C26

Adam tuvo que quitarme el refresco de la mano antes de que lo derramara sobre mi vestido. Tenía un ataque de risa y me dolía el estómago. Hacía mucho tiempo que no me sentía tan simple y ya ni siquiera me pasaba por la mente tener modales o comportarme frente a él. Era como si todos los sentimientos, el miedo, la inseguridad, las dudas, la tristeza, todo ahora salía en forma de risa y llanto haciéndome sacudir en el asiento de copiloto de su auto.

— Tranquila, ángel —dijo él, riendo también.

— Lo siento, lo siento —dije, limpiándome los ojos—. Ya no puedo —volví a verlo a los ojos y ambos nos echamos a reír.

— ¡Tenía 8 años! ¿Qué esperabas que hiciera?

— ¿Besarla? —respondí, intentando recuperar mi respiración—. No puedo creer que golpearas a esa pobre niñita y por si fuera poco le arrojaste lodo.

— Ella se lo buscó por andar robando besos.

— Oh, Dios…

— ¿Qué hay de ti? ¿Cómo fue tu primer beso? —lo miré a los ojos, que bajo la luz mercurial y el reflejo lunar, brillaban muy bonito. Le di un trago a mi refresco y continué comiéndome mis papas fritas.

— Tenía 15 años. Estaba en la secundaria y éste chico me gustaba. En algún baile que no recuerdo de qué era lo invité a bailar y allí lo besé —Adam se echó a reír volviendo a contagiarme. Honestamente, si algún oficial nos hallaba en ese estado podía declararnos drogados.

— ¡Ves! Las mujeres son unas atrevidas.

— ¡Hey! —le arrojé una papa frita—. Lo que pasa es que ustedes son lentos.

— ¿Lentos? ¡Por favor! —comenzó a despeinar mi cabello y a hacerme cosquillas y me moví a como pude para quitarme sus manos de encima pero en un movimiento inesperado él tomó las mías y me plantó un beso en los labios. Apenas y fue un roce pero me moví enseguida para que se quitara—. Lo siento —murmuró, apartándose y bajando la mirada—. No quise… me gustas mucho… —levanté mi mano izquierda y le mostré el anillo. Sus ojos azules se abrieron grandemente.

— Estoy comprometida.

— ¡Dios, soy un idiota! Debes perdonarme, Kari…

— Adam…

— En serio, no quise propasarme así…

— ¡Adam! —él me miró y sonreí—. No hay problema, ¿ok? La estamos pasando bien, sólo… que no se vuelva a repetir —asintió y por un breve, breve momento se hizo un silencio incómodo.

Me preguntó quién era el afortunado y terminé contándole sobre TK y cómo lo había conocido en el aeropuerto de Paris. Me explayé detallando cada momento importante de nuestra relación, lo ocurrido con sus padres, cuando vino la última vez y me pidió matrimonio y nuestra situación actual. No pude evitar derramar lágrimas imaginándome el peor de los escenarios sin él, sin ser capaz de volar hasta el otro continente tan sólo para verlo y abrazarlo. Adam permanecía callado, escuchándome con atención y sonriendo de tanto en tanto cuando procuraba no llorar y mencionaba algo gracioso de mi amado.

— Debe ser muy difícil —asentí simplemente y él me ofreció un pañuelo que sacó de su pantalón.

— Gracias.

— ¿Sabes? En cierta forma te envidio —lo miré mientras me limpiaba el rostro—. A pesar de todo tú eres afortunada de haber conocido esa clase de amor y tener a alguien que sienta lo mismo. No todos pasamos por eso.

— Quizás es cuestión de riesgo —me encogí de hombros y me aclaré la garganta—. No todos se atreven a tomar el riesgo de enamorarse.

— No, no me refiero a eso. Aunque sé de lo que hablas. Muchas veces he tomado el riesgo de acercarme con alguien que me gusta mucho creyendo que será —se quedó callado como buscando qué decir pero sin quitarme la mirada de encima—. Mi alma gemela. Pero no lo es. Así como acaba de sucederme contigo —sonreí sintiendo mis mejillas arder y él me apartó un mechón de cabello del rostro.

— Yo sólo espero que esta maldita guerra termine pronto. Nada deseo más que ver a TK —decidí no seguir hablando pues ya sentía el nudo en mi garganta volviéndose a formar.

— Tal vez yo pueda ayudarte con eso —lo miré sorprendida y Adam me regaló una preciosa sonrisa.

— ¿De verdad? ¿Pero, cómo? Los vuelos están cancelados y…

— No para nosotros —dijo, señalando el logotipo del ejército en su uniforme—. Cada tres semanas hacen rotación de soldados a distintas bases. Como te había comentado, la mía está en Singapur, pero puedo averiguar quién va a Francia o si están enviando a Italia.

