C28
Sentía las gotas de la lluvia haciéndome cosquillas al entrar por la ventana y golpear mi nuca. A pesar de que mi mirada estaba posada en la deteriorada pintura de la pared a mi frente, mi mente se hallaba a kilómetros de distancia atrapada entre los recuerdos de hacía dos años que ahora, al provocar que mi sangre ardiera en el deseo de volver atrás, impulsaban el llanto acumulado en mi garganta que me raspaba las cuerdas vocales habiéndome incapacitado del habla.
Había perdido la cuenta de los días —meses— desde la última vez que tuve a TK en mis brazos. Por más que intentara recordar la fecha exacta, apenas y abría la aplicación del calendario en mi celular, comenzaba a sentir un ataque de ansiedad que terminaba por dejarme atada a la cama, mejor dicho, al intento de cama conformado por cartón, periódico y una colcha vieja. Se había llegado la primavera trayendo consigo la desilusión de aquél matrimonio que llegué a anhelar tanto como una taza de café por la mañana.
— Kari, ya no llores —escuché la voz de Jillian a lo lejos pero ni siquiera hice por voltear. No sentía fuerza física siquiera para cambiar de posición porque mi pie izquierdo se había dormido. Era como si aquello que genera la fuerza motriz en nuestros huesos y músculos ya no habitara más en mí. Como si me hubieran arrancado el alma dejándome sola en ésta dimensión más terrífica que el infierno mismo del que la iglesia predica—. ¿Por qué lloras, Kari? —la chiquilla de apenas diecisiete años de edad, se sentó a mi lado, antes cerrando la ventana, e intentó abrazarme rodeándome con sus brazos. Sus delgadas manos estaban frías, olía a leña y carbón, llevaba su rubio cabello recogido en una coleta y atado con un listón verde. Recargué mi cabeza en su hombro sintiendo más lágrimas escurriendo por mis mejillas y ella gentilmente me colocó en su regazó, abrazándome como si fuera un bebé que necesitaba ese tipo de afecto maternal.
Tras el atentado en el puente de Manhattan, fuimos trasladados a un refugio subterráneo que conectaba con todas las iglesias locales de Brooklyn. Habíamos alrededor de unas doscientas personas habitando desde sabría Dios cuánto tiempo en aquél agujero. De vez en cuando, como hoy, nos permitían salir en grupos a caminar por la iglesia y sus jardines. Yo lo hacía no menos de cinco minutos, pues mis piernas apenas y obedecían llevándome al baño cuando ya mi vejiga parecía reventar, o para acomodarme nuevamente en mi cama por las noches. Si tomaba un baño «decente» una o dos veces a la semana era demasiado. Las porciones de comida eran diminutas y se componían más que nada de frijoles enlatados y atún. El ejército se encargaba de traernos lo necesario para no tener que salir a buscar, pues las guerrillas dieron pie en lo que una vez fueron las turísticas calles neoyorkinas y ya el panorama era todo menos seguro. Los días se volvieron grises y fríos, lentos y dolorosos también.
No volví a tener comunicación con TK desde aquella última vez en que se hallaba en un mall en Milán. Su celular debió haber sufrido algún daño pues las llamadas se desviaban automáticamente a su buzón, al que diariamente me gustaba marcar sólo para escuchar su voz pidiendo que dejara un mensaje. Dado que las telecomunicaciones cayeron ya no gozábamos siquiera de lo que alguna vez fue el derecho de tener internet por lo cual, si es que él había intentado comunicarse vía correo electrónico, yo no lo sabía.
— Ven, Kari. Vamos a asearte, ¿si? Tal vez hoy venga Adam. El ejército está por llegar con municiones—. Jillian hizo un gran esfuerzo para moverme pero apenas y pude levantarme a la posición anterior. Abracé mis piernas y escondí mi rostro entre ellas—. ¡Kari! —la ojiverde exclamó enfadada y se puso de pie jalándome de un brazo.
— No quiero, Jill, no tiene caso —murmuré teniendo que aclararme la garganta.
— ¡Pero…!
