C22
Al fondo del avión se escuchaba el llanto de un bebé que a más de uno lo tenía hastiado. Un par de azafatas fueron hacia allá y TK deseó que lo tranquilizaran. Llevaba casi 7 horas y media volando y aún le faltaba una más para aterrizar. Había dormido cerca de dos horas pero ya que no había querido viajar en primera clase eso sólo lo había hecho torcerse el cuello y malhumorarse aún más.
Encendió el monitor en el asiento frente a él y conectó su celular. Se puso a dar una chequeada a la lista de películas y series televisivas que contenía aunque el catálogo no estaba muy actualizado, a decir verdad. Eligió finalmente una película de Brad Pitt y Morgan Freeman llamada Seven y apenas y llevaba dos minutos de haber comenzado el monitor y las luces del avión se apagaron, sorprendiendo a los pasajeros. El personal de la aerolínea casi iba corriendo por los pasillos hacia el frente donde estaba la cabina. Muchos se levantaron, estúpidamente, de sus asientos, esperando ver qué había sucedido. Al lado de TK iba sentado un niño de aproximadamente unos 10 años quien se levantó en el asiento con la esperanza de alcanzar a descubrir qué estaba sucediendo. La nave se sacudió ligeramente hacia un costado y el pequeño casi se cae si no es porque el rubio lo detuvo.
— ¡Ethan! —la madre del chico, una muy guapa mujer pelirroja de ojos verdes, similar a su hijo, lo hizo sentarse de nuevo.
— ¿Qué está pasando, mami? —preguntó con su bien formado acento británico.
— No lo sé pero debes mantenerte quieto hasta que nos digan algo —era evidente que la señora estaba muerta de nervios y el niño no se iba a mantener tranquilo por lo que TK sacó su iPad de la mochila bajo su asiento y lo encendió, eligiendo un juego de autos que le mostró al niño.
— ¿Quieres jugar? —los aceitunados ojos de Ethan se abrieron sorprendidos y enseguida tomó el aparato poniéndolo en sus piernas. La mujer le sonrió a Takeru en gesto de agradecimiento y enfocó su vista hacia el frente. Pasaron cerca de dos minutos cuando el capitán de la aerolínea habló y automáticamente se encendieron las luces.
— Lamentamos el inconveniente técnico ocurrido. Les informo que el origen de nuestro destino ha tenido que ser modificado y estaremos aterrizando en el aeropuerto Charles de Gaulles en Paris. Por parte de la aerolínea tendrán un reembolso y se les otorgará a cada pasajero un vuelo gratis internacional sin fecha límite. Ahora volamos a una altitud de…
— ¿Qué? —exclamó la madre de Ethan—. ¿Por qué Paris? ¡Se supone que debo llegar a Alemania! —enseguida las azafatas comenzaron a pasar y fueron a los dispensarios para llevarles comida a los pasajeros.
— Permítame un segundo —TK se levantó y fue hacia el frente, una azafata intentó detenerlo pero el rubio siguió caminando. La mayoría de las personas reflejaban temor y angustia en sus rostros, así como también la necesidad de saber qué había sucedido para que de un segundo a otro cambiaran el destino de aterrizaje. Ya de por sí era algo angustiante saber que se hallaban volando a miles de kilómetros sobre el mar como para que les dieran una mala noticia como que el avión tenía alguna falla técnica.
— Señor, no puede entrar aquí —lo detuvo un sobrecargo que acababa de salir de la cabina—. Le pido que vuelva a su asiento, por favor.
— No, hasta que no me diga qué ha pasado.
— Como el capitán mencionó…
— ¡Una mierda con eso! —exclamó TK con una mezcla de nervios y enojo—. ¿Por qué no vamos a Frankfurt?
— Me temo que esa es información personal que no le incumbe.
