fresca sobre mi ropa ligera. Iban a ser cinco años desde que papá llegó una noche a la casa acompañado por su amigo Leonard, un viejo compañero que conoció en la universidad. Leonard prácticamente era parte de mi familia, fue testigo en la boda de mis padres y desde que tengo memoria recuerdo que pasaba Navidades y cumpleaños con nosotros; esa noche los vi llegar tomados de la mano y le pidieron a mi madre un tiempo a solas para hablar. Para entonces vivíamos en Odaiba y mi hermano como por sexto sentido comprendió la mirada de mamá. Me tomó de la mano y me llevó al cine, gastando algo de sus ahorros comprándome muchas golosinas. Cuando regresamos a casa papá ya no estaba, mi madre se hallaba encerrada en su recámara y no hablamos con ella hasta pasado mediodía del día siguiente cuando salió. Tenía los ojos hinchados y apestaba a wiskey. Papá y Leonard llevaban tiempo siendo pareja y simplemente decidieron que ya no querían seguir escondiéndolo, le pidió el divorcio a mi madre lo cual la destrozó completamente. Durante los siguientes dos meses se la pasaba repitiendo lo malagradecido que él era por no haber valorado todos esos años de juventud y atenciones que le dio. Nunca pudo recuperarse y una fría noche de noviembre decidió quitarse la vida tomando una gran cantidad de ácido arsénico que le destrozó las entrañas; para entonces papá vivía en Paris con su amante y la abuela nos cuidó un par de años, pero ya era mayor y falleció poco antes de que yo terminara la preparatoria.
La última vez que vi a mi padre fue el día en que se dictó su divorcio, mi mamá aún vivía entonces. Llegó a la casa para despedirse, yo estaba molesta, furiosa, debo decir. Y sus palabras fueron: «cariño, no espero que lo entiendas ahora y estás en todo tu derecho de juzgarme y odiarme, pero algún día cuando te enamores sé que habrá algo de comprensión para éste viejo…» y ahora que llevaba tres años junto a Takeru a quien me había prometido no amar ni generar sentimientos más que de lujuria y pasión —y cuya promesa rompí al poco tiempo de estar juntos— me preguntaba si yo sería capaz de hacer lo mismo, porque debo decir que aunque aún no tenía hijos, la sola idea me emocionaba haciendo que los vellos de mis brazos se erizaran y no me veía siendo capaz de lastimar a mi familia y mucho menos a mis niños, aún cuando por la otra persona sintiera lo mismo o algo mayor —lo cual veía imposible— que por TK.
— Hey, preciosa, ¿estás bien? —mi novio me tomó del brazo, moviéndome un poco para poder verme. Tomé una gran bocanada de aire y sonreí, esperando que las lágrimas no fueran a derramarse ahí frente a él. Sólo una vez había hablado acerca de mi situación familiar y no quise entrar en detalles, no era algo con lo que me sintiera cómoda, de hecho en algunas ocasiones llegaba a avergonzarme. Takeru provenía de una familia funcional, sus padres aún seguían juntos, sus abuelos habían permanecido casados durante sesenta y cuatro años, hasta que su abuelito falleció, hacía un par de años. Sabía que él no me juzgaba y mi situación familiar era lo último en lo que se fijaba al estar conmigo pero no dejaba de sentir pena por eso.
— Sí, sí. Tengo un poco de frío, eso es todo —me aclaré la garganta y mentalmente me dije a mí misma que debía recuperar la compostura para no armar una escena en medio de todas esas personas. Mi novio se quitó la chaqueta de piel y me la puso alrededor de la espalda.
— Vamos a buscar un lugar para quedarnos y algo de comida, ¿si? —asentí simplemente y tras darme un beso en los labios, caminamos arrastrando nuestras maletas a lo largo del puente.
El plan en California cambió tras el incidente en el club. Por fortuna la herida que TK recibió no fue seria pero sí le lastimaba andar caminando por lo que lejos de conocer pasamos gran parte de la semana en el hotel o echados en la playa. Le propuse suspender el viaje pero él no quiso asegurándome que ya estaba bien y podía seguir viajando aunque no le creía del todo.
Nos hospedamos en el Holiday Inn de San Francisco, si bien no era el hotel más lujoso de la ciudad, tenía una hermosa vista desde la habitación que daba a las iluminadas calles del centro, y una enorme y blanca tina de baño.
— ¿Tienes hambre? —preguntó TK, acercándose a mí y dándome un beso en el cuello. Me hallaba mirando por la ventana a la hermosa luna llena que nos honraba con su visita. Negué con la cabeza y me giré, él me abrazó por la cintura y lo tomé del rostro para besarlo.