— Déjamelo a mí, pequeña —levanté mi rostro y enseguida la madre superior de aquella iglesia se acercó. Era una ancianita de setenta años de edad que llevaba toda su vida sirviendo a la iglesia. Con su encantadora sonrisa que hacía que se arrugaran sus mejillas, se acercó a nosotras y me extendió su mano. Dado que no podía contradecirla ni oponerme a sus «órdenes» pues siempre había sido muy buena conmigo, me levanté. Jillian sonrió y fuimos hacia el segundo piso, donde se hallaban las habitaciones—. Cariño, prepara la tina con agua caliente —le pidió a la rubia quien enseguida entró al baño y obedeció. Nadie podía oponerse a lo que Amanda pedía—. No has comido, ¿verdad? —negué con la cabeza sin ser capaz de verla a los ojos. La ancianita hizo un gesto de negación con la cabeza mientras se aproximaba a su cajonera para sacar ropa limpia.
— No tengo hambre —mentí en mi defensa—. Dejo las municiones para quien lo necesite.
— Mentirosa —farfulló Jillian, acercándose a mí—. ¡Mírate, nada más! Eres puro hueso —dirigí mi mirada hacia el espejo que tenía frente a mí, algo manchado de pintura, y en efecto podía notar los huesos de mis mejillas marcarse tras la delgada capa de piel que conformaba mi rostro. Bajo mis ojos había unas ojeras enormes que bien podían pasar por golpes o delineador corrido, como cuando despertaba luego de alguna borrachera con TK sin haberme desmaquillado la noche anterior. Mi cuello se veía más delgado, apenas y mis senos alcanzaban a distinguirse bajo el suéter gris que llevaba puesto y ni hablar de mis piernas, que lo que solían ser la envidia de muchas chicas cuando portaba minifalda, ahora se habían convertido en dos popotes sin gracia.
— Ven conmigo, Kari —Amanda me tomó del brazo como si estuviera yo enferma y fuera incapaz de caminar por mí misma. Me ayudó a desvestirme. No era la primera vez que lo hacía así que no sentí pena, y me estremecí al sentir el tacto del agua caliente. Me senté en la bañera, abrazando mis piernas, y la ancianita gentilmente me fue echando agua en la espalda y el cabello y comenzó a enjabonarme la espalda.
Mi menté voló a aquellos días en los que pasaba un domingo en la tarde metida en la bañera con TK hasta que el agua se enfriaba. Cerré los ojos al imaginar el tacto de sus dedos recorrer mi piel, sus labios en mi cuello susurrándome que me quería, y el calor de su cuerpo inmovilizándome. Nuevamente comencé a sollozar y escondí mi rostro entre las piernas. Me dolía la sola idea de que tal vez no volvería a saber de mi novio, que quizás él ya ni siquiera estaba…
— Kari, tienes que calmarte —dijo Amanda—. No te hace nada bien estar así.
— No puedo, madre. Lo extraño mucho —respondí con la voz entrecortada.
— Y estoy segura que él debe estar sintiendo lo mismo. Pero si como me dices, ustedes tienen una conexión especial, debes pensar que lo que tú sientes, él también lo siente.
— Tal vez puedas pedirle a Adam que lo busque —dijo Jill, quien yacía de pie al umbral de la puerta.
— No van a enviarlo a Europa hasta dentro de un mes.
— ¿Y cuánto tiempo estará allá? —preguntó Amanda.
— Ni siquiera él lo sabe. Puede ser una semana o tal vez ya no regrese.
— Debe haber una forma, Kari. Yo sé que volverás a ver a tu TK —sonreí ante el entusiasmo de Jillian. Ella mejor que nadie sabía lo mucho que me dolía esta situación pues su mamá se hallaba en Australia. Había ido de vacaciones cuando esto sucedió y ya no pudo regresar, aunque sí mantenían contacto telefónico casi todos los días.
— Ánimo, mi niña. Esto pasará pronto. Ahora, vamos jovencita, veamos qué hay de comer y dejemos a ésta lindura terminar de ducharse —la monja me dio un beso en la sien y enseguida salió con la rubia cerrando la puerta tras de sí.