— ¿Que no me incumbe? ¡Dios! Mi vida está puesta en sus manos cuando decidí asegurar mi pase en éste maldito avión así que dígame de una buena vez que está sucediendo —levantó el tono de voz lo suficiente para que el otro hombre, de castaño cabello y ojos azules, supiera que no estaba jugando y no se iría fácilmente, pero no al grado de ser escuchado por los demás pasajeros.
— ¿Cuál es su nombre? —TK frunció el ceño de mala gana pero respondió.
— Takeru Takaishi —el sobrecargo soltó un fuerte suspiro y miró hacia los lados asegurándose de que nadie pudiera oírlos.
— Señor, Takaishi. Acaban de lanzar una bomba que ha destruido gran parte del aeropuerto de Frankfurt en Alemania. El misil también dejó las pistas de aterrizaje prácticamente deshechas como para poder llegar.
— ¿Qué? ¿Quién hizo eso?
— No tenemos los detalles. Simplemente nos han llamado de cabina para cambiar nuestras coordenadas de vuelo.
— ¿Y no van a decirle a las personas? Todos esperan una explicación de…
— ¡Señor! Le pido, de manera personal, que mantenga el asunto en discreción. No sabemos si hay pasajeros que padezcan de alguna enfermedad grave y que dicha noticia pueda perjudicarles —el rubio asintió pensando con un poco más de lógica.
— Ahora, si es tan amable, vuelva a su asiento y pretenda que no tuvimos esta conversación o ambos podemos meternos en problemas.
No llevaba ni tres horas en la oficina y me sentía exhausta. Había faltado dos días mientras estuve con TK y el trabajo acumulado parecía ser de diez años. Cerca de las 10:30am me detuve un momento a tomarme un café mientras revisaba mis correos electrónicos. Me había llegado uno de Takaishi, que supuse que él había escrito antes y programado para que yo recibiera a esa hora. En el mail me decía lo feliz que era a mi lado, lo dichoso que se sentía de saber que dentro de poco tiempo estaríamos unidos por todas las de la ley, lo cual me hizo voltear a ver la alianza en mi dedo.
— Es muy bonita —escuché la voz de Davis y me sorprendí al verlo de pie frente a mi puerta.
— ¡Hola! Pasa, pasa… —moví una pila de papeles hacia un lado del escritorio y él se sentó frente a mí—. ¿Quieres un café o agua?
— Estoy bien, gracias —repentinamente se había puesto muy serio y no dejaba de mirarme—. Así que te casas, ¿eh? —sonreí como idiota y asentí.
— En primavera.
— Felicidades —dijo sin el más mínimo cachito de emoción en su tono de voz.
— Fue inesperado y sé que puedes estar pensando que soy muy joven aún, pero TK y yo llevamos juntos mucho tiempo y… —me encogí de hombros y miré hacia el pizarrón de corcho que estaba colgado en la pared frente a mí y que tenía miles de recortes y notas clavadas en él, pero mi mirada se enfocó en una fotografía que el guapo y yo nos tomamos la navidad pasada—. Simplemente siento que es lo correcto.
— Si eso te hace feliz, supongo que lo es —la expresión seria de Davis pareció relajarse y sonrió como siempre lo hacía—. En fin, vine para preguntarte si irás a la fiesta de Vanity Fair en el Times Square.
— ¿Es hoy? —pregunté alarmada mientras abría mi calendario en la computadora.
— No, es hasta el jueves.
— Pues Jack no me ha pedido que cubra la nota pero… —en ese momento un fuerte estruendo se dejó oír seguido por un apagón que dejó el edificio a oscuras.
— ¿Qué fue eso? —preguntó Davis. Las personas comenzaron a correr hacia una salida de emergencia y la alarma contra incendios se activó dejándonos casi sordos.
— ¡Ven!
— ¿Qué dijiste? —lo tomé del brazo y salimos, pero me di cuenta que no era hacia la salida a donde todos iban sino a las escaleras de emergencia. Miré a Jack a lo lejos quien con un gesto me pidió que fuera con él. El lugar era un caos. Miles de papeles revueltos y tirados en el piso, tazas de café derramadas sobre los escritorios. Las personas intentando mirar el incidente mientras los de mantenimiento querían mantener el control.
