C10

— ¡Cuidado! —grité tan fuerte como mis pulmones me lo permitieron. Elizabeth se giró al escucharme y tropezó con un mesero haciéndolo derramar la charola de comida sobre la Sra. McGuire, tía política de TK. Tuve que taparme la boca al ver la expresión de la rubia señora cuando la salsa de tomate se derramó sobre su vestido blanco.

— ¡Elizabeth! —escuché que gritaron y al girarme hacia el escenario donde tocaba la banda de música un hombre de traje gris y corbata rosa pastel la miraba con desaprobación. La pelirroja intentó bajar apresurada las escaleras y al pisar una calabaza hervida cayó rodando a los pies de la mesa de postres. Se sujetó del mantel pero…—. ¡Elizabeth, no hagas eso! —gritó el mismo hombre pero fue demasiado tarde. La fuente infinita de chocolate cayó encima de ella y de su precioso Dior violeta.

Hubo un largo rato de silencio donde todos los invitados enfocaron su atención en la graciosa escena dentro del salón de Le Bristol Paris. Mi corazón estaba por salirse a través de mi garganta y las ganas de reír me ahogaban, fue para mi buena suerte, la abuela Marian, madre del señor Hiroaki, quien comenzó a reírse contagiándonos a todos. Elizabeth estaba furiosa, podía verse el carmín en sus mejillas a través de la cubierta chocolatosa. Yo miré a TK quien iba entrando junto con su madre y ambos cuestionaron con la mirada lo sucedido. El mesero al lado mío se levantó, recogiendo lo que pudo de la cristalería y la tía McGuire se giró dirigiéndose al tocador. En el momento en que la banda volvió a tocar y las personas decidieron calmarse para ayudar a Elizabeth, aproveché para bajar e ir con TK.

— Kari, ¿qué pasó aquí?

— ¡Lárgate de aquí, maldita zorra! —en el instante en que estuve por responder, Elizabeth apareció como versión francesa de Carrie.


12 HORAS ANTES…

Tenía un fuerte dolor de cabeza, una punzada en la sien, el estómago me gruñía de hambre pero al mismo tiempo sentía náuseas. Era la cuarta vez que discutía con TK en la semana; apenas y puse un pie en París supe que no debía haber ido. Arrepentimiento y dolor era todo lo que sentía.

— Kari, por favor, por favor, date un baño y alístate para la cena.

— Ya te dije que no pienso ir —pasó sus manos por su húmedo cabello y se sentó al borde de la cama dándome la espalda—. Escuché bien lo que tu mamá dijo por teléfono: no estoy invitada.

— ¡Ahh! —exclamó enojado y se giró para verme. Tenía las mejillas coloradas y olía infernalmente delicioso. Llevaba sólo una toalla envuelta en la cintura y gotas de agua aún escurrían por su espalda—. Eso es lo último que debe preocuparte. Iré a hablar con ella.

— ¿Para qué? No vas a convencerla. No has podido hacerlo durante toda la semana —por la expresión en su rostro supe que de alguna manera lo había lastimado y me arrepentí enseguida. Me pregunté si tal vez estaba siendo muy dura con él. Takeru se levantó sin decir más y fue al baño a vestirse. El llanto comenzó a correr por mi rostro y golpee la cobija con furia.

Hacía un rato la señora Takaishi había llamado para asegurarse de que su hijo se presentara en la noche sin mí. Fue muy clara al repetir más de una vez que no quería verme entre sus invitados. No, especialmente cuando sus amigas elitistas asistirían con sus perfectas familias de mierda. No era eso lo que me molestaba, era el hecho de que TK no le dijera algo, no me diera un lugar frente a ella. Todo lo que hacía era seguirle la corriente para no discutir y honestamente ya estaba enferma de eso. Si algo sabía bien era cuándo alejarme de donde no me querían.

— Iré a hablar con mi padre —dijo TK al salir del baño. Tomó su abrigo y se enredó la bufanda negra al cuello. Nos miramos por una fracción de segundos, él abrió la boca dispuesto a decir algo pero pareció pensárselo dos veces. Apretó el puño y se giró hacia la puerta pero antes de abrir dijo—: No tienes que ir si no quieres, Hikari. No voy a obligarte —tras esto escuché el portazo y al asomarme él se había ido.