El puntero llevaba al menos unos 20 minutos parpadeando de manera constante a la espera de lo que fuera a teclearse. Afuera se escuchaba el golpeteo de las ramas de un árbol en la ventana. La habitación permanecía a media luz y se sentía fría. Se escuchaba una discusión de la planta baja y el vago sonido de alguna televisión transmitiendo el noticiero.
Los ojos azules del chico estaban fijos ante la página web que se desplegaba tras la retina de la laptop que sostenía sobre su abdomen. Llevaba casi dos semanas intentando recordar el password de sus cuentas de correo electrónico y redes sociales, pero cada intento era en vano. Ni siquiera había podido recordar su nombre el momento en que despertó en un hospital al centro de Milán. Tras el atentado en el mall fue trasladado de emergencia; pudieron reconstruirle la rodilla que por fortuna no sufrió un daño permanente, las heridas debido a los golpes estaban en proceso de cicatrización pero la memoria…
— ¿TK? —su madre se acercó a él apenas lo vio abrir los ojos. Llevaba casi 72 horas sin despertar y temían que si el sueño se prolongaba más tiempo pudiera haber sufrido un daño cerebral que lo dejó en coma. El rubio la miró frunciendo el ceño sin despegar su azul mirada de la rubia señora que tenía frente a ella. Llevaba un aspecto desaliñado. Tenía restos de lo que fue un labial rojo sobre sus labios partidos, su aroma era una mezcla de cafeína y medicamentos. Su ropa, que parecía ser de etiqueta, estaba cubierta de fino polvo y su blusa tenía una rasgadura en la manga izquierda. Tenía unos bonitos ojos azules rodeados por enrojecimiento y ojeras, como si no hubiera dormido toda una vida. Debido a que su piel era muy blanca, los moretones que presentaban sus brazos y su rostro resaltaban muchísimo.
— ¿Quién… eres…? —Nancy se llevó una mano a la boca para ahogar un grito de impresión y comenzó a llorar de temor como si hubiese visto un fantasma. TK se sorprendió ante la reacción de la señora sin comprender por qué estaba así.
— TK, hijo. Soy yo. Soy tu mamá —las palabras cortadas de aquella hermosa mujer hicieron eco en la pequeña habitación.
— ¿Mi… mi… ma… mamá…? No, señora… yo… —estuvo a punto de responderle que su madre era otra persona pero al intentar hacer memoria se topó con una pared de ladrillos. Su mente reseteada no albergaba recuerdos de su identidad y una punzada en la sien comenzó a perturbarlo haciéndolo llevarse las manos al cabello, desesperado.
— Hijo, ¿estás bien? ¡Doctor, enfermera! —Nancy se asomó por la puerta gritando desesperada al ver a TK llorando, arqueándose en la cama. Su rostro se había puesto rojo y saltaban las venas de su cuello. Parecía estar teniendo una contusión como si el cerebro fuera a explotarle. Enseguida entró un médico, un hombre cuarentón de cabello negro y ojos color miel. Se acercó a TK, pidiéndole a la enfermera que lo acompañaba que lo sostuviera de los brazos.
— Tranquilo, TK. Déjame revisarte.
— ¡No! —chilló éste, desesperado. Pacientemente, el médico le inyectó un calmante que poco a poco fue relajándolo. Revisó sus signos vitales, mientras Nancy, desde el pie de la cama, se tapaba la boca para que su llanto no fuera escuchado, mientras contemplaba la escena con dolor—. ¿Qué me pasó? —preguntó Takeru, llorando quedamente pero ya sin moverse.
— Sufriste un accidente hace unos días, ¿lo recuerdas? —el rubio miró al médico como si intentara buscar respuestas en él y negó con la cabeza. El Doctor Hoffman le explicó lo sucedido con mucha calma a manera de no perturbarlo más. Por el rostro de TK resbalaban lágrimas que iban a parar a la funda blanca de su almohada.
— No recuerdo mi nombre —dijo, luego de que se hiciera un silencio después de haber escuchado sobre lo que había sido de él esos casi cuatro días—. ¿Por qué no recuerdo nada? —el médico miró a Nancy y a la enfermera sabiendo que lo que estaba a punto de decir podía poner en riesgo su ética como profesional, pero en ese momento era la necesidad de no perturbar al rubio lo que lo movía a hacerlo.