— ¿Qué sucede? —le pregunté a Jack.
— Nos atacaron —dijo él dejándome helada. Me tomó de la mano y nos dirigimos hacia una salida, escaleras arriba, cerca de veinte pisos. Yo no soltaba a Davis y Jack no me soltaba a mí. Finalmente llegamos al techo en donde se hallaban todos mirando la situación: a lo lejos, pero no muy lejos, el Empire State se veía envuelto en humo negro y llamas. Había sido bombardeado y por las calles de Nueva York reinaba el caos.
— ¡Dios de mi vida! Esto no puede estar pasando —sentí mi corazón encogerse y por un momento todo dio vueltas y Davis me sostuvo para no caer. Me aferré fuerte a él sintiendo náuseas y vértigo. Una segunda explosión volvió a escucharse y más a lo lejos, vimos el humo salir del puente de Manhattan.
— Tenemos que irnos —murmuró Davis, llevándome de vuelta escaleras abajo. Yo me movía por inercia, siguiendo sus pasos, con el terror a punto de destrozarme la garganta.
— Espera… —cuando llegamos al piso de mi oficina corrí allá para tomar mi celular y otras pertenencias importantes. Luego volvimos, intentando salir entre la multitud de empleados—. ¿A dónde vamos? —pregunté una vez que estuvimos en la calle, que no era muy diferente al caos que se vivía adentro del Times.
— A mi casa. Ven —corrimos casi tres calles hasta llegar a un parking en donde estaba el pequeño auto de Davis. Condujo con cuidado y muy nervioso. Yo no quise hablar y me dediqué a marcarle a TK aunque la llamada era desviada al buzón de voz. Probablemente aún no había aterrizado. Minutos luego llegamos al estudio donde vivía mi compañero, en una colonia que se veía un poco más calmada cerca de Central Park norte. Entramos a su casa, bastante ordenada, por cierto, y me senté en un sillón mientras él ponía agua a hervir para prepararme un té.
— ¿Qué es todo eso, Davis? No puedo creer que estén haciendo esto —las lágrimas comenzaron a resbalar por mi rostro mientras la angustia y el miedo me ahorcaban queriendo asfixiarme. Él encendió el televisor y enseguida apareció un noticiero local informando sobre los hechos y no sólo eso, Downtown en Los Ángeles también había sido bombardeado, así como el aeropuerto de Forth Word Dallas. Tomé el control remoto para subir el volumen pero sin querer presioné otro botón y se cambió de canal a otro noticiero. En la pantalla se leía Ha caído el aeropuerto de Frankfurt. Los alemanes se preparan para contraatacar. Mi corazón dio un vuelco inesperado y subí tanto el volumen, muerta de nervios y terror que ni siquiera sentí a Davis acercarse a mi lado y abrazarme.
— Él va a estar bien, Kari. No te angusties —susurró como si estuviera leyendo mi pensamiento y comencé a llorar con todas las fuerzas que tenía en mí. Mi desgarrada alma se drenaba por mis mejillas mientras pensaba en mi TK—. Tranquila, Kari. Shhh —Davis se inclinó para abrazarme y me aferré fuerte a su cuello sin importarme estar manchando su camisa. Necesitaba a alguien así conmigo. Luego de un rato la conductora del canal noticiero informó que todos los aeropuertos de Europa se cerrarían por tiempo indefinido, pues no sólo Alemania y Estados Unidos se habían visto atacados, sino también Egipto, Australia y Brasil. Aún no sabía quién había dado inicio a los ataques. Cogí mi celular marcando una vez más al celular de mi novio pero seguía mandando la llamada al buzón. Davis puso la taza de té frente a mí obligándome a darle un trago mientras mi corazón se hacía mil pedazos.
Recién salidito del horno! :D
