C13
Estar enamorada era de las cosas más complejas que me habían sucedido. Por un lado, cuando veía a TK, cuando estaba con él o cuando pensaba en él mi corazón se aceleraba a un ritmo que nada ni nadie más sabía provocar a mover, el deseo de estar cerca de su cuerpo, de tocarlo, acariciarlo, de escucharlo reír, hablar, ver sus ojos, entrelazar nuestros dedos, rozar su cabello, besar sus labios, todo tenía tanta intensidad que no lograba estabilizarme, no importara dónde estuviera. Era él lo único que quería, lo único que anhelaba a mi lado. Y por otro lado ese mismo sentimiento me hacía detenerme y hacía brotar emociones de sólo Dios sabrá qué parte de mí, que me hacían llorar. Había días en que aunque lo tenía cerca, aunque estaba ahí conmigo, el temor de que un día se fuera, o de que por cosa del destino tuviéramos que separarnos por mucho tiempo, incluso para siempre, me asfixiaban el alma. Lloraba, utilizando de excusa mi período más sensible hormonal, porque tenía miedo de confesarle que la razón que me tenía así era el pensamiento de no tenerlo.
Estar enamorada era cuestión de temer. Era estar en dos partes al mismo tiempo y no sabía en qué momento me afectaría una y en cuál otra. Me brindaba vida y horror. Querer a alguien como yo quería a TK debió haber sido ilegal hacía mucho tiempo, cuando se designaron los grados para sentir emociones. Porque había días, como hoy, en que el terror no me dejaba ni levantarme de la cama. Me tenía atrapada contra las sábanas, manteniendo los ojos cerrados para olvidar un poco que el tiempo seguía corriendo y él no había dado señales de aparecer. Era más que obvio que una decisión debía ser tomada de inmediato, antes de que la intensidad de nuestra relación se agravara más y nos hiciera daño a ambos; sus padres no me querían y jamás me aceptarían, eso ya era un hecho. Yo no tenía cabida en su mundo y él, por mucho que quisiera, siempre seguiría siendo parte de las fiestas pomposas y los fastuosos salones llenos de gente de la alta sociedad. Seguir así sería sólo permanecer jugando hasta volver a caer en el hoyo donde nos encontrábamos. Sin duda alguna la ruptura no era lo que yo tenía en corazón pero sí en mente, y lo hacía precisamente por él, porque lo amaba y no deseaba verlo pasar más situaciones fastidiosas con su familia. Sería prudente y madura hasta donde mi cordura me lo permitiera para poder tomar el paso de alejarme de su vida e iniciar una nueva.
Mi vejiga estaba gritándome que fuera de inmediato al baño pero mis piernas parecían no querer despegarse del colchón ortopédico. Afuera hacía un radiante sol y el día se prestaba agradable para ir a dar un paseo pero sobre mí había una nube negra y cargada de lluvia que caía torrencialmente. Finalmente hice caso a las necesidades corporales y después pasé a la cocina a beber un vaso con agua. Habían pasado 48 horas desde que llegué de París y lo único que había en mi estómago era un sándwich ligero. Mi apetito estaba cerrado al igual que mi mundo. Volví a reincorporarme en la cama y me cubrí con el edredón blanco que olía a jabón de rosas. Poco a poco, de pensamiento en pensamiento, mi mente se cansó se funcionar por un rato y me fui quedando dormida.
Sentí un fuerte apretón en el estómago y abrí los ojos repentinamente. La habitación estaba completamente oscura. Sentí una brisa soplando en mi nuca y hasta el momento en que me giré me percaté de que TK estaba ahí, dormido, abrazándome por la cintura. Supuse que así como llegó del aeropuerto fue a acostarse porque no se había quitado ni los zapatos. Acaricié su rostro, sus mejillas rosadas, y le di un ligero beso en los labios pero él no reaccionó. Permanecí junto a él hasta que un sonido me distrajo: era mi celular que timbraba desde la sala.
Muy despacio me levanté, procurando no moverlo mucho ni hacer ruido y fui de puntitas hacia donde había dejado mi aparato. Era Anton.
— Antes de que comiences con tu tono amargado déjame decirte que sólo llamo para darte las gracias. Bueno, no a ti. A tu novio —escupió de pronto sin darme oportunidad si quiera de saludar.
— ¿Eh? ¿De qué hablas?
— Veo que ustedes no han hablado —comentó con agrado, como si le causara dicha—. Genial, debes saber que tienes un hombre fantástico a tu lado, Kari. Además de que está guapísimo…
— ¡Anton! —se escuchó una carcajada acompañada del trago de algo que estaría bebiendo.
— Como sea. Fue un placer hacer tratos con él. Llámame cuando necesites dinero. Adiós —y así sin más cortó la comunicación.