Comencé a llorar desconsoladamente. No era posible que una situación como esa me estuviese robando mi paz y mi alegría. Takeru y yo habíamos estado juntos por tanto tiempo y jamás habíamos tenido discusiones de ese tipo. Y haciendo a un lado el drama actual, lo que más me preocupaba era el hecho de que éstas persistirían si seguíamos así. Su madre jamás me aprobaría ni si quiera como candidata a elegir para su hijo. Era decisión de él con quién quería estar, sí, pero si llegábamos a casarnos… o si seguíamos así, tarde que temprano tendríamos que lidiar con la familia de ambos. Suerte para él yo no sabía nada de mi padre y Tai y yo apenas y hablábamos un par de veces durante el año.

El pecho me dolía mucho por el esfuerzo del llanto y fui a acurrucarme bajo el edredón blanco, dejando una mancha de lágrimas en la almohada hasta que mi alma cansó de drenarse y me quedé dormida.


Escuché tres fuertes golpes y abrí los ojos. Vestigios del sol se colaban por las persianas de la habitación del hotel y al levantarme recordé lo sucedido en la mañana. Cogí mi celular de entre las sábanas y miré la hora: eran las 4:25pm. Había dormido más de cuatro horas. Nuevamente escuché ese golpeteo que venía de la puerta y me levanté de un brinco.

— Ya voy —grité esperando que quien fuera que tocaba no se fuera. Al abrir me hallé con un empleado del hotel que traía una caja en un brazo y una bolsa en otro.

— ¿Señorita Yagami? —preguntó mi nombre en un gracioso tono francés.

— Sí, soy yo.

— Han dejado esto para usted en la recepción —me extendió las cosas que torpemente agarré procurando que no se me resbalaran de las manos y tras agradecerle volví a la cama.

Abrí primeramente la caja blanca con la insignia de Oscar de la Renta en una orilla y había una nota sobre el papel de china que cubría la prenda:

"Te estaré esperando en lobby del Le Bristol Hotel. El coche llegará por ti a las 8:00pm. Espero que esto compense un poco lo idiota que he sido. Te amo, T."

Un suspiro se me escapó al leerla y la dejé en la cama. Al tomar la prenda me hallé con la cosa más extraordinaria que mis ojos jamás habían visto… aparte de TK, claro: era un vestido negro de encaje. El fondo era color carne y sobre éste tenía flores bordadas. Un escote tipo V, ceñido de la cintura y largo hasta los pies. Era descubierto de la espalda y sencillamente perfecto. De pronto todo el enojo y la tristeza que había tenido se convirtieron en emoción al ver la perfecta y costosísima prenda que mi novio me había obsequiado. Tomé la bolsa y saqué una caja más pequeña en donde apenas leí Jimmy Choo mi corazón empezó a latir con fuerza: eran unos preciosos zapatos de tacón en color nude, que se abrochaban del tobillo y estaban adornados de pedrería fina. Adentro de la caja, en la parte interior de la tapa decía: Kallai nude. Me enamoré de ellos desde que los vi, pero eso no era todo. Había otra caja adentro de la bolsa pero ésta no tenía nombre ni marca, había una nota al igual que con el vestido:

"Quizás con esto termines por perdonarme en la noche, amor"

Al abrirlo me hallé con un corsé strapless en color negro, de encaje, ceñido hasta la cadera. El sostén era push up y las panties del conjunto iban incluidas. Solté una risita nerviosa al verlo, era de Victoria's secret, el mismo que un día, no hacía mucho, le había dicho que me gustaría comprar para divertirnos durante largo rato.

Un suspiro más y la decisión estaba tomada: iría a la cena.

Miré nuevamente el reloj, faltaba cuarto para las cinco, tenía los minutos contados para arreglarme.


Le Bristol Paris era un sueño. Un lujoso hotel de cinco estrellas situado en la 112 Rue du Faubourg Saint-Honoré, al centro de la ciudad. El edificio comenzaba en una esquina y se extendía a una manzana a la redonda. La entrada estaba cubierta de luces blancas, similares a las que se usan para adornar los pinos de navidad. El tapete tenía el nombre del hotel y un escudo dibujado. Un guardia me recibió con un amplia sonrisa dándome la bienvenida y ayudándome a bajar del Mercedes que TK había enviado. Crucé las puertas giratorias extasiada ante tanta elegancia. Podía ver mi reflejo en el piso de mármol, los tapetes y alfombras rojas que adornaban los escalones parecían nuevos. Los candelabros con su docena de focos colgaban sobre mí, preciosos adornos de rosas rojas se hallaban dispuestos sobre mesitas y columnas.