— Voy a darme un baño.
— ¿Es una invitación? —deslizó sus manos por debajo de mi blusa, acariciando mi piel y me hizo cosquillas. Se inclinó para besarme pero apenas sentí su lengua en mi boca lo aparté suavemente.
— No, quiero… quiero estar sola, un rato —sentí todo el calor de mi cuerpo subir a mis mejillas. No me gustaba rechazarlo al menos que fuera para torturarlo por diversión.
— ¿Estás segura? ¿Está todo bien, amor? Has estado muy callada —sonreí y le di un pequeño beso en los labios, deshaciéndome después de su abrazo.
— No tardo, lo prometo.
Me encerré en el cuarto de baño y abrí el grifo de agua caliente para llenar la tina. Mientras me quitaba la ropa las lágrimas fueron resbalando por mi rostro. No había sido fácil y aún me costaba aceptar que mi madre, la mujer que me dio la vida, que me enseñó a amarla, a amarme, a disfrutar de todo lo que pudiera venir en el camino, ya no estaba. Esa noche perdí a mi mejor amiga, con quien pasé risas y diversión yendo de compras, fastidiando a papá, a Tai algún domingo cuando querían ver fútbol en la tele y ella y yo nos apoderábamos del control remoto para sintonizar alguna serie o película romántica. Perdí a la amiga que me enseñó a cocinar pay de queso, pastel de chocolate y arroz con nuez. Quien me ayudó a escoger el vestido para mi graduación de secundaria y me adentró al mundo del maquillaje y la moda neoyorkina. Mi mami no merecía lo que papá le hizo, ella no merecía haber sufrido de la manera en que lo hizo, y poniéndome en sus zapatos, creo que podía entender un tantito de ese dolor, porque competir con otra mujer hubiera sido más sencillo, ¿pero con un hombre? Fue un golpe bajo, incluso para mí. Y ahora ella no estaba. Se fue cuando más la necesitaba, cuando la juventud entró a mi vida desplazando bruscamente la adolescencia. Se fue olvidándose que el dolor es pasajero y el tiempo cura las heridas. Se fue dejando a su mejor amiga aquí sin pensar cuánto iba a extrañarla y a necesitar de ella.
El llanto no cesó y me sumergí en la tina de baño, ocultándome bajo el agua caliente. Quería ser fuerte, quería que alguien me explicara cómo hacer para seguir viviendo sin ignorar lo sucedido, poder recordarlo sin que doliera, porque vivir ignorando la situación no era vivir y yo ya estaba cansada de eso.
La puerta de baño se abrió y TK entró con una lata en las manos, pero apenas me vio se inclinó junto a la bañera, dejándola en el piso.
— Kari, ¿qué tienes? —me abrazó y lo abracé, escondiéndome en su pecho sin importarme que lo estaba mojando y que parte del agua estaba tirándose. Lloré con mucha fuerza, como si no lo hubiera hecho así antes. Sus brazos me apretaron intentando infundir aliento y en ese instante di gracias por tener a alguien a quien abrazar. Porque mamá no lo había tenido y eso habría ayudado mucho, como ahora me estaba ayudando sentir el calor de TK—. Ven, mi amor.
Me alcanzó una toalla y me ayudó a salir. Me envolvió en ella y ahí en medio del baño me eché nuevamente en sus brazos a llorar. El dolor en mi cuerpo era insoportable y sabía que ya no podía seguir aguantándolo más. No podía seguir haciéndome la fuerte, la indiferente a él. Necesitaba expulsarlo y no quería hacerlo sola.
— Es mi mamá —dije entre sollozos pero sin despegar mi rostro de su pecho—. ¡Me dejó, TK! Se largó sin importarle si mi hermano o yo íbamos a estar bien. No le importó que yo la necesitara. ¡Se fue! ¡Se fue! —mis piernas no resistieron más y me tiré de rodillas, acción seguida por él quien se arrodilló y siguió abrazándome. Yo no dejaba de llorar, aún había muchos sentimientos que durante todo ese tiempo guardé y ahora exigían darse a mostrar.
— Ya, preciosa, ya…
— ¿Cómo una madre le puede hacer eso a sus hijos? ¡No es justo! Y mi padre… ese maldito bastardo…
— Kari…
— ¡Hijo de puta! ¿Cómo chingados se atrevió hacernos eso…? ¡Es un pendejo…!