Miré hacia la habitación donde Takeru seguía durmiendo y me pregunté qué diantres había sucedido. Sin darle tantas vueltas al asunto fui a la cocina y puse agua a calentar para prepararme un té. Tenía un fuerte dolor de cabeza y mi estómago estaba arrastrándose por el valle de las migajas y reservas de mi cuerpo. Me hice un sándwich con pan tostado y calenté un poco un puré de papa que había en el refrigerador y olía bien. Afuera el cielo estaba despejado y teñido con preciosas estrellas brillantes. Volví a coger mi celular y vi que pasaba de la una de la mañana.
Fui a la sala a sentarme y comer en tranquilidad. La maleta de TK estaba ahí junto a la mía. Me pregunté a qué hora habría regresado y mentalmente preparé un discurso de lo que le diría cuando se hubiera despertado. No sería sencillo verlo a los ojos y tener que luchar con mis deseos pero ya lo había decidido, era lo mejor para los dos. O al menos para él.
— Hola —escuché una voz somnolienta y al volverme lo vi de pie. Tenía los ojos entrecerrados, el cabello alborotado y se tapó el rostro al bostezar.
— Hola —respondí sin saber qué más decir. Lentamente se acercó y se sentó a mi lado. Dejé el plato con la mitad del sándwich en él sobre la mesita de centro y me giré para verlo de frente.
— Kari yo…
— TK, escucha… —hablamos al mismo tiempo y sonreímos. Aunque desee que él no lo hiciera de esa forma tan sensual.
— Tú primero.
— ¿Hablaste con Anton o algo así? —permaneció quieto durante unos largos segundos tan sólo mirándome y asintió—. ¿Pero cómo fue?
— Cuando llegué del aeropuerto él estaba afuera sentado contra la puerta. Me contó quién era y cómo te conoció. De hecho me contó todo —asentí simplemente sin saber bien qué decir. TK no se veía enojado ni molesto, definitivamente no tenía curiosidad por lo cual no sabía si debía disculparme o dejarlo así—. Kari, ¿por qué no me lo dijiste? Si necesitabas el dinero yo…
— Porque quería hacerlo. Quería regalarte ese viaje sin que a ti te costara.
— Pero…
— Durante el tiempo que llevamos juntos has hecho tanto por mí y estoy infinitamente agradecida contigo por todo pero ésta vez quería hacer por ti. Algo que hubiera salido de mi esfuerzo…
— ¿Bailando en un club para hombres? —agaché la cabeza y sentí un nudo en la garganta. Temía que él estuviera pensando otra cosa diferente.
— TK no creo que podamos seguir juntos —solté finalmente sintiendo el primer par de lágrimas salir.
— ¿De qué hablas? —levanté la mirada para verlo a los ojos y el momento se tornó más difícil de lo que había imaginado—. Lo que pasó en París. Tus papás deben estar odiándome.
— No, mi vida. Olvídate de eso, ellos…
— ¡Escúchame, TK! —me puse de pie y le di la espalda, cruzando mis brazos sobre mi pecho. Me dolía verlo. Me dolía escucharlo hablarme con dulzura…—. Está claro que jamás van a quererme y no deseo que vivas distanciado de ellos. Son tu familia —lo escuché suspirar y ponerse de pie. Se acercó a mí y me acarició los hombros haciéndome girar para verlo.
— Kari, no me interesa lo que mis papás digan o piensen de ti. Si tengo que cambiarme el nombre y apellidos para estar contigo con gusto y sin pensar lo haría —eso sólo me destrozó más y me puse a llorar desconsoladamente—. Te amo, Kari, y mi deseo es estar contigo. Si ellos quieren entenderlo o no es su asunto —lo miré detenidamente. Sus ojos brillaban ante la tenue luz de una lámpara encendida—. Y quiero que me perdones, bonita, por la manera en que te dejé ir en el aeropuerto. Estaba enojado, confundido, no supe qué hacer —acaricié una de sus mejillas y me paré de puntitas para besarlo. Él me sujetó de la cintura y rodee su cuello con mis brazos añadiéndole intensidad al beso.
— Yo también te amo, TK. Han sido las semanas más difíciles que hemos tenido. Hagamos que no se repitan, ¿si? —él asintió simplemente y se inclinó de nuevo para besarme. Reímos como dos chiquillos enamorados que éramos.
— Y bien señorita Yagami… —se apartó un poco y me escrutó con su mirada encendida y una media sonrisa.
— ¿Y bien? —sacó un montón de billetes de su cartera y los puso entre el elástico de mis panties en mi cadera.
— Yo también quiero un baile y tal vez si me gusta, un privado también.
Al fin salió el sol aunque no creo que dure mucho tiempo T_T olvidé poner que el capítulo anterior fue lo que sucedió mucho antes de las vacaciones jaja... aquí está la continuación :p