Tras pasar la zona de registro entré al lobby. Frente a mí había una mesa de madera fina labrada bajo un tapete con diseño tribal en color rojo, azul y dorado. Sobre ésta había un florero con margaritas, claveles, rosas blancas, rojas y orquídeas. Había varios sillones forrados de terciopelo en color rojo y al girar hacia mi izquierda lo vi: de espaldas a mí, con las manos metidas en los bolsos de su pantalón, llevaba un traje negro, zapatos nuevos de piel y el cabello algo alborotado. Estaba observando una pintura que se extendía en todo lo largo de la pared. Eran varias personas que bailaban en un bosque, vestían como del siglo XVIII.

— ¿O todos ellos son hijos de la señora y los está llamando a que vayan a comer, o el pintor quiso enfocar el machismo al no dejarla bailar entre hombres? —murmuré parándome a su lado y mirando el cuadro. TK se giró sorprendido de verme y esbozó una media sonrisa.

— Georges Braque era un hombre que amaba el impresionismo y poseía una mente conservadora.

— Entonces acerté con mi segunda suposición.

— Me encantaría poder darle la razón a una dama tan elegante como usted, pero me temo que los artistas son todos unos locos y nunca se sabe lo que piensan en realidad.

— ¿Unos locos? ¿En qué se basa para juzgar tan asertivamente, caballero?

— Llevo más de tres años saliendo con una artista y aún no conozco ni la mitad de su alma —hizo una pausa, se mojó los labios y agachó la cabeza para luego enfocar su mirada en la pintura—. Es una romántica empedernida con una mente pervertida. Es mía a las dos de la mañana y a las dos de la tarde. Sabe besar donde duele y hasta que duele. Es culta, le gusta escribir, es delirante, sabe volar; a veces se ríe y a veces llora cuando hacemos el amor. Bebe café todo el día pero nunca lava una taza. No se baña los domingos y prefiere usar mi ropa. Le apasiona la política y no sabe vivir sin música. Cuando estoy con ella cada átomo de mi cuerpo se acelera y se producen muchas reacciones que me gritan que estoy haciendo lo correcto. Que nuestro destino es estar juntos porque ese tipo de amor ha cambiado mi vida. Por ella lo haría todo, incluso permanecer vivo cuando tengo ganas de morir —el nudo en mi garganta no me dejó hablar. No quería arruinar el maquillaje pero ya las lágrimas se acumulaban en mis ojos. TK se giró clavando en mí su mirada y al ver sus preciosos ojos azules sentí el primer par de lágrimas escurrir por mis mejillas—. Espero no haberla abrumado con mis pensamientos.

Sonreí, limpiándome el rostro y bajé la cabeza. Takeru me dio un beso en la frente y lo abracé con fuerza, aspirando su dulce esencia a Swiss Army.

— Te amo, Kari. Lamento tanto lo que ha ocurrido en ésta semana. Odio estar peleado contigo —me aparté para verlo de frente y sonreí acariciándole una mejilla.

— Y yo también te amo, TK. Dejemos eso atrás, ¿quieres? Ya no deseo discutir más —él se acercó tomándome del rostro y me dio un beso. Apenas y nuestros labios rozaron pero fue como flotar en una nube.

— Ven, quiero que conozcas a mi familia.

— Un segundo. Necesito ir al tocador a arreglarme el maquillaje —TK asintió y me dio otro beso.

— Te espero allá adentro, junto a la puerta.

Fui hacia los sanitarios más cercanos de damas. El lugar era tres veces más grande que la habitación que tuve que en la universidad antes de mudarme con Takeru. Para mi buena fortuna, Mac y Urban Decay eran resistentes al agua y no se me había corrido nada. Me arreglé un poco el cabello, había decidido trenzármelo por un lado y despeinarlo un poco. Después de todo, andar tan elegante no era lo mío. Me miré una última vez en el espejo de cuerpo completo: la lencería hacía magia al resaltar mis atributos a través del escote. Realmente me sentía de la realeza. ¿Y quién no usando un Oscar de la renta?

