C18
Eran las 3:42am y yo estaba congelándome afuera de la pista aérea del Aeropuerto Internacional JFK. Esperaba junto a otros seis reporteros —cuatro hombres y dos mujeres, aparte de mí— a que la aerolínea comercial American Airlines diera a conocer el nuevo modelo comprado a la empresa Airbus, que prometía hacer viajes internacionales entre el continente americano y europeo en menos de cinco horas.
Honestamente, me hallaba en mi hábitat natural, disfrutando del helado viento inmovilizar mi rostro, con la gente yendo de un lado a otro, los carritos que trasladaban el equipaje, las luces que señalaban el camino hasta el punto de aterrizaje de un avión, todo aquello me llenaba de emoción y al mismo tiempo de nostalgia, pues a pesar de estar ahí sin haber comprado un ticket, no podía simplemente subirme a uno de esos monstruos de AirFrance para ir con mi TK. Lo extrañaba horrores. Cuarenta y seis días habían pasado desde que nos despedimos y cada hora la sentía más pesada.
— Toma —Carol, una señora chaparrita de cabello rubio y ojos azules, me ofreció un café del Starbucks mientras le daba un trago al suyo. Me había metido tanto en mis pensamientos que no noté cuando Paul regresó con la orden de bebidas celestiales.
— Gracias —lo bebí quemándome un poco la lengua. Estaba delicioso—. ¿Crees que tarde mucho en llegar? —Carol se encogió de hombros y estuvo a punto de responder pero Mark, un pelirrojo de rostro pecoso y lentes de abuelito, la interrumpió.
— No llevas mucho tiempo en este oficio, ¿verdad Yagami? —comentó con su molesto tono arrogante y presuntuoso que llevaba casi cuatro horas odiando. Lo miré fijamente mientras le daba otro trago a mi café.
— No seas pesado, Mark. Sólo ignóralo, ojos bonitos —respondió Davis, un joven coreano que trabajaba para una revista enfocada en ciencia y tecnología. El chico era muy simpático y llevaba casi tres años laborando como reportero. Tenía que admitir que era un freaky y algunos de sus comentarios me descolocaban pero nos había hecho muy amena la velada—. Siempre es así con las grandes compañías, saben cuán adoradas son y se hacen del rogar.
— Y tú Kari, ¿viviste en Alemania mucho tiempo? —preguntó Robert, un cuarentón, padre soltero, con cuatro hijos, un par de gemelas y un par de gemelos. Tenía unos ojos verdes aceitunados muy bonitos y sus pestañas largas y tupidas. Se me escapó un suspiro y sonreí recordando todos esos años en aquél país tan… ordenado.
— Sí. Poco más de cinco años.
— ¡Vaya! ¿Y qué te hizo dejarlo? ¿La frialdad de los rubios gigantones? —me guiñó un ojo mientras volteaba a ver a Paul, quien tenía descendencia alemana. Reí por su gesto exagerado y la mirada inexpresiva de Paul.
— No. La verdad es que, aunque allá hay un excelente campo laboral como periodista, no sentía ganas de establecerme en un sitio —le di un trago al café y me aclaré la garganta mientras los seis pares de ojos esperaban a que me explicara—. Tengo veintitrés años, trabajar allá suponía seguir viviendo en donde mismo, seguir mirando los mismos sitios y no quiero eso. No aún. Si bien no me fue sencillo conseguir el empleo en Nueva York —me quedé pensativa un momento mientras en mi mente repasaba la escena en donde había conocido a Jack en Central Park—. De hecho fue cosa de suerte, pero esa es otra historia. Quería probar nuevos horizontes. Ver y hacer cosas diferentes. Y diré esto en serio, los alemanes son más amables de lo que crees —todos se echaron a reír aunque Carol permaneció mirándome fijamente.
— ¿Dejaste a alguien importante allá? —preguntó finalmente y mi corazón latió acelerado.