— Tu nombre es Takeru Takaishi. Naciste en Lillyville, Francia. Ella es tu madre, Nancy —la mujer sonrió al ver a su pequeño pero no dijo algo—. Tu familia y amigos te llaman TK —continuó el Dr. Hoffman—. Lo de tu memoria es debido al golpe que sufriste, en un par de días vendrá el neurólogo a revisarte. Necesito que permanezcas lo más tranquilo posible, hijo, no hagas esfuerzos pues tu rodilla aún tiene que sanar —el rubio asintió, sintiéndose un poco mejor. El médico hablaba con mucha tranquilidad haciéndolo sentir fuera de peligro.
En ese momento entró Nancy con una bandeja en las manos. TK sonrió al verla y cerró la laptop, dejándola a un lado suyo sobre la cama. Se estiró para sentarse mejor y poder sostener la charola con merienda que su madre le llevaba. Eran panqueques con miel y mantequilla y té negro para acompañar. Olía delicioso.
— ¿Cómo te sientes, mi vida? —preguntó ella, colocando la silla del escritorio a su lado. Tras ser dado de alta en Milán, volvieron a su casa en Paris, donde Nancy se dedicaba exclusivamente a cuidar de su hijo.
— Sigo sin recordar mis contraseñas. ¿De verdad tú no lo sabes, mamá? —la mujer sonrió al escucharlo llamarla así y le se llevó una porción de panqueques a la boca.
— No, hijo. Tú siempre fuiste reservado en tus cosas, probablemente todo se halle en la computadora que tenías en tu trabajo —TK le dio un trago a su café y asintió simplemente.
— Cuéntame de mí. ¿Cómo es que terminé viviendo solo en Milán?
— Bueno, tras graduarte de Postdam te ofrecieron empleo allá en una agencia de diseño y te mudaste enseguida.
— Mmm... —se hizo un silencio mientras comían—. He tenido un presentimiento.
— ¿Cuál? —Nancy se limpió delicadamente la comisura de los labios con una servilleta de tela que luego colocó sobre sus piernas.
— No lo sé. Es como si tuviera que hacer algo. Como si hubiera dejado algo pendiente.
— Bueno, estoy segura que en tu trabajo dejaste muchas cosas pendientes —dijo ella, sonriendo—. Pero ya no importan ahora, TK. Estás aquí en casa, a salvo, y eso es lo único que a mí me importa —el rubio la miró por un momento y luego asintió. Su madre tenía razón. No podía volver a su departamento pues aún le faltaban un par de meses para quedar completamente rehabilitado. No podía volver a su trabajo si ni siquiera recordaba de qué se trataba o lo que hacía y definitivamente no tenía caso seguir prestándole atención a su presentimiento pues quizás no se trataba de algo importante. O quizás sí. Eso nunca lo sabría.
En tres semanas parto a Manchester. Estaré 3 meses en Europa y 2 en Nueva York y LA.
Chavos: todo lo que anhelen y deseen (excepto que aquél chico que te gusta te haga caso) es posible siempre y cuando se pongan las pilas y trabajen por ello, tanto académica como laboralmente, como de manera personal. Existen estándares, y sé que no sólo en México, de belleza, estándares sociales que son aceptados con facilidad y otros que no. Mi consejo que es que sigan esos estándares aunque no estén de acuerdo con ellos. Sólo jueguen a fingir que están adentro de esos roles sociales para que les faciliten lo que deseen (fondos económicos para viajar, el crédito de un casa/coche, la entrada a la universidad, etc) y una vez que lo tengan ya pueden ser "ustedes mismos". Sé que no es, quizás, el mejor consejo que puedan escuchar y va contra corriente del "sean ustedes mismos todo el tiempo", pero es algo que he visto que hacen las personas que han llegado a sobresalir en la historia. Pero eso sí, nunca quebrantes sus principios ni valores morales. No cambien sus convicciones sólo por aceptación y definitivmente no comprometan su integridad física.