— ¡Kari! —Takeru alzó la voz y me separé, cubriéndome con la toalla, y lo miré a los ojos.
— No me pidas que no lo culpe, porque…
— No. No puedo pedirte nada, mi vida, pero maldecirlo no hará que el dolor se vaya —acarició mi rostro con sus nudillos y cerré los ojos ante su caricia, dejando escapar un par de lágrimas.
— ¿Y entonces qué, TK? ¿Voy a pasar así el resto de la vida? —mi voz se quebró nuevamente ante la aterradora idea de que no hubiera algo que me quitara lo que estaba sintiendo. Takeru se mordió el labio inferior y sus ojos se pusieron rojos. Sabía que le dolía verme así, sabía que mi dolor también lo lastimaba y me odié por eso.
— No. La única forma en que esa herida va a sanar es perdonando. Necesitas perdonar a tu padre por lo que te hizo a ti. Si tu madre lo perdonó o no antes de… de lo que hizo, bueno, su relación es muy aparte de ti, y necesitas perdonar a tu mamá también. Tienes razón al pensar que no es justo, tal vez nunca llegaremos a comprender del todo su decisión pero así fue y así será, Kari. Odiarla no va a cambiar el pasado, sólo está robándote tu presente —lo miré a los ojos sin contener que más lágrimas siguieran saliendo de mí. Era verdad lo que decía, tan sólo había seguido removiendo la herida al enojarme pero aún había mucho dolor como para llegar a perdonar de corazón.
— Me duele mucho —murmuré explotando en llanto, ésta vez un poco más tranquilo y él asintió. Me atrajo en un abrazo y me escondí en su pecho nuevamente. Vacié mi alma entre sus brazos, rocié mis lágrimas en su aroma a swiss army y café. Lloré como no lo había hecho antes frente a mi novio y al tiempo en que el dolor se drenaba mi mente recibió un golpe de claridad y entendí que amaba a ese hombre más de lo que creía y el sentimiento era correspondido. Había sido capaz de confiarle algo que con nadie más había hablado, ni siquiera con mi hermano a quien adoraba, y le había permitido entrar a la parte dañada de mi corazón dejando de lado el miedo de que fuera a asustarse y dejarme.
— Ven, preciosa. Estás fría y necesitas vestirte antes de que te dé un resfriado.
— Pero hay que limpiar…
— Yo me encargo de eso —asentí simplemente y salí en busca de mi pijama. Takeru llamó al servicio del cuarto y enseguida entró una amable señora a trapear el baño. Me metí a la cama y cogí mi celular para revisar mis correos, que eran simplemente publicidad de algunas páginas web a las que estaba suscrita.
TK ordenó que nos llevaran sándwiches de pollo, refrescos y nieve con fresas a la habitación para cenar. Mientras esperamos él se acostó a mi lado y me atrajo hacia su pecho en donde me acosté. Besó mi cabello y me abrazó con mucha fuerza haciéndome sentir segura, protegida, como si no hubiera algo que pudiera lastimarme o derrumbarme.
Un par de lágrimas resbalaron por mis mejillas pero ésta vez no fueron de dolor sino de agradecimiento. Me hallaba profundamente agradecida con la vida por haber puesto a TK frente a mí, porque sin él, no tendría idea de qué rayos estaría haciendo ahora.
— ¿Estás mejor, bonita? —asentí y me limpié el rostro con la mano.
— Siento mucho que me hayas visto así… —él negó con la cabeza y se movió haciéndome levantar para verme de frente. Su expresión era seria y a juzgar por su mirada, sabía que no estaba muy contento—. ¿Estás enojado? —un fuerte suspiro se escapó de su pecho y me acarició el cabello.
— Estoy preocupado, Kari. Llevabas mucho tiempo sintiéndote así y yo no lo sabía —me mordí el labio y bajé la mirada.
— No era fácil para mí hablarlo.
— Lo sé, mi vida, pero verte así… saber que has vivido escondiendo ese dolor me hace sentir un imbécil.
— No, TK… no te sientas así. En serio, fue cosa mía…
— Prométeme que de ahora en adelante, cada vez que sientas deseos de llorar, de hablar, de gritar y maldecir a quien sea, me lo dirás, ¿si? —sus ojos se pusieron rojos y asentí simplemente acercándome a darle un beso en los labios.
— Te lo prometo.
Awwwww chicos... escribí éste capítulo en menos de dos horas. Qué bien me hace el invierno, el café y Gossip girl jaja... escuchen Make me fall de Nina Nesbitt...
Gracias por sus reviews... sigan así :p