Volví con mi novio. El salón estaba a media luz, había un DJ y mucha gente bailando en la pista al centro. Las mesas, cada una con doce sillas, se dispersaban por todo lo largo, cubiertas de un mantel blanco y con floreros al centro. Alrededor de 400 personas habían asistido esa noche y aún se esperaban más, entre amigos, familiares y conocidos, la velaba se antojaba divertida.

— Ven, amor. Quiero presentarte a mi tía, Eleonor McGuire —la despampanante mujer lucía un precioso vestido blanco con piedras bordadas. Llevaba su largo cabello rubio recogido en una coleta muy bien peinada. Parecía cincuentona con cuerpo de treintañera. Una mujer muy guapa y distinguida.

— Mucho gusto —nos saludamos con doble beso en la mejilla como se acostumbraba y enseguida me escaneó con la mirada disimuladamente.

— Es un encanto, conocerte, querida. Mi sobrino no ha dejado de hablar de ti —TK sonrió y me tomó de la mano entrelazando nuestros dedos.

— ¡Hijo! —la voz de un hombre se dejó oír y al voltear a la izquierda vi al señor Hiroaki que se acercaba acompañado de su esposa. Respiré hondo y mantuve la postura erguida.

— Hola, papá —TK lo saludó y enseguida a su madre.

— Kari, bienvenida —el señor Takaishi me estrechó amablemente en un cálido abrazo y su madre, por seguir patrones de conducta social de la clase alta, también me saludó.

— Gracias por invitarme —dije, volteando a ver a Nancy. Iba vestida en un elegante Dolce&Gabanna azul marino con un collar de perlas hermosísimo. Sus ojos azules, mismos que los de su guapísimo hijo, me miraban con una mezcolanza de desapruebo y curiosidad—. Muchas felicidades, señor Takaishi.

— Gracias, cariño. Eleonor, no envenenabas a los jóvenes con tu ambición por apostar en Las Vegas, ¿o sí? —la señora esbozó una amplia sonrisa y volteó a vernos a TK y a mí.

— Oh, no seas bobo, hermano. Estaba por decirle a tu hijo que se ha quedado corto de palabras cuando me ha descrito a su novia. En verdad es una mujer bellísima, ¿no te parece, Nancy? —inconscientemente apreté la mano de TK enterrando mis uñas en sus nudillos. Su madre se detuvo un momento para verme de frente y finalmente, y con una sonrisa fingida, respondió:

— Sin duda alguna, cuñada. ¿Qué mujer no lo es vistiendo un Oscar de la renta?

— Madre… —TK estuvo a punto de discutir. Salían chispas por sus ojos y suspiré de alivio al ver que Matt y Sora se acercaban.

— Hola, familia —saludó Matt—. ¡Kari, qué gusto verte! —me dio un fuerte abrazo. Olía riquísimo y se veía muy guapo. Llevaba un esmoquin negro y un moño atado en lugar de una corbata. Su esposa traía un vestido dorado de tirantes anchos y con un escote de envidia. A pesar de que ya era madre, Sora seguía manteniéndose bien cuidada.

— ¡Abuela! —el pequeño Matty vino corriendo y se abrazó de la cintura de Nancy. Era el mismo retrato de Matt en miniatura.

Y así dio inicio una larga velada.


Gracias al cielo no tuve que volver a cruzar palabra con la madre de TK. Él y yo nos sentamos en la misma mesa que Yamato y pasé un gran rato platicando con Sora, contándole lo que habíamos hecho en vacaciones y bebiendo champaña fina. Yo suponía que el evento sería similar a una boda pero al parecer algunas reglas cambiaban: la música se puso en su cúspide antes de que sirvieran la cena. Takeru y yo no dejamos la pista de baile en un largo rato. Adoraba poder moverme y rozar su cuello, su rostro, pegar mi cuerpo al de él sin que nadie, excepto él, notara que lo hacía para seducirlo.

En un rato en que la música se detuvo Nancy nos alcanzó antes de que fuéramos a la mesa.

— Hikari, ¿no te importa que me robe a TK por un rato? —voltee a ver a mi novio algo confundida pero finalmente asentí.