— Adam, eso es…

— No te prometo nada aún, Kari. Sólo veré quién está a cargo de eso y después… —suspiró profundamente—. Después ya veremos.

Aunque sabía que no era una esperanza y mucho menos posibilidad de que me llevara en un avión privado del ejército a ver a mi amado, mi corazón latía al ciento por uno embargado de alegría y deseo. Estaba dispuesta a aceptar cualquier cosa que me llevara con TK.


Nancy entró quedando deslumbrada por lo ordenado que lucía el departamento de su hijo. Cada mueble, cada adorno y portarretrato se hallaban libres de polvo. La alfombra aspirada, ni una sola prenda de ropa sobre los sillones ni tazas de café sobre la mesita del centro. TK la observaba con curiosidad mientras ella volteaba a todos lados sin soltar aún su bolso y su abrigo. Rashida permanecía al lado del rubio, temblando ligeramente por los nervios de conocer a la tan famosa señora Ishida.

Los tres se dirigieron a la cocina en donde Nancy, al ver que ni siquiera había trastes en el fregadero, volteó y les sonrió.

— Creo que nunca había visto tanta limpieza en tus casas, hijo —TK sonrió y se llevó una mano al cabello, despeinándolo un poco.

— La verdad es que todo se lo debo a Rashida —respondió él.

— ¡Takeru! —la chica lo reprendió con la mirada al tiempo que sus mejillas se ponían coloradas.

— Pues te felicito, hija —la joven sonrió sin saber cómo responder—. Y bien, ¿no vas a ofrecerle café o té a tu madre?

— Claro. ¿Qué se te antoja?

— Café, por favor —TK puso agua en la cafetera y enseguida Nancy fue a hacia la sala. Rashida sacó un plato de emparedados de jamón y queso que había perfectamente cortado como triángulos y los llevó a la mesita del centro de la sala, en donde ya la mamá de él se había sentado—. Ven, hija. Siéntate conmigo —ofreció Nancy y la chica obedeció sentándose a su lado—. ¿Has sabido algo de tu padre? —ella negó con la cabeza—. ¿Piensas volver con tu familia?

— ¿La verdad? No. Puede pensar lo peor de mí pero sé que si lo hago tendré que pagar por mi traición.

— ¿Traición?

— En mi cultura el que una chica se aleje de la protección familiar es símbolo de traición a su gente.

— ¡Pero qué barbaridad! ¿Y qué castigo sería ese, pequeña? —los grandes ojos de Rashida se llenaron de lágrimas y Nancy le apretó delicadamente la mano que descansaba sobre su regazo, regalándole una cálida sonrisa.

— A veces sólo latigazos, a veces encierro… otras veces la muerte.

— Pero ella no tendrá que pasar por eso —dijo TK, quien se acercó con una bandeja y tres humeantes tazas de café—. Ya le dije que estará conmigo hasta que ésta guerra termine —la chica no le quitó la mirada de encima mientras intentaba disimular la sonrisa que quería escapar de sus labios. Nancy fue testigo del ligero escalofrío que su cuerpo sufrió cuando vio a su hijo sentarse frente a ellas.

— Parece que eres una mujer con suerte —Rashida sólo sonrió ante el cumplido de la rubia y le dio un trago a su café que desde hacía semanas había adoptado como su bebida favorita.

— ¿Cómo está papá? —preguntó TK haciendo que la tarde se internara en una amena charla en donde nunca había visto a su madre reír mientras contaba anécdotas de la niñez de sus hijos. Memorias que ni él mismo recordaba. De tanto en tanto volteaba hacia una repisa en la pared donde había un portarretrato con una fotografía de él y Kari, un verano en alguna playa de Francia y mientras Nancy seguía hablando se cuestionó si alguna vez ella permitiría tener un tiempo como ese al lado de su amada. Para cuando reaccionaron ya había oscurecido y alguien tocaba a la puerta.

— ¿Esperabas a alguien? —preguntó Nancy mientras su hijo, dirigiéndose a la entrada, negaba con la cabeza. Al abrir la puerta se encontró con un oficial del ejército.

— ¿En qué puedo ayudarle?

— ¿Cuántas personas viven aquí? —preguntó el hombre volteando hacia adentro. Rashida se había escondido para que no pudiera verla mientras Nancy se acercó hacia su hijo.

— Dos —el oficial abrió una maleta que llevaba bajo el brazo y sacó dos máscaras de gas.

— Tome. Deberán usar esto.

— ¿Puedo saber para qué, oficial? —el hombre, de tez blanca y ojos castaños soltó un fuerte suspiro del pecho.

— Para que pueda seguir con vida, señora.


Casi un mes sin postear capítulo T_T extrañaba tanto sentarme a escribir como Dios manda jaja... disfrútenlo, chicos! :D