— A mi novio —susurré con la melancolía en mi voz.
— Ni que te preocupe. No lo serán por mucho tiempo. Las relaciones de larga distancia no funcionan. Estadísticamente está comprobado que… —comenzó a decir Mark y Paul le dio un codazo en el estómago haciéndolo arquearse.
— No seas grosero, mariquita —intervino Robert—. Que tu ex novia haya decidido cambiarte por alguien alto y apuesto no significa que es así como sucede con todos.
— ¿Llevaban mucho tiempo juntos? —inquirió Davis, quien no había dejado de verme.
— Pues, prácticamente todo el tiempo que viví allá estuve con él.
— Cariño, cuando yo conocí a Sebastian, mi esposo, él estudiaba en Sídney y yo en Chicago. Fui allá por seis meses mientras estudiaba mi carrera. Lo nuestro fue algo fugaz pero yo tenía que volver y a él aún le quedaban tres años por delante. Durante todo ese tiempo nos escribíamos y hablábamos por teléfono cada dos semanas. Aún no había internet ni esas cosas modernas de ahora y en cuanto terminé me mudé allá y nos casamos a los dos meses. Después de un tiempo decidimos venir a Nueva York y de todo eso ya han pasado treinta y nueve años —dijo Carol y a mí se me salieron un par de lágrimas. Su historia era magia para mi alma.
— ¡Ya viene! —gritó Davis apuntando al cielo. Volteamos hacia la enorme nave iluminada que descendía a unos cuantos kilómetros de ahí. En ese momento un fuerte estruendo seguido de una explosión, desvió nuestra atención. En la terminal siguiente se elevó una cortina de humo negro y llamaradas por todo el edificio.
— ¡Dios bendito! —gritó Robert—. ¡Cúbranse! —corrimos hacia una de las entradas en donde los guardias de seguridad enseguida nos pidieron permanecer en la salita de espera. Había gente ahí intentando voltear a ver lo sucedido.
— ¿Qué mierda fue eso? —preguntó Mark a quien no dejaba de temblarle la quijada. Yo no podía enfocar mi mente en un pensamiento. De un segundo a otro la imagen cambió de ver un precioso avión aterrizar a un edificio explotando en llamas. Las alarmas del aeropuerto se encendieron y las luces comenzaron a parpadear, haciendo que las personas se impacientaran más.
— Davis, ven conmigo —le ordené de inmediato y caminé hacia la salida más próxima en donde se hallaban dos vigilantes intentando mantener a la multitud adentro de esa salita y no dejarlos salir—. Disculpe, señor —me acerqué a uno de calva cabellera y ojos celestes—. Somos reporteros —levanté mi gafete y Davis hizo lo mismo—. ¿Puede decirnos qué está pasando?
— No, señorita. No podemos dar información sobre… —una segunda explosión hizo retumbar el edificio y por un segundo se fue la electricidad. Tomé a Davis de la mano y en el instante en que los guardias se distrajeron, lo arrastré entre las personas hasta que salimos de ahí.
— ¡Corre! —le grité mientras yo no me detenía, ni aunque fuera chocando contra torsos y maletas.
— ¿A dónde vamos?
— ¡Sígueme!
Tras recorrer las veintisiete salas, llegamos a la entrada que conectaba la Terminal B con la de nosotros. Sin darnos cuenta la atmósfera se había cargado con humo y cuando mis ojos se enfocaron en lo que había allá ahogué un grito de terror. Entre llamas y ceniza, había cuerpos tirados en el piso, calcinados. Otros se movían arrastrándose con graves quemaduras en su piel. Davis se quedó perplejo a mi lado y me tomó de la mano apretándome con fuerza.
Parecía que habíamos entrado al infierno.
El rubio se levantó por tercera vez en esa mañana para ir a servirse café. No había dormido muy bien aquella noche y la ansiedad al esperar otras tres horas más para poder hablar con su novia lo estaban volviendo loco. En el camino de regreso a su oficina se encontró con Michelle, una joven argentina que llevaba el mismo tiempo que él trabajando en Cardesign.