— Claro —sonreí y él me dio un beso en la frente antes de irse con su madre. Volví a la mesa, Sora y Matt no estaban, había otros familiares pero no hablaban mucho inglés y yo no era buena en pronunciación francesa. Tomé una copa de champaña y la bebí de un trago. Sentía mucho calor después de haber bailado tanto.

Las luces del salón se iluminaron más y enseguida anunciaron que estaba por servirse la cena. Antes de sentarme y esperar decidí ir al tocador. Al entrar me hallé con muchas mujeres esperando su turno y me di una vuelta por el hotel buscando otro.

Me sentía perdida en un mundo que no era mío, pero no me causaba miedo sino emoción. Las copas de vidrio fino, las personas hablando de la cantidad de veces que han ido a Dubai y Sydney, los vestidos de marca y las miradas escrutadoras de las mujeres al ver a otras lucir cierto atuendo con gracia… era maravilloso y aterrador. No estaba segura de si querría eso para mi vida, pero al menos esa noche estaba disfrutándolo.

Finalmente hallé otros sanitarios libres de gentío en la parte alta del salón. Se sentía bien escuchar tranquilidad por un momento y no tener que gritar para ser escuchada. Estaba decente y presentable para volver a la mesa cuando mi celular timbró…

— Oh no… —murmuré antes de responder—. ¿Hola?

Al fin te atreves a contestar mis llamadas, muchacha insolente, ¿dónde estás? —pasé saliva y tomé aire.

— Hola, Anton. Estoy fuera de la ciudad.

No estés jugando, Yagami. Necesito mi dinero…

— Sí, sí, lo sé, y te lo pagaré. Lo prometo. Pero ahora no estoy en Alemania, en cuanto vuelva me pondré en contacto contigo.

Pues eso espero si no quieres que vaya hasta tu casa a cobrártelo. O tal vez, pensándolo mejor, deberías volver a bailar en el club…

— ¿Qué? ¡Estás loco! No haré eso de nuevo.

Oh, bonita. La clientela aumentó mucho contigo. Tienes un don que nos beneficia a los dos.

— No volveré a bailar en ese club asqueroso, Anton. Y discúlpame, tengo que irme —antes de darle lugar para responder colgué la llamada. Bajé la mirada y me recargué sobre el lavabo.

— ¿Te sientes bien? —salté de asombro al escuchar que hablaron tras de mí y al voltear vi a una joven muy bonita. De cabellera pelirroja, rostro pecoso y ojos verdes. Vestía un Dior en color púrpura y en el cuello llevaba una gargantilla de diamantes.

— Sí, lo siento. No sabía que estabas aquí.

— Descuida —esbozó una media sonrisa y se acercó al lavabo de al lado para lavarse las manos—. Soy Elizabeth DuPont —la miré sin comprender a qué venía su repentina presentación—. Tú debes ser Hikari Yagami, ¿no? La novia de Takeru.

— Sí. ¿Cómo…? —la delgada chica sonrió mostrando su blanca dentadura. Se le formaban hoyuelos en las mejillas. Caminó hacia la puerta y antes de salir se detuvo y me miró con obvio desagrado.

— Será una lástima que TK y su madre se enteren al mismo tiempo qué clase de mujerzuela eres —presionó su celular y la conversación que acababa de tener con Anton se reprodujo. La zorra me había grabado sin que me diera cuenta. Elizabeth salió deprisa y me apresuré a alcanzarla.

— ¡Espera! ¡No hagas eso! —bajamos por unas escaleras que daban hacia un costado del salón, donde se hallaban la mesa de postres y regalos en la parte baja. Un mesero salió por una puerta escondida entre el tapiz de la pared. Llevaba una charola sujeta en un brazo con al menos cinco platillos de comida. Eleonor salió por la otra parte de las escaleras y al ver que estaban por chocar sólo se me ocurrió gritar—: ¡Cuidado!


Casi 3500 palabras, 12 hojas de Word... mi musa está haciendo bien su chamba, creo yo jajaja...

Gracias por todo, chicos! Me complace anunciar que me abrobaron la visa yeiiiii tuve nervios durante la entrevista (que por cierto, fue en inglés) pero al escuchar "tu visa fue aprobada" uffff descansó mi alma! Quería salir brincando jaja.

Ahora sí lo digo oficialmente: Feliz año nuevo!