— ¡Ah! ¡Hola, TK! —saludó alegremente y se acercó a besarle una mejilla—. Te ves cansado —el chico sólo se limitó a sonreír.
— Tú te ves muy fresca.
— Sí, bueno… aún no me acostumbro al cambio de horario —su acento era gracioso—. ¿Tienes mucho trabajo?
— Aquí siempre hay mucho trabajo —murmuró intentando no verse pesado aunque tanta amabilidad lo irritaba.
— ¿Y qué harás más tard…?
— ¡TK! Te estoy buscando, ¿olvidaste la junta? —Chris, su jefe inmediato, apareció sorprendiéndolos a los dos.
— ¡Oh, mierda! Vamos —TK se fue apresurado intentando no derramar su café en el piso mientras seguía al ojiverde—. Adiós, Michelle —dijo, volteando de reojo y la chica sonrió simplemente. Takeru aún no terminaba de comprender si la amabilidad de la rubia era debido a su personalidad o porque intentaba algo más con él. De haber estado presente, Kari se lo habría hecho saber de inmediato.
Entraron a una espaciosa sala de juntas con una larga mesa al centro. Había alrededor de unas treinta personas, entre ejecutivos y secretarias. Las luces estaban apagadas y se proyectaba en una pared un video sobre los nuevos prototipos de Ferrari para el siguiente año. La jornada de ese día se prolongó más de lo esperado y para cuando TK miró el reloj ya pasaba de mediodía. Salió junto con sus compañeros y de manera automática marcó al número de Kari pero éste desvió la llamada al buzón de voz. Lo intentó un par de veces más teniendo la misma respuesta.
Estaba por volver a su oficina cuando algo llamó su atención: la mayoría de los empleados se dirigían al lobby entre murmullos y rostros consternados. Fue a ver de qué se trataba el asunto y se halló a casi todo su piso reunido frente a la enorme pantalla que había en la recepción en donde se proyectaba un noticiero. En la pantalla se veía una zona completamente destruida, envuelta en ceniza y humo. Había al menos unas quince ambulancias, cada una con pacientes lesionados por quemaduras. Apareció la noticia en letras blancas: Ataque terrorista en el Aeropuerto Internacional JFK, en Nueva York, deja un saldo de 87 muertos y 102 lesionados. TK sintió que la sangre se le iba del cuerpo y se acercó para escuchar mejor lo que el reportero decía. Al parecer esa madrugada habían hecho estallar tres granadas en una de las terminales del aeropuerto pero desconocían a los presuntos responsables. La crudeza de las imágenes hizo que se le revolviera el estómago. Cuerpecitos de pequeños niños, toallas de bebé, cadáveres irreconocibles se presentaban ante sus ojos azules y lo único que atinaba a pensar era que su Kari se hallaba ahí, en esa misma ciudad, en donde aquellas… personas, si es que se les podía seguir llamando así, habían acabado con cientos de familias y vidas inocentes.
Una vez más marcó al celular de su novia y ésta vez no colgó cuando se escuchó el pitido para dejar mensaje:
— Amor, ¿estás bien? Estoy viendo lo que sucedió. Por favor… —sintió un nudo en la garganta y se salió del lugar sintiendo que le faltaba aire—. Kari, mi vida, por favor llámame de inmediato cuando escuches éste mensaje. Necesito saber que estás bien… —hizo una pausa y de reojo miró que Chris lo llamaba desde adentro haciendo señas con la mano—. Te amo.
De haber sabido que su preciosa Hikari se hallaba en el lugar de los hechos, habría tomado el primer vuelo a Nueva York.
Chicos! Presiento que se viene una ola de inspiración masiva! :D gracias por sus comentarios que tanto me alegran (literal, cada 5 min checo la carpeta de Fanfiction para ver si hay un nuevo review jaja).
